El “Mal de Amor”: De los pintores holandeses del siglo XVII a los españoles de finales del siglo XIX y principios del XX

El “Mal de Amor”: De los pintores holandeses del siglo XVII a los españoles de finales del siglo XIX y principios del XX

Tras más de dos meses sin poder detenerme como quisiera en este blog me encuentro, al regresar, con la amable referencia que el autor de los extraordinarios euclides59 y Encontrando la lentitud y el Mar… le dedica a nuestro Siguiendo a Letamendi -la cual agradezco sinceramente- con motivo de una entrada suya sobre La dama anémica y otras obras de Samuel van Hoogstraten. Al hilo de la publicación de nuestro querido amigo, aunque sin intención de profundizar en el tema, sí quiero apuntar algunas notas sobre lo que se ha llamado el “mal de amor” o “mal de amores”.

Como dice el Profesor José Manuel Reverte Coma, a quien seguimos fundamentalmente en esta publicación:

“Una curiosa epidemia tuvo lugar a mediados del siglo XVII que afectaba solamente a las mujeres, especialmente a las jóvenes y bellas: el “mal de amor”. Al parecer, los tratamientos habituales de la época usados por los médicos no surtían ningún efecto. Las mejores noticias de este mal han llegado hasta nuestros días, a través de las obras de los más famosos pintores de la época, especialmente de Holanda y Flandes, donde al parecer atacó este mal con la mayor intensidad. La escuela de Frans Hals y de Rembrandt, formada por Gerard Dow, Van Hoogstraten, Metzu,Van Mieris, Netscher, Ten Borch, Juan Stegu y otros fueron los que más se dedicaron a reflejar en sus telas el aspecto físico y psíquico de aquellas jóvenes enfermas.”

Evidentemente, el tema tuvo gran aceptación entre los burgueses del Siglo de Oro holandés. Sólo de Jan Havicksz Steen se conocen una veintena de versiones entre las cuales, algunas de las más conocidas son las siguientes:

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La visita del médico” (1658-1662). Óleo sobre tabla. Wellington Museum. Apsley House. Londres

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La enferma de amor” (c.1660). Óleo sobre lienzo. 61 x 52 cm. Alte Pinakotek. Munich

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La joven enferma” (c.1660-1662). Maurithuis. La Haya

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La visita del doctor” (c.1660-1662). Maurithuis. La Haya

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La visita del médico” (c.1660-1665). Óleo sobre lienzo. 46 x 36.8 cm. Museo de Arte de Filadelfia

Jan Havicksz Steen (1626-1679).

Jan Havicksz Steen (1626-1679). “La mujer enferma” (c.1663-c.1666). Óleo sobre lienzo. 76 x 63,5 cm. Rijksmuseum. Amsterdam

“Los cuadros de Jan Steen -apunta el Profesor Reverte Coma– recogen en imágenes la sintomatología polimorfa, variada, pero siempre constante de esta enfermedad, el mal de amor. Languidez, tristeza, ganas frecuentes de llorar, palidez del semblante y de los labios, dolores de cabeza, desgana de hacer nada excepto pasarse el tiempo tendida en un diván, un lecho o una butaca con almohadas en posiciones que variaban desde recostar la cabeza a cambiar de postura continuamente.” Pero en ellos hay también mucho de ironía, de ese peculiar sentido del humor del pintor -que puede llegar a ser irreverente- de esa forma jocosa -tan suya- de entender la vida.

El cuadro más conocido sobre el “mal de amor” de Gabriël Metsu, otro de los grandes pintores del Siglo de Oro holandés se encuentra en el Hermitage de San Petersburgo.

Gabriël Metsu (1629-1667).

Gabriël Metsu (1629-1667). “La visita del médico” (c.1660-1667). Óleo sobre lienzo. 61,5 x 47,5 cm. Hermitage. San Petersburgo.

En esta pintura de Metsu vemos a los tres personajes característicos y fundamentales del género. El médico, vestido de forma elegante pero discreta que -en esta ocasión, como en otras muchas- estudia atentamente un frasco con la orina de la paciente. La uroscopia, junto a la medida del pulso, eran las técnicas diagnósticas principales de la época. Una señora mayor que mira atentamente lo que está haciendo al médico pero, aquí, a cierta distancia de él, sin comentarle nada. Y la paciente: pálida, triste, lánguida… Pero Metsu trata el tema modo más formal -más serio se puede decir- que su paisano y contempóraneo Steen.

Existe un cuadro de Gabriël Metsu en el que no aparece la figura del médico sino sólo la paciente y su anciana acompañante que nos ofrece una imagen bastante más penosa que todas las que hemos visto antes.

Gabriël Metsu (1629-1667).

Gabriël Metsu (1629-1667). “La joven enferma” (1659). Óleo sobre tabla. 30 x 26 cm. Gemäldegalerie. Berlín

Aunque el cuadro más conocido de Gabriël Metsu -al menos en lo que a sus obras de interés médico se refiere- un cuadro que no me resisto a insertar aquí, a pesar de no tratar sobre el tema que nos ocupa, es La niña enferma (otros lo llaman El niño enfermo, porque no está claro el género de la criatura). Un cuadro que merece un estudio aparte.

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Gabriël Metsu (1629-1667). “La niña enferma” (c.1664-1666). Óleo sobre lienzo. 32,2 x 27,2 cm. Rijksmuseum, Amsterdam

Según Reverte Coma:

“El ‘mal de amor’ existe y ha existido en todo tiempo y en todos los países. El mal es físico y psíquico. A la inapetencia por los alimentos se añadía una desgana por la vida. A la enferma le faltaba la alegría de vivir, de cantar, de trajinar en la casa, de hacer y emprender cualquier tarea por pequeña que fuese. La paciente se dejaba morir poco a poco.”

Nos habla también el célebre antropólogo del francés François Boissier de Sauvages de Lacroix, conocido como “el médico del amor”; aunque fue un gran botánico, clínico eminente y gran profesor, amigo de Boerhaave y de Linneo:

“En 1724, François Boissier de Sauvages, presentó su tesis doctoral titulada: ‘Disertatio medica atque ludrica de amore…‘ en la que alterna las opiniones sobre el amor de los antiguos poetas con notables consideraciones científicas. Henry Meige le ha considerado como precursor de los psicólogos modernos con su concepto de ‘mal de amor’. Identificaba esta afección con una serie de trastornos psicofisiológicos que constituían entre sí un verdadero síndrome, una afección mórbida en la que estudia su etiología, sintomatología, complicaciones, patogenia, diagnóstico y terapéutica.

Definía el amor desde un punto de vista patológico como ‘enfermedad que se presenta entre los jóvenes de ambos sexos, con delirio en relación con el objeto amado y un vivo deseo de unión íntima honesta’. Consideraba ese ‘delirio’ como una forma psicopática especial, en la que existen una serie de síntomas psíquicos y otros físicos.

En cuanto al ‘mal de amor’ es descrito así por Boissier de Sauvages: ‘Estado de febrícula variable o continua que se manifiesta con palidez, inapetencia, melancolía y deseo de soledad. Se le llama fiebre blanca a causa del color de los enfermos, fiebre amorosa o fiebre de las jóvenes porque afecta sobre todo a las jóvenes enamoradas y se acompaña de palpitaciones, síncopes, etc.’.

Con frecuencia, el mal de amor se ha identificado con otra entidad nosológica, la clorosis. Y, al respecto, Reverte Coma explica:

“En escritos antiguos ya se habla de una febris amatoria o icterus amantium como enfermedad producida generalmente por el amor contrariado. A veces las enfermedades son las mismas pero los nombres y su sintomatología varía con los tiempos.
Más tarde Sauvages hablará de una ‘clorosis por amor’. Estos conceptos se encuentran ya en Hipócrates. La febris amatoria de los antiguos atribuye los síntomas en su mayor parte a trastornos del aparato genital. La retención de sangre en la matriz, los trastornos menstruales, la coloración verdosa de los tegumentos y los demás síntomas son parte de la misma enfermedad.
Hipócrates y Galeno ya hablaban de ellos. Ambroise Paré lo creía a pie juntillas. Meige cita a autores como Varandal, Lafare Rivière, Sennert y otros que atribuían la patogenia de la clorosis a trastornos menstruales. Durante los sigls XVII y XVIII otros nombres aparecen para definir la clorosis: ‘color pálido’, ‘enfermedad virginal’. Avicena ya había mencionado la obstructio virginum y Arquígenes a la febris alba, ‘tristeza amorosa’ o ‘pasión contrariada’.
Otros autores se contentan con llamar a la enfermedad ‘melancolía’, que se caracteriza por ‘ensueños acompañados de tristeza’ y que atribuían a ‘perversión de los espíritus animales’, a vapores que se desprendían de todo el cuerpo, del corazón, de los hipocondrios o de la matriz. La melancolía hipocondriaca y la ‘melancolía de amor’ tenían como fundamento una pasión desmedida por el objeto amado. Se hablaba también de una ‘melancolía uterina’ que se atribuía a la obstrucción de los vasos sanguíneos periuterinos lo que provocaba la suspensión de la regla. Su grado máximo era la ‘sofocación uterina’, que se atribuía a la corrupción de la sangre menstrual lo que producía vapores malignos que invadían todo el cuerpo.
Hopócrates describió estos signos como parte de lo que en siglos posteriores se llamaría histeria, de histeros, útero. La palidez y la neurosis estaban asociadas. Sydenham consideraba a la clorosis como una especie de histeria.
Meige señala que Jean Varandal fué el ‘padrino’ de la clorosis. Decía en una de sus obras:
‘Hay una enfermedad propia del temperamento femenino, que es más húmedo y más frío que el de los hombres, y es la que actualmente vemos desarrollarse en estas regiones de una forma casi endémica o epidémica, especialmente en las jóvenes más nobles y bellas, en las viudas u otras que viven en la abstinencia de todo trato sexual. Se la califica con el nombre de fiebre de amor o enfermedad virginal. Nosotros la llamamos ‘clorosis’ como Hopócrates”.
[…]
El síntoma más aparente era la palidez casi lechosa de la piel de la enferma. Los alemanes llamaban a esta enfermedad “milchfarbe” (color de leche) y era un color algo así como el de la cera vieja, un color y aspecto céreo, casi transparente, a veces verdoso. Ese tono fué muy bien captado por Samuel van Hoogstraten en sus lienzos, pero en realidad sólo se presenta con esta intensidad en los casos más severos. Por ello a esta fase de la enfermedad se la llamaba ‘morbus viridis‘. En Inglaterra se llamaba ‘green sickness‘.”

Samuel Dirksz van Hoogstraten (1627–1678).

