Jacqueline du Pré y la esclerosis múltiple

Jacqueline du Pré y la esclerosis múltiple

No había cumplido cinco años de edad, cuando Jacqueline Mary du Pré se enamoró de los sonidos del violonchelo. La niña había nacido en Oxford (Inglaterra), el 26 de enero de 1945. Era hija de una profesora de piano y de un contable miembro de una antigua familia normanda que mantenía el apellido francés de sus ascendientes, y que tras trabajar varios años en la banca se hizo editor de su propia revista profesional. En cuanto inició su formación musical, Jacqueline dio muestras de unas prodigiosas dotes para la interpretación. Pronto, embelesaba al público por la pasión que transmitía en cada una de sus actuaciones. Con poco más de veinte años su nombre había alcanzado el Olimpo del violonchelo, junto a los de Pau Casals y Mstislav Rostropóvich -por ejemplo- que fueron también algunos de sus maestros. Su interpretación del Concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, opus 85, de Sir Edward Elgar, ha quedado para siempre como un referente prácticamente insuperable. Podemos oírla y verla, en esta ocasión, dirigida por el que sería su marido: Daniel Barenboim.

(Vídeo actualizado el 1 de julio de 2015, por haberse suprimido en YouTube el anterior).

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Si, siendo niña, se había enamorado del violonchelo hasta el punto de dedicarle su vida, la joven Jacqueline du Pré, con la misma pasión, se enamoró de Barenboim. Le conoció en 1966. El año siguiente lo abandonó todo para volar a Israel y -tras convertirse al judaísmo- casarse con él a los pocos días de que se diera por finalizada la Guerra de los Seis Días, el 15 de junio de 1967.

Jacqueline du Pré y Daniel Barenboim en una fotografía de Clive Barda (c.1972). National Portrait Gallery (UK)

Jacqueline du Pré y Daniel Barenboim en una fotografía de Clive Barda (c.1972). National Portrait Gallery (UK)

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A Jacqueline du Pré la llamaban entonces “Smiling“, por su fácil y frecuente sonrisa.

Jacqueline du Pré, a la que llamaban

Jacqueline du Pré, a la que llamaban “Smiling”

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Pero, en 1971, comenzó a sufrir pérdida de sensibilidad y dificultades en el movimiento de los dedos. Algo terrible para una chelista. Le diagnosticaron esclerosis múltiple.

La esclerosis múltiple es una enfermedad autoinmune que afecta al cerebro y a la médula espinal. Es más frecuente en mujeres que en hombres. No se conoce su etiología. El diagnóstico es difícil, porque puede manifestarse por múltiples y variables síntomas; pero es importante diagnosticarla lo más pronto posible, pues aunque hasta ahora no tiene cura sí contamos con tratamientos que pueden retardar el progreso de la enfermedad. Desgraciadamente, los medicamentos que hoy se utilizan para tratar la esclerosis múltiple no existían en tiempos de Jacqueline du Pré.

Nos gusta recordarla feliz, divirtiéndose con sus amigos Itzhak Perlman, Zubin Metha, y su amado Daniel Barenboim. ¡Sonriendo!

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Enlaces de interés:

Jacqueline du Pré

Esclerosis Múltiple España

Esclerosis Múltiple. Blog del Dr. Jesús Santiago

¿Epilepsia? ¿Apoplejía? ¿Derrame cerebral? A vueltas con la enfermedad de Julio César

¿Epilepsia? ¿Apoplejía? ¿Derrame cerebral? A vueltas con la enfermedad de Julio César

Tradicionalmente se ha dicho que Julio César era epiléptico. Tan consustancial parecía ser la epilepsia con el dictador romano que -según apunta Carrizosa Moog (2009)- “se denominan crisis comiciales los episodios epilépticos, porque cuando Julio César padecía las convulsiones se suspendían las elecciones o comicios en el Senado romano.” Aunque, en realidad, uno de los muchos nombres con los que a lo largo de la historia (varios de ellos originados en la Antigua Roma), el de morbus comitialis, se debía a que si alguno de los que se presentaba para ser elegido -cualquiera- sufría una crisis epiléptica durante la celebración de los comicios (las elecciones), dichos comicios debían suspenderse porque se entendía el suceso como signo de mal presagio.

Aunque, por otra parte, a pesar de los esfuerzos realizados por Hipócrates para evitarlo, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, la epilepsia seguía considerándose en Roma y durante mucho tiempo después -hasta casi nuestros días- como una enfermedad sagrada –morbus sacer– y así lo expresa de forma magistral Margaret George en su libro Memorias de Cleopatra, cuando después de una crisis epiléptica padecida por Julio César este le contesta a la reina de Egipto:

–”¿Quieres decir si me hablan los dioses? No. O si lo hacen, me conceden tan poco tiempo para oírlos antes de perder el conocimiento, que al despertar no recuerdo nada”.

También Shakespeare, en la escena segunda del primer acto de su Julio César, describe una crisis epiléptica del protagonista en un diálogo entre Bruto y Casca:

BRUTO. — Contadnos cómo pasó, amable Casca.

