Higea, la diosa griega de la salud, pintada por Rubens

 

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Pedro Pablo Rubens (1577-1640). “Higea, diosa de la salud” (c.1615). Óleo sobre tabla, 107 x 74,5 cm. Detroit Institute of Arts

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Higea -o Higía, o Hygieía, o Hygeia, que, de estas formas y quizás algunas más, podemos encontrar escrito su nombre- era la diosa griega de la salud. Pertenecía a una ilustre familia mitológica: hija de Asclepio, el dios de la medicina (al que los romanos, luego, llamaron Esculapio) y, por tanto, nieta de Apolo, uno de los más poderosos y polifacéticos dioses del Olimpo, y hermana -entre otras y otros- de Panacea “la que todo lo cura”. Con su abuelo, su padre y su hermana aparece todavía en el inicio del famoso Juramento Hipocrático.

Este cuadro -en mi modesta opinión- es uno de los menos conocidos, pero no por eso menos bello, de Rubens. El pintor nos muestra aquí esplendorosa a la diosa de la salud, representada con su principal atributo: la serpiente.(1) Como dicen los autores del libro El médico de familia en el arte:

“… el contenido del cuadro se centra en ese antídoto que Higea deposita en la boca de la serpiente sagrada para que el veneno de ésta se transforme en remedio beneficioso para la salud corporal del enfermo, mientras la voluptuosidad del cuerpo divinizado (característica de los cánones formales del pintor) y el apasionado color de las telas envuelven la acción en una mirada de anhelo, sorpresa e incredulidad por parte del espectador…”(2)

Notas:

(1) La serpiente, en medicina, como en muchas culturas, no tiene la connotación negativa que algunos le otorgan. Al contrario, la serpiente que muda su piel, es signo de renovación, de sanación. Por eso aparece en el emblema de algunas profesiones sanitarias y, concretamente, en el Bastón o “Vara de Esculapio“.

(2) GONZÁLEZ, F.; GONZÁLEZ, J. y ORERO, A. (Dirs.) (2005): El médico de familia en el arte. Barcelona, Grupo Ars XXI de Comunicación: 98.

Enlace de interés:

DETROIT INSTITUTE OF ARTS

 

Saturnismo: etimología y algunos datos de interés histórico y clínico

El epónimo “saturnismo” nos hace pensar inmediatamente en el dios Saturno de los romanos, ese que la iconografía representa devorando a sus propios hijos para que no le arrebataran el poder… como en este cuadro que Rubens pintó por encargo de Felipe IV.

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Pedro Pablo Rubens. Saturno devorando a un hijo (1636-1637).
Museo del Prado, Madrid

Mal padre fue este Saturno (si es que se le puede llamar padre), capaz de comerse a sus propios hijos por puro egoísmo, para evitar que un día pudieran quitarle su reino. Menos mal que su esposa Ops -ella sí era una buena madre- consiguió ocultar a Júpiter, Neptuno y Plutón, hasta que el primero de ellos venció a su padre para convertirse en dios supremo. Aunque -todo hay que decirlo- puede que conmovido por la generosidad de su hijo Júpiter (que le permitió vivir, al contrario de lo que él había hecho con su propio padre), Saturno se estableció en la antigua Roma, por invitación de Jano, creando -según la mitología romana- una sociedad desprovista de delincuencia, pobreza, guerras, injusticias y servidumbre… nada menos.

Más terrorífico todavía que el de Rubens es el Saturno que Goya pintó para su Quinta del Sordo, entre 1819 y 1823.

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Francisco de Goya. Saturno devorando a su hijo (1819-1823)
Museo del Prado, Madrid

Pero ¿cómo llegó a identificarse a este dios, devorador de sus propios hijos, con el plomo? En Internet se encuentran las respuestas más variopintas. Algunas manifiestamente erróneas. como las que atribuyen el epónimo a las saturnales romanas (que algunos llegan a confundir con las bacanales), aduciendo que en esas fiestas se cometían todo tipo de excesos, entre ellos el abuso del vino, vino que estaba contenido en ánforas cuyo interior se recubría de plomo para hacerlas estancas.

