Diego Mateo Zapata (1664-1745): un médico en las cárceles de la Inquisición

Diego Mateo Zapata (1664-1745): un médico en las cárceles de la Inquisición

Durante los últimos años del siglo XVII ejercían en nuestro país numerosos y distintos tipos de profesionales sanitarios: médicos universitarios, médicos practicantes, cirujanos latinos, cirujanos-barberos, sangradores y flebotomistas, comadronas, topiqueros… junto a curanderos y charlatanes de diversa condición. Entre los médicos, sólo unos pocos estudiaban en las universidades, y eran los destinados -normalmente- a alcanzar mayor prestigio, a pesar del anquilosado galenismo escolástico que todavía regía su formación universitaria. La mayoría se formaban con la práctica, al lado de un maestro, y lo más que podían aspirar era a que sus conocimientos fueran “revalidados” por el Tribunal del Protomedicato, para lo cual era requisito indispensable “la limpieza de sangre”. Los cirujanos, en su mayor parte, no tenían otra formación que la que les daba la práctica y la experiencia. Lo mismo pasaba con los demás, aunque su nivel social era todavía más bajo. En cuanto a los pacientes: el que podía pagaba su asistencia y el que no tenía que ser atendido en los hospitales, dependientes de la caridad de la Iglesia, en su mayor parte, o del poder real. Para el médico, lo más conveniente, era ser contratado por los más pudientes, los principales del clero o la nobleza, y cuanto más alto estuviera el paciente en la jerarquía mejor, hasta culminar en la Casa Real. Sin embargo, precisamente durante el reinado de Carlos II surge un movimiento renovador que viene a cambiar los modos de entender la medicina. Lo encabezan los que con el tiempo serían llamados novatores, cuyas publicaciones son contestadas por los partidarios de mantener la tradición galénica y aristotélica, dando lugar a airadas polémicas que llegan, a veces, al insulto personal. Proliferan las “tertulias”, donde se expresa libremente fuera de la universidad el nuevo pensamiento científico que nos llegaba de Europa, y que serían la simiente de las futuras Reales Academias de Medicina, las que introducirían en España la mentalidad científica de la Ilustración.

Quería tratar sobre aquella época aunque desarrollar todo lo anterior sin extenderse demasiado no es fácil. En ello estaba, no obstante. ¡La ignorancia es atrevida! Pero surge entonces, entre la documentación que empezaba a abarrotar la mesa de trabajo y el disco duro del ordenador, la figura paradigmática de Diego Mateo Zapata (1664-1745), cuya vida transcurre prácticamente entre el inicio del reinado de Carlos II (1661-1700) y el final del de Felipe V (1683-1746), y cuya obra nos muestra buena parte de las características esenciales de la medicina de la época; en la cual, él mismo, desempeñó a menudo un papel protagonista. La decisión estaba tomada: esta entrada se dedicaría a la vida y obra de Diego Mateo Zapata (en apretado resumen, por supuesto, y prácticamente sólo hasta el cambio de siglo) salpimentándola con una anécdota de carácter sexual, para darle una pizca de morbo al asunto, y aliñándola con un somero relato de sus graves problemas con la Inquisición acusado de “marrano“.

Zapata nació en Murcia, el 1 de octubre de 1664, en el seno de una familia judeoconversa oriunda de Portugal. Era hijo de Clara Mercado, nacida también en Murcia, y de Francisco Zapata, que ejercía como escribano en esa ciudad y era natural de Alcalá la Real. Siendo muy niño, tuvo que ver como el Santo Oficio apresaba a su abuelo materno. Peor aún, cuando tenía catorce años, en 1678, fueron encarcelados sus padres y su tía Isabel, hermana de su madre. El proceso de su padre fue suspendido, pero Clara e Isabel fueron reconciliadas en un auto público de fe, en 1682, y su madre condenada a cárcel perpetua por judaizante (aunque, al parecer, más tarde fue liberada). Durante aquel tiempo horrible para su familia, el niño Diego Mateo Zapata, vivía en Murcia con otro tío suyo. En cuanto tuvo edad marchó a Valencia, para estudiar Filosofía. Allí estuvo tres años, y era tan pobre que acudía a los conventos a pedir limosna. Decidido a estudiar Medicina se fue a la Universidad de Alcalá, según declararía años más tarde, en uno de sus procesos, por haber oído “…que para los estudiantes pobres había más socorros en aquella ciudad”.(1)

Todo indica que Zapata no logró obtener siquiera el bachiller en Medicina, y no por falta de capacidad sino de recursos económicos. Lo cierto es que, en 1686, con veintidós años, llega a la Corte sin renunciar a ejercer la profesión que había elegido. En Madrid recibe la ayuda del doctor Francisco de la Cruz, de ascendencia judía, como él, y que con él sería detenido en su segundo proceso, en 1725. De la Cruz consiguió que Zapata fuera contratado en el Hospital General, donde obtuvo plaza como practicante de medicina. Para complementar sus ingresos impartía clases de filosofía a los cirujanos del Hospital, con quienes siempre mantuvo excelentes relaciones, a diferencia de lo que solía suceder con otros médicos de la época. Mucho le habrían de servir, para su ejercicio profesional posterior, aquellos años de trabajo en el Hospital, porque -sin duda- la experiencia adquirida le fue más útil que las clases que hubiera podido recibir en esa universidad que tuvo que abandonar.