CASCA. — ¡Que me ahorquen si puedo decir como fue aquello! Fue pura farsa, apenas me fijé. Vi a Marco Antonio ofrecerle una corona —aunque no era tampoco una corona, sino una especie de coronilla—, y, como os decía, la apartó una vez, pero, a pesar de todo, pienso que le habría gustado tenerla. Entonces se la ofreció otra vez, nuevamente la rechazó, pero tengo para mí que se le hizo muy pesado retirar de ella los dedos. Y luego se la ofreció por tercera vez; por tercera vez la alejó de sí. Y mientras de este modo la rehusaba, la chusma vitoreó y aplaudió con sus callosas manos, echando por alto sus gorros mugrientos y exhalando tal cantidad de aliento pestífero porque César había desdeñado la corona, que medio lo asfixiaron, pues se desmayó y rodó por el suelo. Y en cuanto a mí, no me atreví a reírme, de miedo de abrir la boca y tragar aquellas miasmas.

BRUTO. — Pero despacio, por favor. ¡Cómo! ¿Se desmayó César?

CASCA. — Cayó al suelo en la plaza del mercado, echando espumarajos por la boca, y quedó sin habla.

BRUTO. — Es muy posible. Padece de vértigos.

CASIO. — No, César no padece de vértigos. Somos nosotros, vos, yo y el honrado Casca, quienes sufrimos vértigos.

CASCA. — No sé qué queréis decir con eso, pero lo cierto es que César cayó. Y si no es verdad que la canalla le palmoteó y le silbó a medida que le gustaba o disgustaba, como acostumbra hacerlo con los actores en el teatro, consiento en que me tengáis por embustero.

BRUTO. — ¿Qué dijo al volver en sí?

CASCA. — Por mi fe, antes de caer, cuando él vio que aquel rebaño de populacho se alegraba de que rehusase la corona, me pidió que le desabrochara su justillo y presentó el cuello para que se lo cortasen. A ser yo uno del oficio, le hubiera cogido la palabra, aunque tuviese que ir al infierno en compañía, de los tunantes. Y en esto, cayó. Al volver en sí manifestó que, si había dicho cohecho algo digno de represión, deseaba que sus señorías lo atribuyesen a su mal…

Pero no sólo los escritores y gente con formación, los propios médicos -y médicos muy prestigiosos- como el Dr. Segovia de Arana, por ejemplo, han mantenido la hipótesis clásica de la epilepsia de Julio César:

“Como afectado de gran mal debemos considerar a Julio César. Todos sus biógrafos nos dejan constancia de los ataques que sufría durante los cuales se quedaba junto a él sólo un esclavo griego que le atendía solícito desde su juventud;
todas las demás personas debían ausentarse respetuosamente porque César no hubiese permitido jamás ser convertido en espectáculo. En las jornadas previas a algunas de sus grandes batallas sufrió crisis convulsivas en su tienda de campaña y llegó a decirse que durante las mismas recibía la inspiración para el desarrollo bélico que siempre le condujo de triunfo en triunfo. Al llegar a Egipto en persecución de su enemigo Pompeyo conoció a Cleopatra y la relación amorosa y política entre estas dos personalidades tan singulares pudo cambiar la historia del mundo. Lo que ahora me interesa relatar es la influencia que la epilepsia de César pudo tener en el establecimiento de aquella relación.

Se cuenta que Cleopatra asistió a escondidas a alguna crisis y mandó llamar a los mejores médicos egipcios que había en la corte de Alejandría. Estos médicos, poseedores y practicantes del amplísimo bagaje de saberes acumulado durante dos mil años en el país de los faraones, debían tener conocimientos para tratar aquella enfermedad que aquejaba al ilustre huésped de su reina. Los médicos de Cleopatra, en efecto, proporcionaron a ésta algún remedio que ella se apresuró a entregar a César aun a riesgo de tener que reconocer que había presenciado sus ataques. Aquel obsequio ayudó a que se entablara una relación más cordial entre ambos que fructificó en todos los extraordinarios sucesos que nos enseñan los libros de Historia.

Durante los siglos medievales muchos epilépticos fueron considerados, más que como seres en directa relación con la divinidad, como posesos del demonio y sometidos en consecuencia a exorcismos y a otras prácticas menos espirituales para conseguir que el maligno abandonase sus atormentados cuerpos. En otras ocasiones se les incluía en el censo de los locos y pasaban a nutrir las lóbregas instituciones que en esa época se ocupaban de mantener a los enajenados fuera del contacto con el resto de la sociedad. Uno de los primeros beneficios que reportó el nuevo concepto de enfermedades mentales surgido en el siglo XIX fue el de separar de éstas a la epilepsia y clasificarla como una dolencia del sistema nervioso absolutamente distinta de cualquier forma de locura.”

Jean-Léon Gérôme (1824-1904).

