Jean-Paul Marat (1743-1793): médico y enfermo

Jean-Paul Marat (1743-1793): médico y enfermo

Pocos personajes históricos han provocado en su época amores y odios tan profundos como Jean-Paul Marat (1743-1793). Incluso ahora, más de dos siglos después de su muerte, cuesta referirse a él con la debida objetividad. Debo manifestar que el personaje de Marat no despierta en mí la menor simpatía; pero no puedo dejar de reconocer que la suya es una historia interesante desde el punto de vista médico.

Jean-Paul Marat nació en la comuna de Boudry, cantón de Neuchâtel, en la actual Suiza, el 24 de mayo de 1743. Era el mayor de nueve hermanos; hijos de Jean (antes Giovanni) Mara, un antiguo comendador mercedario de origen italiano, de Cerdeña, convertido al calvinismo, y Louise Cabrol, una ginebrina descendiente de hugonotes franceses. Jean-Paul añadiría más tarde la letra “t” a su apellido familiar, “Mara”, “… para dar a su nombre más apariencia francesa” [Wallis, 1916].

Con 16 años, tras la muerte de su madre, Marat se trasladó a Burdeos y dos años después a París, donde permanecería seis o siete años más. No se puede desechar la idea de que estudiara medicina durante su estancia en Burdeos y París, pero tampoco hay constancia de esos estudios ni de que obtuviera título alguno que le facultara para el ejercicio profesional. En realidad, el único título acreditativo de la formación médica de Marat que se conoce es un “doctorado” obtenido con la presentación de un trabajo sobre la gonorrea en la Universidad de Saint Andrews (Edimburgo), en 1775, cuando ya llevaba un buen número de años ejerciendo como médico, veterinario o barbero -según las circunstancias- en París, Londres, Edimburgo, Dublín y otras ciudades. El título completo de ese trabajo de “doctorado” [Bayon, 1945] era: An Essay on Gleets. The Defects of the Actual Method of Treating Those Complaints of the Urethra are Pointed Out, and Effectual Way of Curing Them Indicated.

Como investigador, aparte del ya citado sobre la gonorrea, sus trabajos de investigación se centraron, fundamentalmente, en el campo de la oftalmología. En 1775 publicó su Enquiry into the Nature, Cause and Cure of a Singular Disease of the Eyes. Aunque destacan sus ensayos científicos sobre el calor y el fuego, la luz y la electricidad. En 1782 publicó Recherches Physiques sur Electricité. En 1783: Recherches sur Electricité Medicate. Y en 1784: Notions Elementaires d’Optique. Del mismo modo que ocurrió en su faceta política, su obra científica le hizo granjearse tanto admiradores como detractores. Entre los primeros estaba Benjamín Franklin, que se interesó mucho por sus investigaciones y con el que llegó a entablar una buena amistad. Deseoso de ingresar en la prestigiosa Académie des Sciences, de París, presentó a la ilustre corporación académica sus publicaciones científicas, incluyendo la última, Memóires Académiques, ou Nouvelles Découvertes sur la Lumière (1788). Pero no fue aceptado. Se dice que la Academia obró así por haber tenido la “… osadía de disentir de Isaac Newton” y que Goethe, otro de sus buenos amigos, “… siempre consideró el rechazo de la academia [sic] como una clara muestra de despotismo científico.” Uno de los que más se señalaron oponiéndose al ingreso de Marat en la Academia fue el padre de la química, Antoine de Lavoisier. Años después, en 1791, Marat, el que tanto interés había tenido en ser académico, publicó Les Charlatans Modernes, ou Lettres sur le Charlatanisme Academique, y cuando fue dueño del poder suprimió la Academia y mandó guillotinar a Lavoisier.

