“La epidemia de peste en Sevilla de 1649: una visión a través del arte”. Trabajo de Fin de Grado en la Facultad de Medicina de Cádiz de Laura Guerrero Vázquez

“La epidemia de peste en Sevilla de 1649: una visión a través del arte”. Trabajo de Fin de Grado en la Facultad de Medicina de Cádiz de Laura Guerrero Vázquez

Recientemente, la ya Graduada en Medicina Laura Guerrero Vázquez, sevillana de pro, ha presentado brillantemente en la Facultad de Medicina de Cádiz su Trabajo de Fin de Grado “La epidemia de peste en Sevilla de 1649: una visión a través del arte”, del que he sido tutor.

Después de una completa introducción histórica, en la que trata sobre los orígenes de la peste, las numerosas epidemias que se sucedieron a lo largo de los siglos y su incidencia en nuestro país con especial atención a la ciudad de Sevilla, Guerrero Vázquez se centra en aquella terrible epidemia de mediados del siglo XVII que transformaría radicalmente a la que entonces era una de las ciudades más importantes del mundo.

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Vista de Sevilla a mediados del siglo XVII. Colección particular

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Con permiso de la autora, transcribo a continuación la parte final de su trabajo, sólo una pequeña parte, que dice así:


A comienzos del año 1649, las noticias que llegaban desde levante y la localidad vecina de Cádiz, no hacían más que incrementar la preocupación y el temor que pesaba sobre los vecinos. A pesar de la vigilancia de los accesos a la ciudad y las normas establecidas, empezaron a conocerse algunos casos de infectados.

La procesión rogativa del día 20 de enero, no sirvió en esta ocasión para calmar a la población, la tensión era enorme y ésta aumentó al saber que en esos momentos estaba comenzado a quemarse ropa que había llegado a la capital desde los lugares infectados. Pese a la evidencia de que la peste había llegado a Sevilla, las autoridades y los sectores comerciales tendieron a negar su existencia, actitud muy tradicionalmente adoptada durante prácticamente todas las epidemias que han quedado recogidas. En este caso, influenciadas también por la inminente salida de la flota de Indias.

Así transcurrieron los meses de febrero y marzo, entre incertidumbre y frío hasta la llegada de la primavera. Al mismo tiempo que la peste, otros elementos hacen acto de presencia, componiendo un cuadro de lo más escabroso. 1649 fue uno de esos años trágicos en los que se dieron cita casi todas las desdichas imaginables: carestía, climatología extrema, inundaciones… alterando considerablemente la vida de la ciudad durante varias décadas de una forma muy negativa. A finales de marzo se forma un temporal que dura en torno a una semana, aumentando el nivel del río y por consiguiente inundando la ciudad. Por otro lado, el agua que caía de la lluvia quedaba encerrada entre las murallas, impidiendo su salida y empeorando la situación aún más. Al retirarse el temporal, comenzaron las aguas a bajar de nivel muy lentamente, quedando toda la inmundicia que arrastraba depositada en la superficie. Este peligro junto a la presencia del calor de la primavera iba a empeorar aún más este ambiente tan insano y que iba a mermar la salud de la población especialmente la más pobre. Este año 1649 se circunscribe dentro de una gran crisis agraria, agravada por la introducción de cereal extranjero con el consiguiente aumento de su valor. La dificultad de conseguir abastecimiento apropiado cada vez era mayor. En esta situación de extrema necesidad, la población no tenía más remedio que comer alimentos nocivos e insanos para la salud, llegando incluso a comerse peces muertos. Precisamente en los lugares más cercanos al río comenzaron a detectarse los primeros casos de infección que no hicieron sino aumentar la gran mortalidad que ya causaban la escasez de alimentos y las aguas, llegando a un punto en el que no es fácil discernir el porcentaje de muertes achacable a cada proceso.

No obstante, el motivo principal de la mortalidad era la presencia de la peste en la ciudad, como aparece reflejado en la obra Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la Epidemia en la Grande y Augustísma Ciudad de Sevilla, Año 1649, que redactó un religioso agustino para el Reverendísimo Padre General de su Orden:

“Comenzó la gente a morir, si bien el miedo y el deseo atribuían a reliquias de la Avenida esta enfermedad por haber inundado barrios enteros y en particular la Alameda, tanto que se navegaba con barcos. Mas supe yo de buen original, no eran de lo que dan a entender, sino de lo que se temía más.
Y aunque pudo ser esto disposición para la peste, la fundamental y verdadera es que fue epidemia por la malévola influencia de constelaciones que corrieron por todo este meridiano y de planetas que predominaban este año”.

Nos presenta el religioso cronista, en este párrafo de su libro, la cuestión de la causa remota de la enfermedad, que él atribuía a la astrología. Teoría que no estaba reñida con la interpretación religiosa. No obstante a estas alturas ya se conocía la causa más inmediata de contagio a través del contacto con enfermos y sus pertenencias.

Como anteriormente comentamos, los primeros contagios se produjeron extramuros, cerca del río, más concretamente en el barrio de Triana, pudiendo detectarse a la semana siguiente en zonas frontera, en contacto directo con el recinto urbano. El miedo movilizó a la muchedumbre que huía despavorida buscando refugio en el interior amurallado, llevando consigo el contagio. A la vista de tal suceso, las autoridades tuvieron que declarar la existencia del morbo infeccioso en la ciudad.

De nuevo se habilitó el Hospital de la Sangre para acoger a los afectados, haciéndose uso de hasta 18 salas y 1.200 camas para la atención a los enfermos. Los enseres necesarios para su cuidado se obtuvieron gracias a la dotación municipal y la ayuda de instituciones caritativas como la Hermandad de la Misericordia.

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El Hospital de las Cinco Llagas o de la Sangre, en 1668. Dibujo de Pier Maria Baldi

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Antonio de Viana, designado para administrar el Hospital no tardo en sucumbir ante el ataque pestilente, y su sucesor, Juan Peculio, sufrió el mismo final quedando a cargo el mercedario Blas de la Milla, que se dedicaba desde el inicio de la epidemia a dar los sacramentos a todo aquel que se acercara al Hospital. Se encarga por tanto del auxilio espiritual de los enfermos y de organizar los bienes y recursos, quemar las ropas apestadas, enterrar a los difuntos, etc. Disposición suya fue el separar a los enfermos por sexo y a los moribundos de aquellos para los que no se preveía una muerte inminente. En el depósito de aprovisionamiento se guardaban los víveres y medicinas y quedaban depositados los bienes y dineros que los enfermos traían consigo al ingreso. Si fallecían, se usaban para darle sepultura y misa; si se salvaban se les devolvían.

Aunque por fortuna no todos los afectados fallecían, la mortalidad era enorme entre los ingresados y los trabajadores. El número de ingresos era tan elevado que pronto el Hospital se quedó pequeño.

Pintura anónima que muestra a los enfermos y muertos ante el Hospital de la Sangre, en 1649. En la actualidad en el Hospital del Pozo.

Pintura anónima que muestra a la multitud, incluyendo enfermos y muertos, ante el Hospital de la Sangre en 1649. El cuadro se encuentra actualmente en el Hospital del Pozo.

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El espectáculo que se podía observar en el Hospital y sus alrededores fue realmente macabro, como bien nos describe la Copiosa relación…

Al igual que en el brote de 1599-1601, tuvo que abrirse un segundo centro para apestados en Triana, que tampoco tardó en llenarse. El cuadro que observamos en la Macarena y en Triana podía presenciarse en toda la ciudad, en las collaciones humildes y en las ricas, en el centro y en la periferia.

La preocupación y el miedo, el desconcierto y la confusión suscitaron actitudes muy diversas, extremas y radicales: de la histeria a la resignación o del arrepentimiento al desenfreno.

Los médicos y cirujanos se desconcertaban a la vista del curso de la enfermedad y de los resultados de su tratamiento. El que parecía que iba a morir, sanaba; y el que parecía más sano, moría. Los religiosos, como anteriormente comentamos, no se extrañaban de estos descubrimientos, ya que la llegada de la peste la asociaban a la providencia divina. Si esto era así, la única manera de curarse era rezar.