Jean-Léon Gérôme (1824-1904). “Cleopatra ante César” (1866)

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Sin embargo, recientemente, la prensa internacional se ha hecho amplio eco de una nueva hipótesis publicada en la revista Neurological Sciences por los doctores Francesco M. Galassi y Hutan Ashrafian, a finales de marzo de 2015, con el título: “Has the diagnosis of a stroke been overlooked in the symptoms of Julius Caesar?” No he podido leer el artículo porque hay que pagar para hacerlo (y no está la cosa para dispendios, aunque sean pequeños); pero disponemos de un vídeo, de Classics Confidential, donde los autores, médicos del Imperial Collegue de Londres, explican su teoría:

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Lamentablemente, muchas publicaciones en español han traducido erróneamente “stroke” por “apoplejía“, un término médico confuso y ya prácticamente en desuso. El término “stroke” puede traducirse como “ictus“, “accidente cerebrovascular“, “infarto cerebral” o “derrame cerebral“, por ejemplo. Aunque los autores hablan más concretamente de “mini strokes“, que debemos traducir con mayor propiedad como “accidentes isquémicos transitorios“; los cuales se caracterizan por que los síntomas desaparecen antes de 24 horas, generalmente antes de 1 hora, y esos síntomas (muy parecidos a los del ictus pero transitorios y reversibles) pueden ser:

– Pérdida de la sensibilidad o trastornos de la misma en un brazo o una pierna, o en un lado del cuerpo.
– Debilidad o parálisis en un brazo o una pierna, o en todo un lado del cuerpo.
– Pérdida parcial de la visión o de la audición.
– Visión doble.
– Mareo.
– Lenguaje ininteligible.
– Dificultad para pensar en la palabra adecuada o para expresarla.
– Incapacidad para reconocer partes del cuerpo.
– Movimientos inusuales.
– Incontinencia urinaria.
– Desequilibrio y caída.
– Desmayo.

Nicolas Coustou (1658-1733).

Nicolas Coustou (1658-1733). “Julio César” (1696). Museo del Louvre. París

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Más acertada es la reseña de Miguel Ángel Criado en El País; quien, entre otras cosas, escribe:

“Cuando iba a comenzar la decisiva batalla de Tapso (en la actual Túnez) contra los restos del ejército de Pompeyo en el año 46 antes de Cristo […], Julio César se desvaneció cayendo entre convulsiones. Sus hombres tuvieron que apartarlo de las miradas llevándolo a un fortín. Para narrar el episodio, el historiador griego Plutarco usó la palabra ‘epileptikos’ y desde entonces han sido muchos los que han dado por bueno que el caudillo romano sufría epilepsia. Sin embargo, ahora, dos investigadores aportan otra teoría: una serie de ictus habría protagonizado los últimos días del creador del Imperio.

Plutarco tuvo que escribir de oídas ya que no estuvo en la llanura de Tapso. De hecho, escribió sobre César 10 años[sic] después de su muerte. El propio Cayo Julio César […], gran escritor, además de militar, político y libertino, no dejó nada escrito sobre sus ataques. Ni siquiera eruditos coetáneos como Cicerón o inmediatamente posteriores, como el cordobés Lucano, lo hicieron. Solo el biógrafo de emperadores Suetonio volvería a hablar de la enfermedad de César un siglo después, aunque llamándola ‘morbus comitialis’, refiriéndose a un ataque que obligaba a detener una asamblea o reunión. La enfermedad tenía un halo divino, como si fuera una intervención de los dioses.

Sobre esa base, buena parte de los historiadores clásicos y de la medicina han mantenido que Julio César era epiléptico. De hecho, la mayoría de los artículos científicos recientes parten de la epilepsia y se dedican a aventurar sobre su etiología: que si fruto de un tumor cerebral, que si de origen genético, que si provocada por la sífilis o por un parásito intestinal

‘La nuestra es una teoría más completa, clara y simple, las otras son muy complicadas’, dice el investigador de la facultad de medicina[sic] del Imperial College de Londres, Francesco Galassi. Junto a su colega Hutan Ashrafian, Galassi ha rehecho el rompecabezas de la enfermedad de Julio César. Revisitando los clásicos y las investigaciones modernas con otros ojos, donde los demás vieron epilepsia ellos ven ictus y no uno, sino varios.

Siguiendo a Plutarco, Julio César sufrió su primer derrame cerebral en Corduba (la actual Córdoba), posiblemente en el 49 a.C., es decir, tres años antes que el de Tapso, o en el 46, al regresar a Hispania desde África. Si fue en la primera fecha, tenía entonces 51 años. ‘un primer ataque de epilepsia rara vez se presenta en la edad adulta’, recuerda Galassi. Y no hay registros de que el caudillo romano sufriera alguno en su infancia.

Tras salir vencedor de la guerra civil, Julio César regresó triunfante a Roma en el 46 a.C. Allí sucedieron otros dos hechos que, aunque poco documentados y detallados, sirven a los investigadores para apuntalar su tesis del ictus. En uno, senadores y grandes patricios romanos salen al encuentro de César para tributarle honores y cargarlo de títulos. Sin embargo, el emperador que nunca lo fue rehusó el encuentro alegando que se encontraba indispuesto. Lo que se sabe es que sufrió fuertes mareos, vértigo e intenso dolor de cabeza. Pero nada de la pérdida de consciencia o temblores propios de la epilepsia.

Como recuerdan estos investigadores en su artículo en la revista Neurological Sciences, un último episodio tuvo lugar cuando su amigo Cicerón loaba sus hazañas en el Senado. Julio César tembló, de emoción según Plutarco, escapándosele unos legajos de las manos. ‘El ataque con Cicerón encaja con un cuadro general de ictus’, asegura Galassi.

