Diego Mateo Zapata (1664-1745): un médico en las cárceles de la Inquisición

Diego Mateo Zapata (1664-1745): un médico en las cárceles de la Inquisición

Durante los últimos años del siglo XVII ejercían en nuestro país numerosos y distintos tipos de profesionales sanitarios: médicos universitarios, médicos practicantes, cirujanos latinos, cirujanos-barberos, sangradores y flebotomistas, comadronas, topiqueros… junto a curanderos y charlatanes de diversa condición. Entre los médicos, sólo unos pocos estudiaban en las universidades, y eran los destinados -normalmente- a alcanzar mayor prestigio, a pesar del anquilosado galenismo escolástico que todavía regía su formación universitaria. La mayoría se formaban con la práctica, al lado de un maestro, y lo más que podían aspirar era a que sus conocimientos fueran “revalidados” por el Tribunal del Protomedicato, para lo cual era requisito indispensable “la limpieza de sangre”. Los cirujanos, en su mayor parte, no tenían otra formación que la que les daba la práctica y la experiencia. Lo mismo pasaba con los demás, aunque su nivel social era todavía más bajo. En cuanto a los pacientes: el que podía pagaba su asistencia y el que no tenía que ser atendido en los hospitales, dependientes de la caridad de la Iglesia, en su mayor parte, o del poder real. Para el médico, lo más conveniente, era ser contratado por los más pudientes, los principales del clero o la nobleza, y cuanto más alto estuviera el paciente en la jerarquía mejor, hasta culminar en la Casa Real. Sin embargo, precisamente durante el reinado de Carlos II surge un movimiento renovador que viene a cambiar los modos de entender la medicina. Lo encabezan los que con el tiempo serían llamados novatores, cuyas publicaciones son contestadas por los partidarios de mantener la tradición galénica y aristotélica, dando lugar a airadas polémicas que llegan, a veces, al insulto personal. Proliferan las “tertulias”, donde se expresa libremente fuera de la universidad el nuevo pensamiento científico que nos llegaba de Europa, y que serían la simiente de las futuras Reales Academias de Medicina, las que introducirían en España la mentalidad científica de la Ilustración.

Quería tratar sobre aquella época aunque desarrollar todo lo anterior sin extenderse demasiado no es fácil. En ello estaba, no obstante. ¡La ignorancia es atrevida! Pero surge entonces, entre la documentación que empezaba a abarrotar la mesa de trabajo y el disco duro del ordenador, la figura paradigmática de Diego Mateo Zapata (1664-1745), cuya vida transcurre prácticamente entre el inicio del reinado de Carlos II (1661-1700) y el final del de Felipe V (1683-1746), y cuya obra nos muestra buena parte de las características esenciales de la medicina de la época; en la cual, él mismo, desempeñó a menudo un papel protagonista. La decisión estaba tomada: esta entrada se dedicaría a la vida y obra de Diego Mateo Zapata (en apretado resumen, por supuesto, y prácticamente sólo hasta el cambio de siglo) salpimentándola con una anécdota de carácter sexual, para darle una pizca de morbo al asunto, y aliñándola con un somero relato de sus graves problemas con la Inquisición acusado de “marrano“.

Zapata nació en Murcia, el 1 de octubre de 1664, en el seno de una familia judeoconversa oriunda de Portugal. Era hijo de Clara Mercado, nacida también en Murcia, y de Francisco Zapata, que ejercía como escribano en esa ciudad y era natural de Alcalá la Real. Siendo muy niño, tuvo que ver como el Santo Oficio apresaba a su abuelo materno. Peor aún, cuando tenía catorce años, en 1678, fueron encarcelados sus padres y su tía Isabel, hermana de su madre. El proceso de su padre fue suspendido, pero Clara e Isabel fueron reconciliadas en un auto público de fe, en 1682, y su madre condenada a cárcel perpetua por judaizante (aunque, al parecer, más tarde fue liberada). Durante aquel tiempo horrible para su familia, el niño Diego Mateo Zapata, vivía en Murcia con otro tío suyo. En cuanto tuvo edad marchó a Valencia, para estudiar Filosofía. Allí estuvo tres años, y era tan pobre que acudía a los conventos a pedir limosna. Decidido a estudiar Medicina se fue a la Universidad de Alcalá, según declararía años más tarde, en uno de sus procesos, por haber oído “…que para los estudiantes pobres había más socorros en aquella ciudad”.(1)

Todo indica que Zapata no logró obtener siquiera el bachiller en Medicina, y no por falta de capacidad sino de recursos económicos. Lo cierto es que, en 1686, con veintidós años, llega a la Corte sin renunciar a ejercer la profesión que había elegido. En Madrid recibe la ayuda del doctor Francisco de la Cruz, de ascendencia judía, como él, y que con él sería detenido en su segundo proceso, en 1725. De la Cruz consiguió que Zapata fuera contratado en el Hospital General, donde obtuvo plaza como practicante de medicina. Para complementar sus ingresos impartía clases de filosofía a los cirujanos del Hospital, con quienes siempre mantuvo excelentes relaciones, a diferencia de lo que solía suceder con otros médicos de la época. Mucho le habrían de servir, para su ejercicio profesional posterior, aquellos años de trabajo en el Hospital, porque -sin duda- la experiencia adquirida le fue más útil que las clases que hubiera podido recibir en esa universidad que tuvo que abandonar.

Pero el joven Zapata quería progresar en aquella jerarquizada sociedad española de finales de siglo XVII. Lo tenía difícil, porque no podía examinarse ante el Tribunal del Protomedicato al no poder demostrar su “limpieza de sangre”, y eso le cerraba el paso a la que era la mayor aspiración de cualquier médico de la Corte, ser médico de la Casa Real. No obstante, se le ocurrieron dos maneras de subir peldaños en el escalafón social: una, mediante un matrimonio ventajoso; otra, ganándose el favor de quienes entonces tenían más poder en la medicina patria. Para lo primero, empezó a cortejar a la hija de don Juan de Escobar y Castro, “contador de su majestad y familiar del Santo Oficio”, a cuya casa acudía asiduamente a comer y cenar. La pareja se prometió, pero la mala fortuna vino a desbaratar los planes de boda de Zapata, en forma de impertinente afección cuya verdadera naturaleza no parece fácil precisar con exactitud. A finales del año 1688, el novio “…padeció una grave enfermedad, la cual terminó por sus partes naturales, fluyendo al escroto. Y viendo [que] se le iban mortificando sus partes, el día mismo de todos los santos se hizo junta de cirujanos en el Hospital General, donde éste asistía, y resolvieron que, para salvar el todo, se amputase alguna parte, y le amputaron el escroto, sin tocar el miembro viril.” Todavía enfermo, Diego Mateo Zapata convenció al capellán del Hospital de que lo desposara con Juana Luisa de Escobar. Mas el fiscal eclesiástico se negó a ratificar el matrimonio, por haberse llevado a cabo sin licencia del párroco. Para mayor complicación, el administrador general de los reales hospitales, don Juan Urbán y Rojas, manifestó públicamente sus dudas sobre si Zapata “era capaz para el uso del matrimonio” después de su enfermedad. Pero Zapata no desistió en su empeño e inició pleito ante el juez eclesiástico reclamando la validez de su unión. Como prueba, buscó afanosamente entre los profesionales de la medicina a quienes le pudieran declarar capacitado para consumar su matrimonio, y consiguió que Juan Serrano, “médico de familia de la Reina”, y Arias Silveira, también de origen portugués y converso como él, firmaran esa declaración. Al respecto, hablando sobre Zapata, se sabe que Arias Silveira llegó a afirmar: “es hombre inteligente y práctico, [pero] traénos mareados a los médicos sobre que declaremos que es potente y capaz de casarse no teniendo, como no tiene, miembro viril por tenerlo cortado, se funda para ello en este texto de Galeno […] homo sine membro generare potest.” Sin embargo, ya podía decir Galeno lo que dijese, porque, a pesar de su “autoridad”, no logró Zapata ratificar su casamiento, perdiendo así la posibilidad de emparentar con una familia de prestigioso apellido y, por tanto, uno de los medios más directos de alcanzar el reconocimiento social que tanto anhelaba.(2)

La opción del matrimonio ventajoso fracasó. Pero -como antes se ha dicho- no era esa la única estrategia que nuestro hombre había emprendido en su afán de progresar socialmente. Al mismo tiempo, puso el mayor empeño en agradar a quienes por entonces lideraban la medicina española, con el fin de que se le admitiera a examen ante el Tribunal del Protomedicato.

Sucedió que, en 1687, se publicó en Madrid el libro del valenciano Juan de Cabriada (c.1665-1714) Carta filosofica-medico-chymica. En que se demuestra que de los tiempos y experiencias se han aprendido los mejores remedios contra las enfermedades. Por la nova-antigua Medicina. Como señala Sarrión Mora:

“Por su contenido e influencia, esta obra puede considerarse como la primera exposición completa de las doctrinas y propósitos de quienes se preocupaban por la renovación científica en España. En ella Juan de Cabriada critica duramente la hasta entonces tan ensalzada autoridad de los antiguos, mantiene que es la experiencia el único criterio válido en el estudio de la naturaleza, recoge la teoría de la circulación de la sangre como uno de los más brillantes resultados de aplicar tal criterio y defiende abiertamente la utilización de medicamentos químicos. A raíz de la publicación de la Carta, se iniciaron fuertes polémicas entre los científicos tradicionalistas y los partidarios de la modernidad. El joven Diego Zapata no rehuyó tomar partido en estas controversias; muy ligado al bando tradicionalista, a la sombra del cual esperaba labrar su posición, protagonizó una de las disputas más famosas frente a un partidario de Cabriada, el veronés doctor Gazola.”

Portada de la obra de Juan de Cabriada Carta Filosófica-Médico-Chymica... (1687) Primera exposición completa de los principios y valores de los novatores

Portada de la obra de Juan de Cabriada Carta Filosófica-Médico-Chymica… (1687)
Primera exposición completa de los principios y valores de los novatores

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José Gazola había llegado a Madrid acompañando al embajador de Venecia y, en 1690, publicó una crítica de la medicina galenista bajo el título Entusiasmos médicos, políticos y astronómicos, en la que elogiaba la Carta de Juan de Cabriada. Inmediatamente, Diego Mateo Zapata escribió una dura respuesta […] con el pomposo título Verdadera apología en defensa de la medicina racional philosophica, y devida respuesta a los entusiasmos médicos, que publicó en esta Corte D. Joseph Gazola Veronense. Archisoplón de las Estrellas. En esta obra, Diego Zapata se muestra como el más fervoroso seguidor de las ideas tradicionales y ataca, hasta llegar al insulto, no sólo a Gazola, sino también a Juan de Cabriada, niega la eficacia de los medicamentos químicos y desprecia la teoría de la circulación de la sangre.”(3)

Poco pudieron durar los agasajos y parabienes que recibiera Diego Mateo Zapata de los auténticos instigadores de su folleto. Pardo Tomás, en El médico en la palestra, nos convence de que fueron los profesores de la universidad de Alcalá, con Henríquez de Villacorta -presidente del Real Protomedicato- a la cabeza, los galenistas más recalcitrantes, quienes le persuadieron para que tomara partido contra las nuevas ideas. Y él lo hizo con la esperanza de granjearse la voluntad de tan influyentes personajes, para obtener la licenciatura del Protomedicato.(4)

Una vez más volvían a desvanecerse sus aspiraciones, pero en esta ocasión, como volvería a suceder cerca de treinta y cinco años más tarde, por culpa del que sería el mayor obstáculo para una brillante carrera de Diego Mateo Zapata: su origen converso. El primer proceso se inició, en julio de 1691, cuando fue denunciado ante los inquisidores de Logroño por un estudiante de veinte años, Francisco Gabriel de Valenzuela, durante los interrogatorios a que éste fue sometido mientras era procesado como judaizante junto a otros miembros de su familia. Según Valenzuela, el ya citado Arias Silveira le había dicho que Zapata seguía, como ellos, la ley de Moisés, y que él mismo pudo comprobarlo después participando con ellos en algunos ritos.

