Navidad

Navidad

En los últimos tiempos parece que se ha perdido para muchos -al menos en mi humilde opinión- el auténtico sentido de la Navidad, desplazado por otros intereses que poco o nada tienen que ver con el nacimiento en Belén de un hombre que se puede creer o no creer que fuera Dios -yo lo creo- pero nadie puede negar que cambió el curso de la historia para gran parte de la humanidad.

En 1991, Mark Lowry y Buddy Green escribieron una canción (creo que no muy conocida en nuestros lares) que puede ayudar a recordar el auténtico sentido de la Navidad: Mary, Did You Know?  La escuchamos, acompañada por unas bonitas imágenes, en la versión cantada por Kenny Rogers y Wynnona Judd.

Otra versión de la misma canción, muy reciente, cantada “a-capella” por el grupo Pentatonix.

¡FELIZ NAVIDAD!

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Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682). La Adoración de los pastores (1668). Óleo sobre lienzo, 282 x 188 cm. Museo del Prado

 

Higea, la diosa griega de la salud, pintada por Rubens

 

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Pedro Pablo Rubens (1577-1640). “Higea, diosa de la salud” (c.1615). Óleo sobre tabla, 107 x 74,5 cm. Detroit Institute of Arts

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Higea -o Higía, o Hygieía, o Hygeia, que, de estas formas y quizás algunas más, podemos encontrar escrito su nombre- era la diosa griega de la salud. Pertenecía a una ilustre familia mitológica: hija de Asclepio, el dios de la medicina (al que los romanos, luego, llamaron Esculapio) y, por tanto, nieta de Apolo, uno de los más poderosos y polifacéticos dioses del Olimpo, y hermana -entre otras y otros- de Panacea “la que todo lo cura”. Con su abuelo, su padre y su hermana aparece todavía en el inicio del famoso Juramento Hipocrático.

Este cuadro -en mi modesta opinión- es uno de los menos conocidos, pero no por eso menos bello, de Rubens. El pintor nos muestra aquí esplendorosa a la diosa de la salud, representada con su principal atributo: la serpiente.(1) Como dicen los autores del libro El médico de familia en el arte:

“… el contenido del cuadro se centra en ese antídoto que Higea deposita en la boca de la serpiente sagrada para que el veneno de ésta se transforme en remedio beneficioso para la salud corporal del enfermo, mientras la voluptuosidad del cuerpo divinizado (característica de los cánones formales del pintor) y el apasionado color de las telas envuelven la acción en una mirada de anhelo, sorpresa e incredulidad por parte del espectador…”(2)

Notas:

(1) La serpiente, en medicina, como en muchas culturas, no tiene la connotación negativa que algunos le otorgan. Al contrario, la serpiente que muda su piel, es signo de renovación, de sanación. Por eso aparece en el emblema de algunas profesiones sanitarias y, concretamente, en el Bastón o “Vara de Esculapio“.

(2) GONZÁLEZ, F.; GONZÁLEZ, J. y ORERO, A. (Dirs.) (2005): El médico de familia en el arte. Barcelona, Grupo Ars XXI de Comunicación: 98.

Enlace de interés:

DETROIT INSTITUTE OF ARTS

 

Las “Lecciones de Anatomía” del Dr. Frederik Ruysh

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Jan Van Neck (1634-1714). La lección de anatomía del Dr. Frederick Ruysch (1683)
Óleo sobre lienzo. 141 x 203 cm.
Amsterdam Museum

Con mi sincero agradecimiento para quienes tan amablemente han participado en el juego, identificando el cuadro de donde había tomado el detalle que publicaba en la entrada anterior (tú Lisa, yo Conda, Francisco Javier Tostado, Chus y Jorge Fernández-Alva), me parece oportuno mostrar en ésta la obra completa. Efectivamente, se trata de “La Lección de Anatomía del Dr. Frederik Ruysh, pintada por Jan Van Neck en 1683.

