Saturnismo: etimología y algunos datos de interés histórico y clínico

El epónimo “saturnismo” nos hace pensar inmediatamente en el dios Saturno de los romanos, ese que la iconografía representa devorando a sus propios hijos para que no le arrebataran el poder… como en este cuadro que Rubens pintó por encargo de Felipe IV.

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Pedro Pablo Rubens. Saturno devorando a un hijo (1636-1637).
Museo del Prado, Madrid

Mal padre fue este Saturno (si es que se le puede llamar padre), capaz de comerse a sus propios hijos por puro egoísmo, para evitar que un día pudieran quitarle su reino. Menos mal que su esposa Ops -ella sí era una buena madre- consiguió ocultar a Júpiter, Neptuno y Plutón, hasta que el primero de ellos venció a su padre para convertirse en dios supremo. Aunque -todo hay que decirlo- puede que conmovido por la generosidad de su hijo Júpiter (que le permitió vivir, al contrario de lo que él había hecho con su propio padre), Saturno se estableció en la antigua Roma, por invitación de Jano, creando -según la mitología romana- una sociedad desprovista de delincuencia, pobreza, guerras, injusticias y servidumbre… nada menos.

Más terrorífico todavía que el de Rubens es el Saturno que Goya pintó para su Quinta del Sordo, entre 1819 y 1823.

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Francisco de Goya. Saturno devorando a su hijo (1819-1823)
Museo del Prado, Madrid

Pero ¿cómo llegó a identificarse a este dios, devorador de sus propios hijos, con el plomo? En Internet se encuentran las respuestas más variopintas. Algunas manifiestamente erróneas. como las que atribuyen el epónimo a las saturnales romanas (que algunos llegan a confundir con las bacanales), aduciendo que en esas fiestas se cometían todo tipo de excesos, entre ellos el abuso del vino, vino que estaba contenido en ánforas cuyo interior se recubría de plomo para hacerlas estancas.

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Thomas Couture. Los romanos de la decadencia (1847)
Museo de Orsay, París

En 1965, Gilfillan publicó sendos artículos, en The Mankind Quarterly y en el Journal of Occupational and Environmental Medicine titulados, respectivamente, “Roman Culture and Dysgenic Lead Poisoning” y “Lead poisoning and the fall of Rome”, atribuyendo la caída de Roma al envenenamiento por plomo de sus clases dirigentes por culpa, precisamente, del abuso del vino contenido en vasijas plomadas. Esta teoría dio y sigue dando lugar a numerosas controversias. Lógicamente, fueron varios los factores que influyeron en la caída del Imperio Romano, entre ellos la relajación de las costumbres; pero cuesta creer que la intoxicación por plomo fuera la principal responsable, incluso si se tiene en cuenta que los romanos fabricaron sus conducciones de agua con plomo; el cual, por tanto, no solo era un contaminante de los recipientes que contenían el vino.

Sin embargo, volviendo a la posible etimología del saturnismo, la respuesta más acertada -en mi opinión- es la que dice que fueron los alquimistas medievales -alquimia, astrología y medicina andaban de la mano por entonces- quienes le dieron ese nombre asociando un metal pesado, como el plomo, al planeta Saturno, cuya órbita era la más lenta que conocían.

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El planeta Saturno y su símbolo en la alquimia

Respecto a la clínica del saturnismo, aunque el plomo fuera conocido y usado por el hombre en las más diversas culturas y desde tiempos remotos, se dice que fue Hipócrates (460-377 a.C.) el primero en describir los síntomas de la intoxicación por dicho metal.

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Busto romano del siglo II (copia de otro giego anterior)
que representa a Hipócrates de Cos, “el padre de la Medicina”

Según Lessler, Hipócrates hablaba de dolor cólico, falta de apetito, palidez, pérdida de peso, fatiga, irritabilidad y espasmos nerviosos, los mismos síntomas que seguirían enumerándose muchos siglos después; cuando el francés Louis Tanquerel des Planches (1810-1862) -considerado tradicionalmente como el primer médico que estudió en profundidad los efectos del plomo sobre la salud- publicó en 1834 su Ensayo sobre la parálisis de plomo o saturnina (Tesis Doctoral, leída en la Facultad de Medicina de París), y luego La encefalopatía saturnina, en 1838, y el Tratado de las enfermedades del plomo o saturninas, en 1839.