Samuel Dirksz van Hoogstraten (1627–1678). “La visita médica” o “La dama anémica” (c. 1660). Óleo sobre lienzo 69,5 x 55 cm. Rijksmuseum. Amsterdam


“Un hecho notable -sigue explicando Reverte Coma– era que las enfermas de ‘mal de amor’, a pesar de su extremada palidez, nunca se adelgazaban, al contrario, parecían estar turgentes. Nunca se las veía emaciadas, sino con un turgor vitalis o lymphaticus, edematosas, lo que daba la sensación de que tenían un buen revestimiento adiposo.
En el cuello, los ‘collares de Venus’ se acentuaban aumentando debido a una hiperplasia tiroidea que era casi constante. En las extremidades había edemas verdaderos, los llamados edemas cloróticos. Sus rostros daban la sensación de máscaras de alabastro con una expresión muy particular en los ojos, con la esclerótica azulada y las ojeras muy marcadas. Los ojos tenían una expresión de languidez y de tristeza muy peculiar.
La paciente suspiraba y lloraba con frecuencia, se apartaba de la sociedad de los demás con signos de melancolía que llegaba en ocasiones a la alienación mental. Gran apatía y desgana por todo trabajo intelectual o físico, ansiedad, tristeza, depresión y una laxitud que parecía paralizar a estas víctimas de ‘mal de amor’.
Los pintores flamencos nos han dejado muy claramente expresado el hecho de cómo buscaban con almohadas una postura de reposo que nunca encontraban. Las enfermas no hablaban, parecían estar pasmadas, no hacían caso de lo que se les decía, parecía como si no entendiesen lo que oían. Eran frecuentes las lipotimias, desvanecimientos por anemia cerebral, síntoma inseparable de la clorosis.
Los trastornos cardiovasculares eran otro signo constante, caracterizados por palpitaciones que se presentaban por accesos y que las dejaban sin aliento. Bouillaud señalaba que el corazón latía en completa anarquía, presentado una verdadera ‘locura cordis’, que se acompañaba de disnea o anélitos. La enferma, al sentir estas molestias, llevaba la mano al pecho como queriendo sostener el corazón que parecía querer escapar al exterior.
Esta agitación del corazón se transmitía a todo el sistema vascular, lo que notaban en el pulso que se aceleraba, aumentando notablemente su frecuencia.
Meige que estudió con detalle este síndrome decía que ‘la emoción amorosa se traducía por trastornos cardiovasculares y fenómenos vasomotores”.
Las cefaleas eran frecuentes, así como las neuralgias de localizaciones muy diversas, pero sobre todo, las migrañas. En algunos cuadros de la época se puede ver cómo la paciente tiene un emplasto aplicado sobre la cabeza, las sienes o la frente, lo que constituía el remedio universal en estos casos.
Los dolores de muelas eran también frecuentes. En España tenemos un refrán que hace referencia a esta relación entre dolor de muelas y amor: ‘dolor de muelas, mal de amores’. En estos casos se usaban los emplastos de mástic.
Los trastornos digestivos eran constantes: anorexia, inapetencia. También se presentaba perversión del apetito, la llamada ‘pica’ o ‘malacia’, con especial predilección por las bebidas ácidas, el limón especialmente. El organismo, sabiamente, pedía lo que le faltaba, vitamina C.
Trastornos del aparato genital, trastornos menstruales eran constantes.
En cuanto al tratamiento, decía Sauvages, que hay ciertas plantas cuya virtud es funesta al amor, como la ruda (Ruta graveolens) que se utilizó mucho y aún se usa en muchas partes de Europa y América contra las crisis de histeria así como abortivo peligroso y el alcanfor (Laurus camphora) utilizado como cardiocinético. A pesar de ello, creía Sauvages que ‘el amor se cura con hierbas’ (Amor est curabilis herbis).
Como tratamiento prescribía ‘un régimen sobrio y refrescante de lacticinios, tisana de cebada, raíces de nenúfar, semillas de Agnus castus, ejercicios corporales, distracciones sanas y viajes’. Prohibía todo cuanto podía agravar el mal, tal como las carnes, los vinos generosos, los alimentos con especias.
Pero, el mejor remedio era… el matrimonio. Como dice el aforismo hipocrático “Nubat illa et malum effugiet“. El matrimonio y sobre todo, el embarazo, que ejercía una influencia muy beneficiosa en las clorosis.
Meige menciona el párrafo de Molière en su obra teatral Le Médecin malgré lui que dice en el acto segundo: ‘Todos estos médicos no harán nada mejor que el agua clara y vuestra hija necesita algo mejor que el ruibarbo o el sen y es que un marido será el mejor emplasto que cure todos los males de esta joven’. Probablemente por estas razones se llamó a la clorosis ‘santa enfermedad’ porque se presentaba solamente en las vírgenes. Era más frecuente en los países húmedos y fríos como es el caso de los Países Bajos.
Otro signo de clorosis era la constipación o estreñimiento. En aquella época se usaban los clísteres que estaban en su apogeo como terapéutica y los laxantes. Y como de costumbre se sangraba a las pobres pacientes, lo que por regla general empeoraba el mal, empobreciéndolas más en glóbulos rojos, bien escasos ya en las clorosis con anemia ferropénica. Además el médico inspeccionaba de visu et odoratu el aspecto de los humores que salían de la enferma.”

No es de extrañar que don Gregorio Marañón dedicara también su atención al estudio de la clorosis. Decía el gran maestro:

“La clorosis es un ejemplo único en la Historia de la Medicina; el de una enfermedad de inmensa extensión, no sólo entre los médicos, sino entre el vulgo, que de repente, desaparece casi en absoluto. Y no fue una extinción porque se haya llevado a cabo una lucha específica contra ella, como ha ocurrido con la viruela, la fiebre amarilla u otras. La clorosis ha desaparecido ‘mágicamente’.”

Precisamente a Marañón se refiere el Profesor Reverte Coma en el final este artículo suyo que venimos transcribiendo, y apunta:

“Seguía diciendo Marañón: ‘Esta enfermedad ha figurado en millones de diagnósticos de los médicos clásicos. Ha influido mucho en la vida de la mujer -y por tanto del hombre- durante varios siglos, ha enriquecido a tantos farmacéuticos y propietarios de aguas minerales, ha hecho exhalar tantos suspiros a tantos jóvenes enamorados y movido la inspiración de poetas… ¿pero, ha existido realmente?’

Citada ya por Hipócrates, ‘será en el siglo XVII cuando Varandal o Varandaeus, de Montpellier, la bautiza en 1620 con el nombre de clorosis’. Todos los libros de Patología han dedicado muchas páginas a esta enfermedad que se presenta en las jóvenes vírgenes y que desaparece al casarse o madurar.

Sin embargo, la civilización moderna terminó con la enfermedad. Los grandes clínicos del siglo XX están de acuerdo en afirmar que ya no se encuentran casos de esta enfermedad, y que para enterarse de lo que era hay que buscar en los libros antiguos. Todavía se veían casos en la primera decena del siglo XX. Marañón, Pittaluga y otros hematólogos, encontraron esta enfermedad diagnosticada muchas veces a través de anemias hipocrómicas asociadas con trastornos menstruales. Sin embargo, no tenían todas las características descritas por los clásicos, por lo que comenzaron a llamarla ‘pseudoclorosis’. Posteriormente, cuando los medios de diagnóstico mejoraron, los diagnósticos fueron más precisos, haciéndose aparentes diversas infecciones latentes que actuaban sobre el sistema hematopoyético, especialmente sobre el metabolismo de la hemoglobina. Ejemplo de esto fué la tuberculosis. Así es muy probable que muchas de las enfermedades calificadas de cloróticas fuesen tuberculosis con sus febrículas vespertinas que eran diagnosticadas de ‘fiebres cloróticas’ por Wunderlich, al decir de Marañón. Se hablaba incluso de una ‘tos clorótica’ que no era más que la tos de los tuberculosos, todo lo cual se acompañaba de síntomas neurovegetativos. Estudios minuciosos demostraron que la tuberculosis afectaba con mucha frecuencia al aparato genital, especialmente a los ovarios.

Marañón cita una experiencia dolorosa de los comienzos de su vida profesional en relación con esta enfermedad: ‘Yo no podré olvidar nunca, dice, el caso de una muchacha de l6 años, hermana de un compañero de estudios, a la que vi apenas terminados aquéllos, con el entusiasmo de las primeras experiencias profesionales. Estaba anémica, con el tono alabastrino típico. Su menstruación era escasa. Apenas tosía un poco. Entonces, todavía no se hacía el examen radioscópico sistemático del tórax, que seguramente nos hubiera descubierto lesiones que no denunciaba la exploración clínica a nuestro oído aún poco experto. Tenía una anemia hipocrómica que decidió nuestro diagnóstico de clorosis. Pocos meses después, esta clorótica, llena de interés y de belleza, moría de una granulia. En el pesar que me produjo este fracaso, está tal vez, el germen del estudio de hoy, hostil, creo que justamente a la clorosis’.

Otras muchas cloróticas encerraban focos de croniosepticemia (en amígdalas, oídos, dientes, sinusitis), de endocrinopatías (insuficiencias ováricas o disfunciones ováricas de diversos grados) muy relacionadas con la anemia hipocrómica.

Marañón relaciona la frialdad de las manos de las cloróticas descritas por los médicos de su tiempo con la mano hipogenital o acrocianosis.

También las afecciones del tiroides podían ocasionar sintomatología clorótica por su relación con el metabolismo de la hemoglobina, como las alteraciones de las cápsulas suprarrenales (hipofunciones corticales), que se acompañan de pigmentaciones anormales, discromías. Por supuesto, la alimentación deficiente o incorrecta podía ocasionar alteraciones cloróticas.

Por todo lo expuesto, Marañón negaba a la clorosis la calidad de entidad nosológica que durante siglos se le dio. Para él no existió nunca la ‘clorosis verdadera’ a pesar de lo que habían dicho [notables autores]. ‘La clorosis, dice tajantemente Marañón, fué una verdadera invención literaria, netamente romántica, un ente fantástico en la Patología’. De febris amativa morían Raquel y la Julia de Lamartine, la Mimí de La Bohème. La palidez de la mujer se interpretaba como virginidad que volvía locos de amor a los hombres.

Recuerda Marañón la comedia de Lope de Vega, El acero de Madrid y la canción en la que se repite aquello de: ‘Niña del color quebrado, o tienes amor o comes barro’. Las jóvenes cloróticas acudían por las mañanas a beber de la fuente ferruginosa de la Casa de Campo de Madrid.