Para completar su argumentario a favor, los investigadores recuerdan que el gran general romano tuvo, en los años posteriores al ataque de Corduba, continuos dolores de cabeza, repentinos cambios de humor y una tendencia a la depresión. Depresivo estaba cuando, aún siendo avisado de que se estaba urdiendo un compló[sic] contra él, César no dejó de acudir a su cita con el destino para ser asesinado por un grupo de senadores en los idus de marzo del año 44 a.C.

‘El comportamiento de César cambió en estos años y nosotros tenemos una posible explicación’, sostiene Ashrafian. ‘Los datos siempre han estado ahí pero han sido interpretados partiendo de la epilepsia, nosotros lo vemos con otra óptica’, añade. Para él, es muy posible que los historiadores como Plutarco, Suetonio y otros, apostaran por la epilepsia por su halo divino. ‘Alejandro Magno tenía epilepsia y era visto como una divinidad. César pudo aprovecharse de eso’, comenta.

[…]

Para armar su teoría, los defensores de la epilepsia han querido ver en la repentina muerte tanto del padre de Julio César como de su bisabuelo lo que hoy se conoce como SUDEP, o muerte súbita inexplicada del paciente epiléptico. Incluso hay quienes sostienen que Cesarión, el hijo que tuvo con Cleopatra, sufría de convulsiones. Y sería una epilepsia de origen genético: el emperador Calígula y Británico, el hijo asesinado del emperador Claudio, también tuvieron ataques epilépticos. Los dos eran descendientes de la familia de Julio César.

Pero, como recuerdan Ashrafian y Galassi, no hay datos que señalen que Julia, la hermana de César sufriera de epilepsia. En cuanto a Cesarión, es complicado comparar ambos casos dado que apenas hay datos sobre el hijo nunca oficialmente reconocido de Julio César y Cleopatra. Además, recalcan estos investigadores, también puede existir una predisposición genética al ictus, lo que explicaría las muertes de su padre y su bisabuelo por un infarto.”

El problema es que -como ya se ha mencionado- ni Julio César (que escribía mucho y bien) ni sus contemporáneos dejaron testimonio conocido sobre su enfermedad. Plutarco, Suetonio, Apiano… escribieron sobre la posible enfermedad de César muchos años después, basándose no en documentos -en fuentes primarias- sino en lo que se decía… Es imposible, por tanto, determinar que enfermedad o enfermedades podía padecer. Sólo se pueden hacer suposiciones. Lo cierto, en cambio, es que César no murió a causa de ninguna enfermedad.

Vincenzo Camuccini (1771-1844).

Vincenzo Camuccini (1771-1844). “Morte di Cesare” (1804-1805). Óleo sobre lienzo. 112 x 195 cm. Galleria Nazionale d’Arte Moderna. Roma

Jean-Paul Marat (1743-1793): médico y enfermo

Jean-Paul Marat (1743-1793): médico y enfermo

Pocos personajes históricos han provocado en su época amores y odios tan profundos como Jean-Paul Marat (1743-1793). Incluso ahora, más de dos siglos después de su muerte, cuesta referirse a él con la debida objetividad. Debo manifestar que el personaje de Marat no despierta en mí la menor simpatía; pero no puedo dejar de reconocer que la suya es una historia interesante desde el punto de vista médico.

Jean-Paul Marat nació en la comuna de Boudry, cantón de Neuchâtel, en la actual Suiza, el 24 de mayo de 1743. Era el mayor de nueve hermanos; hijos de Jean (antes Giovanni) Mara, un antiguo comendador mercedario de origen italiano, de Cerdeña, convertido al calvinismo, y Louise Cabrol, una ginebrina descendiente de hugonotes franceses. Jean-Paul añadiría más tarde la letra “t” a su apellido familiar, “Mara”, “… para dar a su nombre más apariencia francesa” [Wallis, 1916].

Con 16 años, tras la muerte de su madre, Marat se trasladó a Burdeos y dos años después a París, donde permanecería seis o siete años más. No se puede desechar la idea de que estudiara medicina durante su estancia en Burdeos y París, pero tampoco hay constancia de esos estudios ni de que obtuviera título alguno que le facultara para el ejercicio profesional. En realidad, el único título acreditativo de la formación médica de Marat que se conoce es un “doctorado” obtenido con la presentación de un trabajo sobre la gonorrea en la Universidad de Saint Andrews (Edimburgo), en 1775, cuando ya llevaba un buen número de años ejerciendo como médico, veterinario o barbero -según las circunstancias- en París, Londres, Edimburgo, Dublín y otras ciudades. El título completo de ese trabajo de “doctorado” [Bayon, 1945] era: An Essay on Gleets. The Defects of the Actual Method of Treating Those Complaints of the Urethra are Pointed Out, and Effectual Way of Curing Them Indicated.