Francisco de Goya (1746-1828).

Francisco de Goya (1746-1828). “Zapata tu gloria será eterna”
Grabado que representa a Diego Mateo Zapata (1664-1745) preso
en una celda de la Inquisición en Cuenca

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El 6 de diciembre de 1691 fue apresado Diego Mateo Zapata, aunque nadie más había testificado en su contra, y veinte días después fue trasladado a Cuenca para que lo procesaran los inquisidores de ese tribunal. La primera audiencia tuvo lugar el 5 de enero de 1692. Zapata negó las acusaciones que se le imputaban y elaboró una meticulosa defensa basada en tres puntos:

1. Siempre había seguido fielmente la fe católica y había evitado relacionarse con parientes (incluso su propio padre) y conocidos portugueses (cosa que no era cierta).
2. Sólo un testigo deponía en su contra, quien, además, le llamaba “Diego López Zapata” (como le llamaría Goya, cuando pintó su dibujo, y algunos románticos decimonónicos que lo convirtieron en mito como víctima de la cruel y absolutista Inquisición), demostrando con ello que lo conocía muy poco.
3. Por último, reconocía que su afán polemista le había llevado a labrarse muchas más enemistades que amistades, y decía:

“…generalmente no traté ni arguí con hombre alguno en la Corte con quien no lo desluciera y ajara de forma que no me malquistara con él y, en adelante, fuera mi enemigo que conmigo no trataba ni comunicaba, también me odiaba respecto que tenía por cosa cierta el que de mi boca no había hombre que supiese philosophía, medicina o theología (por saber yo algunas materias), y esto es público y notorio en la Corte”.(5)

Según Diego Mateo Zapata, fue especialmente odiado por “…los de la Facultad de Medicina por haberles tratado mal en argumentos y haber tomado mucha licencia en censurarlos diciendo, Fulano es un zote, Fulano no sabe lo que se hace; y, si había algunos papeles de la Facultad acerca de alguna enfermedad que ocurría, respondía a ellos y hablaba con mordacidad. Y de aquí presume que alguna persona le haya hecho algún mal.”(6)

Cuando Zapata concreta estas afirmaciones y nombra a quienes él pensaba que podían haber provocado su denuncia, por venganza, podemos comprobar su enfrentamiento con los principales promotores de la modernización de la ciencia en España. Sospechaba, en primer lugar, de Andrés Gámez, quien fue catedrático en las facultades de medicina de las universidades de Granada, Cagliari y Nápoles; y en 1691 era médico de cámara de Carlos II. Gámez siempre se mantuvo al día de los avances científicos de su época y, desde una posición originariamente galenista, fue evolucionando hacia posiciones cada vez más partidarias de las nuevas ideas. Publicó una obra titulada Ocios de un médico filósofo, a la que Zapata, con su desaforada mordacidad, contestó escribiendo A ocios blasfemos desvelos mordaces. Sospechaba de José Gazola, al que llamaba “veronense archisoplón de las estrellas”, con quien mantuvo la agria polémica antes mencionada. Sospechaba, por supuesto, de Juan de Cabriada porque, como él mismo decía “…en mi libro lo pongo de vuelta y media refutándole lo más que escribió en un libro que escribió”. Y sospechaba de Juan Bautista Juanini (nombre castellanizado de Giovanbattista Giovanini (1636-1691), médico milanés que estuvo muchos años al servicio de don Juan José de Austria, y que había publicado varios libros en los que ponía de manifiesto su crítica a los modelos tradicionales de la medicina, su defensa de la iatroquímica y sus modernos planteamientos a la hora de abordar las más diversas cuestiones, ya fueran anatómicas, terapéuticas o acerca de la higiene pública. López Piñero, uno de los maestros de nuestra Historia de la Medicina, gran estudioso de la vida y la obra del médico de Juan José de Austria, afirma:

Juanini contribuyó decisivamente a la renovación científica de la medicina española. Su Discurso [político phísico (1679)] fue el primer libro médico plenamente ‘moderno’ que se publicó en nuestro país. Muchas de las características del movimiento novator, iniciado ocho años después, se encuentran en él esbozadas, aunque no llegó a denunciar el atraso español tan dura y claramente como lo haría en 1687 Juan de Cabriada.”(7)

Ciertamente, Diego Mateo Zapata no acabó demasiado malparado en éste su primer encuentro personal con el Santo Oficio. El juicio fue suspendido y él pudo volver prácticamente impune a sus normales actividades. Regresó a Madrid. Participó activamente en las “tertulias” (también llamadas por algunos “academias”) científicas que, durante aquellos últimos años del siglo XVII proliferaban en la Corte gracias al mecenazgo de diversos nobles. Algunos de esos nobles fueron, también, pacientes suyos. Pero, poco más se sabe con certeza de él hasta que, de modo sorprendente, nos encontramos al antiguo galenista, tradicionalista radical, convertido en uno de los principales activistas del movimiento novator. En 1693, el médico sevillano, del Arahal, Juan Muñoz y Peralta (de familia judeoconversa, como él) funda la “Veneranda Tertulia Hispalense” (primer antecedente de la actual Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla). Zapata se une a la iniciativa de Muñoz Peralta, y se encarga de las gestiones en Madrid para constituir la “Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla“, de la que se le considera como uno de sus socios fundadores. Parece ser que fue Zapata quien se la presentó al rey, para que Carlos II, cinco meses antes de morir, firmara sus “Constituciones” el día 25 de mayo de 1700.

El año siguiente, 1701, ya bajo el reinado de Felipe V, por encargo de la Regia Sociedad hispalense, Diego Mateo Zapata, que se presenta como “Médico de los Eminentísimos Señores Cardenales Portocarrero y Borja”, publicó su Crisis médica, sobre el antimonio, y carta responsoria a la Regia Sociedad Médica de Sevilla, una de sus obras fundamentales, donde aboga -entre otras cosas- por el uso de los medicamentos “químicos”, a los que era contrarios los galenistas. Se puede leer en una edición digitalizada gracias a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Nacía así -podría decirse- un nuevo Diego Mateo Zapata, que se convertiría en adalid del movimiento novator y de la reforma de la enseñanza de la medicina en España. Aún le quedaba mucho por hacer en su larga vida, hasta su fallecimiento en Madrid el año 1745; mucho por publicar y polemizar; y mucho por sufrir. Esto último, sobre todo, en su segundo proceso por la Inquisición (1721-1725), que lo mantuvo en prisión casi cuatro años junto a sus amigos médicos y judeoconversos Juan Muñoz Peralta (que era médico de cámara de Felipe V desde 1700) y Francisco de la Cruz (el que le ayudó proporcionándole trabajo en el Hospital General, recién llegado a Madrid) que ya era mayor y murió en las cárceles del Santo Oficio antes de que concluyera su proceso… Pero esa ya será otra historia. Dejamos ésta aquí, que ya se ha hecho demasiado larga, en un momento trascendental para nuestro país, al poco de morir Carlos II

En este blog nos gusta añadir, de vez en cuando, una melodía que acompañe al texto. Esta vez, en homenaje a Diego Mateo Zapata y tantos que, como él, han sufrido persecución por motivos religiosos, lo haremos con una de las piezas más bellas de otro judeoconverso genial, el Adagietto de la Sinfonía número 5 de Gustav Mahler.

NOTAS
(1) Para todo lo que refiere a la biografía de Diego Mateo Zapata, mientras no se indique lo contrario, seguiremos a Adelina Sarrión, en: SARRIÓN MORA, A. (2006): Médicos e Inquisición en el siglo XVII. Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha: 58-75. [Disponible en: http://books.google.es/books/about/M%C3%A9dicos_e_inquisici%C3%B3n_en_el_siglo_XVII.html?id=AEOLjBhr_bQC; consultado el 15 de junio de 2015]. De ella tomamos los párrafos entrecomillados.
(2) Sobre la afectación genital de Zapata cabe añadir que, algún tiempo después, una criada suya reparó en que cuando se acostaba metía algo bajo la almohada, “era un canoncillo[sic] muy tomado que le pareció de plata y, como había oído decir era defectuoso de naturaleza, discurrió que aquel instrumento servía para orinar”. Por otra parte, los mismos médicos del Santo Oficio, cuando lo examinaron para averiguar si había sido circuncidado, declararon que había muchas cicatrices “y pérdida de mucha carne del miembro, más de la que pide la ceremonia”. (Cf.: Ibidem: 63).
(3) Ibidem: 62.
(4) V.: PARDO TOMÁS, J. (2004): El médico en la palestra. Diego Mateo Zapata (1664-1745) y la ciencia moderna en España. Salamanca, Junta de Castilla y León: 150-160.
(5) SARRIÓN MORA, A. (2006): Op. cit.: 65.
(6) Ibidem.
(7) LÓPEZ PIÑERO, J. M. (2006): “Juan Bautista Juanini: análisis químico de la contaminación del aire en Madrid (1679).” Rev. Esp. Salud Pública. 80, 2: 204 [Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/pdf/170/17080216.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].


BIBLIOGRAFÍA
CABRIADA, Juan de (1687): Carta filosofica-medico-chemica. En que se demuestra que de los tiempos y experiencias se han aprendido los mejores remedios contra las enfermedades… Madrid, [Lucas Antonio de Bedmar y Baldivia]. [Disponible en: http://hicido.uv.es/Expo_medicina/Renacimiento/texto_cabriada.html; consultado el 15 de junio de 2015].
DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio (1963): “El proceso inquisitorial del doctor Diego Mateo Zapata”. Miscelánea de Estudios árabes y hebraicos. 11:81-90.
LÓPEZ PIÑERO, José María (1979): Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII. Barcelona, Labor: 392-433.
LÓPEZ PIÑERO, José María (2006): “Juan Bautista Juanini: análisis químico de la contaminación del aire en Madrid (1679)”. Rev. Esp. Salud Pública, 80, 2: 201-204. [Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/pdf/170/17080216.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
MONTAÑA RAMONET, José María (2009): “Historia”. Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla. [Disponible en: http://www.ramse.es/index.php?option=com_content&view=article&id=45&Itemid=55; consultado el 15 de junio de 2015].
PARDO TOMÁS, José (2004): El médico en la palestra. Diego Mateo Zapata (1664-1745) y la ciencia moderna en España. Salamanca, Junta de Castilla y León.
PARDO TOMÁS, José y MARTÍNEZ VIDAL, Álvar (2005): “Presencias y silencios. Biografías de médicos en el Antiguo Régimen”. Asclepio. 57, 1: 55-66. [Disponible en: http://www.ihmc.uv-csic.es/documentos/publicaciones/d68baf.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
PESET LLORCA, Vicente (1960): “El Doctor Zapata (1664-1745) y la renovación de la medicina en España. Apuntes para la historia de un movimiento cultural”. Archivo Iberoamericano de Historia de la Medicina y Antropología Médica. 12: 35-93.
RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, Rafael-Ángel (1999): “El tránsito de la medicina antigua a la moderna en España (1687-1727): Los principales protagonistas”. Thémata. Revista de Filosofía. 21: 167-195. [Disponible en: http://institucional.us.es/revistas/themata/21/07%20rodriguez.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
VILAR RAMÍREZ, Juan Bautista (1970):  “El Dr. Diego Mateo Zapata (1664-1745). Medicina y judaísmo en la España Moderna”. Murgetana, 34: 5-44. [Disponible en: http://www.regmurcia.com/docs/murgetana/N034/N034_001.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
VILAR RAMÍREZ, Juan Bautista (1971): “Zapata y San Nicolás de Murcia”. Murgetana, 37: 47-73. [Disponible en: http://www.regmurcia.com/docs/murgetana/N037/N037_004.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
ZAPATA, Diego Mateo (1701): Crisis médica sobre el antimonio y carta responsoria a Regia Sociedad Médica de Sevilla. [Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra/crisis-medica-sobre-el-antimonio-y-carta-responsoria-a-la-regia-sociedad-medica-de-sevilla–0/; consultado el 15 de junio de 2015].
ZAPATA, Diego Mateo (1691): Verdadera apología en defensa de la medicina racional philosophica, y devida respuesta a los entusiasmos médicos, que publicó en esta Corte D. Joseph Gazola Veronense. Archisoplón de las Estrellas. Madrid, por Antonio de Zafra. [Disponible en: http://books.google.com/books?id=w-1QTM1_6fUC&printsec=frontcover&dq=inauthor:%22Diego+Mateo+Zapata%22&hl=es&ei=sQa2TrvEDMyT8gOi45DtAQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=2&ved=0CDIQ6AEwAQ#v=onepage&q&f=false; consultado el 15 de junio de 2015].
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¿Epilepsia? ¿Apoplejía? ¿Derrame cerebral? A vueltas con la enfermedad de Julio César

¿Epilepsia? ¿Apoplejía? ¿Derrame cerebral? A vueltas con la enfermedad de Julio César

Tradicionalmente se ha dicho que Julio César era epiléptico. Tan consustancial parecía ser la epilepsia con el dictador romano que -según apunta Carrizosa Moog (2009)- “se denominan crisis comiciales los episodios epilépticos, porque cuando Julio César padecía las convulsiones se suspendían las elecciones o comicios en el Senado romano.” Aunque, en realidad, uno de los muchos nombres con los que a lo largo de la historia (varios de ellos originados en la Antigua Roma), el de morbus comitialis, se debía a que si alguno de los que se presentaba para ser elegido -cualquiera- sufría una crisis epiléptica durante la celebración de los comicios (las elecciones), dichos comicios debían suspenderse porque se entendía el suceso como signo de mal presagio.