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Thomas Couture. Los romanos de la decadencia (1847)
Museo de Orsay, París

En 1965, Gilfillan publicó sendos artículos, en The Mankind Quarterly y en el Journal of Occupational and Environmental Medicine titulados, respectivamente, “Roman Culture and Dysgenic Lead Poisoning” y “Lead poisoning and the fall of Rome”, atribuyendo la caída de Roma al envenenamiento por plomo de sus clases dirigentes por culpa, precisamente, del abuso del vino contenido en vasijas plomadas. Esta teoría dio y sigue dando lugar a numerosas controversias. Lógicamente, fueron varios los factores que influyeron en la caída del Imperio Romano, entre ellos la relajación de las costumbres; pero cuesta creer que la intoxicación por plomo fuera la principal responsable, incluso si se tiene en cuenta que los romanos fabricaron sus conducciones de agua con plomo; el cual, por tanto, no solo era un contaminante de los recipientes que contenían el vino.

Sin embargo, volviendo a la posible etimología del saturnismo, la respuesta más acertada -en mi opinión- es la que dice que fueron los alquimistas medievales -alquimia, astrología y medicina andaban de la mano por entonces- quienes le dieron ese nombre asociando un metal pesado, como el plomo, al planeta Saturno, cuya órbita era la más lenta que conocían.

Saturno

El planeta Saturno y su símbolo en la alquimia

Respecto a la clínica del saturnismo, aunque el plomo fuera conocido y usado por el hombre en las más diversas culturas y desde tiempos remotos, se dice que fue Hipócrates (460-377 a.C.) el primero en describir los síntomas de la intoxicación por dicho metal.

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Busto romano del siglo II (copia de otro giego anterior)
que representa a Hipócrates de Cos, “el padre de la Medicina”

Según Lessler, Hipócrates hablaba de dolor cólico, falta de apetito, palidez, pérdida de peso, fatiga, irritabilidad y espasmos nerviosos, los mismos síntomas que seguirían enumerándose muchos siglos después; cuando el francés Louis Tanquerel des Planches (1810-1862) -considerado tradicionalmente como el primer médico que estudió en profundidad los efectos del plomo sobre la salud- publicó en 1834 su Ensayo sobre la parálisis de plomo o saturnina (Tesis Doctoral, leída en la Facultad de Medicina de París), y luego La encefalopatía saturnina, en 1838, y el Tratado de las enfermedades del plomo o saturninas, en 1839.

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Portada del Tratado de las Enfermedades del Plomo o Saturninas,
de Louis Tanquerel des Planches (1839)

Aunque no estaría de más revisar, por ejemplo, la obra de Vicente Mitjavila publicada en 1791, De los daños que causan en al cuerpo humano las preparaciones de plomo… o la Disertación médica del cólico de Madrid… publicada en 1796 por Ignacio María Ruiz de Luzuriaga. En esta última, hablando sobre los síntomas de la enfermedad, el gran higienista español menciona una primera fase de astenia, estreñimiento y dolores abdominales cólicos, seguida en un tiempo variable por una fase de “perlesía” caracterizada por artralgias, temblor de manos y debilidad de los miembros con parálisis de la mano (la llamada “mano gafa” o caída, por afectación del nervio radial o parálisis de la pierna (por afectación del nervio perineal). Y además: ceguera, vértigo, acúfenos y sordera.

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Mano “gafa” o caída, por afectación del nervio radial
en un paciente con saturnismo

Actualmente, los efectos sobre la salud de la intoxicación crónica por el plomo en adultos se pueden enumerar así:

Sobre la sangre:

  • Anemia
  • Elevación de la protoporfirina eritrocitaria

Sobre el sistema nervioso:

  • Neuropatía periférica
  • Fatiga
  • Irritabilidad
  • Dificultad para la concentración
  • Pérdida de audición
  • Convulsiones
  • Encefalopatía

Sobre el sistema gastrointestinal:

  • Náuseas
  • Dispepsia
  • Estreñimiento
  • Dolor cólico
  • Línea gingival (Ribete de Burton)

Sobre la reproducción:

  • Esperma anormal
  • Disminución en el número y movilidad de los espermatozoides
  • Abortos / Mortinatos

Sobre el sistema renal:

  • Hipertensión arterial
  • Nefropatía crónica

Otros:

  • Artralgia / Mialgia
  • Gota saturnina

Para nuestro estudio descartamos las alteraciones diagnosticadas mediante analísis clínicos porque no se conocían entonces. Descartaríamos también los efectos sobre el aparato reproductor, porque Caravaggio y Van Gogh no tuvieron hijos conocidos. Sin embargo Goya tuvo ocho; aunque siete de ellos (Antonio, Eusebio, Vicente -un prematuro-, María del Pilar, Francisco de Paula, Hermenegilda y Francisco Javier) murieron siendo muy niños. Solo sobrevivió el último, Javier Goya y Bayeu, nacido el 4 de diciembre de 1784, que fue el heredero del pintor. No he hallado constancia de cuantos abortos pudo sufrir Josefa Bayeu. Pero comprobamos que gran parte de los otros síntomas de saturnismo se pueden encontrar, en algún momento, en las patografías de Caravaggio, Goya y Van Gogh. Sobre todo en las de estos dos últimos, al disponer de más documentación. La palidez, propia de la anemia, los cólicos abdominales, el estreñimiento, la fatiga, la irritabilidad, las parálisis concecutivas a las neuropatías periféricas, los dolores musculares y articulares, la pérdida de audición, las convulsiones, la encefalopatía… Curiosamente, el famoso Ribete de Burton, una coloración violácea o negruzca situada sobre las encías, a nivel del cuello de los dientes, no parece ser tan común como siempre se ha dicho y, a veces, puede denotar una mala higiene bucal más que otra cosa.

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Ribete de Burton en un varón de 28 años
diagnosticado de saturnismo

Para el diagnóstico de una enfermedad profesional son necesarios tres requisitos:

  1. Historia laboral de exposición al agente causal de la enfermedad.
  2. Historia clínica del trabajador expuesto compatible con dicha enfermedad.
  3. Pruebas complementarias.

En el caso del saturnismo, las pruebas complementarias fundamentales para el diagnóstico son análisis clínicos específicos sobre los que no vamos a tratar aquí, porque no existían en la época que abarca este estudio. Tampoco se hablará del tratamiento actual ni de las medidas de prevención. Respecto al pronóstico cabe señalar que, al contrario que en los niños, en quienes frecuentemente es muy grave, en los adultos la mayoría de los síntomas son reversibles cuando se evita la exposición al plomo. No obstante, la encefalopatía saturnina puede llegar a ser mortal en el 25% de los afectados y puede dejar secuelas neurológicas hasta en el 40%. En los niños, la afectación neurológica permanente puede afectar al 70-80% de los que sufren encefalitis.

Como curiosidad, en relación con el tratamiento del saturnismo, les diré que en un artículo firmado por el Dr. William Stokes en 1833, en el London Medical and Surgical Journal -muy interesante, por otra parte- en cuanto a la fisiopatología y la clínica del cólico de los pintores- recomienda el uso de inyecciones de tabaco y purgantes drásticos, como el aceite de ricino y el aceite obtenido de un árbol tropical asiático, el Croton tiglium, más unas gotas de tintura de opio. Para la utilización terapéutica del tabaco en el cólico de los pintores cita como referencia al Dr. Graves (si más datos). Probablemente, por la fecha de publicación, y sabiendo que Stokes era irlandés, se refiere a la gran figura de la medicina irlandesa de la época, el Dr. Robert James Graves (1796-1853). En cambio, no especifica nombres cuando habla de los purgantes y la tintura de opio, sino que se refiere genéricamente a los médicos del Hospital de La Charité, de París. El autor de este artículo sobre el saturnismo o cólico de los pintores parece que no puede ser otro más que William Stokes (1804-1878) conocido en Historia de la Medicina por sus aportaciones al conocimiento de las enfermedades cardiorespiratorias, y autor de uno de los primeros tratados sobre el uso del estetoscopio que inventara Laënnec.

William Stokes

William Stokes (1804-1878)

Para finalizar esta entrada solo añadiré que las principales vías de entrada de los contaminantes químicos en el organismo humano son tres: respiratoria, digestiva y dérmica. Normalmente, en patología laboral, la más importante es la vía respiratoria; pero el caso de los pintores es una excepción, porque -por diversos motivos- para ellos la principal vía de entrada es la digestiva. La vía dérmica solo tiene interés cuando existen heridas o erosiones en la piel.