Entre las numerosas “Lecciones de Anatomía” que se pueden encontrar, realizadas durante los siglos XVII y XVIII, fundamentalmente en Holanda (aunque también en otros países), ésta destaca por la particularidad de que se está realizando la disección un recién nacido (un recién nacido que aparenta ser demasiado mayor para serlo realmente), al que se han extraído las visceras abdominales, pero permanece todavía unido por el cordón umbilical a la placenta cuya vascularización parece ser el motivo de estudio. A la disección asisten expectantes cinco caballeros, posiblemente -aunque no los he podido identificar- miembros del Gremio de Cirujanos de Ámsterdam, además del Dr. Ruysh (que aparece con la cabeza cubierta por un sombrero, en razón de su preeminencia) y del propio hijo de éste, Hendrik, quien con el tiempo continuaría la labor de su padre y aquí vemos, en los inicios de su formación anatómica, sosteniendo entre sus manos el esqueleto de otro recién nacido, a modo de referencia para los presentes.

Mucho habría que hablar todavía del Dr. Frederik Ruysch, que nació en La Haya, el 28 de marzo de 1638, estudió en la prestigiosa Universidad de Leiden, y falleció en Amsterdam el 22 de febrero de 1731, a la avanzada edad de 92 años. Dicen que el siglo XVII es el Siglo de Oro de la pintura holandesa y yo creo que podríamos decir los mismo de la medicina, que llegaría a su culmen con Herman Boerhaave (1668-1738). Ruysch fue tan eminente anatomista como botánico. En 1667, cuando todavía no había cumplido los treinta años, fue nombrado praelector (el cargo de mayor relevancia) del Gremio de Cirujanos de Ámsterdam; en 1668, instructor jefe de las matronas de la ciudad, que debían examinarse ante él para poder ejercer la profesión; y, en 1679, forense de los tribunales de la misma ciudad… entre otros muchos nombramientos, honores y distinciones. En otra ocasión hablaremos sobre su curiosa afición (en la que colaboraba con él su hija Rachel, más tarde célebre pintora) que le llevó a relacionarse nada menos que con el zar de Rusia, Pedro el Grande

Sí me parece oportuno, antes de poner punto final a esta entrada, que veamos la otra “Lección de Anatomía” en la que aparece retratado trece años más joven, porque fue pintada por Adriaen Backer en 1670, disecando la región femoral de un cadáver y estudiando, posiblemente, las válvulas de los vasos linfáticos (otro de sus descubrimientos anatómicos), tema sobre el que ya había publicado su Dilucidatio vaivularum in vasis lymphaticis et lacteis, en 1665.

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Adriaen Backer (c.1635-1684). Lección de Anatomía del Dr. Ruysch (1670)
Óleo sobre lienzo. 168 x 244 cm.
Amsterdam Museum

Yael mata a Sísara

Artemisia Gentileschi 1620

Artemisia Gentileschi (1593-1656)

Sísara, el general cananeo ha sido derrotado por las tropas israelitas comandadas por Barac, y acude a esconderse, confiado, a la tienda de Yael, una nómada no israelita cuyo marido (al que parece no tener muy en cuenta) ha establecido alianza con los cananeos. Sísara, agotado, le pide agua y cobijo. Yael le da leche, lo acuesta, lo cubre… y le clava en las sienes una estaca de las que servían para sujetar la tienda. Se cumple así la profecía de Débora, la profetiza y juez que había llevado a los israelitas a la batalla. El enemigo no muere por la espada de Barac sino a manos de una mujer…”

Encontramos esta historia que tanto ha atraído a pintores de todos los tiempos, pero sobre todo en el Renacimiento y el Barroco, en los capítulos 4 y 5 del Libro de los Jueces, en la Biblia. Ciertamente habría mucho que hablar sobre este tema que se iniciaba en la entrada anterior, a modo de juego, y al que tan amable como acertadamente han respondido algunos muy estimados amigos; habría que hablar, sobre todo, desde el punto de vista ético… por la actitud engañosa de la protagonista. Pero, como complemento a esa entrada, simplemente traigo ahora parte del texto al que hemos hecho referencia; algunos ejemplos -sólo una pequeña muestra- de los muchos cuadros que existen sobre el tema (como en todos se repite el momento en que Yael mata a Sísara solamente se menciona el nombre del pintor, o la pintora, como es el caso de la gran Artemisia Gentileschi, cuya obra da inicio a esta entrada, y famosa por su impresionante representación de la muerte de Holofernes a manos de Judith… es decir, una experta en la materia); y finalmente un enlace que me ha parecido de interés para quienes quieran saber más sobre el tema.