Así, la clorosis y su origen o consecuencia podemos hoy incluirlos en la mitología de la Patología Médica, entre los objetos de Museo.

Y eso a pesar de que haya sido motivo de inspiración para tantos poetas y especialmente pintores que reflejaron en sus lienzos, no las enfermas de ‘mal de amor’ sino a las tuberculosas de su tiempo que también tuvieron derecho a enamorarse de amores imposibles. A pesar de todo todavía existe el ‘mal de amor’. Como se dice de las brujas en Galicia, ‘haberlo, haylo’.

Existió o -como apunta el sabio Marañón– no existió el mal de amor y fue sólo una invención literaria que representaron los pintores con gran éxito de ventas… Lo cierto, es que a finales del siglo XIX, en esta España nuestra, Vicente Palmaroli pinta el mal de amor pero sustituyendo al médico por el fraile. Un fraile, eso sí, que en un alarde de intrusismo profesional toma el pulso a la joven enferma.

Vicente Palmaroli (1834-1896).

Vicente Palmaroli (1834-1896). “Mal de Amores” (1878). Colección Particular

Algunos años más tarde, ya a principios del siglo XX, en 1912, el maestro Francisco Pradilla todavía trata sobre el tema; pero esta vez no es médico ni fraile quien se acerca para sanar a la muchacha enferma, sino un joven músico con su theorbo… Acertada elección del ilustre pintor aragonés: porque es incuestionable el efecto curativo de la música. 

Francisco Pradilla (1848-1921).

Francisco Pradilla (1848-1921). “Mal de Amores” (1912). Óleo sobre lienzo. 265 x 160 cm. Colección particular

A propósito de la música, mientras redactaba esta entrada escuchaba yo la canción de Gianni Bella, la famosa De amor ya no se muere, también en la versión de Sergio Dalma. Pero sobre todo, escuchaba una y otra vez el precioso madrigal Si dòlce è’el tormento, de Claudio Monteverdi (no dejen de ver el estupendo post que le dedica José Luis en su blog Ancha es mi casa), un madrigal que -como apunta nuestra amiga Hesperetusa– “lleva en sus palabras todos los temas del amor cortés de cinco siglos atrás”. Lo inserto a continuación en la peculiar y prodigiosa voz de Philippe Jaroussky.

Enlaces de interés

Gonzalez-Crussi F. (2015) : “Lovesickness in art and medicine“. Hektoen International, 7(3).

Reverte Coma, J. M. (s.f.): “El mal de amor”.

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Sir Godfrey N. Hounsfield, EMI, la tomografía axial computarizada (TAC), los Beatles y mister Derek

Sir Godfrey N. Hounsfield, EMI, la tomografía axial computarizada (TAC), los Beatles y mister Derek

Disculpen el batiburrillo de nombres con el que he titulado esta entrada. No he sabido hacerlo de otra manera para expresar su contenido. Pero, vayamos por partes y, a lo mejor, soy capaz de explicar  la relación que tienen estos nombres entre sí.

Sir Godfrey Newbold Hounsfield nació en Sutton-on-Trent el 28 de agosto de 1919 y creció en una granja cerca de Newark, en el condado de Nothingamshire, en el centro de Inglaterra. Era el menor de cinco hermanos, y desde la infancia ya mostró un enorme interés por la electricidad y la mecánica, aplicando las habilidades que iba adquiriendo de forma autodidacta a la maquinaria y herramientas propias de la granja de su padre. En la adolescencia comenzó su pasión por el vuelo, con más de un intento de emular a los hermanos Wright. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial se alistó como reservista voluntario en la Royal Air Force (RAF), donde se hizo experto en electrónica y radares. Concluída la guerra y gracias a la RAF amplió su formación reglada en el Faraday House Electrical Engineerig College, de Londres.

Sir Godfrey N. Hounsfield (1919-2004)

Sir Godfrey N. Hounsfield (1919-2004)

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En 1951 Hounsfield empezó a trabajar para la Electric and Musical Industries Ltd. (EMI). La compañía, conocida sobre todo por ser una de las principales productoras  musicales, tenía también otras actividades y Hounsfield, que en seguida, con su inquietud característica, había empezado a investigar en el naciente mundo de la informática, siendo jefe de la división de investigación médica de la compañía, desarrolló para EMI lo que sería la mayor revolución en el campo del diagnóstico por la imagen desde que Röntgen descubriera los rayos X: la tomografía axial computarizada (TAC). Los primeros estudios clínicos se publicaron en 1972, al tiempo que empezaban a funcionar los primeros cinco escáneres de EMI creados por Hounsfield: tres en el Reino Unido y dos en los Estados Unidos de América. El éxito fue arrollador, y en los años siguientes la compañía fabricó una gran cantidad de aparatos que fueron distribuidos por todo el mundo. En 1979 Hounsfield recibió el premio Nobel de Medicina.

En su discurso, durante la ceremonia de entrega de premios de aquel año, el Profesor Torgny Greitz, del Karolinska Institutet, entre otras cosas dijo:

“Hounsfield es indiscutiblemente la figura central en la tomografía computarizada. Trabajando independientemente de Cormack, desarrolló su propio método y construyó el primer tomógrafo computarizado de uso clínico – el escáner EMI, con el cual se pudieron hacer los primeros exámenes de la cabeza.

La publicación de los primeros resultados clínicos en la primavera de 1972 asombraron al mundo. Hasta entonces, los estudios radiológicos convencionales de la cabeza mostraban los huesos del cráneo, pero el cerebro permanecía como una indiferenciada neblina gris. Ahora, de repente, la niebla se ha disipado.”

Sir Godfrey N. Hounsfield no era médico, ni siquiera tenía un título universitario. Digo esto no en detrimento de su figura, sino todo lo contrario. Era un técnico, un inventor, un hombre apasionado por su profesión, entregado a ella por completo; y dotado de una curiosidad inagotable, que no le abandonaba ni cuando se dedicaba a una de sus distracciones preferidas fuera del trabajo, sus largos paseos por el campo que le entusiasmaban -posiblemente- desde que era un niño en la granja. Y así fue hasta su muerte, el 12 de agosto de 2004, pocos días antes de cumplir los ochenta y cinco años. Pero sirva también esta ocasión para comentar cuánto le debe el avance de la medicina, en la actualidad, a los profesionales de otras disciplinas: ingenieros, físicos, biólogos, bioquímicos, matemáticos, informáticos… Para todos ellos: mi sincero agradecimiento.

Sin embargo, en este caso, ese agradecimiento debe hacerse extensivo a otros profesionales insospechados: los músicos. En concreto a The Beatles. Es un hecho conocido que la principal fuente de ingresos de EMI durante los años sesenta del siglo pasado provenían de la banda de Liverpool. No es extraño, por tanto, que ese dinero ayudara a financiar las investigaciones de Hounsfield y la creación de la TAC.

Yo conocí a The Beatles a principios de la década siguiente. Precisamente poco después de que el cuarteto se separara. Empezaba, entonces, a estudiar su lengua en el Colegio La Salle, de Jerez. No tenía la menor idea de la importancia que ese idioma tendría para mi en el futuro; pero, afortunadamente, me gustaba estudiarlo. Al profesor de inglés le llamábamos Mr. Derek. Tenía una costumbre muy peculiar: acudía a los exámenes con su inseparable magnetofón, y hacía coincidir la duración de cada pregunta con la de las canciones de sus compatriotas. No sé si hoy podría hacerlo, pero entonces era capaz de escuchar las canciones y responder correctamente a las preguntas. Recuerdo perfectamente la primera canción que oí…

Referencias

BOSCH O., E. (2004): “Sir Godfrey Newbold Hounsfield y la tomografía computada, su contribución a la medicina moderna”. Rev. Chil. Radiol., 10, 4: 183-185. [Disponible en: http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=s0717-93082004000400007&script=sci_arttext; consultado 26 de jilio de 2015].

GREITZ, T. (1979): “Award Ceremony Speech”. Nobelprize.org. [Disponible en: http://nobelprize.org/nobel_prizes/medicine/laureates/1979/presentation-speech.html; consultado el 26 de julio de 2015].

HOUNSFIELD, G. N. (1979): “Autobiography”. Nobelprize.org. [Disponible en: http://nobelprize.org/nobel_prizes/medicine/laureates/1979/hounsfield-autobio.html; consultado el 26 de julio de 2015].

ISHERWOOD, I. (2005): “Sir Godfrey Hounsfield”. Radiology, 234, 3: 975-976. [Disponible en: http://radiology.rsna.org/content/234/3/975.full; consultado el 26 de julio de 2015].

“La epidemia de peste en Sevilla de 1649: una visión a través del arte”. Trabajo de Fin de Grado en la Facultad de Medicina de Cádiz de Laura Guerrero Vázquez

“La epidemia de peste en Sevilla de 1649: una visión a través del arte”. Trabajo de Fin de Grado en la Facultad de Medicina de Cádiz de Laura Guerrero Vázquez

Recientemente, la ya Graduada en Medicina Laura Guerrero Vázquez, sevillana de pro, ha presentado brillantemente en la Facultad de Medicina de Cádiz su Trabajo de Fin de Grado “La epidemia de peste en Sevilla de 1649: una visión a través del arte”, del que he sido tutor.

Después de una completa introducción histórica, en la que trata sobre los orígenes de la peste, las numerosas epidemias que se sucedieron a lo largo de los siglos y su incidencia en nuestro país con especial atención a la ciudad de Sevilla, Guerrero Vázquez se centra en aquella terrible epidemia de mediados del siglo XVII que transformaría radicalmente a la que entonces era una de las ciudades más importantes del mundo.

Vista_de_Sevilla_1660

Vista de Sevilla a mediados del siglo XVII. Colección particular

*

Con permiso de la autora, transcribo a continuación la parte final de su trabajo, sólo una pequeña parte, que dice así:


A comienzos del año 1649, las noticias que llegaban desde levante y la localidad vecina de Cádiz, no hacían más que incrementar la preocupación y el temor que pesaba sobre los vecinos. A pesar de la vigilancia de los accesos a la ciudad y las normas establecidas, empezaron a conocerse algunos casos de infectados.

La procesión rogativa del día 20 de enero, no sirvió en esta ocasión para calmar a la población, la tensión era enorme y ésta aumentó al saber que en esos momentos estaba comenzado a quemarse ropa que había llegado a la capital desde los lugares infectados. Pese a la evidencia de que la peste había llegado a Sevilla, las autoridades y los sectores comerciales tendieron a negar su existencia, actitud muy tradicionalmente adoptada durante prácticamente todas las epidemias que han quedado recogidas. En este caso, influenciadas también por la inminente salida de la flota de Indias.

