Antonio García Gutiérrez y Giuseppe Verdi

Antonio García Gutiérrez y Giuseppe Verdi

Si la entrada anterior estaba dedicada a Wagner, con motivo del bicentenario de su nacimiento, ésta tiene como uno de sus protagonistas a Giuseppe Verdi, de quien también hemos celebrado los doscientos años de su nacimiento en el 2013 que ya se nos va.

Ilustración de David Guirao

Giuseppe Verdi, en una ilustración de David Guirao

Confieso que soy más de Verdi que de Wagner -por diversas razones- y esta entrada me resulta aún más satisfactoria que la anterior, no solo por haberme permitido disfrutar de algunas de las obras del célebre compositor mientras la preparo y redacto; ni porque vaya a hablar -que no lo haré- de los bien conocidos efectos beneficiosos de su música sobre la salud cardiovascular (de esto ya se han ocupado, por ejemplo -entre otros muchos- Hans-Joachim Trappe (2010) en la revista Heart, o Luciano Bernardi y colaboradores (2009) en Circulation). No, el motivo de mi satisfacción es que esta entrada dedicada a Verdi me va a servir para rendir homenaje al dramaturgo español cuyos textos sirvieron de inspiración para dos de las óperas del italiano, El trovador (1853) y Simón Boccanegra (1857); y que, como suele ocurrir en España con los españoles, aunque este año también se ha cumplido el bicentenario de su nacimiento en 1813, pocos se han acordado de él (salvo, como excepción que confirma la regla, en su tierra natal): Antonio García Gutiérrez.

Antonio García Gutiérrez

Antonio García Gutiérrez (1813-1884)

Antonio María de los Dolores García Gutiérrez nació en la gaditana ciudad de Chiclana de la Frontera, el 5 de julio de 1813, y murió en Madrid el 26 de agosto de 1884. En 1820, la familia García Gutiérrez -con diez hijos, de los que Antonio es el sexto- se traslada a Cádiz. Diez años después, en 1830, con 17 de edad, Antonio García Gutiérrez se matricula en la Facultad de Medicina de Cádiz… Pero él tenía muy claro lo que quería ser y, tres años después, concretamente el 16 de agosto de 1833, abandona los estudios de Medicina y sale de Cádiz, a pie, camino de Madrid, para ser lo que quería ser: escritor. Dramaturgo, poeta, libretista de zarzuelas, periodista… Y, con el tiempo, Académico de Número de la Real Academia Española de la Lengua, Director del Museo Arqueológico Nacional, o Jefe Superior del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios… sin mencionar otros importantes cargos ni los múltiples premios, honores y distinciones que recibió. De todo ello, de su vida y su obra, encontramos cumplida información en la magnífica página web que, con la colaboración la Diputación de Cádiz, el Ministerio de Cultura, la Biblioteca Nacional y la Universidad de Cádiz, ha realizado el Ayuntamiento de Chiclana de la Frontera. Te la recomiendo encarecidamente, y puedes acceder a ella pulsando sobre el siguiente enlace:

Bicentenario García Gutiérrez (1813-2013)

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Antonio García Gutiérrez en su juventud
¡Un auténtico romántico!

Antonio García Gutiérrez tenía solo 22 años cuando estrenó El Trovador, en el Teatro del Príncipe, de Madrid, el 1 de marzo de 1836. Simón Boccanegra se estrenaría siete años después, en 1843. Las óperas de Verdi -como ya se ha dicho- son de 1853 y 1857, respectivamente. Para no extenderme demasiado, voy a referirme -tan solo- al estreno de la primera. Y no voy a hacerlo con mis palabras, sino con las de Mariano José de Larra, que no era famoso -precisamente- por la amabilidad de sus críticas…

“Con placer cogemos la pluma para analizar esta producción dramática, que tanto promete para lo sucesivo en quien con ella empieza su carrera literaria, y que tan brillante acogida ha merecido al público de la capital. Síganle muchas como ella, y los que presumen que abrigamos una pasión dominante de criticar a toda costa y de morder a diestro y siniestro, verán cuán presto cae de nuestras manos el látigo que para enderezar tuertos ajenos tenemos hace tanto tiempo empuñado.

El autor de El Trovador se ha presentado en la arena, nuevo lidiador, sin títulos literarios, sin antecedentes políticos; solo y desconocido, la ha recorrido bizarramente al son de las preguntas multiplicadas: ‘¿Quién es el nuevo, quién es el atrevido?’; y la ha recorrido para salir de ella victorioso. Entonces ha alzado la visera, y ha podido alzarla con noble orgullo, respondiendo a las diversas interrogaciones de los curiosos espectadores: ‘Soy hijo del genio, y pertenezco a la aristocracia del talento’. ¡Origen por cierto bien ilustre, aristocracia que ha de arrollar al fin todas las demás!”