En cuanto, a su práctica profesional -aparte de su posible desarrollo en Francia y por poco tiempo en Holanda, hasta 1766- se sabe con certeza que Marat ejerció la medicina, entre 1766 y 1776, en diversos lugares de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Pero su notoriedad profesional empezó a crecer tras su regreso a Francia; sobre todo, desde que “curó” una grave afección pulmonar (hay quien habla de tuberculosis) a la marquesa de L’Aubespine; aunque el medicamento que utilizó era “… poco más que tiza y agua” [Lipman Cohen y Lipman Cohen, 1958]. Todo indica que, entre Marat y la Marquesa, hubo algo más que una buena amistad. Pero el agradecido marido, además, presentó a Marat al conde d’Artois, el hermano menor de Luis XVI, quien llegaría a reinar con el nombre de Carlos X en 1824, en la Restauración. El conde d’Artois nombró a Marat, en 1777, médico de su guardia personal, con un salario de 2.000 libras anuales, y le abrió las puertas de las mejores casas de la aristocracia francesa, convirtiéndole en uno de los principales médicos de la Corte. Sin embargo, a pesar de la elevada posición social y económica que, como médico, había llegado a alcanzar, Jean-Paul Marat abandonó el ejercicio de la medicina en 1788 para dedicarse por entero a la política.

Jean-Paul Marat según un grabado de 1824 basado en el retrato de Joseph Boze, de 1793

Jean-Paul Marat según un grabado de 1824 basado en el retrato de Joseph Boze, de 1793

No hablaremos aquí del Marat político y revolucionario. Su obra es suficientemente conocida y, en todo caso, existe abundante información sobre la misma. Trataremos, en cambio, sobre otra cuestión desde hace tiempo ampliamente debatida: ¿Cuál fue la enfermedad o cuáles fueron las enfermedades que sufrió Marat?

Jaime Cerda, en un artículo publicado el año 2010 en la Revista Médica de Chile, escribe:

“El comienzo de su singular enfermedad se remontaría entre tres y cinco años antes de su muerte, no existiendo consenso entre los historiadores sobre su etiología. Jelinek (1979) describió la enfermedad de Marat como ‘una afección cutánea crónica y adquirida, afectándole en una edad media (45-50 años), la cual comenzó en la zona perineal, se expandió a la mayoría de su cuerpo, era intensamente pruriginosa, persistió durante largo tiempo y no demostró ser letal’. La enfermedad comenzó a agravarse, tornándose intensamente pruriginosa, comprometiendo su calidad de vida y forzándole a permanecer por largas horas sumergido en una bañera, cuyas aguas medicinales le proporcionaban algún alivio. La bañera tenía forma de zapato y le permitía trabajar y dialogar con diversas personas mientras se encontraba en su interior.”

Ya en vida de Marat; pero, sobre todo, desde principios del siglo XX hasta la actualidad, las hipótesis diagnósticas planteadas sobre su enfermedad de la piel han sido variadas, fiel reflejo de la incertidumbre existente respecto al diagnóstico real. El mismo Marat decía que la había contraído mientras se escondía bajo tierra -en tiempos difíciles para él- en sótanos y alcantarillas. Sus enemigos esparcieron el rumor de que se trataba de sífilis. Más adelante se apuntaron los diagnósticos de eczema (Cabanés, 1913), eczema liquenificado (Hart, 1924), escabiosis (Bayon, 1945) y dermatitis seborreica (Dale, 1952). Pero Little (1916), Scarlett (1930) y Jelinek (1979) coinciden en el diagnóstico más probable de dermatitis herpetiforme.

La dermatitis herpetiforme fue descrita por primera vez en 1884 -es decir, noventa y un años después de la muerte de Marat– por el dermatólogo norteamericano Louis Duhring (por eso se le conoce también como enfermedad de Duhring), “como una erupción en la piel caracterizada por la presencia de lesiones vésico-ampollosas agrupadas en un patrón herpetiforme…” [Armand Rodróguez et al., 2002]. La dermatitis herpetiforme no es una enfermedad contagiosa, por tanto, si Marat la tuvo, no la había contraído mientras se hallaba escondido en las alcantarillas, como pensaba él. Su etiología depende de factores genéticos e inmunológicos. Habría de transcurrir todavía casi un siglo más para que Marks asociara la dermatitis herpetiforme con anormalidades intestinales en 1966 y Frey, en 1973, demostrara los beneficios de una dieta libre de gluten en la evolución de la enfermedad; es decir, para que se pensara que la dermatitis herpetiforme es una enfermedad asociada con frecuencia a la enfermedad celíaca o celiaquía.

