Van Gogh: la enfermedad mental y el saturnismo

Van Gogh: la enfermedad mental y el saturnismo

La víspera de Nochebuena -dice Vallejo-Nágera cuando inicia el capítulo sobre Van Gogh de su Locos Egregios– no parece el momento más acertado para llevar regalos a un prostíbulo. Por ello, en la de 1888 debió sorprender a la portera que “ese pintor tan raro que vive en la casa amarilla” trajese un pequeño regalo [para una de las señoritas que atendía en el local], cuya reacción [la de la atenta señorita] no fue solo de sorpresa al encontrarse dentro del envoltorio ensangrentado un fragmento de la oreja izquierda de Vincent, que con ese propósito se acababa de seccionar.

Era el resultado de lo que había acontecido no mucho tiempo antes. La noche anterior -como solían hacer con frecuencia- Van Gogh y su amigo Gauguin pasaban el rato en el prostíbulo. Van Gogh, que no podía pagar a modelos profesionales, le ofreció a una de las señoritas que les entretenía hacerle un retrato… pero entre risas -según la narración del ya citado Vallejo-Nágera-[1] ella le contestó que sería mejor aguinaldo una de sus orejas. Así que, la noche siguiente, después de perseguir con la navaja en la mano a su amigo Gauguin por las calles de Arlés -quizás para cortarle a él la oreja ¿quién sabe?- se cortó la suya y se la obsequió como regalo navideño a la joven meretriz… No es extraño que los psiquiatras hayan tenido a Van Gogh con elevada frecuencia como motivo de estudio. Por ello, en su libro, Vallejo-Nágera escribe:

Gran parte de su obra se realizó entre crisis de enajenación mental. Es uno de los pocos grandes pintores cuya biografía resulta tan interesante como sus cuadros, no por las aventuras, pues casi carece de ellas, sino por la rica vida interior que supo volcar en las 821 cartas que se conservan, la mayoría dirigidas a su hermano Theo. El cariño y abnegación de este hermano entrañable, ilimitado en su generosidad hacia el pintor genial, extraño y desvalido, es un monumento a la bondad humana, tan hermosa como cualquiera como cualquiera de los cuadros de Vincent.

Por la originalidad absoluta de su modo de hacer, se pensó en la enfermedad mental como trampolín para saltar hacia ese “mundo nuevo y distinto”, en una reencarnación del mito de la fecundación del genio por la locura. Lógicamente, su “caso” fascinó a los psiquiatras. Sobre nadie se ha escrito tanto intentando perfilar un diagnóstico retrospectivo. Si tuviésemos duda sobre la limitación de nuestra ciencia, bastaría Van Gogh para demostrarla.

En un […] trabajo de revisión de estudios psiquiátricos sobre Vincent van Gogh, su autor clasifica los diagnósticos porcentualmente; tanta es la discordancia de criterios. Siendo, sin duda, un enfermo mental grave, muy grave, resultó tan independiente en el terreno de la patología como en el Arte.

Sin embargo, el pintor holandés no solo constituye el paradigma del genio profusamente estudiado por los psiquiatras. En las que hemos podido revisar, entre sus múltiples patografías, encontramos diagnósticos tan dispares como: porfiria aguda intermitente, intoxicación por absenta, enfermedad de Ménière o intoxicación por digitalina, entre otros. Quizás las enfermedades más convincentemente argumentadas hayan sido la epilepsia temporal (la misma que le diagnosticaron algunos de los médicos que le atendieron en vida, como el Dr. Peyron o el Dr. Rey) y la psicosis maníaco-depresiva.

Van Gogh Dr. Rey 1889

El doctor Felix Rey, retratado por Van Gogh en 1889. Museo Pushkin, Moscú

Pero también se ha hablado del posible saturnismo de Van Gogh. Esta hipótesis ha incrementado sus posibilidades tras los informes de los restauradores preocupados por el importante deterioro que están sufriendo las pinturas del holandés, sobre todo sus amarillos -que tanto le gustaban y que contienen plomo en gran cantidad- como el cromato de plomo, también llamado amarillo de plomo; que manipulaba continuamente y sin la menor precaución. Aunque antes de que empezaran a publicarse esos informes, Francisco Javier González Luque y Luis Montejo González, ya habían tratado sobre el posible saturnismo del pintor en diversas publicaciones y con gran amplotud en su libro: Vincent van Gogh poseído por el color y la luz.[2]

1887 Autorretrato con sombrero de paja

Van Gogh. Autorretrato con sombrero de paja (1887)

En síntesis, González Luque y Montejo González, explican que sobre un fondo de factores hereditarios (ciertos antecedentes familiares de enfermedad mental, especialmente su querido hermano Theo), ambientales (nutrición inadecuada, exposición excesiva al sol) y patológicos (enfermedades venéreas, tabaquismo, intoxicación por absenta o digitalina) -los cuales serían factores coadyuvantes- habría actuado una intoxicación crónica por plomo, que habría sido la causante última de sus síntomas somáticos (estomatitis, anemia, dolores abdominales, paresia motora de la mano) y psiquiátricos (irritabilidad, epilepsia, delirios, alucinaciones y estados crepusculares, trastornos del sueño, depresión y ulterior suicidio). El origen de esta intoxicación estaría en la ingestión repetida de pigmentos ricos en plomo, como el carbonato y, sobre todo, el cromato de plomo que Van Gogh usaba con profusión en sus característicos amarillos.

Una interesante biografía en vídeo de Van Gogh se inicia con el siguiente…

Referencias bibliográficas

[1] Vallejo-Nágera, J.A. (1979): Locos egregios. 7ª ed. Madrid, Dossat: 261-287.

[2] González Luque, F.J. y Montejo González, A.L. (1997): Vincent van Gogh, poseído por el color y la luz. Salamanca, Laboratorios Juste.

Enlaces de interés:

Sobre el tema de esta entrada se ha ocupado con acierto -como es habitual en él- el Doctor Santiago Stucchi Portocarrero en su blog Psiquiatría Histórica.

González Luque, F.J. y Montejo González, A.L. (1997): “Implicación del saturnismo en la psicopatología de Vincent van Gogh“. Actas Luso Esp Neurol Psiquiatr Cien Afines;25(5):309-326.

González Luque, F.J. y Montejo González, A.L. (2004): Vincent van Gogh y los colores tóxicos de Saturno. Relato autobiográfico de un envenenamiento por plomo. Salamanca.