Aunque, por otra parte, a pesar de los esfuerzos realizados por Hipócrates para evitarlo, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, la epilepsia seguía considerándose en Roma y durante mucho tiempo después -hasta casi nuestros días- como una enfermedad sagrada –morbus sacer– y así lo expresa de forma magistral Margaret George en su libro Memorias de Cleopatra, cuando después de una crisis epiléptica padecida por Julio César este le contesta a la reina de Egipto:

–”¿Quieres decir si me hablan los dioses? No. O si lo hacen, me conceden tan poco tiempo para oírlos antes de perder el conocimiento, que al despertar no recuerdo nada”.

También Shakespeare, en la escena segunda del primer acto de su Julio César, describe una crisis epiléptica del protagonista en un diálogo entre Bruto y Casca:

BRUTO. — Contadnos cómo pasó, amable Casca.

CASCA. — ¡Que me ahorquen si puedo decir como fue aquello! Fue pura farsa, apenas me fijé. Vi a Marco Antonio ofrecerle una corona —aunque no era tampoco una corona, sino una especie de coronilla—, y, como os decía, la apartó una vez, pero, a pesar de todo, pienso que le habría gustado tenerla. Entonces se la ofreció otra vez, nuevamente la rechazó, pero tengo para mí que se le hizo muy pesado retirar de ella los dedos. Y luego se la ofreció por tercera vez; por tercera vez la alejó de sí. Y mientras de este modo la rehusaba, la chusma vitoreó y aplaudió con sus callosas manos, echando por alto sus gorros mugrientos y exhalando tal cantidad de aliento pestífero porque César había desdeñado la corona, que medio lo asfixiaron, pues se desmayó y rodó por el suelo. Y en cuanto a mí, no me atreví a reírme, de miedo de abrir la boca y tragar aquellas miasmas.

BRUTO. — Pero despacio, por favor. ¡Cómo! ¿Se desmayó César?

CASCA. — Cayó al suelo en la plaza del mercado, echando espumarajos por la boca, y quedó sin habla.

BRUTO. — Es muy posible. Padece de vértigos.

CASIO. — No, César no padece de vértigos. Somos nosotros, vos, yo y el honrado Casca, quienes sufrimos vértigos.

CASCA. — No sé qué queréis decir con eso, pero lo cierto es que César cayó. Y si no es verdad que la canalla le palmoteó y le silbó a medida que le gustaba o disgustaba, como acostumbra hacerlo con los actores en el teatro, consiento en que me tengáis por embustero.

BRUTO. — ¿Qué dijo al volver en sí?

CASCA. — Por mi fe, antes de caer, cuando él vio que aquel rebaño de populacho se alegraba de que rehusase la corona, me pidió que le desabrochara su justillo y presentó el cuello para que se lo cortasen. A ser yo uno del oficio, le hubiera cogido la palabra, aunque tuviese que ir al infierno en compañía, de los tunantes. Y en esto, cayó. Al volver en sí manifestó que, si había dicho cohecho algo digno de represión, deseaba que sus señorías lo atribuyesen a su mal…

Pero no sólo los escritores y gente con formación, los propios médicos -y médicos muy prestigiosos- como el Dr. Segovia de Arana, por ejemplo, han mantenido la hipótesis clásica de la epilepsia de Julio César:

“Como afectado de gran mal debemos considerar a Julio César. Todos sus biógrafos nos dejan constancia de los ataques que sufría durante los cuales se quedaba junto a él sólo un esclavo griego que le atendía solícito desde su juventud;
todas las demás personas debían ausentarse respetuosamente porque César no hubiese permitido jamás ser convertido en espectáculo. En las jornadas previas a algunas de sus grandes batallas sufrió crisis convulsivas en su tienda de campaña y llegó a decirse que durante las mismas recibía la inspiración para el desarrollo bélico que siempre le condujo de triunfo en triunfo. Al llegar a Egipto en persecución de su enemigo Pompeyo conoció a Cleopatra y la relación amorosa y política entre estas dos personalidades tan singulares pudo cambiar la historia del mundo. Lo que ahora me interesa relatar es la influencia que la epilepsia de César pudo tener en el establecimiento de aquella relación.

Se cuenta que Cleopatra asistió a escondidas a alguna crisis y mandó llamar a los mejores médicos egipcios que había en la corte de Alejandría. Estos médicos, poseedores y practicantes del amplísimo bagaje de saberes acumulado durante dos mil años en el país de los faraones, debían tener conocimientos para tratar aquella enfermedad que aquejaba al ilustre huésped de su reina. Los médicos de Cleopatra, en efecto, proporcionaron a ésta algún remedio que ella se apresuró a entregar a César aun a riesgo de tener que reconocer que había presenciado sus ataques. Aquel obsequio ayudó a que se entablara una relación más cordial entre ambos que fructificó en todos los extraordinarios sucesos que nos enseñan los libros de Historia.

Durante los siglos medievales muchos epilépticos fueron considerados, más que como seres en directa relación con la divinidad, como posesos del demonio y sometidos en consecuencia a exorcismos y a otras prácticas menos espirituales para conseguir que el maligno abandonase sus atormentados cuerpos. En otras ocasiones se les incluía en el censo de los locos y pasaban a nutrir las lóbregas instituciones que en esa época se ocupaban de mantener a los enajenados fuera del contacto con el resto de la sociedad. Uno de los primeros beneficios que reportó el nuevo concepto de enfermedades mentales surgido en el siglo XIX fue el de separar de éstas a la epilepsia y clasificarla como una dolencia del sistema nervioso absolutamente distinta de cualquier forma de locura.”

Jean-Léon Gérôme (1824-1904).

Jean-Léon Gérôme (1824-1904). “Cleopatra ante César” (1866)

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Sin embargo, recientemente, la prensa internacional se ha hecho amplio eco de una nueva hipótesis publicada en la revista Neurological Sciences por los doctores Francesco M. Galassi y Hutan Ashrafian, a finales de marzo de 2015, con el título: “Has the diagnosis of a stroke been overlooked in the symptoms of Julius Caesar?” No he podido leer el artículo porque hay que pagar para hacerlo (y no está la cosa para dispendios, aunque sean pequeños); pero disponemos de un vídeo, de Classics Confidential, donde los autores, médicos del Imperial Collegue de Londres, explican su teoría:

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Lamentablemente, muchas publicaciones en español han traducido erróneamente “stroke” por “apoplejía“, un término médico confuso y ya prácticamente en desuso. El término “stroke” puede traducirse como “ictus“, “accidente cerebrovascular“, “infarto cerebral” o “derrame cerebral“, por ejemplo. Aunque los autores hablan más concretamente de “mini strokes“, que debemos traducir con mayor propiedad como “accidentes isquémicos transitorios“; los cuales se caracterizan por que los síntomas desaparecen antes de 24 horas, generalmente antes de 1 hora, y esos síntomas (muy parecidos a los del ictus pero transitorios y reversibles) pueden ser:

– Pérdida de la sensibilidad o trastornos de la misma en un brazo o una pierna, o en un lado del cuerpo.
– Debilidad o parálisis en un brazo o una pierna, o en todo un lado del cuerpo.
– Pérdida parcial de la visión o de la audición.
– Visión doble.
– Mareo.
– Lenguaje ininteligible.
– Dificultad para pensar en la palabra adecuada o para expresarla.
– Incapacidad para reconocer partes del cuerpo.
– Movimientos inusuales.
– Incontinencia urinaria.
– Desequilibrio y caída.
– Desmayo.

Nicolas Coustou (1658-1733).

Nicolas Coustou (1658-1733). “Julio César” (1696). Museo del Louvre. París

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Más acertada es la reseña de Miguel Ángel Criado en El País; quien, entre otras cosas, escribe:

“Cuando iba a comenzar la decisiva batalla de Tapso (en la actual Túnez) contra los restos del ejército de Pompeyo en el año 46 antes de Cristo […], Julio César se desvaneció cayendo entre convulsiones. Sus hombres tuvieron que apartarlo de las miradas llevándolo a un fortín. Para narrar el episodio, el historiador griego Plutarco usó la palabra ‘epileptikos’ y desde entonces han sido muchos los que han dado por bueno que el caudillo romano sufría epilepsia. Sin embargo, ahora, dos investigadores aportan otra teoría: una serie de ictus habría protagonizado los últimos días del creador del Imperio.

Plutarco tuvo que escribir de oídas ya que no estuvo en la llanura de Tapso. De hecho, escribió sobre César 10 años[sic] después de su muerte. El propio Cayo Julio César […], gran escritor, además de militar, político y libertino, no dejó nada escrito sobre sus ataques. Ni siquiera eruditos coetáneos como Cicerón o inmediatamente posteriores, como el cordobés Lucano, lo hicieron. Solo el biógrafo de emperadores Suetonio volvería a hablar de la enfermedad de César un siglo después, aunque llamándola ‘morbus comitialis’, refiriéndose a un ataque que obligaba a detener una asamblea o reunión. La enfermedad tenía un halo divino, como si fuera una intervención de los dioses.

Sobre esa base, buena parte de los historiadores clásicos y de la medicina han mantenido que Julio César era epiléptico. De hecho, la mayoría de los artículos científicos recientes parten de la epilepsia y se dedican a aventurar sobre su etiología: que si fruto de un tumor cerebral, que si de origen genético, que si provocada por la sífilis o por un parásito intestinal

‘La nuestra es una teoría más completa, clara y simple, las otras son muy complicadas’, dice el investigador de la facultad de medicina[sic] del Imperial College de Londres, Francesco Galassi. Junto a su colega Hutan Ashrafian, Galassi ha rehecho el rompecabezas de la enfermedad de Julio César. Revisitando los clásicos y las investigaciones modernas con otros ojos, donde los demás vieron epilepsia ellos ven ictus y no uno, sino varios.

Siguiendo a Plutarco, Julio César sufrió su primer derrame cerebral en Corduba (la actual Córdoba), posiblemente en el 49 a.C., es decir, tres años antes que el de Tapso, o en el 46, al regresar a Hispania desde África. Si fue en la primera fecha, tenía entonces 51 años. ‘un primer ataque de epilepsia rara vez se presenta en la edad adulta’, recuerda Galassi. Y no hay registros de que el caudillo romano sufriera alguno en su infancia.

