“La epidemia de peste en Sevilla de 1649: una visión a través del arte”. Trabajo de Fin de Grado en la Facultad de Medicina de Cádiz de Laura Guerrero Vázquez

“La epidemia de peste en Sevilla de 1649: una visión a través del arte”. Trabajo de Fin de Grado en la Facultad de Medicina de Cádiz de Laura Guerrero Vázquez

Recientemente, la ya Graduada en Medicina Laura Guerrero Vázquez, sevillana de pro, ha presentado brillantemente en la Facultad de Medicina de Cádiz su Trabajo de Fin de Grado “La epidemia de peste en Sevilla de 1649: una visión a través del arte”, del que he sido tutor.

Después de una completa introducción histórica, en la que trata sobre los orígenes de la peste, las numerosas epidemias que se sucedieron a lo largo de los siglos y su incidencia en nuestro país con especial atención a la ciudad de Sevilla, Guerrero Vázquez se centra en aquella terrible epidemia de mediados del siglo XVII que transformaría radicalmente a la que entonces era una de las ciudades más importantes del mundo.

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Vista de Sevilla a mediados del siglo XVII. Colección particular

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Con permiso de la autora, transcribo a continuación la parte final de su trabajo, sólo una pequeña parte, que dice así:


A comienzos del año 1649, las noticias que llegaban desde levante y la localidad vecina de Cádiz, no hacían más que incrementar la preocupación y el temor que pesaba sobre los vecinos. A pesar de la vigilancia de los accesos a la ciudad y las normas establecidas, empezaron a conocerse algunos casos de infectados.

La procesión rogativa del día 20 de enero, no sirvió en esta ocasión para calmar a la población, la tensión era enorme y ésta aumentó al saber que en esos momentos estaba comenzado a quemarse ropa que había llegado a la capital desde los lugares infectados. Pese a la evidencia de que la peste había llegado a Sevilla, las autoridades y los sectores comerciales tendieron a negar su existencia, actitud muy tradicionalmente adoptada durante prácticamente todas las epidemias que han quedado recogidas. En este caso, influenciadas también por la inminente salida de la flota de Indias.

Así transcurrieron los meses de febrero y marzo, entre incertidumbre y frío hasta la llegada de la primavera. Al mismo tiempo que la peste, otros elementos hacen acto de presencia, componiendo un cuadro de lo más escabroso. 1649 fue uno de esos años trágicos en los que se dieron cita casi todas las desdichas imaginables: carestía, climatología extrema, inundaciones… alterando considerablemente la vida de la ciudad durante varias décadas de una forma muy negativa. A finales de marzo se forma un temporal que dura en torno a una semana, aumentando el nivel del río y por consiguiente inundando la ciudad. Por otro lado, el agua que caía de la lluvia quedaba encerrada entre las murallas, impidiendo su salida y empeorando la situación aún más. Al retirarse el temporal, comenzaron las aguas a bajar de nivel muy lentamente, quedando toda la inmundicia que arrastraba depositada en la superficie. Este peligro junto a la presencia del calor de la primavera iba a empeorar aún más este ambiente tan insano y que iba a mermar la salud de la población especialmente la más pobre. Este año 1649 se circunscribe dentro de una gran crisis agraria, agravada por la introducción de cereal extranjero con el consiguiente aumento de su valor. La dificultad de conseguir abastecimiento apropiado cada vez era mayor. En esta situación de extrema necesidad, la población no tenía más remedio que comer alimentos nocivos e insanos para la salud, llegando incluso a comerse peces muertos. Precisamente en los lugares más cercanos al río comenzaron a detectarse los primeros casos de infección que no hicieron sino aumentar la gran mortalidad que ya causaban la escasez de alimentos y las aguas, llegando a un punto en el que no es fácil discernir el porcentaje de muertes achacable a cada proceso.

No obstante, el motivo principal de la mortalidad era la presencia de la peste en la ciudad, como aparece reflejado en la obra Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la Epidemia en la Grande y Augustísma Ciudad de Sevilla, Año 1649, que redactó un religioso agustino para el Reverendísimo Padre General de su Orden:

“Comenzó la gente a morir, si bien el miedo y el deseo atribuían a reliquias de la Avenida esta enfermedad por haber inundado barrios enteros y en particular la Alameda, tanto que se navegaba con barcos. Mas supe yo de buen original, no eran de lo que dan a entender, sino de lo que se temía más.
Y aunque pudo ser esto disposición para la peste, la fundamental y verdadera es que fue epidemia por la malévola influencia de constelaciones que corrieron por todo este meridiano y de planetas que predominaban este año”.

Nos presenta el religioso cronista, en este párrafo de su libro, la cuestión de la causa remota de la enfermedad, que él atribuía a la astrología. Teoría que no estaba reñida con la interpretación religiosa. No obstante a estas alturas ya se conocía la causa más inmediata de contagio a través del contacto con enfermos y sus pertenencias.

