Paul Gachet: el médico pintor y amigo de pintores

Paul Gachet: el médico pintor y amigo de pintores

Es posible que Paul Ferdinand Gachet (1828-1909) haya pasado a la historia tan sólo porque fue el último médico de Vincent van Gogh (1853-1890) y el pintor lo retrató en junio de 1890, poco antes de quitarse la vida. Pero el Dr. Gachet fue un médico muy peculiar, amigo de artistas y artista él mismo, que sólo conoció a Van Gogh durante los dos últimos meses de vida del pintor que lo haría pasar a la historia y no sólo fue retratado por él. No hablaremos ahora del controvertido ejercicio profesional del Dr. Gachet, ni de la polémica que todavía existe sobre su verdadero papel en la muerte de Van Gogh, sino que -simplemente- se expondrá una galería de retratos.

Paul Gachet compartió sus estudios y su ejercicio profesional, como médico, con su pasión por el arte. Él mismo fue autor de un buen número de dibujos, grabados y pinturas, que firmaba con el seudónimo Paul Van Ryssel, que no se pueden calificar de excelentes pero sí merecen que, en alguna ocasión, les dediquemos nuestra atención. Y siempre le gustó cultivar la amistad de los artistas, en especial de los pintores. Su amigo Ambroise Détrez, que luego sería profesor de Bellas Artes en Valenciennes, le retrató cuando todavía era estudiante de Medicina.

Ambroise Détrez (1811-1863). Retrato del doctor Paul Gachet cuando era estudiante (c.1850-1852) Óleo sobre lienzo. 58 x 48,5 cm. Musée des Beaux-Arts. Valenciennes

Ambroise Détrez (1811-1863). Retrato del doctor Paul Gachet cuando era estudiante (c.1850-1852)
Óleo sobre lienzo. 58 x 48,5 cm.
Musée des Beaux-Arts. Valenciennes

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Tendría Gachet entonces veinticuatro o veinticinco años de edad. En el retrato vemos a un joven delgado, de tez pálida y rostro alargado. El pelo es rubio oscuro, rojizo, y ligeramente ondulado. Los ojos claros y algo caídos. La nariz prominente, discretamente aguileña. Los labios dibujan una boca acorazonada y sobre el superior aparece un fino bigote con las puntas elevadas. La barbilla puntiaguda, casi prognata.

Diez años después, en torno a 1860, Armand Désiré Gautier (1825-1894) le pintó en el cuadro que vemos a continuación (del que lamento no haber podido conseguir una imagen de mayor calidad) en el que un Gachet elegantemente vestido se ha dejado crecer el pelo y las patillas, a la moda de la época, y lleva ya perilla; aunque todavía no es la que veremos en los retratos de épocas posteriores.

Armand D. Gautier (1825-1894). Le Docteur Paul Gachet (c.1859-1861)

Armand D. Gautier (1825-1894). Le Docteur Paul Gachet (c.1859-1861)

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Charles Lucien Léandre (1862-1934) se hizo especialmente famoso por sus caricaturas, como ésta que nos muestra a Gachet fumando en pipa, más alopécico de lo que en realidad era; pero perfectamente reflejados, por los demás, los rasgos característicos que vemos en los otros cuadros de esta época, cuando el médico ya rondaba los sesenta años de edad.

Charles Léandre (1862-1934). Paul Ferdinand Gachet (c.1887)

Charles Léandre (1862-1934). Paul Ferdinand Gachet (c.1887)

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Fumando en pipa, también, en un grabado menos conocido que sus dos famosos cuadros, lo retrató Vincent van Gogh en mayo de 1890, cuando acababan de conocerse en Auvers-sur-Oise. El grabado fue realizado por el artista holandés en el taller propiedad de Gachet.

Vincent Van Gogh (1853-1890). El Dr. Gachet fumando en pipa Grabado realizado el 25 de mayo de 1890 Rijksmuseum Kröller-Müller. Otterlo. Holanda

Vincent Van Gogh (1853-1890). El Dr. Gachet fumando en pipa
Grabado realizado el 25 de mayo de 1890
Rijksmuseum Kröller-Müller. Otterlo. Holanda

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Pero, sin duda, el Dr. Gachet ha pasado a la historia por los dos cuadros que pintó “el loco del pelo rojo” un mes antes de quitarse la vida. Mucho habría que hablar de estos cuadros y de la especial relación médico-enfermo que mantuvieron el pintor y su modelo. Quizás pueda hacerlo más adelante.

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

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De momento, dejo un enlace a la página del Museo de Orsay, donde se encuentra la segunda versión del retrato, y donde se habla de la relación que existió entre Vincent van Gogh y Paul Gachet. La página es muy buena; aunque habría que matizar algunas de las afirmaciones que en ella se expresan.

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

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Otro retrato, uno de mis preferidos, es el que pintó Norbert Goeneutte (1854-1894) recién llegado a Auvers, en 1891, un año después de la muerte de Van Gogh, el año en que el Dr. Gachet cumplía los 69 de edad. El ya anciano médico (que todavía viviría dieciocho años más) aparece de perfil, leyendo un libro apoyado en un atril. Sobre la mesa se puede ver una tetera, una lupa enorme, otro libro y encima sus lentes. Sin duda tenía ya problemas de visión pero, coqueto, no se pone las gafas para retratarse. La misma coquetería que le llevaría -según parece- a teñirse el pelo, como lo hacía aquel rey Pedro III de Aragón de quien habla mi amigo Antonio Castillo en su blog tagarete. Porque, desde siempre, la coquetería ha sido cosa de hombres… 😉

Norbert Goeneutte (1854-1894). El doctor Paul Gachet (1891) Óleo sobre madera. 35 x 27 cm. Musée de Orsay. París

Norbert Goeneutte (1854-1894). El doctor Paul Gachet (1891)
Óleo sobre madera. 35 x 27 cm.
Musée de Orsay. París

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Y aún nos queda un retrato más, el que pintó el hijo del Dr. Gachet, Louis-Paul Gachet (1873-1962), que no sólo llevaba el apellido real de su padre, sino que firmaba sus obras con el seudónimo Louis van Ryssel, igual que el Dr. Gachet, también pintor, lo hacía con el de Paul van Ryssel. En el cuadro, pintado con acuarelas y lápices de colores en 1903, cuando nuestro médico amigo de artistas rondaba los setenta y cinco años de edad. Vemos al Dr. Gachet escribiendo -al parecer en un momento de reflexión- con la pluma ligeramente levantada sobre el papel, en la mano derecha, mientras que apoya la izquierda encima de una calavera. Al fondo, bajo la fecha de realización del cuadro en números romanos, sólo se ve una pequeña escultura que representa una figura humana, que tanto podía valer al médico como al pintor; aunque Paul Ferdinand Gachet, como pintor, no destacó especialmente en el dibujo de la figura humana, puesto que la mayoría de sus obras fueron paisajes o bodegones. Y cuando pinta personas, sus imágenes aparecen difuminadas, sin una clara forma anatómica. Pero es el rostro del viejo doctor el que más me llama la atención. Sigue siendo el mismo que retrató Van Gogh trece años antes, con sus ojos claros y caídos, su nariz aguileña y esa perilla y ese bigote tan característicos, pelirrojos (seguramente teñidos) como el cabello, igual que lo pintó Van Gogh. Incluso lleva una gorra, que no sabemos si era la misma que llevaba en los retratos del holandés. Una gorra que según leo, se encuentra en el Museo de Orsay.

