Vital Aza y el “Coro de doctores” de la zarzuela “El rey que rabió”

Vital Aza y el “Coro de doctores” de la zarzuela “El rey que rabió”

Famoso en su tiempo y prácticamente olvidado hoy, Vital Aza y Álvarez Buylla nació en Pola de Lena (Asturias) el 28 de abril de 1851. Realizó los estudios medios primero en Gijón (delineante) y después en Oviedo (bachillerato); llegando a trabajar, muy joven, como técnico en la construcción del ferrocarril, en el tramo de Oviedo a Gijón. Años después escribiría:

“Casi a palmos estudié
el ferrocarril de Oviedo,
¡y jamás olvidaré
los diez meses que pasé
sobre el túnel de Robledo!”

Porque no fue su labor en la construcción del ferrocarril asturiano la que le otorgó fama, precisamente, sino sus trabajos literarios, tanto en la prensa escrita como autor de letras de zarzuelas, dramaturgo y poeta, con textos que se caracterizan por su peculiar sentido del humor. Pero -y esa es la razón fundamental para que le recordemos aquí- Vital Aza fue médico, licenciado en medicina, aunque nunca ejerció la profesión… Por eso decía:

“¡Hoy soy todo un licenciado,
y juro que no he matado
un solo enfermo siquiera!”

Su vocación literaria se inició tempranamente, en los tiempos de estudiante en Gijón y Oviedo; y continuaría cuando se trasladó a Madrid para estudiar medicina. Dejemos que sea su paisano, Jesús Neira Martínez quien nos hable de ello:

“A los veinte años se traslada a Madrid con el propósito de estudiar medicina. Pero en su mente no estaría sólo realizar una carrera académica sino ahondar en la vocación literaria que había iniciado en Asturias. Su meta soñada sería triunfar en Madrid porque esto significaba triunfar en España. Vital Aza se instala en Madrid en una casa de huéspedes, y comienza con entusiasmo sus estudios de medicina y sus colaboraciones en periódicos festivos. Su temperamento extrovertido, su carácter jovial, su humor, su bondad, y también su elevada estatura, le hicieron pronto popular en los ambientes en los que su vida se desenvolvía. Este es el retrato de Vital Aza visto por Rafael Comenge, compañero de pensión: ‘Él era, lo mismo que ahora, alto, altísimo, fornido, barbudo, inmenso; lleno de bondad, con un corazón de niño, alegre, cantor, digno y caballeresco. Por la mañana se lavaba, cantando los mejores trozos del repertorio bufo, único en boga entonces, y su hermosa voz de barítono hacía algunas fermatas algo románticas es verdad, pero que hubiesen causado envidia al mismo Lasalle por la limpieza y afinación con que se ejecutaban. Pedía el almuerzo en endecasílabos, y sostenía en romance la conversación horas y horas, sin esfuerzo ni violencia. Una desdicha tenía el secreto de hacerle llorar, y una mala acción le enfurecía de un modo terrible’.
Estando aún en el primer curso de medicina, adquirió cierta notoriedad con motivo de la visita a la capital del investigador y médico francés Lecanu. Vital Aza publicó unas quintillas en su honor. El investigador francés las leyó, le gustaron y quiso conocer al autor. He aquí el relato que Vital hace de ese episodio en una entrevista concedida a Luis Gabaldón y publicada en Blanco y Negro el 8 de diciembre de 1894: ‘… Yo vivía entonces en la calle de las Tres Cruces en una casa de huéspedes donde pagaba diez reales el pupilaje, con vistas a todas partes. El día de la visita del doctor preparé mi cuarto con todo el aparato que su interesante argumento requería. Reuní todos los huesos que encontré, libros, papeles, un reloj de arena, una calavera; parecía que la sabiduría se hospedaba en mi cuarto por diez reales también. El doctor me cobró tal cariño, que a todo trance quiso llevarme a París y hacer de mí su discípulo predilecto. Consulté a mi familia. Pasó algún tiempo; yo vacilaba, el doctor tenía que volver; total, que me quedé en Madrid. Ya ve usted; si yo hubiera seguido los consejos del doctor, a estas horas estaría en París, quizás complicado en lo del suero antidiftérico, y no hubiera estrenado Chifladuras, ni mucho menos mi primera obra Basta de matemáticas.’
Vital Aza, que había iniciado con entusiasmo sus estudios de medicina (seguí mi nueva carrera / con decisión verdadera), la termina aunque no la ejerce […]. Al final la vocación literaria se había impuesto totalmente:

“A San Carlos asistía
de ardor y entusiasmo lleno,
y aunque el tiempo compartía
entre Galeno y Talía,
venció Talía a Galeno.”

Pero las experiencias de aquellos años quedan patentes en su obra. En ella hay una extensa galería de médicos y de estudiantes de medicina vistos con humor, con ironía suave. Burlarse de los médicos era en cierto modo burlarse de sí mismo, intentar bajar a los engreídos de su pedestal, tomar contacto con el suelo. No obstante, más allá de sus bromas, Vital Aza tuvo a lo largo de su vida gran fe en ellos y en las medicinas. Tenemos el testimonio fidedigno de su hija Carmen: ‘Pero lo curioso del caso está en la gran confianza que ellos le inspiraban. En cuanto sentía el más pequeño dolor, la más ligera dolencia, llamaba inmediatamente al médico, le escuchaba como a un oráculo y seguía sus instrucciones al pie de la letra. Y otro tanto ocurría con las medicinas de las que también se burlaba y en las que tenía verdadera fe. Todo ello a pesar de haber dicho que sólo creía en Dios y en el sulfato de quinina’.”

A lo largo de su vida, Vital Aza colaboró en diversas publicaciones, como Blanco y Negro, El Heraldo de Madrid, Madrid Cómico, Barcelona Cómica, y en otras muchas revistas, siempre con el “agudo gracejo” que le caracterizaba; pero, sobre todo, se le recuerda como autor teatral. En contra de lo que se cree, su producción teatral es extensa. Comprende 64 obras, de las cuales 34 son originales, 27 en colaboración, la mayoría de éstas con su amigo Miguel Ramos Carrión, y 3 arreglos. Amigos suyos fueron los también asturianos Armando Palacio Valdés y Leopoldo Alas “Clarín” (aunque, éste último, nacido en Zamora) entre otros muchos intelectuales con los que compartía conversación en las tertulias de Madrid. Fue, así mismo -hay que decirlo- el primer presidente de la Sociedad de Autores Españoles, en la que tiene su origen la actual SGAE (Sociedad General de Autores y Editores).

Vital Aza y Álvarez Buylla (1851-1912)

Vital Aza y Álvarez Buylla (1851-1912)

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El rey que rabió es una zarzuela cómica, en tres actos y siete cuadros, con letra de Miguel Ramos Carrión y Vital Aza y música del genial compositor Ruperto Chapí, estrenada en el Teatro de la Zarzuela, de Madrid, el 20 de abril de 1891. Para algunos, se trata de la mejor zarzuela española del siglo XIX. También hay quien dice que “… es la primera opereta creada en España, con cualidades similares a los más famosos títulos del género centroeuropeo.” Lo cierto es que la obra va ganando en interés a medida que se desarrolla la acción, y llegando al cuadro quinto, ya iniciado el tercer acto, nos encontramos con una pieza de tema médico. Me refiero -como apunta Fernando A. Navarro, en su Laboratorio del Lenguaje– “al archiconocido y comiquísimo ‘Coro de doctores‘, cuando los médicos de la corte deben examinar a un perro que supuestamente ha mordido al rey, para determinar si el perro pudiera estar rabioso.” En YouTube se pueden encontrar numerosas versiones de esta escena cómica pero, suele ser difícil entender la letra de tan “juicioso dictamen facultativo”; la cual, seguramente, se entiende mejor en esta versión “más seria”:

Aunque escrita la zarzuela junto a Ramos Carrión -como ya se ha dicho- la letra del “Coro de doctores” se atribuye habitualmente al “médico-escritor-humorista” Vital Aza. Y no me resisto a copiarla íntegramente a continuación:

Juzgando por los síntomas
que tiene el animal,
bien puede estar hidrófobo,
bien puede no lo estar,
y afirma el gran Hipócrates
que el perro en caso tal
suele ladrar muchísimo
o suele no ladrar.

Con la lengua fuera,
torva la mirada,
húmedo el hocico,
débiles las patas,
muy caído el rabo,
las orejas gachas…

Todos estos signos
pruebas son de rabia
pero al mismo tiempo
bien pueden probar
que el perro está cansado
de tanto andar.

Doctores sapientísimos
que yo he estudiado bien
son en sus obras clínicas
de nuestro parecer:

Fermentus virum rabicum
que in corpus canis est,
mortalis sont per accidens,
mortalis sont per se.

Para hacer la prueba
que es más necesaria,
agua le pusimos
en una jofaina
y él se fue gruñendo
sin probar el agua.

Todos estos signos
pruebas son de rabia,
pero al mismo tiempo
signos son, tal vez
de que el animalito
no tiene sed.

Y de esta opinión
nadie nos sacará:
¡El perro está rabioso
o no lo está!

Como literato, Vital Aza tenía conciencia de su propia valía y, en 1894, no se privaba de escribir:

“… Hoy vivo de lo que escribo,
y pues vivo como vivo,
no debo escribir muy mal.
¡No escribo mal, no señor!
¡Vaya si soy escritor!
Créanme ustedes a mí.
Hay ‘eximios’ por ahí
que escriben mucho peor.
Tengo gracia y humorismo…
Me dirán que esto es cinismo.
Lo será, no lo discuto;
pero no he de ser tan bruto
que hable yo mal de mí mismo.”