Como investigador, aparte del ya citado sobre la gonorrea, sus trabajos de investigación se centraron, fundamentalmente, en el campo de la oftalmología. En 1775 publicó su Enquiry into the Nature, Cause and Cure of a Singular Disease of the Eyes. Aunque destacan sus ensayos científicos sobre el calor y el fuego, la luz y la electricidad. En 1782 publicó Recherches Physiques sur Electricité. En 1783: Recherches sur Electricité Medicate. Y en 1784: Notions Elementaires d’Optique. Del mismo modo que ocurrió en su faceta política, su obra científica le hizo granjearse tanto admiradores como detractores. Entre los primeros estaba Benjamín Franklin, que se interesó mucho por sus investigaciones y con el que llegó a entablar una buena amistad. Deseoso de ingresar en la prestigiosa Académie des Sciences, de París, presentó a la ilustre corporación académica sus publicaciones científicas, incluyendo la última, Memóires Académiques, ou Nouvelles Découvertes sur la Lumière (1788). Pero no fue aceptado. Se dice que la Academia obró así por haber tenido la “… osadía de disentir de Isaac Newton” y que Goethe, otro de sus buenos amigos, “… siempre consideró el rechazo de la academia [sic] como una clara muestra de despotismo científico.” Uno de los que más se señalaron oponiéndose al ingreso de Marat en la Academia fue el padre de la química, Antoine de Lavoisier. Años después, en 1791, Marat, el que tanto interés había tenido en ser académico, publicó Les Charlatans Modernes, ou Lettres sur le Charlatanisme Academique, y cuando fue dueño del poder suprimió la Academia y mandó guillotinar a Lavoisier.

En cuanto, a su práctica profesional -aparte de su posible desarrollo en Francia y por poco tiempo en Holanda, hasta 1766- se sabe con certeza que Marat ejerció la medicina, entre 1766 y 1776, en diversos lugares de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Pero su notoriedad profesional empezó a crecer tras su regreso a Francia; sobre todo, desde que “curó” una grave afección pulmonar (hay quien habla de tuberculosis) a la marquesa de L’Aubespine; aunque el medicamento que utilizó era “… poco más que tiza y agua” [Lipman Cohen y Lipman Cohen, 1958]. Todo indica que, entre Marat y la Marquesa, hubo algo más que una buena amistad. Pero el agradecido marido, además, presentó a Marat al conde d’Artois, el hermano menor de Luis XVI, quien llegaría a reinar con el nombre de Carlos X en 1824, en la Restauración. El conde d’Artois nombró a Marat, en 1777, médico de su guardia personal, con un salario de 2.000 libras anuales, y le abrió las puertas de las mejores casas de la aristocracia francesa, convirtiéndole en uno de los principales médicos de la Corte. Sin embargo, a pesar de la elevada posición social y económica que, como médico, había llegado a alcanzar, Jean-Paul Marat abandonó el ejercicio de la medicina en 1788 para dedicarse por entero a la política.

Jean-Paul Marat según un grabado de 1824 basado en el retrato de Joseph Boze, de 1793

Jean-Paul Marat según un grabado de 1824 basado en el retrato de Joseph Boze, de 1793

No hablaremos aquí del Marat político y revolucionario. Su obra es suficientemente conocida y, en todo caso, existe abundante información sobre la misma. Trataremos, en cambio, sobre otra cuestión desde hace tiempo ampliamente debatida: ¿Cuál fue la enfermedad o cuáles fueron las enfermedades que sufrió Marat?

Jaime Cerda, en un artículo publicado el año 2010 en la Revista Médica de Chile, escribe:

“El comienzo de su singular enfermedad se remontaría entre tres y cinco años antes de su muerte, no existiendo consenso entre los historiadores sobre su etiología. Jelinek (1979) describió la enfermedad de Marat como ‘una afección cutánea crónica y adquirida, afectándole en una edad media (45-50 años), la cual comenzó en la zona perineal, se expandió a la mayoría de su cuerpo, era intensamente pruriginosa, persistió durante largo tiempo y no demostró ser letal’. La enfermedad comenzó a agravarse, tornándose intensamente pruriginosa, comprometiendo su calidad de vida y forzándole a permanecer por largas horas sumergido en una bañera, cuyas aguas medicinales le proporcionaban algún alivio. La bañera tenía forma de zapato y le permitía trabajar y dialogar con diversas personas mientras se encontraba en su interior.”

Ya en vida de Marat; pero, sobre todo, desde principios del siglo XX hasta la actualidad, las hipótesis diagnósticas planteadas sobre su enfermedad de la piel han sido variadas, fiel reflejo de la incertidumbre existente respecto al diagnóstico real. El mismo Marat decía que la había contraído mientras se escondía bajo tierra -en tiempos difíciles para él- en sótanos y alcantarillas. Sus enemigos esparcieron el rumor de que se trataba de sífilis. Más adelante se apuntaron los diagnósticos de eczema (Cabanés, 1913), eczema liquenificado (Hart, 1924), escabiosis (Bayon, 1945) y dermatitis seborreica (Dale, 1952). Pero Little (1916), Scarlett (1930) y Jelinek (1979) coinciden en el diagnóstico más probable de dermatitis herpetiforme.

