El “Mal de Amor”: De los pintores holandeses del siglo XVII a los españoles de finales del siglo XIX y principios del XX

El “Mal de Amor”: De los pintores holandeses del siglo XVII a los españoles de finales del siglo XIX y principios del XX

Tras más de dos meses sin poder detenerme como quisiera en este blog me encuentro, al regresar, con la amable referencia que el autor de los extraordinarios euclides59 y Encontrando la lentitud y el Mar… le dedica a nuestro Siguiendo a Letamendi -la cual agradezco sinceramente- con motivo de una entrada suya sobre La dama anémica y otras obras de Samuel van Hoogstraten. Al hilo de la publicación de nuestro querido amigo, aunque sin intención de profundizar en el tema, sí quiero apuntar algunas notas sobre lo que se ha llamado el “mal de amor” o “mal de amores”.

Como dice el Profesor José Manuel Reverte Coma, a quien seguimos fundamentalmente en esta publicación:

“Una curiosa epidemia tuvo lugar a mediados del siglo XVII que afectaba solamente a las mujeres, especialmente a las jóvenes y bellas: el “mal de amor”. Al parecer, los tratamientos habituales de la época usados por los médicos no surtían ningún efecto. Las mejores noticias de este mal han llegado hasta nuestros días, a través de las obras de los más famosos pintores de la época, especialmente de Holanda y Flandes, donde al parecer atacó este mal con la mayor intensidad. La escuela de Frans Hals y de Rembrandt, formada por Gerard Dow, Van Hoogstraten, Metzu,Van Mieris, Netscher, Ten Borch, Juan Stegu y otros fueron los que más se dedicaron a reflejar en sus telas el aspecto físico y psíquico de aquellas jóvenes enfermas.”

Evidentemente, el tema tuvo gran aceptación entre los burgueses del Siglo de Oro holandés. Sólo de Jan Havicksz Steen se conocen una veintena de versiones entre las cuales, algunas de las más conocidas son las siguientes:

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La visita del médico” (1658-1662). Óleo sobre tabla. Wellington Museum. Apsley House. Londres

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La enferma de amor” (c.1660). Óleo sobre lienzo. 61 x 52 cm. Alte Pinakotek. Munich

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La joven enferma” (c.1660-1662). Maurithuis. La Haya

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La visita del doctor” (c.1660-1662). Maurithuis. La Haya

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La visita del médico” (c.1660-1665). Óleo sobre lienzo. 46 x 36.8 cm. Museo de Arte de Filadelfia

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La mujer enferma” (c.1663-c.1666). Óleo sobre lienzo. 76 x 63,5 cm. Rijksmuseum. Amsterdam

“Los cuadros de Jan Steen -apunta el Profesor Reverte Coma– recogen en imágenes la sintomatología polimorfa, variada, pero siempre constante de esta enfermedad, el mal de amor. Languidez, tristeza, ganas frecuentes de llorar, palidez del semblante y de los labios, dolores de cabeza, desgana de hacer nada excepto pasarse el tiempo tendida en un diván, un lecho o una butaca con almohadas en posiciones que variaban desde recostar la cabeza a cambiar de postura continuamente.” Pero en ellos hay también mucho de ironía, de ese peculiar sentido del humor del pintor -que puede llegar a ser irreverente- de esa forma jocosa -tan suya- de entender la vida.

El cuadro más conocido sobre el “mal de amor” de Gabriël Metsu, otro de los grandes pintores del Siglo de Oro holandés se encuentra en el Hermitage de San Petersburgo.

Gabriël Metsu (1629-1667).

Gabriël Metsu (1629-1667). “La visita del médico” (c.1660-1667). Óleo sobre lienzo. 61,5 x 47,5 cm. Hermitage. San Petersburgo.

En esta pintura de Metsu vemos a los tres personajes característicos y fundamentales del género. El médico, vestido de forma elegante pero discreta que -en esta ocasión, como en otras muchas- estudia atentamente un frasco con la orina de la paciente. La uroscopia, junto a la medida del pulso, eran las técnicas diagnósticas principales de la época. Una señora mayor que mira atentamente lo que está haciendo al médico pero, aquí, a cierta distancia de él, sin comentarle nada. Y la paciente: pálida, triste, lánguida… Pero Metsu trata el tema modo más formal -más serio se puede decir- que su paisano y contempóraneo Steen.

Existe un cuadro de Gabriël Metsu en el que no aparece la figura del médico sino sólo la paciente y su anciana acompañante que nos ofrece una imagen bastante más penosa que todas las que hemos visto antes.

Gabriël Metsu (1629-1667).

Gabriël Metsu (1629-1667). “La joven enferma” (1659). Óleo sobre tabla. 30 x 26 cm. Gemäldegalerie. Berlín

Aunque el cuadro más conocido de Gabriël Metsu -al menos en lo que a sus obras de interés médico se refiere- un cuadro que no me resisto a insertar aquí, a pesar de no tratar sobre el tema que nos ocupa, es La niña enferma (otros lo llaman El niño enfermo, porque no está claro el género de la criatura). Un cuadro que merece un estudio aparte.

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Gabriël Metsu (1629-1667). “La niña enferma” (c.1664-1666). Óleo sobre lienzo. 32,2 x 27,2 cm. Rijksmuseum, Amsterdam

Según Reverte Coma:

“El ‘mal de amor’ existe y ha existido en todo tiempo y en todos los países. El mal es físico y psíquico. A la inapetencia por los alimentos se añadía una desgana por la vida. A la enferma le faltaba la alegría de vivir, de cantar, de trajinar en la casa, de hacer y emprender cualquier tarea por pequeña que fuese. La paciente se dejaba morir poco a poco.”

Nos habla también el célebre antropólogo del francés François Boissier de Sauvages de Lacroix, conocido como “el médico del amor”; aunque fue un gran botánico, clínico eminente y gran profesor, amigo de Boerhaave y de Linneo:

“En 1724, François Boissier de Sauvages, presentó su tesis doctoral titulada: ‘Disertatio medica atque ludrica de amore…‘ en la que alterna las opiniones sobre el amor de los antiguos poetas con notables consideraciones científicas. Henry Meige le ha considerado como precursor de los psicólogos modernos con su concepto de ‘mal de amor’. Identificaba esta afección con una serie de trastornos psicofisiológicos que constituían entre sí un verdadero síndrome, una afección mórbida en la que estudia su etiología, sintomatología, complicaciones, patogenia, diagnóstico y terapéutica.

Definía el amor desde un punto de vista patológico como ‘enfermedad que se presenta entre los jóvenes de ambos sexos, con delirio en relación con el objeto amado y un vivo deseo de unión íntima honesta’. Consideraba ese ‘delirio’ como una forma psicopática especial, en la que existen una serie de síntomas psíquicos y otros físicos.

En cuanto al ‘mal de amor’ es descrito así por Boissier de Sauvages: ‘Estado de febrícula variable o continua que se manifiesta con palidez, inapetencia, melancolía y deseo de soledad. Se le llama fiebre blanca a causa del color de los enfermos, fiebre amorosa o fiebre de las jóvenes porque afecta sobre todo a las jóvenes enamoradas y se acompaña de palpitaciones, síncopes, etc.’.

Con frecuencia, el mal de amor se ha identificado con otra entidad nosológica, la clorosis. Y, al respecto, Reverte Coma explica:

“En escritos antiguos ya se habla de una febris amatoria o icterus amantium como enfermedad producida generalmente por el amor contrariado. A veces las enfermedades son las mismas pero los nombres y su sintomatología varía con los tiempos.
Más tarde Sauvages hablará de una ‘clorosis por amor’. Estos conceptos se encuentran ya en Hipócrates. La febris amatoria de los antiguos atribuye los síntomas en su mayor parte a trastornos del aparato genital. La retención de sangre en la matriz, los trastornos menstruales, la coloración verdosa de los tegumentos y los demás síntomas son parte de la misma enfermedad.
Hipócrates y Galeno ya hablaban de ellos. Ambroise Paré lo creía a pie juntillas. Meige cita a autores como Varandal, Lafare Rivière, Sennert y otros que atribuían la patogenia de la clorosis a trastornos menstruales. Durante los sigls XVII y XVIII otros nombres aparecen para definir la clorosis: ‘color pálido’, ‘enfermedad virginal’. Avicena ya había mencionado la obstructio virginum y Arquígenes a la febris alba, ‘tristeza amorosa’ o ‘pasión contrariada’.
Otros autores se contentan con llamar a la enfermedad ‘melancolía’, que se caracteriza por ‘ensueños acompañados de tristeza’ y que atribuían a ‘perversión de los espíritus animales’, a vapores que se desprendían de todo el cuerpo, del corazón, de los hipocondrios o de la matriz. La melancolía hipocondriaca y la ‘melancolía de amor’ tenían como fundamento una pasión desmedida por el objeto amado. Se hablaba también de una ‘melancolía uterina’ que se atribuía a la obstrucción de los vasos sanguíneos periuterinos lo que provocaba la suspensión de la regla. Su grado máximo era la ‘sofocación uterina’, que se atribuía a la corrupción de la sangre menstrual lo que producía vapores malignos que invadían todo el cuerpo.
Hopócrates describió estos signos como parte de lo que en siglos posteriores se llamaría histeria, de histeros, útero. La palidez y la neurosis estaban asociadas. Sydenham consideraba a la clorosis como una especie de histeria.
Meige señala que Jean Varandal fué el ‘padrino’ de la clorosis. Decía en una de sus obras:
‘Hay una enfermedad propia del temperamento femenino, que es más húmedo y más frío que el de los hombres, y es la que actualmente vemos desarrollarse en estas regiones de una forma casi endémica o epidémica, especialmente en las jóvenes más nobles y bellas, en las viudas u otras que viven en la abstinencia de todo trato sexual. Se la califica con el nombre de fiebre de amor o enfermedad virginal. Nosotros la llamamos ‘clorosis’ como Hopócrates”.
[…]
El síntoma más aparente era la palidez casi lechosa de la piel de la enferma. Los alemanes llamaban a esta enfermedad “milchfarbe” (color de leche) y era un color algo así como el de la cera vieja, un color y aspecto céreo, casi transparente, a veces verdoso. Ese tono fué muy bien captado por Samuel van Hoogstraten en sus lienzos, pero en realidad sólo se presenta con esta intensidad en los casos más severos. Por ello a esta fase de la enfermedad se la llamaba ‘morbus viridis‘. En Inglaterra se llamaba ‘green sickness‘.”

Samuel Dirksz van Hoogstraten (1627–1678).

Samuel Dirksz van Hoogstraten (1627–1678). “La visita médica” o “La dama anémica” (c. 1660). Óleo sobre lienzo 69,5 x 55 cm. Rijksmuseum. Amsterdam


“Un hecho notable -sigue explicando Reverte Coma– era que las enfermas de ‘mal de amor’, a pesar de su extremada palidez, nunca se adelgazaban, al contrario, parecían estar turgentes. Nunca se las veía emaciadas, sino con un turgor vitalis o lymphaticus, edematosas, lo que daba la sensación de que tenían un buen revestimiento adiposo.
En el cuello, los ‘collares de Venus’ se acentuaban aumentando debido a una hiperplasia tiroidea que era casi constante. En las extremidades había edemas verdaderos, los llamados edemas cloróticos. Sus rostros daban la sensación de máscaras de alabastro con una expresión muy particular en los ojos, con la esclerótica azulada y las ojeras muy marcadas. Los ojos tenían una expresión de languidez y de tristeza muy peculiar.
La paciente suspiraba y lloraba con frecuencia, se apartaba de la sociedad de los demás con signos de melancolía que llegaba en ocasiones a la alienación mental. Gran apatía y desgana por todo trabajo intelectual o físico, ansiedad, tristeza, depresión y una laxitud que parecía paralizar a estas víctimas de ‘mal de amor’.
Los pintores flamencos nos han dejado muy claramente expresado el hecho de cómo buscaban con almohadas una postura de reposo que nunca encontraban. Las enfermas no hablaban, parecían estar pasmadas, no hacían caso de lo que se les decía, parecía como si no entendiesen lo que oían. Eran frecuentes las lipotimias, desvanecimientos por anemia cerebral, síntoma inseparable de la clorosis.
Los trastornos cardiovasculares eran otro signo constante, caracterizados por palpitaciones que se presentaban por accesos y que las dejaban sin aliento. Bouillaud señalaba que el corazón latía en completa anarquía, presentado una verdadera ‘locura cordis’, que se acompañaba de disnea o anélitos. La enferma, al sentir estas molestias, llevaba la mano al pecho como queriendo sostener el corazón que parecía querer escapar al exterior.
Esta agitación del corazón se transmitía a todo el sistema vascular, lo que notaban en el pulso que se aceleraba, aumentando notablemente su frecuencia.
Meige que estudió con detalle este síndrome decía que ‘la emoción amorosa se traducía por trastornos cardiovasculares y fenómenos vasomotores”.
Las cefaleas eran frecuentes, así como las neuralgias de localizaciones muy diversas, pero sobre todo, las migrañas. En algunos cuadros de la época se puede ver cómo la paciente tiene un emplasto aplicado sobre la cabeza, las sienes o la frente, lo que constituía el remedio universal en estos casos.
Los dolores de muelas eran también frecuentes. En España tenemos un refrán que hace referencia a esta relación entre dolor de muelas y amor: ‘dolor de muelas, mal de amores’. En estos casos se usaban los emplastos de mástic.
Los trastornos digestivos eran constantes: anorexia, inapetencia. También se presentaba perversión del apetito, la llamada ‘pica’ o ‘malacia’, con especial predilección por las bebidas ácidas, el limón especialmente. El organismo, sabiamente, pedía lo que le faltaba, vitamina C.
Trastornos del aparato genital, trastornos menstruales eran constantes.
En cuanto al tratamiento, decía Sauvages, que hay ciertas plantas cuya virtud es funesta al amor, como la ruda (Ruta graveolens) que se utilizó mucho y aún se usa en muchas partes de Europa y América contra las crisis de histeria así como abortivo peligroso y el alcanfor (Laurus camphora) utilizado como cardiocinético. A pesar de ello, creía Sauvages que ‘el amor se cura con hierbas’ (Amor est curabilis herbis).
Como tratamiento prescribía ‘un régimen sobrio y refrescante de lacticinios, tisana de cebada, raíces de nenúfar, semillas de Agnus castus, ejercicios corporales, distracciones sanas y viajes’. Prohibía todo cuanto podía agravar el mal, tal como las carnes, los vinos generosos, los alimentos con especias.
Pero, el mejor remedio era… el matrimonio. Como dice el aforismo hipocrático “Nubat illa et malum effugiet“. El matrimonio y sobre todo, el embarazo, que ejercía una influencia muy beneficiosa en las clorosis.
Meige menciona el párrafo de Molière en su obra teatral Le Médecin malgré lui que dice en el acto segundo: ‘Todos estos médicos no harán nada mejor que el agua clara y vuestra hija necesita algo mejor que el ruibarbo o el sen y es que un marido será el mejor emplasto que cure todos los males de esta joven’. Probablemente por estas razones se llamó a la clorosis ‘santa enfermedad’ porque se presentaba solamente en las vírgenes. Era más frecuente en los países húmedos y fríos como es el caso de los Países Bajos.
Otro signo de clorosis era la constipación o estreñimiento. En aquella época se usaban los clísteres que estaban en su apogeo como terapéutica y los laxantes. Y como de costumbre se sangraba a las pobres pacientes, lo que por regla general empeoraba el mal, empobreciéndolas más en glóbulos rojos, bien escasos ya en las clorosis con anemia ferropénica. Además el médico inspeccionaba de visu et odoratu el aspecto de los humores que salían de la enferma.”

No es de extrañar que don Gregorio Marañón dedicara también su atención al estudio de la clorosis. Decía el gran maestro:

“La clorosis es un ejemplo único en la Historia de la Medicina; el de una enfermedad de inmensa extensión, no sólo entre los médicos, sino entre el vulgo, que de repente, desaparece casi en absoluto. Y no fue una extinción porque se haya llevado a cabo una lucha específica contra ella, como ha ocurrido con la viruela, la fiebre amarilla u otras. La clorosis ha desaparecido ‘mágicamente’.”

Precisamente a Marañón se refiere el Profesor Reverte Coma en el final este artículo suyo que venimos transcribiendo, y apunta:

“Seguía diciendo Marañón: ‘Esta enfermedad ha figurado en millones de diagnósticos de los médicos clásicos. Ha influido mucho en la vida de la mujer -y por tanto del hombre- durante varios siglos, ha enriquecido a tantos farmacéuticos y propietarios de aguas minerales, ha hecho exhalar tantos suspiros a tantos jóvenes enamorados y movido la inspiración de poetas… ¿pero, ha existido realmente?’

Citada ya por Hipócrates, ‘será en el siglo XVII cuando Varandal o Varandaeus, de Montpellier, la bautiza en 1620 con el nombre de clorosis’. Todos los libros de Patología han dedicado muchas páginas a esta enfermedad que se presenta en las jóvenes vírgenes y que desaparece al casarse o madurar.