González Luque, F.J. (2012): “Las crisis de Vincent van Gogh y el enigma de Saturno“. Portales Médicos.

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Goya, el saturnismo, y algunas cosas más

Goya, el saturnismo, y algunas cosas más

A don Francisco de Goya y Lucientes, nacido en Fuendetodos, provincia de Zaragoza (España), el 30 de marzo de 1746, y fallecido en Burdeos (Francia), el 16 de abril de 1828, con 82 años de edad, le han atribuido médicos de medio mundo y parte del otro las más variadas -y a veces extrañas- enfermedades. Se ha dicho que Goya padeció psicosis maníaco-depresiva (hoy más conocida como trastorno bipolar), esquizofrenia, tifus, malaria o intoxicación por la quinina usada para tratarla, encefalitis, ictus, esclerosis múltiple, sífilis o toxicidad por el mercurio empleado en su tratamiento… A mediados de los años noventa, del siglo pasado, tuvo amplia aceptación la hipótesis de Vargas, publicada en The Journal of the Florida Medical Association, afirmando que Goya pudo sufrir el síndrome de Voght-Koyanagi-Harada o síndrome uveomeningeo-encefalítico (una enfermedad sistémica autoinmune caracterizada por la aparición de uveítis, hipoacusia, alopecia, encefalitis y vitíligo), y que éste pudo influir en sus famosas “pinturas negras” (sin tener en cuenta, al parecer, que las “pinturas negras” fueron realizadas treinta años después de la enfermedad que Goya sufrió en 1792, en cuya clínica -la única que conocemos suficientemente de todas las enfermedades que el pintor sufrió a lo largo de su vida- se basa dicha hipótesis). Más recientemente, en el año 2008, Smith y colaboradores proponen el síndrome de Cogan (una queratitis intersticial, sin antecedentes sifilíticos, acompañada de alteración cocleovestibular que provoca vértigo periférico e hipoacusia neurosensorial, que suele aparecer en pacientes varones entre los veinte y los treinta años de edad, y que está considerada como una enfermedad rara) o -con mayor probabilidad- el síndrome de Susac, otra enfermedad rara de la que no se conocen más de doscientos casos en el mundo, y que se caracteriza por una microangiopatía cerebral, retiniana y auditiva, que afecta fundamentalmente a mujeres jóvenes de entre veinte y cincuenta años. Y a mí me hace mucha gracia como poco después, ya en 2009, les responde Gordon, en un estilo muy británico, en la misma revista, Practical Neurology, con este contundente título: “Goya had syphilis, not Susac’s síndrome“, es decir: “Goya tuvo sífilis, no síndrome de Susac”.

Revisando la biografía de Goya se puede constatar que han quedado registrados procesos patológicos los años 1777, 1787, 1790, 1792, 1819, y durante los años finales de su vida, sobre todo entre 1825 y 1828, cuando siendo ya anciano su salud estaba muy debilitada. Desl primer proceso, registrado en 1777, el año que cumplía los 31 de edad, solo se sabe que el 16 de abril fue aquejado por una grave enfermedad (sin más datos). En 1787 padeció “tercianas”, es decir, paludismo. De 1790 solo se sabe que el 28 de agosto parte hacia Valencia, con licencia de dos meses concedida por el Rey, “para tomar los aires”. En 1792 sufrió el único de sus procesos que es bien conocido gracias a la abundante correspondencia que existió -y se conserva- entre el propio Goya, su amigo de toda la vida Martín Zapater, Sebastián Martínez (otro buen amigo, en cuya casa residió mientras estuvo en Cádiz) y algunos más…

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Retrato de Martín Zapater (1797) por Francisco de Goya
Museo de Bellas Artes de Bilbao

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Sebastian Martínez y Pérez, retratado por Goya en 1792
The Metropolitan Museum of Art, New York

Lo que se sabe con certeza es que Goya estuvo muy enfermo en Madrid, durante los meses de noviembre y diciembre de 1792. Él mismo escribía en enero de 1793 al tesorero del duque de Osuna: “…he estado dos meses en cama de dolores cólicos”. Entonces solicita licencia al Rey para que se le permita viajar a Andalucía para reponerse, y se le conceden dos meses. Pero al llegar a Sevilla sufre un agravamiento importante que le hace caer en cama de nuevo. Tal proceso se manifestó de forma aguda -al menos- con dolores cólicos abdominales, vértigos, acúfenos y sordera, alteraciones visuales, temblores y paresia del brazo derecho (todos ellos síntomas conocidos de saturnismo). Algo restablecido, probablemente a finales de febrero de 1793, se trasladó a Cádiz, donde “esperaba una mejor atención médica”, como señala Gudrun Maurer en un reciente artículo publicado en el Boletín del Museo del Prado.[1] El 29 de marzo, Sebastián Martínez, que -como ya se ha dicho- lo había acogido en su casa de Cádiz, le escribe a Zapater:

Nuestro Goya sigue con lentitud aunque algo mejorado. Tengo confianza en la estación y que los baños de Trillo […] le restablezcan. El ruido en la cabeza y la sordera nada han cedido, pero está mucho mejor de la vista y no tiene la turbación que tenía que le hacía perder el equilibrio. Ya sube y baja las escaleras muy bien…

Permíteme, dicho esto, una breve digresión sobre Goya y Cádiz. En Cádiz, el Oratorio de la Santa Cueva, gracias al empeño y generosidad del sacerdote don José Sáenz de Santamaría, marqués de Valde-Iñigo, guarda como un tesoro poco conocido algunas de las mejores pinturas de Goya, de tema religioso: La multiplicación de los panes y los peces, La Santa Cena y El convite real. Las dos primeras las podemos ver a continuación (de la tercera no he podido obtener, todavía, una imagen con la suficiente resolución como para mostrarla).

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La multiplicación de los panes y los peces (c.1796), pintada por Goya
Oratorio de la Santa Cueva. Cádiz (España)

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La Santa Cena (c.1796) pintada por Goya
Oratorio de la Santa Cueva. Cádiz (España)

No se sabe la fecha exacta en que las pintó Goya. Algunos investigadores han suguerido que pudieron realizarse en el invierno de 1792 a 1793. Personalmente -como otros autores- creo más probable que las pintara en fecha más cercana a su segundo viaje a Andalucía, en 1796. Digo yo que estos dos viajes que en la biografía de Goya se conocen como “Viajes a Andalucía” bien podrían llamarse “Viajes a Cádiz”, pues (sin entrar a discutir sobre su estancia en Sanlúcar de Barrameda y su relación con la Duquesa de Alba) en ambos casos fue la capital gaditana su destino final. Y, para cerrar la digresión, no se puede dejar de mencionar que el buen sacerdote del Oratorio de la Santa Cueva no solo consiguió las pinturas de Goya para Cádiz sino que, además, uno de los más grandes músicos de la época, Joseph Haydn, compusiera especialmente para su capilla esa joya musical que -desde entonces- llena de emoción los Viernes Santos de Cádiz: Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, en una de las versiones que más me gustan, con imágenes de Cádiz y grabada en el Oratorio, bajo la magistral dirección orquestal de Jordi Savall.