Dicho esto, podemos pasar ya a hablar de los tres pintores en los que se centra este estudio: Caravaggio, Goya y Van Gogh.

Por estricto orden cronológico, empezaremos por Caravaggio… pero eso será ya en la próxima entrada.

[Continuará]

Venus en la consulta de Esculapio

A Visit to Aesculapius 1880 by Sir Edward Poynter 1836-1919

Sir Edward Poynter (1836-1919). A Visit to Aesculapius (1880)
Tate Collection

Siendo ella diosa tan principal, la hermosa Venus no puede ser atendida por otro médico que no sea un dios como ella misma, el dios de la Medicina –Esculapio para los romanos, Asclepio para los griegos- incluso para una afección tan banal y leve como una espina clavada en su delicado pie.

Así nos la muestra el británico Sir Edward John Poynter en este cuadro, donde la diosa aparece acompañada, como es habitual, por las Tres Gracias, visitando a Esculapio en su peculiar consulta, en un jardín, al aire libre.

Más información sobre este cuadro se puede encontrar en el siguiente enlace:

A Visit to Aesculapius

Un niño enfermo en el templo de Esculapio, según un cuadro de J. W. Waterhouse (1877)

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John William Waterhouse (1849-1917)
A Sick Child brought into the Temple of Aesculapius (1877)
Óleo sobre lienzo. 208 x 170 cm.
Fine Art Society. Londres

John William Waterhouse fue un pintor británico nacido en Roma, el 6 de abril de 1849, y fallecido en Londres, el 10 de febrero de 1917. Sus comienzos artísticos, a los que pertenece el cuadro que encabeza esta entrada, estuvieron influidos por el neoclacisismo victoriano. Luego fue prerrafelista, más tarde estuvo influido por el planairismo de los impresionistas franceses; y, “…si al principio de su carrera se dedicó a temas de la antigüedad clásica, más adelante abordó los literarios, siempre con un estilo suave y misterioso, imbuido de romanticismo, que permiten encuadrarlo dentro del simbolismo.” (Wikipedia).

En su cuadro, Waterhouse nos muestra lo que podría ser el momento inicial del tratamiento en un templo de Esculapio, el dios romano de la medicina, al que los griegos habían conocido como Asclepio, y a cualquiera de sus muchos templos (dicen que más de trescientos) diseminados por los territorios de Grecia, primero, y Roma después, los griegos llamaban “asclepeion” o “asclepion“. La madre, con el niño enfermo, presenta sus sencillas ofrendas (frutas y verduras, principalmente, que se muestran en una cesta, a la derecha de la imagen), puede que algo de vino en el ánfora que está a sus pies, y se queman sustancias aromáticas (quizás incienso), en presencia de los asclepíades, los médicos-sacerdotes que atendían el templo, de sus ayudantes y otras personas (posiblemente algún familiar) ante la estatua del dios.

El culto a Asclepio se remonta hasta el siglo VI a.C., antes de que Alcmeón de CrotonaHipócrates de Cos y sus seguidores iniciaran nuestra medicina actual, científica y técnica. Y no desparecería, sino que seguiría conviviendo con ella durante la dominación romana, hasta que el cristianismo se impuso sobre las divinidades paganas. Según una de las versiones más extendidas de la mitología griega, Asclepio era hijo de Apolo, uno de los dioses olímpicos más importante y polifacético, que -entre otras cosas- también era dios de la medicina, y de la mortal Coronis. Pero, mientras estaba embarazada, Coronis tuvo amores con un joven de su vecindad y Apolo -advertido por un cuervo- celoso y expeditivo, puso fin a la vida de la amante infiel con un certero flechazo, le practicó una cesárea póstuma, y entregó al niño al centauro Quirón, maestro de un buen número de célebres personajes de la mitología helénica, para que lo formase como médico.

