El “Mal de Amor”: De los pintores holandeses del siglo XVII a los españoles de finales del siglo XIX y principios del XX

El “Mal de Amor”: De los pintores holandeses del siglo XVII a los españoles de finales del siglo XIX y principios del XX

Tras más de dos meses sin poder detenerme como quisiera en este blog me encuentro, al regresar, con la amable referencia que el autor de los extraordinarios euclides59 y Encontrando la lentitud y el Mar… le dedica a nuestro Siguiendo a Letamendi -la cual agradezco sinceramente- con motivo de una entrada suya sobre La dama anémica y otras obras de Samuel van Hoogstraten. Al hilo de la publicación de nuestro querido amigo, aunque sin intención de profundizar en el tema, sí quiero apuntar algunas notas sobre lo que se ha llamado el “mal de amor” o “mal de amores”.

Como dice el Profesor José Manuel Reverte Coma, a quien seguimos fundamentalmente en esta publicación:

“Una curiosa epidemia tuvo lugar a mediados del siglo XVII que afectaba solamente a las mujeres, especialmente a las jóvenes y bellas: el “mal de amor”. Al parecer, los tratamientos habituales de la época usados por los médicos no surtían ningún efecto. Las mejores noticias de este mal han llegado hasta nuestros días, a través de las obras de los más famosos pintores de la época, especialmente de Holanda y Flandes, donde al parecer atacó este mal con la mayor intensidad. La escuela de Frans Hals y de Rembrandt, formada por Gerard Dow, Van Hoogstraten, Metzu,Van Mieris, Netscher, Ten Borch, Juan Stegu y otros fueron los que más se dedicaron a reflejar en sus telas el aspecto físico y psíquico de aquellas jóvenes enfermas.”

Evidentemente, el tema tuvo gran aceptación entre los burgueses del Siglo de Oro holandés. Sólo de Jan Havicksz Steen se conocen una veintena de versiones entre las cuales, algunas de las más conocidas son las siguientes:

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La visita del médico” (1658-1662). Óleo sobre tabla. Wellington Museum. Apsley House. Londres

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La enferma de amor” (c.1660). Óleo sobre lienzo. 61 x 52 cm. Alte Pinakotek. Munich

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La joven enferma” (c.1660-1662). Maurithuis. La Haya

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La visita del doctor” (c.1660-1662). Maurithuis. La Haya

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La visita del médico” (c.1660-1665). Óleo sobre lienzo. 46 x 36.8 cm. Museo de Arte de Filadelfia

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La mujer enferma” (c.1663-c.1666). Óleo sobre lienzo. 76 x 63,5 cm. Rijksmuseum. Amsterdam

“Los cuadros de Jan Steen -apunta el Profesor Reverte Coma– recogen en imágenes la sintomatología polimorfa, variada, pero siempre constante de esta enfermedad, el mal de amor. Languidez, tristeza, ganas frecuentes de llorar, palidez del semblante y de los labios, dolores de cabeza, desgana de hacer nada excepto pasarse el tiempo tendida en un diván, un lecho o una butaca con almohadas en posiciones que variaban desde recostar la cabeza a cambiar de postura continuamente.” Pero en ellos hay también mucho de ironía, de ese peculiar sentido del humor del pintor -que puede llegar a ser irreverente- de esa forma jocosa -tan suya- de entender la vida.

El cuadro más conocido sobre el “mal de amor” de Gabriël Metsu, otro de los grandes pintores del Siglo de Oro holandés se encuentra en el Hermitage de San Petersburgo.

Gabriël Metsu (1629-1667).

Gabriël Metsu (1629-1667). “La visita del médico” (c.1660-1667). Óleo sobre lienzo. 61,5 x 47,5 cm. Hermitage. San Petersburgo.

En esta pintura de Metsu vemos a los tres personajes característicos y fundamentales del género. El médico, vestido de forma elegante pero discreta que -en esta ocasión, como en otras muchas- estudia atentamente un frasco con la orina de la paciente. La uroscopia, junto a la medida del pulso, eran las técnicas diagnósticas principales de la época. Una señora mayor que mira atentamente lo que está haciendo al médico pero, aquí, a cierta distancia de él, sin comentarle nada. Y la paciente: pálida, triste, lánguida… Pero Metsu trata el tema modo más formal -más serio se puede decir- que su paisano y contempóraneo Steen.

Existe un cuadro de Gabriël Metsu en el que no aparece la figura del médico sino sólo la paciente y su anciana acompañante que nos ofrece una imagen bastante más penosa que todas las que hemos visto antes.

Gabriël Metsu (1629-1667).

Gabriël Metsu (1629-1667). “La joven enferma” (1659). Óleo sobre tabla. 30 x 26 cm. Gemäldegalerie. Berlín

Aunque el cuadro más conocido de Gabriël Metsu -al menos en lo que a sus obras de interés médico se refiere- un cuadro que no me resisto a insertar aquí, a pesar de no tratar sobre el tema que nos ocupa, es La niña enferma (otros lo llaman El niño enfermo, porque no está claro el género de la criatura). Un cuadro que merece un estudio aparte.

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Gabriël Metsu (1629-1667). “La niña enferma” (c.1664-1666). Óleo sobre lienzo. 32,2 x 27,2 cm. Rijksmuseum, Amsterdam

Según Reverte Coma:

“El ‘mal de amor’ existe y ha existido en todo tiempo y en todos los países. El mal es físico y psíquico. A la inapetencia por los alimentos se añadía una desgana por la vida. A la enferma le faltaba la alegría de vivir, de cantar, de trajinar en la casa, de hacer y emprender cualquier tarea por pequeña que fuese. La paciente se dejaba morir poco a poco.”