Volviendo a nuestro pintor, su exposición profesional al plomo queda acreditada, hasta con facturas, en el imprescindible Goya, Saturno y el saturnismo de María Teresa Rodríguez Torres. Por su parte, Julio Montes Santiago, el gran defensor de la hipótesis del saturnismo de Francisco de Goya, apunta:

En el caso de Goya además de los aerosoles presumiblemente ocasionados por la descarga en su taller de las grandes cantidades de pigmentos que encargaba (más de 45 kg de albayalde desde julio de 1792 a junio de 1793), se añaden testimonios de que aplicaba a veces los pigmentos con los dedos directamente sobre el lienzo. La referencia a los baños de Trillo, prescrita a Goya y que entonces se aconsejaban para el saturnismo, constituye otro apoyo para esta hipótesis. Y ya en tiempos de Goya se recomendaba para tratar esta enfermedad la utilización de blanco de zinc en vez de albayalde. El mismo Goya admite años más tarde seguir empleando pigmentos ricos en Pb[sic] por la carestía tras la Guerra de la Independencia (que utiliza, por ejemplo, en el retrato de Wellington). Lo que no parece suficientemente acreditado es atribuir a dicha intoxicación otros padecimientos del pintor, de los cuales se tienen pocos datos, como la enfermedad de 1819, que motivó su último autorretrato junto a su médico Arrieta.

Sobre esta enfermedad de 1819 algo hemos escrito ya, en el blog Medicina y Arte, estudiando el autorretrato que menciona Montes, el último que pintó Goya.

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Autorretrato de Goya con el Dr. Eugenio García Arrieta (1820)
Minneapolis Institute of Arts

A finales de 1819, Francisco de Goya, que ya superaba los setenta años de edad, sufrió una grave enfermedad de la que no tendríamos noticia, posiblemente, si no fuera por el cuadro que él mismo nos dejó como testimonio de agradecimiento al médico que le atendió: el doctor Eugenio García Arrieta. Se han publicado diversas hipótesis sobre las causas de esa enfermedad. Así, por ejemplo, el profesor García-Conde Gómez dice:

Goya debió sufrir entonces, como en épocas posteriores, crisis de insuficiencia cerebrovascular transitoria como fondo de una ateromatosis generalizada. La medicación que D. Eugenio García de Arrieta le administra en el cuadro debe ser valeriana…

En cambio, el profesor Gómiz León se inclina por una etiología infecciosa y afirma:

Según documentos que permanecieron en poder de los descendientes de Arrieta, se habla en ellos de fiebres tifoideas (tabardillo), y que Goya presentó cefalea, fiebre alta, delirios y parálisis parcial.

Nunca sabremos con certeza, seguramente, cuál fue la enfermedad que, en 1819, llevó a Goya muy cerca de la muerte. A pesar de la prudencia de Montes Santiago, no se puede evitar pensar en una crisis más de saturnismo; pero tampoco se puede demostrar. Lo único cierto es la declaración de agradecimiento y amistad que Goya escribió al pie del cuadro. Un cuadro que algunos consideran, incluso, un exvoto laico, cuando tuvo noticia de la desaparición de su amigo médico en las costas de África.

Dice así:

Goya agradecido a su amigo Arrieta por el acierto y el esmero con que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad, padecida a fines del año 1819 a los setenta y tres años de su edad. Lo pintó en 1820.

Dos noticias más, antes de poner punto final a este capítulo sobre Goya. La primera solo se ha conocido muy recientemente. En el tratamiento de la sordera -la única secuela verdaderamente importante que le quedó al pintor como consecuencia de la enfermedad sufrida en 1792- se empleó una forma de tratamiento novedoso entonces: la electroterapia.

D. Francisco de Goya, Pintor de Cámara de S.M., ha presentado la adjunta instancia exponiendo la sordera que padece y que para aliviarla le mandaron los facultativos en Medicina que le era preciso electrizarse.

Así reza el principio de la carta que un funcionario real envió, en 1794, a Pierre François Chavaneau, químico, físico y matemático francés, instalado en España, que llegó a ser director de la Real Casa de la Geografía y Gabinete de Historia Natural, director del Real Laboratorio de Química y miembro de la Real Academia Médica Matritense. Chavaneau fue el encargado de proporcionar la “máquina eléctrica” para ese tratamiento que, evidentemente, en el caso de Goya no obtuvo un resultado satisfactorio. Sobre este tema se puede ampliar información en el artículo de Sara Puerto, “Goya se sometió a electroterapia para curar su sordera”, publicado en Descubrir el Arte.

También la sordera es la protagonista de la otra noticia que antes anunciaba. Y se refiere al dibujo que se muestra a continuación, firmado por Goya en Piedrahita, el año 1812.

Manos de Goya

Cuando se descubrió esta lámina se pensó -en principio- que se trataba de un estudio artístico de las manos -como los que han hecho tantos pintores- pero, de hecho, se trata de un dibujo pedagógico realizado para enseñar a comunicarse con las manos mediante un lenguaje de signos alfabético. No se sabe quién se lo enseñó a Goya, ni exactamente a quién o a quiénes iba dirigido. Pero sí se sabe que Goya, tan sordo que hubo de renunciar en 1797 a la dirección de pintura de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, porque era incapaz de impartir clase por no oír lo que le decían sus alumnos, aprendió este lenguaje de signos, e influyó en que el todopoderoso Manuel Godoy se interesara por el problema y creara el primer aula para sordos en España, en 1795, y el primer Colegio para ellos en 1802. Sobre este tema, son interesantes la entrada que se le dedica a “La sordera de Goya” en el blog España Eterna, de mi buen amigo Pedro de Mingo, y muy especialmente las noticias sobre las investigaciones de Antonio Gascón y Ramón Ferrerons o el artículo titulado “El grabado Las cifras de la mano, de Francisco de Goya”, también de Antonio Gascón Ricao.