Por la clínica que han recogido los historiadores, se puede decir que es muy posible que Marat sufriera dermatitis herpetiforme; pero no se puede asegurar con certeza por la falta de pruebas bioquímicas, inmunológicas y anatomopatológicas. Más difícil es establecer el diagnóstico de celiaquía, aunque hoy sepamos que la dermatitis herpetiforme es una enfermedad frecuentemente asociada a ella (la presentan el 20% de los celíacos), por la ausencia de esas mismas pruebas, indispensables para establecer el diagnóstico.

Desde luego, si Marat padecía dermatitis herpetiforme y celiaquía, la dieta que seguía, sobre todo durante sus últimos años de vida, no podía hacer otra cosa que empeorar su estado. No por el café negro, que consumía continuamente, “más de veinte tazas al día”, sino -como cuentan Cabanés (1913) y Hart (1924), dos de sus biógrafos- porque “…estaba continuamente masticando galletas y dulces durante las sesiones de la Asamblea…”, siendo “…particularmente aficionado a un dulce de almendras” [Lipman Cohen y Lipman Cohen, 1958]. Quizás, por esta afición suya a los dulces, se ha dicho también que Marat pudo ser diabético; aunque esto tampoco se puede verificar [Bayon, 1945].

Se ha dicho también que “Marat sufría de insomnio y constantes dolores de cabeza, y esa era la razón por la que a menudo se le representa con un trozo de tela enrollada en la cabeza (como en el famoso cuadro de David o en el que se muestra más abajo, de Baudry], tela empapada en vinagre” [Wallis, 1916]. Aunque puede que la utilizara, simplemente, para aliviar el picor de la dermatitis herpetiforme en el cuero cabelludo, que no podía mantener sumergido en el agua de la bañera.

Jacques-Louis David (1748-1825). La muerte de Marat (1793). Óleo sobre lienzo. 165 x 128 cm. Museos Reales de bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

Jacques-Louis David (1748-1825). La muerte de Marat (1793). Óleo sobre lienzo. 165 x 128 cm. Museos Reales de bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

Otro aspecto que se ha debatido bastante ha sido la posible relación causa-efecto entre la enfermedad de Marat y su temperamento violento (o viceversa), sin que tampoco exista consenso. Un psiquiatra norteamericano, Charles W. Burr, en 1919, dijo de él que era “…un ejemplo de paranoia de tipo político” [Bayon, 1945]. Pero, dejemos la palabra, otra vez, al Dr. Cerda:

“Posiblemente tanto las circunstancias históricas como su temperamento jugaron un rol, total o parcial, en la génesis de la enfermedad y ésta, a su vez, afectó su carácter. Si bien el temperamento característico de Marat es temporalmente anterior al desarrollo de su enfermedad, lo cierto es que el agravamiento de esta última coincidió con una intensificación del primero. Aparentemente el padecer de una patología cutánea crónica tiene consecuencias importantes sobre la personalidad. Además de Marat, otros personajes históricos de ideas revolucionarias tuvieron similares padecimientos; al respecto, Karl Marx (1818-1883) habría sufrido una invalidante hidradenitis supurativa, mientras que Josef Stalin (1879-1953) padecía de psoriasis. La disminución de la calidad de vida asociada a estas enfermedades posiblemente tuvo un efecto psicológico no despreciable en estos tres personajes, posiblemente ejerciendo alguna influencia en lo que fueron sus ideas y comportamiento. En palabras de Shuster, quien describiera la hidradenitis supurativa de Karl Marx, ‘la piel es un órgano de comunicación y sus trastornos producen gran distrés psicológico; genera rechazo y disgusto, depresión de la imagen corporal, del ánimo y del bienestar’.”

El 13 de julio de 1793, estando Marat en su bañera, recibió la visita de la joven Charlotte Corday, quien decía -según una de las versiones existentes- traer los nombres de algunos girondinos enemigos de la Revolución, que habían huido a la ciudad de Caen. Cuenta la historia que Marat apuntó sus nombres y afirmó que debían ser guillotinados, tras lo cual Corday extrajo un puñal y se lo clavó mortalmente a Marat.

