Henry Tonks (1862-1937): el cirujano que se hizo pintor y pintó los rostros del horror de la guerra

Henry Tonks (1862-1937): el cirujano que se hizo pintor y pintó los rostros del horror de la guerra

Preparando la entrada anterior sobre Gassed, el impresionante testimonio de John Singer Sargent sobre la Primera Guerra Mundial -un cuadro sobre el que quería tratar desde hace tiempo pero que ha tenido que esperar hasta ahora, al cumplirse el centenario del inicio de la Gran Guerra– me he encontrado por casualidad con una historia que no podía ser más interesante para un blog como éste y en estas fechas. La historia de un cirujano inglés que abandonó el ejercicio de la medicina para dedicarse por completo a la pintura, hasta que la Guerra volvió a unir ambas profesiones: Henry Tonks. Él fue el compañero de Sargent en su viaje a los campos de batalla de Francia, enviados por el gobierno británico para plasmar en sus lienzos lo que vieran alli. Aunque como caricaturista que era también, Tonks aprovechó la ocasión para dejarnos un dibujo del maestro Sargent en plena labor…

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Henry Tonks (1862-1937). John Singer Sargent painting (1918)

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Henry Tonks nació en Solihull, en la región inglesa de West Midlands, el 9 de abril de 1862. Estudió Medicina en el Royal Sussex County Hospital (1882-1885) y en el London Hospital (1885-1888). Con más vocación docente que por la práctica médica, pronto dejó el ejercicio profesional para dar clases de Anatomía en el London Hospital y, enseguida, daba clases también de su auténtica pasión, la pintura, en la Slade School of Fine Art, de Londres, para acabar dedicándose plenamente al arte poco tiempo después.

Pero la Primera Guerra Mundial haría que el profesor de arte, con más de cincuenta años, se reencontrara con su antigua profesión. Al principio como camillero o en las ambulancias de la Cruz Roja británica, o ayudando en su labor a los cirujanos militares… De aquella época data una de sus obras más conocidas: A Saline Infusion (1915).

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Henry Tonks (1862-1937). Saline Infusion: An incident in the British Red Cross Hospital, Arc-en-Barrois, 1915. Imperial War Museum, Londres.

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A Saline Infusion (o más exactamente Saline Infusion: An incident in the British Red Cross Hospital, Arc-en Barrois, 1915) es un dibujo al carboncillo que muestra el momento en el que se le está administrando una solución salina a un herido. La representación del sufrimiento del paciente no puede ser más evidente -a pesar de lo diluido de la escena- mientras dos médicos y una enfermera intentan aliviar su dolor. Xavier González Cuadra, que trata ampliamente sobre la vida y la obra de Henry Tonks en su blog La Gran Guerra 1914-1918 (y a quien seguimos en buena parte de esta entrada) apunta que los críticos ven en el herido “un gesto asimilable a las líneas de las deposiciones de Cristo de los pintores barrocos” y hablan de la admiración que sentía Tonks por pintores como Velázquez y Rubens. Pero lo cierto es que este dibujo -añade González Cuadra– “provoca en el espectador un natural sentimiento de compasión por el herido y su sufrimiento.” Estamos, en definitiva, ante una obra muy distinta a la mayoría de las que se realizaron en los inicios de la Guerra como, por ejemplo, The First Wounded, London Hospital, August 1914, de John Lavery.

(c) Rosenstiel's; Supplied by The Public Catalogue Foundation

John Lavery (1856-1941). The First Wounded, London Hospital, August 1914. Dundee Art Galleries and Museums

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La pintura del irlandés Lavery muestra una sala de hospital con heridos convalecientes en una actitud relajada y el primer plano lo ocupa una enfermera que cura cuidadosamente a un joven soldado escocés, sin aparente expresión de dolor. La obra, con clara intención propagandística, muestra el merecido reposo del soldado, el descanso del guerrero -como una especie de premio, aunque haya caído herido- después de haber cumplido con su deber. En cambio, el convulso y doliente herido de Tonks refleja la cruda realidad de la guerra: el sufrimiento.