Notas:

[1] No he podido adjuntar enlaces a los trabajos publicados por Gudrun Mauer en el Boletín del Museo del Prado. V.: MAURER, Gudrum (2010): “Una leyenda persistente: el viaje de Goya a Andalucía en 1793”. Boletín del Museo del Prado, 28(46):74-81.

¿Fue Caravaggio un enfermo de saturnismo?

¿Fue Caravaggio un enfermo de saturnismo?

Si yo supiera de arte podría explicar por qué Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610), “Caravaggio“, fue un auténtico innovador en la historia de la pintura y hablar de su magistral tratamiento del color, de su característica forma de combinar luces y sombras para dar lugar a sus característicos “chiaroscuros“, de su peculiar manera de mostrar a los personajes en sus cuadros, en los cuales hasta las imágenes religiosas parecen escenas de la vida real en las que participa la gente del pueblo…

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Caravaggio. La incredulidad de Santo Tomás (c.1602).
Neue Palais, Postdam

Pero no, dejo la crítica artística para quien sepa de ello. Yo solo soy alguien que disfruta de su pasión por el arte mientras la curiosidad le hace preguntarse ante la mayoría de los cuadros que ve si la obra o su autor pueden tener alguna relación con su otra pasión, vocación y profesión: la medicina.

En el caso de Caravaggio, se dice que llevó a sus cuadros su propia forma de ser: atrabiliario, irritable, agresivo, turbulento, arrogante, pendenciero… Dispuesto a sacar la espada y batirse en duelo o perseguir con ella a cualquiera, por una riña en el juego, por lo que pudiera entender como un mal gesto, o porque -como fue el caso de un mozo de mesón- según él no le había no le había servido bien la comida. Desde que cumplió los treinta años, sobre todo, y hasta el final de sus días, su actitud le llevó a la cárcel en un buen número de ocasiones, y en muchas de ellas malherido como consecuencia de las peleas en las que por los motivos más nimios se involucraba. En 1604, Karel van Mander, un pintor flamenco que lo conoció en Roma -eso sí, después de elogiar su arte- escribía sobre Caravaggio lo siguiente:

No tiene una continua dedicación al trabajo, sino que, habiéndose afanado en él un par de semanas, se dedica luego a pasear durante un mes o dos, con el espadón al cinto […], o va de un juego de pelota a otro, siempre inclinado a peleas y alborotos, por lo que es peligroso tratarle.

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Caravaggio. David con la cabeza de Goliat (1607)
Kuntshistorisches Museum, Viena

Y por si todo lo anterior fuera poco, le gustaba a Caravaggio autorretratase -más de una vez lo hizo- como la cabeza cortada de Goliat vencido por David. Vallejo-Nágera lo calificó de “psicópata explosivo epileptoide”, con tendencias sadomasoquistas.

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Caravaggio. Detalle de David con la cabeza de Goliat (1609-1610)
Galleria Borghese, Roma

Para colmo, en 1606, en unos de esos juegos de pelota a los que era tan aficionado, y que su equipo había perdido, Caravaggio organizó una reyerta en la que él mismo quedó malherido y muerto Ranuccio Tomassoni, otro pintor. Acusado de homicidio, Caravaggio huye de Roma para escapar de la justicia. Va a Nápoles, bajo la protección de los Colonna. Luego a Malta, donde el Gran Maestre de la Orden le acoge amablemente, para que le pinte un retrato y hasta le nombra Caballero.

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Caravaggio. Retrato del gran maestre de la Orden de Malta
Alof de Wignacourt (1607-1608)
Museo del Louvre, París

Pero… ¡qué haría Caravaggio para que le expulsaran de la Orden, de la isla, y -entre otros improperios- en el escrito de expulsión -según Vallejo-Nájera– se le llame “pútrido y fétido”! Tiene que huir también de Malta y viaja a Sicilia… y de nuevo a Nápoles, donde tras otra pelea llegan a darle por muerto; aunque logra sobrevivir…

Los trastornos psicológicos del pintor son evidentes. Sin embargo, hasta ahora nada se ha dicho que justifique su inclusión entre los pintores que pudieran haber sufrido de saturnismo. Es cierto que la irritabilidad es uno de los síntomas de la enfermedad; pero no podemos basarnos exclusivamente en ella para sospecharla. Que hubo exposición laboral al plomo es innegable; aunque ya se ha hecho alusión a su forma inconstante de trabajar, y se ha comentado también que la mayoría de los efectos de la intoxicación por el plomo son reversibles cuando cesa la exposición. ¿Se sabe algo más sobre su historia clínica? A falta de estudiar la obra de Giulio Mancini, uno de sus primeros biógrafos, contemporáneo del pintor, coleccionista de arte, experto en pintura, y médico (llegó a ser el médico personal del Papa Urbano VIII), parece que los médicos que trataron a Caravaggio estaban demasiado ocupados curando sus heridas para pararse a escribir sobre sus enfermedades… No obstante, tenemos constancia de un proceso patológico del artista, siendo aún muy joven, gracias a su constante gusto por el autorretrato…

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Caravaggio. Autorretrato como Baco o Baco enfermo (c.1593)
Galleria Borghese, Roma

Contaba Caravaggio poco más de veinte años de edad cuando -en una de sus primeras obras conocidas- se nos muestra como un joven Baco enfermo. ¿Creía él que su -ya entonces- desmesurada afición al vino había causado su enfermedad? No lo sé. Tradicionalmente se dice que sufría de malaria, como se decía también que murió a causa de esa misma enfermedad; aunque entre la fecha de este peculiar retrato (1593) y su fallecimiento en 1610 no encontremos ninguna referencia más al paludismo. El desconocimiento sobre cuál era su mal es tan grande, que incluso hay quien apunta que ingresó en el romano Hospital de la Consolación para curarse de las lesiones producidas por la coz de un caballo (lo cual poco tiene que ver con la faz que nos muestra en el cuadro). ¿Sufrió fiebre o no? ¿Cuáles fueron los síntomas que motivaron su ingreso hospitalario? ¿Cuánto tardó en recuperarse? Todo son preguntas sin respuesta… y entre ellas podemos preguntarnos ¿por qué no? si esa cara que vemos pudiera ser la facies del saturnismo.