Basta y sobra -digo yo- con las palabras del genial “Fígaro“. No hace falta añadir más… salvo la música.

El “Coro del Yunque“, o “Coro de Gitanos“, es -sin duda- una de las piezas más conocidas de El Trovador. Pero, en esta ocasión, creo que merece la pena insertar también la ópera completa.

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El “Dúo de los Gatos” de Gioachino Rossini

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Caricatura de Rossini en la portada de Le Hanneton (1867)

Si alguien piensa todavía que la música clásica es siempre seria y no es divertida (cosa que dudo entre quienes leen este blog) es que no ha escuchado el “Dúo de los gatos” de Gioachino Rossini (1792-1868) un músico sobre el que tendré que volver a escribir, si Dios quiere.

Rossini trabajó mucho en su juventud, pronto se hizo famoso y rico, pero dejó de componer -porque pudo hacerlo- con poco más de treinta años, y se dedicó a disfrutar de la vida y de una de sus principales aficiones: la buena mesa.

También era conocido por su sentido del humor; aunque, cuando componía, no le hacía ninguna gracia que los cantantes modificaran las partituras de sus óperas para su propio lucimiento. No sabemos con certeza si eso tuvo que ver con la composición de esta pequeña pieza que vamos a escuchar (hay quien dice que la compuso en honor de un par de gatos que todas las mañanas venían a visitarlo en su casa de Padua).

El “Dúo de los gatos” solo usa la palabra “miau” (por tanto, la letra es fácil, casi como algunas de las canciones actuales que se presentan a Eurovisión) pero repetida de múltiples formas que entrañan gran dificultad para sus intérpretes. Se compuso originalmente para piano y dos voces femeninas, generalmente soprano y mezzosoprano, pero ahora vamos a disfrutarlo cantado por “voces blancas”, los niños del coro Petits Chanteurs à la Crois de Bois, en un concierto que tuvo lugar en Seúl, el 30 de noviembre de 1996.

Tartini y “El Trino del Diablo”

James Marshall (1838-1902). “Der Traum von Tartini” (1868)
Óleo sobre lienzo. 110 x 84 cm.
Sammlung Schack. München

“Entre las historias manifiestamente imaginarias y aquellas cuya veracidad es comprobable, se encuentran algunas experiencias raras […] de la gente del mundo musical: aventuras fantasmagóricas e inverosímiles sueños…” Como ésta que nos cuenta Carlos Fisas y que tiene como protagonista a Giuseppe Tartini (1692-1770), violinista y compositor italiano del barroco:

“-¡Qué suerte tenemos, amigo mío! -observaba un día José Lalande, el más grande astrónomo de su tiempo, conversando con Giuseppe Tartini, el más grande violinista de la misma época-. ¡Qué suerte tenemos de vivir en el ilustrado siglo XVIII, libres de todas las supersticiones y pseudocreencias, dando crédito solamente a nuestros ojos y a nuestros cerebros! Pasaron los días de magia y brujería, de ángeles y diablos…

-¿Así no creéis en el diablo Lalande? -le interrumpió el violinista.

-No, ciertamente -rió el astrónomo.

-Pues bien -dijo Tartini-. ¡Yo, sí! No solamente creo en él sino que he comprobado su existencia y le estoy agradecido porque me ayudó a realizar mi obra de mayor éxito.

Y explicó a Lalande la historia de su Trino del Diablo. Una noche, cuando tenía veintidós años, soñó que había pactado con el diablo. Le había vendido su alma y Satán debía ser su criado durante tres veces siete años. El contrato funcionaba admirablemente; Tartini (en su sueño) se había hecho famoso y rico; había conquistado cuanto deseaba y había subyugado a todo el mundo. Un día tomó su violín y se lo entregó al Príncipe de las Tinieblas. ‘¡Toca! -le dijo-. Quiero ver si el diablo conoce más trucos en el violín que yo, ¡Giuseppe Tartini!’

Y el diablo tocó…, tocó como Tartini nunca había oído tocar a nadie. Era una sonata salvaje, incitante y melancólica al mismo tiempo, tierna y bárbara, angustiosa y sin embargo llena de belleza. La más deliciosa y osada pieza de música.

Tartini se sintió transportado de placer. Apenas podía respirar y, súbitamente, despertó. Abalanzóse sobre su violín y empezó a tocar la música que acababa de oír. Podía acordarse distintamente de largos pasajes que el diablo había tocado para él, pero, a pesar de los mayores esfuerzos, no pudo reconstruir la obra entera.