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Guido Reni (1575-1642). Retablo de la peste de 1630 en Bolonia (1631). Pinacoteca Nazionale. Bolonia

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En consecuencia, se sucedieron ayunos, penitencias, oraciones, procesiones y rogativas tanto de manera individual como las promovidas por las hermandades o autoridades. Mayo fue un mes procesional. Sin embargo, los contagios no cesaron; es más, la virulencia aumentó. Ante esto, las autoridades eclesiásticas no tenían otra respuesta más que seguir insistiendo en lo mismo y suplicar piedad a Dios.

El Arzobispado, que mantenía sede vacante, no fue ocupado por Pimentel hasta el fin de la peste (tras la muerte del cardenal Spínola), pero viendo desde Córdoba la situación que en Sevilla se estaba dando, escribía en un edicto:

“El oficio pastoral nos obliga a que no solo cuidemos de la salud espiritual de nuestros súbditos, pero aun también de la corporal, por ser impedimento de la espiritual, pues acontece (mereciéndolo así nuestras culpas y pecados) castigar Dios a su pueblo con alguna enfermedad contagiosa, y por esto es necesario recibir lo Santos Sacramentos, y siendo la enfermedad tan general y de evidente peligro, puede hacer falta de ministros eclesiásticos […] y llegue el tiempo que aunque lo pidan los fieles no hayan bastantes ministros […]”.

Así dispuso que un grupo de eclesiásticos se desplazaran a Sevilla para dar paz y brindar asistencia espiritual a la temerosa muchedumbre que veía tan cercana la muerte.

Tanzio de Varallo (1575-1633). San Carlos Borromeo dando la comunión a las víctimas de la peste (c.1616). Domodossola. Italia

Tanzio de Varallo (1575-1633). San Carlos Borromeo dando la comunión a las víctimas de la peste (c.1616). Domodossola. Italia

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A pesar de esta medida, era imposible satisfacer la gran demanda espiritual que existía y las gentes se amontonaban en las puertas de las parroquias esperando su turno, amaneciendo en los patios y cercanías de éstas cientos de muertos.

Pronto, encontrar lugar para sepultar los cuerpos se convirtió en un angustioso problema. No había espacio libre en las colegiatas, hospitales, conventos, camposantos ni carneros que se habían habilitado, teniendo que abrirse seis nuevos cementerios (Macarena, Triana, Osario, Prado de San Sebastián, Los Humeros y Barqueta). Para dar sepultura a tan gran cantidad de fallecidos se contrataron varias cuadrillas de hombres, que al ser insuficientes acabaron remplazándose por carros fúnebres. Aun así, como ya hemos comentado, no daban abasto y no era nada inusual ver cuerpos tirados en las calles varios días sin poder darles entierro.

Las ropas contaminadas suponían otro gran problema. Desde el inicio del contagio, la población comenzó a tirar a la vía pública todas aquellas vestimentas que pudieran haber estado en contacto con la infección, amontonándose en las calles por falta de efectivos para recogerla. Por ello, se ordenó que cuando los carros estuviesen desocupados, se tratara de recoger los ropajes para destruirlos en las afueras de la ciudad. Pese a esta medida, la ropa seguía acumulándose, constituyendo un verdadero peligro para la salud pública y creando nuevos focos de contagio.

El día del Corpus (4 de junio), que históricamente es y era uno de los días más importantes y festivos de la ciudad careció del esplendor y de la participación que siempre había tenido tanto en el cortejo como por las calles. La huida tras los inicios del contagio, la gran mortalidad y el aislamiento por miedo a enfermar hacían que la despoblación de la ciudad fuera cada vez más evidente. En estas circunstancias tan aciagas se pidió a los regidores municipales, permiso para realizar la procesión de la venerada imagen del Cristo de San Agustín, cuya fiesta se celebraba el 2 de julio. A pesar de las dificultades para poder celebrarla, se autorizó su llegada a la Catedral. A pesar de la escasa participación de religiosos en el cortejo (por haber fallecido gran número de ellos), la afluencia de público aumentó considerablemente en comparación con las anteriores procesiones. Los enfermos habrían las ventanas para verlo pasar, los sanos salían de sus casas e incluso los ciudadanos que habían huido al campo se acercaron a la ciudad.

Cuadro de autor anónimo que muestra otra procesión del sevillano Cristo de San Agustín; pero en 1737, rogando por la lluvia. El cuadro pertenece a la Colección Abelló.

Cuadro de autor anónimo que muestra otra procesión del sevillano Cristo de San Agustín; pero en 1737, rogando por la lluvia. El cuadro pertenece a la Colección Abelló.

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Fue creencia generalizada que la peste remitió por intercesión del Santo Crucifijo de San Agustín. Recordemos que el patrón de la peste, que venía repitiéndose desde siglos atrás consistía en unos meses de mayo y junio muy agresivos con recesión en julio tras perder capacidad de difusión y virulencia. Pero en esta época, no se conocía este patrón de comportamiento, por tanto, el único motivo para ello era la mano divina. Incluso los médicos compartían esta creencia. Pero esto no quería decir que la enfermedad hubiera desaparecido totalmente. No podía bajarse la guardia. Por ello, se potenciaron las medidas de aislamiento de la ciudad, que curiosamente no se habían tomado en cuenta en la época de mayor virulencia del contagio, en parte suponemos por la inmensidad de la situación en la ciudad que hacía imposible controlarlo. Sin embargo, el comercio con el Nuevo Mundo, que había tenido que paralizarse tras la llegada del mal, comenzó a regularizarse dando a entender la importancia que para Sevilla seguía teniendo el contacto con América.

Sabemos que en lo concerniente a la quema de ropas y limpieza en las calles se cumplirían al pie de la letra las disposiciones de las autoridades civiles y sanitarias. Según el Real Protomedicato debía tenerse en cuenta:

“Que a las personas que han padecido contagio no se les permitan los vestidos con que lo pasaron; lávense con cocimientos de yerbas olorosas en vinagre aguado […] la ropa del enfermo o difunto, la de donde enfermó o murió de contagio, indistintamente se quemara, colchones, sabanas, cobertores y otra cualquier ropa que haya tenido, y colgadura de cama, preciosa o no […]”.

“Se procure con todo cuidado la limpieza de calles y plazas de basura y de todo lo que pueda ser sospechoso y nocivo. Importará, para rectificar el aire ambiente y purificar el fomes habitual, encender en plazas y calles moderadamente hogueras de leña olorosa.”

[…]

“Las casas donde hubo contagiados y quien hubiere de entrar en ellas, al efecto se prevenga con un lienzo o esponja mojado en vinagre aguado o alguna agua olorosa, que aplicara el olfato, abiertas puertas y ventanas […] y quienes entren o salgan, después se echarán perfumes de cosas aromáticas, y por ultimo sahumerios de pólvora, que es lo más eficaz para descontagiar y prevenir. Los aposentos, principalmente donde hubo contagiados, se picarán las paredes, suelo y techo […] hecho esto, se enlucirán o enjalbegarán con cal, y quedarán puertas y ventanas abiertas algunos días […] En los hospitales es más necesaria la atención, picando las paredes más hondo y multiplicando los sahumerios de pólvora.”

“Las sepulturas de contagiados no se abran, ni se entierren en ellas otros difuntos en mucho tiempo, y en las zanjas comunes y cementerios […] se eche una tercia o media vara de cal y arena”.

Afortunadamente las tornas estaban cambiando. Conforme avanzaban los días del mes de julio, el ambiente era cada vez más esperanzador. El día 10 cerraba sus puertas el Hospital de apestados en Triana y dos días más tarde se colocaron banderas de salud en el Hospital de la Sangre para celebrar que en los últimos días no entraban más de 4 o 5 enfermos. Éste último, cuyo cierre estaba previsto para las festividades de Santiago y Santa Ana (25 y 26 de julio) no pudo clausurarse por quedar aún en él algunos enfermos. Unos pocos días después, fueron trasladados a las salas de convalecencia, cerrándose definitivamente la sala de enfermería.