Pero el joven Zapata quería progresar en aquella jerarquizada sociedad española de finales de siglo XVII. Lo tenía difícil, porque no podía examinarse ante el Tribunal del Protomedicato al no poder demostrar su “limpieza de sangre”, y eso le cerraba el paso a la que era la mayor aspiración de cualquier médico de la Corte, ser médico de la Casa Real. No obstante, se le ocurrieron dos maneras de subir peldaños en el escalafón social: una, mediante un matrimonio ventajoso; otra, ganándose el favor de quienes entonces tenían más poder en la medicina patria. Para lo primero, empezó a cortejar a la hija de don Juan de Escobar y Castro, “contador de su majestad y familiar del Santo Oficio”, a cuya casa acudía asiduamente a comer y cenar. La pareja se prometió, pero la mala fortuna vino a desbaratar los planes de boda de Zapata, en forma de impertinente afección cuya verdadera naturaleza no parece fácil precisar con exactitud. A finales del año 1688, el novio “…padeció una grave enfermedad, la cual terminó por sus partes naturales, fluyendo al escroto. Y viendo [que] se le iban mortificando sus partes, el día mismo de todos los santos se hizo junta de cirujanos en el Hospital General, donde éste asistía, y resolvieron que, para salvar el todo, se amputase alguna parte, y le amputaron el escroto, sin tocar el miembro viril.” Todavía enfermo, Diego Mateo Zapata convenció al capellán del Hospital de que lo desposara con Juana Luisa de Escobar. Mas el fiscal eclesiástico se negó a ratificar el matrimonio, por haberse llevado a cabo sin licencia del párroco. Para mayor complicación, el administrador general de los reales hospitales, don Juan Urbán y Rojas, manifestó públicamente sus dudas sobre si Zapata “era capaz para el uso del matrimonio” después de su enfermedad. Pero Zapata no desistió en su empeño e inició pleito ante el juez eclesiástico reclamando la validez de su unión. Como prueba, buscó afanosamente entre los profesionales de la medicina a quienes le pudieran declarar capacitado para consumar su matrimonio, y consiguió que Juan Serrano, “médico de familia de la Reina”, y Arias Silveira, también de origen portugués y converso como él, firmaran esa declaración. Al respecto, hablando sobre Zapata, se sabe que Arias Silveira llegó a afirmar: “es hombre inteligente y práctico, [pero] traénos mareados a los médicos sobre que declaremos que es potente y capaz de casarse no teniendo, como no tiene, miembro viril por tenerlo cortado, se funda para ello en este texto de Galeno […] homo sine membro generare potest.” Sin embargo, ya podía decir Galeno lo que dijese, porque, a pesar de su “autoridad”, no logró Zapata ratificar su casamiento, perdiendo así la posibilidad de emparentar con una familia de prestigioso apellido y, por tanto, uno de los medios más directos de alcanzar el reconocimiento social que tanto anhelaba.(2)

La opción del matrimonio ventajoso fracasó. Pero -como antes se ha dicho- no era esa la única estrategia que nuestro hombre había emprendido en su afán de progresar socialmente. Al mismo tiempo, puso el mayor empeño en agradar a quienes por entonces lideraban la medicina española, con el fin de que se le admitiera a examen ante el Tribunal del Protomedicato.

Sucedió que, en 1687, se publicó en Madrid el libro del valenciano Juan de Cabriada (c.1665-1714) Carta filosofica-medico-chymica. En que se demuestra que de los tiempos y experiencias se han aprendido los mejores remedios contra las enfermedades. Por la nova-antigua Medicina. Como señala Sarrión Mora:

“Por su contenido e influencia, esta obra puede considerarse como la primera exposición completa de las doctrinas y propósitos de quienes se preocupaban por la renovación científica en España. En ella Juan de Cabriada critica duramente la hasta entonces tan ensalzada autoridad de los antiguos, mantiene que es la experiencia el único criterio válido en el estudio de la naturaleza, recoge la teoría de la circulación de la sangre como uno de los más brillantes resultados de aplicar tal criterio y defiende abiertamente la utilización de medicamentos químicos. A raíz de la publicación de la Carta, se iniciaron fuertes polémicas entre los científicos tradicionalistas y los partidarios de la modernidad. El joven Diego Zapata no rehuyó tomar partido en estas controversias; muy ligado al bando tradicionalista, a la sombra del cual esperaba labrar su posición, protagonizó una de las disputas más famosas frente a un partidario de Cabriada, el veronés doctor Gazola.”

Portada de la obra de Juan de Cabriada Carta Filosófica-Médico-Chymica... (1687) Primera exposición completa de los principios y valores de los novatores

Portada de la obra de Juan de Cabriada Carta Filosófica-Médico-Chymica… (1687)
Primera exposición completa de los principios y valores de los novatores

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José Gazola había llegado a Madrid acompañando al embajador de Venecia y, en 1690, publicó una crítica de la medicina galenista bajo el título Entusiasmos médicos, políticos y astronómicos, en la que elogiaba la Carta de Juan de Cabriada. Inmediatamente, Diego Mateo Zapata escribió una dura respuesta […] con el pomposo título Verdadera apología en defensa de la medicina racional philosophica, y devida respuesta a los entusiasmos médicos, que publicó en esta Corte D. Joseph Gazola Veronense. Archisoplón de las Estrellas. En esta obra, Diego Zapata se muestra como el más fervoroso seguidor de las ideas tradicionales y ataca, hasta llegar al insulto, no sólo a Gazola, sino también a Juan de Cabriada, niega la eficacia de los medicamentos químicos y desprecia la teoría de la circulación de la sangre.”(3)