-Seguidamente escribí la pieza -concluyó Tartini-. Es el Trino del Diablo, tal como vos y muchos otros lo conocéis hoy. Pero podéis creerme, mi esclarecido y escéptico amigo: ¡la pieza que yo compuse es infinitamente inferior a la que el diablo tocó para mí durante mi sueño!”(1)

A continuación podemos escuchar el resultado de aquella diabólica aparición…

Referencias bibliográficas

(1) FISAS, Carlos (1996): Intimidades de la Historia. Barcelona, Plaza & Janés Editores: 171.

El “Dúo de los gatos” de Gioachino Rossini

Caricatura publicada en la revista

Caricatura publicada en la revista “Le Hanneton”, el 4 de julio de 1867, alusiva a Rossini y sus “innovadoras formas musicales” (incluye un texto autógrafo y la firma del artista)

Si alguien piensa todavía que la música clásica es siempre seria y no es divertida (cosa que dudo entre quienes leen este blog, gente inteligente) es que no ha escuchado el “Dúo de los gatos” de Gioachino Rossini (1792-1868) un músico sobre el que tendré que volver a escribir, si Dios quiere.

Rossini trabajó mucho en su juventud, pronto se hizo famoso y rico, pero dejó de componer -porque pudo hacerlo- con poco más de treinta años, y se dedicó a disfrutar de la vida y de una de sus principales aficiones: la buena mesa.

También era conocido por su sentido del humor; aunque, cuando componía, no le hacía ninguna gracia que los cantantes modificaran las partituras de sus óperas para su propio lucimiento. No sabemos con certeza si eso tuvo que ver con la composición de esta pequeña pieza que vamos a escuchar (hay quien dice que la compuso en honor de un par de gatos que todas las mañanas venían a visitarlo en su casa de Padua).

El “Dúo de los gatos” solo usa la palabra “miau” (por tanto, la letra es fácil, casi tanto como la de algunas canciones bastante más recientes) pero repetida de múltiples formas que entrañan gran dificultad para sus intérpretes. Se compuso originalmente para piano y dos voces femeninas, generalmente soprano y mezzosoprano, pero ahora vamos a disfrutarlo cantado por “voces blancas”, los niños del coro Petits Chanteurs à la Crois de Bois, en un concierto que tuvo lugar en Seúl, el 30 de noviembre de 1996.

Para mejor y mayor información les dejo los enlaces a un artículo de Estitxu López de Munaín, publicado en Zapardiel, revista de cultura y gastronomía  y en el blog “En Clave de Niños“, de Sinalefa.

Le agradezco al Profesor Dr. D. Juan Rafael Cabrera Afonso, médico, historiador, melómano empedernido, maestro y queridísimo amigo que tuviera la buena idea de descubrirme esta simpática pieza musical.

La mano de Goltzius

Hendrick Goltzius (1558-1617). Mano derecha del autor (1588)
Dibujo a pluma y tinta marrón. 23 x 32,2 cm.
Teylers Museum, Haarlem, Holanda

Cuando era niño, Hendrick Goltz (luego latinizaría su apellido como Goltzius), sufrió una grave quemadura en su mano derecha que le causó secuelas permanentes. La mano quedó deforme e incapacitada para realizar sus funciones con normalidad. Sin embargo, a pesar de su minusvalía, Goltzius llegaría a ser uno de los grabadores y pintores holandeses más importantes de su época.

Según su amigo, el pintor, historiador del arte y poeta Karel van Mander (1548-1606), Goltzius dibujaba y pintaba con la mano izquierda; pero grababa con la derecha, porque había aprendido a sujetar el buril con más fuerza que otros artistas, desarrollando la musculatura de todo el miembro superior derecho.

Goltzius nunca dejó de prestar una atención especial a su mano lesionada, a la que representó en numerosas ocasiones, como en los cuatro estudios que podemos ver a continuación:

Hendrick Goltzius (1558-1617). Cuatro estudios de su mano derecha (c.1588/1589)
Städelsches Kuntsinstitut, Frankfurt, Alemania

Pero, ciertamente, sus limitaciones orgánicas y funcionales no impidieron que se convirtiera en uno de los artistas más renombrados de su tiempo, en el norte de Europa: y todo gracias a su tesón y a su fuerza de voluntad.

Hendrick Goltzius (1558-1617). Autorretrato (1593/94)
Dibujo coloreado con carboncillo, tizas y acuarelas
Albertina, Viena, Austria

Un siglo más tarde, al sur de Europa, el compositor veneciano Antonio Lucio Vivaldi (1678-1741) pudo dedicarse por entero a la música -para satisfacción nuestra- porque fue dispensado del ejercicio de sus funciones sacerdotales por la insuficiencia respiratoria que padecía. Disfrutemos, pues, de este In turbato mare” RV 627 y rindamos homenaje a los dos grandes maestros, el músico y el pintor.

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