Louis van Ryssel (1873-1962). Portrait du docteur Gachet écrivant (1903) Acuarela y lápices de colores. 64 x 48,5 cm. (C) RMN (Musée d'Orsay / Jean Gilles Berizzi)

Louis van Ryssel (1873-1962). Portrait du docteur Gachet écrivant (1903)
Acuarela y lápices de colores. 64 x 48,5 cm.
(C) RMN (Musée d’Orsay / Jean Gilles Berizzi)

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La lección de geografía del doctor Trioson

La lección de geografía del doctor Trioson

De algunos médicos la historia seguramente no guardaría recuerdo, si no fuera porque tuvieron en su vida relación con pintores -más o menos famosos- que pintaron para la posteridad su retrato. Es el caso, por ejemplo, del abuelo médico de las Anguissola, que retrató con el mayor cariño su nieta, la adolescente Lucía; o el doctor Alphonse Leroy, que retrató un agradecido Jacques-Louis David por ser el ginecólogo de su esposa.  De ambos se ha hablado en este blog. Y es el caso, también, del doctor Benoît-François Trioson (1735-1815), en quien no nos habríamos fijado si no fuera por un cuadro de Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824): La Leçon de géographie (1803).

El doctor Benoît-François Trioson era médico, “medecin-des-mesdames” (aunque no se puede asegurar que fuera obstetra y ginecólogo) y uno de los ciudadanos más notables de la villa de Montargis, que dista 115 kilómetros de París. Su ideología monárquica, posiblemente, le habría causado algunas dificultades durante los convulsos tiempos de la Revolución Francesa. Con su joven esposa, Marie-Jeanne, lamentablemente fallecida en 1795, y ya bastante mayor, cumplidos los 55 años, había tenido a su único hijo, Benoît-Agnés (1790-1804), en quien se centrarían sus atenciones y sus ilusiones; pero que moriría también, por desgracia, el año después de que se pintara el cuadro. La relación del doctor Trioson con el pintor Anne-Louis Girodet venía de antiguo. Tanto, que muchos afirman que era hijo natural suyo. Oficialmente, se dice que Trioson era íntimo amigo de los padres de Girodet, quienes le nombraron su tutor. Los padres del pintor murieron, con pocos años de diferencia, en 1784 y 1787. Desde entonces, el doctor Trioson se hizo cargo de todo lo concerniente a Girodet, incluyendo su herencia y su formación artística, primero en arquitectura y luego en pintura, llegando a ser uno de los discípulos más destacados de Jacques-Louis David. Tras el fallecimiento del pequeño Benoît-Agnés, el médico adoptó como hijo al pintor, y éste unió a su apellido el de su padre adoptivo, surgiendo así el compuesto Girodet-Trioson.*

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). La Leçon de géographie (1803) Óleo sobre lienzo. 101 x 79 cm. Musée Girodet. Montargis (Francia)

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). La Leçon de géographie (1803)
Óleo sobre lienzo. 101 x 79 cm.
Musée Girodet. Montargis (Francia)

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En cuanto al cuadro, La Leçon de géographie, se puede decir que es el último de una serie de retratos de la familia del doctor Trioson pintados por Girodet (algunos de ellos podremos verlos después). El artista rinde homenaje a su tutor, cuya profesión se expresa mediante el busto de Hipócrates que aparece al fondo, detrás del médico, con un doble retrato muy representativo del espíritu que Rousseau infundió a la Ilustración. El doctor Trioson, como padre, contribuye activamente a la educación de su hijo. Para complementar su formación, tras haber leído los Comentarios de la Guerra Civil, de Julio César, el libro sobre el que el niño apoya su mano derecha, su padre le muestra en un globo terráqueo el norte de África y ambos señalan hacia el lugar donde Pompeyo fue asesinado. Los accesorios se limitan a lo esencial para resaltar, fundamentalmente, la afectuosa solicitud con la que el padre atiende a su hijo, absorbido por el estudio. Pero, Girodet, era también un apasionado de la pintura flamenca del siglo XVII, y de ésta toma el gusto por el detalle y los símbolos. Símbolos como las uvas o esa mosca, pintada con minuciosidad exquisita, que representan la fugacidad del tiempo y de la vida, como un presagio de la muerte cruel que, en menos de un año, le robaría a Trioson su querido hijo.

El detalle de la mosca se puede apreciar muy bien en el inicio de la excelente página web, que dejo a continuación, del Musée Girodet.

Antes de La Leçon de géographie, Girodet ya había retratado a su tutor, al menos, en dos ocasiones:

Anne-Louise Girodet-Trioson (1767-1824). Portrait de profil du docteur Trioson (1783) Musée Girodet. Montargis

Anne-Louise Girodet-Trioson (1767-1824). Portrait de profil du docteur Trioson (1783)
Musée Girodet. Montargis

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Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Portrait du Docteur Trioson (1790) Óleo sobre lienzo. 60 x 45 cm. Musée Girodet. Montargis

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Portrait du Docteur Trioson (1790)
Óleo sobre lienzo. 60 x 45 cm.
Musée Girodet. Montargis

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Y, al niño, Benoît-Agnés, en otras dos.

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Benoît Agnés Trioson  regardant des figures dans un livre (1797) Óleo sobre lienzo. 73 x 59 cm. Musée Girodet. Montargis

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Benoît Agnés Trioson
regardant des figures dans un livre (1797)
Óleo sobre lienzo. 73 x 59 cm.
Musée Girodet. Montargis

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Benoit Agnes 1800

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Benoît-Agnés Trioson étudiand son rudiment (1800) Óleo sobre lienzo. Musée du Louvre. París

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Contemporáneo de grandes figuras de la Historia de la Medicina, como Desault, Vicq d’Azir o Corvisart, por no citar más que tres nombres ilustres, habitante de esa Francia situada en el primer nivel de la medicina mundial, el doctor Benoît-François Trioson, a quien hemos visto aquí ejerciendo no como médico sino como padre -una labor más difícil todavía- probablemente sería un completo desconocido si no fuera porque un pintor que alcanzaría merecida fama, Anne-Louis Girodet, formó parte importante de su vida: hasta el punto de convertirse en su hijo adoptivo y ser conocido como Girodet-Trioson.

Sombrero de copa

Sombrero de copa

El sombrero de copa o sombrero de copa alta, conocido también como chistera en España o galera en Argentina, Uruguay, Chile y Paraguay (según Wikipedia) fue muy usado por los hombres durante todo el siglo XIX y principios del XX. Por entonces, era raro encontrar un caballero que se preciara de serlo sin su prácticamente imprescindible chistera. Incluso provocadores natos como el pintor francés Édouard Manet, el autor de obras tan polémicas como Olympia o Le Déjeuner sur l’Herbe, aparece vestido como un dandi -sin que le falte el sombrero de copa, por supuesto- cuando en 1867 le retrata Henri Fantin-Latour, en un cuadro que se encuentra en el Art Institute de Chicago.