Aquel mismo año 1894 escribía…

“Soy de carácter jovial.
De salud estoy tal cual,
viviendo en un ten con ten.
Unas veces vamos bien
y otras veces vamos mal.”

Solía pasar los veranos en Mieres (Asturias), ciudad a la que quedó muy vinculado desde que, en 1882, contrajera matrimonio con Maximina Díaz Sampil. En Mieres está enterrado. Pero, por su delicada salud, pasó algunos de los últimos inviernos en Málaga, donde tuvo buenos amigos. Y Málaga le dedicó un teatro que lleva su nombre.

Finalmente, falleció en Madrid, el 13 de diciembre de 1912.

Su biógrafo, Neira Martínez, concluye uno de sus escritos sobre Vital Aza con estas palabras que no quiero dejar de reproducir:

“En realidad, Vital Aza en el teatro y la poesía practicó la medicina. Buscó la curación del espíritu por el humor, la gracia. La risa sana desdramatiza la vida, la suaviza, cumple una función purificadora: tonifica el cuerpo y levanta el espíritu.”

Cabe añadir que, si Vital Aza y Álvarez Buylla nunca ejerció la medicina práctica, sí que fue médico en ejercicio y de reconocido prestigio, su hijo; al que algunas páginas de Internet confunden torpemente con el padre.

Vital Aza y Díaz (1890-1961)

Vital Aza y Díaz (1890-1961)

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Vital Aza Díaz nació en el barrio de Oñón, en Mieres, el 16 de junio de 1890. Y, como apunta Pérez Peña:

“… Estudia medicina en San Carlos con gran aprovechamiento donde es alumno interno en 1909 y donde obtiene el Premio Extraordinario del Grado de Licenciatura el 19 de junio de 1913, tras un curriculum plagado de Matrículas de Honor. Doctor con Premio Extraordinario en 1914.
Poco tiempo después, el 29 de junio de 1914, es nombrado Auxiliar interino de Ginecología adscrito a la cátedra de Sebastián Recasens, donde permanecería hasta 1925 en que abandonó la docencia […] tal vez por haber fundado en 1919, una de las mejores clínicas privadas de España, el ‘Sanatorio Quirúrgico de Santa Alicia’.
Vital Aza Díaz, fue en nuestro país un destacado ginecólogo con ideas avanzadas en el campo de la fertilidad, sexualidad y atención a la embarazada. Cofundador de la revista Gynaecología, fue Presidente de la Sociedad Española de Obstetricia y Ginecología (1934), de la Asociación de Escritores Médicos y del “Club Rotario” de Madrid (1933).”

Cuando en 1934, Vital Aza Díaz ingresó en la Academia Nacional de Medicina, en la vacante -precisamente- de su maestro, el célebre ginecólogo Profesor Sebastián Recasens -según la crónica de ABC- el doctor Slócker, encargado del discurso de contestación, quiso también rendir homenaje al padre “… que en los éxitos obtenidos en la escena nunca olvidó su amor al título profesional, cuyos estudios hubo de seguir su hijo con tan brillantísimo resultado.”

Para terminar, que no quiero resultar cansino ni que Vital Aza se levante de su tumba para dedicar algunos de sus versos a mis escasas dotes literarias, permitaseme tan solo un breve apunte de mi historia personal alusivo al tema de hoy. En 1975, los alumnos del último año de bachillerato del Colegio La Salle, de Jerez, tuvimos la inocente osadía (por indicación del Hermano Director) de interpretar en el acto de fin de curso, el “Coro de doctores”, de El rey que rabió. No era época de teléfonos móviles ni cámaras digitales, así que no ha quedado testimonio gráfico conocido de lo que allí pasó. Las imágenes están en mi memoria. De los sonidos, sólo recuerdo el piano del Hermano José Luis intentando pautar aquel guirigay. Vestidos con túnicas y capas de penitente (de las que se usan en Semana Santa), convenientemente adornadas para la ocasión con papel charol y papel metalizado, y cubiertas las cabezas con birretes de cartulina, unos cuantos estudiantes de quince años -con más voluntad que arte- entonamos la canción. Hasta hubo uno que se disfrazó de perro y ladró y gruñó en los momentos oportunos, sin cobrar las dos pesetas que se pagaba por esta labor en el estreno de la obra. De los compañeros cuya participación recuerdo, dos se incorporaron al mundo laboral poco después, dos son químicos, dos abogados, uno ingeniero, otro maestro y cinco somos médicos porque “lo malo abunda”…

Bromas aparte, los componentes de aquel “coro de doctores” y algunos más seguimos viéndonos a menudo. Incluso quedamos cada año para comer el último sábado de noviembre. ¡Un fuerte abrazo a todos mis “viejos” compañeros de Colegio!

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Una fotografía… curiosa

Una fotografía… curiosa

Buscando información sobre otro tema me he encontrado con una fotografía que, inmediatamente, he querido compartir porque me ha parecido interesante, sorprendente y muy muy curiosa… La fotografía pertenece al Banco de Imágenes de la Medicina Española, una magnífica aportación de la Real Academia Nacional de Medicina, con el propósito de que los usuarios que accedan a este servicio puedan “encontrar y visualizar material gráfico relacionado con la Historia de la Medicina española con fines de estudio privado, docencia e investigación”.

En la foto vemos al doctor César Juarros y Ortega (1879-1942), bien acompañado, mientras él, sentado a la mesa (mesita, más bien), contempla con pretendido interés una calavera.

El Dr. César Juarros y Ortega (1879-1942) en buena compañía

El Dr. César Juarros y Ortega (1879-1942) en buena compañía. Cortesía del Banco de Imágenes de la Medicina Española. Real Academia Nacional de Medicina

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Pero ¿quién era el doctor Juarros? Para responder, transcribo la semblanza biográfica que nos ofrece la propia Real Academia Nacional de Medicina, tomada de la obra Académicos Numerarios del Instituto de España (1938-2004), publicada en Madrid por el Instituto de España, el año 2005:

“Médico y Literato. Licenciado en Medicina y Cirugía (1903). Médico, con el número dos de las oposiciones, del Cuerpo de Sanidad Militar (1903). Como Médico Militar estuvo destinado en Africa durante la campaña de Marruecos y, una vez en la península, fue el principal promotor de la creación de los Servicios de Psiquiatría Militar, siendo posteriormente Profesor de Psiquiatría en la Academia de Sanidad Militar y Jefe de la Consulta y del Servicio de Neurología del Hospital Militar; Jefe de la Consulta de Enfermedades Nerviosas y Mentales del III Dispensario de la Cruz Roja; Profesor de Psiquiatría Forense durante quince cursos consecutivos en el Instituto Español Criminológico y Médico Director, por concurso, de la Escuela Central de Anormales. Galardonado con dos Cruces Blancas al Mérito Militar, con el Premio ‘Roel’ de la Sociedad Española de Higiene y ‘Gracias’ de R.O. por el Proyecto para la reforma psiquiátrica en España, Diploma de Gratitud de la Cruz Roja Española y Banda de la República (1936). Diputado por Madrid para las Cortes Constituyentes (1931). Fue un escritor distinguido, publicó más de un centenar de trabajos científicos, de divulgación, literatos[sic], novelas y traducciones que aparecieron ininterrumpidamente a partir de 1906. Ocupó el Sillón Nº 45 de la Real Academia Nacional de Medicina”, en la que ingresó el 7 de marzo de 1929 con un discurso titulado “Modos de ejercer bellamente la Medicina”.

Para quien le interese conocer algunos detalles más sobre don César Juarros y Ortega, le recomiendo que lea los artículos de Pedro Samblás Tilve y Mª Ángeles Tilve Jar, a los que se puede acceder pulsando sobre el nombre de los autores.

Goya y su médico, el doctor García Arrieta.

Goya y su médico, el doctor García Arrieta.

“Nada hay más fundamental y elemental en el quehacer del médico que su relación inmediata con el enfermo; nada en ese quehacer parece ser más permanente.”

El profesor Laín Entralgo escribió estas palabras en su libro La relación médico-enfermo. Historia y teoría, publicado en 1964. Desde entonces, dicha relación ha cambiado más que durante los veinticinco siglos anteriores. La enorme transformación experimentada por los servicios públicos de salud, el trabajo en colaboración entre los distintos profesionales sanitarios, la proliferación de medios técnicos cada vez más avanzados, la necesaria información al paciente para que pueda tomar sus propias decisiones, han transformado la antigua relación paternalista en otra, regida por el “principio de autonomía”, en la que el médico propone pero el paciente dispone. Sin embargo, aunque pueda parecer que no es fácil, hoy como ayer, en esa relación que se establece entre el médico y el paciente debe existir una “amistad”, entendida como un afecto -según el Diccionario de la Lengua Española- “compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.” “Más allá de todo doctrinarismo -apostilla Laín– el buen médico ha sido siempre amigo del enfermo, de cada enfermo.”

Un precioso testimonio pictórico de esa amistad entre un paciente y su médico nos la ofrece don Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) cuando se representa a sí mismo atendido por su médico, el doctor don Eugenio García Arrieta (1770-c.1820).