A principios de 1916 Henry Tonks se incorporó al Royal Army Medical Corps con el grado de teniente, desempeñando labores estrictamente médicas; pero muy pronto, medicina y arte volvieron a confluir en su vida, en cuanto comenzó a colaborar con el cirujano Harold Gillies, pionero de la Cirugía Plástica y Reparadora. Como buen anatomista, y mejor dibujante, Tonks emprendió la dura tarea de retratar a los pacientes que atendía Gillies, los cuales sufrían terribles heridas en el rostro. El objetivo era captar hasta los mínimos detalles de esas heridas. Los dibujos de los llamados “guesules cassées” permitían preparar las intervenciones quirúrgicas, observar la evolución de las heridas y su posterior recuperación.

El mismo Tonks, escribía lo siguiente cuando iniciaba su trabajo con Harold Gillies:

“I am doing a number of pastel heads of wounded soldiers who have had their faces knocked about. […] A very good surgeon called Gillies is undertaking what is known as the plastic surgery necessary. It is a chamber of horrors but I am quite content to draw them, as it is excellent practice. One poor fellow… as the DCM. A large part of his mouth has been blown away. He is extremely modest and contented. I hope Gillies will make a good job of him.”

A continuación podemos ver dos de esos retratos que Tonks realizó. Ambos son del mismo soldado herido en la cara, antes y después de ser intervenido quirúrgicamente por Gillies.

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Henry Tonks (1862-1937). Retrato de un soldado herido antes del tratamiento. Pastel. 1916-1917. (C) The Royal College of Surgeons of England

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Henry Tonks (1862-1937). Retrato de un soldado herido después del tratamiento. Pastel. 1916-1917. (C) The Royal College of Surgeons of England

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La colaboración entre Tonks y Gillies duró hasta bien estrado el año 1918, y tuvo su sede en el Queen’s Hospital de Sidcup donde se estableció una unidad especializada en reconstrucción facial.

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Henry Tonks en su despacho del Queen’s Hospital, Sidcup, 1917. (C) The Royal College of Surgeons of England

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A lo largo de esos meses de trabajo, el artista -antes cirujano- realizó más de sesenta retratos al pastel que actualmente se conservan en los archivos de The Royal College of Surgeons of England. Pero Tonks nunca consideró esos retratos como obras de arte, sino como un trabajo estrictamente científico. De hecho -según el ya citado González Cuadra– “…Tonks se disgustó profundamente cuando vió exhibida su obra en las paredes del Cambridge Hospital en Aldershot. La protección [de la] intimidad de sus pacientes, the poor ruined faces of England como les llamaba, influyó más que su negativa a creer que su obra era arte.”

El 2 de julio de 1918, Henry Tonks emprendió su viaje a Francia junto a John Singer Sargent, a instancias del gobierno británico, para dejar testimonio en sus lienzos de sus respectivas visiones de la guerra. Sargent pintó su colosal Gassed, que ya vimos en la entrada anterior pero reproduzco ahora de nuevo por si alguien no lo ha visto todavía (se puede ampliar pulsando sobre la imagen).

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John Singer Sargent (1856-1925). Gassed (1919). Imperial War Museum. Londres

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Tonks, por su parte, presentó An Advanced Dressing Station

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Henry Tonks (1862-1937). An Advanced Dressing Station in France, 1918. Imperial War Museums. Londres

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Dejo la palabra, de nuevo, a González Cuadra:

“… An advanced dressing station no fue fruto de una iluminación o de inspiración: fue el resultado de numerosos croquis y estudios tomados en los alrededores de los hospitales de campaña cercanos a Bailleaument. Tonks aclaró en una carta que le resultaba imposible tomar una instantánea de un lugar como un hospital de campaña en pleno frenesí. El ambiente imperante de dolor, sufrimiento, trasiego y muerte no le permitían captar un sólo momento. La escena reflejada en su An advanced dressing station, France 1918, confiesa Tonks, fue el resultado de diferentes tomas de diversos lugares y momentos. Por una carta […] se puede deducir que el espectáculo que ofrecía un hospital de estas características no invitaba precisamente a pintar. En otra carta […] confesaba que había visto suficiente dolor y sufrimiento para llenar varias vidas. Por los que le conocieron, parece que el viaje que hizo Tonks al frente durante 1918 fue de todo menos artístico. Los mismos parecen coincidir en señalar dos razones o causas en la apatía artística de Tonks. Por un lado, parece que la figura de Sargent, el ya consagrado maestro, imponía un gran respeto a Tonks, e incluso un ligero complejo. Otro factor pudo haber sido la propia vertiente de Tonks como médico. Es muy probable que la reiterada contemplación de escenas y cuadros de dolor de los soldados yacentes y moribundos despertase en Tonks su vertiente médica y que su yo más artístico quedase en un segundo plano. El hecho final es que su obra tuvo una gran acogida por parte de la crítica durante su primera exhibición en diciembre de 1919 en la Royal Academy. La crítica fue unánime con el veredicto. Se trataba, sin duda, de una gran obra que mostraba los horrores de la guerra y sus consecuencias de una forma muy plástica. El cuadro, sin embargo, no tenía una carga dramática como los de Sargent [y otros]. Las escenas estaban perfectamente descritas, pero había en ellas un ausencia de algo trágico, como si el espectador del momento hubiese estado más pendiente de la descripción del momento que de su propio sentir como parece que fue el caso.”

Tras la guerra, Henry Tonks, el cirujano que abandonó su profesión para hacerse pintor, pero que -por las circunstancias de la época- le correspondió retratar el horror de la guerra, volvió a impartir clase como profesor de arte en la Slade School of Fine Art, hasta su jubilación en 1930. Falleció en su casa de Chelsea el 8 de enero de 1937. Al menos no se enteró de que el mundo giraba sin pausa hacia un horror aún mayor.

 

Dulce et Decorum Est

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John Singer Sargent (1856-1925). Gassed (1919) Detalle. Imperial War Museum, Londres

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El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa fueron asesinados en las calles de Sarajevo. La respuesta al magnicidio no se hizo esperar y un mes después, el 28 de julio –acaban de cumplirse 100 años- el Imperio Austro-Húngaro le declara la guerra a Serbia. Rusia ordena la movilización general contra los austríacos. Alemania le declara la guerra a Rusia el 1 de agosto, y el día 4 de ese mismo mes invade Bélgica y Luxemburgo en su marcha triunfal contra Francia… La Primera Guerra Mundial había comenzado para diezmar toda una generación, acabando con la vida de más de nueve millones de combatientes hasta que se firmó la paz el 11 de noviembre de 1918. En el frente occidental, los alemanes fueron detenidos a pocos kilómetros de París, a donde habían llegado en pocos días, iniciándose entonces una aparentemente interminable guerra de desgaste, la guerra de las trincheras… la guerra del gas.

En mayo de 1918, seis meses antes del final de esa tragedia, cuando ya el resultado parecía claro, el Gobierno británico encargó a varios artistas que dejaran testimonio en sus lienzos de lo que vieran en la Guerra. Para ello, los pintores fueron trasladados a Francia. Entre esos pintores, sin duda, el más famoso era John Singer Sargent. Por su nacionalidad estadounidense (aunque había nacido en Florencia -hijo de un médico oftalmólogo que se trasladó con su esposa de los Estados Unidos a Italia- y había pasado su vida viajando de un lugar a otro del mundo) a Sargent se le pidió, en concreto, una obra que mostrara la cooperación anglo-americana en la Guerra. Pero no sería eso lo que plasmaría en su cuadro, a pesar de que llevaron al pintor, que entonces contaba 62 años de edad, a los lugares del frente donde combatían los más renombrados regimientos británicos y norteamericanos. La inspiración le llegaría en la tarde del 21 de agosto de 1918 –dicen que poco después de tomar el té- en Le Bac-du-Sud, al noreste de Francia, no muy lejos de la frontera con Bélgica, cuando vio llegar a cientos de soldados británicos para ser curados en los hospitales de campaña tras un ataque alemán con gas mostaza, en la Batalla de Arras. Aquello le recordó a Sargent –él mismo lo comentaría después- un cuadro de Bruegel el Viejo, “La Parábola de los Ciegos”. Soldados con los ojos vendados, cegados por el gas, caminaban en fila apoyando cada uno su mano en el compañero que marchaba delante hacia la enfermería donde habrían de recibir tratamiento; aunque entonces no fuera otro ciego quien los guiara –como en el cuadro de Bruegel– sino alguno de los sanitarios del Ejército Británico.