Sin embargo, la civilización moderna terminó con la enfermedad. Los grandes clínicos del siglo XX están de acuerdo en afirmar que ya no se encuentran casos de esta enfermedad, y que para enterarse de lo que era hay que buscar en los libros antiguos. Todavía se veían casos en la primera decena del siglo XX. Marañón, Pittaluga y otros hematólogos, encontraron esta enfermedad diagnosticada muchas veces a través de anemias hipocrómicas asociadas con trastornos menstruales. Sin embargo, no tenían todas las características descritas por los clásicos, por lo que comenzaron a llamarla ‘pseudoclorosis’. Posteriormente, cuando los medios de diagnóstico mejoraron, los diagnósticos fueron más precisos, haciéndose aparentes diversas infecciones latentes que actuaban sobre el sistema hematopoyético, especialmente sobre el metabolismo de la hemoglobina. Ejemplo de esto fué la tuberculosis. Así es muy probable que muchas de las enfermedades calificadas de cloróticas fuesen tuberculosis con sus febrículas vespertinas que eran diagnosticadas de ‘fiebres cloróticas’ por Wunderlich, al decir de Marañón. Se hablaba incluso de una ‘tos clorótica’ que no era más que la tos de los tuberculosos, todo lo cual se acompañaba de síntomas neurovegetativos. Estudios minuciosos demostraron que la tuberculosis afectaba con mucha frecuencia al aparato genital, especialmente a los ovarios.

Marañón cita una experiencia dolorosa de los comienzos de su vida profesional en relación con esta enfermedad: ‘Yo no podré olvidar nunca, dice, el caso de una muchacha de l6 años, hermana de un compañero de estudios, a la que vi apenas terminados aquéllos, con el entusiasmo de las primeras experiencias profesionales. Estaba anémica, con el tono alabastrino típico. Su menstruación era escasa. Apenas tosía un poco. Entonces, todavía no se hacía el examen radioscópico sistemático del tórax, que seguramente nos hubiera descubierto lesiones que no denunciaba la exploración clínica a nuestro oído aún poco experto. Tenía una anemia hipocrómica que decidió nuestro diagnóstico de clorosis. Pocos meses después, esta clorótica, llena de interés y de belleza, moría de una granulia. En el pesar que me produjo este fracaso, está tal vez, el germen del estudio de hoy, hostil, creo que justamente a la clorosis’.

Otras muchas cloróticas encerraban focos de croniosepticemia (en amígdalas, oídos, dientes, sinusitis), de endocrinopatías (insuficiencias ováricas o disfunciones ováricas de diversos grados) muy relacionadas con la anemia hipocrómica.

Marañón relaciona la frialdad de las manos de las cloróticas descritas por los médicos de su tiempo con la mano hipogenital o acrocianosis.

También las afecciones del tiroides podían ocasionar sintomatología clorótica por su relación con el metabolismo de la hemoglobina, como las alteraciones de las cápsulas suprarrenales (hipofunciones corticales), que se acompañan de pigmentaciones anormales, discromías. Por supuesto, la alimentación deficiente o incorrecta podía ocasionar alteraciones cloróticas.

Por todo lo expuesto, Marañón negaba a la clorosis la calidad de entidad nosológica que durante siglos se le dio. Para él no existió nunca la ‘clorosis verdadera’ a pesar de lo que habían dicho [notables autores]. ‘La clorosis, dice tajantemente Marañón, fué una verdadera invención literaria, netamente romántica, un ente fantástico en la Patología’. De febris amativa morían Raquel y la Julia de Lamartine, la Mimí de La Bohème. La palidez de la mujer se interpretaba como virginidad que volvía locos de amor a los hombres.

Recuerda Marañón la comedia de Lope de Vega, El acero de Madrid y la canción en la que se repite aquello de: ‘Niña del color quebrado, o tienes amor o comes barro’. Las jóvenes cloróticas acudían por las mañanas a beber de la fuente ferruginosa de la Casa de Campo de Madrid.

Así, la clorosis y su origen o consecuencia podemos hoy incluirlos en la mitología de la Patología Médica, entre los objetos de Museo.

Y eso a pesar de que haya sido motivo de inspiración para tantos poetas y especialmente pintores que reflejaron en sus lienzos, no las enfermas de ‘mal de amor’ sino a las tuberculosas de su tiempo que también tuvieron derecho a enamorarse de amores imposibles. A pesar de todo todavía existe el ‘mal de amor’. Como se dice de las brujas en Galicia, ‘haberlo, haylo’.

Existió o -como apunta el sabio Marañón– no existió el mal de amor y fue sólo una invención literaria que representaron los pintores con gran éxito de ventas… Lo cierto, es que a finales del siglo XIX, en esta España nuestra, Vicente Palmaroli pinta el mal de amor pero sustituyendo al médico por el fraile. Un fraile, eso sí, que en un alarde de intrusismo profesional toma el pulso a la joven enferma.

Vicente Palmaroli (1834-1896).

Vicente Palmaroli (1834-1896). “Mal de Amores” (1878). Colección Particular

Algunos años más tarde, ya a principios del siglo XX, en 1912, el maestro Francisco Pradilla todavía trata sobre el tema; pero esta vez no es médico ni fraile quien se acerca para sanar a la muchacha enferma, sino un joven músico con su theorbo… Acertada elección del ilustre pintor aragonés: porque es incuestionable el efecto curativo de la música. 

Francisco Pradilla (1848-1921).

Francisco Pradilla (1848-1921). “Mal de Amores” (1912). Óleo sobre lienzo. 265 x 160 cm. Colección particular

A propósito de la música, mientras redactaba esta entrada escuchaba yo la canción de Gianni Bella, la famosa De amor ya no se muere, también en la versión de Sergio Dalma. Pero sobre todo, escuchaba una y otra vez el precioso madrigal Si dòlce è’el tormento, de Claudio Monteverdi (no dejen de ver el estupendo post que le dedica José Luis en su blog Ancha es mi casa), un madrigal que -como apunta nuestra amiga Hesperetusa– “lleva en sus palabras todos los temas del amor cortés de cinco siglos atrás”. Lo inserto a continuación en la peculiar y prodigiosa voz de Philippe Jaroussky.

Enlaces de interés

Gonzalez-Crussi F. (2015) : “Lovesickness in art and medicine“. Hektoen International, 7(3).

Reverte Coma, J. M. (s.f.): “El mal de amor”.

Una limosna por favor

Una limosna por favor

Los habituales de este blog, sobre todo los que ya llevan tiempo siéndolo, saben que de vez en cuando nos gusta jugar con las imágenes para encontrar su origen y significado; o dicho de modo más concreto: viendo el detalle de una pintura, averiguar el cuadro al que pertenece y lo que representa.

En estos casos, las respuestas acertadas no se publican hasta que pasen tres o cuatro días (siempre hay quien acierta enseguida) para dar opción a participar a más personas; aunque sí iré anunciando, sin demora, quienes han dado las respuestas correctas. Cualquier otro comentario sobre el tema sí será publicado.

Esta vez creo que es muy fácil. Lamento no haber conseguido una imagen de mayor resolución; pero me parece que es suficiente para los sagaces lectores del blog. Aquí está:

junio

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Quedo a la espera de sus respuestas. 😉

Una fotografía… curiosa

Una fotografía… curiosa

Buscando información sobre otro tema me he encontrado con una fotografía que, inmediatamente, he querido compartir porque me ha parecido interesante, sorprendente y muy muy curiosa… La fotografía pertenece al Banco de Imágenes de la Medicina Española, una magnífica aportación de la Real Academia Nacional de Medicina, con el propósito de que los usuarios que accedan a este servicio puedan “encontrar y visualizar material gráfico relacionado con la Historia de la Medicina española con fines de estudio privado, docencia e investigación”.

En la foto vemos al doctor César Juarros y Ortega (1879-1942), bien acompañado, mientras él, sentado a la mesa (mesita, más bien), contempla con pretendido interés una calavera.