Poco pudieron durar los agasajos y parabienes que recibiera Diego Mateo Zapata de los auténticos instigadores de su folleto. Pardo Tomás, en El médico en la palestra, nos convence de que fueron los profesores de la universidad de Alcalá, con Henríquez de Villacorta -presidente del Real Protomedicato- a la cabeza, los galenistas más recalcitrantes, quienes le persuadieron para que tomara partido contra las nuevas ideas. Y él lo hizo con la esperanza de granjearse la voluntad de tan influyentes personajes, para obtener la licenciatura del Protomedicato.(4)

Una vez más volvían a desvanecerse sus aspiraciones, pero en esta ocasión, como volvería a suceder cerca de treinta y cinco años más tarde, por culpa del que sería el mayor obstáculo para una brillante carrera de Diego Mateo Zapata: su origen converso. El primer proceso se inició, en julio de 1691, cuando fue denunciado ante los inquisidores de Logroño por un estudiante de veinte años, Francisco Gabriel de Valenzuela, durante los interrogatorios a que éste fue sometido mientras era procesado como judaizante junto a otros miembros de su familia. Según Valenzuela, el ya citado Arias Silveira le había dicho que Zapata seguía, como ellos, la ley de Moisés, y que él mismo pudo comprobarlo después participando con ellos en algunos ritos.

Francisco de Goya (1746-1828).

Francisco de Goya (1746-1828). “Zapata tu gloria será eterna”
Grabado que representa a Diego Mateo Zapata (1664-1745) preso
en una celda de la Inquisición en Cuenca

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El 6 de diciembre de 1691 fue apresado Diego Mateo Zapata, aunque nadie más había testificado en su contra, y veinte días después fue trasladado a Cuenca para que lo procesaran los inquisidores de ese tribunal. La primera audiencia tuvo lugar el 5 de enero de 1692. Zapata negó las acusaciones que se le imputaban y elaboró una meticulosa defensa basada en tres puntos:

1. Siempre había seguido fielmente la fe católica y había evitado relacionarse con parientes (incluso su propio padre) y conocidos portugueses (cosa que no era cierta).
2. Sólo un testigo deponía en su contra, quien, además, le llamaba “Diego López Zapata” (como le llamaría Goya, cuando pintó su dibujo, y algunos románticos decimonónicos que lo convirtieron en mito como víctima de la cruel y absolutista Inquisición), demostrando con ello que lo conocía muy poco.
3. Por último, reconocía que su afán polemista le había llevado a labrarse muchas más enemistades que amistades, y decía:

“…generalmente no traté ni arguí con hombre alguno en la Corte con quien no lo desluciera y ajara de forma que no me malquistara con él y, en adelante, fuera mi enemigo que conmigo no trataba ni comunicaba, también me odiaba respecto que tenía por cosa cierta el que de mi boca no había hombre que supiese philosophía, medicina o theología (por saber yo algunas materias), y esto es público y notorio en la Corte”.(5)

Según Diego Mateo Zapata, fue especialmente odiado por “…los de la Facultad de Medicina por haberles tratado mal en argumentos y haber tomado mucha licencia en censurarlos diciendo, Fulano es un zote, Fulano no sabe lo que se hace; y, si había algunos papeles de la Facultad acerca de alguna enfermedad que ocurría, respondía a ellos y hablaba con mordacidad. Y de aquí presume que alguna persona le haya hecho algún mal.”(6)

Cuando Zapata concreta estas afirmaciones y nombra a quienes él pensaba que podían haber provocado su denuncia, por venganza, podemos comprobar su enfrentamiento con los principales promotores de la modernización de la ciencia en España. Sospechaba, en primer lugar, de Andrés Gámez, quien fue catedrático en las facultades de medicina de las universidades de Granada, Cagliari y Nápoles; y en 1691 era médico de cámara de Carlos II. Gámez siempre se mantuvo al día de los avances científicos de su época y, desde una posición originariamente galenista, fue evolucionando hacia posiciones cada vez más partidarias de las nuevas ideas. Publicó una obra titulada Ocios de un médico filósofo, a la que Zapata, con su desaforada mordacidad, contestó escribiendo A ocios blasfemos desvelos mordaces. Sospechaba de José Gazola, al que llamaba “veronense archisoplón de las estrellas”, con quien mantuvo la agria polémica antes mencionada. Sospechaba, por supuesto, de Juan de Cabriada porque, como él mismo decía “…en mi libro lo pongo de vuelta y media refutándole lo más que escribió en un libro que escribió”. Y sospechaba de Juan Bautista Juanini (nombre castellanizado de Giovanbattista Giovanini (1636-1691), médico milanés que estuvo muchos años al servicio de don Juan José de Austria, y que había publicado varios libros en los que ponía de manifiesto su crítica a los modelos tradicionales de la medicina, su defensa de la iatroquímica y sus modernos planteamientos a la hora de abordar las más diversas cuestiones, ya fueran anatómicas, terapéuticas o acerca de la higiene pública. López Piñero, uno de los maestros de nuestra Historia de la Medicina, gran estudioso de la vida y la obra del médico de Juan José de Austria, afirma:

Juanini contribuyó decisivamente a la renovación científica de la medicina española. Su Discurso [político phísico (1679)] fue el primer libro médico plenamente ‘moderno’ que se publicó en nuestro país. Muchas de las características del movimiento novator, iniciado ocho años después, se encuentran en él esbozadas, aunque no llegó a denunciar el atraso español tan dura y claramente como lo haría en 1687 Juan de Cabriada.”(7)