Henri Fantin-Latour. Retrato de Édouard Manet. Art Institute

Henri Fantin-Latour. Retrato de Édouard Manet (1867). Art Institute. Chicago

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Hoy en día, el sombrero de copa ha quedado relegado (cada vez más) a determinadas ceremonias; pero en aquella época resultaba indispensable hasta en los momentos de ocio. Sirva de ejemplo la siguiente pintura del alemán Franz Ludwig Catel que nos muestra al príncipe Luis de Baviera (en un cuadro encargado por él mismo) disfrutando con sus amigos (la mayoría artistas) de una buena jarana, el año 1824, en una Taberna de Vinos Españoles, en Roma.

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Franz Ludwig Catel. El príncipe Luis de Baviera en la Taberna de Vinos Españoles de Roma (1824). Neue Pinakothek. Munich

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Ya en 1935, el sombrero de copa da título a una comedia musical, Top Hat, dirigida por Mark Sandrich, con música y letra de Irving Berlin y con Fred Astaire y Ginger Rogers en los papeles principales. A esa película pertenece, por cierto, una de las melodías emblemáticas de la famosa pareja de bailarines: Cheek to Cheek.

¿Qué no has visto ningún sombrero de copa en este vídeo? No te preocupes, que pongo otro repleto de ellos…

¿Pero a qué viene tanto sombrero de copa? -te preguntarás. Bueno… tiene su explicación. Hace tiempo que estaba pensando volver a traer aquí uno de esos juegos de investigación como los que ya hicimos antes. El otro día nuestro amigo Francisco Javier Tostado, amablemente, me lo pidió. Y si Francisco lo pide, no hace falta más.

La imagen que les dejo es ésta:

Copia

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¿Quién es este señor con sombrero de copa y qué está haciendo?

Como es habitual en estos “juegos” los comentarios y las respuestas no aparecerán hasta dentro de unos días, dejando tiempo para participar. Gracias, por anticipado…

“La mal’aria”: un cuadro de Ernest Hébert

“La mal’aria”: un cuadro de Ernest Hébert

Ernest Hébert (1817-1908) fue un pintor nacido en Grenoble que vivió gran parte de su vida en Italia. Precisamente fue en este país donde se inspiró para realizar La mal’aria, el cuadro que aportaría mayor notoriedad a su carrera, presentado en el Salón de París el año 1850. Como explica el Dr. Alberto Ortiz, a quien seguimos fundamentalmente en este estudio sobre el cuadro del pintor francés:

“Bajo una luz crepuscular, un grupo de personas, montados sobre una barca, navegan por el río huyendo de un foco palúdico que se ha desatado en alguna región próxima. Un hombre situado de espaldas al espectador mira al horizonte y parece dirigir el destino de personas entre las que destaca la presencia de varias mujeres y un niño de corta edad. Las poses de tranquilidad de los diferentes miembros de la embarcación, así como el ambiente melancólico que envuelve la escena, contrastan de manera significativa con la gravedad del momento que vive la población. Herbert [sic] fue testigo de excepción de este tipo de movilizaciones, consecuencia de las diversas epidemias producidas a lo largo y ancho de la península italiana, donde el paludismo era endémico.”

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Ernest Hébert. La mal’aria. (C) Musée d’Orsay, dist. RMN-Gran Palais / Patrice Schmidt

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Etimológicamente, el término malaria procede de la expresión italiana “mala aria“, en español “mal aire“, y se basa en la teoría miasmática, según la cual, los miasmas, que eran el conjunto de emanaciones fétidas de suelos y aguas impuras, eran causa de enfermedad. La verdadera etiología del paludismo (de “paludis“, genitivo de palus en latín -ciénaga o pantano- y de “-ismo”, referido en este caso a acción o proceso patológico) como también se denomina habitualmente a esta enfermedad en español, no fue descubierta hasta el último tercio del siglo XIX. En 1880, treinta años después de que Hébert pintara su cuadro, el médico militar francés Charles Louis Alphonse Laveran, trabajando en Argelia, observó parásitos dentro de los glóbulos rojos de enfermos de malaria. Propuso entonces que la malaria la causaba un protozoo (la primera vez que se identificaba a un protozoario como causante de una enfermedad). Al protozoario en cuestión se le llamó Plasmodium por los científicos italianos Ettore Marchiafava y Angelo Celli poco tiempo después. Camillo Golgi contribuyó al conocimiento del proceso infeccioso relacionando los episodios febriles con la liberación de los esquizontes de Plasmodium en sangre. Y, aunque no se pueden olvidar los trabajos del hispano-cubano Carlos Finlay, en La Habana, ni los del británico Sir Ronald Ross en la India, entre otros, en 1898, los italianos Giovanni Battista Grassi, Amico Bignami y Giuseppe Bastianelli demostrarían que la transmisión del parásito se debía a la picadura de los mosquitos Anopheles.

Como se puede comprobar, el considerable número de investigadores italianos que contribuyeron al conocimiento etiológico de la malaria muestra claramente el impacto que esta enfermedad causaba en el país trasalpino, donde eran frecuentes las epidemias como a la que Hébert se refería en su cuadro. Pero la malaria acompaña al hombre desde el principio de los tiempos y se puede encontrar presente en la inmensa mayoría de los lugares que habita. Y, si Italia contribuyó en gran medida al descubrimiento de la causa de la enfermedad, España, gracias a sus posesiones americanas, aportaría el primer tratamiento eficaz. Pronto hablaremos aquí de los “polvos de la condesa”, los “polvos de los jesuitas” y los “polvos del cardenal” que, al fin y al cabo, eran los mismos polvos…

Enlaces de interés:

Bignami, A. (1992): “The Mystery of Malaria: An Exchange“.

Bueno Marí, R. y Jiménez Peydró, R. (2008): “Malaria en España: aspectos entomológicos y perspectivas de futuro“. Rev. Esp. Salud Pública, 82(5):467-479.

Fernández Astasio, B. (2002): La erradicación del paludismo en España: aspectos biológicos de la lucha antipalúdica. (Tesis Doctoral). Universidad Complutense de Madrid.

Lederman D., W. (2008): “Laveran, Marchiafava y el paludismo“. Rev. Chil. Infect. 25(3):216-221.

OMS: Paludismo.

OMS: Programa Mundial sobre el Paludismo.