Nos habla también el célebre antropólogo del francés François Boissier de Sauvages de Lacroix, conocido como “el médico del amor”; aunque fue un gran botánico, clínico eminente y gran profesor, amigo de Boerhaave y de Linneo:

“En 1724, François Boissier de Sauvages, presentó su tesis doctoral titulada: ‘Disertatio medica atque ludrica de amore…‘ en la que alterna las opiniones sobre el amor de los antiguos poetas con notables consideraciones científicas. Henry Meige le ha considerado como precursor de los psicólogos modernos con su concepto de ‘mal de amor’. Identificaba esta afección con una serie de trastornos psicofisiológicos que constituían entre sí un verdadero síndrome, una afección mórbida en la que estudia su etiología, sintomatología, complicaciones, patogenia, diagnóstico y terapéutica.

Definía el amor desde un punto de vista patológico como ‘enfermedad que se presenta entre los jóvenes de ambos sexos, con delirio en relación con el objeto amado y un vivo deseo de unión íntima honesta’. Consideraba ese ‘delirio’ como una forma psicopática especial, en la que existen una serie de síntomas psíquicos y otros físicos.

En cuanto al ‘mal de amor’ es descrito así por Boissier de Sauvages: ‘Estado de febrícula variable o continua que se manifiesta con palidez, inapetencia, melancolía y deseo de soledad. Se le llama fiebre blanca a causa del color de los enfermos, fiebre amorosa o fiebre de las jóvenes porque afecta sobre todo a las jóvenes enamoradas y se acompaña de palpitaciones, síncopes, etc.’.

Con frecuencia, el mal de amor se ha identificado con otra entidad nosológica, la clorosis. Y, al respecto, Reverte Coma explica:

“En escritos antiguos ya se habla de una febris amatoria o icterus amantium como enfermedad producida generalmente por el amor contrariado. A veces las enfermedades son las mismas pero los nombres y su sintomatología varía con los tiempos.
Más tarde Sauvages hablará de una ‘clorosis por amor’. Estos conceptos se encuentran ya en Hipócrates. La febris amatoria de los antiguos atribuye los síntomas en su mayor parte a trastornos del aparato genital. La retención de sangre en la matriz, los trastornos menstruales, la coloración verdosa de los tegumentos y los demás síntomas son parte de la misma enfermedad.
Hipócrates y Galeno ya hablaban de ellos. Ambroise Paré lo creía a pie juntillas. Meige cita a autores como Varandal, Lafare Rivière, Sennert y otros que atribuían la patogenia de la clorosis a trastornos menstruales. Durante los sigls XVII y XVIII otros nombres aparecen para definir la clorosis: ‘color pálido’, ‘enfermedad virginal’. Avicena ya había mencionado la obstructio virginum y Arquígenes a la febris alba, ‘tristeza amorosa’ o ‘pasión contrariada’.
Otros autores se contentan con llamar a la enfermedad ‘melancolía’, que se caracteriza por ‘ensueños acompañados de tristeza’ y que atribuían a ‘perversión de los espíritus animales’, a vapores que se desprendían de todo el cuerpo, del corazón, de los hipocondrios o de la matriz. La melancolía hipocondriaca y la ‘melancolía de amor’ tenían como fundamento una pasión desmedida por el objeto amado. Se hablaba también de una ‘melancolía uterina’ que se atribuía a la obstrucción de los vasos sanguíneos periuterinos lo que provocaba la suspensión de la regla. Su grado máximo era la ‘sofocación uterina’, que se atribuía a la corrupción de la sangre menstrual lo que producía vapores malignos que invadían todo el cuerpo.
Hopócrates describió estos signos como parte de lo que en siglos posteriores se llamaría histeria, de histeros, útero. La palidez y la neurosis estaban asociadas. Sydenham consideraba a la clorosis como una especie de histeria.
Meige señala que Jean Varandal fué el ‘padrino’ de la clorosis. Decía en una de sus obras:
‘Hay una enfermedad propia del temperamento femenino, que es más húmedo y más frío que el de los hombres, y es la que actualmente vemos desarrollarse en estas regiones de una forma casi endémica o epidémica, especialmente en las jóvenes más nobles y bellas, en las viudas u otras que viven en la abstinencia de todo trato sexual. Se la califica con el nombre de fiebre de amor o enfermedad virginal. Nosotros la llamamos ‘clorosis’ como Hopócrates”.
[…]
El síntoma más aparente era la palidez casi lechosa de la piel de la enferma. Los alemanes llamaban a esta enfermedad “milchfarbe” (color de leche) y era un color algo así como el de la cera vieja, un color y aspecto céreo, casi transparente, a veces verdoso. Ese tono fué muy bien captado por Samuel van Hoogstraten en sus lienzos, pero en realidad sólo se presenta con esta intensidad en los casos más severos. Por ello a esta fase de la enfermedad se la llamaba ‘morbus viridis‘. En Inglaterra se llamaba ‘green sickness‘.”

Samuel Dirksz van Hoogstraten (1627–1678).

