La capa de San Martín y el mendigo leproso.

La capa de San Martín y el mendigo leproso.

Nacido el año 316 en Sabaria, en la Panonia romana (en la actual Hungría), hijo de un tribuno militar, y fallecido en la bella localidad gala de Candes, situada en la confluencia de los ríos Vienne y Loira, tras medio siglo de vida religiosa y casi treinta de obispo de Tours, San Martín es un santo muy popular, en gran parte por la historia que nos lo muestra a las puertas de Amiens, cuando todavía era un militar -dicen que de la Guardia Imperial- y un mendigo harapiento, prácticamente desnudo, le pidió limosna. Como no tenía otra cosa que darle, partió su clámide en dos. Una mitad se la dio al mendigo. La otra la conservó, porque la capa era propiedad del ejército romano… y él fue siempre fiel cumplidor de sus deberes militares.

Así describe la escena también, con sus pinceles, un discípulo o seguidor del pintor alemán/suizo Konrad Witz, para un retablo de la iglesia de Sierentz en Alsacia; aunque la tabla se encuentra hoy en el Museo de Arte de Basilea.

Discípulo o seguidor de Konrad Witz. Escuela suiza.

Discípulo o seguidor de Konrad Witz. Escuela suiza. “San Martín cortando su capa” (c.1450). Museo de Arte de Basilea.

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La pintura, igual que tantas otras obras de arte de la época, tiene una función esencialmente didáctica. Como se puede advertir en el cuadro, la composición de la línea vertical integrada por el mendigo, San Martín y la escultura apoyada sobre la columna que representa la divinidad, marca el ritmo de mensaje que se quiere contar. La idea predominante durante la Edad Media, y durante mucho tiempo después, era que la curación de la enfermedad se debía a un acto divino aunque habitualmente a través de la mediación de algún santo misericordioso. Al mismo tiempo, en este caso, por ejemplo, la acción generosa y humanitaria realizada por el santo hacia el pobre necesitado sería la otra gran enseñanza moral que se debía mostrar a los fieles. La escena de San Martín cortando su capa para compartirla con el mendigo se reprodujo en multitud de ocasiones. En la mayoría, el mendigo aparece casi desnudo, vestido tan sólo con unos escasos harapos, y habitualmente con vendajes en distintas partes del cuerpo que muestran la enfermedad, tan asociada a la pobreza. Pero esta tabla del anónimo pintor suizo tiene para nosotros un valor muy especial porque, de acuerdo con Alberto Ortiz, nos muestra un caso muy posible de una enfermedad especialmente simbólica: la lepra.

“En el cuerpo del mendigo, que dirige su mirada hacia San Martín, -explica Ortiz– se pueden ver diversas lesiones y deformaciones que constituyen un cuadro clínico compatible con una lepra lepromatosa. Como es sabido, esta enfermedad está producida por la bacteria Mycobacterium leprae y la infección que genera se transmite mediante gotas de secreciones nasales infectadas y contacto de la piel, principalmente. De las muchas manifestaciones clínicas de esta enfermedad, una de las más características es la formación de lesiones pigmentadas, grandes, deformantes y destructivas. También hay afectación nerviosa a nivel periférico, con la posible anestesia local que vuelve al paciente susceptible a un traumatismo secundario y las consiguientes infecciones bacterianas. En la lepra lepromatosa las alteraciones cutáneas son muy numerosas, algo que se puede apreciar en la imagen, y suelen presentar [distintas] morfologías: pápulas, ulceraciones, máculas, nódulos, etc.”

Detalle del cuadro anterior, que muestra al mendigo, posiblemente, afectado por la lepra.

Detalle del cuadro anterior, que muestra al mendigo, posiblemente, afectado por lepra lepromatosa

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En la pintura se pueden observar, también, otras manifestaciones de la lepra lepromatosa como la poliartritis y la neuritis periférica dolorosa con caída del pie, o la afección del nervio cubital con una deformación de la mano en forma de “garra”, es decir, con dificultad para estirar los dedos o, incluso, la imposibilidad de hacerlo. Sin embargo, la “facies leonina” (tan característica de esta enfermedad), la presencia de lóbulos engrosado en la oreja, o la destrucción del cartílago nasal, signos frecuentes de lepra lepromatosa, no se aprecian de forma evidente en el retrato del mendigo.