La muerte de Bichat

La muerte de Bichat

Cuando murió François Xavier Bichat (1771-1802) tenía sólo 31 años de edad. Pero, a pesar de su juventud, era ya una de las principales figuras de la medicina francesa -la más avanzada de la época-, exponente máximo del pensamiento vitalista en medicina, y creador de la mentalidad anatomoclínica (la que llegaría a España a través de Francisco Javier Laso de la Vega y el Periódico de la Sociedad Médico-Quirúrgica de Cádiz); una de las tres mentalidades (junto a la fisiopatológica y la etiopatológica) sobre las que se sustenta, según Laín Entralgo, la estructura de la patología y de la clínica contemporáneas. La mentalidad anatomoclínica surge en 1801 -como señala José Luis Fresquet– al afirmar Bichat “…que la medicina alcanzaría rigurosidad científica cuando se estableciera una relación cierta entre la observación clínica de los enfermos y las lesiones anatómicas que la autopsia descubre después de la muerte”.(1)

Existen diversas versiones sobre las causas de la muerte de Bichat. Hay quien la vincula con una supuesta punción accidental que habría sufrido mientras realizaba alguna de las innumerables disecciones que practicó a lo largo de su vida. Cuenta Nicolas Dobo que siendo todavía un niño ya diseccionaba gatos y acompañaba a su padre, que también era médico, cuando debía llevar a cabo una autopsia. Luego, en su ejercicio profesional, ya fuera con su maestro Desault, como cirujano en el Hôtel Dieu, o como docente en la escuela anatómica privada que creó, no paró jamás de hacer disecciones; hasta tal punto que -según apuntan varios autores- sólo en el último invierno de su vida disecó cerca de seiscientos cadáveres. Y eso que dicha actividad llegaría a causarle serios disgustos, como en aquella ocasión en la que fue detenido junto a dos de sus colaboradores al sorprenderles la policía en posesión de seis cadáveres que se habían llevado del cementerio.(2) Sin embargo, lo más probable es que la temprana muerte de Bichat se debiera a la tuberculosis, la “gran plaga blanca”, que llegaría a alcanzar durante el siglo XIX sus más elevadas tasas de morbilidad y mortalidad. Una enfermedad para la cual, en tiempos de Bichat, no había tratamiento, ni se conocían con certeza sus mecanismos de transmisión: ni siquiera existía el vocablo “tuberculosis“.

A pesar de su enfermedad, el joven médico trabajaba día y noche: el hospital, las clases, las autopsias… Entre 1800 y 1802 publicó buena parte de sus principales obras: Traité des membranes en général et diverses membranes en particulier (1800); Recherches physiologiques sur la vie et la mort (1800); Anatomie générale, appliquée à la physiologie et à la médecine, en dos volúmenes (1801); y algunos de los cinco volúmenes de su Traité d’anatomie descriptive (1801-1803). Últimamente se le veía cansado, agotado, consumido por el trabajo y la enfermedad… Todo indica que llegó a padecer una de las complicaciones menos frecuentes de la tuberculosis pulmonar, la meningitis, que un día le hizo perder el conocimiento y caer por las escaleras del hospital. Nunca se recuperó, falleciendo poco tiempo después, el 22 de julio de 1802.

22-juillet-Bichat-mourant-par-Hersent

Louis Hersent (1777-1860), un pintor que destacó -sobre todo- en tiempos de la Restauración francesa, representó la muerte de Bichat en el cuadro que acabamos de ver, y que se encuentra en el Museo de Historia de la Medicina la Universidad París Descartes. En medio de una gran habitación, la cual más que un dormitorio parece una biblioteca, por las enormes estanterías repletas de libros que aparecen al fondo, vemos a Bichat encendido por la fiebre, sudoroso, demacrado, agonizando en la cama. La escena se ilumina por la tenue luz de una vela situada sobre una mesa auxiliar. En la mesa hay también una jarra para el agua, algunos paños, un recipiente, un bol -posiblemente  usado para contener el ligero alimento que se le ha querido dar- y un frasco de jarabe, un calmante -quizás- o un antipirético. Bichat no tenía familia, había entregado su vida entera a la medicina. En el momento de su muerte -según el cuadro de Hersent– le acompañan solamente dos de sus discípulos, que eran a la vez sus amigos, los doctores Pierre Jean Baptiste Esparron (1776-1818), de quien sólo sabemos que publicó, en 1803, un Essai sur les ages de l’homme, y el más conocido Philibert Joseph Roux (1780-1854), considerado como uno de los pioneros de la cirugía plástica. Uno le toma la mano con afecto, mientras le aplica un lienzo sobre la frente para enjugar el sudor. El otro observa apesadumbrado la muerte del maestro.

Bibliografía:
(1) FRESQUET, José L. (2000): “François Xavier Bichat (1771-1802)”. Historia de la Medicina – Biografías. [Disponible en: http://www.historiadelamedicina.org/bichat.html; consultado el 5 de agosto de 2014].
(2) DOBO, Nicolas (s.f.): “Xavier Bichat (1771-1802). La vie fulgurante d’un génie”. Resumen de: DOBO, Nicolas y ROLE, André (1989): Bichat: La vie fulgurante d’un genie. Paris, Perrin. [Disponible en: http://www.bium.univ-paris5.fr/histmed/medica/bichat/bichat02.htm; consultado el 5 de agosto de 2014].

¿Qué fue de Desgenettes tras su discusión con Napoleón en Egipto?

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Carle Vernet (1758-1835). Baron René-Nicolas Dufriche, Desgenettes (1828). Óleo sobre lienzo. Musée Val-de-Grâce. París

Aunque con Audrey Hepburn y Gary Cooper por medio, en sus respectivos aniversarios de nacimiento -cosas de este blog variopinto- hemos estado hablando últimamente sobre René-Nicolas Dufriche, barón Desgenettes, el médico jefe del ejército de Napoleón en Egipto y Siria. Vimos como la estrecha relación que había entre ambos parecía haber terminado mal, por negarse el médico a acabar con la vida de los enfermos -tal como Napoleón proponía, para facilitar la evacuación de las tropas de Jaffa- en cumplimiento de su compromiso ético profesional.

Pero, ¿qué sucedió con Desgenettes cuando regresó a Francia? ¿Tuvo alguna repercusión en su carrera profesional haber mantenido ante Bonaparte su firme actitud de defensa de la vida? Pues, la verdad es que no. Es posible, incluso, que Napoleón le admirase todavía más por eso. Y, lo cierto, es que Desgenettes siguió ejerciendo sus actividades profesionales tanto en el ejército como en la vida civil, y continuó desempeñando cargos de la mayor responsabilidad.