Cabe añadir, como dato no mencionado habitualmente, que quien le prestó los primeros auxilios fue un dentista llamado Michon Delafondée, que ejercía en la misma casa donde vivía Marat; aunque nada pudo hacer para evitar su muerte [Wallis, 1916]. Por otra parte, en la autopsia realizada el día después de su muerte por el Cirujano Jefe del Hôpital de l’Unité, se apreció que el cuchillo de Charlotte Corday había penetrado por el espacio entre la primera y la segunda costillas del lado derecho, atravesando el pulmón, y había afectado a la aorta llegando hasta la aurícula izquierda del corazón. Pero se observó, también, que en el momento de su muerte, Marat ya sufría -probablemente, desde hacía tiempo- “pleuresía” en el pulmón derecho [Bayon, 1945]. Si Charlotte Corday no lo hubiera asesinado, es posible que Marat hubiera tardado poco en morir por su enfermedad pulmonar o en la guillotina como sus compañeros del triunvirato del terror, Dantón y Robespierre.

Al contrario de lo que me ocurre con Marat, no puedo evitar -sin aprobar ni justificar su crimen- sentir una sincera simpatía por Charlotte Corday. No creo que en mi código genético exista el más mínimo atisbo girondino. Puede que sea por la innata tendencia que muchos tenemos a ponernos de parte del más débil. O, quizás, simplemente, porque se trataba de una joven de 24 años que sacrificó su vida para salvar la de los suyos. No sé. Pero quiero dedicar el final de esta entrada a Charlotte Corday con un cuadro mucho menos conocido que el de Jacques Louis David sobre la muerte de Marat. El autor es Paul Baudry, un pintor del academicismo francés del siglo XIX. Y ella es la protagonista.

Paul Baudry (1828-1886). El asesinato de Marat / Charlotte Corday (1860). Óleo sobre lienzo. 203 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes

Paul Baudry (1828-1886). El asesinato de Marat / Charlotte Corday (1860). Óleo sobre lienzo. 203 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes

BIBLIOGRAFÍA
ARMAND RODRÍGUEZ, B. et al. (2002): “Dermatitis herpetiforme”. [Disponible en: http://singluten.files.wordpress.com/2007/04/dermatitis-herpetiforme.pdf; consultado 1 mayo 2015].

BAYON, H.P. (1945): “The Medical Career of Jean-Paul Marat”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2181792/pdf/procrsmed00552-0114.pdf; consultado 1 mayo 2015].

CERDA, J. (2010): “Jean Paul Marat. Médico, científico y revolucionario”. [Disponible en: http://www.scielo.cl/pdf/rmc/v138n1/art18.pdf; consultado 1 mayo 2015].

LIPMAN COHEN, B.A. y LIPMAN COHEN, M.A. (1958): “Doctor Marat an his Skin”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1034419/pdf/medhist00181-0051.pdf; consultado 1 mayo 2015].

MARAT in England (1893): “Marat in England”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2402611/ consultado 1 mayo 2015].

VERGARA HERNÁNDEZ, J. y VERGARA DÍAZ, M.A. (2009): “Enfermedad celíaca”. [Disponible en: http://www.fisterra.com/guias2/celiaca.asp; consultado 1 mayo 2015].

WALLIS C.E. (1916): “Marat”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2017701/pdf/procrsmed00745-0120.pdf; consultado 1 mayo 2015].

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Oliver Sacks: una vida ejemplar y un ejemplo ante la muerte

Oliver Sacks: una vida ejemplar y un ejemplo ante la muerte

Recientemente se le han diagnosticado a Oliver Sacks metástasis hepáticas causadas por un melanoma ocular del que fue operado hace nueve años (algo muy poco frecuente), y el prestigioso neurólogo y escritor (autor -entre otros- de libros tan famosos como Despertares, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o Musicofilia) se despide de la vida con la misma inteligencia, sensatez y humanidad con la que la ha vivido en un artículo que titula My Own Life, publicado en The New York Times el pasado 19 de febrero.

Transcribo a continuación la traducción de ese artículo realizada por María Luisa Rodríguez Tapia para El País:

“Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

Imagino un rápido deterioro […]. Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba: ‘Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones’.

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: ‘Es difícil’, escribió, ‘sentir más desapego por la vida del que siento ahora’.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.”

(C) Oliver Sacks, 2015. (C) De la traducción: María Luisa Rodríguez Tapia. (C) El País, 21 de febrero de 2015.