Ciertamente, Diego Mateo Zapata no acabó demasiado malparado en éste su primer encuentro personal con el Santo Oficio. El juicio fue suspendido y él pudo volver prácticamente impune a sus normales actividades. Regresó a Madrid. Participó activamente en las “tertulias” (también llamadas por algunos “academias”) científicas que, durante aquellos últimos años del siglo XVII proliferaban en la Corte gracias al mecenazgo de diversos nobles. Algunos de esos nobles fueron, también, pacientes suyos. Pero, poco más se sabe con certeza de él hasta que, de modo sorprendente, nos encontramos al antiguo galenista, tradicionalista radical, convertido en uno de los principales activistas del movimiento novator. En 1693, el médico sevillano, del Arahal, Juan Muñoz y Peralta (de familia judeoconversa, como él) funda la “Veneranda Tertulia Hispalense” (primer antecedente de la actual Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla). Zapata se une a la iniciativa de Muñoz Peralta, y se encarga de las gestiones en Madrid para constituir la “Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla“, de la que se le considera como uno de sus socios fundadores. Parece ser que fue Zapata quien se la presentó al rey, para que Carlos II, cinco meses antes de morir, firmara sus “Constituciones” el día 25 de mayo de 1700.

El año siguiente, 1701, ya bajo el reinado de Felipe V, por encargo de la Regia Sociedad hispalense, Diego Mateo Zapata, que se presenta como “Médico de los Eminentísimos Señores Cardenales Portocarrero y Borja”, publicó su Crisis médica, sobre el antimonio, y carta responsoria a la Regia Sociedad Médica de Sevilla, una de sus obras fundamentales, donde aboga -entre otras cosas- por el uso de los medicamentos “químicos”, a los que era contrarios los galenistas. Se puede leer en una edición digitalizada gracias a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Nacía así -podría decirse- un nuevo Diego Mateo Zapata, que se convertiría en adalid del movimiento novator y de la reforma de la enseñanza de la medicina en España. Aún le quedaba mucho por hacer en su larga vida, hasta su fallecimiento en Madrid el año 1745; mucho por publicar y polemizar; y mucho por sufrir. Esto último, sobre todo, en su segundo proceso por la Inquisición (1721-1725), que lo mantuvo en prisión casi cuatro años junto a sus amigos médicos y judeoconversos Juan Muñoz Peralta (que era médico de cámara de Felipe V desde 1700) y Francisco de la Cruz (el que le ayudó proporcionándole trabajo en el Hospital General, recién llegado a Madrid) que ya era mayor y murió en las cárceles del Santo Oficio antes de que concluyera su proceso… Pero esa ya será otra historia. Dejamos ésta aquí, que ya se ha hecho demasiado larga, en un momento trascendental para nuestro país, al poco de morir Carlos II

En este blog nos gusta añadir, de vez en cuando, una melodía que acompañe al texto. Esta vez, en homenaje a Diego Mateo Zapata y tantos que, como él, han sufrido persecución por motivos religiosos, lo haremos con una de las piezas más bellas de otro judeoconverso genial, el Adagietto de la Sinfonía número 5 de Gustav Mahler.

NOTAS
(1) Para todo lo que refiere a la biografía de Diego Mateo Zapata, mientras no se indique lo contrario, seguiremos a Adelina Sarrión, en: SARRIÓN MORA, A. (2006): Médicos e Inquisición en el siglo XVII. Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha: 58-75. [Disponible en: http://books.google.es/books/about/M%C3%A9dicos_e_inquisici%C3%B3n_en_el_siglo_XVII.html?id=AEOLjBhr_bQC; consultado el 15 de junio de 2015]. De ella tomamos los párrafos entrecomillados.
(2) Sobre la afectación genital de Zapata cabe añadir que, algún tiempo después, una criada suya reparó en que cuando se acostaba metía algo bajo la almohada, “era un canoncillo[sic] muy tomado que le pareció de plata y, como había oído decir era defectuoso de naturaleza, discurrió que aquel instrumento servía para orinar”. Por otra parte, los mismos médicos del Santo Oficio, cuando lo examinaron para averiguar si había sido circuncidado, declararon que había muchas cicatrices “y pérdida de mucha carne del miembro, más de la que pide la ceremonia”. (Cf.: Ibidem: 63).
(3) Ibidem: 62.
(4) V.: PARDO TOMÁS, J. (2004): El médico en la palestra. Diego Mateo Zapata (1664-1745) y la ciencia moderna en España. Salamanca, Junta de Castilla y León: 150-160.
(5) SARRIÓN MORA, A. (2006): Op. cit.: 65.
(6) Ibidem.
(7) LÓPEZ PIÑERO, J. M. (2006): “Juan Bautista Juanini: análisis químico de la contaminación del aire en Madrid (1679).” Rev. Esp. Salud Pública. 80, 2: 204 [Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/pdf/170/17080216.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].