Así transcurrieron los meses de febrero y marzo, entre incertidumbre y frío hasta la llegada de la primavera. Al mismo tiempo que la peste, otros elementos hacen acto de presencia, componiendo un cuadro de lo más escabroso. 1649 fue uno de esos años trágicos en los que se dieron cita casi todas las desdichas imaginables: carestía, climatología extrema, inundaciones… alterando considerablemente la vida de la ciudad durante varias décadas de una forma muy negativa. A finales de marzo se forma un temporal que dura en torno a una semana, aumentando el nivel del río y por consiguiente inundando la ciudad. Por otro lado, el agua que caía de la lluvia quedaba encerrada entre las murallas, impidiendo su salida y empeorando la situación aún más. Al retirarse el temporal, comenzaron las aguas a bajar de nivel muy lentamente, quedando toda la inmundicia que arrastraba depositada en la superficie. Este peligro junto a la presencia del calor de la primavera iba a empeorar aún más este ambiente tan insano y que iba a mermar la salud de la población especialmente la más pobre. Este año 1649 se circunscribe dentro de una gran crisis agraria, agravada por la introducción de cereal extranjero con el consiguiente aumento de su valor. La dificultad de conseguir abastecimiento apropiado cada vez era mayor. En esta situación de extrema necesidad, la población no tenía más remedio que comer alimentos nocivos e insanos para la salud, llegando incluso a comerse peces muertos. Precisamente en los lugares más cercanos al río comenzaron a detectarse los primeros casos de infección que no hicieron sino aumentar la gran mortalidad que ya causaban la escasez de alimentos y las aguas, llegando a un punto en el que no es fácil discernir el porcentaje de muertes achacable a cada proceso.

No obstante, el motivo principal de la mortalidad era la presencia de la peste en la ciudad, como aparece reflejado en la obra Copiosa relación de lo sucedido en el tiempo que duró la Epidemia en la Grande y Augustísma Ciudad de Sevilla, Año 1649, que redactó un religioso agustino para el Reverendísimo Padre General de su Orden:

“Comenzó la gente a morir, si bien el miedo y el deseo atribuían a reliquias de la Avenida esta enfermedad por haber inundado barrios enteros y en particular la Alameda, tanto que se navegaba con barcos. Mas supe yo de buen original, no eran de lo que dan a entender, sino de lo que se temía más.
Y aunque pudo ser esto disposición para la peste, la fundamental y verdadera es que fue epidemia por la malévola influencia de constelaciones que corrieron por todo este meridiano y de planetas que predominaban este año”.

Nos presenta el religioso cronista, en este párrafo de su libro, la cuestión de la causa remota de la enfermedad, que él atribuía a la astrología. Teoría que no estaba reñida con la interpretación religiosa. No obstante a estas alturas ya se conocía la causa más inmediata de contagio a través del contacto con enfermos y sus pertenencias.

Como anteriormente comentamos, los primeros contagios se produjeron extramuros, cerca del río, más concretamente en el barrio de Triana, pudiendo detectarse a la semana siguiente en zonas frontera, en contacto directo con el recinto urbano. El miedo movilizó a la muchedumbre que huía despavorida buscando refugio en el interior amurallado, llevando consigo el contagio. A la vista de tal suceso, las autoridades tuvieron que declarar la existencia del morbo infeccioso en la ciudad.

De nuevo se habilitó el Hospital de la Sangre para acoger a los afectados, haciéndose uso de hasta 18 salas y 1.200 camas para la atención a los enfermos. Los enseres necesarios para su cuidado se obtuvieron gracias a la dotación municipal y la ayuda de instituciones caritativas como la Hermandad de la Misericordia.

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El Hospital de las Cinco Llagas o de la Sangre, en 1668. Dibujo de Pier Maria Baldi

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Antonio de Viana, designado para administrar el Hospital no tardo en sucumbir ante el ataque pestilente, y su sucesor, Juan Peculio, sufrió el mismo final quedando a cargo el mercedario Blas de la Milla, que se dedicaba desde el inicio de la epidemia a dar los sacramentos a todo aquel que se acercara al Hospital. Se encarga por tanto del auxilio espiritual de los enfermos y de organizar los bienes y recursos, quemar las ropas apestadas, enterrar a los difuntos, etc. Disposición suya fue el separar a los enfermos por sexo y a los moribundos de aquellos para los que no se preveía una muerte inminente. En el depósito de aprovisionamiento se guardaban los víveres y medicinas y quedaban depositados los bienes y dineros que los enfermos traían consigo al ingreso. Si fallecían, se usaban para darle sepultura y misa; si se salvaban se les devolvían.

Aunque por fortuna no todos los afectados fallecían, la mortalidad era enorme entre los ingresados y los trabajadores. El número de ingresos era tan elevado que pronto el Hospital se quedó pequeño.

Pintura anónima que muestra a los enfermos y muertos ante el Hospital de la Sangre, en 1649. En la actualidad en el Hospital del Pozo.

Pintura anónima que muestra a la multitud, incluyendo enfermos y muertos, ante el Hospital de la Sangre en 1649. El cuadro se encuentra actualmente en el Hospital del Pozo.

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El espectáculo que se podía observar en el Hospital y sus alrededores fue realmente macabro, como bien nos describe la Copiosa relación…

Al igual que en el brote de 1599-1601, tuvo que abrirse un segundo centro para apestados en Triana, que tampoco tardó en llenarse. El cuadro que observamos en la Macarena y en Triana podía presenciarse en toda la ciudad, en las collaciones humildes y en las ricas, en el centro y en la periferia.

La preocupación y el miedo, el desconcierto y la confusión suscitaron actitudes muy diversas, extremas y radicales: de la histeria a la resignación o del arrepentimiento al desenfreno.

Los médicos y cirujanos se desconcertaban a la vista del curso de la enfermedad y de los resultados de su tratamiento. El que parecía que iba a morir, sanaba; y el que parecía más sano, moría. Los religiosos, como anteriormente comentamos, no se extrañaban de estos descubrimientos, ya que la llegada de la peste la asociaban a la providencia divina. Si esto era así, la única manera de curarse era rezar.

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Guido Reni (1575-1642). Retablo de la peste de 1630 en Bolonia (1631). Pinacoteca Nazionale. Bolonia

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En consecuencia, se sucedieron ayunos, penitencias, oraciones, procesiones y rogativas tanto de manera individual como las promovidas por las hermandades o autoridades. Mayo fue un mes procesional. Sin embargo, los contagios no cesaron; es más, la virulencia aumentó. Ante esto, las autoridades eclesiásticas no tenían otra respuesta más que seguir insistiendo en lo mismo y suplicar piedad a Dios.

El Arzobispado, que mantenía sede vacante, no fue ocupado por Pimentel hasta el fin de la peste (tras la muerte del cardenal Spínola), pero viendo desde Córdoba la situación que en Sevilla se estaba dando, escribía en un edicto:

“El oficio pastoral nos obliga a que no solo cuidemos de la salud espiritual de nuestros súbditos, pero aun también de la corporal, por ser impedimento de la espiritual, pues acontece (mereciéndolo así nuestras culpas y pecados) castigar Dios a su pueblo con alguna enfermedad contagiosa, y por esto es necesario recibir lo Santos Sacramentos, y siendo la enfermedad tan general y de evidente peligro, puede hacer falta de ministros eclesiásticos […] y llegue el tiempo que aunque lo pidan los fieles no hayan bastantes ministros […]”.

Así dispuso que un grupo de eclesiásticos se desplazaran a Sevilla para dar paz y brindar asistencia espiritual a la temerosa muchedumbre que veía tan cercana la muerte.

Tanzio de Varallo (1575-1633). San Carlos Borromeo dando la comunión a las víctimas de la peste (c.1616). Domodossola. Italia

Tanzio de Varallo (1575-1633). San Carlos Borromeo dando la comunión a las víctimas de la peste (c.1616). Domodossola. Italia

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A pesar de esta medida, era imposible satisfacer la gran demanda espiritual que existía y las gentes se amontonaban en las puertas de las parroquias esperando su turno, amaneciendo en los patios y cercanías de éstas cientos de muertos.

Pronto, encontrar lugar para sepultar los cuerpos se convirtió en un angustioso problema. No había espacio libre en las colegiatas, hospitales, conventos, camposantos ni carneros que se habían habilitado, teniendo que abrirse seis nuevos cementerios (Macarena, Triana, Osario, Prado de San Sebastián, Los Humeros y Barqueta). Para dar sepultura a tan gran cantidad de fallecidos se contrataron varias cuadrillas de hombres, que al ser insuficientes acabaron remplazándose por carros fúnebres. Aun así, como ya hemos comentado, no daban abasto y no era nada inusual ver cuerpos tirados en las calles varios días sin poder darles entierro.

Las ropas contaminadas suponían otro gran problema. Desde el inicio del contagio, la población comenzó a tirar a la vía pública todas aquellas vestimentas que pudieran haber estado en contacto con la infección, amontonándose en las calles por falta de efectivos para recogerla. Por ello, se ordenó que cuando los carros estuviesen desocupados, se tratara de recoger los ropajes para destruirlos en las afueras de la ciudad. Pese a esta medida, la ropa seguía acumulándose, constituyendo un verdadero peligro para la salud pública y creando nuevos focos de contagio.

El día del Corpus (4 de junio), que históricamente es y era uno de los días más importantes y festivos de la ciudad careció del esplendor y de la participación que siempre había tenido tanto en el cortejo como por las calles. La huida tras los inicios del contagio, la gran mortalidad y el aislamiento por miedo a enfermar hacían que la despoblación de la ciudad fuera cada vez más evidente. En estas circunstancias tan aciagas se pidió a los regidores municipales, permiso para realizar la procesión de la venerada imagen del Cristo de San Agustín, cuya fiesta se celebraba el 2 de julio. A pesar de las dificultades para poder celebrarla, se autorizó su llegada a la Catedral. A pesar de la escasa participación de religiosos en el cortejo (por haber fallecido gran número de ellos), la afluencia de público aumentó considerablemente en comparación con las anteriores procesiones. Los enfermos habrían las ventanas para verlo pasar, los sanos salían de sus casas e incluso los ciudadanos que habían huido al campo se acercaron a la ciudad.

Cuadro de autor anónimo que muestra otra procesión del sevillano Cristo de San Agustín; pero en 1737, rogando por la lluvia. El cuadro pertenece a la Colección Abelló.

Cuadro de autor anónimo que muestra otra procesión del sevillano Cristo de San Agustín; pero en 1737, rogando por la lluvia. El cuadro pertenece a la Colección Abelló.