De forma muy breve, enumeraremos a continuación algunos de los aspectos más destacados de la biografía de Desgenettes, desde que volvió de Egipto hasta su muerte:

  • A su regreso a Francia fue nombrado Jefe del Hospital Militar de Estrasburgo, donde se formaban los futuros oficiales médicos del Ejército.
  • Fue Profesor de Higiene de la Facultad de Medicina de París y médico del Hospital de Val-de-Grâce.
  • Se le hizo miembro de las Sociedades de Medicina de Marsella y Montpellier, el mismo año que publicó su Histoire médicale de l’armée d’Orient (1802), obra que recibió una extraordinaria acogida por parte de sus compañeros de profesión.
  • Se le concedió la Legión de Honor.
  • Se le nombró Inspector General del Servicio de Sanidad del Ejército.
  • Participó en las comisiones de investigación de enfermedades epidémicas en Italia y España (fiebre amarilla).
  • Como Jefe de los Servicios Médicos del Ejército francés participó en las batallas de Eylau, Friedland y Wagram.
  • Acompañó a Napoleón, por deseo expreso de éste, en su viaje a España, el año 1808.
  • Fue nombrado Caballero del Imperio en 1809 y Barón en 1810.
  • Participó en la Campaña de Rusia, donde fue hecho prisionero en Vilnius el 10 de diciembre de 1812. Sin embargo, el zar Alejandro III lo liberó enseguida, en reconocimiento a la atención que les había prestado a los soldados rusos heridos, y lo devolvió al ejército francés acompañado por una escolta de su guardia personal de cosacos.
  • Una vez más, como Jefe de los Servicios Médicos del Ejército, participó en la Campaña de Alemania, donde también fue hecho prisionero y liberado en cuanto se supo su nombre.
  • Siguió al lado de Napoleón, como Jefe Médico de su Ejército, en la batalla de Waterloo.
  • Luis XVIII lo confirmó en todos sus puestos, militares y docentes.
  • Finalmente, fue nombrado jefe médico del Hospital de Les Invalides.

En definitiva, René-Nicolas Dufriche, el barón Desgenettes, fue un médico militar y profesor que se ganó el respeto de cuantos le conocieron, como profesional y como persona.

El retrato que da inicio a esta entrada, pintado por Vernet en 1828, cuando Desgenettes tenía 66 años, nos lo muestra con algo de sobrepeso -eso sí- pero con su uniforme de médico militar y sus medallas, en lo que parece ser un campamento militar. Estaba aún plenamente activo y así sería hasta 1834, cuando un accidente cerebrovascular lo dejó prácticamente impedido. Murió en París, el 3 de febrero de 1837, con 74 años de edad.

Los apestados de Jaffa

A J Gros Bonaparte Visiting the Pesthouse in Jaffa - copia

Antoine-Jean Gros (1771-1835). Bonaparte visitant les péstiféres de Jaffa le 11 mars 1799 (1804). Detalle. Óleo sobre lienzo. 523 x 715 cm. (Obra completa) Museo del Louvre. París

Como médico jefe del ejército de Napoleón en Egipto, durante los años 1798 y 1799, René-Nicolas Dufriche (1762-1837), más conocido como Desgenettes (de quien ya empezamos a hablar en una entrada anterior) más allá de las heridas de guerra, tuvo que combatir contra la viruela, el escorbuto, la conjuntivitis aguda, la disentería y otras enfermedades que, como era común en la época, se llamaban con el nombre genérico de “fiebres”. Probablemente, esas enfermedades causaron mayor mortalidad que las armas del enemigo, a pesar de las rigurosas medidas higiénicas que de acuerdo a los conocimientos de la época ordenó establecer Desgenettes. Pero, de todas ellas, la peor y -paradójicamente- la que más ha influido en que hoy recordemos al jefe médico de aquel ejército napoleónico, por cuadros como los que podemos ver aquí, fue la peste.

La peste es una de las enfermedades infectocontagiosas que más mortalidad ha producido a lo largo de la historia, originando numerosas epidemias y pandemias. Está causada por una bacteria, la Yersinia pestis, llamada así en homenaje al bacteriólogo franco-suizo Alexandre Yersin, que la descubrió en 1894. Los roedores, como las ratas, portan la enfermedad y esta se propaga por medio de las pulgas. Los humanos pueden contraer la peste cuando son picados por una pulga que porta la bacteria de esta enfermedad a partir de una rata infectada; pero esto no se supo hasta que lo describió Yersin, casi un siglo después de que ocurrieran los acontecimientos que se expondrán a continuación, y que llevaron al médico Desgenettes a enfrentarse con Napoleón. El contagio directo entre humanos es raro, ya que sólo puede producirse en una variedad de peste pulmonar, llamada peste neumónica.

Los primeros casos de la epidemia que afectó a las tropas de Bonaparte aparecieron durante la penosa travesía del desierto que tuvieron que realizar para escapar del hostigamiento al que les estaban sometiendo los ingleses, por un lado, y los otomanos por otro. Desgenettes, al tener noticia de esos primeros casos, en un intento de que la moral de los soldados no se viera afectada, prohibió incluso que se pronunciara el nombre de la temible enfermedad, sustituyéndolo por eufemismos como “fiebre bubonosa” o “enfermedad de las glándulas”. Él mismo, siempre con el fin de que no decayera la moral de los hombres, tanto sanos como enfermos, realizó diversos actos más temerarios que valientes, como beber delante de todos, del mismo vaso que acababa de utilizar un enfermo, los restos del medicamento que se le había administrado. Pretendía así demostrar que la enfermedad no se transmitía por la saliva, como se venía diciendo (cosa que él no podía saber entonces, pero que resultó ser tal como afirmaba). En otra ocasión, se inoculó públicamente pus tomado directamente del bubón de un apestado, sin que se contagiara de la enfermedad. Esta escena sería posteriormente representada en varios grabados; aunque aquí traemos la que acompañaba al sello emitido por la República Francesa, el año 1972, en memoria de Desgenettes.

Desgenettes sello

Lo cierto es que, a principios de 1799, en la ciudad de Jaffa (hoy perteneciente a Israel) a orillas del Mediterráneo, los servicios sanitarios franceses tuvieron que organizar la asistencia de la ingente cantidad de soldados afectados por la epidemia.

En abril de 1799, Napoleón decide evacuar a su ejército por mar, de vuelta a El Cairo. Pero se le plantea el problema de los enfermos de peste y sugiere a Desgenettes, en presencia del general Berthier, su Jefe de Estado Mayor, que se acortara la vida de los enfermos administrándoles altas dosis de opio, a lo que el médico respondió tajante: “Mi deber es mantenerlos con vida“. Ante la determinación de su médico jefe, Napoleón pareció ceder y manifestó que se adoptarían medidas especiales para su evacuación. Sin embargo, en cuanto pudo, a espaldas de Desgenettes y de acuerdo con el farmacéutico jefe, Roger -según la bibliografía consultada- los apestados recibieron dosis letales de láudano (un preparado compuesto de opio y otras sustancias) para acabar con ellos. Su muerte masiva, no obstante, fue atribuida al incendio que, precisamente, se declaró en el lugar donde estaban concentrados. Un incendio sobre el que recae la fundada sospecha de que, aunque como es lógico no lo hiciera personalmente, fue la mano de Napoleón la que prendió la mecha.

Desde aquel episodio surgió una evidente tensión entre Bonaparte y Desgenettes. Esa tensión llegó al extremo cuando no mucho tiempo después, ya de regreso en El Cairo, delante de los científicos que habían acompañado a Napoleón en su expedición a Egipto, Bonaparte exclamó: “La química es la cocina de la medicina”. E inmediatamente, Desgenettes le preguntó: “¿Y cuál es, Sire, la cocina de los conquistadores?”. Los dos hombres no volvieron a dirigirse la palabra hasta que Bonaparte partió inesperadamente hacia Francia el 22 de agosto de 1799. Desgenettes permaneció con las tropas en Egipto y no regresaría a su país hasta septiembre de 1801.