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Portada del Tratado de las Enfermedades del Plomo o Saturninas,
de Louis Tanquerel des Planches (1839)

Aunque no estaría de más revisar, por ejemplo, la obra de Vicente Mitjavila publicada en 1791, De los daños que causan en al cuerpo humano las preparaciones de plomo… o la Disertación médica del cólico de Madrid… publicada en 1796 por Ignacio María Ruiz de Luzuriaga. En esta última, hablando sobre los síntomas de la enfermedad, el gran higienista español menciona una primera fase de astenia, estreñimiento y dolores abdominales cólicos, seguida en un tiempo variable por una fase de “perlesía” caracterizada por artralgias, temblor de manos y debilidad de los miembros con parálisis de la mano (la llamada “mano gafa” o caída, por afectación del nervio radial o parálisis de la pierna (por afectación del nervio perineal). Y además: ceguera, vértigo, acúfenos y sordera.

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Mano “gafa” o caída, por afectación del nervio radial
en un paciente con saturnismo

Actualmente, los efectos sobre la salud de la intoxicación crónica por el plomo en adultos se pueden enumerar así:

Sobre la sangre:

  • Anemia
  • Elevación de la protoporfirina eritrocitaria

Sobre el sistema nervioso:

  • Neuropatía periférica
  • Fatiga
  • Irritabilidad
  • Dificultad para la concentración
  • Pérdida de audición
  • Convulsiones
  • Encefalopatía

Sobre el sistema gastrointestinal:

  • Náuseas
  • Dispepsia
  • Estreñimiento
  • Dolor cólico
  • Línea gingival (Ribete de Burton)

Sobre la reproducción:

  • Esperma anormal
  • Disminución en el número y movilidad de los espermatozoides
  • Abortos / Mortinatos

Sobre el sistema renal:

  • Hipertensión arterial
  • Nefropatía crónica

Otros:

  • Artralgia / Mialgia
  • Gota saturnina

Para nuestro estudio descartamos las alteraciones diagnosticadas mediante analísis clínicos porque no se conocían entonces. Descartaríamos también los efectos sobre el aparato reproductor, porque Caravaggio y Van Gogh no tuvieron hijos conocidos. Sin embargo Goya tuvo ocho; aunque siete de ellos (Antonio, Eusebio, Vicente -un prematuro-, María del Pilar, Francisco de Paula, Hermenegilda y Francisco Javier) murieron siendo muy niños. Solo sobrevivió el último, Javier Goya y Bayeu, nacido el 4 de diciembre de 1784, que fue el heredero del pintor. No he hallado constancia de cuantos abortos pudo sufrir Josefa Bayeu. Pero comprobamos que gran parte de los otros síntomas de saturnismo se pueden encontrar, en algún momento, en las patografías de Caravaggio, Goya y Van Gogh. Sobre todo en las de estos dos últimos, al disponer de más documentación. La palidez, propia de la anemia, los cólicos abdominales, el estreñimiento, la fatiga, la irritabilidad, las parálisis concecutivas a las neuropatías periféricas, los dolores musculares y articulares, la pérdida de audición, las convulsiones, la encefalopatía… Curiosamente, el famoso Ribete de Burton, una coloración violácea o negruzca situada sobre las encías, a nivel del cuello de los dientes, no parece ser tan común como siempre se ha dicho y, a veces, puede denotar una mala higiene bucal más que otra cosa.

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Ribete de Burton en un varón de 28 años
diagnosticado de saturnismo

Para el diagnóstico de una enfermedad profesional son necesarios tres requisitos:

  1. Historia laboral de exposición al agente causal de la enfermedad.
  2. Historia clínica del trabajador expuesto compatible con dicha enfermedad.
  3. Pruebas complementarias.

En el caso del saturnismo, las pruebas complementarias fundamentales para el diagnóstico son análisis clínicos específicos sobre los que no vamos a tratar aquí, porque no existían en la época que abarca este estudio. Tampoco se hablará del tratamiento actual ni de las medidas de prevención. Respecto al pronóstico cabe señalar que, al contrario que en los niños, en quienes frecuentemente es muy grave, en los adultos la mayoría de los síntomas son reversibles cuando se evita la exposición al plomo. No obstante, la encefalopatía saturnina puede llegar a ser mortal en el 25% de los afectados y puede dejar secuelas neurológicas hasta en el 40%. En los niños, la afectación neurológica permanente puede afectar al 70-80% de los que sufren encefalitis.