Tras salir vencedor de la guerra civil, Julio César regresó triunfante a Roma en el 46 a.C. Allí sucedieron otros dos hechos que, aunque poco documentados y detallados, sirven a los investigadores para apuntalar su tesis del ictus. En uno, senadores y grandes patricios romanos salen al encuentro de César para tributarle honores y cargarlo de títulos. Sin embargo, el emperador que nunca lo fue rehusó el encuentro alegando que se encontraba indispuesto. Lo que se sabe es que sufrió fuertes mareos, vértigo e intenso dolor de cabeza. Pero nada de la pérdida de consciencia o temblores propios de la epilepsia.

Como recuerdan estos investigadores en su artículo en la revista Neurological Sciences, un último episodio tuvo lugar cuando su amigo Cicerón loaba sus hazañas en el Senado. Julio César tembló, de emoción según Plutarco, escapándosele unos legajos de las manos. ‘El ataque con Cicerón encaja con un cuadro general de ictus’, asegura Galassi.

Para completar su argumentario a favor, los investigadores recuerdan que el gran general romano tuvo, en los años posteriores al ataque de Corduba, continuos dolores de cabeza, repentinos cambios de humor y una tendencia a la depresión. Depresivo estaba cuando, aún siendo avisado de que se estaba urdiendo un compló[sic] contra él, César no dejó de acudir a su cita con el destino para ser asesinado por un grupo de senadores en los idus de marzo del año 44 a.C.

‘El comportamiento de César cambió en estos años y nosotros tenemos una posible explicación’, sostiene Ashrafian. ‘Los datos siempre han estado ahí pero han sido interpretados partiendo de la epilepsia, nosotros lo vemos con otra óptica’, añade. Para él, es muy posible que los historiadores como Plutarco, Suetonio y otros, apostaran por la epilepsia por su halo divino. ‘Alejandro Magno tenía epilepsia y era visto como una divinidad. César pudo aprovecharse de eso’, comenta.

[…]

Para armar su teoría, los defensores de la epilepsia han querido ver en la repentina muerte tanto del padre de Julio César como de su bisabuelo lo que hoy se conoce como SUDEP, o muerte súbita inexplicada del paciente epiléptico. Incluso hay quienes sostienen que Cesarión, el hijo que tuvo con Cleopatra, sufría de convulsiones. Y sería una epilepsia de origen genético: el emperador Calígula y Británico, el hijo asesinado del emperador Claudio, también tuvieron ataques epilépticos. Los dos eran descendientes de la familia de Julio César.

Pero, como recuerdan Ashrafian y Galassi, no hay datos que señalen que Julia, la hermana de César sufriera de epilepsia. En cuanto a Cesarión, es complicado comparar ambos casos dado que apenas hay datos sobre el hijo nunca oficialmente reconocido de Julio César y Cleopatra. Además, recalcan estos investigadores, también puede existir una predisposición genética al ictus, lo que explicaría las muertes de su padre y su bisabuelo por un infarto.”

El problema es que -como ya se ha mencionado- ni Julio César (que escribía mucho y bien) ni sus contemporáneos dejaron testimonio conocido sobre su enfermedad. Plutarco, Suetonio, Apiano… escribieron sobre la posible enfermedad de César muchos años después, basándose no en documentos -en fuentes primarias- sino en lo que se decía… Es imposible, por tanto, determinar que enfermedad o enfermedades podía padecer. Sólo se pueden hacer suposiciones. Lo cierto, en cambio, es que César no murió a causa de ninguna enfermedad.

Vincenzo Camuccini (1771-1844).

Vincenzo Camuccini (1771-1844). “Morte di Cesare” (1804-1805). Óleo sobre lienzo. 112 x 195 cm. Galleria Nazionale d’Arte Moderna. Roma

Goya y su médico, el doctor García Arrieta.

Goya y su médico, el doctor García Arrieta.

“Nada hay más fundamental y elemental en el quehacer del médico que su relación inmediata con el enfermo; nada en ese quehacer parece ser más permanente.”

El profesor Laín Entralgo escribió estas palabras en su libro La relación médico-enfermo. Historia y teoría, publicado en 1964. Desde entonces, dicha relación ha cambiado más que durante los veinticinco siglos anteriores. La enorme transformación experimentada por los servicios públicos de salud, el trabajo en colaboración entre los distintos profesionales sanitarios, la proliferación de medios técnicos cada vez más avanzados, la necesaria información al paciente para que pueda tomar sus propias decisiones, han transformado la antigua relación paternalista en otra, regida por el “principio de autonomía”, en la que el médico propone pero el paciente dispone. Sin embargo, aunque pueda parecer que no es fácil, hoy como ayer, en esa relación que se establece entre el médico y el paciente debe existir una “amistad”, entendida como un afecto -según el Diccionario de la Lengua Española- “compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.” “Más allá de todo doctrinarismo -apostilla Laín– el buen médico ha sido siempre amigo del enfermo, de cada enfermo.”

Un precioso testimonio pictórico de esa amistad entre un paciente y su médico nos la ofrece don Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) cuando se representa a sí mismo atendido por su médico, el doctor don Eugenio García Arrieta (1770-c.1820).

Francisco de Goya (1746-1828). Autorretrato con el Dr. Arrieta (1820) Óleo sobre lienzo. 114,62 x 76,52 cm. Minneapolis Institute of Arts. Minnesota

Francisco de Goya (1746-1828). Autorretrato con el Dr. Arrieta (1820)
Óleo sobre lienzo. 114,62 x 76,52 cm.
Minneapolis Institute of Arts. Minnesota

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A finales de 1819, Goya, que ya superaba los setenta años de edad, sufrió una grave enfermedad de la que tenemos noticia, fundamentalmente, por la pintura que él mismo nos dejó como muestra de agradecimiento al médico que lo atendió: el doctor Arrieta. Se ha especulado bastante sobre cuál fue esa enfermedad. Las hipótesis más probables nos hablan de una afección cerebrovascular o de una patología infecciosa. Así, por ejemplo, el profesor García-Conde Gómez dice:

Goya debió sufrir entonces, como en épocas posteriores, crisis de insuficiencia cerebrovascular transitoria como fondo de una ateromatosis generalizada. La medicación que D. Eugenio García Arrieta le administra en el cuadro debe ser valeriana…”

En cambio, el profesor Gómiz León, nos recuerda la posible etiología infecciosa y afirma:

“Según documentos que permanecieron en poder de los descendientes de Arrieta, se habla en ellos de fiebres tifoideas (tabardillo), y que Goya presentó cefalea, fiebre alta, delirios y parálisis parcial.”

Posiblemente, nunca sabremos con certeza cuál fue la enfermedad que, por aquellas fechas, llevó a Goya muy cerca de la muerte. De lo que no hay duda es del testimonio de agradecimiento y amistad que el propio pintor dejó escrito de su puño y letra en el cuadro:

“Goya agradecido a su amigo Arrieta por el acierto y esmero con que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad, padecida a fines del año 1819 a los setenta y tres años de su edad. Lo pintó en 1820.”

El artista se retrata a sí mismo moribundo, pálido, con la boca entreabierta y la mirada extraviada; aunque aferrándose a la vida como a la blanca sábana que le cubre hasta la cintura. Él, que como tantos otros literatos y pintores del Antiguo Régimen había satirizado a los profesionales de la medicina en algunas obras anteriores, se muestra ahora apoyado en su médico amigo, el doctor Arrieta, a quien pinta tratándole con humanidad pero no exento de firmeza en su oficio, sosteniéndole mientras le ofrece un vaso con la medicina que ha de tomar. Tras ellos, en el fondo oscuro, se vislumbran tres rostros que han sido objeto de las más diversas interpretaciones: desde que podían ser familiares y sirvientes hasta -y ésta es la más frecuente- que se trataba de las mismísimas Parcas… Hay, también, quien considera este cuadro como un exvoto laico que Goya ofrenda a su médico al tener conocimiento de su muerte.

Sobre Eugenio García Arrieta no es mucho lo que podemos decir. Se sabe que nació en Cuéllar (Segovia), el 15 de noviembre de 1770; que ejerció la medicina en Madrid, donde llegó a atender a una distinguida clientela; que era hermano del escritor Agustín García Arrieta, primer director de la Biblioteca de la Universidad de Madrid; y que, en 1820, poco después de haber atendido a Goya, fue comisionado por el gobierno español para estudiar “la peste de Levante” en las costas de África, donde seguramente falleció. Todo indica que el anciano paciente sobrevivió ocho años a su amigo médico, a pesar de sus enfermedades y de ser veintitrés años mayor que él.

Como homenaje a los dos, el pintor y el médico, acabamos en esta ocasión con otras pinturas de Goya y las notas de un músico italiano que comprendió como pocos el carácter español: Luigi Boccherini (1743-1805).

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REFERENCIAS:

GARCÍA-CONDE GÓMEZ, F. J. (1994): La estimación social del médico en relación con su eficacia. Discurso leído en la solemne sesión inaugural del curso académico 1994, celebrada el día 11 de enero. Madrid, Instituto de España, Real Academia Nacional de Medicina: 8.

GÓMIZ LEÓN. J. J. (2007): “Goya y su sintomatología miccional de Burdeos, 1825”. Arch. Esp. Urol. 60, 8: 923. [Disponible en: http://scielo.isciii.es/pdf/urol/v60n8/historia8.pdf; consultado el 24 de mayo de 2015]. 

LAÍN ENTRALGO, P. (1983): La relación médico-enfermo. Historia y teoría. Madrid, Alianza: 19.

LÁZARO, J. y GRACIA, D. (2006): “La relación médico-enfermo a través de la historia”. An. Sist. Sanit. Navar. 29 (Supl. 3): 7-17.

WINKLER, M. G. (1998): “Goya Attended by Dr. Arrieta”. Literature, Arts and Medicine Database. [Disponible en:  http://medhum.med.nyu.edu/view/10321; consultado el 24 de mayo de 2015].

Paul Gachet: el médico pintor y amigo de pintores

Paul Gachet: el médico pintor y amigo de pintores

Es posible que Paul Ferdinand Gachet (1828-1909) haya pasado a la historia tan sólo porque fue el último médico de Vincent van Gogh (1853-1890) y el pintor lo retrató en junio de 1890, poco antes de quitarse la vida. Pero el Dr. Gachet fue un médico muy peculiar, amigo de artistas y artista él mismo, que sólo conoció a Van Gogh durante los dos últimos meses de vida del pintor que lo haría pasar a la historia y no sólo fue retratado por él. No hablaremos ahora del controvertido ejercicio profesional del Dr. Gachet, ni de la polémica que todavía existe sobre su verdadero papel en la muerte de Van Gogh, sino que -simplemente- se expondrá una galería de retratos.

Paul Gachet compartió sus estudios y su ejercicio profesional, como médico, con su pasión por el arte. Él mismo fue autor de un buen número de dibujos, grabados y pinturas, que firmaba con el seudónimo Paul Van Ryssel, que no se pueden calificar de excelentes pero sí merecen que, en alguna ocasión, les dediquemos nuestra atención. Y siempre le gustó cultivar la amistad de los artistas, en especial de los pintores. Su amigo Ambroise Détrez, que luego sería profesor de Bellas Artes en Valenciennes, le retrató cuando todavía era estudiante de Medicina.

Ambroise Détrez (1811-1863). Retrato del doctor Paul Gachet cuando era estudiante (c.1850-1852) Óleo sobre lienzo. 58 x 48,5 cm. Musée des Beaux-Arts. Valenciennes

Ambroise Détrez (1811-1863). Retrato del doctor Paul Gachet cuando era estudiante (c.1850-1852)
Óleo sobre lienzo. 58 x 48,5 cm.
Musée des Beaux-Arts. Valenciennes

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Tendría Gachet entonces veinticuatro o veinticinco años de edad. En el retrato vemos a un joven delgado, de tez pálida y rostro alargado. El pelo es rubio oscuro, rojizo, y ligeramente ondulado. Los ojos claros y algo caídos. La nariz prominente, discretamente aguileña. Los labios dibujan una boca acorazonada y sobre el superior aparece un fino bigote con las puntas elevadas. La barbilla puntiaguda, casi prognata.