Durante todo el mes de agosto, comenzaron a manifestarse con más fuerza las señales de alivio. Así el día 22, se realizó procesión a la Catedral para visitar a la patrona, la Virgen de los Reyes, y dar gracias a Dios por traer la salud a Sevilla. Así siguieron las cosas durante lo que quedaba del verano y el otoño; aunque no fue hasta el día 21 de diciembre cuando se declaró oficialmente la salud de la ciudad.

[…]

Sin duda, esta epidemia de peste fue la mayor catástrofe que en toda su historia vivió la ciudad hispalense. La cifra total de muertos nunca llegaremos a conocerla con exactitud, pues la intensidad y la tragedia de los acontecimientos hacían imposible que pudiera llevarse a cabo una contabilidad precisa. La mortalidad de ambos hospitales fue bastante alta. Sólo en Triana fallecieron unas 12.000 personas, contabilizándose en el Hospital de la Sangre unas cantidades sorprendentes, hasta 22.900 fallecidos de los 26.700 que ingresaron. Como podemos comprobar, la mortalidad del contagio de 1599 queda muy alejada de las cifras de 1649: en Triana de 5.200 personas pasa a 12.000 y en la Macarena de 1.316 a los 22.900. Las conjeturas de los contemporáneos tendían a exagerar el número de víctimas. Si bien es verdad, que la magnitud de las perdidas fueron devastadoras. Ortiz de Zúñiga en sus Anales recogía que en tan solo un mes y medio habían fallecido más de 80.000 y que había días que se rebasaba la horrible cifra de 2.500 muertes. El autor de la Copiosa relación… apuntaba que era más fácil contabilizar a los vivos que a los muertos. En este libro, valiosísimo para la investigación de esta catástrofe epidémica, se recogen datos de las iglesias y comunidades. Por él se sabe que sólo de religiosos habían fallecido unos seis mil. Los cadáveres que fueron enterrados en el Prado de San Sebastián alcanzaban cifras en torno a los 23.000, sin que se tenga conocimiento de cuantos se depositaron en el resto de zanjas que se abrieron para dicho menester. Disponemos también de la mortalidad en dos collaciones, la de San Roque y la de Santa Cruz, con resultados muy distintos; aunque esos datos podrían explicarse por las diferencias de tamaño, localización y estatus social de los que habitaban en ellas. Si realizamos una estimación del número de víctimas mortales por casa, las diferencias apreciadas serían hasta de un doscientos por ciento.

[…]

Realmente, no existen datos ciertos acerca del número de fallecidos. Se han barajado cifras que elevaban la mortandad hasta las 200.000 personas. Actualmente se acepta que la cifra más probable de víctimas debió estar en alrededor de los 60.000 muertos, esto es en torno a la mitad del total de la población sevillana. Según Ortiz de Zúñiga:

[La epidemia de peste de 1649 fue el] “…más trágico suceso que ha tenido Sevilla y en que más experimentó cercana la muy miserable fatalidad de ser destruida”, [ya que], “quedó Sevilla con gran menoscabo de vecindad, si no sola, muy desacompañada, vacías gran multitud de casas, en que se fueron siguiendo ruinas en los años siguientes; […] todas las contribuciones públicas en gran baja; […] los gremios de tratos y fábricas quedaron sin artífices ni oficiales, los campos sin cultivadores […] y otra larga serie de males, reliquias de tan portentosa calamidad.

Entraron en el Hospital de la Sangre veinte seis mil y setecientos enfermos, dellos murieron veinte y dos mil y novecientos y los convalecientes no llegaron a quatro mil. De los Ministros que servían faltaron más de ochocientos. De los Médicos que entraron a curar en el discurso del contagio, de seis solo quedó uno. De los Cirujanos, de diez y nueve que entraron quedaron vivos tres. De cincuenta y seis Sangradores quedaron veinte y dos.”

[…]

Las secuelas de la peste no se limitan exclusivamente a la alta mortalidad ocasionada. El deterioro físico y psicológico de la población y las grandes pérdidas materiales y económicas merecen ser reseñados. A pesar del aumento de matrimonios tras la retirada del mal, comportamiento típico tras una epidemia para solventar la demografía y la soledad, y la relativa recuperación de los nacimientos, no fue suficiente para reponer el gran número de bajas que se habían producido.

Ésta sería la última epidemia de peste bubónica que padecería la ciudad. Pero su impacto fue tan grande que Juan de Valdés Leal (1622-1690), uno de los artistas sevillanos que sobrevivieron a la epidemia, crearía entre los años 1670 y 1672, para la Iglesia del Hospital de la Caridad sus dos obras más conocidas: In Ictu Oculi y Finis Gloriae Mundi.

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Otro artista famoso, el imaginero alcalaíno Juan Martínez Montañés (1568-1649), sería una de las víctimas de la peste.

Durante los siglos posteriores, la ciudad crecería en población y economía aunque muy lentamente. No sería hasta los años veinte del siglo pasado, con la Exposición Universal de 1929, cuando Sevilla crece a una velocidad vertiginosa, con gran cantidad de población rural que emigra a la urbe en busca de trabajo.

La Plaza de España, en Sevilla, lugar emblemático de la Exposición Universal de 1929

La Plaza de España, en Sevilla, lugar emblemático de la Exposición Universal de 1929

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Pero, tras finalizar aquella Exposición Universal, vuelve a caer la población en picado. Quedan núcleos extramuros en chabolas, sin alcantarillado, con un estado de salud similar al de la peste y donde van a reinar las enfermedades. No sería hasta finales de los cincuenta, y durante los sesenta y setenta, cuando se sientan las bases económicas de la que será la Sevilla del futuro, basada en el turismo (sobre todo el religioso) como principal motor económico, viviendo a día de hoy de un legado artístico -en gran parte- de aquella Sevilla próspera anterior a la peste. Cuando Sevilla entra realmente en el siglo XX es a raíz de la Exposición Universal de 1992, muchísimo más tarde que la mayoría de las principales ciudades españolas. No obstante, aquella Sevilla del siglo XVII, aquella ciudad esplendorosa, capital económica y una de las ciudades más importantes del mundo, nunca ha vuelto a ser lo que era, nunca ha llegado a recuperarse de la gran pérdida que sufrió con motivo de la peste de 1649.

Si bien es cierto que Sevilla, desde muchos siglos atrás ha sido una ciudad con gran religiosidad popular, el conocimiento de esta gran catástrofe nos ha hecho cuestionarnos cómo habría evolucionado en este aspecto la población si la epidemia de peste de 1649 no hubiera tenido lugar en la ciudad. ¿Se habría perdido ese fervor? ¿Seguiría tan encendido tal y como está en nuestros días? Probablemente la respuesta a ambas preguntas sea  que no; pero probablemente, la crueldad y el macabro escenario que en aquel año se vivieron y el gran auge religioso que por ello hubo, marcaron a sus habitantes logrando llegar a nuestros días.

Y más allá de Sevilla, si miramos al mundo global, a día de hoy aún existen ciudades e incluso países que están siendo devastados por las enfermedades. Véase el caso del Ébola como triste ejemplo. Hoy día, a pesar del paso de los siglos y de los avances técnicos sanitarios una enfermedad puede cambiar toda la estructura de una sociedad o cultura, a todos los niveles: económico, político, social, demográfico, cultural… Demostrando la historia que lo que cambia son las formas, pero no el concepto.


En fin, hasta aquí esta parte del Trabajo de Fin de Grado de la doctora (como médico que es ya) Laura Guerrero Vázquez. Para ella, con mi felicitación, una canción sobre su querida Sevilla que espero que le guste.