Como curiosidad, en relación con el tratamiento del saturnismo, les diré que en un artículo firmado por el Dr. William Stokes en 1833, en el London Medical and Surgical Journal -muy interesante, por otra parte- en cuanto a la fisiopatología y la clínica del cólico de los pintores- recomienda el uso de inyecciones de tabaco y purgantes drásticos, como el aceite de ricino y el aceite obtenido de un árbol tropical asiático, el Croton tiglium, más unas gotas de tintura de opio. Para la utilización terapéutica del tabaco en el cólico de los pintores cita como referencia al Dr. Graves (si más datos). Probablemente, por la fecha de publicación, y sabiendo que Stokes era irlandés, se refiere a la gran figura de la medicina irlandesa de la época, el Dr. Robert James Graves (1796-1853). En cambio, no especifica nombres cuando habla de los purgantes y la tintura de opio, sino que se refiere genéricamente a los médicos del Hospital de La Charité, de París. El autor de este artículo sobre el saturnismo o cólico de los pintores parece que no puede ser otro más que William Stokes (1804-1878) conocido en Historia de la Medicina por sus aportaciones al conocimiento de las enfermedades cardiorespiratorias, y autor de uno de los primeros tratados sobre el uso del estetoscopio que inventara Laënnec.

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William Stokes (1804-1878)

Para finalizar esta entrada solo añadiré que las principales vías de entrada de los contaminantes químicos en el organismo humano son tres: respiratoria, digestiva y dérmica. Normalmente, en patología laboral, la más importante es la vía respiratoria; pero el caso de los pintores es una excepción, porque -por diversos motivos- para ellos la principal vía de entrada es la digestiva. La vía dérmica solo tiene interés cuando existen heridas o erosiones en la piel.

Dicho esto, podemos pasar ya a hablar de los tres pintores en los que se centra este estudio: Caravaggio, Goya y Van Gogh.

Por estricto orden cronológico, empezaremos por Caravaggio… pero eso será ya en la próxima entrada.

[Continuará]

Saturnismo: la enfermedad de los pintores (Introducción)

Saturnismo: la enfermedad de los pintores (Introducción)

El saturnismo, intoxicación crónica por el plomo, cólico de los pintores, plumbismo o plombismo -que de todas estas formas se le llama- es un problema de salud pública y también una enfermedad profesional que aparece como tal en la Lista de Enfermedades Profesionales de la Organización Internacional del Trabajo (revisada en 2010), en la Recomendación 2003/670/CE, de 19 de septiembre de 2003 y, por supuesto, en la vigente legislación española, concretamente en el Real Decreto 1299/2006, de 10 de noviembre, por el que se aprueba el cuadro de enfermedades profesionales en el sistema de la Seguridad Social y se establecen criterios para su notificación y registro. Últimamente ha disminuido su incidencia en los países desarrollados gracias a las medidas preventivas adoptadas por las autoridades, tanto en el ámbito laboral como en el de la salud pública; aunque todavía hay lugares donde continúa siendo un grave problema de salud, que afecta sobre todo a los niños porque son más susceptibles de padecer la enfermedad. Pero, en 1817, Mateo Orfila (1787-1853), el padre de la Toxicología, llegó a decir:

Si juzgásemos el interés que algún asunto médico despierta por el número de escritos que ha merecido, no tendríamos más que considerar a la intoxicación por el plomo como el más importante de todos aquellos que han sido tratados hasta hoy.

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Mateo Orfila (1787-1853)

Y ¿por qué estudiamos el saturnismo en los pintores? La respuesta es obvia, porque hasta el siglo XX -prácticamente- un buen número de los colores que usaban en sus obras estaban fabricados con compuestos de plomo. Baste citar, por ejemplo, al carbonato de plomo, el albayalde, también conocido como blanco de plomo, que permitía los efectos de transparencia que vemos en el luminoso vestido de la condesa de Chinchón, retratada por Goya en el año 1800.

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La condesa de Chinchón, retratada por Goya en 1800. Museo del Prado

El albayalde se usaba con frecuencia, además, para la preparación de los lienzos, especialmente para la imprimación, la capa de pintura sobre la que se aplica el color; y hasta el último tercio del siglo pasado, por ser barato y fácil de obtener, se utilizó para pintar las paredes de las casas, con el consiguiente riesgo de intoxicación para sus habitantes. Otro color de uso muy común desde el Barroco era el amarillo de Nápoles (antimoniato de plomo). El Cesto con frutas de Caravaggio, una de las primeras naturalezas muertas de la pintura occidental, se recorta sobre un fondo amarillo de Nápoles.

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Cesto con frutas pintado por Caravaggio (c. 1596). Pinacoteca Ambrosiana. Milán

Y Van Gogh… ¡Con lo que le gustaba a Van Gogh el amarillo, que hasta pintó de ese color la casa en la que vivió en Arlés!