BIBLIOGRAFÍA
CABRIADA, Juan de (1687): Carta filosofica-medico-chemica. En que se demuestra que de los tiempos y experiencias se han aprendido los mejores remedios contra las enfermedades… Madrid, [Lucas Antonio de Bedmar y Baldivia]. [Disponible en: http://hicido.uv.es/Expo_medicina/Renacimiento/texto_cabriada.html; consultado el 15 de junio de 2015].
DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio (1963): “El proceso inquisitorial del doctor Diego Mateo Zapata”. Miscelánea de Estudios árabes y hebraicos. 11:81-90.
LÓPEZ PIÑERO, José María (1979): Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII. Barcelona, Labor: 392-433.
LÓPEZ PIÑERO, José María (2006): “Juan Bautista Juanini: análisis químico de la contaminación del aire en Madrid (1679)”. Rev. Esp. Salud Pública, 80, 2: 201-204. [Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/pdf/170/17080216.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
MONTAÑA RAMONET, José María (2009): “Historia”. Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla. [Disponible en: http://www.ramse.es/index.php?option=com_content&view=article&id=45&Itemid=55; consultado el 15 de junio de 2015].
PARDO TOMÁS, José (2004): El médico en la palestra. Diego Mateo Zapata (1664-1745) y la ciencia moderna en España. Salamanca, Junta de Castilla y León.
PARDO TOMÁS, José y MARTÍNEZ VIDAL, Álvar (2005): “Presencias y silencios. Biografías de médicos en el Antiguo Régimen”. Asclepio. 57, 1: 55-66. [Disponible en: http://www.ihmc.uv-csic.es/documentos/publicaciones/d68baf.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
PESET LLORCA, Vicente (1960): “El Doctor Zapata (1664-1745) y la renovación de la medicina en España. Apuntes para la historia de un movimiento cultural”. Archivo Iberoamericano de Historia de la Medicina y Antropología Médica. 12: 35-93.
RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, Rafael-Ángel (1999): “El tránsito de la medicina antigua a la moderna en España (1687-1727): Los principales protagonistas”. Thémata. Revista de Filosofía. 21: 167-195. [Disponible en: http://institucional.us.es/revistas/themata/21/07%20rodriguez.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
VILAR RAMÍREZ, Juan Bautista (1970):  “El Dr. Diego Mateo Zapata (1664-1745). Medicina y judaísmo en la España Moderna”. Murgetana, 34: 5-44. [Disponible en: http://www.regmurcia.com/docs/murgetana/N034/N034_001.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
VILAR RAMÍREZ, Juan Bautista (1971): “Zapata y San Nicolás de Murcia”. Murgetana, 37: 47-73. [Disponible en: http://www.regmurcia.com/docs/murgetana/N037/N037_004.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
ZAPATA, Diego Mateo (1701): Crisis médica sobre el antimonio y carta responsoria a Regia Sociedad Médica de Sevilla. [Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra/crisis-medica-sobre-el-antimonio-y-carta-responsoria-a-la-regia-sociedad-medica-de-sevilla–0/; consultado el 15 de junio de 2015].
ZAPATA, Diego Mateo (1691): Verdadera apología en defensa de la medicina racional philosophica, y devida respuesta a los entusiasmos médicos, que publicó en esta Corte D. Joseph Gazola Veronense. Archisoplón de las Estrellas. Madrid, por Antonio de Zafra. [Disponible en: http://books.google.com/books?id=w-1QTM1_6fUC&printsec=frontcover&dq=inauthor:%22Diego+Mateo+Zapata%22&hl=es&ei=sQa2TrvEDMyT8gOi45DtAQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=2&ved=0CDIQ6AEwAQ#v=onepage&q&f=false; consultado el 15 de junio de 2015].

El “hechizo” de Carlos II de España

El “hechizo” de Carlos II de España

La patografía de Carlos II de Habsburgo (1661-1700) es apasionante… Se ha escrito que el último de los Austrias sufrió sarampión y varicela a los seis años de edad, rubéola a los diez y viruela a los once. Creció como un niño débil, raquítico y enfermizo; tenía frecuentes catarros, diarreas y vómitos; padecía ataques epilépticos; y presentaba un evidente retraso en su desarrollo psicomotor, pues cumplidos los seis años aún no había aprendido a caminar. Sin embargo, lo más llamativo era su escaso desarrollo intelectual, porque tan sólo a los diez años comenzó a hablar de manera inteligible y nunca aprendió a escribir correctamente. Mostraba, además, arranques de cólera imprevisibles, y una adicción monoalimentaria al chocolate.(1)

Carreño de Miranda. Carlos II ataviado como Gran Maestre de la Orden del Toisón de Oro (c.1677)

Juan Carreño de Miranda (1614-1685). Carlos II ataviado como Gran Maestre de la Orden del Toisón de Oro (c.1677). Óleo sobre lienzo. 217 x 141 cm. Colección Harrach. Rohrau (Austria)

La mayoría de los historiadores coinciden en atribuir la compleja patología de Carlos II de España a la insólita consanguinidad de su linaje. Algunos investigadores médicos, como Cruz-Coke(2) o Alvarez, Ceballos y Quinteiro(3), por ejemplo, han estudiado en profundidad esta cuestión. El profesor Ricardo Cruz-Coke escribe:

He analizado la genealogía presentada por el Dr. Cerda, cotejándola con los datos de la dinastía de los Habsburgos, en la Enciclopedia Británica. El análisis de la endogamia en las tres generaciones antecesoras de Carlos II es impresionante. El bisabuelo de Carlos, Felipe II (1527-1598) se casó con su sobrina Ana de Austria, que era hija del emperador Maximiliano II (1527-1576), casado con su prima María. El abuelo de Carlos fue Felipe III (1578-1621), casado con su prima Margarita de Austria, quien era hija del emperador Carlos III de Austria, casado a su vez con su sobrina María Ana de Bavaria. El padre del Hechizado, fue Felipe IV (1605-1665) casado con su sobrina Mariana de Austria, hija del emperador Fernando III (1608-1637), a su vez casado con su prima María Ana, hermana de Felipe IV. Además, Fernando III era hijo del emperador de Austria Fernando II, también casado con su prima María Ana de Bavaria. Por consiguiente, Carlos II de España (1661-1700) fue descendiente de tres generaciones de abuelos y abuelas con siete matrimonios consanguíneos virtualmente incestuosos, con coeficientes de endogamia de F = 1/8 y F = 1/16, es decir con 12,5% y 6,25% de genes idénticos por descendencia. Los coeficientes normales individuales son del orden de F = 1/64 a 1/128, alrededor de 1% de riesgo de homozigosis. 