El Dr. César Juarros y Ortega (1879-1942) en buena compañía

El Dr. César Juarros y Ortega (1879-1942) en buena compañía. Cortesía del Banco de Imágenes de la Medicina Española. Real Academia Nacional de Medicina

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Pero ¿quién era el doctor Juarros? Para responder, transcribo la semblanza biográfica que nos ofrece la propia Real Academia Nacional de Medicina, tomada de la obra Académicos Numerarios del Instituto de España (1938-2004), publicada en Madrid por el Instituto de España, el año 2005:

“Médico y Literato. Licenciado en Medicina y Cirugía (1903). Médico, con el número dos de las oposiciones, del Cuerpo de Sanidad Militar (1903). Como Médico Militar estuvo destinado en Africa durante la campaña de Marruecos y, una vez en la península, fue el principal promotor de la creación de los Servicios de Psiquiatría Militar, siendo posteriormente Profesor de Psiquiatría en la Academia de Sanidad Militar y Jefe de la Consulta y del Servicio de Neurología del Hospital Militar; Jefe de la Consulta de Enfermedades Nerviosas y Mentales del III Dispensario de la Cruz Roja; Profesor de Psiquiatría Forense durante quince cursos consecutivos en el Instituto Español Criminológico y Médico Director, por concurso, de la Escuela Central de Anormales. Galardonado con dos Cruces Blancas al Mérito Militar, con el Premio ‘Roel’ de la Sociedad Española de Higiene y ‘Gracias’ de R.O. por el Proyecto para la reforma psiquiátrica en España, Diploma de Gratitud de la Cruz Roja Española y Banda de la República (1936). Diputado por Madrid para las Cortes Constituyentes (1931). Fue un escritor distinguido, publicó más de un centenar de trabajos científicos, de divulgación, literatos[sic], novelas y traducciones que aparecieron ininterrumpidamente a partir de 1906. Ocupó el Sillón Nº 45 de la Real Academia Nacional de Medicina”, en la que ingresó el 7 de marzo de 1929 con un discurso titulado “Modos de ejercer bellamente la Medicina”.

Para quien le interese conocer algunos detalles más sobre don César Juarros y Ortega, le recomiendo que lea los artículos de Pedro Samblás Tilve y Mª Ángeles Tilve Jar, a los que se puede acceder pulsando sobre el nombre de los autores.

La duquesa fea

La duquesa fea

Hace tiempo que tenía pensado comentar un retrato sorprendente desde el punto de vista médico (si es que refleja la realidad y no se trata de una pintura satírica, de una caricatura): La duquesa fea, que el pintor flamenco Quentin Massys realizó hacia el año 1513 y se encuentra actualmente en la National Gallery, de Londres. Pero cuando estaba actualizando la bibliografía sobre el cuadro descubrí que, recientemente, ya había escrito sobre el mismo en su blog alguien que, sin duda, lo explica mucho mejor de lo que podría hacerlo, el Doctor Xavier Sierra. En consecuencia -espero que el Doctor Sierra no se moleste por ello- me limitaré prácticamente a copiar la mayor parte de su artículo:

“Quentin Massys (1466-1530) fue un pintor que aunó la tradición flamenca con las nuevas corrientes del Renacimiento Italiano. Realizó importantes obras de tema religioso (Cristo presentado al pueblo, La Virgen con el niño) y también profano (El cambista y su mujer) en las que destaca la minuciosidad de su pintura.

La duquesa fea o Retrato de una vieja grotesca es una obra inquietante que desconcierta al espectador. El tono satírico y provocador de la obra, el estilo caricaturesco, no parecen en principio muy acordes con las corrientes artísticas del siglo XVI en el que fue pintado, y tiene algo difícil de explicar que nos remite más bien al arte contemporáneo. Algunos autores creen que esta obra fue realizada para ilustrar el Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam, que era amigo de Massys.”

Quentin Massys (1466-1530). "La duquesa fea" (c.1513). Óleo sobre madera de roble. 62,4 x 45,5 cm. National Gallery. Londres.

Quentin Massys (1466-1530). “La duquesa fea” (c.1513). Óleo sobre madera de roble. 62,4 x 45,5 cm. National Gallery. Londres.

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“Massys deja en esta obra varias pistas para explicar el retrato. En el cuadro aparece una mujer vieja (también por este nombre es conocida la obra) ataviada con indumentaria totalmente pasada de moda en aquel momento (es un vestido y un tocado de cuernos propio de principios del siglo XV) y con un escote que deja entrever un pecho arrugado y fláccido. Se trata de una mujer de edad, evidentemente. Sostiene con sus manos deformadas un capullo de rosa roja entre sus dedos, un símbolo que era propio de las mujeres que buscaban pretendientes.

Pero lo que más llama la atención del retrato es su cara, deformada por una frente muy prominente, y una nariz aplastada, algo simiesca. Massys combina estos elementos con una clara intención satírica, la de la mujer fea y vieja que aún no se ha librado de la lascivia.

Pero, ¿es todo sátira en la obra de Massys? ¿un mero símbolo? ¿o nos remite a un personaje real que se toma de ejemplo para hacer aún más cruenta la sátira? La aparición de un dibujo de Leonardo da Vinci representando al mismo personaje nos induce a creer que se trata de un personaje que realmente existió. Durante mucho tiempo se sostuvo la teoría de que Massys copió a Leonardo, pero todo parece indicar que fue al revés. No es del todo extraño, ya que Leonardo, estaba muy interesado en la representación de la fealdad en el arte.”

Leonardo da Vinci. "Cabeza grotesca"

Leonardo da Vinci. “Cabeza grotesca”

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“Michael Baum, profesor emérito de Cirugía de la Universidad de Londres y su discípulo Christopher Cook, han estudiado a fondo este retrato. El personaje representado presenta una clara deformación de la zona frontal y arcos superciliares, que le produce una frente ancha, abombada y prominente. También presenta una mandíbula aumentada, un labio superior más ancho de lo normal y hundidos hacia el interior, lo que puede revelar una ausencia de dientes. La nariz está empujada hacia arriba. Además presenta claras deformidades en las manos, con las articulaciones engrosadas. La ancha clavícula de la mujer completa el cuadro clínico. Todos estos síntomas son compatibles con una osteítis deformante, también conocida como enfermedad de Paget. Esta posibilidad ya había sido apuntada en 1989 por Jan Dequeker, reumatólogo de la Universidad de Lovaina.*

Esta enfermedad suele afectar más frecuentemente al fémur y a la pelvis, pero en este caso las alteraciones asentaron en la cara. El resultado fue un aspecto grotesco en una persona que en su juventud debió presentar un aspecto normal, probablemente bello. La enfermedad transformó su cuerpo y su aspecto, probable motivo de que fuera tomada como ejemplo de la fugacidad de la juventud y del amor carnal por Massys.

Como consecuencia de su mal, la infortunada duquesa también debió sufrir dolores de cabeza y alteraciones de la hipófisis, que explicarían la importante alopecia que está bien patente en el retrato, y algunos rasgos de androgenización.

Además, y al margen de lo anterior, presenta un pequeño tumor cutáneo en la mejilla derecha, probablemente un nevus intradérmico o nevus de Miescher.

La osteítis deformante fue descrita por el cirujano británico Sir James Paget en 1876 (en tiempos de la duquesa era una enfermedad todavía no bien conocida). Se trata de una enfermedad inflamatoria no metabólica del tejido óseo. Actualmente se interpreta como una neoplasia benigna del tejido óseo que conlleva un alto riesgo de aparición de un osteosarcoma agresivo. La principar característica de esta enfermedad es un aumento de resorción y de la formación de hueso. En su fase precoz, predomina la reabsorción, por lo que se pierde densidad ósea. Más tarde, se forma hueso nuevo, que produce las deformidades hipertróficas generalizadas que se observan clínicamente. La afectación craneofacial conlleva frecuentemente sordera (por compresión del VIII par craneal), cefaleas, epífora (lagrimeo continuo), y dolores neurálgicos.

Nos queda la difícil empresa de identificar al personaje. Algunos la identifican con Margarete Maultasch, condesa del Tirol, famosa por su fealdad, aunque este personaje vivió algunas décadas antes, lo que hace improbable que hubiera sido retratada varias veces por diferentes artistas de la misma época. Lo que sí es cierto es que el personaje de La duquesa fea de Massys inspiró, años después a John Tenniel para ilustrar el personaje de la duquesa al ilustrar Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll (1865).”

John Tenniel, se inspiró en La duquesa fea de Massys para  imaginar la duquesa de Alicia en el País de las maravillas (1865)

John Tenniel, se inspiró en La duquesa fea de Massys para
imaginar la duquesa de Alicia en el País de las maravillas (1865)

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Existe otro grabado, realizado por Wenceslaus Hollar (quien se dice que se inspiró en Leonardo aunque a mí me parece más cercano al retrato de Massys puesto que no le falta ni la flor en la mano a la señora) conocido como Rex et Regina de Tunis o “Dos cabezas deformadas detrás de una pared“, donde también podemos ver una imagen muy similar.