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Fue creencia generalizada que la peste remitió por intercesión del Santo Crucifijo de San Agustín. Recordemos que el patrón de la peste, que venía repitiéndose desde siglos atrás consistía en unos meses de mayo y junio muy agresivos con recesión en julio tras perder capacidad de difusión y virulencia. Pero en esta época, no se conocía este patrón de comportamiento, por tanto, el único motivo para ello era la mano divina. Incluso los médicos compartían esta creencia. Pero esto no quería decir que la enfermedad hubiera desaparecido totalmente. No podía bajarse la guardia. Por ello, se potenciaron las medidas de aislamiento de la ciudad, que curiosamente no se habían tomado en cuenta en la época de mayor virulencia del contagio, en parte suponemos por la inmensidad de la situación en la ciudad que hacía imposible controlarlo. Sin embargo, el comercio con el Nuevo Mundo, que había tenido que paralizarse tras la llegada del mal, comenzó a regularizarse dando a entender la importancia que para Sevilla seguía teniendo el contacto con América.

Sabemos que en lo concerniente a la quema de ropas y limpieza en las calles se cumplirían al pie de la letra las disposiciones de las autoridades civiles y sanitarias. Según el Real Protomedicato debía tenerse en cuenta:

“Que a las personas que han padecido contagio no se les permitan los vestidos con que lo pasaron; lávense con cocimientos de yerbas olorosas en vinagre aguado […] la ropa del enfermo o difunto, la de donde enfermó o murió de contagio, indistintamente se quemara, colchones, sabanas, cobertores y otra cualquier ropa que haya tenido, y colgadura de cama, preciosa o no […]”.

“Se procure con todo cuidado la limpieza de calles y plazas de basura y de todo lo que pueda ser sospechoso y nocivo. Importará, para rectificar el aire ambiente y purificar el fomes habitual, encender en plazas y calles moderadamente hogueras de leña olorosa.”

[…]

“Las casas donde hubo contagiados y quien hubiere de entrar en ellas, al efecto se prevenga con un lienzo o esponja mojado en vinagre aguado o alguna agua olorosa, que aplicara el olfato, abiertas puertas y ventanas […] y quienes entren o salgan, después se echarán perfumes de cosas aromáticas, y por ultimo sahumerios de pólvora, que es lo más eficaz para descontagiar y prevenir. Los aposentos, principalmente donde hubo contagiados, se picarán las paredes, suelo y techo […] hecho esto, se enlucirán o enjalbegarán con cal, y quedarán puertas y ventanas abiertas algunos días […] En los hospitales es más necesaria la atención, picando las paredes más hondo y multiplicando los sahumerios de pólvora.”

“Las sepulturas de contagiados no se abran, ni se entierren en ellas otros difuntos en mucho tiempo, y en las zanjas comunes y cementerios […] se eche una tercia o media vara de cal y arena”.

Afortunadamente las tornas estaban cambiando. Conforme avanzaban los días del mes de julio, el ambiente era cada vez más esperanzador. El día 10 cerraba sus puertas el Hospital de apestados en Triana y dos días más tarde se colocaron banderas de salud en el Hospital de la Sangre para celebrar que en los últimos días no entraban más de 4 o 5 enfermos. Éste último, cuyo cierre estaba previsto para las festividades de Santiago y Santa Ana (25 y 26 de julio) no pudo clausurarse por quedar aún en él algunos enfermos. Unos pocos días después, fueron trasladados a las salas de convalecencia, cerrándose definitivamente la sala de enfermería.

Durante todo el mes de agosto, comenzaron a manifestarse con más fuerza las señales de alivio. Así el día 22, se realizó procesión a la Catedral para visitar a la patrona, la Virgen de los Reyes, y dar gracias a Dios por traer la salud a Sevilla. Así siguieron las cosas durante lo que quedaba del verano y el otoño; aunque no fue hasta el día 21 de diciembre cuando se declaró oficialmente la salud de la ciudad.

[…]

Sin duda, esta epidemia de peste fue la mayor catástrofe que en toda su historia vivió la ciudad hispalense. La cifra total de muertos nunca llegaremos a conocerla con exactitud, pues la intensidad y la tragedia de los acontecimientos hacían imposible que pudiera llevarse a cabo una contabilidad precisa. La mortalidad de ambos hospitales fue bastante alta. Sólo en Triana fallecieron unas 12.000 personas, contabilizándose en el Hospital de la Sangre unas cantidades sorprendentes, hasta 22.900 fallecidos de los 26.700 que ingresaron. Como podemos comprobar, la mortalidad del contagio de 1599 queda muy alejada de las cifras de 1649: en Triana de 5.200 personas pasa a 12.000 y en la Macarena de 1.316 a los 22.900. Las conjeturas de los contemporáneos tendían a exagerar el número de víctimas. Si bien es verdad, que la magnitud de las perdidas fueron devastadoras. Ortiz de Zúñiga en sus Anales recogía que en tan solo un mes y medio habían fallecido más de 80.000 y que había días que se rebasaba la horrible cifra de 2.500 muertes. El autor de la Copiosa relación… apuntaba que era más fácil contabilizar a los vivos que a los muertos. En este libro, valiosísimo para la investigación de esta catástrofe epidémica, se recogen datos de las iglesias y comunidades. Por él se sabe que sólo de religiosos habían fallecido unos seis mil. Los cadáveres que fueron enterrados en el Prado de San Sebastián alcanzaban cifras en torno a los 23.000, sin que se tenga conocimiento de cuantos se depositaron en el resto de zanjas que se abrieron para dicho menester. Disponemos también de la mortalidad en dos collaciones, la de San Roque y la de Santa Cruz, con resultados muy distintos; aunque esos datos podrían explicarse por las diferencias de tamaño, localización y estatus social de los que habitaban en ellas. Si realizamos una estimación del número de víctimas mortales por casa, las diferencias apreciadas serían hasta de un doscientos por ciento.

[…]

Realmente, no existen datos ciertos acerca del número de fallecidos. Se han barajado cifras que elevaban la mortandad hasta las 200.000 personas. Actualmente se acepta que la cifra más probable de víctimas debió estar en alrededor de los 60.000 muertos, esto es en torno a la mitad del total de la población sevillana. Según Ortiz de Zúñiga:

[La epidemia de peste de 1649 fue el] “…más trágico suceso que ha tenido Sevilla y en que más experimentó cercana la muy miserable fatalidad de ser destruida”, [ya que], “quedó Sevilla con gran menoscabo de vecindad, si no sola, muy desacompañada, vacías gran multitud de casas, en que se fueron siguiendo ruinas en los años siguientes; […] todas las contribuciones públicas en gran baja; […] los gremios de tratos y fábricas quedaron sin artífices ni oficiales, los campos sin cultivadores […] y otra larga serie de males, reliquias de tan portentosa calamidad.

Entraron en el Hospital de la Sangre veinte seis mil y setecientos enfermos, dellos murieron veinte y dos mil y novecientos y los convalecientes no llegaron a quatro mil. De los Ministros que servían faltaron más de ochocientos. De los Médicos que entraron a curar en el discurso del contagio, de seis solo quedó uno. De los Cirujanos, de diez y nueve que entraron quedaron vivos tres. De cincuenta y seis Sangradores quedaron veinte y dos.”

[…]

Las secuelas de la peste no se limitan exclusivamente a la alta mortalidad ocasionada. El deterioro físico y psicológico de la población y las grandes pérdidas materiales y económicas merecen ser reseñados. A pesar del aumento de matrimonios tras la retirada del mal, comportamiento típico tras una epidemia para solventar la demografía y la soledad, y la relativa recuperación de los nacimientos, no fue suficiente para reponer el gran número de bajas que se habían producido.

Ésta sería la última epidemia de peste bubónica que padecería la ciudad. Pero su impacto fue tan grande que Juan de Valdés Leal (1622-1690), uno de los artistas sevillanos que sobrevivieron a la epidemia, crearía entre los años 1670 y 1672, para la Iglesia del Hospital de la Caridad sus dos obras más conocidas: In Ictu Oculi y Finis Gloriae Mundi.

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Otro artista famoso, el imaginero alcalaíno Juan Martínez Montañés (1568-1649), sería una de las víctimas de la peste.

Durante los siglos posteriores, la ciudad crecería en población y economía aunque muy lentamente. No sería hasta los años veinte del siglo pasado, con la Exposición Universal de 1929, cuando Sevilla crece a una velocidad vertiginosa, con gran cantidad de población rural que emigra a la urbe en busca de trabajo.

La Plaza de España, en Sevilla, lugar emblemático de la Exposición Universal de 1929

La Plaza de España, en Sevilla, lugar emblemático de la Exposición Universal de 1929

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Pero, tras finalizar aquella Exposición Universal, vuelve a caer la población en picado. Quedan núcleos extramuros en chabolas, sin alcantarillado, con un estado de salud similar al de la peste y donde van a reinar las enfermedades. No sería hasta finales de los cincuenta, y durante los sesenta y setenta, cuando se sientan las bases económicas de la que será la Sevilla del futuro, basada en el turismo (sobre todo el religioso) como principal motor económico, viviendo a día de hoy de un legado artístico -en gran parte- de aquella Sevilla próspera anterior a la peste. Cuando Sevilla entra realmente en el siglo XX es a raíz de la Exposición Universal de 1992, muchísimo más tarde que la mayoría de las principales ciudades españolas. No obstante, aquella Sevilla del siglo XVII, aquella ciudad esplendorosa, capital económica y una de las ciudades más importantes del mundo, nunca ha vuelto a ser lo que era, nunca ha llegado a recuperarse de la gran pérdida que sufrió con motivo de la peste de 1649.

Si bien es cierto que Sevilla, desde muchos siglos atrás ha sido una ciudad con gran religiosidad popular, el conocimiento de esta gran catástrofe nos ha hecho cuestionarnos cómo habría evolucionado en este aspecto la población si la epidemia de peste de 1649 no hubiera tenido lugar en la ciudad. ¿Se habría perdido ese fervor? ¿Seguiría tan encendido tal y como está en nuestros días? Probablemente la respuesta a ambas preguntas sea  que no; pero probablemente, la crueldad y el macabro escenario que en aquel año se vivieron y el gran auge religioso que por ello hubo, marcaron a sus habitantes logrando llegar a nuestros días.

Y más allá de Sevilla, si miramos al mundo global, a día de hoy aún existen ciudades e incluso países que están siendo devastados por las enfermedades. Véase el caso del Ébola como triste ejemplo. Hoy día, a pesar del paso de los siglos y de los avances técnicos sanitarios una enfermedad puede cambiar toda la estructura de una sociedad o cultura, a todos los niveles: económico, político, social, demográfico, cultural… Demostrando la historia que lo que cambia son las formas, pero no el concepto.