En 1804, el pintor Antoine-Jean Gros (1771-1835), como parte de la campaña de autopropaganda que el propio Bonaparte había promovido en su acceso al poder absoluto, presentó el cuadro que da nombre a esta entrada (pulsando sobre la imagen se puede ver ampliada).

A J Gros Bonaparte Visiting the Pesthouse in Jaffa

Antoine-Jean Gros (1771-1835). Bonaparte visitant les péstiféres de Jaffa le 11 mars 1799 (1804). Óleo sobre lienzo. 523 x 715 cm. Museo del Louvre. París

En el centro de la escena, Napoleón Bonaparte, valiente y compasivo, toca el bubón de uno de los enfermos; hay quien dice que lo hace como aquellos antiguos monarcas a los que se creía dotados de poder taumartúgico y curaban con el simple contacto de su mano, lo que se llamaba el “toque real“. A la izquierda de Bonaparte, detrás, en un lugar discreto, se ve parte del rostro del médico (unos dicen que se trata de Desgenettes, otros que era el cirujano Masclet). A la derecha del general, su ayudante de campo, se tapa la boca y la nariz con un pañuelo. En torno a ellos aparece por doquier la miseria de los pobres enfermos, caquéticos, demacrados, muchos de ellos prácticamente desnudos, algunos atendidos por médicos que visten ropas orientales; como oriental es la arquitectura que pinta Gros, sin olvidar situar en lo más alto la bandera francesa como prueba de su dominio sobre la ciudad.

Cabe añadir que además de esta versión, la más conocida, que se encuentra en el Museo del Louvre, existe otra anterior, pintada por Gros en 1802 seguramente preparando la monumental obra que hemos visto ya, más pequeña y con algunas diferencias en los personajes y el lugar, que se puede ver en el Museo Condé, de Chantilly. Es la que se reproduce a continuación.

Gros Chantilly Musée Condé

Finalmente, se puede decir en su honor de Napoleón que -en sus famosos Juicios…, publicados en 1828- escribió sobre Desgenettes lo siguiente:

“Éste es un hombre excelente. Él mantuvo la opinión de que se dejase vivir a los apestados de Jaffa […] cuando el ejército evacuó esta ciudad, diciendo que su profesión era la de curar a los enfermos y no hacerlos perecer.”

 

René-Nicolas Dufriche (1762-1837), más conocido como Desgenettes, el médico jefe del ejército de Napoleón en Egipto

Desgenettes

Antoine François Callet (1741-1823). René-Nicolas Dufriche, Baron Desgenettes (1762-1837). Óleo sobre lienzo. 64 x 53 cm. Musée National des Cháteaux de Versailles et de Trianon. Imágen: Joconde

Los grandes hombres se distinguen por saber rodearse de los mejores colaboradores. Los mediocres hacen lo contrario. Napoleón Bonaparte era uno de esos grandes hombres, sin duda, como prueba la categoría de sus médicos: tanto la de su médico personal, Corvisart, como la de los jefes de su Sanidad Militar, entre los que se encontraban, por ejemplo, LarreyPercy, o Desgenettes.

René-Nicolas Dufriche nació el 23 de mayo de 1762 en Alençon, una ciudad de Normandía, a 180 kilómetros al oeste de París. Desgenettes -como habitualmente se le conocía- proviene del topónimo “Les Genettes“, que era el nombre de unas tierras propiedad de su familia.

Al niño René-Nicolas le atraían las Ciencias Naturales. Por eso, seguramente, decidió estudiar Medicina en París. Allí tuvo como primer maestro a Félix Vicq d’Azyr, renombrado anatomista (se le considera el fundador de la Anatomía Comparada), secretario perpetuo de la Société Royale de Médecine, y médico de María Antonieta. Pero el joven Desgenettes fue un antecesor aventajado de los actuales “Erasmus” porque, en 1784, viajó a Londres para recibir las enseñanzas del gran anatomista y cirujano escocés John Hunter. Volvió a París, donde continuó formándose con Desbois de Rochefort y Alexis Boyer, entre otros. Finalmente, marchó a Italia y allí permaneció durante cerca de cuatro años, estudiando en Florencia, Siena, Roma y Nápoles. En 1789, el año que él cumplía los 27, regresó a Francia, a Montpellier, para leer su tesis sobre “La physiologie des vaisseaux lymphatiques”, ocho días antes de que se prendiera la mecha de la Revolución con la Toma de la Bastilla.

Tras pasar un tiempo en Montpellier, en 1791, volvió a París. No eran buenos tiempos para ejercer la profesión en la capital, así que, por consejo de su maestro Vicq d’AzyrDesgenettes se alistó en el ejército. Pronto, por su conocimiento del idioma, fue destinado a Italia, donde destacaría tanto como clínico como por sus dotes de organización. Allí en Italia, precisamente, conoció a un joven capitán de artillería llamado Napoleón Bonaparte, que quedó gratamente impresionado por la inteligencia y cultura del médico Desgenettes.

Desgenettes fue ascendiendo rápidamente puestos en el escalafón militar en reconocimiento a la eficacia con que desempeñaba las misiones que se le encomendaban. Por eso, y por la favorable impresión que le produjo cuando le conoció, no es extraño que Napoleón le nombrara médico jefe de la Expedición a Egipto y Siria, en 1798.

En Egipto, Desgenettes impuso rigurosas medidas higiénicas, a la luz de los conocimientos de la época, para intentar prevenir las enfermedades que afectaban a las tropas: ordenó el baño regular de los soldados, la limpieza de la vestimenta, la desinfección de los locales, el control de los alimentos… Y, a pesar de todo, él y sus médicos tuvieron que combatir contra la viruela, el escorbuto, la “fiebre de Damiette“, la conjuntivitis aguda, la disentería o la peste. Precisamente, a causa de una epidemia de esta última enfermedad, llegaría a hacerse famoso el enfrentamiento que Desgenettes mantuvo con Napoleón, al que dedicaremos la próxima entrada.

No estoy capacitado para valorar los resultados de esa campaña desde el punto de vista militar. Sí, para coincidir con el general Franceschi cuando dice:

“Pero lo que distingue a esta operación militar de toda otra, es su dimensión cultural y científica que pocos historiadores ponen de relieve. En efecto, Napoleón insistió ante el Directorio para que la expedición tuviese también como objeto el ‘progreso de las Luces y el desarrollo de las Ciencias y de las Artes’. Se le miró con sorpresa, pero no se estuvo opuesto al designio. Es sin duda este aspecto particular del asunto lo que hizo escribir a Thiers, no obstante poco tierno para con él: ‘En toda su prodigiosa carrera, Napoleón no imaginó nada más grande ni más hermoso’.”(1)

Diversas aproximaciones a esa importante expedición científica se pueden encontrar en los textos de David SorianoFlora Devesa BarralHoracio CapelWikipedia, o La Revista de El Mundo.