“Sísara huyó a pie hasta la tienda de Yael, esposa de Jéber, el quenita, pues había paz entre Yabín, rey de Jasor, y la casa de Jéber, el quenita. Yael salió al encuentro de Sísara y le dijo: ‘Acércate, mi señor, acércate a mí, no temas’. Entró en su tienda y ella lo tapó con una manta. Él le pidió: ‘Por favor, dame de beber un poco de agua, pues tengo sed’. Ella abrió el odre de leche, le dio de beber y lo tapó de nuevo. Él le dijo: ‘Ponte a la puerta de la tienda, y si viene alguno y te pregunta: ¿hay alguien aquí?, le responderás: no hay nadie’.

Yael, esposa de Jéber, agarró una estaca de la tienda y tomó el martillo en su mano, se le acercó sigilosamente y le clavó la estaca en la sien hasta que se hundió en la tierra. Y él, que estaba profundamente dormido y exhausto, murió. Entre tanto, Barac venía persiguiendo a Sísara. Yael salió a su encuentro y le dijo: ‘Ven y mira al hombre que buscas’. Entró en la tienda: Sísara yacía muerto con la estaca en la sien.”

[Jue 4: 17-22]

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Palma el Joven (1548-1628)

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Felice Ficherelli (1605-1660)

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Gregorio Lazzarini (1655-1730)

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Jacopo Amigoni (1682-1752)

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Francesco Trevisani (1656-1746)

Para quien le interese saber más sobre el tema, dejo a continuación un par de enlaces que -en mi modesta opinión- pueden servir como fuente de conocimiento y reflexión:

EFETA: Débora y Yael

Isabel Gómez-Acebo: Débora y Yael

La mujer del martillo y el clavo

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Hoy me he encontrado de repente con este cuadro. Me ha impresionado. No sé cuanto tiempo he estado contemplándolo… Al rato se me ha ocurrido un juego. ¿Por qué no? Un juego para jugarlo despacio, con tiempo… No puedo evitar las prisas fuera de aquí, aquí sí. Y si alguien quiere jugar conmigo, estaría encantado.

El juego consiste en averiguar la historia de la que esta imagen forma parte… Hay otras, por supuesto, que publicaré más adelante. Por ahora nos preguntamos:

  1. ¿Quién es esta mujer que nos mira fijamente con gesto adusto, llevando un terrible martillo en su mano derecha?
  2. ¿Quién es la anciana que parece estar orando, con las manos juntas, detrás de ella?
  3. ¿Quién es el caballero vestido con armadura que se ve al fondo?

De momento, me permitirán que no de pistas y reserve para una ocasión posterior más datos sobre el cuadro. Poco a poco iremos resolviendo el misterio… ¿Jugamos?

Gerrit Dou y la uroscopia

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Gerrit Dou (1613-1675). “El Médico” (1653)
Óleo sobre tabla. 49,3 x 36,6 cm.
Kuntshistorisches Museum. Viena

La escena se abre ante el espectador mediante un enorme arco con balcón -que el pintor Gerrit Dou(1) emplea con frecuencia- decorado con una suntuosa cortina azul y relieves en la parte inferior. El médico, que da título al cuadro, realiza una uroscopia observando atentamente la “matula“, “…una vasija de vidrio de forma esférica en su parte inferior, con un cuello de grosor variable, que simulaba […] la forma de la vejiga”.(2) Delante de él cuelgan una alfombra ricamente bordada, una bacía de metal (como aquélla de barbero-sangrador que Don Quijote usaba a modo de yelmo), un frasco de plata adornado con relieves, un libro con ilustraciones del esqueleto humano, seguramente la famosa anatomía vesaliana, De humani corporis fabrica, que parece haber sido objeto de múltiples consultas, y un globo terráqueo medio velado por la cortina, símbolo de la alquimia, tenida por falsa ciencia. “Estos elementos -como apuntan Vigué y Ricketts– pretenden plasmar la amplitud y profundidad de los conocimientos de este médico, pero también la enorme capacidad del pintor para representar todas las cualidades materiales de los objetos”.(3) Detrás, oculta entre las sombras (la luz entra por una ventana situada a la derecha del médico), hay una mujer… no sabemos si la propia paciente o quizás una sirvienta que ha traido la orina para que el médico la examine… Cabe añadir que, en este cuadro, Gerrit Dou nos ofrece su autorretrato: el artista, tan aficionado a este tema, se pinta a sí mismo en el papel de médico.