Como anteriormente comentamos, los primeros contagios se produjeron extramuros, cerca del río, más concretamente en el barrio de Triana, pudiendo detectarse a la semana siguiente en zonas frontera, en contacto directo con el recinto urbano. El miedo movilizó a la muchedumbre que huía despavorida buscando refugio en el interior amurallado, llevando consigo el contagio. A la vista de tal suceso, las autoridades tuvieron que declarar la existencia del morbo infeccioso en la ciudad.

De nuevo se habilitó el Hospital de la Sangre para acoger a los afectados, haciéndose uso de hasta 18 salas y 1.200 camas para la atención a los enfermos. Los enseres necesarios para su cuidado se obtuvieron gracias a la dotación municipal y la ayuda de instituciones caritativas como la Hermandad de la Misericordia.

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El Hospital de las Cinco Llagas o de la Sangre, en 1668. Dibujo de Pier Maria Baldi

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Antonio de Viana, designado para administrar el Hospital no tardo en sucumbir ante el ataque pestilente, y su sucesor, Juan Peculio, sufrió el mismo final quedando a cargo el mercedario Blas de la Milla, que se dedicaba desde el inicio de la epidemia a dar los sacramentos a todo aquel que se acercara al Hospital. Se encarga por tanto del auxilio espiritual de los enfermos y de organizar los bienes y recursos, quemar las ropas apestadas, enterrar a los difuntos, etc. Disposición suya fue el separar a los enfermos por sexo y a los moribundos de aquellos para los que no se preveía una muerte inminente. En el depósito de aprovisionamiento se guardaban los víveres y medicinas y quedaban depositados los bienes y dineros que los enfermos traían consigo al ingreso. Si fallecían, se usaban para darle sepultura y misa; si se salvaban se les devolvían.

Aunque por fortuna no todos los afectados fallecían, la mortalidad era enorme entre los ingresados y los trabajadores. El número de ingresos era tan elevado que pronto el Hospital se quedó pequeño.

Pintura anónima que muestra a los enfermos y muertos ante el Hospital de la Sangre, en 1649. En la actualidad en el Hospital del Pozo.

Pintura anónima que muestra a la multitud, incluyendo enfermos y muertos, ante el Hospital de la Sangre en 1649. El cuadro se encuentra actualmente en el Hospital del Pozo.

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El espectáculo que se podía observar en el Hospital y sus alrededores fue realmente macabro, como bien nos describe la Copiosa relación…

Al igual que en el brote de 1599-1601, tuvo que abrirse un segundo centro para apestados en Triana, que tampoco tardó en llenarse. El cuadro que observamos en la Macarena y en Triana podía presenciarse en toda la ciudad, en las collaciones humildes y en las ricas, en el centro y en la periferia.

La preocupación y el miedo, el desconcierto y la confusión suscitaron actitudes muy diversas, extremas y radicales: de la histeria a la resignación o del arrepentimiento al desenfreno.

Los médicos y cirujanos se desconcertaban a la vista del curso de la enfermedad y de los resultados de su tratamiento. El que parecía que iba a morir, sanaba; y el que parecía más sano, moría. Los religiosos, como anteriormente comentamos, no se extrañaban de estos descubrimientos, ya que la llegada de la peste la asociaban a la providencia divina. Si esto era así, la única manera de curarse era rezar.

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Guido Reni (1575-1642). Retablo de la peste de 1630 en Bolonia (1631). Pinacoteca Nazionale. Bolonia

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En consecuencia, se sucedieron ayunos, penitencias, oraciones, procesiones y rogativas tanto de manera individual como las promovidas por las hermandades o autoridades. Mayo fue un mes procesional. Sin embargo, los contagios no cesaron; es más, la virulencia aumentó. Ante esto, las autoridades eclesiásticas no tenían otra respuesta más que seguir insistiendo en lo mismo y suplicar piedad a Dios.

El Arzobispado, que mantenía sede vacante, no fue ocupado por Pimentel hasta el fin de la peste (tras la muerte del cardenal Spínola), pero viendo desde Córdoba la situación que en Sevilla se estaba dando, escribía en un edicto:

“El oficio pastoral nos obliga a que no solo cuidemos de la salud espiritual de nuestros súbditos, pero aun también de la corporal, por ser impedimento de la espiritual, pues acontece (mereciéndolo así nuestras culpas y pecados) castigar Dios a su pueblo con alguna enfermedad contagiosa, y por esto es necesario recibir lo Santos Sacramentos, y siendo la enfermedad tan general y de evidente peligro, puede hacer falta de ministros eclesiásticos […] y llegue el tiempo que aunque lo pidan los fieles no hayan bastantes ministros […]”.

Así dispuso que un grupo de eclesiásticos se desplazaran a Sevilla para dar paz y brindar asistencia espiritual a la temerosa muchedumbre que veía tan cercana la muerte.

Tanzio de Varallo (1575-1633). San Carlos Borromeo dando la comunión a las víctimas de la peste (c.1616). Domodossola. Italia

Tanzio de Varallo (1575-1633). San Carlos Borromeo dando la comunión a las víctimas de la peste (c.1616). Domodossola. Italia

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A pesar de esta medida, era imposible satisfacer la gran demanda espiritual que existía y las gentes se amontonaban en las puertas de las parroquias esperando su turno, amaneciendo en los patios y cercanías de éstas cientos de muertos.