Wenceslas Hollar. "Rex et Regina de Tunis"

Wenceslas Hollar. “Rex et Regina de Tunis”

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Finalmente, el Doctor Sierra concluye:

“Al volver a observar este cuadro, nos volverá a asaltar la inquietud provocada por el contraste entre la belleza y la fealdad, la juventud y la vejez, la virtud y el vicio, la salud y la enfermedad. Los contrastes extremos, que fueron la probable intención satírica de su autor y que son, en definitiva, los polos opuestos entre los que fluctúa nuestra vida.”

Quentin Massys (1466-1530). "La duquesa fea" (c.1513). Óleo sobre madera de roble. 62,4 x 45,5 cm. National Gallery. Londres.

Quentin Massys (1466-1530). “La duquesa fea” (c.1513). Óleo sobre madera de roble. 62,4 x 45,5 cm. National Gallery. Londres.

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Nota

*El artículo del Doctor Dequeker se puede ver completo pulsando sobre el siguiente enlace: “Paget’s disease in a painting by Quinten Metsys (Massys)“, publicado en el British Medical Journal a finales de 1989. Así como, pulsando sobre el siguiente, la réplica del Doctor Pankaj Sharma, del London Hospital, como “Carta al Director” en la misma revista, proponiendo la acromegalia en vez de la enfermedad de Paget como causa más probable de las deformidades de la duquesa fea.

Agradecimiento

Al Doctor Xavier Sierra por su trabajo. Se puede acceder al artículo completo pulsando sobre “La duquesa fea“. Pero recomiendo una visita tranquila al blog:

Un dermatólogo en el museo

El Dr. Philip S. Physick y la gaseosa

El Dr. Philip S. Physick y la gaseosa

Muchos saben que Coca-Cola, el refresco más consumido del mundo, es un invento del farmacéutico John Pemberton, y empezó a comercializarse en 1886, en Atlanta, como una medicina que curaba el dolor de cabeza, la dispepsia, la neurastenia e incluso la adicción a la morfina y la impotencia. Con tales indicaciones no es extraño que ese “medicamento” tuviera un éxito inmediato. Sin duda, los efectos de algunos de los componentes que formaban parte de la fórmula original, como la cocaína (en dosis muy pequeñas, según se dice) obtenida del extracto de hojas de coca, pero potenciados por la cafeína de la nuez de cola, contribuyeron a la gran aceptación popular del invento de Pemberton. Aunque, seguramente, algo influyó también el anhídrido carbónico, no sólo por lo agradables que pueden resultar las burbujitas que produce la efervescencia, sino porque entonces se pensaba que las bebidas carbonatadas eran beneficiosas para la salud, y en especial para la buena digestión.

Al hablar del primero a quien se le ocurrió añadir anhídrido carbónico al agua, es decir, fabricar soda, tenemos que referirnos a otro nombre mítico en la industria de las bebidas gaseosas, Schweppes, y más concretamente a su creador, Johann Jacob Schweppe, un empresario alemán que desarrolló un procedimiento para fabricarlas. La empresa inició sus trabajos en Ginebra, en 1783. En 1792 se trasladaría a Londres y, años después, empezaría a producir la famosa tónica; cuyo primer uso, por su contenido en quinina, sería medicinal. Los soldados del Imperio Británico la utilizaron, sola o mezclada con ginebra (cuyo origen ¡cómo no! también se atribuye a un médico, Franciscus Sylvius), para combatir la malaria y otras fiebres.[1] Recientemente, la relación entre la tónica Schweppes y la medicina se reactivó -si se me permite la digresión- al ponerle cara a la publicidad de la compañía el actor Hugh Laurie, conocido internacionalmente por su interpretación del Dr. House.

En los Estados Unidos de América, la fabricación de bebidas carbonatadas comienza a popularizarse en Nueva York, en 1832, cuando John Matthews inventa un aparato para mezclar agua con gas carbónico y, además, agregarle sabor. Un año antes de que Pemberton inventara la Coca-Cola otro farmacéutico, W. B. Morrison, en Texas, empezó a vender la gaseosa más antigua que todavía se comercializa en los Estados Unidos: Dr. Pepper. Pero, antes que todos ellos (según se dice, desde 1807) un médico -y no un médico cualquiera- el doctor Philip Syng Physick, considerado el “Padre de la Cirugía Americana”, utilizaba ya la gaseosa en el tratamiento de las alteraciones digestivas.

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Philip Syng Physick (1768-1837). Grabado de Richard W. Dodson, tomado del retrato original realizado por Henry Inman para la Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania

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El doctor Philip Syng Physick nació en Filadelfia, el 7 de julio de 1768, y murió en esa misma ciudad el 15 de diciembre de 1837. Existe abundante información en Internet sobre el Dr. Physick. Sin embargo, desde el punto de vista médico, recomiendo de manera especial un artículo antiguo, ciertamente, pero muy ilustrativo. El autor, Gorge Edwards, redactó su artículo para la revista inglesa Proceedings of the Royal Society of Medicine[2], a finales de 1939, con el título “Philip Syng Physick. 1768-1837“.[3] Por lo que Edwards nos cuenta podemos saber que, en principio, Physic no tenía la intención de ser médico, prefería pasar su tiempo trabajando con su abuelo materno, Philip Syng, que era un reputado platero. Sin embargo, una vez graduado en la Universidad de Pensilvania, en 1785, obedeciendo a su padre, que siempre había deseado que su hijo fuera médico, Philip Syng Physick inició sus estudios de Medicina con el profesor Adam Kuhn, discípulo de Linneo, que impartía Botánica y Materia Médica en la Universidad de Pensilvania. Physick podría haber completado su formación médica en Filadelfia; sin embargo, en noviembre de 1788 se trasladó a Londres para estudiar con el célebre cirujano John Hunter [4], que se convirtió en su tutor académico hasta que, en 1790, Physick recibió su Diploma del Real Colegio de Cirujanos de Londres. Y el joven cirujano podía haberse quedado como ayudante de su maestro; pero, entonces, decidió marcharse a continuar sus estudios en Edimburgo, donde obtuvo el doctorado en Medicina, en 1792, con una tesis sobre la apoplejía, dedicada a Hunter.

Una vez concluídos sus estudios en Gran Bretaña, con 24 años de edad, Physick regresó a Filadelfia. En 1793 fue uno de los médicos que más se distinguió por su actuación en la epidemia de fiebre amarilla que asoló su ciudad, colaborando con Benjamin Rush, uno de los “Padres Fundadores” de los Estados Unidos y el médico que más se destacó en la lucha contra la enfermedad durante aquella epidemia. En 1794 comenzó a ejercer como cirujano en el Hospital de Pensilvania, donde trabajó hasta 1816. Fue profesor de Cirugía y Anatomía en la Universidad de Pensilvania[5]. Desde 1824, hasta su fallecimiento, desempeñó la presidencia de la Sociedad Médica de Filadelfia. En 1825 se le distinguió como miembro de la Real Academia de Medicina de Francia, y en 1836, un año antes de su muerte, fue elegido como miembro honorario de la Real Sociedad Médico-Quirúrgica de Londres.

Entre sus pacientes se citan nombres tan distinguidos como el ya mencionado Benjamin Rush, la hija del presidente John Adams y el presidente Andrew Jackson. Pero, seguramente, su caso más comentado fue el del célebre jurista, presidente de la Corte Suprema americana durante más de tres décadas, John Marshall, que padecía terribles cólicos renales. Se dice que Physic le extrajo alrededor de mil cálculos; lo cual, en aquella época, antes del descubrimiento de la anestesia, es muy meritorio por parte de ambos. El Dr. Physic practicó intervenciones quirúrgicas de todo tipo; y diseñó y construyó instrumental quirúrgico. Algunos dicen que su habilidad manual y para la fabricación de instrumental la adquirió cuando trabajaba con su abuelo, el platero…

Soda Dr. Physick

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Pero, además de sus indiscutibles destrezas quirúrgicas, recientemente, un “tataratataranieto” suyo, J. Del Conner, nos cuenta que Philip Syng Physick fue también uno de los primeros en utilizar el agua carbonatada, la gaseosa, en el tratamiento médico de las alteraciones gástricas. Desde 1807 -dice- el farmacéutico Townsend Speakman, siguiendo las indicaciones de Physick, vendía a sus pacientes un vaso de soda cada día, al precio de 1,50 dólares mensuales. También, según Conner, por consejo del doctor, añadió más tarde sabores para que fuera más agradable, y así nacería la gaseosa en Filadelfia. De todo ello se puede obtener más información en la página de Internet de la nueva soda Dr. Physick, que Conner ha creado en recuerdo de su antepasado, incluyendo esta historia de la soda. Aunque algunos no están muy de acuerdo con esta historia, aduciendo que el mencionado farmacéutico, Speakman, murió en 1793… ¡No puede creerse uno todo lo que lee!