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Una arteritis de la temporal pintada por Piero di Cosimo

Una arteritis de la temporal pintada por Piero di Cosimo

Piero di Cosimo me parece un pintor fascinante. De su vida no se sabe mucho más de lo que escribió Vasari, a mediados del siglo XVI, en su libro Le vite d’ più eccelente pittori, scultori et architettori; aunque solo eso es suficiente para provocar el deseo de profundizar en su conocimiento. Para empezar, se puede decir que Piero di Cosimo nació en la Florencia de los Medici el 2 de enero de 1462, diez años después que el gran Leonardo; pero a diferencia de éste, cuya vida transcurrió itinerante entre Florencia, Milán, Venecia y Roma, hasta morir en Francia, al servicio de los poderosos que reclamaban al más grande genio de la época, Piero -seguramente- pasó la mayor parte de sus días en su Florencia natal, donde moriría el 12 de abril de 1522 durante una epidemia de peste. De hecho, solo hay constancia de que abandonara Florencia una vez, en 1481, cuando acompañó a su suegro y maestro, Cosimo Roselli, para participar en la decoración de los muros laterales de la Capilla Sixtina. Precisamente, en honor de su maestro y suegro se conoce a nuestro pintor como Piero di Cosimo y no por su verdader nombre que era Piero di Lorenzo.

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Piero di Cosimo (1462-1522). Retrato de Francesco Giamberti (c. 1482-1485). Rijksmuseum, Amsterdam

Piero di Cosimo no había cumplido los veinte años cuando se le encargó el retrato de Francesco Giamberti (1405-1480), arquitecto y músico que trabajó para los Medici desde los tiempos del fundador de la dinastía, casualmente, otro Cosimo. El retrato -según dicen, basado en una máscara funeraria, lo cual hace que me sorprenda, aún más, el detalle con el que está realizado- fue un encargo del hijo de Giamberti, Giuliano de Sangallo (c.1445-1516), ingeniero militar, arquitecto y escultor, para formar pareja con su propio retrato, y nos muestra a un hombre de avanzada edad con claras referencias a algunas de sus ocupaciones. En la base del cuadro vemos una partitura, como músico que fue, y al fondo, sobre el ondulado paisaje toscano, algunos edificios que representan su oficio de constructor. Sorprende el cuidado que pone el joven pintor en cada detalle de la cara: los labios finos, la boca hundida, la prominente nariz, la oreja doblada bajo el peso de su gorro, las profundas arrugas que surcan la frente y el rostro, y otras más pequeñas en las comisuras de los labios y los párpados, las canas… Tanto es así que podemos observar perfectamente esas “venas de las sienes” que señalan algunos críticos, y que -en nuestra opinión (escribí sobre ello en noviembre de 2011, el mismo mes en que Santos-Bueso, Sáenz-Francés y García-Sánchez publicaban un artículo sobre el cuadro que nos ocupa en los Archivos de la Sociedad Española de Oftalmología, un artículo que he conocido después de haber escrito sobre el tema, confirmando mis sospechas)- se trata de una arteritis de la temporal, que procuramos ver con mayor detalle en una imagen ampliada de la zona afectada.

Piero di Cosimo Retrato de Francesco Giamberti Detalle

Piero di Cosimo (1462-1522). Retrato de Francesco Giamberti (c.1482)
Detalle donde se observa la inflamación de la arteria en la región temporal izquierda

El realismo y la calidad de la pintura nos permiten apreciar -como señalan los autores antes citados- “una lesión sobreelevada en la región temporal izquierda del personaje. Parece evidente que se trata de una arteritis de la arteria temporal ya que el trayecto de este vaso se encuentra inflamado de forma clara.”

Nunca sabremos cuál fue la causa de la muerte de Francesco Giamberti (75 años, en aquella época, ya era una edad bastante avanzada); pero sí podemos suponer, a la vista de este retrato pintado por Piero di Cosimo, que durante sus últimos años de vida sufrió con bastante probabilidad fuertes dolores de cabeza, de carácter pulsátil; alteraciones de la vista, como visión borrosa o doble, o manchas ciegas en un ojo, pudiendo llegar (aunque en el cuadro no lo parece) a la ceguera; dolor en la mandíbula, especialmente al masticar o hablar; dolor y rigidez en cuello y hombro; fatiga; pérdida de peso; fiebre… Todos ellos son algunos de los síntomas más frecuentes de la arteritis de la temporal que hoy, más de cinco siglos después de su muerte, nos atrevemos a diagnosticar a través del arte, porque un pintor del siglo XV tuvo el cuidado de reflejar fielmente lo que había visto en la cara de su modelo.

Referencias

Santos-Bueso E, Sáenz-Francés F, García-Sánchez J. ¿Arteritis de la temporal de Francesco Giamberti? Patología ocular en la obra de Piero di Cosimo. Arch Soc Esp Oftalmol. 2011;86(11):385-6.

La tentación primigenia

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He aquí las doce tablas del Políptico de la Adoración del Cordero Místico, conocido también como Políptico de Gante o Altar de Gante, realizado por los hermanos Hubert y Jan van Eyk , para el altar mayor de la Catedral de San Bavón, en la mencionada capital flamenca. Fue Hubert van Eyk quien comenzó a pintar la magna obra, y a ella se dedicó hasta su muerte en 1426; pero sería su hermano quien la culminara en 1432.