Diez años después, en torno a 1860, Armand Désiré Gautier (1825-1894) le pintó en el cuadro que vemos a continuación (del que lamento no haber podido conseguir una imagen de mayor calidad) en el que un Gachet elegantemente vestido se ha dejado crecer el pelo y las patillas, a la moda de la época, y lleva ya perilla; aunque todavía no es la que veremos en los retratos de épocas posteriores.

Armand D. Gautier (1825-1894). Le Docteur Paul Gachet (c.1859-1861)

Armand D. Gautier (1825-1894). Le Docteur Paul Gachet (c.1859-1861)

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Charles Lucien Léandre (1862-1934) se hizo especialmente famoso por sus caricaturas, como ésta que nos muestra a Gachet fumando en pipa, más alopécico de lo que en realidad era; pero perfectamente reflejados, por los demás, los rasgos característicos que vemos en los otros cuadros de esta época, cuando el médico ya rondaba los sesenta años de edad.

Charles Léandre (1862-1934). Paul Ferdinand Gachet (c.1887)

Charles Léandre (1862-1934). Paul Ferdinand Gachet (c.1887)

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Fumando en pipa, también, en un grabado menos conocido que sus dos famosos cuadros, lo retrató Vincent van Gogh en mayo de 1890, cuando acababan de conocerse en Auvers-sur-Oise. El grabado fue realizado por el artista holandés en el taller propiedad de Gachet.

Vincent Van Gogh (1853-1890). El Dr. Gachet fumando en pipa Grabado realizado el 25 de mayo de 1890 Rijksmuseum Kröller-Müller. Otterlo. Holanda

Vincent Van Gogh (1853-1890). El Dr. Gachet fumando en pipa
Grabado realizado el 25 de mayo de 1890
Rijksmuseum Kröller-Müller. Otterlo. Holanda

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Pero, sin duda, el Dr. Gachet ha pasado a la historia por los dos cuadros que pintó “el loco del pelo rojo” un mes antes de quitarse la vida. Mucho habría que hablar de estos cuadros y de la especial relación médico-enfermo que mantuvieron el pintor y su modelo. Quizás pueda hacerlo más adelante.

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

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De momento, dejo un enlace a la página del Museo de Orsay, donde se encuentra la segunda versión del retrato, y donde se habla de la relación que existió entre Vincent van Gogh y Paul Gachet. La página es muy buena; aunque habría que matizar algunas de las afirmaciones que en ella se expresan.

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

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Otro retrato, uno de mis preferidos, es el que pintó Norbert Goeneutte (1854-1894) recién llegado a Auvers, en 1891, un año después de la muerte de Van Gogh, el año en que el Dr. Gachet cumplía los 69 de edad. El ya anciano médico (que todavía viviría dieciocho años más) aparece de perfil, leyendo un libro apoyado en un atril. Sobre la mesa se puede ver una tetera, una lupa enorme, otro libro y encima sus lentes. Sin duda tenía ya problemas de visión pero, coqueto, no se pone las gafas para retratarse. La misma coquetería que le llevaría -según parece- a teñirse el pelo, como lo hacía aquel rey Pedro III de Aragón de quien habla mi amigo Antonio Castillo en su blog tagarete. Porque, desde siempre, la coquetería ha sido cosa de hombres… 😉

Norbert Goeneutte (1854-1894). El doctor Paul Gachet (1891) Óleo sobre madera. 35 x 27 cm. Musée de Orsay. París

Norbert Goeneutte (1854-1894). El doctor Paul Gachet (1891)
Óleo sobre madera. 35 x 27 cm.
Musée de Orsay. París

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Y aún nos queda un retrato más, el que pintó el hijo del Dr. Gachet, Louis-Paul Gachet (1873-1962), que no sólo llevaba el apellido real de su padre, sino que firmaba sus obras con el seudónimo Louis van Ryssel, igual que el Dr. Gachet, también pintor, lo hacía con el de Paul van Ryssel. En el cuadro, pintado con acuarelas y lápices de colores en 1903, cuando nuestro médico amigo de artistas rondaba los setenta y cinco años de edad. Vemos al Dr. Gachet escribiendo -al parecer en un momento de reflexión- con la pluma ligeramente levantada sobre el papel, en la mano derecha, mientras que apoya la izquierda encima de una calavera. Al fondo, bajo la fecha de realización del cuadro en números romanos, sólo se ve una pequeña escultura que representa una figura humana, que tanto podía valer al médico como al pintor; aunque Paul Ferdinand Gachet, como pintor, no destacó especialmente en el dibujo de la figura humana, puesto que la mayoría de sus obras fueron paisajes o bodegones. Y cuando pinta personas, sus imágenes aparecen difuminadas, sin una clara forma anatómica. Pero es el rostro del viejo doctor el que más me llama la atención. Sigue siendo el mismo que retrató Van Gogh trece años antes, con sus ojos claros y caídos, su nariz aguileña y esa perilla y ese bigote tan característicos, pelirrojos (seguramente teñidos) como el cabello, igual que lo pintó Van Gogh. Incluso lleva una gorra, que no sabemos si era la misma que llevaba en los retratos del holandés. Una gorra que según leo, se encuentra en el Museo de Orsay.

Louis van Ryssel (1873-1962). Portrait du docteur Gachet écrivant (1903) Acuarela y lápices de colores. 64 x 48,5 cm. (C) RMN (Musée d'Orsay / Jean Gilles Berizzi)

Louis van Ryssel (1873-1962). Portrait du docteur Gachet écrivant (1903)
Acuarela y lápices de colores. 64 x 48,5 cm.
(C) RMN (Musée d’Orsay / Jean Gilles Berizzi)

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Amarillo Van Gogh: ¿por decisión del pintor o por motivos médicos?

Amarillo Van Gogh: ¿por decisión del pintor o por motivos médicos?

En un reciente número de la revista Noticias Médicas mi admirado Dr. Pedro Gargantilla trata sobre las posibles razones por las que el color amarillo dominó la paleta de Vincent van Gogh, hasta el punto de que algunos nos atrevamos a hablar del “amarillo Van Gogh”. Como no parece posible encontrar este artículo en Internet me permito copiarlo, citando la referencia[1], y añado las pinturas que el Dr. Gargantilla menciona:

La decisión de Van Gogh de emplear nuevos colores brillantes en sus lienzos es considerado un hito en la historia del arte. El artista holandés eligió deliberadamente colores para manifestar sus estados de ánimo y sus emociones. Entre los años 1886 y 1890 el color amarillo dominó su paleta cromática. Esto se puede observar, por ejemplo, en “La noche estrellada“…

Vincent van Gogh (1853-1890). La noche estrellada (1889). Museo de Arte Moderno (MOMA). Nueva York

Vincent van Gogh (1853-1890). La noche estrellada (1889). Museo de Arte Moderno (MOMA). Nueva York

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…”Terraza de café por la noche“…

Vincent van Gogh (1853-1890). Terraza de café por la noche (1888).  Museo Kröller-Müller, Otterlo, Holanda

Vincent van Gogh (1853-1890). Terraza de café por la noche (1888). Museo Kröller-Müller, Otterlo, Holanda

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…”Los girasoles“…

Vincent van Gogh (1853-1890). Una de las pinturas de la serie

Vincent van Gogh (1853-1890). Una de las pinturas de la serie “Los girasoles” (1888-1889), repartidos por distintos museos.

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… o “Campo de trigo con segador y sol“.

Vincent van Gogh (1853-1890). Campo de trigo con segador a la salida del sol (1889). Museo Van Gogh, Amsterdam

Vincent van Gogh (1853-1890). Campo de trigo con segador a la salida del sol (1889). Museo Van Gogh, Amsterdam

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Ahora bien, -continúa Gargantilla– ¿por qué este color y no otro? ¿Fue una elección propia del pintor holandés o respondió a algún tipo de alteración médica? Se han propuesto dos posibles explicaciones médicas: la intoxicación crónica por absenta y la intoxicación por digital.

En cuanto a la intoxicación crónica por absenta, sabemos que era el licor por excelencia en los entornos bohemios que frecuentaba el artista y que contiene tujona, un aceite químicamente relacionado con el alcanfor, cuyo consumo mantenido y elevado puede provocar visión en halos de colores. Sin embargo se ha calculado que habría que consumir 192 litros de absenta para producir este efecto, una cantidad muy elevada.

La otra posibilidad es que los halos amarillos fuesen las xantopsias que produce la intoxicación crónica por digital. Sabemos que esta sustancia formaba parte del tratamiento de la epilepsia y de las enfermedades mentales en el siglo XIX, puesto que se le atribuía un efecto antiepiléptico y sedante. Analizando las epístolas del artista a su hermano Theo hemos podido saber que la digital fue un tratamiento que le prescribió de forma regular el doctor Paul-Ferdinand Gachet. Es más, en el retrato que realizó a su médico en 1890, en el que aparece sujetándose la cabeza con su brazo derecho, hay un ramillete de Digitalis purpurea o dedalera sobre la mesa, la planta a partir de la cual se extrae la digital.

Hasta aquí el artículo del Dr. Gargantilla en Noticias Médicas: con el retrato del Dr. Gachet, única imagen que vemos en la revista.

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

Cabe añadir que existe otro retrato del Dr. Gachet pintado por Van Gogh en la misma época, que se encuentra en el Museo de Orsay, en París, en el que también aparece la planta de digital.

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

Según nos explica Gargantilla, no es posible que la absenta fuera responsable de esa predilección por el amarillo que tenía Van Gogh. Pero no se puede descartar su influencia en la compleja patología del pintor, como sugería Vallejo-Nájera[2]. Y Francisco José Soto Febrer escribe[3]:

No podemos decir que la absenta sea la causa de la enfermedad del pintor, pero sí que contribuyó a empeorarla, y a perjudicar bastante su salud física, porque sí que podemos atribuirle muchos de los síntomas puramente orgánicos, tales como vértigos, dolores abdominales, vómitos, temblores, e incluso las alucinaciones visuales.

Edgar_Germain_Hilaire_Degas_012 La absenta 1876 Orsay

Edgar Degas (1834-1917). “En un café”, también llamado “La absenta” (1873). Musée d’Orsay

Finalmente, dado que Paul Gachet sólo asistió a Van Gogh durante sus últimos meses de vida, nos preguntamos si otros de los muchos médicos que le atendieron anteriormente -entre ellos el doctor Félix Rey– usaron también la digital en sus tratamientos. Habrá que investigarlo…

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Félix Rey (1889). Museo Pushkin, Moscú.

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Félix Rey (1889). Museo Pushkin, Moscú.

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Referencias bibliográficas

[1] Gargantilla, P. (2015): “El Doctor Gachet”. Noticias Médicas; 4.000: 15.

[2] Vallejo-Nágera, J.A. (1979): Locos egregios. 7ª ed. Madrid, Dossat: 261-287.

[3] Soto Febrer, F.J. (2013): La patología de Van Gogh. En: Romero Coloma, A.M. y Soto Febrer, F.J.: El mundo de Van Gogh a través de su pintura y su enfermedad. Chiclana de la Frontera (Cádiz), Presea: 96.

“Hipócrates”: la película de Thomas Lilti

“Hipócrates”: la película de Thomas Lilti

Acaba de estrenarse en los cines españoles Hipócrates, una película de médicos, sobre el ejercicio de la medicina en un hospital; pero nada que ver con House, con Anatomía de Grey o con nuestro Hospital Central patrio, por ejemplo (aunque estas tres sean series de televisión). Hipócrates es una película francesa, que viene precedida de un notable éxito en su país, dirigida por Thomas Lilti, que también ha colaborado en el guión. Y Lilti, además de director y guionista de cine es médico en ejercicio.