Dr Physic Soda

Notas

[1] Aunque, también, se atribuye el invento a un clérigo inglés, Joseph Priestley, en 1767; pero el sabor que obtuvo era tan malo que no pudo comercializarse.
[2] La revista Proceedings of the Royal Society of Medicine se publicó con ese nombre entre los años 1908 y 1977, ambos inclusive. Inicialmente, desde 1809 hasta 1907, se llamó Medico-Chirurgical Transactions, y desde 1978 hasta la actualidad se publica como Journal of the Royal Society of Medicine.
[3] EDWARDS, George (1940): “Philip Syng Physick. 1768-1837”. Proc. R. Soc. Med. 33(3): 145-148. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1997417/pdf/procrsmed00659-0021.pdf. Consultado 18 de marzo de 2015].
[4] Se dice que fue John Hunter quien inspiró a Robert Louis Stevenson a la hora de escribir El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
[5] En Filadelfia existen varias universidades. Physick fue alumno y profesor en la más antigua y prestigiosa de ellas, considerada la cuarta en importancia de los Estados Unidos, y conocida habitualmente como Penn University o simplemente Penn.

El Niño Jesús de Andrea Mantegna (Accademia Carrara)

El Niño Jesús de Andrea Mantegna (Accademia Carrara)

Dicen que el médico británico John Langdon Haydon Down (1828-1896) se extrañaba de qué nadie hubiera descrito antes que él, en 1866, la anomalía que actualmente se conoce con su epónimo. ¡Claro! En su época no había Internet, que hoy nos permite volar –más que navegar- por una cantidad de información imposible de abarcar. Ni siquiera John Shaw Billings (1838-1913) había creado todavía la National Library of Medicine, ni se publicaba el famoso Index Medicus, nacido en 1879, la primera gran base de datos de publicaciones científicas, el origen de MEDLINE y PubMed. Down no sabía que el francés Jean-Étienne Dominique Esquirol (1772-1840), uno de los fundadores de la psiquiatría, ya lo había hecho –aunque no con tanto detalle como él- en 1838. Ni que otro francés, Édouard Seguin (1812-1880) pionero también entre los médicos europeos que emigraron a los Estados Unidos de América para desarrollar allí su ejercicio profesional, ya había hablado de ello en 1846. Aunque no sería hasta una fecha mucho más reciente, en el año 1959, cuando otro francés más, el médico genetista Jérôme Lejeune (1926-1994) y su equipo descubrieran la alteración cromosómica que produce la Trisomía 21.

En su “Observations on an Ethnic Classification of Idiots”, un artículo publicado el año 1866 en la revista London Hospital Reports, Down, reconocido seguidor de las teorías darwinianas, establece una clasificación de las personas con retraso mental en función de sus características étnicas. Entre las categorías propuestas, la que se hizo más popular fue la que él denominó “idiocia mongoloide”, por las similitudes faciales con las razas nómadas del interior de Mongolia. Y, al describir los rasgos de la cara de los niños incluidos dentro dicha categoría, entre otras cosas, escribía: “El pelo no es negro, como el de los mongoles auténticos, sino de un color oscuro, lacio y escaso. El rostro es aplastado y ancho y carente de prominencias. […] Los ojos están colocados de forma oblicua […] La hendidura palpebral es muy estrecha. […] La nariz es pequeña…”[1]

Pero, si Down no conocía los trabajos de Esquirol o Seguin, menos aún podía suponer que, a lo largo de la historia, los artistas habían representado en numerosas ocasiones a niños que, posiblemente, estaban afectados por el síndrome que lleva su nombre: sobre todo porque, hasta hace poco, tampoco se le había prestado demasiada atención al asunto. El año pasado por estas fechas les felicitaba la Navidad con una pintura de principios del siglo XVI, obra de un desconocido discípulo del pintor flamenco Jan Joest van Kalkar (c.1455-1519), conocida como La Adoración del Niño Jesús (c.1515), que se encuentra en la actualidad en el Metropolitan Museum of Art, de Nueva York.

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Discípulo de Jan Joest van Kalkar. La Adoración del Niño Jesús (c.1515). Óleo sobre tabla, 104,1 x 71,8 cm. The Metropolitan Museum of Art. Nueva York

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El cuadro se menciona en las revistas médicas por primera vez –que sepamos- en el año 2003, en un artículo publicado por Levitas y Reid[2] en el American Journal of Medical Genetics, y en otro de Dobson[3] en el British Medical Journal. En ambos artículos se señala como, al lado de la Virgen María,  hay un ángel que muestra algunos de los rasgos físicos característicos de los niños con síndrome de Down: perfil facial plano, braquiocefalia (predominio del diámetro transversal de la cabeza), hendiduras palpebrales oblicuas y epicanto (repliegue cutáneo que cubre el ángulo interno de los ojos), raíz nasal deprimida, cuello corto y ancho, y unas manitas más pequeñas de lo habitual. Características similares se pueden ver en el pastorcillo que se encuentra al fondo, en la parte central. Aunque es imposible asegurar que tuvieran el síndrome de Down, si así fuera, se piensa que los niños que sirvieron como modelo al desconocido pintor podrían formar parte de su entorno más cercano, incluso de su propia familia; donde, si no sufrían un retraso mental muy marcado, podrían haber desarrollado su vida con normalidad.

Este año, en estas fechas, quisiera también dedicar un recuerdo a las personas con síndrome de Down. Y esta vez no serán ángeles o pastorcillos, sino que los representará el mismísimo Niño Jesús -uno de los varios con características compatibles con el síndrome de Down que pintó Andrea Mantegna (c.1431-1506) antes de que se pintara el cuadro anterior- el Niño Jesús de la recientemente restaurada Madonna con il Bambino, que se encuentra en la Accademia Carrara, de Bérgamo (Italia).

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Andrea Mantegna. Madonna con il Bambino (c.1490-1500). Temple sobre tela, 31 x 43 cm. Accademia Carrara, Bérgamo.

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Tanto este cuadro como otros de Mantegna y algunas obras de arte más relacionadas con el síndrome de Down se pueden ver en los blogs de Marisol Román y José Mª Lloreda. Por otra parte, hemos podido saber que el Dr. Brian Stratford, de la Universidad de Nottingham, publicó el año 1982 en Maternal and Child Health Journal un artículo sobre el síndrome de Down en otra pintura de Mantegna, y atribuía el hecho a la presencia de niños con las características del síndrome en la familia Gonzaga, para quienes trabajaba en Mantua.[4] Amplio y documentado, con mucho más que la obra de Mantegna (pero sin citar tampoco, como el anterior, el cuadro que hemos visto aquí) es el artículo de John M. Starbuck (2011) para Journal of Contemporary Anthropology.[5] Merece la pena dedicarle unos minutos.

A mí sólo me queda desearles Paz y Felicidad al celebrar un año más el nacimiento de Jesús con uno de los villancicos más conocidos, ese que compusieron Joseph Mohr y Franz Xaver Gruber en 1818, ese que canta todo el mundo…

 

Referencias

[1]Down, J. L. H. (1866): “Observations on an Ethnic Classification of Idiots”. London Hospital Reports, 3: 259-262. [Disponible en: http://th-hoffmann.eu/archiv/down/down.1866b.pdf; consultado el 21 de diciembre de 2014].

[2] Levitas, A. S. y Reid, C. S. (2003): “An Angel with Down Syndrome in a sixteenth century Flemish Nativity painting”. Am. J. Med. Gen. Part A, 116A, 4: 399-405. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/12522800; consultado el 21 de diciembre de 2014].

[3] Dobson, R. (2003): “Painting is earliest example of portrayal of Down’s syndrome”. BMJ, 326, 3: 126. [Disponible en:  http://www.bmj.com/content/326/7381/126.3.full; consultado el 21 de diciembre de 2014].

[4] Nicol, C. (2008): “At Home with Down Syndrome”. The New Atlantis, 20: 143-152. [Disponible en: http://www.thenewatlantis.com/docLib/20080523_TNA20Nicol.pdf; consultado el 21 de diciembre de 2014].

[5] Starbuck, J.M. (2011): “On the Antiquity of Trisomy 21: Moving Towards a Quantitative Diagnosis of Down Syndorme in Historic Material Culture”. Journal of Contemporary Anthropology, 2, 1: 17:44. [Disponible en: http://docs.lib.purdue.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1019&context=jca; consultado el 21 de diciembre de 2014].