No voy a decir que Caravaggio murió de saturnismo. No. Pero su muerte fue tan novelesca como su vida entera… Habíamos dejado antes a nuestro turbulento pintor en Nápoles, más muerto que vivo, después de una paliza. Se repone, aunque queda con el rostro desfigurado. Decide enrollar sus lienzos bajo el brazo y regresar a Roma. Hay un nuevo Papa, Pablo V, y Caravaggio confía en obtener su indulgencia por mediación del sobrino del Romano Pontífice, el cardenal Scipione Borghese, tan conocido por sus mecenazgos como por su falta de escrúpulos. Para ello, el pintor le ha enviado ya al cardenal algunas de sus obras como regalo. En el verano de 1610 alquila un falucho y zarpa de Nápoles rumbo a Roma. Pero los vientos derivan el barco a las playas de Porto Ércole

Porto Ércole

Porto Ércole en la actualidad

En Porto Ércole, la guarnición española que en aquel tiempo domina la plaza detiene al náufrago y -confundiéndole con otro, según se dice- le detiene y le propina la correspondiente paliza (sin su paliza Caravaggio no sería Caravaggio). Al cabo de unos días, deshecho el entuerto, es liberado y entonces comprueba que la tripulación que había contratado ha huido con la embarcación y todas las pertenencias del pintor en ella. Giovanni Baglione, pintor contemporáneo suyo y autor de un libro, Le Vite de’ Pittori… que parece escrito a propósito para desacreditarle (ya antes, en vida de Caravaggio, había llegado a acusarle de sodomía), describe así los últimos momentos de la vida de su enemigo:

Furioso y deseperado andaba por aquella playa bajo el látigo del sol de estío, mirando si podía divisar la nave… Llegado a cierto lugar de la costa, se echó con la fiebre maligna, y sin ayuda humana, a los pocos días murió tal como había vivido.

Era el 18 de julio de 1610. ¿Pero murió Caravaggio a causa de la malaria, como los seguidores de Baglione han mantenido? Yo no lo creo. ¿Murió por una insolación, como recientemente se ha propuesto basándose también en las palabras del mismo “historiador del arte”? Pudiera ser…  O, como se ha dicho no hace mucho -con más fantasía que sensatez- le asesinaron dos caballeros de la Orden de Malta enviados por su vengativo gran maestre con tan poco cristiana misión… Lo cierto es que en el año 2010, coincidiendo con el cuarto centenario del fallecimiento de Caravaggio, el historiador del arte italiano Silvano Vinceti y su equipo se empeñaron en encontrar los restos mortales del pintor en una fosa común de Porto Ércole.

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Vinceti jura y perjura que los restos óseos hallados son de Caravaggio, y sus antropólogos forenses apuntan que la causa de su muerte pudo ser una septicemia, como consecuencia de las heridas sufridas unos días antes de morir (en las palizas de Nápoles y Porto Ércole) agravada por la sífilis que padecía. Pero aún dicen algo más que para nuestro tema nos interesa especialmente: en esos restos se ha econtrado tal cantidad de plomo que -si realmente son de Caravaggio– se podría afirmar que el pintor era enfermo de saturnismo.

 

Saturnismo: etimología y algunos datos de interés histórico y clínico

El epónimo “saturnismo” nos hace pensar inmediatamente en el dios Saturno de los romanos, ese que la iconografía representa devorando a sus propios hijos para que no le arrebataran el poder… como en este cuadro que Rubens pintó por encargo de Felipe IV.

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Pedro Pablo Rubens. Saturno devorando a un hijo (1636-1637).
Museo del Prado, Madrid

Mal padre fue este Saturno (si es que se le puede llamar padre), capaz de comerse a sus propios hijos por puro egoísmo, para evitar que un día pudieran quitarle su reino. Menos mal que su esposa Ops -ella sí era una buena madre- consiguió ocultar a Júpiter, Neptuno y Plutón, hasta que el primero de ellos venció a su padre para convertirse en dios supremo. Aunque -todo hay que decirlo- puede que conmovido por la generosidad de su hijo Júpiter (que le permitió vivir, al contrario de lo que él había hecho con su propio padre), Saturno se estableció en la antigua Roma, por invitación de Jano, creando -según la mitología romana- una sociedad desprovista de delincuencia, pobreza, guerras, injusticias y servidumbre… nada menos.

Más terrorífico todavía que el de Rubens es el Saturno que Goya pintó para su Quinta del Sordo, entre 1819 y 1823.

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Francisco de Goya. Saturno devorando a su hijo (1819-1823)
Museo del Prado, Madrid

Pero ¿cómo llegó a identificarse a este dios, devorador de sus propios hijos, con el plomo? En Internet se encuentran las respuestas más variopintas. Algunas manifiestamente erróneas. como las que atribuyen el epónimo a las saturnales romanas (que algunos llegan a confundir con las bacanales), aduciendo que en esas fiestas se cometían todo tipo de excesos, entre ellos el abuso del vino, vino que estaba contenido en ánforas cuyo interior se recubría de plomo para hacerlas estancas.

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Thomas Couture. Los romanos de la decadencia (1847)
Museo de Orsay, París

En 1965, Gilfillan publicó sendos artículos, en The Mankind Quarterly y en el Journal of Occupational and Environmental Medicine titulados, respectivamente, “Roman Culture and Dysgenic Lead Poisoning” y “Lead poisoning and the fall of Rome”, atribuyendo la caída de Roma al envenenamiento por plomo de sus clases dirigentes por culpa, precisamente, del abuso del vino contenido en vasijas plomadas. Esta teoría dio y sigue dando lugar a numerosas controversias. Lógicamente, fueron varios los factores que influyeron en la caída del Imperio Romano, entre ellos la relajación de las costumbres; pero cuesta creer que la intoxicación por plomo fuera la principal responsable, incluso si se tiene en cuenta que los romanos fabricaron sus conducciones de agua con plomo; el cual, por tanto, no solo era un contaminante de los recipientes que contenían el vino.

Sin embargo, volviendo a la posible etimología del saturnismo, la respuesta más acertada -en mi opinión- es la que dice que fueron los alquimistas medievales -alquimia, astrología y medicina andaban de la mano por entonces- quienes le dieron ese nombre asociando un metal pesado, como el plomo, al planeta Saturno, cuya órbita era la más lenta que conocían.

Saturno

El planeta Saturno y su símbolo en la alquimia

Respecto a la clínica del saturnismo, aunque el plomo fuera conocido y usado por el hombre en las más diversas culturas y desde tiempos remotos, se dice que fue Hipócrates (460-377 a.C.) el primero en describir los síntomas de la intoxicación por dicho metal.