Francisco de Goya (1746-1828). Autorretrato con el Dr. Arrieta (1820) Óleo sobre lienzo. 114,62 x 76,52 cm. Minneapolis Institute of Arts. Minnesota

Francisco de Goya (1746-1828). Autorretrato con el Dr. Arrieta (1820)
Óleo sobre lienzo. 114,62 x 76,52 cm.
Minneapolis Institute of Arts. Minnesota

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A finales de 1819, Goya, que ya superaba los setenta años de edad, sufrió una grave enfermedad de la que tenemos noticia, fundamentalmente, por la pintura que él mismo nos dejó como muestra de agradecimiento al médico que lo atendió: el doctor Arrieta. Se ha especulado bastante sobre cuál fue esa enfermedad. Las hipótesis más probables nos hablan de una afección cerebrovascular o de una patología infecciosa. Así, por ejemplo, el profesor García-Conde Gómez dice:

Goya debió sufrir entonces, como en épocas posteriores, crisis de insuficiencia cerebrovascular transitoria como fondo de una ateromatosis generalizada. La medicación que D. Eugenio García Arrieta le administra en el cuadro debe ser valeriana…”

En cambio, el profesor Gómiz León, nos recuerda la posible etiología infecciosa y afirma:

“Según documentos que permanecieron en poder de los descendientes de Arrieta, se habla en ellos de fiebres tifoideas (tabardillo), y que Goya presentó cefalea, fiebre alta, delirios y parálisis parcial.”

Posiblemente, nunca sabremos con certeza cuál fue la enfermedad que, por aquellas fechas, llevó a Goya muy cerca de la muerte. De lo que no hay duda es del testimonio de agradecimiento y amistad que el propio pintor dejó escrito de su puño y letra en el cuadro:

“Goya agradecido a su amigo Arrieta por el acierto y esmero con que le salvó la vida en su aguda y peligrosa enfermedad, padecida a fines del año 1819 a los setenta y tres años de su edad. Lo pintó en 1820.”

El artista se retrata a sí mismo moribundo, pálido, con la boca entreabierta y la mirada extraviada; aunque aferrándose a la vida como a la blanca sábana que le cubre hasta la cintura. Él, que como tantos otros literatos y pintores del Antiguo Régimen había satirizado a los profesionales de la medicina en algunas obras anteriores, se muestra ahora apoyado en su médico amigo, el doctor Arrieta, a quien pinta tratándole con humanidad pero no exento de firmeza en su oficio, sosteniéndole mientras le ofrece un vaso con la medicina que ha de tomar. Tras ellos, en el fondo oscuro, se vislumbran tres rostros que han sido objeto de las más diversas interpretaciones: desde que podían ser familiares y sirvientes hasta -y ésta es la más frecuente- que se trataba de las mismísimas Parcas… Hay, también, quien considera este cuadro como un exvoto laico que Goya ofrenda a su médico al tener conocimiento de su muerte.

Sobre Eugenio García Arrieta no es mucho lo que podemos decir. Se sabe que nació en Cuéllar (Segovia), el 15 de noviembre de 1770; que ejerció la medicina en Madrid, donde llegó a atender a una distinguida clientela; que era hermano del escritor Agustín García Arrieta, primer director de la Biblioteca de la Universidad de Madrid; y que, en 1820, poco después de haber atendido a Goya, fue comisionado por el gobierno español para estudiar “la peste de Levante” en las costas de África, donde seguramente falleció. Todo indica que el anciano paciente sobrevivió ocho años a su amigo médico, a pesar de sus enfermedades y de ser veintitrés años mayor que él.

Como homenaje a los dos, el pintor y el médico, acabamos en esta ocasión con otras pinturas de Goya y las notas de un músico italiano que comprendió como pocos el carácter español: Luigi Boccherini (1743-1805).

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REFERENCIAS:

GARCÍA-CONDE GÓMEZ, F. J. (1994): La estimación social del médico en relación con su eficacia. Discurso leído en la solemne sesión inaugural del curso académico 1994, celebrada el día 11 de enero. Madrid, Instituto de España, Real Academia Nacional de Medicina: 8.

GÓMIZ LEÓN. J. J. (2007): “Goya y su sintomatología miccional de Burdeos, 1825”. Arch. Esp. Urol. 60, 8: 923. [Disponible en: http://scielo.isciii.es/pdf/urol/v60n8/historia8.pdf; consultado el 24 de mayo de 2015]. 

LAÍN ENTRALGO, P. (1983): La relación médico-enfermo. Historia y teoría. Madrid, Alianza: 19.

LÁZARO, J. y GRACIA, D. (2006): “La relación médico-enfermo a través de la historia”. An. Sist. Sanit. Navar. 29 (Supl. 3): 7-17.

WINKLER, M. G. (1998): “Goya Attended by Dr. Arrieta”. Literature, Arts and Medicine Database. [Disponible en:  http://medhum.med.nyu.edu/view/10321; consultado el 24 de mayo de 2015].

Paul Gachet: el médico pintor y amigo de pintores

Paul Gachet: el médico pintor y amigo de pintores

Es posible que Paul Ferdinand Gachet (1828-1909) haya pasado a la historia tan sólo porque fue el último médico de Vincent van Gogh (1853-1890) y el pintor lo retrató en junio de 1890, poco antes de quitarse la vida. Pero el Dr. Gachet fue un médico muy peculiar, amigo de artistas y artista él mismo, que sólo conoció a Van Gogh durante los dos últimos meses de vida del pintor que lo haría pasar a la historia y no sólo fue retratado por él. No hablaremos ahora del controvertido ejercicio profesional del Dr. Gachet, ni de la polémica que todavía existe sobre su verdadero papel en la muerte de Van Gogh, sino que -simplemente- se expondrá una galería de retratos.

Paul Gachet compartió sus estudios y su ejercicio profesional, como médico, con su pasión por el arte. Él mismo fue autor de un buen número de dibujos, grabados y pinturas, que firmaba con el seudónimo Paul Van Ryssel, que no se pueden calificar de excelentes pero sí merecen que, en alguna ocasión, les dediquemos nuestra atención. Y siempre le gustó cultivar la amistad de los artistas, en especial de los pintores. Su amigo Ambroise Détrez, que luego sería profesor de Bellas Artes en Valenciennes, le retrató cuando todavía era estudiante de Medicina.

Ambroise Détrez (1811-1863). Retrato del doctor Paul Gachet cuando era estudiante (c.1850-1852) Óleo sobre lienzo. 58 x 48,5 cm. Musée des Beaux-Arts. Valenciennes

Ambroise Détrez (1811-1863). Retrato del doctor Paul Gachet cuando era estudiante (c.1850-1852)
Óleo sobre lienzo. 58 x 48,5 cm.
Musée des Beaux-Arts. Valenciennes

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Tendría Gachet entonces veinticuatro o veinticinco años de edad. En el retrato vemos a un joven delgado, de tez pálida y rostro alargado. El pelo es rubio oscuro, rojizo, y ligeramente ondulado. Los ojos claros y algo caídos. La nariz prominente, discretamente aguileña. Los labios dibujan una boca acorazonada y sobre el superior aparece un fino bigote con las puntas elevadas. La barbilla puntiaguda, casi prognata.

Diez años después, en torno a 1860, Armand Désiré Gautier (1825-1894) le pintó en el cuadro que vemos a continuación (del que lamento no haber podido conseguir una imagen de mayor calidad) en el que un Gachet elegantemente vestido se ha dejado crecer el pelo y las patillas, a la moda de la época, y lleva ya perilla; aunque todavía no es la que veremos en los retratos de épocas posteriores.

Armand D. Gautier (1825-1894). Le Docteur Paul Gachet (c.1859-1861)

Armand D. Gautier (1825-1894). Le Docteur Paul Gachet (c.1859-1861)

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Charles Lucien Léandre (1862-1934) se hizo especialmente famoso por sus caricaturas, como ésta que nos muestra a Gachet fumando en pipa, más alopécico de lo que en realidad era; pero perfectamente reflejados, por los demás, los rasgos característicos que vemos en los otros cuadros de esta época, cuando el médico ya rondaba los sesenta años de edad.

Charles Léandre (1862-1934). Paul Ferdinand Gachet (c.1887)

Charles Léandre (1862-1934). Paul Ferdinand Gachet (c.1887)

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Fumando en pipa, también, en un grabado menos conocido que sus dos famosos cuadros, lo retrató Vincent van Gogh en mayo de 1890, cuando acababan de conocerse en Auvers-sur-Oise. El grabado fue realizado por el artista holandés en el taller propiedad de Gachet.

Vincent Van Gogh (1853-1890). El Dr. Gachet fumando en pipa Grabado realizado el 25 de mayo de 1890 Rijksmuseum Kröller-Müller. Otterlo. Holanda

Vincent Van Gogh (1853-1890). El Dr. Gachet fumando en pipa
Grabado realizado el 25 de mayo de 1890
Rijksmuseum Kröller-Müller. Otterlo. Holanda

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Pero, sin duda, el Dr. Gachet ha pasado a la historia por los dos cuadros que pintó “el loco del pelo rojo” un mes antes de quitarse la vida. Mucho habría que hablar de estos cuadros y de la especial relación médico-enfermo que mantuvieron el pintor y su modelo. Quizás pueda hacerlo más adelante.

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

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De momento, dejo un enlace a la página del Museo de Orsay, donde se encuentra la segunda versión del retrato, y donde se habla de la relación que existió entre Vincent van Gogh y Paul Gachet. La página es muy buena; aunque habría que matizar algunas de las afirmaciones que en ella se expresan.