Pronto, encontrar lugar para sepultar los cuerpos se convirtió en un angustioso problema. No había espacio libre en las colegiatas, hospitales, conventos, camposantos ni carneros que se habían habilitado, teniendo que abrirse seis nuevos cementerios (Macarena, Triana, Osario, Prado de San Sebastián, Los Humeros y Barqueta). Para dar sepultura a tan gran cantidad de fallecidos se contrataron varias cuadrillas de hombres, que al ser insuficientes acabaron remplazándose por carros fúnebres. Aun así, como ya hemos comentado, no daban abasto y no era nada inusual ver cuerpos tirados en las calles varios días sin poder darles entierro.

Las ropas contaminadas suponían otro gran problema. Desde el inicio del contagio, la población comenzó a tirar a la vía pública todas aquellas vestimentas que pudieran haber estado en contacto con la infección, amontonándose en las calles por falta de efectivos para recogerla. Por ello, se ordenó que cuando los carros estuviesen desocupados, se tratara de recoger los ropajes para destruirlos en las afueras de la ciudad. Pese a esta medida, la ropa seguía acumulándose, constituyendo un verdadero peligro para la salud pública y creando nuevos focos de contagio.

El día del Corpus (4 de junio), que históricamente es y era uno de los días más importantes y festivos de la ciudad careció del esplendor y de la participación que siempre había tenido tanto en el cortejo como por las calles. La huida tras los inicios del contagio, la gran mortalidad y el aislamiento por miedo a enfermar hacían que la despoblación de la ciudad fuera cada vez más evidente. En estas circunstancias tan aciagas se pidió a los regidores municipales, permiso para realizar la procesión de la venerada imagen del Cristo de San Agustín, cuya fiesta se celebraba el 2 de julio. A pesar de las dificultades para poder celebrarla, se autorizó su llegada a la Catedral. A pesar de la escasa participación de religiosos en el cortejo (por haber fallecido gran número de ellos), la afluencia de público aumentó considerablemente en comparación con las anteriores procesiones. Los enfermos habrían las ventanas para verlo pasar, los sanos salían de sus casas e incluso los ciudadanos que habían huido al campo se acercaron a la ciudad.

Cuadro de autor anónimo que muestra otra procesión del sevillano Cristo de San Agustín; pero en 1737, rogando por la lluvia. El cuadro pertenece a la Colección Abelló.

Cuadro de autor anónimo que muestra otra procesión del sevillano Cristo de San Agustín; pero en 1737, rogando por la lluvia. El cuadro pertenece a la Colección Abelló.

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Fue creencia generalizada que la peste remitió por intercesión del Santo Crucifijo de San Agustín. Recordemos que el patrón de la peste, que venía repitiéndose desde siglos atrás consistía en unos meses de mayo y junio muy agresivos con recesión en julio tras perder capacidad de difusión y virulencia. Pero en esta época, no se conocía este patrón de comportamiento, por tanto, el único motivo para ello era la mano divina. Incluso los médicos compartían esta creencia. Pero esto no quería decir que la enfermedad hubiera desaparecido totalmente. No podía bajarse la guardia. Por ello, se potenciaron las medidas de aislamiento de la ciudad, que curiosamente no se habían tomado en cuenta en la época de mayor virulencia del contagio, en parte suponemos por la inmensidad de la situación en la ciudad que hacía imposible controlarlo. Sin embargo, el comercio con el Nuevo Mundo, que había tenido que paralizarse tras la llegada del mal, comenzó a regularizarse dando a entender la importancia que para Sevilla seguía teniendo el contacto con América.

Sabemos que en lo concerniente a la quema de ropas y limpieza en las calles se cumplirían al pie de la letra las disposiciones de las autoridades civiles y sanitarias. Según el Real Protomedicato debía tenerse en cuenta:

“Que a las personas que han padecido contagio no se les permitan los vestidos con que lo pasaron; lávense con cocimientos de yerbas olorosas en vinagre aguado […] la ropa del enfermo o difunto, la de donde enfermó o murió de contagio, indistintamente se quemara, colchones, sabanas, cobertores y otra cualquier ropa que haya tenido, y colgadura de cama, preciosa o no […]”.

“Se procure con todo cuidado la limpieza de calles y plazas de basura y de todo lo que pueda ser sospechoso y nocivo. Importará, para rectificar el aire ambiente y purificar el fomes habitual, encender en plazas y calles moderadamente hogueras de leña olorosa.”

[…]

“Las casas donde hubo contagiados y quien hubiere de entrar en ellas, al efecto se prevenga con un lienzo o esponja mojado en vinagre aguado o alguna agua olorosa, que aplicara el olfato, abiertas puertas y ventanas […] y quienes entren o salgan, después se echarán perfumes de cosas aromáticas, y por ultimo sahumerios de pólvora, que es lo más eficaz para descontagiar y prevenir. Los aposentos, principalmente donde hubo contagiados, se picarán las paredes, suelo y techo […] hecho esto, se enlucirán o enjalbegarán con cal, y quedarán puertas y ventanas abiertas algunos días […] En los hospitales es más necesaria la atención, picando las paredes más hondo y multiplicando los sahumerios de pólvora.”

