Erasístrato, Antíoco y Estratonice: o cómo un médico del siglo III a.C. diagnosticó y trató el “mal de amor” del hijo del rey Seleuco

Theodoor van Thulden (1606-1669). Erasístrato descubre la enfermedad de Antíoco, anteEstratónice y Seleuco (c.1640)Óleo sobre lienzo, 220 x 164 cm.Colección Privada

Theodoor van Thulden (1606-1669). Erasístrato descubre la enfermedad de Antíoco, ante
Estratónice y Seleuco (c.1640)
Óleo sobre lienzo, 220 x 164 cm.
Colección Privada

Más que por sus investigaciones anatómicas y fisiológicas sobre el sistema nervioso, el corazón y la circulación de la sangre o el aparato digestivo, el médico griego Erasístrato ha pasado a la historia a través del arte por un curioso suceso del que fue protagonista. Ocurrió cuando Erasístrato, eminente figura de la Escuela de Alejandría, ejercía como médico personal de Seleuco I Nicátor, uno de los generales de Alejandro Magno que se repartieron su imperio, tras la muerte de éste, reinando sobre Babilonia y Siria. Plutarco nos narra lo sucedido, con todos los detalles, luego lo mencionan Apiano, Luciano de Samósata y Plinio, y hasta el mismo Galeno escribió sobre ello.[1] Pero nosotros lo vamos a conocer de la mano del venezolano Joaquín Díaz González, que en su Historia de la Medicina en la Antigüedad nos dice:

“Según nos cuenta Plutarco en la vida de Demetrio, y Luciano de Samósata en La Diosa Siria, Erasístrato, durante su estada en la corte de Seleuco Nicátor, curó al hijo de este rey, Antíoco, el cual sufría de una enfermedad misteriosa, enfermedad de consunción que ya le había provocado deseos de suicidio, lo cual preocupaba sobremanera al rey. Erasístrato, tan psicólogo como gran médico, puso todo su empeño en salvar al príncipe. Al efecto en la cámara de éste recurrió a la siguiente estratagema: fue llamando a todas las personas jóvenes y hermosas del palacio, y a medida que comparecían iba observando atentamente a Antioco, examinándole también el pulso, la acción del corazón, hasta que al presentarse la bella Estratonice, madrastra del príncipe y quien ya había tenido un hijo de Seleuco, se manifestaron en el enfermo todos los síntomas del amor, como palpitación violenta del corazón, alteración del pulso, mudanza de color, dificultad en hablar, conmoción. Una vez descubierta la causa de la enfermedad, el médico recurrió a un nuevo ardid, pues dijo a Seleuco que Antioco padecía una enfermedad incurable, y agregó: ‘Ama a mi mujer, y yo a nadie la cedo’. El rey entonces suplicó a Erasístrato para que no rehusase la mujer a su hijo, salvando así la salud de éste y la felicidad del reino. ‘Injusto es lo que me pides –respondió el otro- quieres quitarme la mujer y atropellarme a mí, a tu médico. Si el amor fuese a tu esposa, ¿qué harías tú que me exiges semejante sacrificio?’. A lo cual el monarca contestó diciendo que en tal caso él no vacilaría en entregar la madrastra y hasta el reino al hijo. ‘¿Para qué me suplicas? –dijo el médico-. De tu mujer está enamorado. Lo que te he dicho era todo mentira’. En efecto, el rey casó a Antíoco con Estratonice, cediéndole además el reino o provincias altas. Y Plinio el Naturalista agrega que por esta cura maravillosa Erasístrato recibió el magnífico regalo de cien talentos.”[2]