Oliver Sacks

Oliver Sacks

De brevitate vitae

Pudiera parecer -yo mismo lo he pensado- que en plena canícula, cuando quien tiene la fortuna de poder hacerlo disfruta la alegría de unas merecidas vacaciones, quizás no sea la época más adecuada para tratar sobre la muerte. Pero ¿acaso algún momento de la vida es ajeno a la muerte? Sin haberlo planificado previamente, en las últimas entradas de este blog se ha hablado sobre la terrible epidemia de enfermedad por el virus del Ébola que actualmente nos preocupa a todos y sobre la muerte de Bichat, el joven médico francés de importancia trascendental en la Historia de la Medicina que entregó su vida a su profesión. Las dos próximas (y éstas si estaban previstas) se referirán al centenario de la Primera Guerra Mundial, de cuyas lamentables consecuencias la humanidad no ha aprendido… y dudo que aprenda nunca. Y, por si todo ello no fuera bastante, en un solo día he perdido antes de tiempo a un compañero de Colegio, amigo desde la infancia, y a un compañero de trabajo.

Sin poder ni querer evitarlo, estos días he tenido en mente el título de una obra de Séneca, la que da título también a esta entrada, en la que el mismo filósofo cordobés menciona como fuente al padre de la Medicina, el gran Hipócrates: Vita brevis, ars longa…. Mientras, mi música ha sido el Réquiem en Do menor de Luigi Cherubini y la imagen que continuamente venía a mi mente la pintó Juan de Valdés Leal.

In_ictu_oculi

Juan Valdés Leal (1622-1690). “In ictu oculi”. Hospital de la Caridad. Sevilla

*

Para quien pueda interesarle saber más sobre las obras citadas de Séneca, Cherubini o Valdés Leal, dejo a continuación algunos enlaces de interés. Por mi parte, sólo he querido rendir homenaje a todos los que han muerto, y en especial a Antonio y Diego que ya no están.

Enlaces de interés

  • Sobre la obra de Séneca, la magnífica traducción y estudio de Francisco Socas Gavilán. Una publicación de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía:

Séneca: Sobre la brevedad de la vida

  • Sobre Cherubini y su obra:

Blog Clásico

  • Sobre “In Ictu Oculi“, de Valdés Leal, encontramos interesantes referencias en dos blogs:

Arquivolta

Sit Tibi Terra Levis

  • Mucho tiene que ver el cuadro de Valdés Leal con la peste que mató a casi la mitad de la población de Sevilla y arruinó prácticamente a la ciudad más rica de España, en 1649. Por eso, me ha parecido conveniente incluir también el siguiente artículo de Carlos Azcoytia (2010):

Historia de la epidemia de peste que sufrió la ciudad de Sevilla (España) en 1649

 

La muerte de Bichat

La muerte de Bichat

Cuando murió François Xavier Bichat (1771-1802) tenía sólo 31 años de edad. Pero, a pesar de su juventud, era ya una de las principales figuras de la medicina francesa -la más avanzada de la época-, exponente máximo del pensamiento vitalista en medicina, y creador de la mentalidad anatomoclínica (la que llegaría a España a través de Francisco Javier Laso de la Vega y el Periódico de la Sociedad Médico-Quirúrgica de Cádiz); una de las tres mentalidades (junto a la fisiopatológica y la etiopatológica) sobre las que se sustenta, según Laín Entralgo, la estructura de la patología y de la clínica contemporáneas. La mentalidad anatomoclínica surge en 1801 -como señala José Luis Fresquet– al afirmar Bichat “…que la medicina alcanzaría rigurosidad científica cuando se estableciera una relación cierta entre la observación clínica de los enfermos y las lesiones anatómicas que la autopsia descubre después de la muerte”.(1)

Existen diversas versiones sobre las causas de la muerte de Bichat. Hay quien la vincula con una supuesta punción accidental que habría sufrido mientras realizaba alguna de las innumerables disecciones que practicó a lo largo de su vida. Cuenta Nicolas Dobo que siendo todavía un niño ya diseccionaba gatos y acompañaba a su padre, que también era médico, cuando debía llevar a cabo una autopsia. Luego, en su ejercicio profesional, ya fuera con su maestro Desault, como cirujano en el Hôtel Dieu, o como docente en la escuela anatómica privada que creó, no paró jamás de hacer disecciones; hasta tal punto que -según apuntan varios autores- sólo en el último invierno de su vida disecó cerca de seiscientos cadáveres. Y eso que dicha actividad llegaría a causarle serios disgustos, como en aquella ocasión en la que fue detenido junto a dos de sus colaboradores al sorprenderles la policía en posesión de seis cadáveres que se habían llevado del cementerio.(2) Sin embargo, lo más probable es que la temprana muerte de Bichat se debiera a la tuberculosis, la “gran plaga blanca”, que llegaría a alcanzar durante el siglo XIX sus más elevadas tasas de morbilidad y mortalidad. Una enfermedad para la cual, en tiempos de Bichat, no había tratamiento, ni se conocían con certeza sus mecanismos de transmisión: ni siquiera existía el vocablo “tuberculosis“.