Para presentar la película, transcribo la crónica de un periódico modesto, La Comarca de Puertollano, porque me parece objetiva y bien escrita por José Belló Aliaga:

Distribuida por Caramel Films, se estrena el viernes día 8 “Hipócrates”, coescrita y dirigida por Thomas Lilti, una inteligente comedia social sobre la estructura y los métodos de trabajo en un hospital, que ha sido vista ya por más de un millón de espectadores en Francia.

Sinopsis

Benjamín está destinado a ser un gran doctor, pero su primera experiencia como médico residente en el hospital donde trabaja su padre, no sale como él esperaba. La práctica se revela mucho más compleja que la teoría, y la responsabilidad es aplastante.

Vincent Lacoste, como Benjamín en

Vincent Lacoste, como Benjamín en “Hipócrates” (2014)

Además, su compañero de trabajo, un médico extranjero, tiene mucha más experiencia que él. Benjamín tendrá que enfrentarse cara a cara con sus límites y sus miedos, así como los de sus pacientes y sus familiares, los médicos y sus compañeros residentes.

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Benjamin (Vincent Lacoste) y su compañero médico veterano Abdel (Reda Kateb), junto a una enfermera, atendiendo a un paciente.

La película

En el Festival de Cannes de 2014, “Hipócrates” fue la Película de clausura, en la Semana de la Crítica, e incluida en la Sección Oficial del Festival de Gijón también en 2014.

En los Premios Cesar de 2015 obtuvo siete nominaciones a Mejor película, Mejor director, Mejor montaje, Mejor guión original, Mejor actor protagonista (Vincent Lacoste), Mejor actor secundario (Reda Kateb) y Mejor actriz secundaria (Marianne Denicourt) y finalmente consiguió el Premio Cesar al Mejor actor secundario (Reda Kateb).

El director y coguionista Thomas Lilti, antes de licenciarse en medicina, dirigió tres cortometrajes, “Quelques heures en hiver”, “Après l’enfance” y “Roue libre “y es un realizador atípico ya que continúa ejerciendo como médico generalista además de su trabajo como guionista y director. En los últimos años ha desarrollado numerosos proyectos para el cine y la televisión, incluyendo su primer largometraje, “Les yeux bandés”, protagonizado por Guillaume Depardieu, que se estrenó en 2008. También coescribió “Télé Gaucho” con Michel Leclerc, y “Mariage à Mendoza” con Edouard Deluc.

Lilti, afirma: “mi carrera médica corre en paralelo con la de director de cine autodidacta, hasta la preproducción de mi primera película, “Les Yeux Bandés” (Los ojos vendados). En mi segunda película quise fundir ambas trayectorias. Por lo tanto, “Hipócrates” es una película autobiográfica pero no es una historia real. Benjamín soy yo, pero sigue siendo un alter ego ficticio. Es un médico interno muy joven, como fui yo. Y al igual que él, mi padre era médico. Pero aparte de mi experiencia personal en el mundo de la medicina, quería hablar de la vida de un hospital a través de mi protagonista”.

La acción de la película, bien desarrollada, las actividades sociales, las amistades masculinas, las historias de amor, el descubrimiento de las responsabilidades, la relación con la muerte… tienen lugar en ese importante recinto cerrado.

Hipocrates

Cartel anunciador de la película en España

Ficha técnica

Dirección: Thomas Lilti

Guión: Thomas Lilti, Baya Kasmi, Pierre Chosson, Julien Lilti

Producción: 31 Juin Fims, Agnés Vallée, Emamnuel Barraux

Duración: 102 min.

País: Francia

Coproducida por: France 2 Cinéma

Reparto: Vincent Lacoste (Benjamin), Jacques Gamblin (Barois), Reda Kateb(Abdel), Marianne Dennicourt (Denomandy), Félix Moati (Stéphane), Carole Franck (Myriam), Philippe Rebbot (Guy), Julie Brochen (Sra. Lemoine), Jeanne Cellard (Sra. Richard), Thierry Levaret (Sr. Lemoine “tsunami”)

Primer ayudante del director: Amandine Escoffier

Fotografía: Nicolas Guarin

Escenografía: Philippe van Herwijnen

Sonido: François Guillaume, Raphaël Sohier, Jean Paul Hurier

Montaje: Christel Dewynter

Música: Sylvain Dewynter, Alexandre Lier, Nicolas Weil

Con la participación de: Canal +, Cine +, France Télevisions

Distribuida en España por: Caramel Films

Estreno: 8 de mayo de 2015

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El joven médico Benjamín (Vincent Lacoste) explorando a un paciente

Procuraremos ver Hipócrates, la película.

La mala fama del doctor Guillotin

La mala fama del doctor Guillotin

La entrada anterior me hizo recordar a uno de los médicos más destacados en la Francia de Marat, cuyo apellido ha dado lugar al epónimo que denomina a la máquina de matar que llegó a convertirse en símbolo del terror revolucionario: el doctor Joseph Ignace Guillotin. Aunque, Guillotin, ni inventó, ni fabricó, ni murió decapitado por la guillotina, como algunos han asegurado.

Joseph Ignace Guillotin nació en Saintes (Francia) el 28 de mayo de 1738. Desde niño fue muy estudioso. Hay quien dice que su primera vocación fue religiosa. Otros afirman que se interesó por las artes y que llegó a dar clases de literatura en un colegio de Burdeos. Lo cierto es que estudió medicina, primero en Reims y luego en París, donde se graduó en 1770.

Como médico llegó a alcanzar una elevada reputación. “Cobraba caro las consultas en su consultorio de la Rue de la Bûcherie -afirma Eichenberg– pero fiel a sus preceptos humanitarios, atendía gratuitamente a los pobres en la parroquia de Saint Séverin.” En 1784 formó parte de la Comisión Real nombrada para estudiar el “magnetismo animal” o “mesmerismo” [por el apellido de su principal promotor, el médico alemán Franz Anton Mesmer (1734-1815)], que muchos consideraban una ofensa a la moral pública. Además de Guillotin, componían la Comisión prestigiosos científicos y políticos franceses, como Jean Sylvain Bailley, Jean d’Arcet o Antoine Laurent de Lavoisier, entre otros. Y, junto a ellos, el célebre norteamericano Benjamín Franklin. En sus conclusiones, la Comisión determinó que las “curas” de Mesmer eran reales, pero que no había evidencia de un “fluido magnético” -como sostenía el médico alemán- sino que se debían a la imaginación (hoy diríamos, más bien, a la sugestión). Años más tarde, Guillotin sería uno de los médicos que apoyaron en Francia la vacuna contra la viruela, de Edward Jenner (1749-1823); designándosele, en 1805, Presidente del Comité para la Vacunación en París.

Joseph Ignace Guillotin (1738-1814)

Joseph Ignace Guillotin (1738-1814). Museo Carnavalet, París

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Sin embargo, más que como médico, Guillotin ha pasado a la historia por su labor política. En concreto, por las propuestas que realizó como diputado relativas a la “humanización” de la pena capital en Francia. Guillotin era uno de los diez diputados que representaban a París en la Asamblea Nacional Constituyente, en 1789. En octubre de ese mismo año, cuando acababa de transformarse en Asamblea Legislativa, y en consonancia con el que se convertiría en lema de la República Francesa, “Liberté, Égalité, Fraternité“, ya propuso a la Asamblea que todos los condenados a muerte fueran decapitados por una máquina que asegurara su muerte de la forma menos dolorosa posible. Hasta entonces, la decapitación, mediante la espada o el hacha, era un privilegio reservado a los nobles. A los demás se les podía colgar, ahogar, desmembrar, mutilar, eventrar o quemar, entre otras barbaridades. Al parecer, solicitó también que las ejecuciones dejaran de ser públicas. Y se ha dicho, incluso, que era partidario de la abolición de la pena de muerte; aunque proponer dicha abolición, en aquellos tiempos, hubiera sido utópico. La verdad es que, en principio, no le hicieron el menor caso. Tuvo que insistir, y esperar hasta finales de 1791 la aprobación de la ley por la que todos los condenados a muerte en Francia debían ser decapitados, para “… que la pena de muerte fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”, y se ordenó la fabricación de una máquina para ello. Pero, Guillotin, no participó en su construcción.

Con diversos nombres, máquinas para decapitar habían existido antes y en distintos lugares. Alemania, Italia, Escocia, Persia… Incluso, en la antigua Roma, dicen que se utilizó un primitivo antecedente de la guillotina. Lo que hicieron los franceses fue perfeccionarla. Tres personas participaron fundamentalmente en su fabricación: el cirujano militar Antoine Louis, Secretario de la Academia de Cirugía, que aportó sus conocimientos científicos; el fabricante alemán de harpsicordios Tobías Schmidt, que presentó la oferta más económica al concurso publicado por la Asamblea francesa; y Charles Henri Sanson, el principal verdugo de París, un importante asesor, teniendo en cuenta su reconocida experiencia profesional. Las “mejoras” más significativas de esta nueva máquina para decapitar se basaban en la altura desde la que caía la cuchilla de acero y el elevado peso de ésta, que garantizaban una velocidad y fuerza adecuadas, además del ángulo de 45 grados de su borde, que facilitaba el “corte”. Al principio, llamaron a la máquina “Louisette” o “Louison“, no se sabe si por el nombre del cirujano Antoine Louis -como dicen unos- o “en honor” del Rey; aunque esos nombres no tuvieron éxito entre el pueblo, que prefirió llamarla guillotina.

La guillotina se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución Francesa

La guillotina se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución Francesa

El primer ejecutado en la guillotina no fue Luis XVI, sino un bandido llamado Nicolas Jacques Pelletier, el 27 de mayo de 1792. El último guillotinado en Francia fue Hamida Djandoubi, el 10 de septiembre de 1977. No me atrevo a dar cifras sobre la cantidad de personas guillotinadas en Francia y en otros países que adoptaron la guillotina para la ejecución de la pena de muerte. Han sido muchos miles. Por fortuna, Guillotin no fue uno de ellos. Aunque llegó a estar encarcelado, durante el “reinado del terror”, porque se había descubierto la carta de un noble -que sí fue guillotinado- encomendando al doctor el cuidado de su esposa e hijos, Guillotin fue liberado tras la caída política de Robespierre. Murió en su domicilio de París, el 25 de febrero de 1814, a consecuencia de una infección por carbunco en su hombro izquierdo.

Como dice Fernando Eichenberg:

“Definido como un hombre laborioso, austero, tímido, devoto, casto y honesto, defensor de la precisión de la formación y de la práctica de la medicina, el Dr. Guillotin falleció a los 76 años víctima de la indiferencia general y del disgusto por el uso abusivo de su creación. ‘Quiso terminar con el sufrimiento de los condenados a muerte y jamás imaginó que quedaría ante los ojos del pueblo como un sádico criminal en lugar de un benefactor de la humanidad. Víctima de la opinión pública, quedó convertido para siempre en el patrono de esta horrible máquina’, escribe Pigaillem. En la lectura del penegírico fúnebre, su amigo el médico Edmond-Claude Bouru destacó: ‘Infelizmente para nuestro colega, su moción filantrópica dio lugar a un instrumento al que el pueblo apodó con su nombre: prueba de que es difícil hacer el bien a los hombres sin que eso resulte en algún disgusto personal’.”

Curiosamente, por las mismas fechas en que se empezaba a utilizar la guillotina, el capitán de ingenieros Claude Joseph Rouget de Lisle, en Estrasburgo, compuso un himno patriótico que tituló Chant de guerre pour l’armée du Rhin. El 22 de junio de 1792, un joven oficial llamado François Mireur, médico, recientemente titulado en la Facultad de Medicina de Montpellier, que con el tiempo sería general del ejército en Egipto, se encontraba en Marsella encargado de preparar la marcha de los voluntarios de Montpellier y Marsella sobre París. Había oído el himno antes citado, y lo presentó a su gente con el título de Chant de guerre aux armées des frontières. La tropa lo aprendió y lo usaron como canción de marcha. Y así entraron en París el 30 de julio de 1792, entonando marcialmente el himno compuesto tres meses atrás por Rouget de Lisle. Los parisinos los acogieron con gran entusiasmo y bautizaron el cántico como La Marsellesa.