Samuel Dirksz van Hoogstraten (1627–1678). “La visita médica” o “La dama anémica” (c. 1660). Óleo sobre lienzo 69,5 x 55 cm. Rijksmuseum. Amsterdam


“Un hecho notable -sigue explicando Reverte Coma– era que las enfermas de ‘mal de amor’, a pesar de su extremada palidez, nunca se adelgazaban, al contrario, parecían estar turgentes. Nunca se las veía emaciadas, sino con un turgor vitalis o lymphaticus, edematosas, lo que daba la sensación de que tenían un buen revestimiento adiposo.
En el cuello, los ‘collares de Venus’ se acentuaban aumentando debido a una hiperplasia tiroidea que era casi constante. En las extremidades había edemas verdaderos, los llamados edemas cloróticos. Sus rostros daban la sensación de máscaras de alabastro con una expresión muy particular en los ojos, con la esclerótica azulada y las ojeras muy marcadas. Los ojos tenían una expresión de languidez y de tristeza muy peculiar.
La paciente suspiraba y lloraba con frecuencia, se apartaba de la sociedad de los demás con signos de melancolía que llegaba en ocasiones a la alienación mental. Gran apatía y desgana por todo trabajo intelectual o físico, ansiedad, tristeza, depresión y una laxitud que parecía paralizar a estas víctimas de ‘mal de amor’.
Los pintores flamencos nos han dejado muy claramente expresado el hecho de cómo buscaban con almohadas una postura de reposo que nunca encontraban. Las enfermas no hablaban, parecían estar pasmadas, no hacían caso de lo que se les decía, parecía como si no entendiesen lo que oían. Eran frecuentes las lipotimias, desvanecimientos por anemia cerebral, síntoma inseparable de la clorosis.
Los trastornos cardiovasculares eran otro signo constante, caracterizados por palpitaciones que se presentaban por accesos y que las dejaban sin aliento. Bouillaud señalaba que el corazón latía en completa anarquía, presentado una verdadera ‘locura cordis’, que se acompañaba de disnea o anélitos. La enferma, al sentir estas molestias, llevaba la mano al pecho como queriendo sostener el corazón que parecía querer escapar al exterior.
Esta agitación del corazón se transmitía a todo el sistema vascular, lo que notaban en el pulso que se aceleraba, aumentando notablemente su frecuencia.
Meige que estudió con detalle este síndrome decía que ‘la emoción amorosa se traducía por trastornos cardiovasculares y fenómenos vasomotores”.
Las cefaleas eran frecuentes, así como las neuralgias de localizaciones muy diversas, pero sobre todo, las migrañas. En algunos cuadros de la época se puede ver cómo la paciente tiene un emplasto aplicado sobre la cabeza, las sienes o la frente, lo que constituía el remedio universal en estos casos.
Los dolores de muelas eran también frecuentes. En España tenemos un refrán que hace referencia a esta relación entre dolor de muelas y amor: ‘dolor de muelas, mal de amores’. En estos casos se usaban los emplastos de mástic.
Los trastornos digestivos eran constantes: anorexia, inapetencia. También se presentaba perversión del apetito, la llamada ‘pica’ o ‘malacia’, con especial predilección por las bebidas ácidas, el limón especialmente. El organismo, sabiamente, pedía lo que le faltaba, vitamina C.
Trastornos del aparato genital, trastornos menstruales eran constantes.
En cuanto al tratamiento, decía Sauvages, que hay ciertas plantas cuya virtud es funesta al amor, como la ruda (Ruta graveolens) que se utilizó mucho y aún se usa en muchas partes de Europa y América contra las crisis de histeria así como abortivo peligroso y el alcanfor (Laurus camphora) utilizado como cardiocinético. A pesar de ello, creía Sauvages que ‘el amor se cura con hierbas’ (Amor est curabilis herbis).
Como tratamiento prescribía ‘un régimen sobrio y refrescante de lacticinios, tisana de cebada, raíces de nenúfar, semillas de Agnus castus, ejercicios corporales, distracciones sanas y viajes’. Prohibía todo cuanto podía agravar el mal, tal como las carnes, los vinos generosos, los alimentos con especias.
Pero, el mejor remedio era… el matrimonio. Como dice el aforismo hipocrático “Nubat illa et malum effugiet“. El matrimonio y sobre todo, el embarazo, que ejercía una influencia muy beneficiosa en las clorosis.
Meige menciona el párrafo de Molière en su obra teatral Le Médecin malgré lui que dice en el acto segundo: ‘Todos estos médicos no harán nada mejor que el agua clara y vuestra hija necesita algo mejor que el ruibarbo o el sen y es que un marido será el mejor emplasto que cure todos los males de esta joven’. Probablemente por estas razones se llamó a la clorosis ‘santa enfermedad’ porque se presentaba solamente en las vírgenes. Era más frecuente en los países húmedos y fríos como es el caso de los Países Bajos.
Otro signo de clorosis era la constipación o estreñimiento. En aquella época se usaban los clísteres que estaban en su apogeo como terapéutica y los laxantes. Y como de costumbre se sangraba a las pobres pacientes, lo que por regla general empeoraba el mal, empobreciéndolas más en glóbulos rojos, bien escasos ya en las clorosis con anemia ferropénica. Además el médico inspeccionaba de visu et odoratu el aspecto de los humores que salían de la enferma.”

No es de extrañar que don Gregorio Marañón dedicara también su atención al estudio de la clorosis. Decía el gran maestro:

“La clorosis es un ejemplo único en la Historia de la Medicina; el de una enfermedad de inmensa extensión, no sólo entre los médicos, sino entre el vulgo, que de repente, desaparece casi en absoluto. Y no fue una extinción porque se haya llevado a cabo una lucha específica contra ella, como ha ocurrido con la viruela, la fiebre amarilla u otras. La clorosis ha desaparecido ‘mágicamente’.”