 

Dulce et Decorum Est

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John Singer Sargent (1856-1925). Gassed (1919) Detalle. Imperial War Museum, Londres

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El 28 de junio de 1914, el archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa fueron asesinados en las calles de Sarajevo. La respuesta al magnicidio no se hizo esperar y un mes después, el 28 de julio –acaban de cumplirse 100 años- el Imperio Austro-Húngaro le declara la guerra a Serbia. Rusia ordena la movilización general contra los austríacos. Alemania le declara la guerra a Rusia el 1 de agosto, y el día 4 de ese mismo mes invade Bélgica y Luxemburgo en su marcha triunfal contra Francia… La Primera Guerra Mundial había comenzado para diezmar toda una generación, acabando con la vida de más de nueve millones de combatientes hasta que se firmó la paz el 11 de noviembre de 1918. En el frente occidental, los alemanes fueron detenidos a pocos kilómetros de París, a donde habían llegado en pocos días, iniciándose entonces una aparentemente interminable guerra de desgaste, la guerra de las trincheras… la guerra del gas.

En mayo de 1918, seis meses antes del final de esa tragedia, cuando ya el resultado parecía claro, el Gobierno británico encargó a varios artistas que dejaran testimonio en sus lienzos de lo que vieran en la Guerra. Para ello, los pintores fueron trasladados a Francia. Entre esos pintores, sin duda, el más famoso era John Singer Sargent. Por su nacionalidad estadounidense (aunque había nacido en Florencia -hijo de un médico oftalmólogo que se trasladó con su esposa de los Estados Unidos a Italia- y había pasado su vida viajando de un lugar a otro del mundo) a Sargent se le pidió, en concreto, una obra que mostrara la cooperación anglo-americana en la Guerra. Pero no sería eso lo que plasmaría en su cuadro, a pesar de que llevaron al pintor, que entonces contaba 62 años de edad, a los lugares del frente donde combatían los más renombrados regimientos británicos y norteamericanos. La inspiración le llegaría en la tarde del 21 de agosto de 1918 –dicen que poco después de tomar el té- en Le Bac-du-Sud, al noreste de Francia, no muy lejos de la frontera con Bélgica, cuando vio llegar a cientos de soldados británicos para ser curados en los hospitales de campaña tras un ataque alemán con gas mostaza, en la Batalla de Arras. Aquello le recordó a Sargent –él mismo lo comentaría después- un cuadro de Bruegel el Viejo, “La Parábola de los Ciegos”. Soldados con los ojos vendados, cegados por el gas, caminaban en fila apoyando cada uno su mano en el compañero que marchaba delante hacia la enfermería donde habrían de recibir tratamiento; aunque entonces no fuera otro ciego quien los guiara –como en el cuadro de Bruegel– sino alguno de los sanitarios del Ejército Británico.

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Soldados de la 55ª División del Ejército Británico, tras un ataque con gas. 10 de abril de 1918

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Al mismo tiempo, una multitud de soldados heridos, también con los ojos vendados, permanecían tumbados en el suelo, amontonados unos sobre otros, esperando su turno para ser curados o que los lleven a otro lugar… La envergadura del cuadro pintado por Sargent (231 cm de alto por 611 de ancho) no nos permite reproducirlo a simple vista de modo que se pueda observar con detalle. Si así fuera, veríamos las distintas filas de ciegos caminando hacia la enfermería, bajo el sol que se pone sobre aquella tragedia humana. Mientras al fondo, porque la vida sigue y uno puede llegar a hacerse indiferente ante el dolor ajeno cuando éste se ha convertido en rutina, un grupo de soldados (se ven entre las piernas de algunos de los heridos en fila) están jugando un partido de fútbol.

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John Singer Sargent (1856-1925). Gassed (1919). Imperial War Museum, Londres

(Pulsar sobre la imagen para verla ampliada)

Todos los ejércitos contendientes utilizaron gases tóxicos durante la Gran Guerra, en mayor o menor medida. Primero fueron gases lacrimógenos, muy irritantes pero poco letales. Luego los compuestos de cloro, el fosgeno (el más letal) y –entre otros- el más famoso de todos, el gas mostaza. Ciertamente, los gases no causaron una excesiva mortalidad -sólo el 3% de las muertes en combate fueron debidas al gas- aunque sí numerosas bajas temporales e incapacidades; pero sus efectos psicológicos fueron devastadores. El gas mostaza, en concreto, prácticamente no se apreciaba cuando llegaba a las trincheras ni por su olor ni por su color. Sus efectos empezaban a manifestarse varias horas después del ataque, afectando principalmente a la piel y a las mucosas. Los ojos resultaban especialmente dañados; pero sólo en los casos más graves la ceguera se hacía permanente. La piel y el tracto respiratorio sufrían importantes quemaduras…

Gas Prim Guerra Mundial Efectos

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Sobre los efectos del gas nos habla el soldado y poeta inglés Wilfred Owen, que tuvo la desgracia de morir a los 25 años de edad, justo una semana antes del día del armisticio –y no por el gas, precisamente- en uno de sus poemas más conocidos, cuyo título hemos copiado para este artículo: “Dulce et decorum est”. En realidad, el verso completo –que Owen toma de la Oda III de Horacio– dice “Dulce et decorum est pro patria mori”: “Dulce y honorable es morir por la patria”. En los últimos fragmentos del poema del militar inglés, según la traducción de Nicolas González Valera que leemos en su blog Mosca Cojonera:

¡Gas! ¡Gas! ¡De prisa, chicos! En un éxtasis de torpeza
Nos calamos torpes cascos justo a tiempo;
Pero alguno seguía pidiendo ayuda a gritos tropezando.

Indeciso como un hombre ardiendo en llamas o cal viva.
Borroso tras los vidrios empañados y a través de aquella verde luz espesa,
Como hundido en un mar verde, lo vi ahogarse.

En todos mis sueños, ante mi vista indefensa,
Se abalanza sobre mí, se atraganta, se ahoga, se apaga.

Si en algún sueño asfixiante también pudieras seguir a pie
La carreta donde lo arrojamos
Y ver cómo retorcía los blancos ojos en la cara,
Una cara colgante, como un diablo harto del pecado;
Si pudieras oír, a cada tumbo, la sangre
Vomitada por pulmones de espuma corrompidos,
Obsceno como el cáncer, amargo como pus,
De viles llagas incurables en lenguas inocentes,

Amigo mío, no contarías con tanto entusiasmo
A los niños que arden ansiosos de gloria
Esa vieja mentira: Dulce et decorum est
Pro patria mori.

Lamentablemente, la humanidad no ha aprendido la lección de la historia y se sigue muriendo en guerras sin sentido ni justificación posible, incluso cuando el concepto de “patria” ha perdido el valor que tenía antes. En todo caso, puestos a compartir opinión, más que con Horacio -literalmente (porque como me ha hecho a ver Hesperetusa, el sarcasmo del poeta satírico romano debe ser tenido en cuenta)- estoy de acuerdo con la crítica del joven Bertold Brecht que consideraba la frase horaciana propaganda para necios. En todo caso, lo realmente “dulce y decoroso” sería vivir por la patria.

 

Higea, la diosa griega de la salud, pintada por Rubens

 

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Pedro Pablo Rubens (1577-1640). “Higea, diosa de la salud” (c.1615). Óleo sobre tabla, 107 x 74,5 cm. Detroit Institute of Arts

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Higea -o Higía, o Hygieía, o Hygeia, que, de estas formas y quizás algunas más, podemos encontrar escrito su nombre- era la diosa griega de la salud. Pertenecía a una ilustre familia mitológica: hija de Asclepio, el dios de la medicina (al que los romanos, luego, llamaron Esculapio) y, por tanto, nieta de Apolo, uno de los más poderosos y polifacéticos dioses del Olimpo, y hermana -entre otras y otros- de Panacea “la que todo lo cura”. Con su abuelo, su padre y su hermana aparece todavía en el inicio del famoso Juramento Hipocrático.

Este cuadro -en mi modesta opinión- es uno de los menos conocidos, pero no por eso menos bello, de Rubens. El pintor nos muestra aquí esplendorosa a la diosa de la salud, representada con su principal atributo: la serpiente.(1) Como dicen los autores del libro El médico de familia en el arte:

“… el contenido del cuadro se centra en ese antídoto que Higea deposita en la boca de la serpiente sagrada para que el veneno de ésta se transforme en remedio beneficioso para la salud corporal del enfermo, mientras la voluptuosidad del cuerpo divinizado (característica de los cánones formales del pintor) y el apasionado color de las telas envuelven la acción en una mirada de anhelo, sorpresa e incredulidad por parte del espectador…”(2)

Notas:

(1) La serpiente, en medicina, como en muchas culturas, no tiene la connotación negativa que algunos le otorgan. Al contrario, la serpiente que muda su piel, es signo de renovación, de sanación. Por eso aparece en el emblema de algunas profesiones sanitarias y, concretamente, en el Bastón o “Vara de Esculapio“.