Durante muchos siglos -sobre todo durante la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco- la uroscopia, definida por el Diccionario de la Lengua Española como la “inspección visual y metódica de la orina, antiguamente usada para establecer el diagnóstico de las enfermedades internas”, fue el procedimiento más utilizado en medicina para diagnosticar los padecimientos del paciente, hasta tal punto que los pintores holandeses del siglo XVII la representaron en múltiples ocasiones como símbolo por excelecia del acto médico.

Gerrit Dou fue uno de esos pintores holandeses del Barroco, que nació en Leiden, el 7 de abril de 1613, y falleció en la misma ciudad el 9 de febrero de 1675, a los 61 años de edad. El primer maestro de Dou fue su propio padre, un grabador de vidrio. Luego fue aprendiz de otros artistas locales, un grabador de cobre y un pintor sobre cristal. Es posible que de ellos aprendiera la delicada minuciosidad, hasta en los más mínimos detalles, que luego caracterizaría todos sus cuadros. En 1628, con 15 años, Gerrit Dou se convertiría en el primer discípulo de un joven Rembrandt, ya pintor reconocido aunque entonces contaba tan sólo 22 años de edad. Con Rembrandt se formó durante tres años, y de él adquirió algunas de sus habilidades más significativas, como el exquisito uso del color y la forma de plasmar los más sutiles efectos del clarooscuro. Desde que el maestro se trasladó a Amsterdam, en 1631, Gerrit Dou pasó a ser el pintor más importante de Leiden; una ciudad que, además de por su famosa universidad, destacaba por ser el principal centro productor de arte al gusto de la burguesía de la época. Al principio de su carrera, Dou, pintó algunos retratos; pero estos fueron disminuyendo posteriormente, ya que los retratados eran reacios a darle el tiempo que él consideraba necesario para realizar sus obras. Cuentan que podía tardar cinco días en pintar una mano. No sería raro que en esto influyera su formación infantil, cuando trabajaba cuidadosamente sobre un material tan frágil como el vidrio; pero también es posible -aunque esto no lo pueda afirmar- que fuera el propio carácter del pintor -extremadamente minucioso, hasta cierto punto obsesivo con el orden y la limpieza, que esperaba cuando se movía en su estudio a que se depositara la última partícula de polvo antes de seguir pintando, y se fabricaba sus propios pinceles porque pensaba que nadie podía proporcionarle los que quería para poder aplicar en el lienzo o la madera sus finísimas pinceladas- el que le hacía trabajar tan lento. No obstante, a pesar de esa minuciosidad suya, a Dou -que debió ser un trabajador infatigable- se le atribuyen más de doscientas pinturas, las cuales se encuentran repartidas por las principales pinacotecas del mundo. Pintó sobre los más variados temas; pero es conocido, fundamentalmente, por sus interiores domésticos, por lo general con pocas figuras, enmarcadas por una ventana o por las faldas de una cortina y rodeadas de libros, instrumentos musicales, y otros objetos alusivos al tema que representaba. Entre los temas que más gustaban entonces, a juzgar por el gran número de cuadros en que aparecen, se encontraban las escenas que mostraban diversas actividades médicas, y entre ellas la del médico practicando la uroscopia. Sólo entre Gerrit Dou y su paisano y contemporáneo Jan Steen, llegaron a realizar cerca de veinte versiones de médicos uroscopistas (al menos, que yo conozca).

En realidad, a través de los tiempos, los pintores han representado a los médicos en incontables ocasiones. A veces, mediante retratos con mayor o menor presencia de símbolos de la profesión; pero también, con frecuencia, mostrando escenas en las que se llevan a cabo distintas actuaciones diagnósticas o terapéuticas. Y, no por casualidad, una de las más representadas ha sido la uroscopia. Ya en los tratados hipocráticos se hace referencia a la utilidad del examen de orina para el disgnóstico de múltiples enfermedades. Pero, según los testimonios gráficos con los que contamos, se puede decir que la uroscopia va adquiriendo relevancia durante la Edad Media y se sigue utilizando de manera generalizada, prácticamente, hasta bien entrado el siglo XVIII. De modo que en el siglo XVII, para los artistas de la “edad de oro” de la pintura holandesa, se trataba de la práctica médica más característica.