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Soldados de la 55ª División del Ejército Británico, tras un ataque con gas. 10 de abril de 1918

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Al mismo tiempo, una multitud de soldados heridos, también con los ojos vendados, permanecían tumbados en el suelo, amontonados unos sobre otros, esperando su turno para ser curados o que los lleven a otro lugar… La envergadura del cuadro pintado por Sargent (231 cm de alto por 611 de ancho) no nos permite reproducirlo a simple vista de modo que se pueda observar con detalle. Si así fuera, veríamos las distintas filas de ciegos caminando hacia la enfermería, bajo el sol que se pone sobre aquella tragedia humana. Mientras al fondo, porque la vida sigue y uno puede llegar a hacerse indiferente ante el dolor ajeno cuando éste se ha convertido en rutina, un grupo de soldados (se ven entre las piernas de algunos de los heridos en fila) están jugando un partido de fútbol.

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John Singer Sargent (1856-1925). Gassed (1919). Imperial War Museum, Londres

(Pulsar sobre la imagen para verla ampliada)

Todos los ejércitos contendientes utilizaron gases tóxicos durante la Gran Guerra, en mayor o menor medida. Primero fueron gases lacrimógenos, muy irritantes pero poco letales. Luego los compuestos de cloro, el fosgeno (el más letal) y –entre otros- el más famoso de todos, el gas mostaza. Ciertamente, los gases no causaron una excesiva mortalidad -sólo el 3% de las muertes en combate fueron debidas al gas- aunque sí numerosas bajas temporales e incapacidades; pero sus efectos psicológicos fueron devastadores. El gas mostaza, en concreto, prácticamente no se apreciaba cuando llegaba a las trincheras ni por su olor ni por su color. Sus efectos empezaban a manifestarse varias horas después del ataque, afectando principalmente a la piel y a las mucosas. Los ojos resultaban especialmente dañados; pero sólo en los casos más graves la ceguera se hacía permanente. La piel y el tracto respiratorio sufrían importantes quemaduras…

Gas Prim Guerra Mundial Efectos

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Sobre los efectos del gas nos habla el soldado y poeta inglés Wilfred Owen, que tuvo la desgracia de morir a los 25 años de edad, justo una semana antes del día del armisticio –y no por el gas, precisamente- en uno de sus poemas más conocidos, cuyo título hemos copiado para este artículo: “Dulce et decorum est”. En realidad, el verso completo –que Owen toma de la Oda III de Horacio– dice “Dulce et decorum est pro patria mori”: “Dulce y honorable es morir por la patria”. En los últimos fragmentos del poema del militar inglés, según la traducción de Nicolas González Valera que leemos en su blog Mosca Cojonera:

¡Gas! ¡Gas! ¡De prisa, chicos! En un éxtasis de torpeza
Nos calamos torpes cascos justo a tiempo;
Pero alguno seguía pidiendo ayuda a gritos tropezando.

Indeciso como un hombre ardiendo en llamas o cal viva.
Borroso tras los vidrios empañados y a través de aquella verde luz espesa,
Como hundido en un mar verde, lo vi ahogarse.

En todos mis sueños, ante mi vista indefensa,
Se abalanza sobre mí, se atraganta, se ahoga, se apaga.

Si en algún sueño asfixiante también pudieras seguir a pie
La carreta donde lo arrojamos
Y ver cómo retorcía los blancos ojos en la cara,
Una cara colgante, como un diablo harto del pecado;
Si pudieras oír, a cada tumbo, la sangre
Vomitada por pulmones de espuma corrompidos,
Obsceno como el cáncer, amargo como pus,
De viles llagas incurables en lenguas inocentes,

Amigo mío, no contarías con tanto entusiasmo
A los niños que arden ansiosos de gloria
Esa vieja mentira: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

Lamentablemente, la humanidad no ha aprendido la lección de la historia y se sigue muriendo en guerras sin sentido ni justificación posible, incluso cuando el concepto de “patria” ha perdido el valor que tenía antes. En todo caso, puestos a compartir opinión, más que con Horacio -literalmente (porque como me ha hecho a ver Hesperetusa, el sarcasmo del poeta satírico romano debe ser tenido en cuenta)- estoy de acuerdo con la crítica del joven Bertold Brecht que consideraba la frase horaciana propaganda para necios. En todo caso, lo realmente “dulce y decoroso” sería vivir por la patria.