Los interesados en contemplar esta obra con detalle, pueden hacerlo accediendo a la estupenda página electrónica cuyo enlace les dejo a continuación:

Closer to Van Eyk: Rediscovering the Ghent Altarpiece

En la parte superior del retablo, a la derecha, Jan van Eyk nos muestra a Eva (una Eva, por cierto, a quien la pudibundez del siglo XIX vistió, pero hoy podemos ver en su estado natural). Ella, Eva, lleva en su mano derecha el fruto prohibido. Un extraño fruto -como podíamos apreciar en el detalle publicado en la entrada anterior- que en nada parece la tradicional manzana, deliciosa fruta a la que sin razón atribuimos normalmente la primera tentación, porque el Génesis no especifica cual era el fruto del árbol del bien y del mal. No me explico por qué ha tenido la manzana siempre “tan mala prensa”, desde la manzana de la discordia, que llevó al Juicio de Paris, hasta la manzana de Blancanieves, entre otras.

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Pero esta Eva de Jan van Eyk tiene una característica que llama la atención: está embarazada. Van Eyk es muy cuidadoso con la anatomía, la representa fielmente, y el estado de la mujer no ofrece dudas. Los expertos señalan que representa así a la madre universal. La explicación me parece satisfactoria. No obstante, entre la multitud de representaciones artísticas de Eva, dudo que podamos verla embarazada con frecuencia. Y puestos a criticar -no sólo a Van Eyk, sino ahora sí a la mayoría de los artistas- ¿por qué, si hasta después de comer del fruto prohibido no tuvieron Adán y Eva conciencia de su desnudez, aparecen casi siempre ocultando recatadamente sus genitales con las típicas hojas antes de comerlo?

A todos los amigos que tan amablemente y con tanto acierto han participado en este juego del fruto prohibido y la tentación de Eva: muchas gracias y un fuerte abrazo.

San Lucas, médico

San Lucas médico

Atribuido a Juan de Sevilla (fl.1401-1435). San Lucas
Museo del Prado. Madrid

El 18 de octubre se celebra en España y otros países la festividad de San Lucas, patrón de los médicos y de los estudiantes de Medicina.

Lucas, al que San Pablo -su maestro en la fe de Cristo– llamó “el médico amado” (1Col 4:14), era de origen griego, natural de Antioquía (en la Turquía actual) que en aquel tiempo formaba parte del Imperio Romano. Su formación médica helenística queda patente -según sus historiadores- en sus escritos conocidos, el tercer Evangelio sinóptico y los Hechos de los Apóstoles. Se dice que también fue pintor, y que llegó a retratar a la Virgen María. Por eso, en la iconografía del santo patrón de los médicos no es raro verle representado, además de con sus atributos como evangelista (el toro, fundamentalmente) como pintor de la Virgen. Médico, escritor, historiador y pintor, se le puede considerar, por tanto, como uno de los primeros médicos humanistas de los que tenemos noticia.

Sin embargo -como han hecho notar el profesor Bureo Dacal y la profesora López Campuzano– “la representación iconográfica de San Lucas como profesional de la medicina es muy escasa.” Por eso, me parece de especial interés la obra que encabeza esta entrada, una pintura al temple sobre tabla, de 161 x 155 centímetros, perteneciente al Museo del Prado, atribuida -aunque no con certeza absoluta- a Juan de Sevilla. La valoración artística de esta tabla goticista que se asoma a un Renacimiento incipiente me gustaría que la hicieran los expertos en arte que se asoman a este blog. Pero, desde el punto de vista médico, no debo dejar de llamar la atención sobre el acto que representa. No es un milagro, como ocurre en tantos y tantos cuadros de “santos médicos”. Aquí San Lucas, utilizando el instrumental quirúrgico que aparece sobre la mesa de trabajo, atiende a los pacientes de su consulta, y lo vemos curando a uno de ellos con esmero -más aún- con amor. Porque, como decía el profesor Laín Entralgo, el acto médico “…es un acto de amor.”(1)

En 1958, la escritora anglo-americana Taylor Caldwell publicó la novela Dear and Glorius Physician, que en español se titularía Médico de Cuerpos y Almas, con Lucas como protagonista. Son más de setecientas páginas, pero merecen leerse.

Buscando información para esta entrada encontré un post sobre San Lucas en el magnífico blog de la doctora Renata Calheiros Viana: Arte Médica. Te lo recomiendo.

Referencias bibliográficas

(1) LAÍN ENTRALGO, Pedro (1964): La relación médico-enfermo. Historia y teoría. Madrid, Revista de Occidente: 25.