Las primeras representaciones conocidas de la uroscopia -según Amalia Pati– se encuentran en manuscritos médicos del siglo XII; aunque, curiosamente, aparece también en obras de distinta naturaleza, como breviarios y devocionarios. Pero la escena de un médico practicando la uroscopia también se esculpe en algunas catedrales europeas, como la Catedral de Ruán, o se talla en las puertas del campanario de la Catedral de Florencia. Tampoco es raro -añade Pati– “…ni se consideraba impropio, representar a Cristo como un uroscopista simbolizando, de este modo, sus superiores poderes curativos”.(4) No obstante, hasta que lo hicieron los pintores barrocos holandeses, la escena nunca había sido representada con tanta frecuencia.

Con los adelantos de la ciencia, ya avanzado el siglo XVIII, la uroscopia perdió su importancia como método diagnóstico y los artistas dejaron de representarla… aunque todavía durante bastante tiempo, al menos hasta la invención de la fotografía, los pintores seguirían actuando como auténticos cronistas de su época, ofreciéndonos multitud de interesantes testimonios para el estudio de la relación entre la Medicina y el Arte.

NOTAS

(1) El nombre de Gerrit Dou lo encontramos escrito, a veces, como Gerard, y el apellido como Dow o Douw. En este escrito se emplea la forma más usual y frecuentemente utilizada.

(2) PATI, Amalia (2007): “¿Qué es la escena uroscópica?”. Medicina & Cultura, 1, 3 [Disponible en: http://www.medicinaycultura.org.ar/03/Pintura_01.htm; consultado el 29 de agosto de 2013].

(3) VIGUÉ, Jordi y RICKETTS, Melissa (2008): La Medicina en la Pintura. El Arte Médico. Barcelona, Ars Médica: 133.

(4) PATI, Amalia (2007): Loc. cit. en nota 2.

Góngora retratado por Velázquez

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No es mi costumbre copiar literalmente textos de otros autores, más allá de algunas citas a las que procuro adjuntar su correspondiente referencia bibliográfica. Pero no es ésta la primera ni será la última vez que lo haga, ni tengo ningún reparo en hacerlo cuando pienso que Internet puede ayudar a la difusión de esos textos que encuentro en libros o revistas, no siempre de fácil acceso. Y además aprendo… Esto es lo que ocurre con el texto de mi admirado Dr. Pedro Gargantilla, que transcribo a continuación:

“En 1622, Francisco Pacheco, suegro y maestro de Diego Velázquez, estaba realizando un libro con una colección de retratos de personajes ilustres (“Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones”) por lo que, aprovechando un viaje de su yerno a Madrid, le pidió que retratase a Luis de Góngora. En ese momento, el poeta cordobés ya había publicado sus poemas “Soledades”, “Fábula de Polifemo” y “Galatea”, y disfrutaba de un gran éxito social.

El cuadro del pintor sevillano es mucho más que un retrato, ya que nos adentra en el carácter del escritor. Se nos muestra a Góngora en posición de tres cuartos y recortado sobre un fondo neutro, como si se tratara de una escultura, obteniendo con ello un increíble efecto volumétrico de la cabeza. El escritor tiene un gesto adusto, mirada triste, nariz aguileña y ligero prognatismo. En la frente podemos observar un abultamiento, que parece corresponder a un quiste epidérmico, y en la sien derecha hay una lesión pigmentada, bien definida y levemente sobreelevada, que se corresponde con una queratosis seborreica.

Cuando Velázquez pintó este cuadro tenía tan sólo 23 años de edad y dejó una impronta imborrable en la corte, hasta el punto que, en el verano de 1623, el conde-duque de Olivares le llamó para que ocupase una plaza de Pintor del Rey vacante tras el fallecimiento de Rodrigo de Villandrando. En 1624, Velázquez cambiará radicalmente el concepto pictórico del retrato: hasta ese momento, se representaba al retratado con una pose rígida, con trajes de lujos y fondos majestuosos; el sevillano optará por transmitir la personalidad y el carácter del retratado.”

La imagen está tomada de Wikipedia.

Referencia bibliográfica:

Gargantilla P. Pinceladas médicas. Luis de Góngora. Diego de Velázquez (1622). Boston, Museum of Fine Arts. Noticias Médicas. 2013; 47(3.992):15.

La lección de anatomía del doctor Tulp

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El pasado 15 de julio se cumplieron 407 años del nacimiento de Rembrandt. Aunque con unos días de retraso, quiero recordarlo con una de sus obras más emblemáticas y de mayor importancia para la historia de la relación entre la medicina y el arte: la lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp (1632).