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La casa amarilla (1888). Museo Van Gogh. Amsterdam

Aunque buscando un amarillo fulgurante, el “loco del pelo rojo” mezclaba el amarillo de Nápoles con todo lo que se le ocurría, a menudo con compuestos de bario o azufre, sin saber que, con el tiempo, sus amados amarillos se irían transformando en marrones, creando -a su vez- un importante problema para los restauradores… No se puede dejar de mencionar un compuesto aún más tóxico que los anteriores, el minio o rojo Saturno (tetróxido de plomo). Se dice que el nombre “minio” proviene del río Miño, en cuyas márgenes se obtenía de modo natural, y de él deriva la palabra “miniatura” porque se utilizó para iluminar códices y manuscritos medievales, como el Códice de Fernando I y Doña Sancha, en el que el minio da los tonos rojo-anaranjados del fondo.

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Ilustración del “Beato de Fernando I y Doña Sancha”.
Biblioteca Nacional de Madrid

Hasta que se prohibió, a finales de los pasados años setenta, el minio se usaba como antioxidante para proteger superficies expuestas a la interperie. Otros compuestos usados en pintura con un alto contenido en plomo son el litargirio (óxido de plomo), cuya presentación más frecuente -aunque no única- es como amarillo, y el extracto de Saturno (acetato de plomo, fundamentalmente), un blanco que ha tenido usos muy curiosos -por cierto- más allá de la pintura, incluso como remedio universal en la medicina del siglo XVIII.

Ya se han mencionado los tres protagonistas de nuestro estudio: Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610), Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) y Vincent Willem van Gogh (1853-1890). ¿Por qué ellos tres y no otros? Si los compuestos de plomo se usaban de modo habitual en la pintura, habría otros muchos artistas afectados, seguramente.

Bernardino Ramazzini

Bernardino Ramazzini. “Padre de la Medicina del Trabajo”

Tanto es así que el italiano Bernardino Ramazzini (1633-1714), ese señor empelucado que acabamos de ver, pero que no dudó en ensuciar sus elegantes vestiduras doctorales entrando en los talleres para estudiar las duras condiciones de trabajo de la mayoría de los oficios y profesiones de su época, en el que sería su libro principal, De morbis artificum diatriba, el Tratado de las enfermedades de los trabajadores (que vio la luz en Módena, en 1700 y volvió a editarse ampliado en vida del autor, en Padua, el año 1713), describía la clinica del que llamamos cólico saturnino, o cólico de los pintores, atribuyéndolo con acierto a los minerales (plomo o mercurio) presentes en los colorantes, con un ejemplo tomado de los escritos de Jean-François Fernel (1497-1558), el médico de Enrique II de Francia, y mencionando a otros famosos pintores que también podrían haber sufrido de saturnismo, como Rafael o “Il Correggio“:

También los pintores se ven aquejados de muy diversas afecciones, como temblor en las articulaciones, caquexia, ennegrecimiento de los dientes, decoloración del rostro, melancolía y pérdida del olfato, sucediendo muy rara vez que los pintores que suelen plasmar las imágenes de los demás con más elegancia y más colorido de lo que se da en la realidad, tengan ellos, por su parte, buen color y buen semblante. Yo de mí sé decir que cuantos pintores he conocido en ésta y otras ciudades, a casi todos los he encontrado enfermizos y, si se repasa la historia de la pintura se echará de ver que los pintores rara vez llegan a edad avanzada especialmente los más sobresalientes. Sabemos que Rafael de Urbino, pintor celebérrimo, fue arrebatado del mundo de los vivos en la flor de la juventud, siendo su prematura muerte cantada por Baltasar de Castiglione en una elegante elegía. Podría ciertamente echarse la culpa a la vida sedentaria y a su carácter melancólico, teniendo como tienen siempre en su mente -apartados casi de todo trato con los demás hombres- entretenida en sus fantásticas ideas; pero existe, latente, otra causa de mayor importancia como es la materia de los colores que tienen constantemente entre sus manos y bajo sus mismas narices: por ejemplo, el minio, el cinabrio, la cerusa, el aceite de nuez y el de linaza, productos todos ellos utilizados para templar los colores, así como otros muchos pigmentos extraídos de diversos minerales. Por ello en sus estudios se percibe un olor nauseabundo bastante pesado que expiden el barniz y los aceites mencionados, olor muy nocivo para la cabeza y al que tal vez hay que atribuir la atrofia del olfato. Por su parte los pintores, al trabajar suelen llevar puestos unos blusones sucios y pintarrajeados, por lo que no pueden menos que inhalar por la boca y la nariz efluvios nocivos que arrastrándose hasta la sede de los espíritus animales y deslizándose, por las vías respiratorias, hasta las moradas de la sangre, acaban por perturbar la economía de las funciones naturales y excitar las afecciones recordadas más arriba.