Con el tiempo, sobre todo durante los siglos XVII, XVIII y XIX, este relato sirvió de inspiración para un buen número de artistas, que lo representaron en sus obras. Los músicos, Christoph Graupner (1708), Honoré Langlé (1786) y Dmitry Bortniansky (1787), entre otros, escribieron óperas sobre el complicado amor de Antíoco y Estratonice, en las que el médico Erasístrato desempeña un papel fundamental. Aunque la ópera más famosa, sin duda, es la Stratonice que Étienne-Nicolas Méhul estrenó en 1792. Antes, Luca Assarino ya había contado la historia en verso; y Philippe Quinault (1657) o Barnabé Farmian Durosoy (1786) la habían llevado al teatro. Entre los pintores –limitándonos, tan solo, a los que vivieron durante los tres siglos arriba apuntados- sabemos que Felice Ficherelli (1603-1660), Gerard de Lairesse (1640-1711), Antonio Bellucci (1654-1726), Adriaen van der Werff (1659-1722), Gaspare Diziani (1689-1767), Pompeo Batoni (1708-1787), Johann Eleazar Schenau (1737-1806), Jacques-Antoine Vallin (1760-1831) o Alexandre-Charles Guillemot (1786-1831) dieron color a la escena en sus lienzos. Aunque los cuadros más famosos son, sin duda, los de Jacques-Louis David (1748-1825), una auténtica maravilla de la pintura neoclásica francesa, o los de su discípulo Jean-Auguste-Dominique Ingres (1780-1867), quien pintó la historia de Erasístrato, Antíoco, Estratonice y Seleuco, al menos cinco veces durante su larga vida. Sin embargo, en esta ocasión, hemos elegido para ilustrar estas páginas una de las pinturas menos conocidas sobre el tema. Había sido atribuida a Rubens; pero su autor parece ser el pintor barroco flamenco Theodoor van Thulden (1606-1669), que la realizó alrededor de 1640.

En los ricos aposentos de Antíoco, el médico Erasístrato, un respetable anciano, toma el pulso a su macilento paciente ante la bella Estratonice y el rey Seleuco, que permanece expectante en la sombra: atento, como toda la corte, a lo que el médico tenga que decir… Y el gesto de Erasístrato lo dice todo…  Ya conocemos la historia.

Inteligencia, una bien desarrollada capacidad de observación, gran conocimiento de su ciencia y algo de astucia: esas eran las cualidades que permitieron a Erasístrato diagnosticar y tratar la grave afectación de Antíoco; aunque, como apostilla Briceño-Iragorry: “el amor y no la enfermedad era su mal”.[3] Con tres palabras, en latín, el pintor lo resumía todo escribiendo en el reverso de su obra: “Prudentia relevant amorem”… La sabiduría ayuda al amor.

Como ilustración musical de esta historia inserto, a continuación, parte de la ópera Stratonice, de Étienne-Nicolas Méhul. En el vídeo se ven algunos de los cuadros que podremos ver en la próxima entrada.

BIBLIOGRAFÍA

1. RUIZ DE ELVIRA, Antonio (1973): “Mito y novella”. Cuadernos de Filología Clásica, 5: 15-52. [Disponible en: http://revistas.ucm.es/index.php/CFCA/article/view/CFCA7373110015A/34963; consultado el 4 de enero de 2013].

2. DÍAZ GONZÁLEZ, Joaquín (1950): Historia de la medicina en la antigüedad. 2ª ed. Barcelona; Barna: 185-186.

3. BRICEÑO-IRAGORRY, Leopoldo (2006): Diagnóstico del amor; el amor y no la enfermedad era su mal. En: LÓPEZ, José Enrique y BRICEÑO-IRAGORRY, Leopoldo: Colección Razetti. Volumen II. Caracas; Ateproca: 507- 514. [Disponible en: http://www.anm.org.ve/FTPANM/online/2009/Coleccion_razetti/Volumen2/09.%20Brice%C3%B1o%20L%20(507-514).pdf; consultado el 4 de enero de 2013].

*Entrada actualizada el 29 de diciembre de 2013.

Anuncios

El retrato del Dr. Alphonse Leroy

Jacques-Louis David (1748-1825). Retrato de doctor Alphonse Leroy (1783)Óleo sobre lienzo. 72 x 91

Jacques-Louis David (1748-1825). Retrato de doctor Alphonse Leroy (1783)
Óleo sobre lienzo. 72 x 91
Musée Fabre, Montpellier, Francia

Siempre que publico este retrato del médico Alphonse Leroy, que pintó Jacques-Louis David (y ya lo he hecho en mis blogs Medicina y Arte y Retratos de Médicos) transcribo la descripción que hizo de él mi querido amigo, el Profesor Juan V. Fernández de la Gala, porque me parece insuperable. Sé que Juan, siempre generoso, no se molestará porque vuelva a hacerlo ahora. Y yo se lo agradezco.