“Las sepulturas de contagiados no se abran, ni se entierren en ellas otros difuntos en mucho tiempo, y en las zanjas comunes y cementerios […] se eche una tercia o media vara de cal y arena”.

Afortunadamente las tornas estaban cambiando. Conforme avanzaban los días del mes de julio, el ambiente era cada vez más esperanzador. El día 10 cerraba sus puertas el Hospital de apestados en Triana y dos días más tarde se colocaron banderas de salud en el Hospital de la Sangre para celebrar que en los últimos días no entraban más de 4 o 5 enfermos. Éste último, cuyo cierre estaba previsto para las festividades de Santiago y Santa Ana (25 y 26 de julio) no pudo clausurarse por quedar aún en él algunos enfermos. Unos pocos días después, fueron trasladados a las salas de convalecencia, cerrándose definitivamente la sala de enfermería.

Durante todo el mes de agosto, comenzaron a manifestarse con más fuerza las señales de alivio. Así el día 22, se realizó procesión a la Catedral para visitar a la patrona, la Virgen de los Reyes, y dar gracias a Dios por traer la salud a Sevilla. Así siguieron las cosas durante lo que quedaba del verano y el otoño; aunque no fue hasta el día 21 de diciembre cuando se declaró oficialmente la salud de la ciudad.

[…]

Sin duda, esta epidemia de peste fue la mayor catástrofe que en toda su historia vivió la ciudad hispalense. La cifra total de muertos nunca llegaremos a conocerla con exactitud, pues la intensidad y la tragedia de los acontecimientos hacían imposible que pudiera llevarse a cabo una contabilidad precisa. La mortalidad de ambos hospitales fue bastante alta. Sólo en Triana fallecieron unas 12.000 personas, contabilizándose en el Hospital de la Sangre unas cantidades sorprendentes, hasta 22.900 fallecidos de los 26.700 que ingresaron. Como podemos comprobar, la mortalidad del contagio de 1599 queda muy alejada de las cifras de 1649: en Triana de 5.200 personas pasa a 12.000 y en la Macarena de 1.316 a los 22.900. Las conjeturas de los contemporáneos tendían a exagerar el número de víctimas. Si bien es verdad, que la magnitud de las perdidas fueron devastadoras. Ortiz de Zúñiga en sus Anales recogía que en tan solo un mes y medio habían fallecido más de 80.000 y que había días que se rebasaba la horrible cifra de 2.500 muertes. El autor de la Copiosa relación… apuntaba que era más fácil contabilizar a los vivos que a los muertos. En este libro, valiosísimo para la investigación de esta catástrofe epidémica, se recogen datos de las iglesias y comunidades. Por él se sabe que sólo de religiosos habían fallecido unos seis mil. Los cadáveres que fueron enterrados en el Prado de San Sebastián alcanzaban cifras en torno a los 23.000, sin que se tenga conocimiento de cuantos se depositaron en el resto de zanjas que se abrieron para dicho menester. Disponemos también de la mortalidad en dos collaciones, la de San Roque y la de Santa Cruz, con resultados muy distintos; aunque esos datos podrían explicarse por las diferencias de tamaño, localización y estatus social de los que habitaban en ellas. Si realizamos una estimación del número de víctimas mortales por casa, las diferencias apreciadas serían hasta de un doscientos por ciento.

[…]

Realmente, no existen datos ciertos acerca del número de fallecidos. Se han barajado cifras que elevaban la mortandad hasta las 200.000 personas. Actualmente se acepta que la cifra más probable de víctimas debió estar en alrededor de los 60.000 muertos, esto es en torno a la mitad del total de la población sevillana. Según Ortiz de Zúñiga:

[La epidemia de peste de 1649 fue el] “…más trágico suceso que ha tenido Sevilla y en que más experimentó cercana la muy miserable fatalidad de ser destruida”, [ya que], “quedó Sevilla con gran menoscabo de vecindad, si no sola, muy desacompañada, vacías gran multitud de casas, en que se fueron siguiendo ruinas en los años siguientes; […] todas las contribuciones públicas en gran baja; […] los gremios de tratos y fábricas quedaron sin artífices ni oficiales, los campos sin cultivadores […] y otra larga serie de males, reliquias de tan portentosa calamidad.

Entraron en el Hospital de la Sangre veinte seis mil y setecientos enfermos, dellos murieron veinte y dos mil y novecientos y los convalecientes no llegaron a quatro mil. De los Ministros que servían faltaron más de ochocientos. De los Médicos que entraron a curar en el discurso del contagio, de seis solo quedó uno. De los Cirujanos, de diez y nueve que entraron quedaron vivos tres. De cincuenta y seis Sangradores quedaron veinte y dos.”

[…]

Las secuelas de la peste no se limitan exclusivamente a la alta mortalidad ocasionada. El deterioro físico y psicológico de la población y las grandes pérdidas materiales y económicas merecen ser reseñados. A pesar del aumento de matrimonios tras la retirada del mal, comportamiento típico tras una epidemia para solventar la demografía y la soledad, y la relativa recuperación de los nacimientos, no fue suficiente para reponer el gran número de bajas que se habían producido.