A pesar de su enfermedad, el joven médico trabajaba día y noche: el hospital, las clases, las autopsias… Entre 1800 y 1802 publicó buena parte de sus principales obras: Traité des membranes en général et diverses membranes en particulier (1800); Recherches physiologiques sur la vie et la mort (1800); Anatomie générale, appliquée à la physiologie et à la médecine, en dos volúmenes (1801); y algunos de los cinco volúmenes de su Traité d’anatomie descriptive (1801-1803). Últimamente se le veía cansado, agotado, consumido por el trabajo y la enfermedad… Todo indica que llegó a padecer una de las complicaciones menos frecuentes de la tuberculosis pulmonar, la meningitis, que un día le hizo perder el conocimiento y caer por las escaleras del hospital. Nunca se recuperó, falleciendo poco tiempo después, el 22 de julio de 1802.

22-juillet-Bichat-mourant-par-Hersent

Louis Hersent (1777-1860), un pintor que destacó -sobre todo- en tiempos de la Restauración francesa, representó la muerte de Bichat en el cuadro que acabamos de ver, y que se encuentra en el Museo de Historia de la Medicina la Universidad París Descartes. En medio de una gran habitación, la cual más que un dormitorio parece una biblioteca, por las enormes estanterías repletas de libros que aparecen al fondo, vemos a Bichat encendido por la fiebre, sudoroso, demacrado, agonizando en la cama. La escena se ilumina por la tenue luz de una vela situada sobre una mesa auxiliar. En la mesa hay también una jarra para el agua, algunos paños, un recipiente, un bol -posiblemente  usado para contener el ligero alimento que se le ha querido dar- y un frasco de jarabe, un calmante -quizás- o un antipirético. Bichat no tenía familia, había entregado su vida entera a la medicina. En el momento de su muerte -según el cuadro de Hersent– le acompañan solamente dos de sus discípulos, que eran a la vez sus amigos, los doctores Pierre Jean Baptiste Esparron (1776-1818), de quien sólo sabemos que publicó, en 1803, un Essai sur les ages de l’homme, y el más conocido Philibert Joseph Roux (1780-1854), considerado como uno de los pioneros de la cirugía plástica. Uno le toma la mano con afecto, mientras le aplica un lienzo sobre la frente para enjugar el sudor. El otro observa apesadumbrado la muerte del maestro.

Bibliografía:
(1) FRESQUET, José L. (2000): “François Xavier Bichat (1771-1802)”. Historia de la Medicina – Biografías. [Disponible en: http://www.historiadelamedicina.org/bichat.html; consultado el 5 de agosto de 2014].
(2) DOBO, Nicolas (s.f.): “Xavier Bichat (1771-1802). La vie fulgurante d’un génie”. Resumen de: DOBO, Nicolas y ROLE, André (1989): Bichat: La vie fulgurante d’un genie. Paris, Perrin. [Disponible en: http://www.bium.univ-paris5.fr/histmed/medica/bichat/bichat02.htm; consultado el 5 de agosto de 2014].

Misere mei, Deus

Herman Henstenburgh ~ Vanitas Still-life, ca. 1700

Herman Henstenburgh (1667-1726). “Vanitas” con naturaleza muerta (c.1700)

Estoy preparando una nueva entrada en torno a la gigantesca figura de Toulouse-Lautrec (un gigante del arte, efectivamente, aunque haga uso de la paradoja en contraste con su corta estatura), sobre un tema -en mi opinión- poco tratado en la literatura sobre el pintor de la noche parisina. Pero necesito documentarme bien, eso requiere tiempo, y tiempo es lo que me falta, sobre todo en una semana como la que empieza, repleta de actos extraordinarios a los que he de asistir e, incluso, algún viaje que debo realizar sin falta. Aún así, espero poder hacerla pública a finales de semana, si Dios quiere.