Todo el mundo sabe que el cinabrio está emparentado con el mercurio, que la cerusa es un preparado a base de plomo, el bronce verde a base de cobre y el color ultramarino a base de plata (al ser los colores minerales más persistentes que los vegetales, son más solicitados) y que casi toda la materia colorante, se toma del reino mineral, derivándose de tal motivo grandes daños. Por eso los pintores, aunque no tan gravemente, son víctimas necesariamente de las mismas enfermedades que los demás metalúrgicos.

Sobre este paricular, Fernel nos cuenta la historia asaz curiosa de un pintor de Anjou que, a principio, fue víctima de temblores en los dedos y en las manos y, después, de convulsiones, llegando también el brazo a verse arrastrado al acuerdo con dedos y manos; iguales conmociones le sobrevinieron después en los pies y, finalmente comenzó a ser atormentado con un dolor tan agudo en el estómago y en ambos hipocondrios que no encontraba alivio ni en lavativas, ni en fomentos, ni en baños, ni en ningún tipo de remedios. Cuando le sobrevenía el dolor, lo único que le aliviviaba era el que tres o cuatro hombres se apoyaran con todo su peso sobre su estómago, con lo que al ser comprimido su abdomen, los dolores se hacían menos violentos; por fin, después de haber sufrido tanto durante tres años, murió completamente consumido. Nos dice el autor que médicos muy afamados fueron llamados a consulta para tratar de descubrir la verdadera y auténtica causa de tan grave enfermedad, tanto antes como después de la autopsia, no apareciendo nada anormal en las vísceras. Al leer esta historia me quedé maravillado ante la ingenua confesión de Fernel (como suele ser la de los grandes hombres, según nos dice Celso): “Ninguno dábamos en el blanco y, como suele decirse, todos andábamos totalmente descaminados”, dice el autor. Añade, sin embargo, que, dado que aquel pintor tenía la costumbre no solo de limpiar el pincel con los dedos, sino imprudente e incauto, incluso de chuparlo, es muy probable que desde los dedos de las manos u por contigüidad de las partes el cinabrio hubiera pasado al cerebro y a todo el sistema nervioso; una vez admitido por la boca, “habría inficionado el estómago y los intestinos con alguna propiedad inexplicable y maligna que sería la causa de tantos dolores”.

Ahora bien, la causa del semblante caquéctico y descolorido de los pintores, así como de los sentimientos melancólicos de los que con tanta frecuencia son víctimas, no habría que buscarla más que en la índole nociva de los colorantes. Cuentan que el corregiense Antonio de Allegris (llamado “el Corregio” por el nombre de su patria) llegaba en su melancolía a tal aturdimiento que no reconocía ni la dignidad y el valor de su persona ni las de sus propias obras, hasta el punto de que los justos honorarios cobrados por sus cuadros los devolvía a los compradores de los mismos, como si se hubiesen equivocado al pagar un elevado importe por unas pinturas que hoy no tienen precio.

Comoquiera que los pintores se han de ver aquejados por aquellas enfermedades enumeradas o por otras indisposiciones corrientes, deberán ser cuidadosos con una dedicación particular, de modo que, al lado de los remedios comunes, se empleen los remedios particulares referentes a los daños contraídos a causa de los minerales, de los que bastante hemos hablado más arriba y que no vamos a repetir para no cansar a los lectores.

De morbis artificum diatriba

“De Morbis Artificum Diatriba”
Portada de la primera edición del libro de Ramazzini

Julio Montes Santiago, uno de los autores que más ha estudiado el saturnismo en los pintores, en una reciente publicación suya en Progress in Brain Research, apunta entre los pintores que probablemente sufrieron saturnismo a Miguel Ángel, Caravaggio, Rubens, Goya, Fortuny, Van Gogh, Renoir, Dufy, Klee, Kahlo y Portinari. Yo he seleccionado solamente a tres de ellos por su fama indiscutible (aunque otros hay que no les van muy a la zaga); por ser muy representativos de sus respectivos momentos históricos, entre los siglos XVII y XIX, especialmente afectados por el saturnismo; porque dispongo de suficiente documentación sobre ellos; y por no hacer el tema más extenso de lo debido. Pero antes de centrarnos en los casos de Caravaggio, Goya y Van Gogh me parece necesario, aunque sea brevemente, exponer o aclarar algunos aspectos de la enfermedad, como la etimología de su nombre o sus manifestaciones clínicas, sin entrar en otras cuestiones como las pruebas de laboratorio, fundamentales para el diagnóstico de certeza, el tratamiento actual o la prevención del saturnismo.

[Continuará]