Sin embargo, desde el punto de vista médico, el fruto más importante de aquella aventura napoleónica fue la publicación, en 1802, del libro Histoire Médicale de l’Armée d’Orient, con textos del propio Desgenettes, que fue su director, y de algunos de los médicos que trabajaron a sus órdenes, como BruantCarriéCérésoleBarbésRenatiSavaresiVautierFrank o Salze.

Quizás pueda hablar, más adelante de aquella expedición científica a Egipto, o de esa Historia Médica del Ejército de Oriente. Desde luego, habrá que volver a tratar en este blog sobre René-Nicolás Dufriche, barón Desgenettes. Todavía queda mucho por contar de él. De momento, volvemos al retrato que pintó Callet, cuya fecha exacta de realización no conocemos; pero que muestra a Desgenettes, cuando tenía 36 o 37 años de edad, con su uniforme de médico jefe del Ejército de Napoleón en Egipto, destacando sobre el pecho el símbolo de la profesión: la serpiente enrollada sobre el bastón de Esculapio. Al fondo, las pirámides de Guiza y hasta tres esbeltas palmeras (las cuales, evidentemente, no habían sido atacadas por el ya tristemente famoso picudo rojo, que tanto daño ha causado donde vivo).

Para terminar con música, como me gusta, podría haber traído aquí ese himno de todos conocido, compuesto por un ingeniero militar, que llegó a París cantado por las tropas de voluntarios de Marsella y Montpellier mandadas por un joven oficial -médico, por cierto- llamado François Mireur, futuro general en el Ejército de Egipto; o por la música de la Revolución, representada por autores tan famosos como el italiano Luigi Cherubini, que se sentía tan a gusto en la Francia revolucionaria como en la imperial o la restaurada, o Étienne Méhul, el principal músico francés de la época. Pero, habiendo hablado en esta entrada de Italia y Egipto, no he podido evitar acabar así:

 

NOTAS

(1) FRANCESCHI, Michel (2006): “Bonaparte en Egipto o la sublime vacilación de la historia”. Instituto Napoleónico México-Francia. [Disponible en: http://inmf.org/efranegypte.htm; consultado el 6 de febrero de 2012].

El oculista Forlenze

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Jacques-Antoine Vallin (c.1760-c.1835). Joseph Forlenze (1807). The National Gallery. Londres

 

Nada hace pensar, al mirar este cuadro, que pueda tener relación con la medicina. Sin embargo, estamos ante el retrato de un destacado cirujano de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Un cirujano a quien se puede considerar ya un auténtico especialista en oftalmología, uno de los pioneros de la especialidad: Joseph Forlenze. Quiero imaginar -imaginar tan solo, porque seguramente nunca podremos tener certeza de ello- que el hermoso paisaje, con el humeante Vesubio y el faro visto desde el Molo, el puerto de Nápoles, no sólo hace alusión a la tierra natal del oculista, sino que expresa además el beneficio que se obtiene tras la operación de cataratas -en la que era experto- al volver a disfrutar nítidamente de las maravillas que el mundo ofrece a la vista, y que la rosa que lleva en su mano derecha sería el símbolo de la delicadeza con la que Forlenze llevaba a cabo dicha operación.

En el pequeño municipio de Picerno, en la Basilicata, el 3 de febrero de 1757, cuando todavía esta región del sur de Italia formaba parte del Reino de Nápoles (y, por tanto, de la Corona española, siendo rey de Nápoles Carlos VIICarlo di Borbone se le suele llamar allí- el mismo que, a partir de 1759, reinaría en España como Carlos III), nacía Giuseppe Nicolò Leonardo Biagio Forlenza, hijo y sobrino de cirujanos-barberos. Giuseppe inició sus estudios de cirugía en Nápoles; pero luego se trasladó a Francia para ampliar su formación, y en ese país ejercería como cirujano la mayor parte de su vida, hasta su fallecimiento en París, el 22 de julio de 1833, con 76 años de edad. Por eso se le conoce habitualmente con su nombre en francés y así le llamaremos: Joseph-Nicolas-Blaise Forlenze.

En París, Forlenze fue discípulo del más importante cirujano francés de la época, Pierre-Joseph Desault, de quien llegó a ser íntimo amigo y colaborador en sus estudios anatómicos. Luego se trasladó a Inglaterra, donde pasó dos años más formándose en el St. George’s Hospital, de Londres, que dirigía otro famoso cirujano: John Hunter. Viajó también a Holanda y Alemania para aumentar aún más su formación. Y ya de vuelta en Francia se estableció en París, ejerciendo como oftalmólogo. En 1798 operaba en el Hôtel National des Invalides y en el hospital más renombrado de París, el Hôtel Dieu. Operó a ilustres personalidades, como Jean-Étienne-Marie Portalis, célebre jurista que intervino activamente en la vida política francesa, tanto en tiempos de la Revolución como de Napoleón, o el poeta Ponce-Denis Écouchard-Lebrun, a quien devolvió la vista en uno de sus ojos cegado por la catarata desde hacía doce años y quien, como corresponde a su oficio, obsequió al oculista con una oda titulada Les conquêtes de l’homme sur la nature, en la que se pueden leer los siguientes versos:

“O lyre, ne sois pas ingrate!

Qu’um doux nom dans nos vers éclate

Brillant comme l’astre des cieux!

Je revois sa clarté première;

Chante l’art qui rend la lumière;

Forlenze a dévoilé mes yeux.”

Aunque no sólo atendió a las celebridades, lógicamente. Forlenze trató en París a un buen número soldados, de los que regresaron tras la campaña de Napoleón en Egipto, que habían sufrido graves enfermedades oculares.

Por supuesto, Forlenze nunca fue uno de esos cirujanos ambulantes que ofrecían sus servicios de pueblo en pueblo, y tantas veces tenían que salir huyendo al galope por culpa de los resultados de sus intervenciones. Él tenía su prestigiosa consulta en París; lo cual no fue óbice para que, en ocasiones, fuera llamado desde el extranjero para operar, por ejemplo, al cardenal Doria. Carolina de Borbón, duquesa de Berry, italiana como él, esposa y muy pronto viuda del delfín de Francia, una mujer de interesante vida, muy bella, y posiblemente con una afectación de la vista desde su nacimiento que trataba Forlenze, hablaba maravillas del médico.

Buena prueba de su categoría profesional son sus publicaciones, entre las que destacan Considérations sus l’operatión de la pupille artificielle (1805) y Notice sur le développement de la lumière et des sensations dans les aveugles-nés, à la suite de l’operation de la cataracte (1817).

Todo esto ocurría en la Francia que, por méritos propios, ocupaba el primer puesto de la medicina mundial. Era la época de Bichat y Laënnec o Corvisart, que llevarían a la profesión a la senda de nuestra medicina científica actual… la época de grandes cirujanos, como Desault, Dupuytren o Larrey, capaces de realizar operaciones impensables cuando todavía ni la anestesia, ni la asepsia, ni el control de la hemorragia se aplicaban en cirugía. Y Francia, la inteligente Francia, no sólo honró al oculista italiano que el pintor Vallin retrató a los pies del Vesubio, en recuerdo de sus orígenes, concediéndole la Legión de Honor, nombrándole Caballero de la Orden de San Miguel y San Jorge, sino que lo hizo uno de los suyos, haciendo que Giussppe Nicoló Leonardo Biagio Forlenza haya pasado a la historia como Joseph-Nicolas-Blaise Forlenze.