Pero estamos en noviembre, y de forma inevitable, durante este mes, siempre me detengo más que de costumbre a reflexionar sobre la muerte. Yo creo, con Benedetti, que “…después de todo la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida”. No le temo, y como la sensual Marlene Dietrich proclamo: “¿Miedo a la muerte? Uno debe tenerle a la vida, no a la muerte.” Aunque, apropiándome del sentido del humor de Woody Allen añado: “No temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda.” En cualquier caso, seguro de que llegará, no la veo negra, como tantas veces se la ha pintado… Se apagarán las velas y se marchitarán las flores, sí; pero yo la veo con todos los colores de esta Vanitas que realizó el holandés Herman Henstenburgh, en la mitad de su vida, allá por el año 1700.

No le tengo miedo a la muerte, pero si respeto, y entono en silencio esta noche el Miserere de Allegri.

Vamos de cráneo

Cráneos Santorini

El título de esta entrada no se refiere a la actual situación político-social española sino a lo que representa esta imagen que vemos gracias al Profesor Juan V. Fernández de la Gala, que la descubrió en los inabarcables archivos que pululan por Internet y me la cedió, generosamente, para que la utilizara como mejor me conviniera. He aquí -por cierto- el “sueño” de cualquier forense o de cualquier paleopatólogo -como mi amigo Juan– que se sentiría realmente afortunado si recibiera para su estudio un cráneo con sus datos más significativos escritos en la frente (o dicho con mayor precisión, en el hueso frontal) como algunos de los que se hallan en la isla de Santorini.

En una rápida ojeada al socorrido Google para hacerme una idea de lo que se había escrito con el mismo título de esta entrada, entre múltiples y diversas necedades, me llamó la atención por su calidad sobresaliente un artículo de Francisco Sosa Wagner en el que habla de Goethe, de Schiller, del cráneo de este último, de la muerte… con un encomiable sentido del humor*: y digo yo que el sentido del humor es necesario en cualquier momento de la vida, incluso cuando se habla de la muerte.

Será por las fechas que corren. Será porque se acaba el año… Y no hacía falta que fuera un año tan malo como este 2012 que, por fin, se va… Siempre me pasa lo mismo, aunque lo haga a menudo, al completarse el ciclo anual -indefectiblemente- a mí me da por pensar en la muerte, y me acuerdo de Borges, cuando decía que “la vida es una muerte que viene”.  Y, para ponerme más en situación, veo vídeos como éste:

Sin embargo, mi referencia principal al tratar sobre la muerte es Stefan Zweig, autor de una de mis “frase de cabecera”:

“No basta con pensar en la muerte, sino que se debe tenerla siempre delante. Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre.”

¡FELIZ 2013!

* El artículo de Francisco Sosa Wagner se reproduce íntegramente en el blog Dura lex, de Juan Antonio García Amado, y se puede acceder a él desde esta nota pulsando sobre el nombre del blog.

“¡Y tenía corazón!”

En estos primeros días de noviembre resulta inevitable pensar en la muerte. Y creo que conviene hacerlo… Pensando en ella me vino a la memoria este cuadro de Enrique Simonet. Es una obra sublime, técnicamente cercana a la perfección y cargada de emotividad. Pero, también, da pie a la reflexión…

Memento mori“. “Memento mori“. “Recuerda que morirás”, le repetían continuamente al oído a los victoriosos generales romanos mientras desfilaban celebrando su “Triunfo”. Nadie se lo dijo, seguramente, a la joven -una prostituta ¿quizás?- que yace sobre la fría losa de mármol. Su evidente belleza desaparecerá. Su vida ya es pasado. Sus alegrías y sus penas han quedado atrás. Ahora, el viejo médico que acaba de iniciar su necropsia, contemplando el órgano que tiene en su mano, se queda absorto pensando… “¡Y tenía corazón!

El cuadro de Enrique Simonet Lombardo (1866-1927) se titula Anatomía del corazón, algunos le llaman La autopsia, pero popularmente se conoce como ¡Y tenía corazón! Lo pintó en 1887 y es propiedad del Museo del Prado, actualmente en depósito en el Museo de Bellas Artes de Málaga.