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Al dios de la medicina se le representa habitualmente como un hombre maduro, barbado, de larga cabellera, gesto amable y mirada serena, que lleva en una de sus manos un bastón sobre el que se enrosca una serpiente. Bastón y serpiente constituyen el símbolo de la medicina. El templo más importante del dios de la medicina fue el Asclepion de Epidauro, construído en torno al año 375 a.C.; pero también fueron famosos los de CorintoCosPérgamoAtenas y la misma Roma. Se dice que Hipócrates inició su formación y ejerció como asclepíade en Cos, y Galeno llevó a cabo su labor -durante algún tiempo- en el de Pérgamo, su ciudad natal. En España existió un templo-santuario de Asclepio en Ampurias. En el asclepion tenían lugar ceremonias de distinto tipo, propias de la medicina mágico-religiosa que allí se practicaba. Se realizaban sacrificios, normalmente de aves, y se donaban ofrendas en forma de frutas, dulces y otros comestibles. Se elevaban plegarias a los dioses. Había sitio para los baños rituales. En ocasiones, podía emplearse la música y la danza, con efectos terapéuticos… Siempre bajo la presencia omnipresente de las serpientes sagradas. Aunque, todo ello no es óbice para que se practicaran también algunos tratamientos quirúrgicos, como ha quedado suficientemente demostrado, sobre todo, mediante el instrumental y los exvotos hallados en los trabajos arqueológicos. Sin embargo, la práctica esencial en los asclepiones era la “incubación” o sueño en el templo. Los pacientes eran inducidos al sueño (de forma natural o utilizando sustancias hipnóticas) y mientras dormían en el “abaton” se les aparecía el dios que los curaba o indicaba el modo de hacerlo a los médicos-sacerdotes que interpretaban los sueños. Pero, dejemos que sea el Profesor Laín Entralgomaestro insigne de la Historia de la Medicina Española y gran conocedor de la Historia de la Medicina de la Grecia Clásica, quien nos lo explique:


“Desde antes del siglo V a.C. hasta el hundimiento del mundo antiguo -Asclepio fue, no lo olvidemos, la divinidad pagana más resistente al triunfo del cristianismo-, los templos consagrados a ese dios, y muy especialmente el de Epidauro, fueron el marco de la práctica más famosa y popular de la medicina mágico-religiosa helénica y romana: la incubatio. Los enfermos dormían juntos en el interior del templo, y durante el sueño se aparecía Asclepio a cada uno de ellos para curarle, bien tocando su persona, bien, como con frecuencia ocurrirá en épocas más tardías, prescribiéndole algún remedio. Una escena burlesca del Pluto II de Aristófanes es nuestra más detallada fuente acerca de las curas en los templos de Asclepio o asklipieia. Que la experiencia clínica a que dio lugar la incubatio tuviera alguna relación con el desarrollo de las escuelas técnicas de la medicina griega, parece cosa harto dudosa. Es segura, en cambio, la cristianización del sueño en el templo durante los primeros siglos de la medicina bizantina.”(1)


NOTAS

(1) LAÍN ENTRALGO, P. (1990): Historia de la Medicina. Barcelona, Salvat: 52.

La diosa Hebe: origen del epónimo “hebefrenia”

Carolus-Duran (1838-1917). Hébé (1874)Óleo sobre lienzo. 200 x 104 cm.Palais des Beaux-Arts de Lille

Carolus-Duran (1838-1917). Hébé (1874)
Óleo sobre lienzo. 200 x 104 cm.
Palais des Beaux-Arts de Lille

La diosa griega Hebe era hija de Zeus y Hera, es decir, de la mejor familia del Olimpo. Ella, la personificación misma de la juventud, pasaba su tiempo bailando con las Musas y las Horas al son de la lira de Apolo, cuando no estaba cumpliendo la misión que su poderoso padre le había encomendado: servir las copas del néctar de los dioses en los saraos olímpicos. Y así fue hasta que el veleidoso y lascivo Zeus quedó prendado de Ganímedes, le dio el finiquito a la muchacha y el puesto de divino sumiller al efebo. A Hebe, el pendón de su papá la desposó con Heracles, que había sido llamado al Olimpo para ocupar su lugar entre los inmortales después de su apoteósico triunfo en las pruebas que le habían sido impuestas; pensando, quizás, que las nupcias con el macizo héroe la compensarían por la pérdida del puesto de trabajo.(1)

Al sesudo psiquiatra alemán Ewald Hecker (1843-1909), que estaba empeñado con su maestro y amigo Karl Ludwig Kahlbaum (1828-1929) en la descripción y clasificación de los trastornos mentales(2), el mito de la diosa griega de la juventud le pareció apropiado para nombrar una enfermedad que él describió por primera vez en 1871, la hebefrenia(3); una enfermedad que enseguida fue tomada como ejemplo de demencia precoz por el gran Emil Kraepelin (1856-1926).