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¿Epilepsia? ¿Apoplejía? ¿Derrame cerebral? A vueltas con la enfermedad de Julio César

¿Epilepsia? ¿Apoplejía? ¿Derrame cerebral? A vueltas con la enfermedad de Julio César

Tradicionalmente se ha dicho que Julio César era epiléptico. Tan consustancial parecía ser la epilepsia con el dictador romano que -según apunta Carrizosa Moog (2009)- “se denominan crisis comiciales los episodios epilépticos, porque cuando Julio César padecía las convulsiones se suspendían las elecciones o comicios en el Senado romano.” Aunque, en realidad, uno de los muchos nombres con los que a lo largo de la historia (varios de ellos originados en la Antigua Roma), el de morbus comitialis, se debía a que si alguno de los que se presentaba para ser elegido -cualquiera- sufría una crisis epiléptica durante la celebración de los comicios (las elecciones), dichos comicios debían suspenderse porque se entendía el suceso como signo de mal presagio.

Aunque, por otra parte, a pesar de los esfuerzos realizados por Hipócrates para evitarlo, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, la epilepsia seguía considerándose en Roma y durante mucho tiempo después -hasta casi nuestros días- como una enfermedad sagrada –morbus sacer– y así lo expresa de forma magistral Margaret George en su libro Memorias de Cleopatra, cuando después de una crisis epiléptica padecida por Julio César este le contesta a la reina de Egipto:

–”¿Quieres decir si me hablan los dioses? No. O si lo hacen, me conceden tan poco tiempo para oírlos antes de perder el conocimiento, que al despertar no recuerdo nada”.

También Shakespeare, en la escena segunda del primer acto de su Julio César, describe una crisis epiléptica del protagonista en un diálogo entre Bruto y Casca:

BRUTO. — Contadnos cómo pasó, amable Casca.

CASCA. — ¡Que me ahorquen si puedo decir como fue aquello! Fue pura farsa, apenas me fijé. Vi a Marco Antonio ofrecerle una corona —aunque no era tampoco una corona, sino una especie de coronilla—, y, como os decía, la apartó una vez, pero, a pesar de todo, pienso que le habría gustado tenerla. Entonces se la ofreció otra vez, nuevamente la rechazó, pero tengo para mí que se le hizo muy pesado retirar de ella los dedos. Y luego se la ofreció por tercera vez; por tercera vez la alejó de sí. Y mientras de este modo la rehusaba, la chusma vitoreó y aplaudió con sus callosas manos, echando por alto sus gorros mugrientos y exhalando tal cantidad de aliento pestífero porque César había desdeñado la corona, que medio lo asfixiaron, pues se desmayó y rodó por el suelo. Y en cuanto a mí, no me atreví a reírme, de miedo de abrir la boca y tragar aquellas miasmas.

BRUTO. — Pero despacio, por favor. ¡Cómo! ¿Se desmayó César?

CASCA. — Cayó al suelo en la plaza del mercado, echando espumarajos por la boca, y quedó sin habla.

BRUTO. — Es muy posible. Padece de vértigos.

CASIO. — No, César no padece de vértigos. Somos nosotros, vos, yo y el honrado Casca, quienes sufrimos vértigos.

CASCA. — No sé qué queréis decir con eso, pero lo cierto es que César cayó. Y si no es verdad que la canalla le palmoteó y le silbó a medida que le gustaba o disgustaba, como acostumbra hacerlo con los actores en el teatro, consiento en que me tengáis por embustero.

BRUTO. — ¿Qué dijo al volver en sí?

CASCA. — Por mi fe, antes de caer, cuando él vio que aquel rebaño de populacho se alegraba de que rehusase la corona, me pidió que le desabrochara su justillo y presentó el cuello para que se lo cortasen. A ser yo uno del oficio, le hubiera cogido la palabra, aunque tuviese que ir al infierno en compañía, de los tunantes. Y en esto, cayó. Al volver en sí manifestó que, si había dicho cohecho algo digno de represión, deseaba que sus señorías lo atribuyesen a su mal…

Pero no sólo los escritores y gente con formación, los propios médicos -y médicos muy prestigiosos- como el Dr. Segovia de Arana, por ejemplo, han mantenido la hipótesis clásica de la epilepsia de Julio César:

“Como afectado de gran mal debemos considerar a Julio César. Todos sus biógrafos nos dejan constancia de los ataques que sufría durante los cuales se quedaba junto a él sólo un esclavo griego que le atendía solícito desde su juventud;
todas las demás personas debían ausentarse respetuosamente porque César no hubiese permitido jamás ser convertido en espectáculo. En las jornadas previas a algunas de sus grandes batallas sufrió crisis convulsivas en su tienda de campaña y llegó a decirse que durante las mismas recibía la inspiración para el desarrollo bélico que siempre le condujo de triunfo en triunfo. Al llegar a Egipto en persecución de su enemigo Pompeyo conoció a Cleopatra y la relación amorosa y política entre estas dos personalidades tan singulares pudo cambiar la historia del mundo. Lo que ahora me interesa relatar es la influencia que la epilepsia de César pudo tener en el establecimiento de aquella relación.

Se cuenta que Cleopatra asistió a escondidas a alguna crisis y mandó llamar a los mejores médicos egipcios que había en la corte de Alejandría. Estos médicos, poseedores y practicantes del amplísimo bagaje de saberes acumulado durante dos mil años en el país de los faraones, debían tener conocimientos para tratar aquella enfermedad que aquejaba al ilustre huésped de su reina. Los médicos de Cleopatra, en efecto, proporcionaron a ésta algún remedio que ella se apresuró a entregar a César aun a riesgo de tener que reconocer que había presenciado sus ataques. Aquel obsequio ayudó a que se entablara una relación más cordial entre ambos que fructificó en todos los extraordinarios sucesos que nos enseñan los libros de Historia.

Durante los siglos medievales muchos epilépticos fueron considerados, más que como seres en directa relación con la divinidad, como posesos del demonio y sometidos en consecuencia a exorcismos y a otras prácticas menos espirituales para conseguir que el maligno abandonase sus atormentados cuerpos. En otras ocasiones se les incluía en el censo de los locos y pasaban a nutrir las lóbregas instituciones que en esa época se ocupaban de mantener a los enajenados fuera del contacto con el resto de la sociedad. Uno de los primeros beneficios que reportó el nuevo concepto de enfermedades mentales surgido en el siglo XIX fue el de separar de éstas a la epilepsia y clasificarla como una dolencia del sistema nervioso absolutamente distinta de cualquier forma de locura.”

Jean-Léon Gérôme (1824-1904).

Jean-Léon Gérôme (1824-1904). “Cleopatra ante César” (1866)

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Sin embargo, recientemente, la prensa internacional se ha hecho amplio eco de una nueva hipótesis publicada en la revista Neurological Sciences por los doctores Francesco M. Galassi y Hutan Ashrafian, a finales de marzo de 2015, con el título: “Has the diagnosis of a stroke been overlooked in the symptoms of Julius Caesar?” No he podido leer el artículo porque hay que pagar para hacerlo (y no está la cosa para dispendios, aunque sean pequeños); pero disponemos de un vídeo, de Classics Confidential, donde los autores, médicos del Imperial Collegue de Londres, explican su teoría:

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Lamentablemente, muchas publicaciones en español han traducido erróneamente “stroke” por “apoplejía“, un término médico confuso y ya prácticamente en desuso. El término “stroke” puede traducirse como “ictus“, “accidente cerebrovascular“, “infarto cerebral” o “derrame cerebral“, por ejemplo. Aunque los autores hablan más concretamente de “mini strokes“, que debemos traducir con mayor propiedad como “accidentes isquémicos transitorios“; los cuales se caracterizan por que los síntomas desaparecen antes de 24 horas, generalmente antes de 1 hora, y esos síntomas (muy parecidos a los del ictus pero transitorios y reversibles) pueden ser:

– Pérdida de la sensibilidad o trastornos de la misma en un brazo o una pierna, o en un lado del cuerpo.
– Debilidad o parálisis en un brazo o una pierna, o en todo un lado del cuerpo.
– Pérdida parcial de la visión o de la audición.
– Visión doble.
– Mareo.
– Lenguaje ininteligible.
– Dificultad para pensar en la palabra adecuada o para expresarla.
– Incapacidad para reconocer partes del cuerpo.
– Movimientos inusuales.
– Incontinencia urinaria.
– Desequilibrio y caída.
– Desmayo.