La dermatitis herpetiforme fue descrita por primera vez en 1884 -es decir, noventa y un años después de la muerte de Marat– por el dermatólogo norteamericano Louis Duhring (por eso se le conoce también como enfermedad de Duhring), “como una erupción en la piel caracterizada por la presencia de lesiones vésico-ampollosas agrupadas en un patrón herpetiforme…” [Armand Rodróguez et al., 2002]. La dermatitis herpetiforme no es una enfermedad contagiosa, por tanto, si Marat la tuvo, no la había contraído mientras se hallaba escondido en las alcantarillas, como pensaba él. Su etiología depende de factores genéticos e inmunológicos. Habría de transcurrir todavía casi un siglo más para que Marks asociara la dermatitis herpetiforme con anormalidades intestinales en 1966 y Frey, en 1973, demostrara los beneficios de una dieta libre de gluten en la evolución de la enfermedad; es decir, para que se pensara que la dermatitis herpetiforme es una enfermedad asociada con frecuencia a la enfermedad celíaca o celiaquía.

Por la clínica que han recogido los historiadores, se puede decir que es muy posible que Marat sufriera dermatitis herpetiforme; pero no se puede asegurar con certeza por la falta de pruebas bioquímicas, inmunológicas y anatomopatológicas. Más difícil es establecer el diagnóstico de celiaquía, aunque hoy sepamos que la dermatitis herpetiforme es una enfermedad frecuentemente asociada a ella (la presentan el 20% de los celíacos), por la ausencia de esas mismas pruebas, indispensables para establecer el diagnóstico.

Desde luego, si Marat padecía dermatitis herpetiforme y celiaquía, la dieta que seguía, sobre todo durante sus últimos años de vida, no podía hacer otra cosa que empeorar su estado. No por el café negro, que consumía continuamente, “más de veinte tazas al día”, sino -como cuentan Cabanés (1913) y Hart (1924), dos de sus biógrafos- porque “…estaba continuamente masticando galletas y dulces durante las sesiones de la Asamblea…”, siendo “…particularmente aficionado a un dulce de almendras” [Lipman Cohen y Lipman Cohen, 1958]. Quizás, por esta afición suya a los dulces, se ha dicho también que Marat pudo ser diabético; aunque esto tampoco se puede verificar [Bayon, 1945].

Se ha dicho también que “Marat sufría de insomnio y constantes dolores de cabeza, y esa era la razón por la que a menudo se le representa con un trozo de tela enrollada en la cabeza (como en el famoso cuadro de David o en el que se muestra más abajo, de Baudry], tela empapada en vinagre” [Wallis, 1916]. Aunque puede que la utilizara, simplemente, para aliviar el picor de la dermatitis herpetiforme en el cuero cabelludo, que no podía mantener sumergido en el agua de la bañera.

Jacques-Louis David (1748-1825). La muerte de Marat (1793). Óleo sobre lienzo. 165 x 128 cm. Museos Reales de bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

Jacques-Louis David (1748-1825). La muerte de Marat (1793). Óleo sobre lienzo. 165 x 128 cm. Museos Reales de bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

Otro aspecto que se ha debatido bastante ha sido la posible relación causa-efecto entre la enfermedad de Marat y su temperamento violento (o viceversa), sin que tampoco exista consenso. Un psiquiatra norteamericano, Charles W. Burr, en 1919, dijo de él que era “…un ejemplo de paranoia de tipo político” [Bayon, 1945]. Pero, dejemos la palabra, otra vez, al Dr. Cerda:

“Posiblemente tanto las circunstancias históricas como su temperamento jugaron un rol, total o parcial, en la génesis de la enfermedad y ésta, a su vez, afectó su carácter. Si bien el temperamento característico de Marat es temporalmente anterior al desarrollo de su enfermedad, lo cierto es que el agravamiento de esta última coincidió con una intensificación del primero. Aparentemente el padecer de una patología cutánea crónica tiene consecuencias importantes sobre la personalidad. Además de Marat, otros personajes históricos de ideas revolucionarias tuvieron similares padecimientos; al respecto, Karl Marx (1818-1883) habría sufrido una invalidante hidradenitis supurativa, mientras que Josef Stalin (1879-1953) padecía de psoriasis. La disminución de la calidad de vida asociada a estas enfermedades posiblemente tuvo un efecto psicológico no despreciable en estos tres personajes, posiblemente ejerciendo alguna influencia en lo que fueron sus ideas y comportamiento. En palabras de Shuster, quien describiera la hidradenitis supurativa de Karl Marx, ‘la piel es un órgano de comunicación y sus trastornos producen gran distrés psicológico; genera rechazo y disgusto, depresión de la imagen corporal, del ánimo y del bienestar’.”

El 13 de julio de 1793, estando Marat en su bañera, recibió la visita de la joven Charlotte Corday, quien decía -según una de las versiones existentes- traer los nombres de algunos girondinos enemigos de la Revolución, que habían huido a la ciudad de Caen. Cuenta la historia que Marat apuntó sus nombres y afirmó que debían ser guillotinados, tras lo cual Corday extrajo un puñal y se lo clavó mortalmente a Marat.