“El cuadro salió de la mano hábil de Jacques-Louis David hacia 1783. La humanidad del doctor Alphonse Leroy, el ginecólogo que atendió el nacimiento del hijo del pintor, llena de tonos cálidos el cuadro. Así que no sólo estamos ante un retrato, sino también ante el testimonio de un padre agradecido al médico que atendió a Madame David en el parto.

La textura de la seda y sus brillos en el batín que viste el ginecólogo están magníficamente logrados. Una vestimenta informal, por la que asoman, elegantes, los lazos y puñetas de la camisa. No lleva la habitual peluca empolvada, sino un exótico turbante, con los mismos tonos del tapiz que cubre la mesa. Dominan los rojizos, los blancos y los azules: los colores de la República Francesa. No en vano David fue amigo personal de Robespierre.

Intuimos el rango social y el prestigio del personaje retratado, pero también el comedido ascetismo en el mobiliario y la desnudez de ornamentos de alguien que ha entregado su vida a la ciencia. Lo imaginamos habituado a trasnochar, no sabemos si por los ritmos que impone la vida social, los avisos de partos imprevistos o el insomnio creativo de alguien como él, acostumbrado a reflexionar en muchas duermevelas.

A su lado, un quinqué lleno de aceite, pero extrañamente apagado, quizá porque, tras una noche de trabajo, la luz del nuevo día empieza a insinuarse ya en las ventanas. El trazo de sombra rectilíneo sobre el papel, el rostro y el turbante iluminados, nos permiten adivinar incluso la posición de esa ventana, algo alta, delante de su mesa, casi como si nosotros alcanzásemos la estancia. Su brazo izquierdo se apoya seguro en un libro de HipócratesMorbi Mulierum (Las Enfermedades de las Mujeres) en el que vemos incluso asomar un registro de lectura, improvisado con una tira de papel cortada a mano.

Su mano derecha suspende la pluma de ave que acaba de sumergir en el tintero. Ante él, un pliego de papel recoge sus reflexiones en la última madrugada, brevemente detenidas en una pausa mientras nos mira. Nos queda, sin embargo, el convencimiento de que Leroy volverá a retomar la escritura interrumpida si nos quedamos un momento en silencio. Estaba preparando entonces su libro La Médecine Maternelle (1803) y los pinceles de Louis David lo han inmortalizado para siempre en ese empeño. Guardemos silencio, querido lector, y dejémosle seguir en su tarea.”

Respetando ese silencio para no molestar al médico escritor que, tan gentilmente nos solicitaba el doctor Fernández de la Gala, algunos comentarios escritos vinieron a enriquecer su hermoso discurso. Así, nuestro común amigo, el doctor José Manuel Brea, señalaba la ausencia de la mano izquierda en el retrato; a lo que la doctora Laura Munoa respondía, aportando un texto tomado de la documentación que ofrece el propio Museo Fabre: “Alphonse Leroy avait perdu un bras à la suite d’une piqure [sic] anatomique. David disposa habilement une manche qui laisse croire à la présence du bras manquant.” Es decir, que el médico había perdido ese brazo, probablemente amputado, a causa de la grave infección sufrida por un “pinchazo” en el curso de su ejercicio profesional… Y el pintor lo disimulaba en su composición de la escena. Exquisita delicadeza, la que mostró David, y admirable la profesionalidad de Leroy -como apostillaba Fernández de la Gala– porque ¡qué difícil debe ser ejercer para un obstetra manco!

Todo ello se puede leer íntegramente, en su versión original, en el enlace a la entrada que publicó Juan V. Fernández de la Gala, el pasado 20 de febrero, con el sugestivo título de “Trasnoche”.

Confío en que el Dr. Leroy no se moleste, sino al contrario, no le importe dejar reposar unos minutos la pluma y pararse a disfrutar con nosotros la música de Étienne-Nicolas Méhul, compatriota y contemporáneo suyo…