El coeficiente de endogamia (inbreeding) F se define como la probabilidad de que dos genes, que cada individuo tiene en un locus cromosómico, sean idénticos por descendencia. Así aumentan las probabilidades de que se formen homocigotos que transportan enfermedades autosómicas recesivas. Es por ello que la Iglesia Católica, ya en esa época, prohibía los matrimonios consanguíneos de tan altos grados de consanguinidad. Las dispensas para estos casamientos reales se hacían bajo presión política imperial, para mantener unidas a las dinastías Habsburgo de los imperios de España y de Austria-Hungría durante los siglos XVI y XVII. Esta violación reiterada durante dos siglos de las reglas de prevención genética, las pagaron muy caro con el fin de la dinastía de la Casa de Austria en España, las potencias europeas con la devastadora guerra de la sucesión española entre 1701 y 1714.(4)

Por su parte, los genetistas Gonzalo Álvarez y Francisco Camiña Ceballos, junto a la doctora Celsa Quinteiro, llevaron a cabo un amplio estudio de investigación que abarcaba los árboles genealógicos de más de tres mil individuos a lo largo de dieciséis generaciones, incluidos el propio Carlos II y sus antecesores en la dinastía de los Austrias. Entre todos los estudiados, Carlos II (seguido de cerca por su abuelo paterno Felipe III) fue la persona con un peor coeficiente de endogamia. “El rey tenía un coeficiente del 25%, que equivale al que tendría un individuo fruto de un incesto entre hermanos o entre padres e hijos”, explicaba Gonzalo Álvarez en un artículo publicado por María Valerio, en elmundo.es, que sigue así:

Ese 25% significa que una cuarta parte de su genoma era homocigoto; es decir, “que las secuencias de un cromosoma [el heredado del padre] y el otro [por vía materna] eran idénticos”. Esta circunstancia ya se había relacionado hasta ahora con la susceptibilidad de un individuo a padecer diversas enfermedades; “pero nunca había visto ningún caso con un índice tan elevado”, explica el investigador, que insiste en que su trabajo sólo confirma desde el punto de vista genético lo que los historiadores ya decían desde hace tiempo.

De hecho, Álvarez explica que aunque la endogamia es frecuente entre tribus actuales de África y Asia, como lo fue también entre los egipcios y otras realezas europeas (como los Borbones), es difícil que alcanzase un índice de consanguinidad tan elevado como Carlos II. “Porque la suya es una situación heredada tras los matrimonios familiares que se sucedieron durante generaciones y generaciones. Es lo que se llama una consanguinidad remota”.

Sabiendo que esa homocigosis le hacía muy susceptible a ciertas enfermedades hereditarias, la doctora Quinteiro repasó todas las manifestaciones clínicas del débil monarca (muchos de ellos [sic] a través de los retratos que los mejores artistas de la época dejaron de él) para tratar de dar con las patologías que podrían estar detrás de sus padecimientos. “La deficiencia de hormonas pituitarias [de la que ya había hablado Marañón] y la acidosis tubular renal, dos enfermedades causadas por genes recesivos, nos permiten explicar más del 90% de los síntomas que padecía Carlos II” […] “pero no deja de ser algo especulativo. Una hipótesis”.

El arte, aliado de la genética en este caso, ha retratado a varios de los infantes de los Austrias (que sufrían una mortalidad infantil mayor que la media de su época) cubiertos de amuletos y símbolos de buena suerte para protegerles de los malos espíritus. ‘Ellos eran conscientes de que pasaba algo y por eso trataban de protegerles desde niños’, concluye el profesor.”(5)

Precisamente con uno de los principales investigadores de este grupo de investigación, el Dr. Francisco Camiña Ceballos, tuve la fortuna de tratar ampliamente sobre el asunto… y él nos recomendaba otras publicaciones suyas para los más interesados en el tema, como los artículos de Álvarez, Quinteiro y Ceballos (2011), “Inbreeding and Genetic Disorder“(6), o el de Ceballos y Álvarez: “La genética de los matrimonios consanguíneos“.(7) Sin contar otros artículos posteriores que aún no he podido conseguir… y su investigación sigue adelante.

Pero antes de los recientes trabajos a los que acabamos de aludir, mucho se había hablado, para intentar esclarecer la profusa y compleja patología de Carlos II, sobre el síndrome de Klinefelter que habría podido sufrir el Hechizado, como señalan Pedro Gargantilla(8) y Antonio Castillo(9), en algunos de los mejores estudios médicos dedicados al último de los Austrias.