(2) GONZÁLEZ, F.; GONZÁLEZ, J. y ORERO, A. (Dirs.) (2005): El médico de familia en el arte. Barcelona, Grupo Ars XXI de Comunicación: 98.

Enlace de interés:

DETROIT INSTITUTE OF ARTS

 

Mesmer y Mozart

A large gathering of patients to Dr. F. Mesmer's animal

Pacientes recibiendo tratamiento en París mediante el “magnetismo animal” de Mesmer. Autor desconocido. Aguafuerte en color (c. 1785). Wellcome Library, Londres

La historia de las relaciones entre médicos y artistas contiene páginas que se pueden calificar, como mínimo, de curiosas. Ese es el caso de la relación que existió entre uno de los médicos más famosos y controvertidos del siglo XVIII, Franz Anton Mesmer (1734-1815), el creador de la teoría delmagnetismo animal, y uno de los más grandes genios de la música de todos los tiempos, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Mozart conoció a Mesmer cuando todavía era un niño, pero un niño de 12 años capaz de componer una ópera. Veintidos años después. en 1790, el nombre y la terapéutica de Mesmer aparecerían en otra de sus obras más conocidas, la opera buffa Cosi fan tutte.

V0017975 Franz Anton Mesmer. Oil painting.

Franz Anton Mesmer (1734-1815). Autor desconocido. Óleo sobre lienzo 51 x 41 cm. Wellcome Library, Londres

Mesmer nació en la aldea de Iznang (Suabia) en la actual Alemania. Estudió Medicina en Viena. En 1766 hizo pública una disertación con el título De planetarum influxu in corpus humanum, en la que trataba sobre la influencia de la luna y los planetas en el cuerpo humano y en sus enfermedades. Sin embargo, lo que le haría famoso sería la doctrina del magnetismo animal, con su correspondiente método terapéutico. En la página de Historia de la Medicina del Instituto Químico Biológico se explica así:

“…a raíz del conocimiento que tuvo Mesmer de la curación de una paciente […] gracias a un imán, elaboró la teoría del ‘magnetismo animal’. [Él] creía en la existencia de un fluido magnético que podía ser traspasado de una persona a otra mediante la imposición de manos o friegas. Al principio utilizaba un imán, pero posteriormente empleó las manos y a veces ni siquiera tocaba a los pacientes, mujeres por regla general. Dicha imposición o pases provocaban en los pacientes crisis de histeria con convulsiones, espasmos [y] temblores, seguidos de una remisión total o parcial de los síntomas.

Inicialmente, su labor fue objeto de reconocimiento por sus colegas, adquiriendo Mesmer una gran fama y siendo incluso llamado a Munich por el Elector de Baviera […] El Consejero de la Academia de Ausburgo [sic] escribe que ‘…lo que ha conseguido aquí con diversas enfermedades hace suponer que le ha arrebatado a la naturaleza uno de sus más misteriosos secretos…’. Posteriormente, sus éxitos y sus procedimientos un tanto teatrales comienzan a granjearle las envidias y odios de sus colegas. El caso de […] María Teresa de Paradies [sic], es la gota que colma el vaso. Esta joven ciega tratada en vano por los más prestigiosos médicos vieneses, recupera con Mesmer parcialmente la vista. Sus despechados colegas acusan a Mesmer de superchería y de utilizar [a] la joven, a la que acusan de ser [su] amante. La situación empeora hasta tal punto que Mesmer abandona Viena y marcha a París en febrero de [1777].”

En París el éxito fue inmediato. A su consulta acudía una numerosa clientela, incluyendo muchas damas de la más alta aristocracia francesa, y con ellas -al parecer- la mismísima reina María Antonieta. Eran tantos los pacientes que Mesmer comenzó a realizar lo que podríamos llamar “terapia de grupo”. En YouTube, podemos ver imágenes de esas sesiones tomadas de la película “Mesmer” (1994), dirigida por Roger Spottiswode, con Alan Rickman en el papel protagonista (quien -por cierto- ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cine de Montreal, por su interpretación). La sesión de “magnetismo animal” empieza en el minuto 6:14 del primer videoclip y continúa en el segundo.

No es de extrañar, visto lo visto, que -aún en la liberal Corte de Luis XVI- muchos considerasen aquellas reuniones como “una ofensa a la moral pública”, entre ellos el propio Rey (no olvidemos que su esposa, según se dice, era una de las mujeres que partipaban en ellas) y que se nombrara una Comisión Real para estudiar el “mesmerismo” (como luego se conocería lo que su creador llamó “magnetismo animal”) en la que participaron, entre otros, el médico Guillotin, los químicos Lavoisier y d’Arcet, el político y académico Bailly, y el célebre embajador de los Estados Unidos de América y científico interesado en los temas más diversos, Benjamin Franklin. La Comisión dictaminó que no había evidencia de la existencia de un “fluido magnético” -como sostenía Mesmer- sino que las posibles curaciones, si es que las había, se deberían a lo que hoy conocemos como “sugestión”. Mesmer abandonó París y, tras un breve paso por Viena, vivió el resto de su vida -de forma tranquila- en su casa junto al lago de Constanza.

Pero, si la obra médica de Mesmer puede ser discutida, de lo que no cabe duda es de su exquisito gusto musical. Él mismo, músico aficionado, interpretaba y componía para la armónica de cristal que empleaba en sus sesiones terapéuticas. Sin embargo, lo más destacado de su relación con la música es su labor como mecenas de Mozart.

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Mozart a los 6 años de edad. Mesmer lo conocería algún tiempo después, a los 12 años. Fotografía de A. Lenisch, de una pintura de autor desconocido. Wellcome Library, Londres

Recién terminada la carrera de Medicina, Mesmer se casó con una viuda rica y se estableció en Viena. Vivía en una espléndida situación, gracias a su esposa, y se dedicó a patrocinar las artes. Mozart pasó casi un tercio de su corta vida viajando. En 1768 estaba en Viena y estrenó su singspiel Bastien und Bastienne en casa de Mesmer.

Veintidos años después, uno antes de su muerte, en 1790, al final del primer acto de su ópera bufa Cossi fan tutte ossia la scuola degli amanti, aparece una clarísima alusión a Mesmer y su particular terapéutica. El argumento completo de la ópera se puede leer con mayor o menor detalle en BlogClásico, el artículo de Silvia Alonso en Mundoclásico.com o la misma Wikipedia. Pero la escena a la que nos referimos se desarrolla en casa de las hermanas Fiordiligi y Dorabella, adonde han acudido disfrazados sus prometidos, los oficiales Ferrando y Guglielmo, para probar y comprobar la fidelidad de sus respectivas novias, y se supone que han muerto por haber ingerido un veneno. Aparecen don Alfonso, auténtico responsable de toda la trama, por ganar una apuesta que ha hecho con los oficiales, y la criada Despina (magníficamente interpretada, en esta ocasión, por la soprano Teresa Stratas) dispuesta a todo, también por dinero, que se hace pasar por un esperpéntico “Doctor en Medicina”: Ecovi il medico!

Modestamente, quiero dedicar  esta entrada al profesor Luis Montiel Llorente, Catedrático de Historia de la Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, que es quien -a mi juicio- más y mejor ha estudiado en España la historia del magnetismo animal.

Aquella publicidad…

Aquella publicidad…

En su comentario a la entrada dedicada a “Gary Cooper y el tabaco“, mi buen amigo, el Dr. José Antonio Giménez Mas, apuntaba con toda la razón:

“Por cierto, los fumadores de aquella generación, la de mi padre, la de mi abuelo, fumaban casi por obligación. Todo apuntaba a la virilidad, y hasta la sospecha de quien no lo hiciera.
La publicidad de la época hablaba por sí sola.”

Y, al hilo de sus palabras, no me resisto a mostrar aquí una colección de “saludables” anuncios en los que médicos y enfermeras somos protagonistas. Fueron publicados a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta del siglo pasado… Sin más comentarios por mi parte.

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Rialtos México

Lógicamente, visto lo visto, a nadie le extrañará la ilustración musical que he elegido para esta entrada.

En fin… para una información rigurosa sobre el tema, inserto el enlace a un artículo publicado originalmente en 1983 por el Dr. Alan Blum en New York State Journal of Medicine con el título “When ‘More doctors smoked Camels.’ Cigarrete advertising in the Journal“, traducido al español el año 2010 en la revista Medicina Social. Basta con pulsar sobre cualquiera de los enlaces anteriores para acceder directamente al artículo.