Nicolas Coustou (1658-1733).

Nicolas Coustou (1658-1733). “Julio César” (1696). Museo del Louvre. París

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Más acertada es la reseña de Miguel Ángel Criado en El País; quien, entre otras cosas, escribe:

“Cuando iba a comenzar la decisiva batalla de Tapso (en la actual Túnez) contra los restos del ejército de Pompeyo en el año 46 antes de Cristo […], Julio César se desvaneció cayendo entre convulsiones. Sus hombres tuvieron que apartarlo de las miradas llevándolo a un fortín. Para narrar el episodio, el historiador griego Plutarco usó la palabra ‘epileptikos’ y desde entonces han sido muchos los que han dado por bueno que el caudillo romano sufría epilepsia. Sin embargo, ahora, dos investigadores aportan otra teoría: una serie de ictus habría protagonizado los últimos días del creador del Imperio.

Plutarco tuvo que escribir de oídas ya que no estuvo en la llanura de Tapso. De hecho, escribió sobre César 10 años[sic] después de su muerte. El propio Cayo Julio César […], gran escritor, además de militar, político y libertino, no dejó nada escrito sobre sus ataques. Ni siquiera eruditos coetáneos como Cicerón o inmediatamente posteriores, como el cordobés Lucano, lo hicieron. Solo el biógrafo de emperadores Suetonio volvería a hablar de la enfermedad de César un siglo después, aunque llamándola ‘morbus comitialis’, refiriéndose a un ataque que obligaba a detener una asamblea o reunión. La enfermedad tenía un halo divino, como si fuera una intervención de los dioses.

Sobre esa base, buena parte de los historiadores clásicos y de la medicina han mantenido que Julio César era epiléptico. De hecho, la mayoría de los artículos científicos recientes parten de la epilepsia y se dedican a aventurar sobre su etiología: que si fruto de un tumor cerebral, que si de origen genético, que si provocada por la sífilis o por un parásito intestinal

‘La nuestra es una teoría más completa, clara y simple, las otras son muy complicadas’, dice el investigador de la facultad de medicina[sic] del Imperial College de Londres, Francesco Galassi. Junto a su colega Hutan Ashrafian, Galassi ha rehecho el rompecabezas de la enfermedad de Julio César. Revisitando los clásicos y las investigaciones modernas con otros ojos, donde los demás vieron epilepsia ellos ven ictus y no uno, sino varios.

Siguiendo a Plutarco, Julio César sufrió su primer derrame cerebral en Corduba (la actual Córdoba), posiblemente en el 49 a.C., es decir, tres años antes que el de Tapso, o en el 46, al regresar a Hispania desde África. Si fue en la primera fecha, tenía entonces 51 años. ‘un primer ataque de epilepsia rara vez se presenta en la edad adulta’, recuerda Galassi. Y no hay registros de que el caudillo romano sufriera alguno en su infancia.

Tras salir vencedor de la guerra civil, Julio César regresó triunfante a Roma en el 46 a.C. Allí sucedieron otros dos hechos que, aunque poco documentados y detallados, sirven a los investigadores para apuntalar su tesis del ictus. En uno, senadores y grandes patricios romanos salen al encuentro de César para tributarle honores y cargarlo de títulos. Sin embargo, el emperador que nunca lo fue rehusó el encuentro alegando que se encontraba indispuesto. Lo que se sabe es que sufrió fuertes mareos, vértigo e intenso dolor de cabeza. Pero nada de la pérdida de consciencia o temblores propios de la epilepsia.

Como recuerdan estos investigadores en su artículo en la revista Neurological Sciences, un último episodio tuvo lugar cuando su amigo Cicerón loaba sus hazañas en el Senado. Julio César tembló, de emoción según Plutarco, escapándosele unos legajos de las manos. ‘El ataque con Cicerón encaja con un cuadro general de ictus’, asegura Galassi.

Para completar su argumentario a favor, los investigadores recuerdan que el gran general romano tuvo, en los años posteriores al ataque de Corduba, continuos dolores de cabeza, repentinos cambios de humor y una tendencia a la depresión. Depresivo estaba cuando, aún siendo avisado de que se estaba urdiendo un compló[sic] contra él, César no dejó de acudir a su cita con el destino para ser asesinado por un grupo de senadores en los idus de marzo del año 44 a.C.

‘El comportamiento de César cambió en estos años y nosotros tenemos una posible explicación’, sostiene Ashrafian. ‘Los datos siempre han estado ahí pero han sido interpretados partiendo de la epilepsia, nosotros lo vemos con otra óptica’, añade. Para él, es muy posible que los historiadores como Plutarco, Suetonio y otros, apostaran por la epilepsia por su halo divino. ‘Alejandro Magno tenía epilepsia y era visto como una divinidad. César pudo aprovecharse de eso’, comenta.

[…]

Para armar su teoría, los defensores de la epilepsia han querido ver en la repentina muerte tanto del padre de Julio César como de su bisabuelo lo que hoy se conoce como SUDEP, o muerte súbita inexplicada del paciente epiléptico. Incluso hay quienes sostienen que Cesarión, el hijo que tuvo con Cleopatra, sufría de convulsiones. Y sería una epilepsia de origen genético: el emperador Calígula y Británico, el hijo asesinado del emperador Claudio, también tuvieron ataques epilépticos. Los dos eran descendientes de la familia de Julio César.

Pero, como recuerdan Ashrafian y Galassi, no hay datos que señalen que Julia, la hermana de César sufriera de epilepsia. En cuanto a Cesarión, es complicado comparar ambos casos dado que apenas hay datos sobre el hijo nunca oficialmente reconocido de Julio César y Cleopatra. Además, recalcan estos investigadores, también puede existir una predisposición genética al ictus, lo que explicaría las muertes de su padre y su bisabuelo por un infarto.”

El problema es que -como ya se ha mencionado- ni Julio César (que escribía mucho y bien) ni sus contemporáneos dejaron testimonio conocido sobre su enfermedad. Plutarco, Suetonio, Apiano… escribieron sobre la posible enfermedad de César muchos años después, basándose no en documentos -en fuentes primarias- sino en lo que se decía… Es imposible, por tanto, determinar que enfermedad o enfermedades podía padecer. Sólo se pueden hacer suposiciones. Lo cierto, en cambio, es que César no murió a causa de ninguna enfermedad.

Vincenzo Camuccini (1771-1844).

Vincenzo Camuccini (1771-1844). “Morte di Cesare” (1804-1805). Óleo sobre lienzo. 112 x 195 cm. Galleria Nazionale d’Arte Moderna. Roma

“Hipócrates”: la película de Thomas Lilti

“Hipócrates”: la película de Thomas Lilti

Acaba de estrenarse en los cines españoles Hipócrates, una película de médicos, sobre el ejercicio de la medicina en un hospital; pero nada que ver con House, con Anatomía de Grey o con nuestro Hospital Central patrio, por ejemplo (aunque estas tres sean series de televisión). Hipócrates es una película francesa, que viene precedida de un notable éxito en su país, dirigida por Thomas Lilti, que también ha colaborado en el guión. Y Lilti, además de director y guionista de cine es médico en ejercicio.

Para presentar la película, transcribo la crónica de un periódico modesto, La Comarca de Puertollano, porque me parece objetiva y bien escrita por José Belló Aliaga:

Distribuida por Caramel Films, se estrena el viernes día 8 “Hipócrates”, coescrita y dirigida por Thomas Lilti, una inteligente comedia social sobre la estructura y los métodos de trabajo en un hospital, que ha sido vista ya por más de un millón de espectadores en Francia.

Sinopsis

Benjamín está destinado a ser un gran doctor, pero su primera experiencia como médico residente en el hospital donde trabaja su padre, no sale como él esperaba. La práctica se revela mucho más compleja que la teoría, y la responsabilidad es aplastante.