Ésta sería la última epidemia de peste bubónica que padecería la ciudad. Pero su impacto fue tan grande que Juan de Valdés Leal (1622-1690), uno de los artistas sevillanos que sobrevivieron a la epidemia, crearía entre los años 1670 y 1672, para la Iglesia del Hospital de la Caridad sus dos obras más conocidas: In Ictu Oculi y Finis Gloriae Mundi.

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Otro artista famoso, el imaginero alcalaíno Juan Martínez Montañés (1568-1649), sería una de las víctimas de la peste.

Durante los siglos posteriores, la ciudad crecería en población y economía aunque muy lentamente. No sería hasta los años veinte del siglo pasado, con la Exposición Universal de 1929, cuando Sevilla crece a una velocidad vertiginosa, con gran cantidad de población rural que emigra a la urbe en busca de trabajo.

La Plaza de España, en Sevilla, lugar emblemático de la Exposición Universal de 1929

La Plaza de España, en Sevilla, lugar emblemático de la Exposición Universal de 1929

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Pero, tras finalizar aquella Exposición Universal, vuelve a caer la población en picado. Quedan núcleos extramuros en chabolas, sin alcantarillado, con un estado de salud similar al de la peste y donde van a reinar las enfermedades. No sería hasta finales de los cincuenta, y durante los sesenta y setenta, cuando se sientan las bases económicas de la que será la Sevilla del futuro, basada en el turismo (sobre todo el religioso) como principal motor económico, viviendo a día de hoy de un legado artístico -en gran parte- de aquella Sevilla próspera anterior a la peste. Cuando Sevilla entra realmente en el siglo XX es a raíz de la Exposición Universal de 1992, muchísimo más tarde que la mayoría de las principales ciudades españolas. No obstante, aquella Sevilla del siglo XVII, aquella ciudad esplendorosa, capital económica y una de las ciudades más importantes del mundo, nunca ha vuelto a ser lo que era, nunca ha llegado a recuperarse de la gran pérdida que sufrió con motivo de la peste de 1649.

Si bien es cierto que Sevilla, desde muchos siglos atrás ha sido una ciudad con gran religiosidad popular, el conocimiento de esta gran catástrofe nos ha hecho cuestionarnos cómo habría evolucionado en este aspecto la población si la epidemia de peste de 1649 no hubiera tenido lugar en la ciudad. ¿Se habría perdido ese fervor? ¿Seguiría tan encendido tal y como está en nuestros días? Probablemente la respuesta a ambas preguntas sea  que no; pero probablemente, la crueldad y el macabro escenario que en aquel año se vivieron y el gran auge religioso que por ello hubo, marcaron a sus habitantes logrando llegar a nuestros días.

Y más allá de Sevilla, si miramos al mundo global, a día de hoy aún existen ciudades e incluso países que están siendo devastados por las enfermedades. Véase el caso del Ébola como triste ejemplo. Hoy día, a pesar del paso de los siglos y de los avances técnicos sanitarios una enfermedad puede cambiar toda la estructura de una sociedad o cultura, a todos los niveles: económico, político, social, demográfico, cultural… Demostrando la historia que lo que cambia son las formas, pero no el concepto.


En fin, hasta aquí esta parte del Trabajo de Fin de Grado de la doctora (como médico que es ya) Laura Guerrero Vázquez. Para ella, con mi felicitación, una canción sobre su querida Sevilla que espero que le guste.

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El cólera y el Dr. John Snow (1813-1858), pionero de la epidemiología y la anestesia

El cólera y el Dr. John Snow (1813-1858), pionero de la epidemiología y la anestesia

El cólera es una enfermedad bacteriana intestinal aguda causada por el Vibrio cholerae. En los casos leves produce diarrea, mientras que en los graves aparece bruscamente una diarrea acuosa profusa, acompañada de náuseas y vómitos, que si no se trata rápidamente produce la muerte por deshidratación. Para mayor información adjunto enlaces a algunas páginas web del Ministerio de Sanidad español y la OMS.

A lo largo de la historia se han producido numerosas epidemias de esta enfermedad. En el siglo XIX llegó a Europa, probablemente procedente de la India (donde se mantiene de forma endémica), afectando primero a los países más orientales (en Hungría, entre 1830 y 1831, se había cobrado ya cerca de trescientas mil víctimas), extendiéndose luego por el resto del continente y llegando a América. Tradicionalmente se ha considerado al médico alemán Robert Koch, más conocido por ser el descubridor del bacilo de la tuberculosis (1882) y Premio Nobel de Medicina (1905), como descubridor también del bacilo del cólera en 1883. Hoy se sabe que fue un médico italiano, Filippo Pacini, quien realmente descubrió el bacilo del cólera en 1854, casi 30 años antes que el alemán; aunque los trabajos de Pacini pasaron prácticamente desapercibidos, sin la repercusión que más tarde tendría la obra de Koch. Y fue un español, Jaime Ferrán, el primero en obtener una vacuna que comenzaría a aplicar (con la oposición de muchos, que la consideraban una práctica peligrosa) en 1885.