Cabe añadir, como dato no mencionado habitualmente, que quien le prestó los primeros auxilios fue un dentista llamado Michon Delafondée, que ejercía en la misma casa donde vivía Marat; aunque nada pudo hacer para evitar su muerte [Wallis, 1916]. Por otra parte, en la autopsia realizada el día después de su muerte por el Cirujano Jefe del Hôpital de l’Unité, se apreció que el cuchillo de Charlotte Corday había penetrado por el espacio entre la primera y la segunda costillas del lado derecho, atravesando el pulmón, y había afectado a la aorta llegando hasta la aurícula izquierda del corazón. Pero se observó, también, que en el momento de su muerte, Marat ya sufría -probablemente, desde hacía tiempo- “pleuresía” en el pulmón derecho [Bayon, 1945]. Si Charlotte Corday no lo hubiera asesinado, es posible que Marat hubiera tardado poco en morir por su enfermedad pulmonar o en la guillotina como sus compañeros del triunvirato del terror, Dantón y Robespierre.

Al contrario de lo que me ocurre con Marat, no puedo evitar -sin aprobar ni justificar su crimen- sentir una sincera simpatía por Charlotte Corday. No creo que en mi código genético exista el más mínimo atisbo girondino. Puede que sea por la innata tendencia que muchos tenemos a ponernos de parte del más débil. O, quizás, simplemente, porque se trataba de una joven de 24 años que sacrificó su vida para salvar la de los suyos. No sé. Pero quiero dedicar el final de esta entrada a Charlotte Corday con un cuadro mucho menos conocido que el de Jacques Louis David sobre la muerte de Marat. El autor es Paul Baudry, un pintor del academicismo francés del siglo XIX. Y ella es la protagonista.

Paul Baudry (1828-1886). El asesinato de Marat / Charlotte Corday (1860). Óleo sobre lienzo. 203 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes

Paul Baudry (1828-1886). El asesinato de Marat / Charlotte Corday (1860). Óleo sobre lienzo. 203 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes

BIBLIOGRAFÍA
ARMAND RODRÍGUEZ, B. et al. (2002): “Dermatitis herpetiforme”. [Disponible en: http://singluten.files.wordpress.com/2007/04/dermatitis-herpetiforme.pdf; consultado 1 mayo 2015].

BAYON, H.P. (1945): “The Medical Career of Jean-Paul Marat”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2181792/pdf/procrsmed00552-0114.pdf; consultado 1 mayo 2015].

CERDA, J. (2010): “Jean Paul Marat. Médico, científico y revolucionario”. [Disponible en: http://www.scielo.cl/pdf/rmc/v138n1/art18.pdf; consultado 1 mayo 2015].

LIPMAN COHEN, B.A. y LIPMAN COHEN, M.A. (1958): “Doctor Marat an his Skin”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1034419/pdf/medhist00181-0051.pdf; consultado 1 mayo 2015].

MARAT in England (1893): “Marat in England”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2402611/ consultado 1 mayo 2015].

VERGARA HERNÁNDEZ, J. y VERGARA DÍAZ, M.A. (2009): “Enfermedad celíaca”. [Disponible en: http://www.fisterra.com/guias2/celiaca.asp; consultado 1 mayo 2015].

WALLIS C.E. (1916): “Marat”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2017701/pdf/procrsmed00745-0120.pdf; consultado 1 mayo 2015].

Oliver Sacks: una vida ejemplar y un ejemplo ante la muerte

Oliver Sacks: una vida ejemplar y un ejemplo ante la muerte

Recientemente se le han diagnosticado a Oliver Sacks metástasis hepáticas causadas por un melanoma ocular del que fue operado hace nueve años (algo muy poco frecuente), y el prestigioso neurólogo y escritor (autor -entre otros- de libros tan famosos como Despertares, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o Musicofilia) se despide de la vida con la misma inteligencia, sensatez y humanidad con la que la ha vivido en un artículo que titula My Own Life, publicado en The New York Times el pasado 19 de febrero.

Transcribo a continuación la traducción de ese artículo realizada por María Luisa Rodríguez Tapia para El País:

“Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

Imagino un rápido deterioro […]. Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba: ‘Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones’.

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: ‘Es difícil’, escribió, ‘sentir más desapego por la vida del que siento ahora’.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.”

(C) Oliver Sacks, 2015. (C) De la traducción: María Luisa Rodríguez Tapia. (C) El País, 21 de febrero de 2015.

Oliver Sacks

Oliver Sacks

Bechterev y Stalin

Bekhterev_by_Repin

Ilya Repin (1844-1930). Retrato del neurofisiólogo y psiquiatra Vladimir Bechterev (1913).
Óleo sobre lienzo. 107 x 78 cm.
Museo Estatal Ruso. San Petersburgo

Vestido con uniforme militar, pelo largo, poblada barba, y sentado en un sillón desde donde nos mira directamente a los ojos: así retrató Ilya Repin a quien entonces, a los 56 años de edad, ya se había convertido en la máxima figura de la neuropsiquiatría rusa de su época. Catorce años después, Vladimir Bechterev seguía siendo el mejor en su especialidad, y ese fue el motivo -sin duda- por el que Stalin le llamó a consulta. A los pocos días, el médico falleció de repente sin que se haya podido saber la causa. Posiblemente nunca se podrá demostrar; pero muchos afirmaron que el dictador ordenó su muerte…

Vladimir Mijailovich Bechterev fue un neurólogo, neurofisiólogo y psiquiatra ruso, que nació en la pequeña localidad de Sorali, entre el río Volga y los montes Urales, el 1 de febrero de 1857, y murió en Moscú el 24 de diciembre de 1927.