Jean-Paul Marat (1743-1793): médico y enfermo

Jean-Paul Marat (1743-1793): médico y enfermo

Pocos personajes históricos han provocado en su época amores y odios tan profundos como Jean-Paul Marat (1743-1793). Incluso ahora, más de dos siglos después de su muerte, cuesta referirse a él con la debida objetividad. Debo manifestar que el personaje de Marat no despierta en mí la menor simpatía; pero no puedo dejar de reconocer que la suya es una historia interesante desde el punto de vista médico.

Jean-Paul Marat nació en la comuna de Boudry, cantón de Neuchâtel, en la actual Suiza, el 24 de mayo de 1743. Era el mayor de nueve hermanos; hijos de Jean (antes Giovanni) Mara, un antiguo comendador mercedario de origen italiano, de Cerdeña, convertido al calvinismo, y Louise Cabrol, una ginebrina descendiente de hugonotes franceses. Jean-Paul añadiría más tarde la letra “t” a su apellido familiar, “Mara”, “… para dar a su nombre más apariencia francesa” [Wallis, 1916].

Con 16 años, tras la muerte de su madre, Marat se trasladó a Burdeos y dos años después a París, donde permanecería seis o siete años más. No se puede desechar la idea de que estudiara medicina durante su estancia en Burdeos y París, pero tampoco hay constancia de esos estudios ni de que obtuviera título alguno que le facultara para el ejercicio profesional. En realidad, el único título acreditativo de la formación médica de Marat que se conoce es un “doctorado” obtenido con la presentación de un trabajo sobre la gonorrea en la Universidad de Saint Andrews (Edimburgo), en 1775, cuando ya llevaba un buen número de años ejerciendo como médico, veterinario o barbero -según las circunstancias- en París, Londres, Edimburgo, Dublín y otras ciudades. El título completo de ese trabajo de “doctorado” [Bayon, 1945] era: An Essay on Gleets. The Defects of the Actual Method of Treating Those Complaints of the Urethra are Pointed Out, and Effectual Way of Curing Them Indicated.

Como investigador, aparte del ya citado sobre la gonorrea, sus trabajos de investigación se centraron, fundamentalmente, en el campo de la oftalmología. En 1775 publicó su Enquiry into the Nature, Cause and Cure of a Singular Disease of the Eyes. Aunque destacan sus ensayos científicos sobre el calor y el fuego, la luz y la electricidad. En 1782 publicó Recherches Physiques sur Electricité. En 1783: Recherches sur Electricité Medicate. Y en 1784: Notions Elementaires d’Optique. Del mismo modo que ocurrió en su faceta política, su obra científica le hizo granjearse tanto admiradores como detractores. Entre los primeros estaba Benjamín Franklin, que se interesó mucho por sus investigaciones y con el que llegó a entablar una buena amistad. Deseoso de ingresar en la prestigiosa Académie des Sciences, de París, presentó a la ilustre corporación académica sus publicaciones científicas, incluyendo la última, Memóires Académiques, ou Nouvelles Découvertes sur la Lumière (1788). Pero no fue aceptado. Se dice que la Academia obró así por haber tenido la “… osadía de disentir de Isaac Newton” y que Goethe, otro de sus buenos amigos, “… siempre consideró el rechazo de la academia [sic] como una clara muestra de despotismo científico.” Uno de los que más se señalaron oponiéndose al ingreso de Marat en la Academia fue el padre de la química, Antoine de Lavoisier. Años después, en 1791, Marat, el que tanto interés había tenido en ser académico, publicó Les Charlatans Modernes, ou Lettres sur le Charlatanisme Academique, y cuando fue dueño del poder suprimió la Academia y mandó guillotinar a Lavoisier.

En cuanto, a su práctica profesional -aparte de su posible desarrollo en Francia y por poco tiempo en Holanda, hasta 1766- se sabe con certeza que Marat ejerció la medicina, entre 1766 y 1776, en diversos lugares de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Pero su notoriedad profesional empezó a crecer tras su regreso a Francia; sobre todo, desde que “curó” una grave afección pulmonar (hay quien habla de tuberculosis) a la marquesa de L’Aubespine; aunque el medicamento que utilizó era “… poco más que tiza y agua” [Lipman Cohen y Lipman Cohen, 1958]. Todo indica que, entre Marat y la Marquesa, hubo algo más que una buena amistad. Pero el agradecido marido, además, presentó a Marat al conde d’Artois, el hermano menor de Luis XVI, quien llegaría a reinar con el nombre de Carlos X en 1824, en la Restauración. El conde d’Artois nombró a Marat, en 1777, médico de su guardia personal, con un salario de 2.000 libras anuales, y le abrió las puertas de las mejores casas de la aristocracia francesa, convirtiéndole en uno de los principales médicos de la Corte. Sin embargo, a pesar de la elevada posición social y económica que, como médico, había llegado a alcanzar, Jean-Paul Marat abandonó el ejercicio de la medicina en 1788 para dedicarse por entero a la política.

Jean-Paul Marat según un grabado de 1824 basado en el retrato de Joseph Boze, de 1793

Jean-Paul Marat según un grabado de 1824 basado en el retrato de Joseph Boze, de 1793

No hablaremos aquí del Marat político y revolucionario. Su obra es suficientemente conocida y, en todo caso, existe abundante información sobre la misma. Trataremos, en cambio, sobre otra cuestión desde hace tiempo ampliamente debatida: ¿Cuál fue la enfermedad o cuáles fueron las enfermedades que sufrió Marat?

Jaime Cerda, en un artículo publicado el año 2010 en la Revista Médica de Chile, escribe:

“El comienzo de su singular enfermedad se remontaría entre tres y cinco años antes de su muerte, no existiendo consenso entre los historiadores sobre su etiología. Jelinek (1979) describió la enfermedad de Marat como ‘una afección cutánea crónica y adquirida, afectándole en una edad media (45-50 años), la cual comenzó en la zona perineal, se expandió a la mayoría de su cuerpo, era intensamente pruriginosa, persistió durante largo tiempo y no demostró ser letal’. La enfermedad comenzó a agravarse, tornándose intensamente pruriginosa, comprometiendo su calidad de vida y forzándole a permanecer por largas horas sumergido en una bañera, cuyas aguas medicinales le proporcionaban algún alivio. La bañera tenía forma de zapato y le permitía trabajar y dialogar con diversas personas mientras se encontraba en su interior.”

Ya en vida de Marat; pero, sobre todo, desde principios del siglo XX hasta la actualidad, las hipótesis diagnósticas planteadas sobre su enfermedad de la piel han sido variadas, fiel reflejo de la incertidumbre existente respecto al diagnóstico real. El mismo Marat decía que la había contraído mientras se escondía bajo tierra -en tiempos difíciles para él- en sótanos y alcantarillas. Sus enemigos esparcieron el rumor de que se trataba de sífilis. Más adelante se apuntaron los diagnósticos de eczema (Cabanés, 1913), eczema liquenificado (Hart, 1924), escabiosis (Bayon, 1945) y dermatitis seborreica (Dale, 1952). Pero Little (1916), Scarlett (1930) y Jelinek (1979) coinciden en el diagnóstico más probable de dermatitis herpetiforme.

La dermatitis herpetiforme fue descrita por primera vez en 1884 -es decir, noventa y un años después de la muerte de Marat– por el dermatólogo norteamericano Louis Duhring (por eso se le conoce también como enfermedad de Duhring), “como una erupción en la piel caracterizada por la presencia de lesiones vésico-ampollosas agrupadas en un patrón herpetiforme…” [Armand Rodróguez et al., 2002]. La dermatitis herpetiforme no es una enfermedad contagiosa, por tanto, si Marat la tuvo, no la había contraído mientras se hallaba escondido en las alcantarillas, como pensaba él. Su etiología depende de factores genéticos e inmunológicos. Habría de transcurrir todavía casi un siglo más para que Marks asociara la dermatitis herpetiforme con anormalidades intestinales en 1966 y Frey, en 1973, demostrara los beneficios de una dieta libre de gluten en la evolución de la enfermedad; es decir, para que se pensara que la dermatitis herpetiforme es una enfermedad asociada con frecuencia a la enfermedad celíaca o celiaquía.

Por la clínica que han recogido los historiadores, se puede decir que es muy posible que Marat sufriera dermatitis herpetiforme; pero no se puede asegurar con certeza por la falta de pruebas bioquímicas, inmunológicas y anatomopatológicas. Más difícil es establecer el diagnóstico de celiaquía, aunque hoy sepamos que la dermatitis herpetiforme es una enfermedad frecuentemente asociada a ella (la presentan el 20% de los celíacos), por la ausencia de esas mismas pruebas, indispensables para establecer el diagnóstico.

Desde luego, si Marat padecía dermatitis herpetiforme y celiaquía, la dieta que seguía, sobre todo durante sus últimos años de vida, no podía hacer otra cosa que empeorar su estado. No por el café negro, que consumía continuamente, “más de veinte tazas al día”, sino -como cuentan Cabanés (1913) y Hart (1924), dos de sus biógrafos- porque “…estaba continuamente masticando galletas y dulces durante las sesiones de la Asamblea…”, siendo “…particularmente aficionado a un dulce de almendras” [Lipman Cohen y Lipman Cohen, 1958]. Quizás, por esta afición suya a los dulces, se ha dicho también que Marat pudo ser diabético; aunque esto tampoco se puede verificar [Bayon, 1945].

Se ha dicho también que “Marat sufría de insomnio y constantes dolores de cabeza, y esa era la razón por la que a menudo se le representa con un trozo de tela enrollada en la cabeza (como en el famoso cuadro de David o en el que se muestra más abajo, de Baudry], tela empapada en vinagre” [Wallis, 1916]. Aunque puede que la utilizara, simplemente, para aliviar el picor de la dermatitis herpetiforme en el cuero cabelludo, que no podía mantener sumergido en el agua de la bañera.

Jacques-Louis David (1748-1825). La muerte de Marat (1793). Óleo sobre lienzo. 165 x 128 cm. Museos Reales de bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

Jacques-Louis David (1748-1825). La muerte de Marat (1793). Óleo sobre lienzo. 165 x 128 cm. Museos Reales de bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

Otro aspecto que se ha debatido bastante ha sido la posible relación causa-efecto entre la enfermedad de Marat y su temperamento violento (o viceversa), sin que tampoco exista consenso. Un psiquiatra norteamericano, Charles W. Burr, en 1919, dijo de él que era “…un ejemplo de paranoia de tipo político” [Bayon, 1945]. Pero, dejemos la palabra, otra vez, al Dr. Cerda:

“Posiblemente tanto las circunstancias históricas como su temperamento jugaron un rol, total o parcial, en la génesis de la enfermedad y ésta, a su vez, afectó su carácter. Si bien el temperamento característico de Marat es temporalmente anterior al desarrollo de su enfermedad, lo cierto es que el agravamiento de esta última coincidió con una intensificación del primero. Aparentemente el padecer de una patología cutánea crónica tiene consecuencias importantes sobre la personalidad. Además de Marat, otros personajes históricos de ideas revolucionarias tuvieron similares padecimientos; al respecto, Karl Marx (1818-1883) habría sufrido una invalidante hidradenitis supurativa, mientras que Josef Stalin (1879-1953) padecía de psoriasis. La disminución de la calidad de vida asociada a estas enfermedades posiblemente tuvo un efecto psicológico no despreciable en estos tres personajes, posiblemente ejerciendo alguna influencia en lo que fueron sus ideas y comportamiento. En palabras de Shuster, quien describiera la hidradenitis supurativa de Karl Marx, ‘la piel es un órgano de comunicación y sus trastornos producen gran distrés psicológico; genera rechazo y disgusto, depresión de la imagen corporal, del ánimo y del bienestar’.”