No es cuestión banal localizar el origen de una epidemia, en este caso de cólera, porque interviniendo en el foco de origen se podrá luchar mejor contra la epidemia. El mismo año 1854 en que Pacini veía al microscopio el bácilo del cólera -sin saberlo, y por tanto sin conocer el microbio que producía la enfermedad- un médico inglés, empleando su inteligencia y su sentido común, demostró que la causa del cólera era el consumo de aguas contaminadas. Valiéndose de un mapa de Londres donde anotaba cuidadosamente los casos declarados de la enfermedad, llegó a localizar el origen de la infección en una bomba de agua existente en Broad Street, en pleno corazón de la epidemia que aquel año asolaba Londres. En cuanto se clausuró el suministro de dicha bomba de agua, la epidemia comenzó a remitir. Ese médico era John Snow, “el precursor de la Epidemiología contemporánea“.

Dr. John Snow (1813-1858). Fotografía tomada en 1857, cuando tenía 44 años de edad

Dr. John Snow (1813-1858). Fotografía tomada en 1857, cuando tenía 44 años de edad

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Sobre la vida y la obra de John Snow no es necesario que diga más. Basta con acceder a la magnífica página que le dedica el Dr. Ralph R. Frerichs, Profesor del Departamento de Epidemiología. de la Escuela de Salud Pública, de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA).

Pero el Dr. John Snow no sólo fue un pionero de la Epidemiología. Su nombre ha quedado grabado también en la Historia de la Anestesia, más concretamente a la anestesia en obstetricia. Él, personalmente, administró cloroformo a la Reina Victoria en sus dos últimos partos, los de Leopoldo, en 1853, y Beatriz, en 1857. Sobre la contribución de Snow a la historia de la anestesia trata el siguiente vídeo (donde se menciona también a otro pionero de la especialidad, Sir James Young Simpson).

Ébola

Umar Khan médico jefe Sierra Leona

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Él es el médico jefe de la lucha contra el Ébola en Sierra Leona, Umar Khan (en una foto tomada el pasado mes de junio), contagiado por el virus.

En la siguiente fotografía vemos al Dr. Kent Brantly con su esposa y sus hijos. Brantly se ha contagiado por el virus ejerciendo su labor en Liberia.

Los Brantly

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Cuando escribo esta nota, ambos viven todavía y están hospitalizados. Lamentablemente, otros médicos han fallecido ya por el contagio, como los doctores Samuel Brisbane o Sam Mutooru Muhumuza, y como ellos muchos médicos y enfermeras más han muerto también, en la terrible epidemia de Ébola, la peor de la historia, que ahora mismo está azotando Sierra Leona, Liberia, Nigeria y Guinea Conakry; a pesar de que todos -así se ha manifestado y lo creo porque se trata de auténticos especialistas en la lucha contra las enfermedades víricas- han utilizado siempre las más estrictas medidas de protección personal…

Handout of Dr. Kent Brantly of Samitan's Purse relief organization in Monrovia

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El virus toma su nombre del río Ébola, que discurre por la República Democrática del Congo (antes Zaire) donde se identificó por primera vez la enfermedad en 1976.  Antes conocida como fiebre hemorrágica del Ébola, la enfermedad por el virus del Ébola (EVE), que no tiene tratamiento específico ni vacuna y puede llegar a alcanzar tasas de mortalidad cercanas al 90%, se transmite al ser humano por animales salvajes (se considera que los huéspedes naturales del virus son los murciélagos frugívoros de la familia de los Pteropodidae) y se propaga en las poblaciones humanas por contacto de persona a persona.

Clínicamente, la EVE se suele caracterizar por la aparición súbita de fiebre, debilidad intensa y dolores musculares, de cabeza y de garganta, lo cual va seguido de vómitos, diarrea, erupciones cutáneas, disfunción renal y hepática y, en algunos casos, hemorragias internas y externas. Los resultados de laboratorio muestran disminución del número de leucocitos y plaquetas, así como elevación de las enzimas hepáticas.

Los pacientes son contagiosos mientras el virus esté presente en la sangre y las secreciones. El virus del Ébola se ha aislado en el semen hasta 61 días después de la aparición de la enfermedad en un caso de infección contraída en el laboratorio.

El periodo de incubación (intervalo desde la infección hasta la aparición de los síntomas) oscila entre 2 y 21 días.