Por la misma época, durante la Revolución, el Imperio y la Restauración, otro italiano de nacimiento llegaría a convertirse en uno de los principales músicos de Francia: Luigi Cherubini. Su Requiem en do menor, interpretado por una orquesta juvenil italiana que lleva precisamente el nombre del compositor, dirigida por el Maestro Riccardo Muti, rendimos homenaje a la memoria de aquel cirujano italiano que Francia adoptó como propio: el oculista Forlenze.

De “Guerra y Paz” a la Batalla de Borodinó y el cirujano Larrey

De “Guerra y Paz” a la Batalla de Borodinó y el cirujano Larrey

Nuestro juego de la entrada anterior, en el que se planteaban diversas cuestiones sobre la foto de una bella joven y un vídeo musical, con vals palaciego incluido, fue completado con éxito gracias a la perspicacia de los buenos amigos de este blog. Efectivamente, la joven y bella actriz francesa de lírico apellido artístico, Clémence Poésy, interpretaba a Natasha Rostova (igual que para nuestra amiga Elena Fernández del Valle, para mí Natasha siempre será Audrey Hepburn), la protagonista femenina de Guerra y Paz, la grandiosa novela de León Tolstoi, en una de sus más recientes versiones televisivas. La música es el vals que abre la suite orquestal Masquerade, del armenio Aram Khachaturian. Pero, aunque no sea obligatorio (de hecho procuro que, de vez en cuando, en el más puro estilo letamendiano, no tengan nada que ver) quizás alguien se pregunte -al menos este servidor de ustedes se lo pregunta siempre- si algo de esto guarda relación con la medicina. Y, la verdad, ya sea de forma directa o indirecta, no resulta difícil encontrar relación con la medicina en la mayoría de los casos… Podríamos hablar, por ejemplo, del delicado fototipo de piel de mademoiselle Poésy, que hace necesario, para ella y para todos los que tienen un fototipo semejante, el cuidado habitual de la piel, sobre todo la protección solar constante. Podríamos mencionar también que Tolstoi comenzó a escribir su magna obra cuando convalecía de una fractura en un brazo (es de suponer que no se había roto el de la mano que escribía) tras caerse de un caballo, durante una partida de caza, en 1864. Pero no, no hablaremos de esto (aunque lo dicho, dicho está). La Batalla de Borodinó (1812), que Tolstoi narra con detalle en una de las partes de su novela, será la excusa para referirnos a una de las grandes figuras de la historia de la medicina francesa (y hay muchas), el cirujano de quien Napoleón afirmó que era “el hombre más virtuoso” que había conocido: Dominique Jean Larrey (1766-1842).

Adentrémonos en la Batalla de Borodinó (por suerte, sin miedo a caer heridos o muertos). En 1822, diez años después de que tuviera lugar, el francés Louis-François Lejeune, que también fue general del ejército napoleónico, la pintaba así:

Battle_of_Borodino

No entraremos nosotros en valorar las tácticas de los generales enfrentados, Napoléón (quien, por cierto, sufría de fiebre aquel día) y Kutuzov, ni discutiremos sobre si lo que parecía una victoria francesa fue el inicio de su derrota… De todo esto, yo al menos, no tengo conocimientos para poder hablar. Sin embargo, si podemos apuntar que se trata de una de las batallas más sangrientas y mortíferas de la historia. La estimación de pérdidas varía de forma notable según la fuente. Los franceses aseguraron haber sufrido 28.000 muertos y heridos, incluyendo 48 generales. Otras fuentes situan estas cifras en niveles mucho más altos: 50.000 muertos. Los rusos perdieron -según también las diversas fuentes- entre 38.500 y 58.000 hombres. ¡Terrible!

Ardua, muy ardua debió ser la tarea de los médicos militares de ambos bandos. Cirujanos, en su mayoría, que desarrollaban su labor en pleno campo de batalla, como nos muestra en su cuadro el pintor y general Lejeune. Entre esos médicos militares estaba el propio Cirujano Jefe del ejército de Napoleón, Dominique Larrey, y así nos lo muestra en su cuadro Lejeune (quien, por cierto, debía conocerle personalmente). Acerquémonos a la zona donde los cirujanos están trabajando…

Battle_of_Borodino - copia

Acerquémonos todavía un poco más… (como ya sabemos que para nosotros no hay peligro). 🙂

baron_jean

Sinceramente, no soy capaz de afirmar si Larrey es el hombre que aparece con la cabeza vendada (herido, por tanto) o el que se la venda. Sí está claro que ambos -entre otros- son médicos o cirujanos ejerciendo su labor en el campo de batalla.

Para saber como era Dominique-Jean Larrey con certeza, disponemos del retrato que le hizo, en 1804, su compatriota Anne-Louis Girodet de Roussy-Trioson.

Anne-Louis Girodet-Trioson Retrato del Barón LarreyDominique-Jean Larrey nació el 8 de julio de 1766 en un pequeño pueblo del sur de Francia, en los Pirineos. Quedó huérfano siendo muy niño. Durante diez años fue el sacerdote de su parroquia quien se encargó de su educación, pero reconociendo en el muchacho grandes aptitudes, a los 13 años lo llevó a Toulouse, con su tío Alexis Larrey, Cirujano Jefe del Hospital Saint-Joseph de la Grave, en esa ciudad. Allí inició su formación médico-quirúrgica, que completó en París, junto a uno de los más grandes cirujanos de la época, Pierre-Joseph Desault (quien más tarde sería nombrado médico del hijo del guillotinado Luis XVI, el cual falleció en extrañas circunstancias, en 1795, mientras estaba cautivo en la prisión de El Temple; corriendo el rumor de que Desault, su médico, murió ese mismo año envenenado por haberse negado a ejecutar los proyectos criminales del gobierno revolucionario contra el heredero del trono francés). Larrey comenzó su ejercicio profesional como médico de la Armada, pero tuvo que desistir por sus continuos mareos; de modo que, tras un tiempo breve como cirujano ayudante de Desault ingresó en el Ejército, donde llegaría a ser Cirujano Jefe de los Ejércitos de Napoleón. Fue él quien creó el transporte de heridos mediante ambulancias, e introdujo los principios de la sanidad militar moderna, realizando los primeros “triajes en el campo de batalla, estableciendo un orden de prioridad para el tratamiento de los heridos independientemente de su rango e incluso del ejército al que pertenecieran… Mucho más habría que añadir sobre esta gran figura de la historia de la medicina y buen hombre que fue Dominique Larrey. Pero, para saber más sobre él, les recomiendo el estudio que le dedicó el profesor José Luis Fresquet -que lo explica mucho mejor que yo- al que pueden acceder directamente en el enlace que inserto a continuación:

José L. Fresquet (2005): Dominique Jean Larrey (1766-1842)