Precisamente a Marañón se refiere el Profesor Reverte Coma en el final este artículo suyo que venimos transcribiendo, y apunta:

“Seguía diciendo Marañón: ‘Esta enfermedad ha figurado en millones de diagnósticos de los médicos clásicos. Ha influido mucho en la vida de la mujer -y por tanto del hombre- durante varios siglos, ha enriquecido a tantos farmacéuticos y propietarios de aguas minerales, ha hecho exhalar tantos suspiros a tantos jóvenes enamorados y movido la inspiración de poetas… ¿pero, ha existido realmente?’

Citada ya por Hipócrates, ‘será en el siglo XVII cuando Varandal o Varandaeus, de Montpellier, la bautiza en 1620 con el nombre de clorosis’. Todos los libros de Patología han dedicado muchas páginas a esta enfermedad que se presenta en las jóvenes vírgenes y que desaparece al casarse o madurar.

Sin embargo, la civilización moderna terminó con la enfermedad. Los grandes clínicos del siglo XX están de acuerdo en afirmar que ya no se encuentran casos de esta enfermedad, y que para enterarse de lo que era hay que buscar en los libros antiguos. Todavía se veían casos en la primera decena del siglo XX. Marañón, Pittaluga y otros hematólogos, encontraron esta enfermedad diagnosticada muchas veces a través de anemias hipocrómicas asociadas con trastornos menstruales. Sin embargo, no tenían todas las características descritas por los clásicos, por lo que comenzaron a llamarla ‘pseudoclorosis’. Posteriormente, cuando los medios de diagnóstico mejoraron, los diagnósticos fueron más precisos, haciéndose aparentes diversas infecciones latentes que actuaban sobre el sistema hematopoyético, especialmente sobre el metabolismo de la hemoglobina. Ejemplo de esto fué la tuberculosis. Así es muy probable que muchas de las enfermedades calificadas de cloróticas fuesen tuberculosis con sus febrículas vespertinas que eran diagnosticadas de ‘fiebres cloróticas’ por Wunderlich, al decir de Marañón. Se hablaba incluso de una ‘tos clorótica’ que no era más que la tos de los tuberculosos, todo lo cual se acompañaba de síntomas neurovegetativos. Estudios minuciosos demostraron que la tuberculosis afectaba con mucha frecuencia al aparato genital, especialmente a los ovarios.

Marañón cita una experiencia dolorosa de los comienzos de su vida profesional en relación con esta enfermedad: ‘Yo no podré olvidar nunca, dice, el caso de una muchacha de l6 años, hermana de un compañero de estudios, a la que vi apenas terminados aquéllos, con el entusiasmo de las primeras experiencias profesionales. Estaba anémica, con el tono alabastrino típico. Su menstruación era escasa. Apenas tosía un poco. Entonces, todavía no se hacía el examen radioscópico sistemático del tórax, que seguramente nos hubiera descubierto lesiones que no denunciaba la exploración clínica a nuestro oído aún poco experto. Tenía una anemia hipocrómica que decidió nuestro diagnóstico de clorosis. Pocos meses después, esta clorótica, llena de interés y de belleza, moría de una granulia. En el pesar que me produjo este fracaso, está tal vez, el germen del estudio de hoy, hostil, creo que justamente a la clorosis’.

Otras muchas cloróticas encerraban focos de croniosepticemia (en amígdalas, oídos, dientes, sinusitis), de endocrinopatías (insuficiencias ováricas o disfunciones ováricas de diversos grados) muy relacionadas con la anemia hipocrómica.

Marañón relaciona la frialdad de las manos de las cloróticas descritas por los médicos de su tiempo con la mano hipogenital o acrocianosis.

También las afecciones del tiroides podían ocasionar sintomatología clorótica por su relación con el metabolismo de la hemoglobina, como las alteraciones de las cápsulas suprarrenales (hipofunciones corticales), que se acompañan de pigmentaciones anormales, discromías. Por supuesto, la alimentación deficiente o incorrecta podía ocasionar alteraciones cloróticas.

Por todo lo expuesto, Marañón negaba a la clorosis la calidad de entidad nosológica que durante siglos se le dio. Para él no existió nunca la ‘clorosis verdadera’ a pesar de lo que habían dicho [notables autores]. ‘La clorosis, dice tajantemente Marañón, fué una verdadera invención literaria, netamente romántica, un ente fantástico en la Patología’. De febris amativa morían Raquel y la Julia de Lamartine, la Mimí de La Bohème. La palidez de la mujer se interpretaba como virginidad que volvía locos de amor a los hombres.

Recuerda Marañón la comedia de Lope de Vega, El acero de Madrid y la canción en la que se repite aquello de: ‘Niña del color quebrado, o tienes amor o comes barro’. Las jóvenes cloróticas acudían por las mañanas a beber de la fuente ferruginosa de la Casa de Campo de Madrid.

Así, la clorosis y su origen o consecuencia podemos hoy incluirlos en la mitología de la Patología Médica, entre los objetos de Museo.

Y eso a pesar de que haya sido motivo de inspiración para tantos poetas y especialmente pintores que reflejaron en sus lienzos, no las enfermas de ‘mal de amor’ sino a las tuberculosas de su tiempo que también tuvieron derecho a enamorarse de amores imposibles. A pesar de todo todavía existe el ‘mal de amor’. Como se dice de las brujas en Galicia, ‘haberlo, haylo’.

Existió o -como apunta el sabio Marañón– no existió el mal de amor y fue sólo una invención literaria que representaron los pintores con gran éxito de ventas… Lo cierto, es que a finales del siglo XIX, en esta España nuestra, Vicente Palmaroli pinta el mal de amor pero sustituyendo al médico por el fraile. Un fraile, eso sí, que en un alarde de intrusismo profesional toma el pulso a la joven enferma.