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

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Otro retrato, uno de mis preferidos, es el que pintó Norbert Goeneutte (1854-1894) recién llegado a Auvers, en 1891, un año después de la muerte de Van Gogh, el año en que el Dr. Gachet cumplía los 69 de edad. El ya anciano médico (que todavía viviría dieciocho años más) aparece de perfil, leyendo un libro apoyado en un atril. Sobre la mesa se puede ver una tetera, una lupa enorme, otro libro y encima sus lentes. Sin duda tenía ya problemas de visión pero, coqueto, no se pone las gafas para retratarse. La misma coquetería que le llevaría -según parece- a teñirse el pelo, como lo hacía aquel rey Pedro III de Aragón de quien habla mi amigo Antonio Castillo en su blog tagarete. Porque, desde siempre, la coquetería ha sido cosa de hombres… 😉

Norbert Goeneutte (1854-1894). El doctor Paul Gachet (1891) Óleo sobre madera. 35 x 27 cm. Musée de Orsay. París

Norbert Goeneutte (1854-1894). El doctor Paul Gachet (1891)
Óleo sobre madera. 35 x 27 cm.
Musée de Orsay. París

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Y aún nos queda un retrato más, el que pintó el hijo del Dr. Gachet, Louis-Paul Gachet (1873-1962), que no sólo llevaba el apellido real de su padre, sino que firmaba sus obras con el seudónimo Louis van Ryssel, igual que el Dr. Gachet, también pintor, lo hacía con el de Paul van Ryssel. En el cuadro, pintado con acuarelas y lápices de colores en 1903, cuando nuestro médico amigo de artistas rondaba los setenta y cinco años de edad. Vemos al Dr. Gachet escribiendo -al parecer en un momento de reflexión- con la pluma ligeramente levantada sobre el papel, en la mano derecha, mientras que apoya la izquierda encima de una calavera. Al fondo, bajo la fecha de realización del cuadro en números romanos, sólo se ve una pequeña escultura que representa una figura humana, que tanto podía valer al médico como al pintor; aunque Paul Ferdinand Gachet, como pintor, no destacó especialmente en el dibujo de la figura humana, puesto que la mayoría de sus obras fueron paisajes o bodegones. Y cuando pinta personas, sus imágenes aparecen difuminadas, sin una clara forma anatómica. Pero es el rostro del viejo doctor el que más me llama la atención. Sigue siendo el mismo que retrató Van Gogh trece años antes, con sus ojos claros y caídos, su nariz aguileña y esa perilla y ese bigote tan característicos, pelirrojos (seguramente teñidos) como el cabello, igual que lo pintó Van Gogh. Incluso lleva una gorra, que no sabemos si era la misma que llevaba en los retratos del holandés. Una gorra que según leo, se encuentra en el Museo de Orsay.

Louis van Ryssel (1873-1962). Portrait du docteur Gachet écrivant (1903) Acuarela y lápices de colores. 64 x 48,5 cm. (C) RMN (Musée d'Orsay / Jean Gilles Berizzi)

Louis van Ryssel (1873-1962). Portrait du docteur Gachet écrivant (1903)
Acuarela y lápices de colores. 64 x 48,5 cm.
(C) RMN (Musée d’Orsay / Jean Gilles Berizzi)

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Amarillo Van Gogh: ¿por decisión del pintor o por motivos médicos?

Amarillo Van Gogh: ¿por decisión del pintor o por motivos médicos?

En un reciente número de la revista Noticias Médicas mi admirado Dr. Pedro Gargantilla trata sobre las posibles razones por las que el color amarillo dominó la paleta de Vincent van Gogh, hasta el punto de que algunos nos atrevamos a hablar del “amarillo Van Gogh”. Como no parece posible encontrar este artículo en Internet me permito copiarlo, citando la referencia[1], y añado las pinturas que el Dr. Gargantilla menciona:

La decisión de Van Gogh de emplear nuevos colores brillantes en sus lienzos es considerado un hito en la historia del arte. El artista holandés eligió deliberadamente colores para manifestar sus estados de ánimo y sus emociones. Entre los años 1886 y 1890 el color amarillo dominó su paleta cromática. Esto se puede observar, por ejemplo, en “La noche estrellada“…

Vincent van Gogh (1853-1890). La noche estrellada (1889). Museo de Arte Moderno (MOMA). Nueva York

Vincent van Gogh (1853-1890). La noche estrellada (1889). Museo de Arte Moderno (MOMA). Nueva York

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…”Terraza de café por la noche“…

Vincent van Gogh (1853-1890). Terraza de café por la noche (1888).  Museo Kröller-Müller, Otterlo, Holanda

Vincent van Gogh (1853-1890). Terraza de café por la noche (1888). Museo Kröller-Müller, Otterlo, Holanda

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…”Los girasoles“…

Vincent van Gogh (1853-1890). Una de las pinturas de la serie

Vincent van Gogh (1853-1890). Una de las pinturas de la serie “Los girasoles” (1888-1889), repartidos por distintos museos.

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… o “Campo de trigo con segador y sol“.

Vincent van Gogh (1853-1890). Campo de trigo con segador a la salida del sol (1889). Museo Van Gogh, Amsterdam

Vincent van Gogh (1853-1890). Campo de trigo con segador a la salida del sol (1889). Museo Van Gogh, Amsterdam

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Ahora bien, -continúa Gargantilla– ¿por qué este color y no otro? ¿Fue una elección propia del pintor holandés o respondió a algún tipo de alteración médica? Se han propuesto dos posibles explicaciones médicas: la intoxicación crónica por absenta y la intoxicación por digital.

En cuanto a la intoxicación crónica por absenta, sabemos que era el licor por excelencia en los entornos bohemios que frecuentaba el artista y que contiene tujona, un aceite químicamente relacionado con el alcanfor, cuyo consumo mantenido y elevado puede provocar visión en halos de colores. Sin embargo se ha calculado que habría que consumir 192 litros de absenta para producir este efecto, una cantidad muy elevada.

La otra posibilidad es que los halos amarillos fuesen las xantopsias que produce la intoxicación crónica por digital. Sabemos que esta sustancia formaba parte del tratamiento de la epilepsia y de las enfermedades mentales en el siglo XIX, puesto que se le atribuía un efecto antiepiléptico y sedante. Analizando las epístolas del artista a su hermano Theo hemos podido saber que la digital fue un tratamiento que le prescribió de forma regular el doctor Paul-Ferdinand Gachet. Es más, en el retrato que realizó a su médico en 1890, en el que aparece sujetándose la cabeza con su brazo derecho, hay un ramillete de Digitalis purpurea o dedalera sobre la mesa, la planta a partir de la cual se extrae la digital.

Hasta aquí el artículo del Dr. Gargantilla en Noticias Médicas: con el retrato del Dr. Gachet, única imagen que vemos en la revista.

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Gachet (1890). Primera versión. Colección particular

Cabe añadir que existe otro retrato del Dr. Gachet pintado por Van Gogh en la misma época, que se encuentra en el Museo de Orsay, en París, en el que también aparece la planta de digital.

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

Vincent van Gogh (1853-1890). El doctor Paul Gachet (1890). Museo de Orsay, París

Según nos explica Gargantilla, no es posible que la absenta fuera responsable de esa predilección por el amarillo que tenía Van Gogh. Pero no se puede descartar su influencia en la compleja patología del pintor, como sugería Vallejo-Nájera[2]. Y Francisco José Soto Febrer escribe[3]:

No podemos decir que la absenta sea la causa de la enfermedad del pintor, pero sí que contribuyó a empeorarla, y a perjudicar bastante su salud física, porque sí que podemos atribuirle muchos de los síntomas puramente orgánicos, tales como vértigos, dolores abdominales, vómitos, temblores, e incluso las alucinaciones visuales.

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Edgar Degas (1834-1917). “En un café”, también llamado “La absenta” (1873). Musée d’Orsay

Finalmente, dado que Paul Gachet sólo asistió a Van Gogh durante sus últimos meses de vida, nos preguntamos si otros de los muchos médicos que le atendieron anteriormente -entre ellos el doctor Félix Rey– usaron también la digital en sus tratamientos. Habrá que investigarlo…

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Félix Rey (1889). Museo Pushkin, Moscú.

Vincent van Gogh (1853-1890). Retrato del doctor Félix Rey (1889). Museo Pushkin, Moscú.

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Referencias bibliográficas

[1] Gargantilla, P. (2015): “El Doctor Gachet”. Noticias Médicas; 4.000: 15.

[2] Vallejo-Nágera, J.A. (1979): Locos egregios. 7ª ed. Madrid, Dossat: 261-287.

[3] Soto Febrer, F.J. (2013): La patología de Van Gogh. En: Romero Coloma, A.M. y Soto Febrer, F.J.: El mundo de Van Gogh a través de su pintura y su enfermedad. Chiclana de la Frontera (Cádiz), Presea: 96.

La mala fama del doctor Guillotin

La mala fama del doctor Guillotin

La entrada anterior me hizo recordar a uno de los médicos más destacados en la Francia de Marat, cuyo apellido ha dado lugar al epónimo que denomina a la máquina de matar que llegó a convertirse en símbolo del terror revolucionario: el doctor Joseph Ignace Guillotin. Aunque, Guillotin, ni inventó, ni fabricó, ni murió decapitado por la guillotina, como algunos han asegurado.

Joseph Ignace Guillotin nació en Saintes (Francia) el 28 de mayo de 1738. Desde niño fue muy estudioso. Hay quien dice que su primera vocación fue religiosa. Otros afirman que se interesó por las artes y que llegó a dar clases de literatura en un colegio de Burdeos. Lo cierto es que estudió medicina, primero en Reims y luego en París, donde se graduó en 1770.