El 13 de julio de 1793, estando Marat en su bañera, recibió la visita de la joven Charlotte Corday, quien decía -según una de las versiones existentes- traer los nombres de algunos girondinos enemigos de la Revolución, que habían huido a la ciudad de Caen. Cuenta la historia que Marat apuntó sus nombres y afirmó que debían ser guillotinados, tras lo cual Corday extrajo un puñal y se lo clavó mortalmente a Marat.

Cabe añadir, como dato no mencionado habitualmente, que quien le prestó los primeros auxilios fue un dentista llamado Michon Delafondée, que ejercía en la misma casa donde vivía Marat; aunque nada pudo hacer para evitar su muerte [Wallis, 1916]. Por otra parte, en la autopsia realizada el día después de su muerte por el Cirujano Jefe del Hôpital de l’Unité, se apreció que el cuchillo de Charlotte Corday había penetrado por el espacio entre la primera y la segunda costillas del lado derecho, atravesando el pulmón, y había afectado a la aorta llegando hasta la aurícula izquierda del corazón. Pero se observó, también, que en el momento de su muerte, Marat ya sufría -probablemente, desde hacía tiempo- “pleuresía” en el pulmón derecho [Bayon, 1945]. Si Charlotte Corday no lo hubiera asesinado, es posible que Marat hubiera tardado poco en morir por su enfermedad pulmonar o en la guillotina como sus compañeros del triunvirato del terror, Dantón y Robespierre.

Al contrario de lo que me ocurre con Marat, no puedo evitar -sin aprobar ni justificar su crimen- sentir una sincera simpatía por Charlotte Corday. No creo que en mi código genético exista el más mínimo atisbo girondino. Puede que sea por la innata tendencia que muchos tenemos a ponernos de parte del más débil. O, quizás, simplemente, porque se trataba de una joven de 24 años que sacrificó su vida para salvar la de los suyos. No sé. Pero quiero dedicar el final de esta entrada a Charlotte Corday con un cuadro mucho menos conocido que el de Jacques Louis David sobre la muerte de Marat. El autor es Paul Baudry, un pintor del academicismo francés del siglo XIX. Y ella es la protagonista.

Paul Baudry (1828-1886). El asesinato de Marat / Charlotte Corday (1860). Óleo sobre lienzo. 203 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes

Paul Baudry (1828-1886). El asesinato de Marat / Charlotte Corday (1860). Óleo sobre lienzo. 203 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes

BIBLIOGRAFÍA
ARMAND RODRÍGUEZ, B. et al. (2002): “Dermatitis herpetiforme”. [Disponible en: http://singluten.files.wordpress.com/2007/04/dermatitis-herpetiforme.pdf; consultado 1 mayo 2015].

BAYON, H.P. (1945): “The Medical Career of Jean-Paul Marat”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2181792/pdf/procrsmed00552-0114.pdf; consultado 1 mayo 2015].

CERDA, J. (2010): “Jean Paul Marat. Médico, científico y revolucionario”. [Disponible en: http://www.scielo.cl/pdf/rmc/v138n1/art18.pdf; consultado 1 mayo 2015].

LIPMAN COHEN, B.A. y LIPMAN COHEN, M.A. (1958): “Doctor Marat an his Skin”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1034419/pdf/medhist00181-0051.pdf; consultado 1 mayo 2015].

MARAT in England (1893): “Marat in England”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2402611/ consultado 1 mayo 2015].

VERGARA HERNÁNDEZ, J. y VERGARA DÍAZ, M.A. (2009): “Enfermedad celíaca”. [Disponible en: http://www.fisterra.com/guias2/celiaca.asp; consultado 1 mayo 2015].

WALLIS C.E. (1916): “Marat”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2017701/pdf/procrsmed00745-0120.pdf; consultado 1 mayo 2015].

David “curando” a Saúl con música

David “curando” a Saúl con música

La referencia histórica más antigua que conozco sobre el uso terapéutico de la música se encuentra en la Biblia, en el Primer Libro de Samuel:

El espíritu del Señor se retiró de Saúl. Y un mal espíritu comenzó a atormentarlo por mandato del Señor. Los servidores de Saúl le dijeron: “Vemos cómo te está atormentando un mal espíritu de Dios. Ordene nuestro señor a sus servidores buscar un hombre que sepa tañer la cítara. Y cuando venga sobre ti el mal espíritu de Dios, tañerá con su mano y te vendrá bien”.
Saúl ordenó a sus servidores: “Buscadme un hombre diestro en el tañer y traédmelo”. Uno de los criados dijo: “Conozco a un hijo de Jesé, el de Belén, que sabe tañer; además es fuerte, valiente y hombre de guerra, juicioso en el hablar y de buena presencia. El Señor está con él”.

[Saúl hizo que trayeran a David junto a él]

Y cuando venía el espíritu de Dios sobre Saúl, cogía David la cítara y tañía con su mano. Saúl se calmaba, quedaba tranquilo y el mal espíritu se retiraba de él.

1Sam 16: 14-18 y 23

El sueco Ernst Josephson pintó al joven David tañendo su cítara (mejor dicho su arpa, que es el instrumento músical que habitualmente se menciona y se pinta) para librar al rey Saúl del “mal espíritu” que le atormentaba.

Ernst Josephson (1851-1906). "David y Saúl" (1878). Museo Nacional de Estocolmo

Ernst Josephson (1851-1906). “David y Saúl” (1878). Museo Nacional de Estocolmo

El Libro de Samuel se escribió -según parece- en el siglo X a.C., cuando la medicina no era ciencia ni técnica sino magia o religión. Nunca podremos saber si ese espíritu maligno que tanto hacía sufrir primer rey de Israel era una enfermedad física o psíquica. Lo cierto es que la historia de Saúl, el primer rey de Israel, y David, el pastor de Belén, de la tribu de Judá, que le sucedería en el trono, no sólo es de gran interés para la historia de las religiones sino que nos ofrece también el primer testimonio conocido para la historia de la musicoterapia.

De todas las representaciones artísticas que nos muestran a David tocando el arpa ante Saúl, mi preferida es la que hemos visto. No sé si, en la angustiosa imagen de ese rey Saúl, se puede ver la propia enfermadad del pintor. Josephson decía haber entrado en contacto con los espíritus y fue diagnosticado de ezquizofrenia. Pero existen otras muchas, algunas de las cuales se muestran a continuación:

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). "Saúl y David" (1629)

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). “Saúl y David” (1629)

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). "Saúl y David"

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). “Saúl y David”

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Erasmus Quellinus II (1607-1668). “Saúl escuchando a David tañendo el arpa” (c.1635). Museo de Bellas Artes de Budapest

 

Giovanni Battista Spinelli (fl.1630-1660). "David calmando la angustia de Saúl con su arpa"

Giovanni Battista Spinelli (fl.1630-1660). “David calmando la angustia de Saúl con su arpa”

Mattia Preti (1613-1699). "David tañendo el arpa ante Saúl" (c.1670). Colección particular

Mattia Preti (1613-1699). “David tañendo el arpa ante Saúl” (c.1670). Colección particular

Discípulo de Franz Wulfhagen (finales del siglo XVII). "David tañendo el arpa ante Saúl"

Discípulo de Franz Wulfhagen (finales del siglo XVII). “David tañendo el arpa ante Saúl”

Christian Gottlieb Schick (1776-1812). "David tañendo su arpa ante Saúl"

Christian Gottlieb Schick (1776-1812). “David tañendo su arpa ante Saúl”

Philippe Chery David y Saúl 1808 Musée de Soissons

Philippe Chery (1759-1838). “David y Saúl” (1808). Museo de Soissons (Francia)

 

Ivan Ivanovich Tvorozhnikov (1848-1919). "David tañendo el arpa ante Saúl". Colección particular

Ivan Ivanovich Tvorozhnikov (1848-1919). “David tañendo el arpa ante Saúl”. Colección particular

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Julius Kronberg (1850-1921). David y Saúl (1885). Museo Nacional de Estocolmo

 

 

Felix Platter

Felix Platter

En la entrada anterior se mencionaba a un médico suizo, Felix Platter, que narraba como Enrique IV, en París, llevaba a cabo la ceremonia del “toque real” para la curación de la escrófula. La figura de ese médico era entonces absolutamente desconocida para mí. Cuando esto ocurre, la curiosidad me lleva a intentar saber más… Y no es mucho; pero algo se puede decir ahora sobre él, además de reproducir algunas de las imágenes que del mismo se encuentran en Internet.

Felix Platter (o Plater) nació el 28 de octubre de 1536 en Basilea -la tercera ciudad más importante de Suiza, al menos en la actualidad, aunque probablemente también en su época- cerca de las fronteras con Francia y Alemania, y murió en la misma ciudad el 28 de julio de 1614. Su padre era el humanista Thomas Platter, maestro en varias lenguas (Latín, Griego y Hebreo, entre otras), teórico protestante y asesor político. Su medio hermano menor, conocido como Thomas Platter el Joven, también fue médico; aunque más que por su profesión se le recuerda como autor de un “Diario” escrito entre 1595 y 1600, que es, prácticamente, un antecedente de los libros de viajes, en el que cuenta su vida como estudiante de Medicina en Montpellier y sus posteriores viajes por Francia, España, Flandes e Inglaterra. Precisamente una de las anécdotas más citadas de ese libro es que allí en Inglaterra -y en compañía de su hermano mayor, por cierto- asistieron a la representación de Julio Cesar, en el teatro The Globe, por William Shakespeare, el 21 de septiembre de 1599 “a las dos en punto”… lo cual, al parecer, ha servido a los estudiosos shakesperianos para datar esta obra.

Felix Platter estudió Medicina entre 1552 y 1557 en Montpellier, donde fue discípulo de Guillaume Rondelet, que daba gran importancia a la formación en Anatomía y Botánica. Al finalizar sus estudios en la Facultad francesa volvió a Basilea para establecer su consulta. Pronto adquirió gran prestigio profesional y fue nombrado profesor de la Facultad de Medicina y arquiatra (es decir, médico principal) de la ciudad.

Felix Platter sentado en una mesa sobre la que se ven diversos instrumentos anatómicos, junto a otros dos caballeros desconocidos, y sobre las figuras de Hipócrates y Galeno. Grabado de 1656. (C) Wellcome Images. Wellcome Library. Londres

Felix Platter sentado en una mesa sobre la que se ven diversos instrumentos anatómicos, junto a otros dos caballeros desconocidos, y sobre las figuras de Hipócrates y Galeno. Grabado de 1656. (C) Wellcome Images. Wellcome Library. Londres

Entre sus investigaciones anatómicas destacan la primera descripción de un tumor intracraneal, un meningioma, y la descripción de la contractura de la enfermedad de Dupuytren, en 1614, antes que Henry Cline con su discípulo Astley Cooper identificaran la fascia palmar como causa de la misma, en 1777, y el propio Guillaume Dupuytren describiera la enfermedad que lleva su nombre, en 1831. Sobre este tema nos habla el Profesor Fresquet en su artículo “Guillaume Dupuytren (1777-1835)“, cuya lectura recomiendo.

Grabado de Abel Stimmer, fechado en 1578, que representa al médico Felix Platter

Grabado de Abel Stimmer, fechado en 1578, que representa al médico Felix Platter

Koelbing habla del interés de Felix Platter por la oftalmología; pero de su artículo no he podido leer más que el abstract. También se le atribuye una clasificación de las enfermedades psiquiátricas que muestra su interés por la patología mental. En la web de OCD History tenemos un ejemplo de ello, con un texto sobre la “melancolía“.

Cabe añadir, finalmente, la permanente dedicación de Felix Platter, siguiendo a Rondelet, su maestro en Montpellier, a los estudios botánicos. Seguramente ésta sea la razón por la que el pintor Hans Bock der Ältere le retrató en 1584 junto a diversos frutos y una planta.

Hans Bock der Ältere (c.1550-1623/1624). Retrato al óleo del médico Felix Platter fechado en 1584. Universidad de Basilea

Hans Bock der Ältere (c.1550-1623/1624). Retrato al óleo del médico Felix Platter fechado en 1584. Universidad de Basilea