Vincent Lacoste, como Benjamín en

Vincent Lacoste, como Benjamín en “Hipócrates” (2014)

Además, su compañero de trabajo, un médico extranjero, tiene mucha más experiencia que él. Benjamín tendrá que enfrentarse cara a cara con sus límites y sus miedos, así como los de sus pacientes y sus familiares, los médicos y sus compañeros residentes.

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Benjamin (Vincent Lacoste) y su compañero médico veterano Abdel (Reda Kateb), junto a una enfermera, atendiendo a un paciente.

La película

En el Festival de Cannes de 2014, “Hipócrates” fue la Película de clausura, en la Semana de la Crítica, e incluida en la Sección Oficial del Festival de Gijón también en 2014.

En los Premios Cesar de 2015 obtuvo siete nominaciones a Mejor película, Mejor director, Mejor montaje, Mejor guión original, Mejor actor protagonista (Vincent Lacoste), Mejor actor secundario (Reda Kateb) y Mejor actriz secundaria (Marianne Denicourt) y finalmente consiguió el Premio Cesar al Mejor actor secundario (Reda Kateb).

El director y coguionista Thomas Lilti, antes de licenciarse en medicina, dirigió tres cortometrajes, “Quelques heures en hiver”, “Après l’enfance” y “Roue libre “y es un realizador atípico ya que continúa ejerciendo como médico generalista además de su trabajo como guionista y director. En los últimos años ha desarrollado numerosos proyectos para el cine y la televisión, incluyendo su primer largometraje, “Les yeux bandés”, protagonizado por Guillaume Depardieu, que se estrenó en 2008. También coescribió “Télé Gaucho” con Michel Leclerc, y “Mariage à Mendoza” con Edouard Deluc.

Lilti, afirma: “mi carrera médica corre en paralelo con la de director de cine autodidacta, hasta la preproducción de mi primera película, “Les Yeux Bandés” (Los ojos vendados). En mi segunda película quise fundir ambas trayectorias. Por lo tanto, “Hipócrates” es una película autobiográfica pero no es una historia real. Benjamín soy yo, pero sigue siendo un alter ego ficticio. Es un médico interno muy joven, como fui yo. Y al igual que él, mi padre era médico. Pero aparte de mi experiencia personal en el mundo de la medicina, quería hablar de la vida de un hospital a través de mi protagonista”.

La acción de la película, bien desarrollada, las actividades sociales, las amistades masculinas, las historias de amor, el descubrimiento de las responsabilidades, la relación con la muerte… tienen lugar en ese importante recinto cerrado.

Hipocrates

Cartel anunciador de la película en España

Ficha técnica

Dirección: Thomas Lilti

Guión: Thomas Lilti, Baya Kasmi, Pierre Chosson, Julien Lilti

Producción: 31 Juin Fims, Agnés Vallée, Emamnuel Barraux

Duración: 102 min.

País: Francia

Coproducida por: France 2 Cinéma

Reparto: Vincent Lacoste (Benjamin), Jacques Gamblin (Barois), Reda Kateb(Abdel), Marianne Dennicourt (Denomandy), Félix Moati (Stéphane), Carole Franck (Myriam), Philippe Rebbot (Guy), Julie Brochen (Sra. Lemoine), Jeanne Cellard (Sra. Richard), Thierry Levaret (Sr. Lemoine “tsunami”)

Primer ayudante del director: Amandine Escoffier

Fotografía: Nicolas Guarin

Escenografía: Philippe van Herwijnen

Sonido: François Guillaume, Raphaël Sohier, Jean Paul Hurier

Montaje: Christel Dewynter

Música: Sylvain Dewynter, Alexandre Lier, Nicolas Weil

Con la participación de: Canal +, Cine +, France Télevisions

Distribuida en España por: Caramel Films

Estreno: 8 de mayo de 2015

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El joven médico Benjamín (Vincent Lacoste) explorando a un paciente

Procuraremos ver Hipócrates, la película.

Pequeñas curiosidades médicas sobre “El Descendimiento” de Van der Weyden, Pergolesi y su “Stabat Mater” y el doctor Coles

Pequeñas curiosidades médicas sobre “El Descendimiento” de Van der Weyden, Pergolesi y su “Stabat Mater” y el doctor Coles

Con motivo de la Semana Santa -por costumbre- suelo revisar lecturas, pinturas y música en consonancia con las fechas. Esta vez me he detenido especialmente en los detalles de un magnífico cuadro que la Cofradía de Ballesteros de Lovaina encargó al pintor Roger van der Weyden, allá por 1436, para su capilla en la Iglesia de Nuestra Señora de Extramuros: El Descendimiento de la Cruz. Un cuadro que hoy podemos contemplar en el Museo del Prado gracias a que María de Hungría lo adquirió en el siglo XVI y luego pasó a ser propiedad de su sobrino Felipe II, que era un entusiasta admirador de la obra.

Roger van der Weyden (c.1400-1464). El Descendimiento (c.1436).  Museo del Prado

Roger van der Weyden (c.1399-1464). El Descendimiento (c.1436). Museo del Prado

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(Pulsando sobre la fotografía se accede a la ficha del cuadro en la web del Museo del Prado, donde podemos disponer también de imagen en alta resolución).

Raramente se puede ver una manifestación del dolor, de un dolor que va más allá de lo físico, de un dolor del alma que brota del interior en silencio y se expresa en forma de lágrimas, como en el rostro de esa mujer que pintó Van der Weyden sosteniendo a la Virgen María en su desmayo junto al apóstol Juan.

Roger van der Weyden (c.1400-1464). El Descendimiento (c.1436). Museo del Prado. Detalle del rostro de María Salomé

Roger van der Weyden (c.1399-1464). El Descendimiento (c.1436). Museo del Prado. (Detalle)

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Pero es la Virgen desmayada el motivo principal de nuestra atención esta vez.

En la ficha del Museo del Prado leemos:

El gran maestro de Tournai centra la composición en la Compassio Mariae, la pasión que experimenta la Virgen ante el sufrimiento y la muerte de su Hijo. Para traducirla en imágenes, el pintor escoge el momento en que José de Arimatea, Nicodemo y un ayudante sostienen en el aire el cuerpo de Jesús y María cae desmayada en el suelo sostenida por San Juan y una de las santas mujeres.”

Y la web de Patrimonio Nacional dice:

“Siguiendo la línea sinuosa que conforma el cuerpo de Cristo, se sitúa bajo Él la figura de la Virgen desmayada, que se presenta, al decir de Sigüenza, “perdido el color y aun la compostura y el decoro”, y atendida por San Juan y una de las santas mujeres, consiguiendo plasmar de una manera sublime el dolor y la tristeza de la Madre por la muerte de su Hijo.”

Roger van der Weyden (c.1400-1464). El Descendimiento (c.1436).   Museo del Prado. Detalle del "desmayo" de la Virgen

Roger van der Weyden (c.1399-1464). El Descendimiento (c.1436). Museo del Prado. Detalle del “desmayo” de la Virgen

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El término médico para “desmayo” es síncope. En el síncope no sólo hay pérdida de conocimiento, sino que se pierde también el tono muscular y el color en la cara. Y sus causas -entre otras- pueden ser el estrés emocional, el miedo y el dolor intenso… Van der Weyden retrató magistralmente un síncope en esta imagen de la Virgen.

Descendimiento

Roger van der Weyden (c.1399-1464). El Descendimiento (c.1436). Museo del Prado. Detalle del rostro de la Virgen

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Precisamente, desde el pasado 24 de marzo y hasta el 28 de junio de 2015, el Museo del Prado ha organizado el primer monográfico en España sobre Van der Weyden.

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Mientras preparaba esta entrada me ha acompañado fundamentalmente un himno que, aunque en sentido estricto se refiere a un momento justamente anterior al que muestra el cuadro, tiene como protagonista al dolor de la Madre ante su hijo crucificado… El Stabat Mater de Giovanni Battista Pergolesi, en una reciente versión dirigida por Nathalie Stutzmann, con las maravillosas voces del contratenor Philippe Jaroussky y la soprano Emöke Barath.