Como médico llegó a alcanzar una elevada reputación. “Cobraba caro las consultas en su consultorio de la Rue de la Bûcherie -afirma Eichenberg– pero fiel a sus preceptos humanitarios, atendía gratuitamente a los pobres en la parroquia de Saint Séverin.” En 1784 formó parte de la Comisión Real nombrada para estudiar el “magnetismo animal” o “mesmerismo” [por el apellido de su principal promotor, el médico alemán Franz Anton Mesmer (1734-1815)], que muchos consideraban una ofensa a la moral pública. Además de Guillotin, componían la Comisión prestigiosos científicos y políticos franceses, como Jean Sylvain Bailley, Jean d’Arcet o Antoine Laurent de Lavoisier, entre otros. Y, junto a ellos, el célebre norteamericano Benjamín Franklin. En sus conclusiones, la Comisión determinó que las “curas” de Mesmer eran reales, pero que no había evidencia de un “fluido magnético” -como sostenía el médico alemán- sino que se debían a la imaginación (hoy diríamos, más bien, a la sugestión). Años más tarde, Guillotin sería uno de los médicos que apoyaron en Francia la vacuna contra la viruela, de Edward Jenner (1749-1823); designándosele, en 1805, Presidente del Comité para la Vacunación en París.

Joseph Ignace Guillotin (1738-1814)

Joseph Ignace Guillotin (1738-1814). Museo Carnavalet, París

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Sin embargo, más que como médico, Guillotin ha pasado a la historia por su labor política. En concreto, por las propuestas que realizó como diputado relativas a la “humanización” de la pena capital en Francia. Guillotin era uno de los diez diputados que representaban a París en la Asamblea Nacional Constituyente, en 1789. En octubre de ese mismo año, cuando acababa de transformarse en Asamblea Legislativa, y en consonancia con el que se convertiría en lema de la República Francesa, “Liberté, Égalité, Fraternité“, ya propuso a la Asamblea que todos los condenados a muerte fueran decapitados por una máquina que asegurara su muerte de la forma menos dolorosa posible. Hasta entonces, la decapitación, mediante la espada o el hacha, era un privilegio reservado a los nobles. A los demás se les podía colgar, ahogar, desmembrar, mutilar, eventrar o quemar, entre otras barbaridades. Al parecer, solicitó también que las ejecuciones dejaran de ser públicas. Y se ha dicho, incluso, que era partidario de la abolición de la pena de muerte; aunque proponer dicha abolición, en aquellos tiempos, hubiera sido utópico. La verdad es que, en principio, no le hicieron el menor caso. Tuvo que insistir, y esperar hasta finales de 1791 la aprobación de la ley por la que todos los condenados a muerte en Francia debían ser decapitados, para “… que la pena de muerte fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”, y se ordenó la fabricación de una máquina para ello. Pero, Guillotin, no participó en su construcción.

Con diversos nombres, máquinas para decapitar habían existido antes y en distintos lugares. Alemania, Italia, Escocia, Persia… Incluso, en la antigua Roma, dicen que se utilizó un primitivo antecedente de la guillotina. Lo que hicieron los franceses fue perfeccionarla. Tres personas participaron fundamentalmente en su fabricación: el cirujano militar Antoine Louis, Secretario de la Academia de Cirugía, que aportó sus conocimientos científicos; el fabricante alemán de harpsicordios Tobías Schmidt, que presentó la oferta más económica al concurso publicado por la Asamblea francesa; y Charles Henri Sanson, el principal verdugo de París, un importante asesor, teniendo en cuenta su reconocida experiencia profesional. Las “mejoras” más significativas de esta nueva máquina para decapitar se basaban en la altura desde la que caía la cuchilla de acero y el elevado peso de ésta, que garantizaban una velocidad y fuerza adecuadas, además del ángulo de 45 grados de su borde, que facilitaba el “corte”. Al principio, llamaron a la máquina “Louisette” o “Louison“, no se sabe si por el nombre del cirujano Antoine Louis -como dicen unos- o “en honor” del Rey; aunque esos nombres no tuvieron éxito entre el pueblo, que prefirió llamarla guillotina.

La guillotina se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución Francesa

La guillotina se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución Francesa

El primer ejecutado en la guillotina no fue Luis XVI, sino un bandido llamado Nicolas Jacques Pelletier, el 27 de mayo de 1792. El último guillotinado en Francia fue Hamida Djandoubi, el 10 de septiembre de 1977. No me atrevo a dar cifras sobre la cantidad de personas guillotinadas en Francia y en otros países que adoptaron la guillotina para la ejecución de la pena de muerte. Han sido muchos miles. Por fortuna, Guillotin no fue uno de ellos. Aunque llegó a estar encarcelado, durante el “reinado del terror”, porque se había descubierto la carta de un noble -que sí fue guillotinado- encomendando al doctor el cuidado de su esposa e hijos, Guillotin fue liberado tras la caída política de Robespierre. Murió en su domicilio de París, el 25 de febrero de 1814, a consecuencia de una infección por carbunco en su hombro izquierdo.

Como dice Fernando Eichenberg:

“Definido como un hombre laborioso, austero, tímido, devoto, casto y honesto, defensor de la precisión de la formación y de la práctica de la medicina, el Dr. Guillotin falleció a los 76 años víctima de la indiferencia general y del disgusto por el uso abusivo de su creación. ‘Quiso terminar con el sufrimiento de los condenados a muerte y jamás imaginó que quedaría ante los ojos del pueblo como un sádico criminal en lugar de un benefactor de la humanidad. Víctima de la opinión pública, quedó convertido para siempre en el patrono de esta horrible máquina’, escribe Pigaillem. En la lectura del penegírico fúnebre, su amigo el médico Edmond-Claude Bouru destacó: ‘Infelizmente para nuestro colega, su moción filantrópica dio lugar a un instrumento al que el pueblo apodó con su nombre: prueba de que es difícil hacer el bien a los hombres sin que eso resulte en algún disgusto personal’.”

Curiosamente, por las mismas fechas en que se empezaba a utilizar la guillotina, el capitán de ingenieros Claude Joseph Rouget de Lisle, en Estrasburgo, compuso un himno patriótico que tituló Chant de guerre pour l’armée du Rhin. El 22 de junio de 1792, un joven oficial llamado François Mireur, médico, recientemente titulado en la Facultad de Medicina de Montpellier, que con el tiempo sería general del ejército en Egipto, se encontraba en Marsella encargado de preparar la marcha de los voluntarios de Montpellier y Marsella sobre París. Había oído el himno antes citado, y lo presentó a su gente con el título de Chant de guerre aux armées des frontières. La tropa lo aprendió y lo usaron como canción de marcha. Y así entraron en París el 30 de julio de 1792, entonando marcialmente el himno compuesto tres meses atrás por Rouget de Lisle. Los parisinos los acogieron con gran entusiasmo y bautizaron el cántico como La Marsellesa.

Jean-Paul Marat (1743-1793): médico y enfermo

Jean-Paul Marat (1743-1793): médico y enfermo

Pocos personajes históricos han provocado en su época amores y odios tan profundos como Jean-Paul Marat (1743-1793). Incluso ahora, más de dos siglos después de su muerte, cuesta referirse a él con la debida objetividad. Debo manifestar que el personaje de Marat no despierta en mí la menor simpatía; pero no puedo dejar de reconocer que la suya es una historia interesante desde el punto de vista médico.

Jean-Paul Marat nació en la comuna de Boudry, cantón de Neuchâtel, en la actual Suiza, el 24 de mayo de 1743. Era el mayor de nueve hermanos; hijos de Jean (antes Giovanni) Mara, un antiguo comendador mercedario de origen italiano, de Cerdeña, convertido al calvinismo, y Louise Cabrol, una ginebrina descendiente de hugonotes franceses. Jean-Paul añadiría más tarde la letra “t” a su apellido familiar, “Mara”, “… para dar a su nombre más apariencia francesa” [Wallis, 1916].

Con 16 años, tras la muerte de su madre, Marat se trasladó a Burdeos y dos años después a París, donde permanecería seis o siete años más. No se puede desechar la idea de que estudiara medicina durante su estancia en Burdeos y París, pero tampoco hay constancia de esos estudios ni de que obtuviera título alguno que le facultara para el ejercicio profesional. En realidad, el único título acreditativo de la formación médica de Marat que se conoce es un “doctorado” obtenido con la presentación de un trabajo sobre la gonorrea en la Universidad de Saint Andrews (Edimburgo), en 1775, cuando ya llevaba un buen número de años ejerciendo como médico, veterinario o barbero -según las circunstancias- en París, Londres, Edimburgo, Dublín y otras ciudades. El título completo de ese trabajo de “doctorado” [Bayon, 1945] era: An Essay on Gleets. The Defects of the Actual Method of Treating Those Complaints of the Urethra are Pointed Out, and Effectual Way of Curing Them Indicated.

Como investigador, aparte del ya citado sobre la gonorrea, sus trabajos de investigación se centraron, fundamentalmente, en el campo de la oftalmología. En 1775 publicó su Enquiry into the Nature, Cause and Cure of a Singular Disease of the Eyes. Aunque destacan sus ensayos científicos sobre el calor y el fuego, la luz y la electricidad. En 1782 publicó Recherches Physiques sur Electricité. En 1783: Recherches sur Electricité Medicate. Y en 1784: Notions Elementaires d’Optique. Del mismo modo que ocurrió en su faceta política, su obra científica le hizo granjearse tanto admiradores como detractores. Entre los primeros estaba Benjamín Franklin, que se interesó mucho por sus investigaciones y con el que llegó a entablar una buena amistad. Deseoso de ingresar en la prestigiosa Académie des Sciences, de París, presentó a la ilustre corporación académica sus publicaciones científicas, incluyendo la última, Memóires Académiques, ou Nouvelles Découvertes sur la Lumière (1788). Pero no fue aceptado. Se dice que la Academia obró así por haber tenido la “… osadía de disentir de Isaac Newton” y que Goethe, otro de sus buenos amigos, “… siempre consideró el rechazo de la academia [sic] como una clara muestra de despotismo científico.” Uno de los que más se señalaron oponiéndose al ingreso de Marat en la Academia fue el padre de la química, Antoine de Lavoisier. Años después, en 1791, Marat, el que tanto interés había tenido en ser académico, publicó Les Charlatans Modernes, ou Lettres sur le Charlatanisme Academique, y cuando fue dueño del poder suprimió la Academia y mandó guillotinar a Lavoisier.