Para hablarles del cuadro -mejor que yo- entre la numerosa bibliografía existente (y no toda de confianza) he seleccionado el artículo publicado en el año 2011 por los doctores Roberto Rosler y Pablo Young, en la Revista Médica de Chile, al que se puede acceder pulsando sobre el título del artículo, a continuación: “La lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp: el comienzo de una utopía médica”.

El hijo del árbol de la mirra

Marcantonio Franceschini (1648-1729). El nacimiento de Adonis (c.1685-1690)Óleo sobre cobre. 48,5 x 69 cm. Staatliche Kuntsammlungen. Dresde

Marcantonio Franceschini (1648-1729). El nacimiento de Adonis (c.1685-1690)
Óleo sobre cobre. 48,5 x 69 cm.
Staatliche Kuntsammlungen. Dresde

La mitología nos cuenta uno de los nacimientos más extraordinarios que podamos imaginar: el del bello Adonis.

Por motivos que se explican de diversas maneras, Mirra, hija de Tías, rey de Asiria, cometió incesto con su propio padre. Éste, al darse cuenta de lo sucedido, mata a su hija y amante ocasional… Pero entonces interviene Afrodita, siempre atenta a estos asuntos, y para mantener con vida a la joven la convierte en árbol, el árbol de la mirra ¡claro! Al cabo de los meses, cumplido el tiempo propio de un embarazo, no se sabe si mediante un oportuno flechazo o gracias a un jabalí que pasaba por allí y decidió afilar sus colmillos en la princesa convertida en arbolito, por la herida del árbol ve la luz Adonis.

En el cuadro del pintor boloñés Marcantonio Franceschini (1648-1729) vemos junto al árbol, de apariencia claramente femenina, a ninfas curiosas, faunos sorprendidos y amores preparando los paños para envolver a la criatura, mientras Afrodita -que, en esta ocasión parece haber ejercido también de partera- entrega al recién nacido a una de las ninfas para que se encargue de su crianza. Empezaba así, desde su mismo nacimiento, la apasionada relación entre Adonis y Afrodita (o Venus, para los romanos).

¡Extraño parto, sin duda!

Por la misma época que el italiano pintaba su cuadro, el músico español Tomás de Torrejón y Velasco (1644-1728), nacido en Villarrobledo (Albacete) y afincado en el Perú, estrenaba en Lima La Púrpura de la Rosa, que narra los amores de Venus y Adonis, con un libreto basado en textos de Calderón de la Barca.

“El caballero herido” de William Shakespeare Burton

William Shakespeare Burton (1824-1916). “The Wounded Cavalier” (1855)

Esta obra fue la única aproximación de un pintor inglés con el literario nombre de William Shakespeare Burton a la Hermandad Prerrafaelita y también es su obra más conocida.

The Wounded Cavalier muestra como durante la Guerra Civil Inglesa (1642-1651), que comenzó enfrentando a los “cavaliers” partidarios del rey Charles I contra los “roundheads” parlamentaristas y puritanos de Cronwell, uno de esos “cavaliers” yace mortalmente herido en brazos de una doncella que no duda en acompañar y consolar al moribundo, a pesar de ser enemigo, mientras su prometido -que parece aceptar más resignado que conforme lo que ve- contempla en segundo plano la escena.

Cuando esta escena -supuestamente- sucedía, faltaban dos siglos para que Florence Nightingale, durante la Guerra de Crimea, y algunos años más, todavía, para que Henri Dunant, uno de los fundadores de la Cruz Roja, estremecido por lo que vio en la Batalla de Soferino, establecieran las bases del tratamiento humanitario de los soldados heridos, independientemente de si eran amigos o enemigos. Pero, quizás, la actitud de esa joven puritana no fuera más que la continuación del pensamiento que, durante la Edad Media, en el monasterio de Montecasino, iniciara San Benito de Nursia: tratas al enfermo moribundo como si del mismo Cristo se tratase. Por caridad cristiana. Por amor.

Como ilustración musical para esta entrada he elegido parte de la Música para el funeral de la reina Mary, de Henry Purcell (1659-1695), considerado uno de los mejores compositores ingleses de todos los tiempos.

*La primera versión de esta entrada se publicó en Tiempo para la Memoria el 22 de abril de 2012.