Vicente Palmaroli (1834-1896).

Vicente Palmaroli (1834-1896). “Mal de Amores” (1878). Colección Particular

Algunos años más tarde, ya a principios del siglo XX, en 1912, el maestro Francisco Pradilla todavía trata sobre el tema; pero esta vez no es médico ni fraile quien se acerca para sanar a la muchacha enferma, sino un joven músico con su theorbo… Acertada elección del ilustre pintor aragonés: porque es incuestionable el efecto curativo de la música. 

Francisco Pradilla (1848-1921).

Francisco Pradilla (1848-1921). “Mal de Amores” (1912). Óleo sobre lienzo. 265 x 160 cm. Colección particular

A propósito de la música, mientras redactaba esta entrada escuchaba yo la canción de Gianni Bella, la famosa De amor ya no se muere, también en la versión de Sergio Dalma. Pero sobre todo, escuchaba una y otra vez el precioso madrigal Si dòlce è’el tormento, de Claudio Monteverdi (no dejen de ver el estupendo post que le dedica José Luis en su blog Ancha es mi casa), un madrigal que -como apunta nuestra amiga Hesperetusa– “lleva en sus palabras todos los temas del amor cortés de cinco siglos atrás”. Lo inserto a continuación en la peculiar y prodigiosa voz de Philippe Jaroussky.

Enlaces de interés

Gonzalez-Crussi F. (2015) : “Lovesickness in art and medicine“. Hektoen International, 7(3).

Reverte Coma, J. M. (s.f.): “El mal de amor”.

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Amarillo Van Gogh: ¿por decisión del pintor o por motivos médicos?

Amarillo Van Gogh: ¿por decisión del pintor o por motivos médicos?

En un reciente número de la revista Noticias Médicas mi admirado Dr. Pedro Gargantilla trata sobre las posibles razones por las que el color amarillo dominó la paleta de Vincent van Gogh, hasta el punto de que algunos nos atrevamos a hablar del “amarillo Van Gogh”. Como no parece posible encontrar este artículo en Internet me permito copiarlo, citando la referencia[1], y añado las pinturas que el Dr. Gargantilla menciona:

La decisión de Van Gogh de emplear nuevos colores brillantes en sus lienzos es considerado un hito en la historia del arte. El artista holandés eligió deliberadamente colores para manifestar sus estados de ánimo y sus emociones. Entre los años 1886 y 1890 el color amarillo dominó su paleta cromática. Esto se puede observar, por ejemplo, en “La noche estrellada“…

Vincent van Gogh (1853-1890). La noche estrellada (1889). Museo de Arte Moderno (MOMA). Nueva York

Vincent van Gogh (1853-1890). La noche estrellada (1889). Museo de Arte Moderno (MOMA). Nueva York

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…”Terraza de café por la noche“…

Vincent van Gogh (1853-1890). Terraza de café por la noche (1888).  Museo Kröller-Müller, Otterlo, Holanda

Vincent van Gogh (1853-1890). Terraza de café por la noche (1888). Museo Kröller-Müller, Otterlo, Holanda

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…”Los girasoles“…

Vincent van Gogh (1853-1890). Una de las pinturas de la serie

Vincent van Gogh (1853-1890). Una de las pinturas de la serie “Los girasoles” (1888-1889), repartidos por distintos museos.

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… o “Campo de trigo con segador y sol“.

Vincent van Gogh (1853-1890). Campo de trigo con segador a la salida del sol (1889). Museo Van Gogh, Amsterdam

Vincent van Gogh (1853-1890). Campo de trigo con segador a la salida del sol (1889). Museo Van Gogh, Amsterdam

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Ahora bien, -continúa Gargantilla– ¿por qué este color y no otro? ¿Fue una elección propia del pintor holandés o respondió a algún tipo de alteración médica? Se han propuesto dos posibles explicaciones médicas: la intoxicación crónica por absenta y la intoxicación por digital.

En cuanto a la intoxicación crónica por absenta, sabemos que era el licor por excelencia en los entornos bohemios que frecuentaba el artista y que contiene tujona, un aceite químicamente relacionado con el alcanfor, cuyo consumo mantenido y elevado puede provocar visión en halos de colores. Sin embargo se ha calculado que habría que consumir 192 litros de absenta para producir este efecto, una cantidad muy elevada.

La otra posibilidad es que los halos amarillos fuesen las xantopsias que produce la intoxicación crónica por digital. Sabemos que esta sustancia formaba parte del tratamiento de la epilepsia y de las enfermedades mentales en el siglo XIX, puesto que se le atribuía un efecto antiepiléptico y sedante. Analizando las epístolas del artista a su hermano Theo hemos podido saber que la digital fue un tratamiento que le prescribió de forma regular el doctor Paul-Ferdinand Gachet. Es más, en el retrato que realizó a su médico en 1890, en el que aparece sujetándose la cabeza con su brazo derecho, hay un ramillete de Digitalis purpurea o dedalera sobre la mesa, la planta a partir de la cual se extrae la digital.

Hasta aquí el artículo del Dr. Gargantilla en Noticias Médicas: con el retrato del Dr. Gachet, única imagen que vemos en la revista.

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

Cabe añadir que existe otro retrato del Dr. Gachet pintado por Van Gogh en la misma época, que se encuentra en el Museo de Orsay, en París, en el que también aparece la planta de digital.