En fin, hasta aquí esta parte del Trabajo de Fin de Grado de la doctora (como médico que es ya) Laura Guerrero Vázquez. Para ella, con mi felicitación, una canción sobre su querida Sevilla que espero que le guste.

Una fotografía… curiosa

Una fotografía… curiosa

Buscando información sobre otro tema me he encontrado con una fotografía que, inmediatamente, he querido compartir porque me ha parecido interesante, sorprendente y muy muy curiosa… La fotografía pertenece al Banco de Imágenes de la Medicina Española, una magnífica aportación de la Real Academia Nacional de Medicina, con el propósito de que los usuarios que accedan a este servicio puedan “encontrar y visualizar material gráfico relacionado con la Historia de la Medicina española con fines de estudio privado, docencia e investigación”.

En la foto vemos al doctor César Juarros y Ortega (1879-1942), bien acompañado, mientras él, sentado a la mesa (mesita, más bien), contempla con pretendido interés una calavera.

El Dr. César Juarros y Ortega (1879-1942) en buena compañía

El Dr. César Juarros y Ortega (1879-1942) en buena compañía. Cortesía del Banco de Imágenes de la Medicina Española. Real Academia Nacional de Medicina

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Pero ¿quién era el doctor Juarros? Para responder, transcribo la semblanza biográfica que nos ofrece la propia Real Academia Nacional de Medicina, tomada de la obra Académicos Numerarios del Instituto de España (1938-2004), publicada en Madrid por el Instituto de España, el año 2005:

“Médico y Literato. Licenciado en Medicina y Cirugía (1903). Médico, con el número dos de las oposiciones, del Cuerpo de Sanidad Militar (1903). Como Médico Militar estuvo destinado en Africa durante la campaña de Marruecos y, una vez en la península, fue el principal promotor de la creación de los Servicios de Psiquiatría Militar, siendo posteriormente Profesor de Psiquiatría en la Academia de Sanidad Militar y Jefe de la Consulta y del Servicio de Neurología del Hospital Militar; Jefe de la Consulta de Enfermedades Nerviosas y Mentales del III Dispensario de la Cruz Roja; Profesor de Psiquiatría Forense durante quince cursos consecutivos en el Instituto Español Criminológico y Médico Director, por concurso, de la Escuela Central de Anormales. Galardonado con dos Cruces Blancas al Mérito Militar, con el Premio ‘Roel’ de la Sociedad Española de Higiene y ‘Gracias’ de R.O. por el Proyecto para la reforma psiquiátrica en España, Diploma de Gratitud de la Cruz Roja Española y Banda de la República (1936). Diputado por Madrid para las Cortes Constituyentes (1931). Fue un escritor distinguido, publicó más de un centenar de trabajos científicos, de divulgación, literatos[sic], novelas y traducciones que aparecieron ininterrumpidamente a partir de 1906. Ocupó el Sillón Nº 45 de la Real Academia Nacional de Medicina”, en la que ingresó el 7 de marzo de 1929 con un discurso titulado “Modos de ejercer bellamente la Medicina”.

Para quien le interese conocer algunos detalles más sobre don César Juarros y Ortega, le recomiendo que lea los artículos de Pedro Samblás Tilve y Mª Ángeles Tilve Jar, a los que se puede acceder pulsando sobre el nombre de los autores.

Diego Mateo Zapata (1664-1745): un médico en las cárceles de la Inquisición

Diego Mateo Zapata (1664-1745): un médico en las cárceles de la Inquisición

Durante los últimos años del siglo XVII ejercían en nuestro país numerosos y distintos tipos de profesionales sanitarios: médicos universitarios, médicos practicantes, cirujanos latinos, cirujanos-barberos, sangradores y flebotomistas, comadronas, topiqueros… junto a curanderos y charlatanes de diversa condición. Entre los médicos, sólo unos pocos estudiaban en las universidades, y eran los destinados -normalmente- a alcanzar mayor prestigio, a pesar del anquilosado galenismo escolástico que todavía regía su formación universitaria. La mayoría se formaban con la práctica, al lado de un maestro, y lo más que podían aspirar era a que sus conocimientos fueran “revalidados” por el Tribunal del Protomedicato, para lo cual era requisito indispensable “la limpieza de sangre”. Los cirujanos, en su mayor parte, no tenían otra formación que la que les daba la práctica y la experiencia. Lo mismo pasaba con los demás, aunque su nivel social era todavía más bajo. En cuanto a los pacientes: el que podía pagaba su asistencia y el que no tenía que ser atendido en los hospitales, dependientes de la caridad de la Iglesia, en su mayor parte, o del poder real. Para el médico, lo más conveniente, era ser contratado por los más pudientes, los principales del clero o la nobleza, y cuanto más alto estuviera el paciente en la jerarquía mejor, hasta culminar en la Casa Real. Sin embargo, precisamente durante el reinado de Carlos II surge un movimiento renovador que viene a cambiar los modos de entender la medicina. Lo encabezan los que con el tiempo serían llamados novatores, cuyas publicaciones son contestadas por los partidarios de mantener la tradición galénica y aristotélica, dando lugar a airadas polémicas que llegan, a veces, al insulto personal. Proliferan las “tertulias”, donde se expresa libremente fuera de la universidad el nuevo pensamiento científico que nos llegaba de Europa, y que serían la simiente de las futuras Reales Academias de Medicina, las que introducirían en España la mentalidad científica de la Ilustración.

Quería tratar sobre aquella época aunque desarrollar todo lo anterior sin extenderse demasiado no es fácil. En ello estaba, no obstante. ¡La ignorancia es atrevida! Pero surge entonces, entre la documentación que empezaba a abarrotar la mesa de trabajo y el disco duro del ordenador, la figura paradigmática de Diego Mateo Zapata (1664-1745), cuya vida transcurre prácticamente entre el inicio del reinado de Carlos II (1661-1700) y el final del de Felipe V (1683-1746), y cuya obra nos muestra buena parte de las características esenciales de la medicina de la época; en la cual, él mismo, desempeñó a menudo un papel protagonista. La decisión estaba tomada: esta entrada se dedicaría a la vida y obra de Diego Mateo Zapata (en apretado resumen, por supuesto, y prácticamente sólo hasta el cambio de siglo) salpimentándola con una anécdota de carácter sexual, para darle una pizca de morbo al asunto, y aliñándola con un somero relato de sus graves problemas con la Inquisición acusado de “marrano“.

Zapata nació en Murcia, el 1 de octubre de 1664, en el seno de una familia judeoconversa oriunda de Portugal. Era hijo de Clara Mercado, nacida también en Murcia, y de Francisco Zapata, que ejercía como escribano en esa ciudad y era natural de Alcalá la Real. Siendo muy niño, tuvo que ver como el Santo Oficio apresaba a su abuelo materno. Peor aún, cuando tenía catorce años, en 1678, fueron encarcelados sus padres y su tía Isabel, hermana de su madre. El proceso de su padre fue suspendido, pero Clara e Isabel fueron reconciliadas en un auto público de fe, en 1682, y su madre condenada a cárcel perpetua por judaizante (aunque, al parecer, más tarde fue liberada). Durante aquel tiempo horrible para su familia, el niño Diego Mateo Zapata, vivía en Murcia con otro tío suyo. En cuanto tuvo edad marchó a Valencia, para estudiar Filosofía. Allí estuvo tres años, y era tan pobre que acudía a los conventos a pedir limosna. Decidido a estudiar Medicina se fue a la Universidad de Alcalá, según declararía años más tarde, en uno de sus procesos, por haber oído “…que para los estudiantes pobres había más socorros en aquella ciudad”.(1)

Todo indica que Zapata no logró obtener siquiera el bachiller en Medicina, y no por falta de capacidad sino de recursos económicos. Lo cierto es que, en 1686, con veintidós años, llega a la Corte sin renunciar a ejercer la profesión que había elegido. En Madrid recibe la ayuda del doctor Francisco de la Cruz, de ascendencia judía, como él, y que con él sería detenido en su segundo proceso, en 1725. De la Cruz consiguió que Zapata fuera contratado en el Hospital General, donde obtuvo plaza como practicante de medicina. Para complementar sus ingresos impartía clases de filosofía a los cirujanos del Hospital, con quienes siempre mantuvo excelentes relaciones, a diferencia de lo que solía suceder con otros médicos de la época. Mucho le habrían de servir, para su ejercicio profesional posterior, aquellos años de trabajo en el Hospital, porque -sin duda- la experiencia adquirida le fue más útil que las clases que hubiera podido recibir en esa universidad que tuvo que abandonar.

Pero el joven Zapata quería progresar en aquella jerarquizada sociedad española de finales de siglo XVII. Lo tenía difícil, porque no podía examinarse ante el Tribunal del Protomedicato al no poder demostrar su “limpieza de sangre”, y eso le cerraba el paso a la que era la mayor aspiración de cualquier médico de la Corte, ser médico de la Casa Real. No obstante, se le ocurrieron dos maneras de subir peldaños en el escalafón social: una, mediante un matrimonio ventajoso; otra, ganándose el favor de quienes entonces tenían más poder en la medicina patria. Para lo primero, empezó a cortejar a la hija de don Juan de Escobar y Castro, “contador de su majestad y familiar del Santo Oficio”, a cuya casa acudía asiduamente a comer y cenar. La pareja se prometió, pero la mala fortuna vino a desbaratar los planes de boda de Zapata, en forma de impertinente afección cuya verdadera naturaleza no parece fácil precisar con exactitud. A finales del año 1688, el novio “…padeció una grave enfermedad, la cual terminó por sus partes naturales, fluyendo al escroto. Y viendo [que] se le iban mortificando sus partes, el día mismo de todos los santos se hizo junta de cirujanos en el Hospital General, donde éste asistía, y resolvieron que, para salvar el todo, se amputase alguna parte, y le amputaron el escroto, sin tocar el miembro viril.” Todavía enfermo, Diego Mateo Zapata convenció al capellán del Hospital de que lo desposara con Juana Luisa de Escobar. Mas el fiscal eclesiástico se negó a ratificar el matrimonio, por haberse llevado a cabo sin licencia del párroco. Para mayor complicación, el administrador general de los reales hospitales, don Juan Urbán y Rojas, manifestó públicamente sus dudas sobre si Zapata “era capaz para el uso del matrimonio” después de su enfermedad. Pero Zapata no desistió en su empeño e inició pleito ante el juez eclesiástico reclamando la validez de su unión. Como prueba, buscó afanosamente entre los profesionales de la medicina a quienes le pudieran declarar capacitado para consumar su matrimonio, y consiguió que Juan Serrano, “médico de familia de la Reina”, y Arias Silveira, también de origen portugués y converso como él, firmaran esa declaración. Al respecto, hablando sobre Zapata, se sabe que Arias Silveira llegó a afirmar: “es hombre inteligente y práctico, [pero] traénos mareados a los médicos sobre que declaremos que es potente y capaz de casarse no teniendo, como no tiene, miembro viril por tenerlo cortado, se funda para ello en este texto de Galeno […] homo sine membro generare potest.” Sin embargo, ya podía decir Galeno lo que dijese, porque, a pesar de su “autoridad”, no logró Zapata ratificar su casamiento, perdiendo así la posibilidad de emparentar con una familia de prestigioso apellido y, por tanto, uno de los medios más directos de alcanzar el reconocimiento social que tanto anhelaba.(2)

La opción del matrimonio ventajoso fracasó. Pero -como antes se ha dicho- no era esa la única estrategia que nuestro hombre había emprendido en su afán de progresar socialmente. Al mismo tiempo, puso el mayor empeño en agradar a quienes por entonces lideraban la medicina española, con el fin de que se le admitiera a examen ante el Tribunal del Protomedicato.

