De brevitate vitae

Pudiera parecer -yo mismo lo he pensado- que en plena canícula, cuando quien tiene la fortuna de poder hacerlo disfruta la alegría de unas merecidas vacaciones, quizás no sea la época más adecuada para tratar sobre la muerte. Pero ¿acaso algún momento de la vida es ajeno a la muerte? Sin haberlo planificado previamente, en las últimas entradas de este blog se ha hablado sobre la terrible epidemia de enfermedad por el virus del Ébola que actualmente nos preocupa a todos y sobre la muerte de Bichat, el joven médico francés de importancia trascendental en la Historia de la Medicina que entregó su vida a su profesión. Las dos próximas (y éstas si estaban previstas) se referirán al centenario de la Primera Guerra Mundial, de cuyas lamentables consecuencias la humanidad no ha aprendido… y dudo que aprenda nunca. Y, por si todo ello no fuera bastante, en un solo día he perdido antes de tiempo a un compañero de Colegio, amigo desde la infancia, y a un compañero de trabajo.

Sin poder ni querer evitarlo, estos días he tenido en mente el título de una obra de Séneca, la que da título también a esta entrada, en la que el mismo filósofo cordobés menciona como fuente al padre de la Medicina, el gran Hipócrates: Vita brevis, ars longa…. Mientras, mi música ha sido el Réquiem en Do menor de Luigi Cherubini y la imagen que continuamente venía a mi mente la pintó Juan de Valdés Leal.

In_ictu_oculi

Juan Valdés Leal (1622-1690). “In ictu oculi”. Hospital de la Caridad. Sevilla

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Para quien pueda interesarle saber más sobre las obras citadas de Séneca, Cherubini o Valdés Leal, dejo a continuación algunos enlaces de interés. Por mi parte, sólo he querido rendir homenaje a todos los que han muerto, y en especial a Antonio y Diego que ya no están.

Enlaces de interés

  • Sobre la obra de Séneca, la magnífica traducción y estudio de Francisco Socas Gavilán. Una publicación de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía:

Séneca: Sobre la brevedad de la vida

  • Sobre Cherubini y su obra:

Blog Clásico

  • Sobre “In Ictu Oculi“, de Valdés Leal, encontramos interesantes referencias en dos blogs:

Arquivolta

Sit Tibi Terra Levis

  • Mucho tiene que ver el cuadro de Valdés Leal con la peste que mató a casi la mitad de la población de Sevilla y arruinó prácticamente a la ciudad más rica de España, en 1649. Por eso, me ha parecido conveniente incluir también el siguiente artículo de Carlos Azcoytia (2010):

Historia de la epidemia de peste que sufrió la ciudad de Sevilla (España) en 1649

 

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El oculista Forlenze

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Jacques-Antoine Vallin (c.1760-c.1835). Joseph Forlenze (1807). The National Gallery. Londres

 

Nada hace pensar, al mirar este cuadro, que pueda tener relación con la medicina. Sin embargo, estamos ante el retrato de un destacado cirujano de finales del siglo XVIII y principios del XIX. Un cirujano a quien se puede considerar ya un auténtico especialista en oftalmología, uno de los pioneros de la especialidad: Joseph Forlenze. Quiero imaginar -imaginar tan solo, porque seguramente nunca podremos tener certeza de ello- que el hermoso paisaje, con el humeante Vesubio y el faro visto desde el Molo, el puerto de Nápoles, no sólo hace alusión a la tierra natal del oculista, sino que expresa además el beneficio que se obtiene tras la operación de cataratas -en la que era experto- al volver a disfrutar nítidamente de las maravillas que el mundo ofrece a la vista, y que la rosa que lleva en su mano derecha sería el símbolo de la delicadeza con la que Forlenze llevaba a cabo dicha operación.

En el pequeño municipio de Picerno, en la Basilicata, el 3 de febrero de 1757, cuando todavía esta región del sur de Italia formaba parte del Reino de Nápoles (y, por tanto, de la Corona española, siendo rey de Nápoles Carlos VIICarlo di Borbone se le suele llamar allí- el mismo que, a partir de 1759, reinaría en España como Carlos III), nacía Giuseppe Nicolò Leonardo Biagio Forlenza, hijo y sobrino de cirujanos-barberos. Giuseppe inició sus estudios de cirugía en Nápoles; pero luego se trasladó a Francia para ampliar su formación, y en ese país ejercería como cirujano la mayor parte de su vida, hasta su fallecimiento en París, el 22 de julio de 1833, con 76 años de edad. Por eso se le conoce habitualmente con su nombre en francés y así le llamaremos: Joseph-Nicolas-Blaise Forlenze.