En cuanto, a su práctica profesional -aparte de su posible desarrollo en Francia y por poco tiempo en Holanda, hasta 1766- se sabe con certeza que Marat ejerció la medicina, entre 1766 y 1776, en diversos lugares de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Pero su notoriedad profesional empezó a crecer tras su regreso a Francia; sobre todo, desde que “curó” una grave afección pulmonar (hay quien habla de tuberculosis) a la marquesa de L’Aubespine; aunque el medicamento que utilizó era “… poco más que tiza y agua” [Lipman Cohen y Lipman Cohen, 1958]. Todo indica que, entre Marat y la Marquesa, hubo algo más que una buena amistad. Pero el agradecido marido, además, presentó a Marat al conde d’Artois, el hermano menor de Luis XVI, quien llegaría a reinar con el nombre de Carlos X en 1824, en la Restauración. El conde d’Artois nombró a Marat, en 1777, médico de su guardia personal, con un salario de 2.000 libras anuales, y le abrió las puertas de las mejores casas de la aristocracia francesa, convirtiéndole en uno de los principales médicos de la Corte. Sin embargo, a pesar de la elevada posición social y económica que, como médico, había llegado a alcanzar, Jean-Paul Marat abandonó el ejercicio de la medicina en 1788 para dedicarse por entero a la política.

Jean-Paul Marat según un grabado de 1824 basado en el retrato de Joseph Boze, de 1793

Jean-Paul Marat según un grabado de 1824 basado en el retrato de Joseph Boze, de 1793

No hablaremos aquí del Marat político y revolucionario. Su obra es suficientemente conocida y, en todo caso, existe abundante información sobre la misma. Trataremos, en cambio, sobre otra cuestión desde hace tiempo ampliamente debatida: ¿Cuál fue la enfermedad o cuáles fueron las enfermedades que sufrió Marat?

Jaime Cerda, en un artículo publicado el año 2010 en la Revista Médica de Chile, escribe:

“El comienzo de su singular enfermedad se remontaría entre tres y cinco años antes de su muerte, no existiendo consenso entre los historiadores sobre su etiología. Jelinek (1979) describió la enfermedad de Marat como ‘una afección cutánea crónica y adquirida, afectándole en una edad media (45-50 años), la cual comenzó en la zona perineal, se expandió a la mayoría de su cuerpo, era intensamente pruriginosa, persistió durante largo tiempo y no demostró ser letal’. La enfermedad comenzó a agravarse, tornándose intensamente pruriginosa, comprometiendo su calidad de vida y forzándole a permanecer por largas horas sumergido en una bañera, cuyas aguas medicinales le proporcionaban algún alivio. La bañera tenía forma de zapato y le permitía trabajar y dialogar con diversas personas mientras se encontraba en su interior.”

Ya en vida de Marat; pero, sobre todo, desde principios del siglo XX hasta la actualidad, las hipótesis diagnósticas planteadas sobre su enfermedad de la piel han sido variadas, fiel reflejo de la incertidumbre existente respecto al diagnóstico real. El mismo Marat decía que la había contraído mientras se escondía bajo tierra -en tiempos difíciles para él- en sótanos y alcantarillas. Sus enemigos esparcieron el rumor de que se trataba de sífilis. Más adelante se apuntaron los diagnósticos de eczema (Cabanés, 1913), eczema liquenificado (Hart, 1924), escabiosis (Bayon, 1945) y dermatitis seborreica (Dale, 1952). Pero Little (1916), Scarlett (1930) y Jelinek (1979) coinciden en el diagnóstico más probable de dermatitis herpetiforme.

La dermatitis herpetiforme fue descrita por primera vez en 1884 -es decir, noventa y un años después de la muerte de Marat– por el dermatólogo norteamericano Louis Duhring (por eso se le conoce también como enfermedad de Duhring), “como una erupción en la piel caracterizada por la presencia de lesiones vésico-ampollosas agrupadas en un patrón herpetiforme…” [Armand Rodróguez et al., 2002]. La dermatitis herpetiforme no es una enfermedad contagiosa, por tanto, si Marat la tuvo, no la había contraído mientras se hallaba escondido en las alcantarillas, como pensaba él. Su etiología depende de factores genéticos e inmunológicos. Habría de transcurrir todavía casi un siglo más para que Marks asociara la dermatitis herpetiforme con anormalidades intestinales en 1966 y Frey, en 1973, demostrara los beneficios de una dieta libre de gluten en la evolución de la enfermedad; es decir, para que se pensara que la dermatitis herpetiforme es una enfermedad asociada con frecuencia a la enfermedad celíaca o celiaquía.

Por la clínica que han recogido los historiadores, se puede decir que es muy posible que Marat sufriera dermatitis herpetiforme; pero no se puede asegurar con certeza por la falta de pruebas bioquímicas, inmunológicas y anatomopatológicas. Más difícil es establecer el diagnóstico de celiaquía, aunque hoy sepamos que la dermatitis herpetiforme es una enfermedad frecuentemente asociada a ella (la presentan el 20% de los celíacos), por la ausencia de esas mismas pruebas, indispensables para establecer el diagnóstico.

Desde luego, si Marat padecía dermatitis herpetiforme y celiaquía, la dieta que seguía, sobre todo durante sus últimos años de vida, no podía hacer otra cosa que empeorar su estado. No por el café negro, que consumía continuamente, “más de veinte tazas al día”, sino -como cuentan Cabanés (1913) y Hart (1924), dos de sus biógrafos- porque “…estaba continuamente masticando galletas y dulces durante las sesiones de la Asamblea…”, siendo “…particularmente aficionado a un dulce de almendras” [Lipman Cohen y Lipman Cohen, 1958]. Quizás, por esta afición suya a los dulces, se ha dicho también que Marat pudo ser diabético; aunque esto tampoco se puede verificar [Bayon, 1945].

Se ha dicho también que “Marat sufría de insomnio y constantes dolores de cabeza, y esa era la razón por la que a menudo se le representa con un trozo de tela enrollada en la cabeza (como en el famoso cuadro de David o en el que se muestra más abajo, de Baudry], tela empapada en vinagre” [Wallis, 1916]. Aunque puede que la utilizara, simplemente, para aliviar el picor de la dermatitis herpetiforme en el cuero cabelludo, que no podía mantener sumergido en el agua de la bañera.

Jacques-Louis David (1748-1825). La muerte de Marat (1793). Óleo sobre lienzo. 165 x 128 cm. Museos Reales de bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

Jacques-Louis David (1748-1825). La muerte de Marat (1793). Óleo sobre lienzo. 165 x 128 cm. Museos Reales de bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

Otro aspecto que se ha debatido bastante ha sido la posible relación causa-efecto entre la enfermedad de Marat y su temperamento violento (o viceversa), sin que tampoco exista consenso. Un psiquiatra norteamericano, Charles W. Burr, en 1919, dijo de él que era “…un ejemplo de paranoia de tipo político” [Bayon, 1945]. Pero, dejemos la palabra, otra vez, al Dr. Cerda:

“Posiblemente tanto las circunstancias históricas como su temperamento jugaron un rol, total o parcial, en la génesis de la enfermedad y ésta, a su vez, afectó su carácter. Si bien el temperamento característico de Marat es temporalmente anterior al desarrollo de su enfermedad, lo cierto es que el agravamiento de esta última coincidió con una intensificación del primero. Aparentemente el padecer de una patología cutánea crónica tiene consecuencias importantes sobre la personalidad. Además de Marat, otros personajes históricos de ideas revolucionarias tuvieron similares padecimientos; al respecto, Karl Marx (1818-1883) habría sufrido una invalidante hidradenitis supurativa, mientras que Josef Stalin (1879-1953) padecía de psoriasis. La disminución de la calidad de vida asociada a estas enfermedades posiblemente tuvo un efecto psicológico no despreciable en estos tres personajes, posiblemente ejerciendo alguna influencia en lo que fueron sus ideas y comportamiento. En palabras de Shuster, quien describiera la hidradenitis supurativa de Karl Marx, ‘la piel es un órgano de comunicación y sus trastornos producen gran distrés psicológico; genera rechazo y disgusto, depresión de la imagen corporal, del ánimo y del bienestar’.”

El 13 de julio de 1793, estando Marat en su bañera, recibió la visita de la joven Charlotte Corday, quien decía -según una de las versiones existentes- traer los nombres de algunos girondinos enemigos de la Revolución, que habían huido a la ciudad de Caen. Cuenta la historia que Marat apuntó sus nombres y afirmó que debían ser guillotinados, tras lo cual Corday extrajo un puñal y se lo clavó mortalmente a Marat.

Cabe añadir, como dato no mencionado habitualmente, que quien le prestó los primeros auxilios fue un dentista llamado Michon Delafondée, que ejercía en la misma casa donde vivía Marat; aunque nada pudo hacer para evitar su muerte [Wallis, 1916]. Por otra parte, en la autopsia realizada el día después de su muerte por el Cirujano Jefe del Hôpital de l’Unité, se apreció que el cuchillo de Charlotte Corday había penetrado por el espacio entre la primera y la segunda costillas del lado derecho, atravesando el pulmón, y había afectado a la aorta llegando hasta la aurícula izquierda del corazón. Pero se observó, también, que en el momento de su muerte, Marat ya sufría -probablemente, desde hacía tiempo- “pleuresía” en el pulmón derecho [Bayon, 1945]. Si Charlotte Corday no lo hubiera asesinado, es posible que Marat hubiera tardado poco en morir por su enfermedad pulmonar o en la guillotina como sus compañeros del triunvirato del terror, Dantón y Robespierre.