El Stabat Mater es una secuencia religiosa, datada en el siglo XIII y atribuida a distintos autores, pero fundamentalmente al papa Inocencio III y al franciscano Jacopone da Todi. Comienza con las palabras Stabat Mater dolorosa (“estaba la Madre sufriendo”) y se trata de una plegaria meditada sobre el sufrimiento de María, la madre de Jesús, durante la crucifixión de su Hijo. Le han puesto música más de doscientos compositores. Una de las versiones más famosas -y la que más me gusta- es ésta que podemos escuchar ahora, la de Giovanni Battista Pergolesi.

Giovanni Battista Pergolesi (1710-1736)

Giovanni Battista Pergolesi (1710-1736)

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Pergolesi sabía muy bien lo que era el dolor. Se dice que sufrió espina bífida (aunque sería en algunos de sus grados más leves) y que, desde pequeño, padecía una enfermedad respiratoria. Lo cierto es que falleció poco después de cumplir 26 años -acababa de componer el Stabat Mater dolorosa– según se afirma generalmente, a causa de la tuberculosis.

Por casualidad, leyendo sobre la obra de Pergolesi, me encontré con la figura de un médico norteamericano hasta ahora desconocido para mí, el doctor Abraham Coles.

Doctor Abraham Coles (1813-1891)

Doctor Abraham Coles (1813-1891)

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De pequeño recibió una esmerada educación -en principio, hasta los 12 años- de sus propios padres. A los 17 años ya impartía clases de latín y griego en Nueva York. Empezó a estudiar Leyes; pero lo dejó pronto porque su auténtica vocación era la Medicina. Recibió su formación médica en el College of Physicians and Surgeons de Nueva York y en el Jefferson Medical College, de Filadelfia, donde se graduó en 1835. Estableció su primera consulta privada en Newark (NJ) alcanzando pronto gran fama como cirujano. Se casó y, lamentablemente, enviudó muy joven, a los 32 años,  cuando tenía dos hijos pequeños, un niño y una niña recién nacida. Nunca más contrajo matrimonio. En 1848 -durante uno de sus viajes a Europa, a Londres y París, con objeto de estudiar los hospitales y las facultades de Medicina del viejo continente además de francés- estando en París, le sorprendió la Revolución de aquel año, y Coles actuó como corresponsal de prensa, describiendo lo que ocurría para un periódico de su país. A lo largo de su vida recibió múltiples honores y reconocimientos como médico cirujano. Pero Abraham Coles era un auténtico médico humanista. Posiblemente se le recuerde más por sus actividades culturales (fundó la Biblioteca de su ciudad y la Sociedad Histórica de Nueva Jersey, por ejemplo) y más aún como escritor, poeta y traductor. Él tradujo al inglés, con interesantes comentarios preliminares, numerosas obras literarias escritas en latín, entre ellas, los himnos como el Stabat Mater.

Oliver Sacks: una vida ejemplar y un ejemplo ante la muerte

Oliver Sacks: una vida ejemplar y un ejemplo ante la muerte

Recientemente se le han diagnosticado a Oliver Sacks metástasis hepáticas causadas por un melanoma ocular del que fue operado hace nueve años (algo muy poco frecuente), y el prestigioso neurólogo y escritor (autor -entre otros- de libros tan famosos como Despertares, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o Musicofilia) se despide de la vida con la misma inteligencia, sensatez y humanidad con la que la ha vivido en un artículo que titula My Own Life, publicado en The New York Times el pasado 19 de febrero.

Transcribo a continuación la traducción de ese artículo realizada por María Luisa Rodríguez Tapia para El País:

“Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.

Doy gracias por haber disfrutado de nueve años de buena salud y productividad desde el diagnóstico inicial, pero ha llegado el momento de enfrentarme de cerca a la muerte. Las metástasis ocupan un tercio de mi hígado, y, aunque se puede retrasar su avance, son un tipo de cáncer que no puede detenerse. De modo que debo decidir cómo vivir los meses que me quedan. Tengo que vivirlos de la manera más rica, intensa y productiva que pueda. Me sirven de estímulo las palabras de uno de mis filósofos favoritos, David Hume, que, al saber que estaba mortalmente enfermo, a los 65 años, escribió una breve autobiografía, en un solo día de abril de 1776. La tituló De mi propia vida.

Imagino un rápido deterioro […]. Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros.

He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.

Hume continuaba: ‘Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones’.

En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.

Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: ‘Es difícil’, escribió, ‘sentir más desapego por la vida del que siento ahora’.

En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada.

Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.

Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto).

De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.

No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.

Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores.

Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.”

(C) Oliver Sacks, 2015. (C) De la traducción: María Luisa Rodríguez Tapia. (C) El País, 21 de febrero de 2015.

Oliver Sacks

Oliver Sacks

“Siempre Alice”: una película sobre el Alzheimer

“Siempre Alice”: una película sobre el Alzheimer

Este viernes, 16 de enero, se estrena en los cines españoles la película Siempre Alice (Still Alice es su título original en inglés), que narra como una brillante profesora universitaria de 50 años de edad se enfrenta a las primeras etapas de la enfermedad de Alzheimer y como le afecta la enfermedad a nivel personal, familiar, social y laboral. La película, dirigida por Richard Glatzer y Wash Westmoreland, tiene como protagonista a la actriz Julianne Moore, a la que acompañan en el reparto Alec Baldwin y Kristen Stewart, entre otros.

Aunque la película se vio por primera vez muy recientemente, en el Festival Internacional de Cine de Toronto, el 8 de septiembre de 2014, ya ha recibido numerosos premios y nominaciones, sobre todo su protagonista, Julianne Moore, entre los que destacan por ser los más conocidos el premio Globo de Oro 2015 y la nominación para el Oscar a la mejor actriz.

Cartel de la película "Siempre Alice" con su protagonista Julianne Moore

Cartel de la película “Siempre Alice” con su protagonista Julianne Moore

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Cabe señalar que esta película está basada en la primera novela -de igual título- publicada por la Dra. Lisa Genova, graduada en Psicología Biológica y Doctora en Neurociencias por la Universidad de Harvard. Lisa Genova se ha convertido en referente de lo que podríamos llamar “novela científica”, y me hace recordar al Dr. Oliver Sacks (aunque los estupendos libros de éste no sean precisamente novelas).

 

Emma Cano en la revista “Panace@”

Emma Cano en la revista “Panace@”

No es la primera vez que la pintora Emma Cano ilustra este blog. Casi un año hace que nos hacíamos eco de su Exposición en la Real Academia Nacional de Medicina: “Luz en Hipocratia“. Esta vez, la pintora asturiana afincada en Mallorca vuelve a nuestro blog porque ella cierra con broche de oro el número 40 de Panace@, la revista que dirige la Profesora Bertha M. Gutiérrez Rodilla y tiene como Secretario de Redacción a mi querido amigo el Profesor Juan V. Fernández de la Gala. Y hablando de la obra de Emma Cano, Fernández de la Gala, entre otras cosas dice:

“En los cuadros de Emma Cano, los pacientes nos miran desde la desolación aguamarina y punzante de su sufrimiento, allí donde un catéter y un tubo de goma prolongan la red venosa hasta el ámbito extracorpóreo de la habitación. Un frasco de suero fisiológico pende boca abajo y es este goteo acompasado el único reloj que existe. En Hipocratia, a veces el tiempo se detiene…”

Emma Cano. Francisco y la luz de los días

Emma Cano. “Francisco y la luz de los días”

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Emma Cano ha retratado magistralmente el interior del interior de la medicina hospitalaria…

Emma Cano. El equipo de trauma

Emma Cano. “El equipo de trauma”

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Emma Cano. "Un ángel"

Emma Cano. “Un ángel”

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Emma Cano. Cirujana en el pasillo de quirófano

Emma Cano. “Cirujana en el pasillo de quirófano”

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La colección completa de la obra de tema médico de Emma Cano se puede ver en el siguiente enlace:

Luz en Hipocratia

El artículo del Profesor Fernández de la Gala se puede leer en su totalidad pulsando sobre su título:

Nuestra ilustradora: Emma Cano. El viaje de una pintora por el país de Hipocratia

Pero creo que ésta es buena ocasión para conocer la revista… Desde el enlace a su número actual se puede acceder también a los contenidos anteriores:

Panace@. Revista de Medicina, Lenguaje y Traducción

 

Ha fallecido Luis S. Granjel

Ha fallecido Luis S. Granjel

Ayer sábado, 29 de noviembre de 2014, a la edad de 94 años, ha fallecido en Salamanca don Luis S. Granjel (q.e.p.d.), una de las más grandes figuras de la Historia de la Medicina española y universal.