Sucedió que, en 1687, se publicó en Madrid el libro del valenciano Juan de Cabriada (c.1665-1714) Carta filosofica-medico-chymica. En que se demuestra que de los tiempos y experiencias se han aprendido los mejores remedios contra las enfermedades. Por la nova-antigua Medicina. Como señala Sarrión Mora:

“Por su contenido e influencia, esta obra puede considerarse como la primera exposición completa de las doctrinas y propósitos de quienes se preocupaban por la renovación científica en España. En ella Juan de Cabriada critica duramente la hasta entonces tan ensalzada autoridad de los antiguos, mantiene que es la experiencia el único criterio válido en el estudio de la naturaleza, recoge la teoría de la circulación de la sangre como uno de los más brillantes resultados de aplicar tal criterio y defiende abiertamente la utilización de medicamentos químicos. A raíz de la publicación de la Carta, se iniciaron fuertes polémicas entre los científicos tradicionalistas y los partidarios de la modernidad. El joven Diego Zapata no rehuyó tomar partido en estas controversias; muy ligado al bando tradicionalista, a la sombra del cual esperaba labrar su posición, protagonizó una de las disputas más famosas frente a un partidario de Cabriada, el veronés doctor Gazola.”

Portada de la obra de Juan de Cabriada Carta Filosófica-Médico-Chymica... (1687) Primera exposición completa de los principios y valores de los novatores

Portada de la obra de Juan de Cabriada Carta Filosófica-Médico-Chymica… (1687)
Primera exposición completa de los principios y valores de los novatores

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José Gazola había llegado a Madrid acompañando al embajador de Venecia y, en 1690, publicó una crítica de la medicina galenista bajo el título Entusiasmos médicos, políticos y astronómicos, en la que elogiaba la Carta de Juan de Cabriada. Inmediatamente, Diego Mateo Zapata escribió una dura respuesta […] con el pomposo título Verdadera apología en defensa de la medicina racional philosophica, y devida respuesta a los entusiasmos médicos, que publicó en esta Corte D. Joseph Gazola Veronense. Archisoplón de las Estrellas. En esta obra, Diego Zapata se muestra como el más fervoroso seguidor de las ideas tradicionales y ataca, hasta llegar al insulto, no sólo a Gazola, sino también a Juan de Cabriada, niega la eficacia de los medicamentos químicos y desprecia la teoría de la circulación de la sangre.”(3)

Poco pudieron durar los agasajos y parabienes que recibiera Diego Mateo Zapata de los auténticos instigadores de su folleto. Pardo Tomás, en El médico en la palestra, nos convence de que fueron los profesores de la universidad de Alcalá, con Henríquez de Villacorta -presidente del Real Protomedicato- a la cabeza, los galenistas más recalcitrantes, quienes le persuadieron para que tomara partido contra las nuevas ideas. Y él lo hizo con la esperanza de granjearse la voluntad de tan influyentes personajes, para obtener la licenciatura del Protomedicato.(4)

Una vez más volvían a desvanecerse sus aspiraciones, pero en esta ocasión, como volvería a suceder cerca de treinta y cinco años más tarde, por culpa del que sería el mayor obstáculo para una brillante carrera de Diego Mateo Zapata: su origen converso. El primer proceso se inició, en julio de 1691, cuando fue denunciado ante los inquisidores de Logroño por un estudiante de veinte años, Francisco Gabriel de Valenzuela, durante los interrogatorios a que éste fue sometido mientras era procesado como judaizante junto a otros miembros de su familia. Según Valenzuela, el ya citado Arias Silveira le había dicho que Zapata seguía, como ellos, la ley de Moisés, y que él mismo pudo comprobarlo después participando con ellos en algunos ritos.

Francisco de Goya (1746-1828).

Francisco de Goya (1746-1828). “Zapata tu gloria será eterna”
Grabado que representa a Diego Mateo Zapata (1664-1745) preso
en una celda de la Inquisición en Cuenca

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El 6 de diciembre de 1691 fue apresado Diego Mateo Zapata, aunque nadie más había testificado en su contra, y veinte días después fue trasladado a Cuenca para que lo procesaran los inquisidores de ese tribunal. La primera audiencia tuvo lugar el 5 de enero de 1692. Zapata negó las acusaciones que se le imputaban y elaboró una meticulosa defensa basada en tres puntos:

1. Siempre había seguido fielmente la fe católica y había evitado relacionarse con parientes (incluso su propio padre) y conocidos portugueses (cosa que no era cierta).
2. Sólo un testigo deponía en su contra, quien, además, le llamaba “Diego López Zapata” (como le llamaría Goya, cuando pintó su dibujo, y algunos románticos decimonónicos que lo convirtieron en mito como víctima de la cruel y absolutista Inquisición), demostrando con ello que lo conocía muy poco.
3. Por último, reconocía que su afán polemista le había llevado a labrarse muchas más enemistades que amistades, y decía:

“…generalmente no traté ni arguí con hombre alguno en la Corte con quien no lo desluciera y ajara de forma que no me malquistara con él y, en adelante, fuera mi enemigo que conmigo no trataba ni comunicaba, también me odiaba respecto que tenía por cosa cierta el que de mi boca no había hombre que supiese philosophía, medicina o theología (por saber yo algunas materias), y esto es público y notorio en la Corte”.(5)

Según Diego Mateo Zapata, fue especialmente odiado por “…los de la Facultad de Medicina por haberles tratado mal en argumentos y haber tomado mucha licencia en censurarlos diciendo, Fulano es un zote, Fulano no sabe lo que se hace; y, si había algunos papeles de la Facultad acerca de alguna enfermedad que ocurría, respondía a ellos y hablaba con mordacidad. Y de aquí presume que alguna persona le haya hecho algún mal.”(6)

Cuando Zapata concreta estas afirmaciones y nombra a quienes él pensaba que podían haber provocado su denuncia, por venganza, podemos comprobar su enfrentamiento con los principales promotores de la modernización de la ciencia en España. Sospechaba, en primer lugar, de Andrés Gámez, quien fue catedrático en las facultades de medicina de las universidades de Granada, Cagliari y Nápoles; y en 1691 era médico de cámara de Carlos II. Gámez siempre se mantuvo al día de los avances científicos de su época y, desde una posición originariamente galenista, fue evolucionando hacia posiciones cada vez más partidarias de las nuevas ideas. Publicó una obra titulada Ocios de un médico filósofo, a la que Zapata, con su desaforada mordacidad, contestó escribiendo A ocios blasfemos desvelos mordaces. Sospechaba de José Gazola, al que llamaba “veronense archisoplón de las estrellas”, con quien mantuvo la agria polémica antes mencionada. Sospechaba, por supuesto, de Juan de Cabriada porque, como él mismo decía “…en mi libro lo pongo de vuelta y media refutándole lo más que escribió en un libro que escribió”. Y sospechaba de Juan Bautista Juanini (nombre castellanizado de Giovanbattista Giovanini (1636-1691), médico milanés que estuvo muchos años al servicio de don Juan José de Austria, y que había publicado varios libros en los que ponía de manifiesto su crítica a los modelos tradicionales de la medicina, su defensa de la iatroquímica y sus modernos planteamientos a la hora de abordar las más diversas cuestiones, ya fueran anatómicas, terapéuticas o acerca de la higiene pública. López Piñero, uno de los maestros de nuestra Historia de la Medicina, gran estudioso de la vida y la obra del médico de Juan José de Austria, afirma:

Juanini contribuyó decisivamente a la renovación científica de la medicina española. Su Discurso [político phísico (1679)] fue el primer libro médico plenamente ‘moderno’ que se publicó en nuestro país. Muchas de las características del movimiento novator, iniciado ocho años después, se encuentran en él esbozadas, aunque no llegó a denunciar el atraso español tan dura y claramente como lo haría en 1687 Juan de Cabriada.”(7)

Ciertamente, Diego Mateo Zapata no acabó demasiado malparado en éste su primer encuentro personal con el Santo Oficio. El juicio fue suspendido y él pudo volver prácticamente impune a sus normales actividades. Regresó a Madrid. Participó activamente en las “tertulias” (también llamadas por algunos “academias”) científicas que, durante aquellos últimos años del siglo XVII proliferaban en la Corte gracias al mecenazgo de diversos nobles. Algunos de esos nobles fueron, también, pacientes suyos. Pero, poco más se sabe con certeza de él hasta que, de modo sorprendente, nos encontramos al antiguo galenista, tradicionalista radical, convertido en uno de los principales activistas del movimiento novator. En 1693, el médico sevillano, del Arahal, Juan Muñoz y Peralta (de familia judeoconversa, como él) funda la “Veneranda Tertulia Hispalense” (primer antecedente de la actual Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla). Zapata se une a la iniciativa de Muñoz Peralta, y se encarga de las gestiones en Madrid para constituir la “Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla“, de la que se le considera como uno de sus socios fundadores. Parece ser que fue Zapata quien se la presentó al rey, para que Carlos II, cinco meses antes de morir, firmara sus “Constituciones” el día 25 de mayo de 1700.