En París, Forlenze fue discípulo del más importante cirujano francés de la época, Pierre-Joseph Desault, de quien llegó a ser íntimo amigo y colaborador en sus estudios anatómicos. Luego se trasladó a Inglaterra, donde pasó dos años más formándose en el St. George’s Hospital, de Londres, que dirigía otro famoso cirujano: John Hunter. Viajó también a Holanda y Alemania para aumentar aún más su formación. Y ya de vuelta en Francia se estableció en París, ejerciendo como oftalmólogo. En 1798 operaba en el Hôtel National des Invalides y en el hospital más renombrado de París, el Hôtel Dieu. Operó a ilustres personalidades, como Jean-Étienne-Marie Portalis, célebre jurista que intervino activamente en la vida política francesa, tanto en tiempos de la Revolución como de Napoleón, o el poeta Ponce-Denis Écouchard-Lebrun, a quien devolvió la vista en uno de sus ojos cegado por la catarata desde hacía doce años y quien, como corresponde a su oficio, obsequió al oculista con una oda titulada Les conquêtes de l’homme sur la nature, en la que se pueden leer los siguientes versos:

“O lyre, ne sois pas ingrate!

Qu’um doux nom dans nos vers éclate

Brillant comme l’astre des cieux!

Je revois sa clarté première;

Chante l’art qui rend la lumière;

Forlenze a dévoilé mes yeux.”

Aunque no sólo atendió a las celebridades, lógicamente. Forlenze trató en París a un buen número soldados, de los que regresaron tras la campaña de Napoleón en Egipto, que habían sufrido graves enfermedades oculares.

Por supuesto, Forlenze nunca fue uno de esos cirujanos ambulantes que ofrecían sus servicios de pueblo en pueblo, y tantas veces tenían que salir huyendo al galope por culpa de los resultados de sus intervenciones. Él tenía su prestigiosa consulta en París; lo cual no fue óbice para que, en ocasiones, fuera llamado desde el extranjero para operar, por ejemplo, al cardenal Doria. Carolina de Borbón, duquesa de Berry, italiana como él, esposa y muy pronto viuda del delfín de Francia, una mujer de interesante vida, muy bella, y posiblemente con una afectación de la vista desde su nacimiento que trataba Forlenze, hablaba maravillas del médico.

Buena prueba de su categoría profesional son sus publicaciones, entre las que destacan Considérations sus l’operatión de la pupille artificielle (1805) y Notice sur le développement de la lumière et des sensations dans les aveugles-nés, à la suite de l’operation de la cataracte (1817).

Todo esto ocurría en la Francia que, por méritos propios, ocupaba el primer puesto de la medicina mundial. Era la época de Bichat y Laënnec o Corvisart, que llevarían a la profesión a la senda de nuestra medicina científica actual… la época de grandes cirujanos, como Desault, Dupuytren o Larrey, capaces de realizar operaciones impensables cuando todavía ni la anestesia, ni la asepsia, ni el control de la hemorragia se aplicaban en cirugía. Y Francia, la inteligente Francia, no sólo honró al oculista italiano que el pintor Vallin retrató a los pies del Vesubio, en recuerdo de sus orígenes, concediéndole la Legión de Honor, nombrándole Caballero de la Orden de San Miguel y San Jorge, sino que lo hizo uno de los suyos, haciendo que Giussppe Nicoló Leonardo Biagio Forlenza haya pasado a la historia como Joseph-Nicolas-Blaise Forlenze.

Por la misma época, durante la Revolución, el Imperio y la Restauración, otro italiano de nacimiento llegaría a convertirse en uno de los principales músicos de Francia: Luigi Cherubini. Su Requiem en do menor, interpretado por una orquesta juvenil italiana que lleva precisamente el nombre del compositor, dirigida por el Maestro Riccardo Muti, rendimos homenaje a la memoria de aquel cirujano italiano que Francia adoptó como propio: el oculista Forlenze.