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Busto romano del siglo II (copia de otro giego anterior)
que representa a Hipócrates de Cos, “el padre de la Medicina”

Según Lessler, Hipócrates hablaba de dolor cólico, falta de apetito, palidez, pérdida de peso, fatiga, irritabilidad y espasmos nerviosos, los mismos síntomas que seguirían enumerándose muchos siglos después; cuando el francés Louis Tanquerel des Planches (1810-1862) -considerado tradicionalmente como el primer médico que estudió en profundidad los efectos del plomo sobre la salud- publicó en 1834 su Ensayo sobre la parálisis de plomo o saturnina (Tesis Doctoral, leída en la Facultad de Medicina de París), y luego La encefalopatía saturnina, en 1838, y el Tratado de las enfermedades del plomo o saturninas, en 1839.

Tanquerel des Plainches Traité

Portada del Tratado de las Enfermedades del Plomo o Saturninas,
de Louis Tanquerel des Planches (1839)

Aunque no estaría de más revisar, por ejemplo, la obra de Vicente Mitjavila publicada en 1791, De los daños que causan en al cuerpo humano las preparaciones de plomo… o la Disertación médica del cólico de Madrid… publicada en 1796 por Ignacio María Ruiz de Luzuriaga. En esta última, hablando sobre los síntomas de la enfermedad, el gran higienista español menciona una primera fase de astenia, estreñimiento y dolores abdominales cólicos, seguida en un tiempo variable por una fase de “perlesía” caracterizada por artralgias, temblor de manos y debilidad de los miembros con parálisis de la mano (la llamada “mano gafa” o caída, por afectación del nervio radial o parálisis de la pierna (por afectación del nervio perineal). Y además: ceguera, vértigo, acúfenos y sordera.

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Mano “gafa” o caída, por afectación del nervio radial
en un paciente con saturnismo

Actualmente, los efectos sobre la salud de la intoxicación crónica por el plomo en adultos se pueden enumerar así:

Sobre la sangre:

  • Anemia
  • Elevación de la protoporfirina eritrocitaria

Sobre el sistema nervioso:

  • Neuropatía periférica
  • Fatiga
  • Irritabilidad
  • Dificultad para la concentración
  • Pérdida de audición
  • Convulsiones
  • Encefalopatía

Sobre el sistema gastrointestinal:

  • Náuseas
  • Dispepsia
  • Estreñimiento
  • Dolor cólico
  • Línea gingival (Ribete de Burton)

Sobre la reproducción:

  • Esperma anormal
  • Disminución en el número y movilidad de los espermatozoides
  • Abortos / Mortinatos

Sobre el sistema renal:

  • Hipertensión arterial
  • Nefropatía crónica

Otros:

  • Artralgia / Mialgia
  • Gota saturnina

Para nuestro estudio descartamos las alteraciones diagnosticadas mediante analísis clínicos porque no se conocían entonces. Descartaríamos también los efectos sobre el aparato reproductor, porque Caravaggio y Van Gogh no tuvieron hijos conocidos. Sin embargo Goya tuvo ocho; aunque siete de ellos (Antonio, Eusebio, Vicente -un prematuro-, María del Pilar, Francisco de Paula, Hermenegilda y Francisco Javier) murieron siendo muy niños. Solo sobrevivió el último, Javier Goya y Bayeu, nacido el 4 de diciembre de 1784, que fue el heredero del pintor. No he hallado constancia de cuantos abortos pudo sufrir Josefa Bayeu. Pero comprobamos que gran parte de los otros síntomas de saturnismo se pueden encontrar, en algún momento, en las patografías de Caravaggio, Goya y Van Gogh. Sobre todo en las de estos dos últimos, al disponer de más documentación. La palidez, propia de la anemia, los cólicos abdominales, el estreñimiento, la fatiga, la irritabilidad, las parálisis concecutivas a las neuropatías periféricas, los dolores musculares y articulares, la pérdida de audición, las convulsiones, la encefalopatía… Curiosamente, el famoso Ribete de Burton, una coloración violácea o negruzca situada sobre las encías, a nivel del cuello de los dientes, no parece ser tan común como siempre se ha dicho y, a veces, puede denotar una mala higiene bucal más que otra cosa.

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Ribete de Burton en un varón de 28 años
diagnosticado de saturnismo

Para el diagnóstico de una enfermedad profesional son necesarios tres requisitos:

  1. Historia laboral de exposición al agente causal de la enfermedad.
  2. Historia clínica del trabajador expuesto compatible con dicha enfermedad.
  3. Pruebas complementarias.

En el caso del saturnismo, las pruebas complementarias fundamentales para el diagnóstico son análisis clínicos específicos sobre los que no vamos a tratar aquí, porque no existían en la época que abarca este estudio. Tampoco se hablará del tratamiento actual ni de las medidas de prevención. Respecto al pronóstico cabe señalar que, al contrario que en los niños, en quienes frecuentemente es muy grave, en los adultos la mayoría de los síntomas son reversibles cuando se evita la exposición al plomo. No obstante, la encefalopatía saturnina puede llegar a ser mortal en el 25% de los afectados y puede dejar secuelas neurológicas hasta en el 40%. En los niños, la afectación neurológica permanente puede afectar al 70-80% de los que sufren encefalitis.

Como curiosidad, en relación con el tratamiento del saturnismo, les diré que en un artículo firmado por el Dr. William Stokes en 1833, en el London Medical and Surgical Journal -muy interesante, por otra parte- en cuanto a la fisiopatología y la clínica del cólico de los pintores- recomienda el uso de inyecciones de tabaco y purgantes drásticos, como el aceite de ricino y el aceite obtenido de un árbol tropical asiático, el Croton tiglium, más unas gotas de tintura de opio. Para la utilización terapéutica del tabaco en el cólico de los pintores cita como referencia al Dr. Graves (si más datos). Probablemente, por la fecha de publicación, y sabiendo que Stokes era irlandés, se refiere a la gran figura de la medicina irlandesa de la época, el Dr. Robert James Graves (1796-1853). En cambio, no especifica nombres cuando habla de los purgantes y la tintura de opio, sino que se refiere genéricamente a los médicos del Hospital de La Charité, de París. El autor de este artículo sobre el saturnismo o cólico de los pintores parece que no puede ser otro más que William Stokes (1804-1878) conocido en Historia de la Medicina por sus aportaciones al conocimiento de las enfermedades cardiorespiratorias, y autor de uno de los primeros tratados sobre el uso del estetoscopio que inventara Laënnec.