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

Según nos explica Gargantilla, no es posible que la absenta fuera responsable de esa predilección por el amarillo que tenía Van Gogh. Pero no se puede descartar su influencia en la compleja patología del pintor, como sugería Vallejo-Nájera[2]. Y Francisco José Soto Febrer escribe[3]:

No podemos decir que la absenta sea la causa de la enfermedad del pintor, pero sí que contribuyó a empeorarla, y a perjudicar bastante su salud física, porque sí que podemos atribuirle muchos de los síntomas puramente orgánicos, tales como vértigos, dolores abdominales, vómitos, temblores, e incluso las alucinaciones visuales.

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Edgar Degas (1834-1917). “En un café”, también llamado “La absenta” (1873). Musée d’Orsay

Finalmente, dado que Paul Gachet sólo asistió a Van Gogh durante sus últimos meses de vida, nos preguntamos si otros de los muchos médicos que le atendieron anteriormente -entre ellos el doctor Félix Rey– usaron también la digital en sus tratamientos. Habrá que investigarlo…

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Félix Rey (1889). Museo Pushkin, Moscú.

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Félix Rey (1889). Museo Pushkin, Moscú.

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Referencias bibliográficas

[1] Gargantilla, P. (2015): “El Doctor Gachet”. Noticias Médicas; 4.000: 15.

[2] Vallejo-Nágera, J.A. (1979): Locos egregios. 7ª ed. Madrid, Dossat: 261-287.

[3] Soto Febrer, F.J. (2013): La patología de Van Gogh. En: Romero Coloma, A.M. y Soto Febrer, F.J.: El mundo de Van Gogh a través de su pintura y su enfermedad. Chiclana de la Frontera (Cádiz), Presea: 96.

Las “Lecciones de Anatomía” del Dr. Frederik Ruysh

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Jan Van Neck (1634-1714). La lección de anatomía del Dr. Frederick Ruysch (1683)
Óleo sobre lienzo. 141 x 203 cm.
Amsterdam Museum

Con mi sincero agradecimiento para quienes tan amablemente han participado en el juego, identificando el cuadro de donde había tomado el detalle que publicaba en la entrada anterior (tú Lisa, yo Conda, Francisco Javier Tostado, Chus y Jorge Fernández-Alva), me parece oportuno mostrar en ésta la obra completa. Efectivamente, se trata de “La Lección de Anatomía del Dr. Frederik Ruysh, pintada por Jan Van Neck en 1683.

Entre las numerosas “Lecciones de Anatomía” que se pueden encontrar, realizadas durante los siglos XVII y XVIII, fundamentalmente en Holanda (aunque también en otros países), ésta destaca por la particularidad de que se está realizando la disección un recién nacido (un recién nacido que aparenta ser demasiado mayor para serlo realmente), al que se han extraído las visceras abdominales, pero permanece todavía unido por el cordón umbilical a la placenta cuya vascularización parece ser el motivo de estudio. A la disección asisten expectantes cinco caballeros, posiblemente -aunque no los he podido identificar- miembros del Gremio de Cirujanos de Ámsterdam, además del Dr. Ruysh (que aparece con la cabeza cubierta por un sombrero, en razón de su preeminencia) y del propio hijo de éste, Hendrik, quien con el tiempo continuaría la labor de su padre y aquí vemos, en los inicios de su formación anatómica, sosteniendo entre sus manos el esqueleto de otro recién nacido, a modo de referencia para los presentes.

Mucho habría que hablar todavía del Dr. Frederik Ruysch, que nació en La Haya, el 28 de marzo de 1638, estudió en la prestigiosa Universidad de Leiden, y falleció en Amsterdam el 22 de febrero de 1731, a la avanzada edad de 92 años. Dicen que el siglo XVII es el Siglo de Oro de la pintura holandesa y yo creo que podríamos decir los mismo de la medicina, que llegaría a su culmen con Herman Boerhaave (1668-1738). Ruysch fue tan eminente anatomista como botánico. En 1667, cuando todavía no había cumplido los treinta años, fue nombrado praelector (el cargo de mayor relevancia) del Gremio de Cirujanos de Ámsterdam; en 1668, instructor jefe de las matronas de la ciudad, que debían examinarse ante él para poder ejercer la profesión; y, en 1679, forense de los tribunales de la misma ciudad… entre otros muchos nombramientos, honores y distinciones. En otra ocasión hablaremos sobre su curiosa afición (en la que colaboraba con él su hija Rachel, más tarde célebre pintora) que le llevó a relacionarse nada menos que con el zar de Rusia, Pedro el Grande

Sí me parece oportuno, antes de poner punto final a esta entrada, que veamos la otra “Lección de Anatomía” en la que aparece retratado trece años más joven, porque fue pintada por Adriaen Backer en 1670, disecando la región femoral de un cadáver y estudiando, posiblemente, las válvulas de los vasos linfáticos (otro de sus descubrimientos anatómicos), tema sobre el que ya había publicado su Dilucidatio vaivularum in vasis lymphaticis et lacteis, en 1665.

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Adriaen Backer (c.1635-1684). Lección de Anatomía del Dr. Ruysch (1670)
Óleo sobre lienzo. 168 x 244 cm.
Amsterdam Museum

La mujer del martillo y el clavo

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Hoy me he encontrado de repente con este cuadro. Me ha impresionado. No sé cuanto tiempo he estado contemplándolo… Al rato se me ha ocurrido un juego. ¿Por qué no? Un juego para jugarlo despacio, con tiempo… No puedo evitar las prisas fuera de aquí, aquí sí. Y si alguien quiere jugar conmigo, estaría encantado.