Al contrario de lo que me ocurre con Marat, no puedo evitar -sin aprobar ni justificar su crimen- sentir una sincera simpatía por Charlotte Corday. No creo que en mi código genético exista el más mínimo atisbo girondino. Puede que sea por la innata tendencia que muchos tenemos a ponernos de parte del más débil. O, quizás, simplemente, porque se trataba de una joven de 24 años que sacrificó su vida para salvar la de los suyos. No sé. Pero quiero dedicar el final de esta entrada a Charlotte Corday con un cuadro mucho menos conocido que el de Jacques Louis David sobre la muerte de Marat. El autor es Paul Baudry, un pintor del academicismo francés del siglo XIX. Y ella es la protagonista.

Paul Baudry (1828-1886). El asesinato de Marat / Charlotte Corday (1860). Óleo sobre lienzo. 203 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes

Paul Baudry (1828-1886). El asesinato de Marat / Charlotte Corday (1860). Óleo sobre lienzo. 203 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes

BIBLIOGRAFÍA
ARMAND RODRÍGUEZ, B. et al. (2002): “Dermatitis herpetiforme”. [Disponible en: http://singluten.files.wordpress.com/2007/04/dermatitis-herpetiforme.pdf; consultado 1 mayo 2015].

BAYON, H.P. (1945): “The Medical Career of Jean-Paul Marat”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2181792/pdf/procrsmed00552-0114.pdf; consultado 1 mayo 2015].

CERDA, J. (2010): “Jean Paul Marat. Médico, científico y revolucionario”. [Disponible en: http://www.scielo.cl/pdf/rmc/v138n1/art18.pdf; consultado 1 mayo 2015].

LIPMAN COHEN, B.A. y LIPMAN COHEN, M.A. (1958): “Doctor Marat an his Skin”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1034419/pdf/medhist00181-0051.pdf; consultado 1 mayo 2015].

MARAT in England (1893): “Marat in England”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2402611/ consultado 1 mayo 2015].

VERGARA HERNÁNDEZ, J. y VERGARA DÍAZ, M.A. (2009): “Enfermedad celíaca”. [Disponible en: http://www.fisterra.com/guias2/celiaca.asp; consultado 1 mayo 2015].

WALLIS C.E. (1916): “Marat”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2017701/pdf/procrsmed00745-0120.pdf; consultado 1 mayo 2015].

Felix Platter

Felix Platter

En la entrada anterior se mencionaba a un médico suizo, Felix Platter, que narraba como Enrique IV, en París, llevaba a cabo la ceremonia del “toque real” para la curación de la escrófula. La figura de ese médico era entonces absolutamente desconocida para mí. Cuando esto ocurre, la curiosidad me lleva a intentar saber más… Y no es mucho; pero algo se puede decir ahora sobre él, además de reproducir algunas de las imágenes que del mismo se encuentran en Internet.

Felix Platter (o Plater) nació el 28 de octubre de 1536 en Basilea -la tercera ciudad más importante de Suiza, al menos en la actualidad, aunque probablemente también en su época- cerca de las fronteras con Francia y Alemania, y murió en la misma ciudad el 28 de julio de 1614. Su padre era el humanista Thomas Platter, maestro en varias lenguas (Latín, Griego y Hebreo, entre otras), teórico protestante y asesor político. Su medio hermano menor, conocido como Thomas Platter el Joven, también fue médico; aunque más que por su profesión se le recuerda como autor de un “Diario” escrito entre 1595 y 1600, que es, prácticamente, un antecedente de los libros de viajes, en el que cuenta su vida como estudiante de Medicina en Montpellier y sus posteriores viajes por Francia, España, Flandes e Inglaterra. Precisamente una de las anécdotas más citadas de ese libro es que allí en Inglaterra -y en compañía de su hermano mayor, por cierto- asistieron a la representación de Julio Cesar, en el teatro The Globe, por William Shakespeare, el 21 de septiembre de 1599 “a las dos en punto”… lo cual, al parecer, ha servido a los estudiosos shakesperianos para datar esta obra.

Felix Platter estudió Medicina entre 1552 y 1557 en Montpellier, donde fue discípulo de Guillaume Rondelet, que daba gran importancia a la formación en Anatomía y Botánica. Al finalizar sus estudios en la Facultad francesa volvió a Basilea para establecer su consulta. Pronto adquirió gran prestigio profesional y fue nombrado profesor de la Facultad de Medicina y arquiatra (es decir, médico principal) de la ciudad.

Felix Platter sentado en una mesa sobre la que se ven diversos instrumentos anatómicos, junto a otros dos caballeros desconocidos, y sobre las figuras de Hipócrates y Galeno. Grabado de 1656. (C) Wellcome Images. Wellcome Library. Londres

Felix Platter sentado en una mesa sobre la que se ven diversos instrumentos anatómicos, junto a otros dos caballeros desconocidos, y sobre las figuras de Hipócrates y Galeno. Grabado de 1656. (C) Wellcome Images. Wellcome Library. Londres

Entre sus investigaciones anatómicas destacan la primera descripción de un tumor intracraneal, un meningioma, y la descripción de la contractura de la enfermedad de Dupuytren, en 1614, antes que Henry Cline con su discípulo Astley Cooper identificaran la fascia palmar como causa de la misma, en 1777, y el propio Guillaume Dupuytren describiera la enfermedad que lleva su nombre, en 1831. Sobre este tema nos habla el Profesor Fresquet en su artículo “Guillaume Dupuytren (1777-1835)“, cuya lectura recomiendo.

Grabado de Abel Stimmer, fechado en 1578, que representa al médico Felix Platter

Grabado de Abel Stimmer, fechado en 1578, que representa al médico Felix Platter

Koelbing habla del interés de Felix Platter por la oftalmología; pero de su artículo no he podido leer más que el abstract. También se le atribuye una clasificación de las enfermedades psiquiátricas que muestra su interés por la patología mental. En la web de OCD History tenemos un ejemplo de ello, con un texto sobre la “melancolía“.

Cabe añadir, finalmente, la permanente dedicación de Felix Platter, siguiendo a Rondelet, su maestro en Montpellier, a los estudios botánicos. Seguramente ésta sea la razón por la que el pintor Hans Bock der Ältere le retrató en 1584 junto a diversos frutos y una planta.

Hans Bock der Ältere (c.1550-1623/1624). Retrato al óleo del médico Felix Platter fechado en 1584. Universidad de Basilea

Hans Bock der Ältere (c.1550-1623/1624). Retrato al óleo del médico Felix Platter fechado en 1584. Universidad de Basilea

Pequeñas curiosidades médicas sobre “El Descendimiento” de Van der Weyden, Pergolesi y su “Stabat Mater” y el doctor Coles

Pequeñas curiosidades médicas sobre “El Descendimiento” de Van der Weyden, Pergolesi y su “Stabat Mater” y el doctor Coles

Con motivo de la Semana Santa -por costumbre- suelo revisar lecturas, pinturas y música en consonancia con las fechas. Esta vez me he detenido especialmente en los detalles de un magnífico cuadro que la Cofradía de Ballesteros de Lovaina encargó al pintor Roger van der Weyden, allá por 1436, para su capilla en la Iglesia de Nuestra Señora de Extramuros: El Descendimiento de la Cruz. Un cuadro que hoy podemos contemplar en el Museo del Prado gracias a que María de Hungría lo adquirió en el siglo XVI y luego pasó a ser propiedad de su sobrino Felipe II, que era un entusiasta admirador de la obra.

Roger van der Weyden (c.1400-1464). El Descendimiento (c.1436).  Museo del Prado

Roger van der Weyden (c.1399-1464). El Descendimiento (c.1436). Museo del Prado

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(Pulsando sobre la fotografía se accede a la ficha del cuadro en la web del Museo del Prado, donde podemos disponer también de imagen en alta resolución).

Raramente se puede ver una manifestación del dolor, de un dolor que va más allá de lo físico, de un dolor del alma que brota del interior en silencio y se expresa en forma de lágrimas, como en el rostro de esa mujer que pintó Van der Weyden sosteniendo a la Virgen María en su desmayo junto al apóstol Juan.

Roger van der Weyden (c.1400-1464). El Descendimiento (c.1436). Museo del Prado. Detalle del rostro de María Salomé

Roger van der Weyden (c.1399-1464). El Descendimiento (c.1436). Museo del Prado. (Detalle)

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Pero es la Virgen desmayada el motivo principal de nuestra atención esta vez.

En la ficha del Museo del Prado leemos:

El gran maestro de Tournai centra la composición en la Compassio Mariae, la pasión que experimenta la Virgen ante el sufrimiento y la muerte de su Hijo. Para traducirla en imágenes, el pintor escoge el momento en que José de Arimatea, Nicodemo y un ayudante sostienen en el aire el cuerpo de Jesús y María cae desmayada en el suelo sostenida por San Juan y una de las santas mujeres.”

Y la web de Patrimonio Nacional dice:

“Siguiendo la línea sinuosa que conforma el cuerpo de Cristo, se sitúa bajo Él la figura de la Virgen desmayada, que se presenta, al decir de Sigüenza, “perdido el color y aun la compostura y el decoro”, y atendida por San Juan y una de las santas mujeres, consiguiendo plasmar de una manera sublime el dolor y la tristeza de la Madre por la muerte de su Hijo.”