No siempre es posible identificar precozmente a los pacientes con EVE porque los síntomas iniciales pueden ser inespecíficos. Por este motivo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha establecido una serie de normas para la protección de los profesionales sanitarios, que se hayan especialmente expuestos al contagio de esta enfermedad por su mecanismo de transmisión, por contacto de persona a persona:

  • Es importante que se observen en todo momento y todos los centros las precauciones habituales en todos los pacientes, independientemente de su diagnóstico. Entre ellas se encuentran la higiene básica de las manos, la higiene respiratoria, el uso de equipos de protección personal (en función del riesgo de salpicaduras u otras formas de contacto con materiales infectados) y prácticas de inyección e inhumación seguras.
  • Los trabajadores sanitarios que atienden a pacientes con infección presunta o confirmada por el virus del Ébola deben aplicar, además de las precauciones generales, otras medidas de control de las infecciones para evitar cualquier exposición a la sangre o líquidos corporales del paciente y el contacto directo sin protección con el entorno posiblemente contaminado. Cuando tengan contacto estrecho (menos de 1 metro) con pacientes con EVE, los profesionales sanitarios deben protegerse la cara (con máscara o mascarilla médica y gafas) y usar bata limpia, aunque no estéril, de mangas largas y guantes (estériles para algunos procedimientos).
  • Quienes trabajan en el laboratorio también corren riesgo. Las muestras tomadas a efectos de diagnóstico de personas o animales con infección presunta o confirmada por el virus del Ébola deben ser manipuladas por personal especializado y procesarse en laboratorios adecuadamente equipados.

Actualmente estamos sufriendo la peor epidemia conocida de enfermedad del virus del Ébola, con una gran mortalidad entre la población general; pero que, por su mecanismo de transmisión, afecta de manera especial al personal en contacto directo con los enfermos. A pesar de las recomendaciones de la OMS, ya son muchos los profesionales sanitarios contagiados, y algunos han muerto. Y si esto es así ahora que se conocen los mecanismos de transmisión y se aplican medidas de protección habitualmente adecuadas para evitar el contagio, pienso en tiempos pasados cuando no se conocían unas ni otras; y la peste, el cólera, la fiebre amarilla, el paludismo o la tuberculosis, por ejemplo, se cebaron en los profesionales que se ocupaban de combatirlas. A lo largo de la historia han sido muchos los médicos que han pagado tributo a su profesión con su vida. En la próxima entrada hablaremos de uno de ellos…

Adenda:

Desgraciadamente, como nos anuncia D. Arturo Martí-Carvajal en su comentario, el Dr. Sheik Umar Khan, falleció el pasado 29 de julio en una clínica de Médicos Sin Fronteras al norte de Sierra Leona, donde se encontraba en aislamiento desde que contrajo la infección por el virus del Ébola hace apenas una semana. Para una mayor información sobre este asunto, inserto a continuación la entrada que le ha dedicado en su blog el Dr. Mariano Salazar Castellón:

“Un héroe de la salud pública moderna: El doctor Sheik Umar Khan, muere en Sierra Leona, su país natal, en la lucha contra el Ébola”

Los apestados de Jaffa

A J Gros Bonaparte Visiting the Pesthouse in Jaffa - copia

Antoine-Jean Gros (1771-1835). Bonaparte visitant les péstiféres de Jaffa le 11 mars 1799 (1804). Detalle. Óleo sobre lienzo. 523 x 715 cm. (Obra completa) Museo del Louvre. París

Como médico jefe del ejército de Napoleón en Egipto, durante los años 1798 y 1799, René-Nicolas Dufriche (1762-1837), más conocido como Desgenettes (de quien ya empezamos a hablar en una entrada anterior) más allá de las heridas de guerra, tuvo que combatir contra la viruela, el escorbuto, la conjuntivitis aguda, la disentería y otras enfermedades que, como era común en la época, se llamaban con el nombre genérico de “fiebres”. Probablemente, esas enfermedades causaron mayor mortalidad que las armas del enemigo, a pesar de las rigurosas medidas higiénicas que de acuerdo a los conocimientos de la época ordenó establecer Desgenettes. Pero, de todas ellas, la peor y -paradójicamente- la que más ha influido en que hoy recordemos al jefe médico de aquel ejército napoleónico, por cuadros como los que podemos ver aquí, fue la peste.

La peste es una de las enfermedades infectocontagiosas que más mortalidad ha producido a lo largo de la historia, originando numerosas epidemias y pandemias. Está causada por una bacteria, la Yersinia pestis, llamada así en homenaje al bacteriólogo franco-suizo Alexandre Yersin, que la descubrió en 1894. Los roedores, como las ratas, portan la enfermedad y esta se propaga por medio de las pulgas. Los humanos pueden contraer la peste cuando son picados por una pulga que porta la bacteria de esta enfermedad a partir de una rata infectada; pero esto no se supo hasta que lo describió Yersin, casi un siglo después de que ocurrieran los acontecimientos que se expondrán a continuación, y que llevaron al médico Desgenettes a enfrentarse con Napoleón. El contagio directo entre humanos es raro, ya que sólo puede producirse en una variedad de peste pulmonar, llamada peste neumónica.