 

El retrato del Dr. Pozzi

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John Singer Sargent (1856-1925). Dr. Pozzi at home (1881)
Óleo sobre lienzo. 202,9 x 102,2 cm.
Armand Hammer Collection (UCLA). Los Angeles, CA (USA)

Médico de reconocido prestigio, como cirujano general y -sobre todo- como ginecólogo: con razón se le considera “el padre de la ginecología francesa”. Antropólogo. Coleccionista de antigüedades. Voluntario del ejército francés en la Guerra Franco-Prusiana y en la Primera Guerra Mundial. Amigo de intelectuales y artistas. Participante en las más variopintas actividades del París de finales del siglo XIX y principios del XX. Político. Y -según algunos de los que le conocieron y de quienes han escrito sobre él- amante excepcional. Nadie podría haber sido el protagonista de uno de los cuadros más famosos del gran retratista John Singer Sargent (1856-1925), como lo fue el Doctor Samuel Jean Pozzi (1846-1918), al que Sarah Bernhardt (1844-1923) llamaba “Doctor Dieu“.

Samuel Jean Pozzi nació el 3 de octubre de 1846 en la pintoresca localidad de Bergerac, al sudoeste de Francia. Tras completar sus estudios preliminares en Pau y BurdeosPozzi empezó a estudiar medicina en París, en 1864. Participó como voluntario en la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) y volvió luego a sus estudios para doctorarse, en 1873, con una disertación sobre el tratamiento de las fístulas pararectales que ganó la Medalla de Oro de la Facultad de Medicina de París. Dos años después llegó a ser profesor de esa misma Facultad, presentando para obtener la plaza otra tesis sobre la histerectomía en el tratamiento del fibroma uterino. En 1876, en un congreso de la British Medical Association, Pozzi conoció a Joseph Lister (1827-1912), y se convirtió en uno de sus más firmes partidarios, introduciendo la antisepsia en los hospitales de su país y escribiendo el primer texto francés sobre la materia: Quelques observations a propos du pansement de Lister appliqué aux plaies d’amputation et d’ablation de tumeurs. En 1884, Pozzi consiguió la primera Cátedra de Ginecología de la Facultad de Medicina de París, haciendo de la ginecología una especialidad independiente de la medicina y la cirugía. La más importante de sus más de cuatrocientas publicaciones médicas, el Traité de Gynécologie Clinique et Opératoire, editado en París, en 1890, se tradujo enseguida a seis idiomas, consagrándolo como uno de los ginecólogos más importantes de su época a nivel mundial, la gran figura de la medicina francesa en Europa y América.

Por entonces, Pozzi ya era también en uno de los personajes más conocidos de Francia, incluso se vendían reproducciones de su retrato por las calles de París. Y, a sus indiscutibles méritos profesionales, unía su fama de conquistador irresistible. La actriz Sarah Bernhardt quien, según diversas fuentes consultadas, durante un tiempo fue su amante -y no la única- pero siempre fue su amiga, y que sólo consintió que fuera él quien la operara cuando hubo que extirparle un quiste ovárico en 1898, le llamaba “Doctor Dieu“.

En realidad, a Samuel Jean Pozzi se le puede considerar un hombre de mentalidad renacentista. Además de desarrollar una exitosa carrera médica, participaba activamente en la intensa vida social de París y llevaba a cabo múltiples actividades. Junto a Rene Benoit publicó una traducción al francés del libro de Charles Darwin Expresion of Emotions in Humans and Animals. En 1888 se le nombró presidente de la Sociedad Francesa de Antropología, sociedad de la que era miembro desde 1870. Viajó por todo el mundo adquiriendo monedas y antigüedades griegas y romanas, de las que era un gran coleccionista. Con Emile Zola, desempeño un importante papel en la defensa de Alfred Dreyfus. Mantuvo una buena amistad con su colega, el doctor Adrien Proust, cuyo hijo Robert, que era ginecólogo, fue ayudante de Pozzi; mientras que su otro hijo, Marcel Proust, llegó a ser uno de sus más íntimos amigos, lo mismo que el poeta Robert de Montesquiou. En 1898, fue elegido senador por su circunscripción natal, participando así también en la política nacional.