En su memoria, inserto a continuación su página en la web de la Real Academia Nacional de Medicina, a la que se puede acceder, directamente, pulsando sobre su nombre:

Excmo. Sr. D. Luis Sánchez Granjel

Asímismo, adjunto el obituario que le dedica uno de sus discípulos más destacados y que le conoció bien, el Dr. José María Urquia Etxabe, Profesor Titular de Historia de la Medicina de la UPV-EHU; al que se accede, igualmente, pulsando sobre el título de la nota de prensa:

Eximio historiador de la Medicina

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Luis S. Grangel (1920-2014). Foto: Real Academia Nacional de Medicina

¡Descanse en paz!

Ébola

Umar Khan médico jefe Sierra Leona

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Él es el médico jefe de la lucha contra el Ébola en Sierra Leona, Umar Khan (en una foto tomada el pasado mes de junio), contagiado por el virus.

En la siguiente fotografía vemos al Dr. Kent Brantly con su esposa y sus hijos. Brantly se ha contagiado por el virus ejerciendo su labor en Liberia.

Los Brantly

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Cuando escribo esta nota, ambos viven todavía y están hospitalizados. Lamentablemente, otros médicos han fallecido ya por el contagio, como los doctores Samuel Brisbane o Sam Mutooru Muhumuza, y como ellos muchos médicos y enfermeras más han muerto también, en la terrible epidemia de Ébola, la peor de la historia, que ahora mismo está azotando Sierra Leona, Liberia, Nigeria y Guinea Conakry; a pesar de que todos -así se ha manifestado y lo creo porque se trata de auténticos especialistas en la lucha contra las enfermedades víricas- han utilizado siempre las más estrictas medidas de protección personal…

Handout of Dr. Kent Brantly of Samitan's Purse relief organization in Monrovia

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El virus toma su nombre del río Ébola, que discurre por la República Democrática del Congo (antes Zaire) donde se identificó por primera vez la enfermedad en 1976.  Antes conocida como fiebre hemorrágica del Ébola, la enfermedad por el virus del Ébola (EVE), que no tiene tratamiento específico ni vacuna y puede llegar a alcanzar tasas de mortalidad cercanas al 90%, se transmite al ser humano por animales salvajes (se considera que los huéspedes naturales del virus son los murciélagos frugívoros de la familia de los Pteropodidae) y se propaga en las poblaciones humanas por contacto de persona a persona.

Clínicamente, la EVE se suele caracterizar por la aparición súbita de fiebre, debilidad intensa y dolores musculares, de cabeza y de garganta, lo cual va seguido de vómitos, diarrea, erupciones cutáneas, disfunción renal y hepática y, en algunos casos, hemorragias internas y externas. Los resultados de laboratorio muestran disminución del número de leucocitos y plaquetas, así como elevación de las enzimas hepáticas.

Los pacientes son contagiosos mientras el virus esté presente en la sangre y las secreciones. El virus del Ébola se ha aislado en el semen hasta 61 días después de la aparición de la enfermedad en un caso de infección contraída en el laboratorio.

El periodo de incubación (intervalo desde la infección hasta la aparición de los síntomas) oscila entre 2 y 21 días.

No siempre es posible identificar precozmente a los pacientes con EVE porque los síntomas iniciales pueden ser inespecíficos. Por este motivo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha establecido una serie de normas para la protección de los profesionales sanitarios, que se hayan especialmente expuestos al contagio de esta enfermedad por su mecanismo de transmisión, por contacto de persona a persona:

  • Es importante que se observen en todo momento y todos los centros las precauciones habituales en todos los pacientes, independientemente de su diagnóstico. Entre ellas se encuentran la higiene básica de las manos, la higiene respiratoria, el uso de equipos de protección personal (en función del riesgo de salpicaduras u otras formas de contacto con materiales infectados) y prácticas de inyección e inhumación seguras.
  • Los trabajadores sanitarios que atienden a pacientes con infección presunta o confirmada por el virus del Ébola deben aplicar, además de las precauciones generales, otras medidas de control de las infecciones para evitar cualquier exposición a la sangre o líquidos corporales del paciente y el contacto directo sin protección con el entorno posiblemente contaminado. Cuando tengan contacto estrecho (menos de 1 metro) con pacientes con EVE, los profesionales sanitarios deben protegerse la cara (con máscara o mascarilla médica y gafas) y usar bata limpia, aunque no estéril, de mangas largas y guantes (estériles para algunos procedimientos).
  • Quienes trabajan en el laboratorio también corren riesgo. Las muestras tomadas a efectos de diagnóstico de personas o animales con infección presunta o confirmada por el virus del Ébola deben ser manipuladas por personal especializado y procesarse en laboratorios adecuadamente equipados.

Actualmente estamos sufriendo la peor epidemia conocida de enfermedad del virus del Ébola, con una gran mortalidad entre la población general; pero que, por su mecanismo de transmisión, afecta de manera especial al personal en contacto directo con los enfermos. A pesar de las recomendaciones de la OMS, ya son muchos los profesionales sanitarios contagiados, y algunos han muerto. Y si esto es así ahora que se conocen los mecanismos de transmisión y se aplican medidas de protección habitualmente adecuadas para evitar el contagio, pienso en tiempos pasados cuando no se conocían unas ni otras; y la peste, el cólera, la fiebre amarilla, el paludismo o la tuberculosis, por ejemplo, se cebaron en los profesionales que se ocupaban de combatirlas. A lo largo de la historia han sido muchos los médicos que han pagado tributo a su profesión con su vida. En la próxima entrada hablaremos de uno de ellos…

Adenda:

Desgraciadamente, como nos anuncia D. Arturo Martí-Carvajal en su comentario, el Dr. Sheik Umar Khan, falleció el pasado 29 de julio en una clínica de Médicos Sin Fronteras al norte de Sierra Leona, donde se encontraba en aislamiento desde que contrajo la infección por el virus del Ébola hace apenas una semana. Para una mayor información sobre este asunto, inserto a continuación la entrada que le ha dedicado en su blog el Dr. Mariano Salazar Castellón:

“Un héroe de la salud pública moderna: El doctor Sheik Umar Khan, muere en Sierra Leona, su país natal, en la lucha contra el Ébola”

Sobre los beneficios del café para la salud

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Ivana Kobilca (1861-1926). La bebedora de café (1888). Galería Nacional de Eslovenia

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Las noticias no son nuevas. Ya se sabía que el consumo moderado de café es beneficioso para la salud. Pero siempre son agradables para los que nos declaramos cafeteros acérrimos. La revista en Internet Jano.es Medicina y Humanidades, en su web Jano diario de ayer, 17 de julio de 2014, se hace eco de diversas investigaciones publicadas en revistas médicas tan prestigiosas como American Journal of Epidemiology, Public Health Nutrition y British Journal of Cancer, y concluye:

“El consumo moderado de café reduce el riesgo de cáncer de colon, próstata, endometrio y bucofarígeo.”

Excelentes noticias para quienes tenemos la suerte de disfrutar del café sin sufrir ninguno de sus efectos secundarios (que los tiene). Pero, ¿qué se entiende por consumo moderado de café? Según los autores de las mencionadas publicaciones, cuatro tazas. Más no. Que ya lo decía Paracelso

Paracelsus

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“Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia está en la dosis”.