El síndrome de Klinefelter, descrito en 1942(10), es la anomalía de los cromosomas sexuales observada más frecuentemente. La mayoría de los pacientes consulta en la adolescencia por ginecomastia, testículos pequeños y atróficos, y escasa longitud del pene; aunque algunos lo hacen, directamente, por esterilidad. Los afectados presentan, entre otros signos y síntomas, estatura elevada a expensas del segmento corporal inferior, déficit de vello axilar y facial, y leve discapacidad mental y de adaptación social. El cariotipo más frecuente es 47-XXY, pero puede haber mosaicismos como el 46-XY/47-XXY que presentan un fenotipo mucho más leve. Generalmente hay azoospermia, aunque cuando existen líneas celulares 46-XY puede haber espermatogénesis, habiéndose comunicado algún embarazo. Quienes defienden que Carlos II padecía este síndrome atribuyen la ausencia de estatura elevada y ginecomastia, precisamente, a que presentaba un mosaicismo. Sin embargo, otros autores, como García-Escudero et al.(11), opinan que el monarca presentaba una serie de rasgos fenotípicos y alteraciones que exceden a esta enfermedad, y apoyan la hipótesis de Navalón y Ferrando(12) proponiendo que Carlos II podría presentar un síndrome X frágil:

El síndrome X frágil o síndrome de Martin y Bell, fue descrito por estos autores en 1943 y es la causa más frecuente de retraso mental hereditario. Afecta más severamente a los varones (las mujeres pueden compensar con el otro par cromosómico X). El fenotipo físico incluye cara alargada, mentón y orejas prominentes y macrocefalia. Es evidente que estos rasgos físicos son coincidentes con los retratos de Claudio Coello y Carreño de Miranda [que se pueden ver a continuación]. Existe laxitud e hiperextensibilidad articular, pies planos e hipotonía muscular, lo cual produce y coincide con alteraciones de la deambulación. Los niños presentan retraso mental y autismo en un 30% de los casos. Las niñas, timidez, ansiedad social, dificultad de aprendizaje, problemas de atención, conductas caprichosas y compulsivas, todo ello en grado variable. Es evidente que del estudio del comportamiento de Carlos II no se deduce un retraso mental muy acentuado, pero sí actitudes coincidentes con las segundas.(13)

Claudio Coello Carlos II 1680

Luca Giordano (1634-1705). Carlos II (1693). Óleo sobre lienzo. 66 x 56 cm. Museo del Prado. Madrid.

Juan Carreño de Miranda Carlos II c1685

Juan Carreño de Miranda (1614-1685). Carlos II (c.1677-1679). Salón San Fernando. Ayuntamiento de Sevilla.

Pero, García-Escudero y sus colaboradores van más allá y apuntan que Carlos II podría presentar un estado intersexual, posiblemente “un hermafroditismo verdadero o un varón XX”, asociado al ya mencionado síndrome X frágil. Y lo explican así:

Sabido es que el sexo cromosómico se establece en la fecundación, después de lo cual las gónadas indiferenciadas se desarrollan en testículos u ovarios. El sexo fenotípico es el resultado de la diferenciación de conductos internos y genitales externos bajo la influencia de hormonas y factores de transcripción. Cualquier discordancia entre estos procesos produce genitales ambiguos o intersexualidad. Hay dos datos de los relatados previamente que hay que citar en este momento. En la autopsia solo se encontró un testículo y atrófico. Podría tratarse de una agenesia testicular unilateral (monorquia), acompañado de una criptorquidia contralateral que hubiera condicionado una atrofia secundaria per se o por haber sufrido una torsión de cordón espermático en la niñez. Y recogemos también la confidencia de la reina María Luisa de Orleans de que el rey presentaba una eyaculación precoz que le impedía consumar el acto y que llevó al embajador francés a examinar la ropa interior de ambos. Con esa expresión la reina querría indicar que el pobre eyaculado del rey no se introducía en su cavidad vaginal y corroboraría la presencia de un hipospadias penoescrotal, escrotal o perineal, que no fue reflejado en la autopsia.

Dentro de los estados intersexuales debemos descartar los pseudohermafroditismos femenino y masculino por déficit de los cinco genes y las enzimas que codifican, necesarias para la biosíntesis de esteroides desde colesterol a testosterona, que son incopatibles con la vida sin tratamiento sustitutivo hormonal. El síndrome de insensibilidad a los andrógenos, le hubiera atribuido el sexo femenino y el defecto de 5 alfa-reductasa es inexistente en Europa.

Lo más probable es que se tratara de un hermafroditismo verdadero, el cual requiere la expresión de tejido ovárico y testicular, siendo el resultado del mosaicismo o quimerismo del cromosoma sexual o una translocación del cromosoma Y. El cariotipo más frecuente en Europa es el mosaicismo 46-XX/46-XY o 47-XXY. Podría haber tenido el rey, un ovario o un ovotestes intraabdominal que no hubiera sido investigado en la autopsia, junto con un testículo criptorquídico contralateral. Se acompaña de hipospadias y fusión incompleta de los pliegues labioescrotales.

También podría tratarse de una inversión sexual, con fenotipo varón, cariotipo XX y que se debe a una translocación anómala de Y a X que involucra al gen SRY durante la meiosis. Los varones XX suelen ser de estatura menor de lo normal y se asocia con frecuencia a genitales ambiguos, hipospadias y testículos criptorquídicos. Si no es así, consultan por esterilidad consecutiva a azoospermia, evidenciándose a la exploración una atrofia testicular. En caso de asociarse con un síndrome X frágil, explicaría que el retraso mental del rey no fuera muy acentuado.”(14)

Ésta podría haber sido, por tanto, la causa o una de las causas del fin de la dinastía de los Austrias en España. Pero, lógicamente, en aquellos tiempos, nadie podía imaginarlo siquiera. Lo cierto es que Carlos II era incapaz de engendrar un heredero que le sucediera en el trono. No pudo ser con María Luisa de Orleans (1662-1689), durante sus diez años de matrimonio, hasta que la reina murió cuando contaba veintiséis años de edad, seguramente a causa de una apendicitis. Tampoco con Mariana de Neoburgo (1667-1740) a pesar de los magníficos antecedentes familiares que la nueva reina traía: sus padres habían tenido 23 hijos. Para la mentalidad de la época, la mejor explicación posible era el hechizo. Todos lo pensaban y el propio rey lo creía… En 1698, él mismo autorizó que se llevaran a cabo las investigaciones oportunas para determinar cuál había sido el hechizo que se le había administrado, e iniciar así el proceso de desencantamiento. Los resultados de tales investigaciones fueron contundentes y precisos: “…el hechizo se lo habían dado en una taza de chocolate el 3 de abril de 1675 en la que habían disuelto sesos de un ajusticiado para quitarle el gobierno, entrañas para quitarle la salud y riñones para corromperle el semen e impedir la generación…”(15)

Dadas las circunstancias, lo extraño no es que hubiera muerto a los treinta y nueve años sino que hubiera vivido tanto.