El juego consiste en averiguar la historia de la que esta imagen forma parte… Hay otras, por supuesto, que publicaré más adelante. Por ahora nos preguntamos:

  1. ¿Quién es esta mujer que nos mira fijamente con gesto adusto, llevando un terrible martillo en su mano derecha?
  2. ¿Quién es la anciana que parece estar orando, con las manos juntas, detrás de ella?
  3. ¿Quién es el caballero vestido con armadura que se ve al fondo?

De momento, me permitirán que no de pistas y reserve para una ocasión posterior más datos sobre el cuadro. Poco a poco iremos resolviendo el misterio… ¿Jugamos?

Gerrit Dou y la uroscopia

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Gerrit Dou (1613-1675). “El Médico” (1653)
Óleo sobre tabla. 49,3 x 36,6 cm.
Kuntshistorisches Museum. Viena

La escena se abre ante el espectador mediante un enorme arco con balcón -que el pintor Gerrit Dou(1) emplea con frecuencia- decorado con una suntuosa cortina azul y relieves en la parte inferior. El médico, que da título al cuadro, realiza una uroscopia observando atentamente la “matula“, “…una vasija de vidrio de forma esférica en su parte inferior, con un cuello de grosor variable, que simulaba […] la forma de la vejiga”.(2) Delante de él cuelgan una alfombra ricamente bordada, una bacía de metal (como aquélla de barbero-sangrador que Don Quijote usaba a modo de yelmo), un frasco de plata adornado con relieves, un libro con ilustraciones del esqueleto humano, seguramente la famosa anatomía vesaliana, De humani corporis fabrica, que parece haber sido objeto de múltiples consultas, y un globo terráqueo medio velado por la cortina, símbolo de la alquimia, tenida por falsa ciencia. “Estos elementos -como apuntan Vigué y Ricketts– pretenden plasmar la amplitud y profundidad de los conocimientos de este médico, pero también la enorme capacidad del pintor para representar todas las cualidades materiales de los objetos”.(3) Detrás, oculta entre las sombras (la luz entra por una ventana situada a la derecha del médico), hay una mujer… no sabemos si la propia paciente o quizás una sirvienta que ha traido la orina para que el médico la examine… Cabe añadir que, en este cuadro, Gerrit Dou nos ofrece su autorretrato: el artista, tan aficionado a este tema, se pinta a sí mismo en el papel de médico.

Durante muchos siglos -sobre todo durante la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco- la uroscopia, definida por el Diccionario de la Lengua Española como la “inspección visual y metódica de la orina, antiguamente usada para establecer el diagnóstico de las enfermedades internas”, fue el procedimiento más utilizado en medicina para diagnosticar los padecimientos del paciente, hasta tal punto que los pintores holandeses del siglo XVII la representaron en múltiples ocasiones como símbolo por excelecia del acto médico.

Gerrit Dou fue uno de esos pintores holandeses del Barroco, que nació en Leiden, el 7 de abril de 1613, y falleció en la misma ciudad el 9 de febrero de 1675, a los 61 años de edad. El primer maestro de Dou fue su propio padre, un grabador de vidrio. Luego fue aprendiz de otros artistas locales, un grabador de cobre y un pintor sobre cristal. Es posible que de ellos aprendiera la delicada minuciosidad, hasta en los más mínimos detalles, que luego caracterizaría todos sus cuadros. En 1628, con 15 años, Gerrit Dou se convertiría en el primer discípulo de un joven Rembrandt, ya pintor reconocido aunque entonces contaba tan sólo 22 años de edad. Con Rembrandt se formó durante tres años, y de él adquirió algunas de sus habilidades más significativas, como el exquisito uso del color y la forma de plasmar los más sutiles efectos del clarooscuro. Desde que el maestro se trasladó a Amsterdam, en 1631, Gerrit Dou pasó a ser el pintor más importante de Leiden; una ciudad que, además de por su famosa universidad, destacaba por ser el principal centro productor de arte al gusto de la burguesía de la época. Al principio de su carrera, Dou, pintó algunos retratos; pero estos fueron disminuyendo posteriormente, ya que los retratados eran reacios a darle el tiempo que él consideraba necesario para realizar sus obras. Cuentan que podía tardar cinco días en pintar una mano. No sería raro que en esto influyera su formación infantil, cuando trabajaba cuidadosamente sobre un material tan frágil como el vidrio; pero también es posible -aunque esto no lo pueda afirmar- que fuera el propio carácter del pintor -extremadamente minucioso, hasta cierto punto obsesivo con el orden y la limpieza, que esperaba cuando se movía en su estudio a que se depositara la última partícula de polvo antes de seguir pintando, y se fabricaba sus propios pinceles porque pensaba que nadie podía proporcionarle los que quería para poder aplicar en el lienzo o la madera sus finísimas pinceladas- el que le hacía trabajar tan lento. No obstante, a pesar de esa minuciosidad suya, a Dou -que debió ser un trabajador infatigable- se le atribuyen más de doscientas pinturas, las cuales se encuentran repartidas por las principales pinacotecas del mundo. Pintó sobre los más variados temas; pero es conocido, fundamentalmente, por sus interiores domésticos, por lo general con pocas figuras, enmarcadas por una ventana o por las faldas de una cortina y rodeadas de libros, instrumentos musicales, y otros objetos alusivos al tema que representaba. Entre los temas que más gustaban entonces, a juzgar por el gran número de cuadros en que aparecen, se encontraban las escenas que mostraban diversas actividades médicas, y entre ellas la del médico practicando la uroscopia. Sólo entre Gerrit Dou y su paisano y contemporáneo Jan Steen, llegaron a realizar cerca de veinte versiones de médicos uroscopistas (al menos, que yo conozca).