William Stokes

William Stokes (1804-1878)

Para finalizar esta entrada solo añadiré que las principales vías de entrada de los contaminantes químicos en el organismo humano son tres: respiratoria, digestiva y dérmica. Normalmente, en patología laboral, la más importante es la vía respiratoria; pero el caso de los pintores es una excepción, porque -por diversos motivos- para ellos la principal vía de entrada es la digestiva. La vía dérmica solo tiene interés cuando existen heridas o erosiones en la piel.

Dicho esto, podemos pasar ya a hablar de los tres pintores en los que se centra este estudio: Caravaggio, Goya y Van Gogh.

Por estricto orden cronológico, empezaremos por Caravaggio… pero eso será ya en la próxima entrada.

[Continuará]

Saturnismo: la enfermedad de los pintores (Introducción)

Saturnismo: la enfermedad de los pintores (Introducción)

El saturnismo, intoxicación crónica por el plomo, cólico de los pintores, plumbismo o plombismo -que de todas estas formas se le llama- es un problema de salud pública y también una enfermedad profesional que aparece como tal en la Lista de Enfermedades Profesionales de la Organización Internacional del Trabajo (revisada en 2010), en la Recomendación 2003/670/CE, de 19 de septiembre de 2003 y, por supuesto, en la vigente legislación española, concretamente en el Real Decreto 1299/2006, de 10 de noviembre, por el que se aprueba el cuadro de enfermedades profesionales en el sistema de la Seguridad Social y se establecen criterios para su notificación y registro. Últimamente ha disminuido su incidencia en los países desarrollados gracias a las medidas preventivas adoptadas por las autoridades, tanto en el ámbito laboral como en el de la salud pública; aunque todavía hay lugares donde continúa siendo un grave problema de salud, que afecta sobre todo a los niños porque son más susceptibles de padecer la enfermedad. Pero, en 1817, Mateo Orfila (1787-1853), el padre de la Toxicología, llegó a decir:

Si juzgásemos el interés que algún asunto médico despierta por el número de escritos que ha merecido, no tendríamos más que considerar a la intoxicación por el plomo como el más importante de todos aquellos que han sido tratados hasta hoy.

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Mateo Orfila (1787-1853)

Y ¿por qué estudiamos el saturnismo en los pintores? La respuesta es obvia, porque hasta el siglo XX -prácticamente- un buen número de los colores que usaban en sus obras estaban fabricados con compuestos de plomo. Baste citar, por ejemplo, al carbonato de plomo, el albayalde, también conocido como blanco de plomo, que permitía los efectos de transparencia que vemos en el luminoso vestido de la condesa de Chinchón, retratada por Goya en el año 1800.

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La condesa de Chinchón, retratada por Goya en 1800. Museo del Prado

El albayalde se usaba con frecuencia, además, para la preparación de los lienzos, especialmente para la imprimación, la capa de pintura sobre la que se aplica el color; y hasta el último tercio del siglo pasado, por ser barato y fácil de obtener, se utilizó para pintar las paredes de las casas, con el consiguiente riesgo de intoxicación para sus habitantes. Otro color de uso muy común desde el Barroco era el amarillo de Nápoles (antimoniato de plomo). El Cesto con frutas de Caravaggio, una de las primeras naturalezas muertas de la pintura occidental, se recorta sobre un fondo amarillo de Nápoles.

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Cesto con frutas pintado por Caravaggio (c. 1596). Pinacoteca Ambrosiana. Milán

Y Van Gogh… ¡Con lo que le gustaba a Van Gogh el amarillo, que hasta pintó de ese color la casa en la que vivió en Arlés!

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La casa amarilla (1888). Museo Van Gogh. Amsterdam

Aunque buscando un amarillo fulgurante, el “loco del pelo rojo” mezclaba el amarillo de Nápoles con todo lo que se le ocurría, a menudo con compuestos de bario o azufre, sin saber que, con el tiempo, sus amados amarillos se irían transformando en marrones, creando -a su vez- un importante problema para los restauradores… No se puede dejar de mencionar un compuesto aún más tóxico que los anteriores, el minio o rojo Saturno (tetróxido de plomo). Se dice que el nombre “minio” proviene del río Miño, en cuyas márgenes se obtenía de modo natural, y de él deriva la palabra “miniatura” porque se utilizó para iluminar códices y manuscritos medievales, como el Códice de Fernando I y Doña Sancha, en el que el minio da los tonos rojo-anaranjados del fondo.

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Ilustración del “Beato de Fernando I y Doña Sancha”.
Biblioteca Nacional de Madrid

Hasta que se prohibió, a finales de los pasados años setenta, el minio se usaba como antioxidante para proteger superficies expuestas a la interperie. Otros compuestos usados en pintura con un alto contenido en plomo son el litargirio (óxido de plomo), cuya presentación más frecuente -aunque no única- es como amarillo, y el extracto de Saturno (acetato de plomo, fundamentalmente), un blanco que ha tenido usos muy curiosos -por cierto- más allá de la pintura, incluso como remedio universal en la medicina del siglo XVIII.

Ya se han mencionado los tres protagonistas de nuestro estudio: Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610), Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) y Vincent Willem van Gogh (1853-1890). ¿Por qué ellos tres y no otros? Si los compuestos de plomo se usaban de modo habitual en la pintura, habría otros muchos artistas afectados, seguramente.

Bernardino Ramazzini

Bernardino Ramazzini. “Padre de la Medicina del Trabajo”

Tanto es así que el italiano Bernardino Ramazzini (1633-1714), ese señor empelucado que acabamos de ver, pero que no dudó en ensuciar sus elegantes vestiduras doctorales entrando en los talleres para estudiar las duras condiciones de trabajo de la mayoría de los oficios y profesiones de su época, en el que sería su libro principal, De morbis artificum diatriba, el Tratado de las enfermedades de los trabajadores (que vio la luz en Módena, en 1700 y volvió a editarse ampliado en vida del autor, en Padua, el año 1713), describía la clinica del que llamamos cólico saturnino, o cólico de los pintores, atribuyéndolo con acierto a los minerales (plomo o mercurio) presentes en los colorantes, con un ejemplo tomado de los escritos de Jean-François Fernel (1497-1558), el médico de Enrique II de Francia, y mencionando a otros famosos pintores que también podrían haber sufrido de saturnismo, como Rafael o “Il Correggio“:

También los pintores se ven aquejados de muy diversas afecciones, como temblor en las articulaciones, caquexia, ennegrecimiento de los dientes, decoloración del rostro, melancolía y pérdida del olfato, sucediendo muy rara vez que los pintores que suelen plasmar las imágenes de los demás con más elegancia y más colorido de lo que se da en la realidad, tengan ellos, por su parte, buen color y buen semblante. Yo de mí sé decir que cuantos pintores he conocido en ésta y otras ciudades, a casi todos los he encontrado enfermizos y, si se repasa la historia de la pintura se echará de ver que los pintores rara vez llegan a edad avanzada especialmente los más sobresalientes. Sabemos que Rafael de Urbino, pintor celebérrimo, fue arrebatado del mundo de los vivos en la flor de la juventud, siendo su prematura muerte cantada por Baltasar de Castiglione en una elegante elegía. Podría ciertamente echarse la culpa a la vida sedentaria y a su carácter melancólico, teniendo como tienen siempre en su mente -apartados casi de todo trato con los demás hombres- entretenida en sus fantásticas ideas; pero existe, latente, otra causa de mayor importancia como es la materia de los colores que tienen constantemente entre sus manos y bajo sus mismas narices: por ejemplo, el minio, el cinabrio, la cerusa, el aceite de nuez y el de linaza, productos todos ellos utilizados para templar los colores, así como otros muchos pigmentos extraídos de diversos minerales. Por ello en sus estudios se percibe un olor nauseabundo bastante pesado que expiden el barniz y los aceites mencionados, olor muy nocivo para la cabeza y al que tal vez hay que atribuir la atrofia del olfato. Por su parte los pintores, al trabajar suelen llevar puestos unos blusones sucios y pintarrajeados, por lo que no pueden menos que inhalar por la boca y la nariz efluvios nocivos que arrastrándose hasta la sede de los espíritus animales y deslizándose, por las vías respiratorias, hasta las moradas de la sangre, acaban por perturbar la economía de las funciones naturales y excitar las afecciones recordadas más arriba.

Todo el mundo sabe que el cinabrio está emparentado con el mercurio, que la cerusa es un preparado a base de plomo, el bronce verde a base de cobre y el color ultramarino a base de plata (al ser los colores minerales más persistentes que los vegetales, son más solicitados) y que casi toda la materia colorante, se toma del reino mineral, derivándose de tal motivo grandes daños. Por eso los pintores, aunque no tan gravemente, son víctimas necesariamente de las mismas enfermedades que los demás metalúrgicos.

Sobre este paricular, Fernel nos cuenta la historia asaz curiosa de un pintor de Anjou que, a principio, fue víctima de temblores en los dedos y en las manos y, después, de convulsiones, llegando también el brazo a verse arrastrado al acuerdo con dedos y manos; iguales conmociones le sobrevinieron después en los pies y, finalmente comenzó a ser atormentado con un dolor tan agudo en el estómago y en ambos hipocondrios que no encontraba alivio ni en lavativas, ni en fomentos, ni en baños, ni en ningún tipo de remedios. Cuando le sobrevenía el dolor, lo único que le aliviviaba era el que tres o cuatro hombres se apoyaran con todo su peso sobre su estómago, con lo que al ser comprimido su abdomen, los dolores se hacían menos violentos; por fin, después de haber sufrido tanto durante tres años, murió completamente consumido. Nos dice el autor que médicos muy afamados fueron llamados a consulta para tratar de descubrir la verdadera y auténtica causa de tan grave enfermedad, tanto antes como después de la autopsia, no apareciendo nada anormal en las vísceras. Al leer esta historia me quedé maravillado ante la ingenua confesión de Fernel (como suele ser la de los grandes hombres, según nos dice Celso): “Ninguno dábamos en el blanco y, como suele decirse, todos andábamos totalmente descaminados”, dice el autor. Añade, sin embargo, que, dado que aquel pintor tenía la costumbre no solo de limpiar el pincel con los dedos, sino imprudente e incauto, incluso de chuparlo, es muy probable que desde los dedos de las manos u por contigüidad de las partes el cinabrio hubiera pasado al cerebro y a todo el sistema nervioso; una vez admitido por la boca, “habría inficionado el estómago y los intestinos con alguna propiedad inexplicable y maligna que sería la causa de tantos dolores”.

Ahora bien, la causa del semblante caquéctico y descolorido de los pintores, así como de los sentimientos melancólicos de los que con tanta frecuencia son víctimas, no habría que buscarla más que en la índole nociva de los colorantes. Cuentan que el corregiense Antonio de Allegris (llamado “el Corregio” por el nombre de su patria) llegaba en su melancolía a tal aturdimiento que no reconocía ni la dignidad y el valor de su persona ni las de sus propias obras, hasta el punto de que los justos honorarios cobrados por sus cuadros los devolvía a los compradores de los mismos, como si se hubiesen equivocado al pagar un elevado importe por unas pinturas que hoy no tienen precio.

Comoquiera que los pintores se han de ver aquejados por aquellas enfermedades enumeradas o por otras indisposiciones corrientes, deberán ser cuidadosos con una dedicación particular, de modo que, al lado de los remedios comunes, se empleen los remedios particulares referentes a los daños contraídos a causa de los minerales, de los que bastante hemos hablado más arriba y que no vamos a repetir para no cansar a los lectores.

De morbis artificum diatriba

“De Morbis Artificum Diatriba”
Portada de la primera edición del libro de Ramazzini

Julio Montes Santiago, uno de los autores que más ha estudiado el saturnismo en los pintores, en una reciente publicación suya en Progress in Brain Research, apunta entre los pintores que probablemente sufrieron saturnismo a Miguel Ángel, Caravaggio, Rubens, Goya, Fortuny, Van Gogh, Renoir, Dufy, Klee, Kahlo y Portinari. Yo he seleccionado solamente a tres de ellos por su fama indiscutible (aunque otros hay que no les van muy a la zaga); por ser muy representativos de sus respectivos momentos históricos, entre los siglos XVII y XIX, especialmente afectados por el saturnismo; porque dispongo de suficiente documentación sobre ellos; y por no hacer el tema más extenso de lo debido. Pero antes de centrarnos en los casos de Caravaggio, Goya y Van Gogh me parece necesario, aunque sea brevemente, exponer o aclarar algunos aspectos de la enfermedad, como la etimología de su nombre o sus manifestaciones clínicas, sin entrar en otras cuestiones como las pruebas de laboratorio, fundamentales para el diagnóstico de certeza, el tratamiento actual o la prevención del saturnismo.

[Continuará]