Roger van der Weyden (c.1400-1464). El Descendimiento (c.1436).   Museo del Prado. Detalle del "desmayo" de la Virgen

Roger van der Weyden (c.1399-1464). El Descendimiento (c.1436). Museo del Prado. Detalle del “desmayo” de la Virgen

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El término médico para “desmayo” es síncope. En el síncope no sólo hay pérdida de conocimiento, sino que se pierde también el tono muscular y el color en la cara. Y sus causas -entre otras- pueden ser el estrés emocional, el miedo y el dolor intenso… Van der Weyden retrató magistralmente un síncope en esta imagen de la Virgen.

Descendimiento

Roger van der Weyden (c.1399-1464). El Descendimiento (c.1436). Museo del Prado. Detalle del rostro de la Virgen

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Precisamente, desde el pasado 24 de marzo y hasta el 28 de junio de 2015, el Museo del Prado ha organizado el primer monográfico en España sobre Van der Weyden.

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Mientras preparaba esta entrada me ha acompañado fundamentalmente un himno que, aunque en sentido estricto se refiere a un momento justamente anterior al que muestra el cuadro, tiene como protagonista al dolor de la Madre ante su hijo crucificado… El Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi, en una reciente versión dirigida por Nathalie Stutzmann, con las maravillosas voces del contratenor Philippe Jaroussky y la soprano Emöke Barath.

El Stabat Mater es una secuencia religiosa, datada en el siglo XIII y atribuida a distintos autores, pero fundamentalmente al papa Inocencio III y al franciscano Jacopone da Todi. Comienza con las palabras Stabat Mater dolorosa (“estaba la Madre sufriendo”) y se trata de una plegaria meditada sobre el sufrimiento de María, la madre de Jesús, durante la crucifixión de su Hijo. Le han puesto música más de doscientos compositores. Una de las versiones más famosas -y la que más me gusta- es ésta que podemos escuchar ahora, la de Giovanni Battista Pergolesi.

Giovanni Battista Pergolesi (1710-1736)

Giovanni Battista Pergolesi (1710-1736)

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Pergolesi sabía muy bien lo que era el dolor. Se dice que sufrió espina bífida (aunque sería en algunos de sus grados más leves) y que, desde pequeño, padecía una enfermedad respiratoria. Lo cierto es que falleció poco después de cumplir 26 años -acababa de componer el Stabat Mater dolorosa– según se afirma generalmente, a causa de la tuberculosis.

Por casualidad, leyendo sobre la obra de Pergolesi, me encontré con la figura de un médico norteamericano hasta ahora desconocido para mí, el doctor Abraham Coles.

Doctor Abraham Coles (1813-1891)

Doctor Abraham Coles (1813-1891)

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De pequeño recibió una esmerada educación -en principio, hasta los 12 años- de sus propios padres. A los 17 años ya impartía clases de latín y griego en Nueva York. Empezó a estudiar Leyes; pero lo dejó pronto porque su auténtica vocación era la Medicina. Recibió su formación médica en el College of Physicians and Surgeons de Nueva York y en el Jefferson Medical College, de Filadelfia, donde se graduó en 1835. Estableció su primera consulta privada en Newark (NJ) alcanzando pronto gran fama como cirujano. Se casó y, lamentablemente, enviudó muy joven, a los 32 años,  cuando tenía dos hijos pequeños, un niño y una niña recién nacida. Nunca más contrajo matrimonio. En 1848 -durante uno de sus viajes a Europa, a Londres y París, con objeto de estudiar los hospitales y las facultades de Medicina del viejo continente además de francés- estando en París, le sorprendió la Revolución de aquel año, y Coles actuó como corresponsal de prensa, describiendo lo que ocurría para un periódico de su país. A lo largo de su vida recibió múltiples honores y reconocimientos como médico cirujano. Pero Abraham Coles era un auténtico médico humanista. Posiblemente se le recuerde más por sus actividades culturales (fundó la Biblioteca de su ciudad y la Sociedad Histórica de Nueva Jersey, por ejemplo) y más aún como escritor, poeta y traductor. Él tradujo al inglés, con interesantes comentarios preliminares, numerosas obras literarias escritas en latín, entre ellas, los himnos como el Stabat Mater.

La lección de geografía del doctor Trioson

La lección de geografía del doctor Trioson

De algunos médicos la historia seguramente no guardaría recuerdo, si no fuera porque tuvieron en su vida relación con pintores -más o menos famosos- que pintaron para la posteridad su retrato. Es el caso, por ejemplo, del abuelo médico de las Anguissola, que retrató con el mayor cariño su nieta, la adolescente Lucía; o el doctor Alphonse Leroy, que retrató un agradecido Jacques-Louis David por ser el ginecólogo de su esposa.  De ambos se ha hablado en este blog. Y es el caso, también, del doctor Benoît-François Trioson (1735-1815), en quien no nos habríamos fijado si no fuera por un cuadro de Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824): La Leçon de géographie (1803).

El doctor Benoît-François Trioson era médico, “medecin-des-mesdames” (aunque no se puede asegurar que fuera obstetra y ginecólogo) y uno de los ciudadanos más notables de la villa de Montargis, que dista 115 kilómetros de París. Su ideología monárquica, posiblemente, le habría causado algunas dificultades durante los convulsos tiempos de la Revolución Francesa. Con su joven esposa, Marie-Jeanne, lamentablemente fallecida en 1795, y ya bastante mayor, cumplidos los 55 años, había tenido a su único hijo, Benoît-Agnés (1790-1804), en quien se centrarían sus atenciones y sus ilusiones; pero que moriría también, por desgracia, el año después de que se pintara el cuadro. La relación del doctor Trioson con el pintor Anne-Louis Girodet venía de antiguo. Tanto, que muchos afirman que era hijo natural suyo. Oficialmente, se dice que Trioson era íntimo amigo de los padres de Girodet, quienes le nombraron su tutor. Los padres del pintor murieron, con pocos años de diferencia, en 1784 y 1787. Desde entonces, el doctor Trioson se hizo cargo de todo lo concerniente a Girodet, incluyendo su herencia y su formación artística, primero en arquitectura y luego en pintura, llegando a ser uno de los discípulos más destacados de Jacques-Louis David. Tras el fallecimiento del pequeño Benoît-Agnés, el médico adoptó como hijo al pintor, y éste unió a su apellido el de su padre adoptivo, surgiendo así el compuesto Girodet-Trioson.*

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). La Leçon de géographie (1803) Óleo sobre lienzo. 101 x 79 cm. Musée Girodet. Montargis (Francia)

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). La Leçon de géographie (1803)
Óleo sobre lienzo. 101 x 79 cm.
Musée Girodet. Montargis (Francia)

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En cuanto al cuadro, La Leçon de géographie, se puede decir que es el último de una serie de retratos de la familia del doctor Trioson pintados por Girodet (algunos de ellos podremos verlos después). El artista rinde homenaje a su tutor, cuya profesión se expresa mediante el busto de Hipócrates que aparece al fondo, detrás del médico, con un doble retrato muy representativo del espíritu que Rousseau infundió a la Ilustración. El doctor Trioson, como padre, contribuye activamente a la educación de su hijo. Para complementar su formación, tras haber leído los Comentarios de la Guerra Civil, de Julio César, el libro sobre el que el niño apoya su mano derecha, su padre le muestra en un globo terráqueo el norte de África y ambos señalan hacia el lugar donde Pompeyo fue asesinado. Los accesorios se limitan a lo esencial para resaltar, fundamentalmente, la afectuosa solicitud con la que el padre atiende a su hijo, absorbido por el estudio. Pero, Girodet, era también un apasionado de la pintura flamenca del siglo XVII, y de ésta toma el gusto por el detalle y los símbolos. Símbolos como las uvas o esa mosca, pintada con minuciosidad exquisita, que representan la fugacidad del tiempo y de la vida, como un presagio de la muerte cruel que, en menos de un año, le robaría a Trioson su querido hijo.

El detalle de la mosca se puede apreciar muy bien en el inicio de la excelente página web, que dejo a continuación, del Musée Girodet.

Antes de La Leçon de géographie, Girodet ya había retratado a su tutor, al menos, en dos ocasiones:

Anne-Louise Girodet-Trioson (1767-1824). Portrait de profil du docteur Trioson (1783) Musée Girodet. Montargis

Anne-Louise Girodet-Trioson (1767-1824). Portrait de profil du docteur Trioson (1783)
Musée Girodet. Montargis

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Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Portrait du Docteur Trioson (1790) Óleo sobre lienzo. 60 x 45 cm. Musée Girodet. Montargis

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Portrait du Docteur Trioson (1790)
Óleo sobre lienzo. 60 x 45 cm.
Musée Girodet. Montargis

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Y, al niño, Benoît-Agnés, en otras dos.

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Benoît Agnés Trioson  regardant des figures dans un livre (1797) Óleo sobre lienzo. 73 x 59 cm. Musée Girodet. Montargis

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Benoît Agnés Trioson
regardant des figures dans un livre (1797)
Óleo sobre lienzo. 73 x 59 cm.
Musée Girodet. Montargis

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Benoit Agnes 1800

Anne-Louis Girodet-Trioson (1767-1824). Benoît-Agnés Trioson étudiand son rudiment (1800) Óleo sobre lienzo. Musée du Louvre. París

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Contemporáneo de grandes figuras de la Historia de la Medicina, como Desault, Vicq d’Azir o Corvisart, por no citar más que tres nombres ilustres, habitante de esa Francia situada en el primer nivel de la medicina mundial, el doctor Benoît-François Trioson, a quien hemos visto aquí ejerciendo no como médico sino como padre -una labor más difícil todavía- probablemente sería un completo desconocido si no fuera porque un pintor que alcanzaría merecida fama, Anne-Louis Girodet, formó parte importante de su vida: hasta el punto de convertirse en su hijo adoptivo y ser conocido como Girodet-Trioson.