La hebefrenia se define como una forma de esquizofrenia que tiene generalmente su comienzo en la adolescencia y se caracteriza por afectar fundamentalmente a las funciones afectivas.(4) En el recomendable Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico de la Universidad de Salamanca (dicciomed.eusal.es) leemos la siguiente definición: “Forma de esquizofrenia caracterizada por incoherencia, alucinaciones sin nexo temático y manifestaciones afectivas planas e inapropiadas. Se manifiesta en edad temprana y tiene mal pronóstico”.(5) El comportamiento de quienes la sufren es irresponsable e imprevisible. La afectividad es superficial y se acompaña con frecuencia de risas insulsas, muecas, burlas, quejas hipocondríacas y frases repetitivas. El pensamiento aparece desorganizado y el lenguaje es divagador e incoherente. Se trata, en definitiva, de una enfermedad grave que requiere tratamiento por el especialista.

No cabe duda de que el psiquiatra alemán pensó en Hebe por ser la diosa de la juventud; pero nada más justifica el epónimo.

Tendría Hecker poco más de treinta años cuando el pintor francés Charles Émile Auguste Durand (1837-1917), más conocido como Carolus-Duran, el maestro de mi admirado John Singer Sargent (1856-1925), representó a la joven diosa en todo su esplendor, tal como se puede ver en el cuadro con el que se inicia esta entrada. Con el fondo azul del cielo olímpico y montada sobre un águila -ave que a menudo la acompaña, como símbolo de su augusto padre- la diosa aparece dispuesta a verter en una copa el néctar de los dioses desde una jarra que lleva muy alta -igual que en otras muchas imágenes suyas- en un gesto, a la vez, elegante y seductor.

También en la música francesa del siglo XVIII encontramos una referencia a Hebe. Se trata de una ópera-ballet titulada Les fêtes d’Hébé, ou Les talents lyriques, estrenada en la Ópera de París el 21 de mayo de 1739. El autor del libreto fue Antoine Gautier de Montdorge (c.1707-1768). Y, aunque el argumento no guarda demasiada relación con cuanto hemos dicho hasta ahora, lo cierto es que, la música de Jean-Philippe Rameau (1683-1764) es digna de la diosa. Escuchémos un pequeño fragmento…

Finalmente, para los especialistas que pudieran estar interesados, quiero señalar que la editorial Polemos publicó en 1996 la traducción de algunos de los escritos más importantes de KraepelinKahlbaum y Hecker, con el título: La locura maniaco-depresiva. La catatonia. La hebefrenia.

NOTAS

(1) Existen diferentes versiones del mito de Hebe. Ésta, con evidentes licencias literarias, la tomamos de: REY GONZÁLEZ, A. y LIVIANOS ALDANA, L. (2000): La Psiquiatría y sus Nombres. Diccionario de epónimos. Madrid, Editorial Médica Panamericana: 121.

(2) Sobre Ewald Hecker, V.: KRÜGER, S. y BRÄUNIG, P. (2000): “Ewald Hecker, 1843-1909”. Am. J. Psychiatry157, 8: 1.220. [Disponible en: http://ajp.psychiatryonline.org/data/Journals/AJP/3715/1220.pdf; consultado el 8 de diciembre de 2011]. Sobre Kahlbaum, es interesante leer lo que su discípulo y amigo Hecker escribió en su necrológica: KRAAM A. (2008): “Karl Ludwig Kahlbaum by Dr. Ewald Hecker (1899)”. History of Psychiatry19, 1: 77-85. [Disponible en: http://www.tara.tcd.ie/bitstream/2262/51646/1/PEER_stage2_10.1177%252F0957154X07084879.pdf; consultado el 8 de diciembre de 2011].