Los primeros casos de la epidemia que afectó a las tropas de Bonaparte aparecieron durante la penosa travesía del desierto que tuvieron que realizar para escapar del hostigamiento al que les estaban sometiendo los ingleses, por un lado, y los otomanos por otro. Desgenettes, al tener noticia de esos primeros casos, en un intento de que la moral de los soldados no se viera afectada, prohibió incluso que se pronunciara el nombre de la temible enfermedad, sustituyéndolo por eufemismos como “fiebre bubonosa” o “enfermedad de las glándulas”. Él mismo, siempre con el fin de que no decayera la moral de los hombres, tanto sanos como enfermos, realizó diversos actos más temerarios que valientes, como beber delante de todos, del mismo vaso que acababa de utilizar un enfermo, los restos del medicamento que se le había administrado. Pretendía así demostrar que la enfermedad no se transmitía por la saliva, como se venía diciendo (cosa que él no podía saber entonces, pero que resultó ser tal como afirmaba). En otra ocasión, se inoculó públicamente pus tomado directamente del bubón de un apestado, sin que se contagiara de la enfermedad. Esta escena sería posteriormente representada en varios grabados; aunque aquí traemos la que acompañaba al sello emitido por la República Francesa, el año 1972, en memoria de Desgenettes.

Desgenettes sello

Lo cierto es que, a principios de 1799, en la ciudad de Jaffa (hoy perteneciente a Israel) a orillas del Mediterráneo, los servicios sanitarios franceses tuvieron que organizar la asistencia de la ingente cantidad de soldados afectados por la epidemia.

En abril de 1799, Napoleón decide evacuar a su ejército por mar, de vuelta a El Cairo. Pero se le plantea el problema de los enfermos de peste y sugiere a Desgenettes, en presencia del general Berthier, su Jefe de Estado Mayor, que se acortara la vida de los enfermos administrándoles altas dosis de opio, a lo que el médico respondió tajante: “Mi deber es mantenerlos con vida“. Ante la determinación de su médico jefe, Napoleón pareció ceder y manifestó que se adoptarían medidas especiales para su evacuación. Sin embargo, en cuanto pudo, a espaldas de Desgenettes y de acuerdo con el farmacéutico jefe, Roger -según la bibliografía consultada- los apestados recibieron dosis letales de láudano (un preparado compuesto de opio y otras sustancias) para acabar con ellos. Su muerte masiva, no obstante, fue atribuida al incendio que, precisamente, se declaró en el lugar donde estaban concentrados. Un incendio sobre el que recae la fundada sospecha de que, aunque como es lógico no lo hiciera personalmente, fue la mano de Napoleón la que prendió la mecha.

Desde aquel episodio surgió una evidente tensión entre Bonaparte y Desgenettes. Esa tensión llegó al extremo cuando no mucho tiempo después, ya de regreso en El Cairo, delante de los científicos que habían acompañado a Napoleón en su expedición a Egipto, Bonaparte exclamó: “La química es la cocina de la medicina”. E inmediatamente, Desgenettes le preguntó: “¿Y cuál es, Sire, la cocina de los conquistadores?”. Los dos hombres no volvieron a dirigirse la palabra hasta que Bonaparte partió inesperadamente hacia Francia el 22 de agosto de 1799. Desgenettes permaneció con las tropas en Egipto y no regresaría a su país hasta septiembre de 1801.

En 1804, el pintor Antoine-Jean Gros (1771-1835), como parte de la campaña de autopropaganda que el propio Bonaparte había promovido en su acceso al poder absoluto, presentó el cuadro que da nombre a esta entrada (pulsando sobre la imagen se puede ver ampliada).

A J Gros Bonaparte Visiting the Pesthouse in Jaffa

Antoine-Jean Gros (1771-1835). Bonaparte visitant les péstiféres de Jaffa le 11 mars 1799 (1804). Óleo sobre lienzo. 523 x 715 cm. Museo del Louvre. París

En el centro de la escena, Napoleón Bonaparte, valiente y compasivo, toca el bubón de uno de los enfermos; hay quien dice que lo hace como aquellos antiguos monarcas a los que se creía dotados de poder taumartúgico y curaban con el simple contacto de su mano, lo que se llamaba el “toque real“. A la izquierda de Bonaparte, detrás, en un lugar discreto, se ve parte del rostro del médico (unos dicen que se trata de Desgenettes, otros que era el cirujano Masclet). A la derecha del general, su ayudante de campo, se tapa la boca y la nariz con un pañuelo. En torno a ellos aparece por doquier la miseria de los pobres enfermos, caquéticos, demacrados, muchos de ellos prácticamente desnudos, algunos atendidos por médicos que visten ropas orientales; como oriental es la arquitectura que pinta Gros, sin olvidar situar en lo más alto la bandera francesa como prueba de su dominio sobre la ciudad.

Cabe añadir que además de esta versión, la más conocida, que se encuentra en el Museo del Louvre, existe otra anterior, pintada por Gros en 1802 seguramente preparando la monumental obra que hemos visto ya, más pequeña y con algunas diferencias en los personajes y el lugar, que se puede ver en el Museo Condé, de Chantilly. Es la que se reproduce a continuación.

Gros Chantilly Musée Condé

Finalmente, se puede decir en su honor de Napoleón que -en sus famosos Juicios…, publicados en 1828- escribió sobre Desgenettes lo siguiente:

“Éste es un hombre excelente. Él mantuvo la opinión de que se dejase vivir a los apestados de Jaffa […] cuando el ejército evacuó esta ciudad, diciendo que su profesión era la de curar a los enfermos y no hacerlos perecer.”