La muerte de Pozzi fue tan novelesca como, en muchos sentidos, lo había sido su vida. Según la que, para nosotros, es su mejor biógrafa, la doctora Caroline de Costa, el 13 de junio de 1918, Pozzi fue asesinado en su consulta por un paciente alienado, Maurice Machu, a quien había operado anteriormente de un varicocele y creía, falsamente, que esa operación le había dejado impotente. Machu quería que volviera a operarlo, para devolverle su virilidad, y cuando el doctor se negó a hacerlo le disparó tres tiros en el abdomen y luego se suicidó. Pozzi no falleció instantáneamente. Hubo tiempo para que algunos de sus amigos acudieran a su lado, incluido el primer ministro, Georges Clemenceau (que también era médico y periodista), y para trasladarlo a un hotel cercano, donde uno de sus discípulos, el doctor de Martel, se haría cargo de la intervención quirúrgica. Pozzi, rehusó la anestesia general, ordenando una infiltración local, decidido a dirigir la operación. Pero no pudo resistir mucho más. Sólo tuvo tiempo, antes de morir, para pedir que se le enterrara con su uniforme militar en el cementerio de Bergerac, su ciudad natal. Algunos días después, Marcel Proust escribía a un amigo común: “Mi dolor es muy profundo […]. Pienso en su bondad, su inteligencia, su talento, su belleza, en como lo he venerado constantemente…”

Estos han sido algunos retazos de la vida y la muerte de un hombre que en 1881, en la plenitud de sus treinta y tantos años fue retratado por un pintor diez años más joven, pero que ya tenía un nombre hecho en los ambientes artísticos, y llegaría a convertirse en uno de los artistas más importantes de su tiempo: John Singer Sargent.  Entre el médico y el pintor surgió una amistad sin final. El cuadro impresiona, y no sólo por sus más de dos metros de altura. Sargent, por entonces muy influenciado precisamente por la luz y el color de la pintura española, sugirió a su amigo un atrevido y provocativo retrato que nada tendría que ver con los tradicionales retratos de médicos en el siglo XIX, caracterizados por sus serios y típicos tonos oscuros. Y Pozzi se prestó a ello. Es una explosión de rojo, de pasión… Fondo rojo y rojo en esa bata de estar en casa cubriendo su camisa de dormir, blanca, romántica, “byronesca”; de la que sólo se escapan una adornada zapatilla -por abajo-, la gentil cabeza enmarcada por unos negros cabellos y bien recortada barba negra -por arriba-, y las manos… Esas manos finas, delicadas, del ginecólogo que proponía la exploración bimanual del aparato genital femenino. La izquierda, enredando en el cinturón de la bata, del que penden dos enormes borlones en su parte central. La derecha, en la que se entiende como una posición de sinceridad, apoyada en el pecho, sobre el corazón -un gesto habitual en los retratos de nobles de los siglos XVI o XVII- pero que aquí, en vez de completamente abierta, se muestra con el dedo índice doblado, indicando -según Sutcliffe- que en este seductor “Don Juan”, quizá, la sinceridad no era su cualidad más evidente.

El cuadro Dr. Pozzi at Home fue propiedad de la familia Pozzi hasta 1967, cuando fue adquirido por Armand Hammer para su colección privada. Hoy se puede contemplar públicamente, y dejarse seducir por él, en el Hammer Museum (UCLA), en Los Angeles, California.

Acabamos con un aderezo musical que, seguramente, le gustaría al Dr. Pozzi, porque, aunque no se puede asegurar con certeza, parece que su compositora era una mujer, y Pozzi era un apasionado admirador de la mujer, de todas las mujeres. Sophie Menter (1846-1918), que nació y murió, precisamente, en los mismos años que Samuel J. Pozzi, fue una pianista y compositora alemana que se convertiría en la estudiante femenina favorita de Franz Liszt. Esta es su música…