En realidad, a través de los tiempos, los pintores han representado a los médicos en incontables ocasiones. A veces, mediante retratos con mayor o menor presencia de símbolos de la profesión; pero también, con frecuencia, mostrando escenas en las que se llevan a cabo distintas actuaciones diagnósticas o terapéuticas. Y, no por casualidad, una de las más representadas ha sido la uroscopia. Ya en los tratados hipocráticos se hace referencia a la utilidad del examen de orina para el disgnóstico de múltiples enfermedades. Pero, según los testimonios gráficos con los que contamos, se puede decir que la uroscopia va adquiriendo relevancia durante la Edad Media y se sigue utilizando de manera generalizada, prácticamente, hasta bien entrado el siglo XVIII. De modo que en el siglo XVII, para los artistas de la “edad de oro” de la pintura holandesa, se trataba de la práctica médica más característica.

Las primeras representaciones conocidas de la uroscopia -según Amalia Pati– se encuentran en manuscritos médicos del siglo XII; aunque, curiosamente, aparece también en obras de distinta naturaleza, como breviarios y devocionarios. Pero la escena de un médico practicando la uroscopia también se esculpe en algunas catedrales europeas, como la Catedral de Ruán, o se talla en las puertas del campanario de la Catedral de Florencia. Tampoco es raro -añade Pati– “…ni se consideraba impropio, representar a Cristo como un uroscopista simbolizando, de este modo, sus superiores poderes curativos”.(4) No obstante, hasta que lo hicieron los pintores barrocos holandeses, la escena nunca había sido representada con tanta frecuencia.

Con los adelantos de la ciencia, ya avanzado el siglo XVIII, la uroscopia perdió su importancia como método diagnóstico y los artistas dejaron de representarla… aunque todavía durante bastante tiempo, al menos hasta la invención de la fotografía, los pintores seguirían actuando como auténticos cronistas de su época, ofreciéndonos multitud de interesantes testimonios para el estudio de la relación entre la Medicina y el Arte.

NOTAS

(1) El nombre de Gerrit Dou lo encontramos escrito, a veces, como Gerard, y el apellido como Dow o Douw. En este escrito se emplea la forma más usual y frecuentemente utilizada.

(2) PATI, Amalia (2007): “¿Qué es la escena uroscópica?”. Medicina & Cultura, 1, 3 [Disponible en: http://www.medicinaycultura.org.ar/03/Pintura_01.htm; consultado el 29 de agosto de 2013].

(3) VIGUÉ, Jordi y RICKETTS, Melissa (2008): La Medicina en la Pintura. El Arte Médico. Barcelona, Ars Médica: 133.

(4) PATI, Amalia (2007): Loc. cit. en nota 2.

La lección de anatomía del doctor Tulp

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El pasado 15 de julio se cumplieron 407 años del nacimiento de Rembrandt. Aunque con unos días de retraso, quiero recordarlo con una de sus obras más emblemáticas y de mayor importancia para la historia de la relación entre la medicina y el arte: la lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp (1632).

Para hablarles del cuadro -mejor que yo- entre la numerosa bibliografía existente (y no toda de confianza) he seleccionado el artículo publicado en el año 2011 por los doctores Roberto Rosler y Pablo Young, en la Revista Médica de Chile, al que se puede acceder pulsando sobre el título del artículo, a continuación: “La lección de anatomía del doctor Nicolaes Tulp: el comienzo de una utopía médica”.

La mano de Goltzius

Hendrick Goltzius (1558-1617). Mano derecha del autor (1588)
Dibujo a pluma y tinta marrón. 23 x 32,2 cm.
Teylers Museum, Haarlem, Holanda

Cuando era niño, Hendrick Goltz (luego latinizaría su apellido como Goltzius), sufrió una grave quemadura en su mano derecha que le causó secuelas permanentes. La mano quedó deforme e incapacitada para realizar sus funciones con normalidad. Sin embargo, a pesar de su minusvalía, Goltzius llegaría a ser uno de los grabadores y pintores holandeses más importantes de su época.

Según su amigo, el pintor, historiador del arte y poeta Karel van Mander (1548-1606), Goltzius dibujaba y pintaba con la mano izquierda; pero grababa con la derecha, porque había aprendido a sujetar el buril con más fuerza que otros artistas, desarrollando la musculatura de todo el miembro superior derecho.

Goltzius nunca dejó de prestar una atención especial a su mano lesionada, a la que representó en numerosas ocasiones, como en los cuatro estudios que podemos ver a continuación:

Hendrick Goltzius (1558-1617). Cuatro estudios de su mano derecha (c.1588/1589)
Städelsches Kuntsinstitut, Frankfurt, Alemania

Pero, ciertamente, sus limitaciones orgánicas y funcionales no impidieron que se convirtiera en uno de los artistas más renombrados de su tiempo, en el norte de Europa: y todo gracias a su tesón y a su fuerza de voluntad.

Hendrick Goltzius (1558-1617). Autorretrato (1593/94)
Dibujo coloreado con carboncillo, tizas y acuarelas
Albertina, Viena, Austria

Un siglo más tarde, al sur de Europa, el compositor veneciano Antonio Lucio Vivaldi (1678-1741) pudo dedicarse por entero a la música -para satisfacción nuestra- porque fue dispensado del ejercicio de sus funciones sacerdotales por la insuficiencia respiratoria que padecía. Disfrutemos, pues, de este In turbato mare” RV 627 y rindamos homenaje a los dos grandes maestros, el músico y el pintor.

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