Para acabar, en este blog donde la música se halla casi siempre presente, como homenaje y desagravio a aquel rey enfermo que -sin culpa ninguna- tan triste memoria ha dejado en la historia, podemos escuchar algunas composiciones de un contemporáneo suyo: Gaspar Sanz. Primero, la interpretación del maestro Narciso Yepes, con su peculiar guitarra de diez cuerdas: Gallarda y parte de Canarios.

Y, para los buenos aficionados a la música, otra versión de Canarios, interpretada por Anna Kowalska, tocando la guitarra barroca, y Anton Birula al “theorbo” o tiorba, en español. La pieza es interesante, además, por el juego que nos ofrecen los intérpretes mezclando notas de Johann Sebastian Bach… ¡Agucen el oído!

Referencias bibliográficas

(1) CERDA L., J. (2008): “Carlos II de España, El hechizado“. Rev. Med. Chile, 136, 2: 267-270. [Disponible en: http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0034-98872008000200019; consultado el 26 de mayo de 2014].

(2) CRUZ-COKE M., R. (2008): “Carlos II de España, El hechizado“. Rev. Med. Chile, 136, 7: 950. [Disponible en: http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0034-98872008000700024&script=sci_arttext; consultado el 26 de mayo de 2014].

(3) ÁLVAREZ, G.; CEBALLOS, F. C. y QUINTEIRO, C. (2009): “The Role of Inbreeding in the Extinction of a European Royal Dynasty”. PLoS ONE, 4, 4: e5174. [Disponible en: http://www.plosone.org/article/info%3Adoi%2F10.1371%2Fjournal.pone.0005174; consultado el 26 de mayo de 2014].

(4) CRUZ-COKE M., R. Loc. cit.

(5) VALERIO, M. (2009): “La genética de los Habsburgo. La endogamia acabó con los Austrias”. elmundo.es. [Disponible en: http://www.elmundo.es/elmundosalud/2009/04/14/biociencia/1239731297.html; consultado el 26 de mayo de 2014].

(6) ÁLVAREZ, G.; QUINTEIRO, C.  y CEBALLOS, F. C. (2011): Inbreeding and genetics disorders. Advances in the Study of Genetic Disorders. En: Kenji Ikehara (ed.). InTech. [Disponible en: http://www.intechopen.com/books/advances-in-the-study-of-genetic-disorders/inbreeding-and-genetic-disorder; cosultado el 26 de mayo de 2014].

(7) CEBALLOS, F. C. y  ÁLVAREZ, G. (2011): “La genética de los matrimonies consanguíneos.” Dendra Médica Revista de Humanidades. 10(2): 160-176. [Disponible en: https://www.fundacionpfizer.org/sites/default/files/pdf/005_La_genetica.indd.pdf; consultado el 26 de mayo de 2014].

(8) GARGANTILLA, P. (2005): Enfermedades de los reyes de España. Los Austrias: de la locura de Juana a la impotencia de Carlos II el Hechizado. Madrid, La Esfera de los Libros.

(9) CASTILLO, A. (2005): “Carlos II: El fin de una dinastía enferma”. Disponible en: http://www.arturosoria.com/medicina/art/carlos_II.asp; aunque citado en múltiples referencias y consultado por mi en diversas ocasiones, al redactar esta entrada existen problemas internos en el servidor y no ha sido posible visualizar esta cita).

(10) KLINEFELTER, H. F.; REIFENSTEIN, E. C. y ALBRIGHT, F. (1942): “Symdrome characterized by gynecomastia, aspermatogenesis without A-leydigism and increased excretion of follicle-stimulating hormone”. J. Clin. Endocrinol. 2, 11: 615-627. [Abstract disponible en: http://jcem.endojournals.org/cgi/content/abstract/2/11/615; consultado el 26 de mayo de 2014].

(11) GARCÍA-ESCUDERO LÓPEZ, A. et al. (2009): “Carlos II: del hechizo a su patología génito-urinaria”. Arch. Esp. Urol., 62, 3: 179-185. [Disponible en: http://scielo.isciii.es/pdf/urol/v62n3/02.pdf; consultado el 26 de mayo de 2014].

(12) NAVALÓN RAMÓN, E. y FERRANDO LUCAS, M. T. (2006). “La enfermedad de Carlos II”. Revista Valenciana de Medicina de Familia. 22: 16-19. [Disponible en: http://www.svmfyc.org/Revista/22/Rincon.pdf; consultado el 26 de mayo de 2014].

(13) GARCÍA-ESCUDERO LÓPEZ, A. et al. Loc. cit.: 183.

(14) Ibid.: 183-184.

(15) Ibid.: 182.

Otros enlaces de interés:

REINADO DE CARLOS II: Todo el blog, pero especialmente, para el tema que nos ocupa: Tal día como hoy de hace 310 años moría Carlos II…