(3) HECKER, E. (1871): “Die Hebephrenie”. Virchows Archiv fur Pathologie und Anatomie, 52: 394-429. (Cf.: REY GONZÁLEZ, A. y LIVIANOS ALDANA, L. (2000): Op. cit.). Una traducción al español se encuentra en: HECKER, E. (1871): “La hebefrenia. Contribución a la psiquiatría clínica”. [Disponible en: http://www.documentacion.aen.es/pdf/revista-aen/1995/revista-53/08-la-hebefrenia-contribucion-a-la-psiquiatria-clinica-(1871).pdf; consultado el 8 de diciembre de 2011].

(4) REY GONZÁLEZ, A. y LIVIANOS ALDANA, L. (2000): Op. cit.

(5) HEBEFRENIA (s.f.): “hebefrenia”. Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico. [Disponible en: http://dicciomed.eusal.es/palabra/hebefrenia; consultado el 8 de diciembre de 2011].

ENLACES DE INTERÉS

CRUZADO, Lizardo (2010): “Esquizofrenia no, hebefrenia sí“. Desde el manicomio. [Disponible en: http://desdeelmanicomio.blogspot.com/2010/08/esquizofrenia-no-hebefrenia-si.html; consultado el 8 de diciembre de 2011].

¡Adiós 2012!

Artus Wolffort (1581-1641). ChronosÓleo sobre lienzo. 78,50 x 63,50 cm.

Artus Wolffort (1581-1641). Chronos
Óleo sobre lienzo. 78,50 x 63,50 cm.

Por fin se va el duro y difícil año 2012, tan viejo y gastado como este Chronos, el Tiempo, que pintó el belga Artus Wolffort (o Wolffaert) en la primera mitad del siglo XVII; y que, con su agotado reloj de arena en la mano, se marcha renqueante apoyado en un par de muletas.

Misericordiosamente, aunque no se lo merezca, digámosle adiós con música de Mahler y recibamos al nuevo año con esperanza.

¡EL 2012 HA MUERTO! ¡VIVA EL 2013!

El hijo del árbol de la mirra

Marcantonio Franceschini (1648-1729). El nacimiento de Adonis (c.1685-1690)Óleo sobre cobre. 48,5 x 69 cm. Staatliche Kuntsammlungen. Dresde

Marcantonio Franceschini (1648-1729). El nacimiento de Adonis (c.1685-1690)
Óleo sobre cobre. 48,5 x 69 cm.
Staatliche Kuntsammlungen. Dresde

La mitología nos cuenta uno de los nacimientos más extraordinarios que podamos imaginar: el del bello Adonis.

Por motivos que se explican de diversas maneras, Mirra, hija de Tías, rey de Asiria, cometió incesto con su propio padre. Éste, al darse cuenta de lo sucedido, mata a su hija y amante ocasional… Pero entonces interviene Afrodita, siempre atenta a estos asuntos, y para mantener con vida a la joven la convierte en árbol, el árbol de la mirra ¡claro! Al cabo de los meses, cumplido el tiempo propio de un embarazo, no se sabe si mediante un oportuno flechazo o gracias a un jabalí que pasaba por allí y decidió afilar sus colmillos en la princesa convertida en arbolito, por la herida del árbol ve la luz Adonis.

En el cuadro del pintor boloñés Marcantonio Franceschini (1648-1729) vemos junto al árbol, de apariencia claramente femenina, a ninfas curiosas, faunos sorprendidos y amores preparando los paños para envolver a la criatura, mientras Afrodita -que, en esta ocasión parece haber ejercido también de partera- entrega al recién nacido a una de las ninfas para que se encargue de su crianza. Empezaba así, desde su mismo nacimiento, la apasionada relación entre Adonis y Afrodita (o Venus, para los romanos).

¡Extraño parto, sin duda!

Por la misma época que el italiano pintaba su cuadro, el músico español Tomás de Torrejón y Velasco (1644-1728), nacido en Villarrobledo (Albacete) y afincado en el Perú, estrenaba en Lima La Púrpura de la Rosa, que narra los amores de Venus y Adonis, con un libreto basado en textos de Calderón de la Barca.