Bechterev da nombre, al menos, a once epónimos que han enriquecido la terminología médica (cuyas definiciones se pueden encontrar en este enlace) aunque se le recuerda especialmente por sus investigaciones sobre el papel del hipocampo en la memoria y sus estudios sobre los reflejos y la psicología del condicionamiento, llevados a cabo de manera independiente a los que por entonces realizaba otro gran científico ruso, con el que -según parece- no tenía precisamente una buena relación: Iván Petrovich Pavlov (1849-1936).

A los 16 años de edad, en 1873, ingresó en la Academia Militar de Medicina y Cirugía de San Petersburgo, graduándose en 1878. Comenzó a ejercer en la Clínica Psiquiátrica de esa misma ciudad. En 1881 presentó su Tesis Doctoral que trataba sobre las posibles relaciones entre la temperatura corporal y algunas enfermedades mentales, y fue habilitado como Profesor Asociado de Neurología y Psiquiatría.

Poco tiempo después, salió al extranjero para ampliar su formación con Wilhelm Wundt y Paul E. Flechsig en Leipzig, con Theodor H. Meynert en Viena, con Karl Friedrich Otto Westphal y Emil H. du Bois-Reymond en Berlín, y con Jean M. Charcot en París.

En 1885 regresó a Rusia para hacerse cargo de la Cátedra de Enfermedades Mentales de la Universidad de Kazán, en la que fundó, en 1886, el primer laboratorio de su país para la investigación de la anatomía y la fisiología del sistema nervioso. En 1893 Bechterev sucedió a su maestro, Merzejewsky, como Profesor y Jefe del Departamento de Enfermedades Psíquicas y Nerviosas de la Academia Militar de Medicina y Cirugía de San Petersburgo, la misma donde él había cursado la carrera. En los años siguientes lleva a cabo numerosos estudios clínicos, entre los que destacan los referidos a la espondilitis anquilosante; publica libros, artículos de revistas y funda, en 1896, la primera revista rusa especializada en enfermedades neuropsiquiátricas; y crea, en 1907, asumiendo personalmente todos los gastos, el que más tarde se llamaría Instituto Estatal para el Estudio del Cerebro, del que seguiría siendo director aún después de haber sido forzado a abandonar su puesto como profesor, en 1913, por presiones del Gobierno.

Tras la Revolución Rusa de 1917, San Petersburgo pasó a ser Petrogrado, la Academia Militar de Medicina se transformó en Universidad Estatal de Ciencias Médicas, y Bechterev fue repuesto en todos sus cargos, desempeñando la Cátedra de Psicología y Reflexología de la Universidad de Petrogrado desde 1918 hasta su muerte.

Bechterev había sido la figura principal de la neuropsiquiatría rusa antes de la Revolución, y continuó siéndolo después.

A finales de 1927 Vladimir M. Bechterev contaba 70 años de edad, pero gozaba de buena salud y se hallaba en plena actividad. En esas fechas, por ejemplo, preparaba su participación en un congreso de su especialidad en Moscú. Entonces fue llamado al Kremlim para pasar consulta a Stalin. No habían pasado dos días de esa consulta cuando, repentina e inesperadamente, Bechterev murió. Unos dicen que había diagnosticado a Stalin una “paranoia grave” y así se lo comunicó al dictador. Otros, que cometió la imprudencia de comentar en público ese diagnóstico (lo cual, de ser cierto, habría atentado contra el deber médico de secreto profesional). La verdad no se sabe. Pero, lo que a nadie le cuesta suponer, aunque no se pueda demostrar, es que el tirano soviético mandó asesinar al médico…

Hablando sobre este tema con mi amigo Rafael Tarín, hombre de muy diversos conocimientos y probada inteligencia, me decía -medio en serio, medio en broma- que, sabiendo quien era StalinBechterev realmente “se suicidó”… ¿Qué podía hacer? ¿Cómo iba a negarse a visitar en consulta a un enfermo? Y más concretamente, a ese enfermo. Un paciente, con más o menos facilidad, dependiendo de la organización de cada sistema de salud, puede elegir su médico. La “libre elección de paciente” por parte del médico ni se plantea… Pero éste es otro tema, que no vamos a entrar a debatir ahora. Otras reflexiones nos absorben el pensamiento… Más allá de la sospecha, podemos tener la certeza de que, desde el poder, se ha asesinado. Y lo peor es que en nuestro mundo actual, bien entrado ya el siglo XXI, no hayamos sido capaces de mejorar lo suficiente para creer que eso no ocurre ni volverá a ocurrir.

Durante el tiempo que he estado trabajando en esta entrada sobre Vladimir Bechterev me ha acompañado la música de Modest Mussorgsky, compatriota y contemporáneo suyo. Sus Cantos y danzas de la muerte ponen el punto final a este texto escrito en un par de frías noches de invierno.