El año siguiente, 1701, ya bajo el reinado de Felipe V, por encargo de la Regia Sociedad hispalense, Diego Mateo Zapata, que se presenta como “Médico de los Eminentísimos Señores Cardenales Portocarrero y Borja”, publicó su Crisis médica, sobre el antimonio, y carta responsoria a la Regia Sociedad Médica de Sevilla, una de sus obras fundamentales, donde aboga -entre otras cosas- por el uso de los medicamentos “químicos”, a los que era contrarios los galenistas. Se puede leer en una edición digitalizada gracias a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Nacía así -podría decirse- un nuevo Diego Mateo Zapata, que se convertiría en adalid del movimiento novator y de la reforma de la enseñanza de la medicina en España. Aún le quedaba mucho por hacer en su larga vida, hasta su fallecimiento en Madrid el año 1745; mucho por publicar y polemizar; y mucho por sufrir. Esto último, sobre todo, en su segundo proceso por la Inquisición (1721-1725), que lo mantuvo en prisión casi cuatro años junto a sus amigos médicos y judeoconversos Juan Muñoz Peralta (que era médico de cámara de Felipe V desde 1700) y Francisco de la Cruz (el que le ayudó proporcionándole trabajo en el Hospital General, recién llegado a Madrid) que ya era mayor y murió en las cárceles del Santo Oficio antes de que concluyera su proceso… Pero esa ya será otra historia. Dejamos ésta aquí, que ya se ha hecho demasiado larga, en un momento trascendental para nuestro país, al poco de morir Carlos II

En este blog nos gusta añadir, de vez en cuando, una melodía que acompañe al texto. Esta vez, en homenaje a Diego Mateo Zapata y tantos que, como él, han sufrido persecución por motivos religiosos, lo haremos con una de las piezas más bellas de otro judeoconverso genial, el Adagietto de la Sinfonía número 5 de Gustav Mahler.

NOTAS
(1) Para todo lo que refiere a la biografía de Diego Mateo Zapata, mientras no se indique lo contrario, seguiremos a Adelina Sarrión, en: SARRIÓN MORA, A. (2006): Médicos e Inquisición en el siglo XVII. Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha: 58-75. [Disponible en: http://books.google.es/books/about/M%C3%A9dicos_e_inquisici%C3%B3n_en_el_siglo_XVII.html?id=AEOLjBhr_bQC; consultado el 15 de junio de 2015]. De ella tomamos los párrafos entrecomillados.
(2) Sobre la afectación genital de Zapata cabe añadir que, algún tiempo después, una criada suya reparó en que cuando se acostaba metía algo bajo la almohada, “era un canoncillo[sic] muy tomado que le pareció de plata y, como había oído decir era defectuoso de naturaleza, discurrió que aquel instrumento servía para orinar”. Por otra parte, los mismos médicos del Santo Oficio, cuando lo examinaron para averiguar si había sido circuncidado, declararon que había muchas cicatrices “y pérdida de mucha carne del miembro, más de la que pide la ceremonia”. (Cf.: Ibidem: 63).
(3) Ibidem: 62.
(4) V.: PARDO TOMÁS, J. (2004): El médico en la palestra. Diego Mateo Zapata (1664-1745) y la ciencia moderna en España. Salamanca, Junta de Castilla y León: 150-160.
(5) SARRIÓN MORA, A. (2006): Op. cit.: 65.
(6) Ibidem.
(7) LÓPEZ PIÑERO, J. M. (2006): “Juan Bautista Juanini: análisis químico de la contaminación del aire en Madrid (1679).” Rev. Esp. Salud Pública. 80, 2: 204 [Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/pdf/170/17080216.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].


BIBLIOGRAFÍA
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DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio (1963): “El proceso inquisitorial del doctor Diego Mateo Zapata”. Miscelánea de Estudios árabes y hebraicos. 11:81-90.
LÓPEZ PIÑERO, José María (1979): Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII. Barcelona, Labor: 392-433.
LÓPEZ PIÑERO, José María (2006): “Juan Bautista Juanini: análisis químico de la contaminación del aire en Madrid (1679)”. Rev. Esp. Salud Pública, 80, 2: 201-204. [Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/pdf/170/17080216.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
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PARDO TOMÁS, José (2004): El médico en la palestra. Diego Mateo Zapata (1664-1745) y la ciencia moderna en España. Salamanca, Junta de Castilla y León.
PARDO TOMÁS, José y MARTÍNEZ VIDAL, Álvar (2005): “Presencias y silencios. Biografías de médicos en el Antiguo Régimen”. Asclepio. 57, 1: 55-66. [Disponible en: http://www.ihmc.uv-csic.es/documentos/publicaciones/d68baf.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
PESET LLORCA, Vicente (1960): “El Doctor Zapata (1664-1745) y la renovación de la medicina en España. Apuntes para la historia de un movimiento cultural”. Archivo Iberoamericano de Historia de la Medicina y Antropología Médica. 12: 35-93.
RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, Rafael-Ángel (1999): “El tránsito de la medicina antigua a la moderna en España (1687-1727): Los principales protagonistas”. Thémata. Revista de Filosofía. 21: 167-195. [Disponible en: http://institucional.us.es/revistas/themata/21/07%20rodriguez.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
VILAR RAMÍREZ, Juan Bautista (1970):  “El Dr. Diego Mateo Zapata (1664-1745). Medicina y judaísmo en la España Moderna”. Murgetana, 34: 5-44. [Disponible en: http://www.regmurcia.com/docs/murgetana/N034/N034_001.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
VILAR RAMÍREZ, Juan Bautista (1971): “Zapata y San Nicolás de Murcia”. Murgetana, 37: 47-73. [Disponible en: http://www.regmurcia.com/docs/murgetana/N037/N037_004.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
ZAPATA, Diego Mateo (1701): Crisis médica sobre el antimonio y carta responsoria a Regia Sociedad Médica de Sevilla. [Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra/crisis-medica-sobre-el-antimonio-y-carta-responsoria-a-la-regia-sociedad-medica-de-sevilla–0/; consultado el 15 de junio de 2015].
ZAPATA, Diego Mateo (1691): Verdadera apología en defensa de la medicina racional philosophica, y devida respuesta a los entusiasmos médicos, que publicó en esta Corte D. Joseph Gazola Veronense. Archisoplón de las Estrellas. Madrid, por Antonio de Zafra. [Disponible en: http://books.google.com/books?id=w-1QTM1_6fUC&printsec=frontcover&dq=inauthor:%22Diego+Mateo+Zapata%22&hl=es&ei=sQa2TrvEDMyT8gOi45DtAQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=2&ved=0CDIQ6AEwAQ#v=onepage&q&f=false; consultado el 15 de junio de 2015].

La mala fama del doctor Guillotin

La mala fama del doctor Guillotin

La entrada anterior me hizo recordar a uno de los médicos más destacados en la Francia de Marat, cuyo apellido ha dado lugar al epónimo que denomina a la máquina de matar que llegó a convertirse en símbolo del terror revolucionario: el doctor Joseph Ignace Guillotin. Aunque, Guillotin, ni inventó, ni fabricó, ni murió decapitado por la guillotina, como algunos han asegurado.

Joseph Ignace Guillotin nació en Saintes (Francia) el 28 de mayo de 1738. Desde niño fue muy estudioso. Hay quien dice que su primera vocación fue religiosa. Otros afirman que se interesó por las artes y que llegó a dar clases de literatura en un colegio de Burdeos. Lo cierto es que estudió medicina, primero en Reims y luego en París, donde se graduó en 1770.

Como médico llegó a alcanzar una elevada reputación. “Cobraba caro las consultas en su consultorio de la Rue de la Bûcherie -afirma Eichenberg– pero fiel a sus preceptos humanitarios, atendía gratuitamente a los pobres en la parroquia de Saint Séverin.” En 1784 formó parte de la Comisión Real nombrada para estudiar el “magnetismo animal” o “mesmerismo” [por el apellido de su principal promotor, el médico alemán Franz Anton Mesmer (1734-1815)], que muchos consideraban una ofensa a la moral pública. Además de Guillotin, componían la Comisión prestigiosos científicos y políticos franceses, como Jean Sylvain Bailley, Jean d’Arcet o Antoine Laurent de Lavoisier, entre otros. Y, junto a ellos, el célebre norteamericano Benjamín Franklin. En sus conclusiones, la Comisión determinó que las “curas” de Mesmer eran reales, pero que no había evidencia de un “fluido magnético” -como sostenía el médico alemán- sino que se debían a la imaginación (hoy diríamos, más bien, a la sugestión). Años más tarde, Guillotin sería uno de los médicos que apoyaron en Francia la vacuna contra la viruela, de Edward Jenner (1749-1823); designándosele, en 1805, Presidente del Comité para la Vacunación en París.

Joseph Ignace Guillotin (1738-1814)

Joseph Ignace Guillotin (1738-1814). Museo Carnavalet, París

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Sin embargo, más que como médico, Guillotin ha pasado a la historia por su labor política. En concreto, por las propuestas que realizó como diputado relativas a la “humanización” de la pena capital en Francia. Guillotin era uno de los diez diputados que representaban a París en la Asamblea Nacional Constituyente, en 1789. En octubre de ese mismo año, cuando acababa de transformarse en Asamblea Legislativa, y en consonancia con el que se convertiría en lema de la República Francesa, “Liberté, Égalité, Fraternité“, ya propuso a la Asamblea que todos los condenados a muerte fueran decapitados por una máquina que asegurara su muerte de la forma menos dolorosa posible. Hasta entonces, la decapitación, mediante la espada o el hacha, era un privilegio reservado a los nobles. A los demás se les podía colgar, ahogar, desmembrar, mutilar, eventrar o quemar, entre otras barbaridades. Al parecer, solicitó también que las ejecuciones dejaran de ser públicas. Y se ha dicho, incluso, que era partidario de la abolición de la pena de muerte; aunque proponer dicha abolición, en aquellos tiempos, hubiera sido utópico. La verdad es que, en principio, no le hicieron el menor caso. Tuvo que insistir, y esperar hasta finales de 1791 la aprobación de la ley por la que todos los condenados a muerte en Francia debían ser decapitados, para “… que la pena de muerte fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”, y se ordenó la fabricación de una máquina para ello. Pero, Guillotin, no participó en su construcción.

Con diversos nombres, máquinas para decapitar habían existido antes y en distintos lugares. Alemania, Italia, Escocia, Persia… Incluso, en la antigua Roma, dicen que se utilizó un primitivo antecedente de la guillotina. Lo que hicieron los franceses fue perfeccionarla. Tres personas participaron fundamentalmente en su fabricación: el cirujano militar Antoine Louis, Secretario de la Academia de Cirugía, que aportó sus conocimientos científicos; el fabricante alemán de harpsicordios Tobías Schmidt, que presentó la oferta más económica al concurso publicado por la Asamblea francesa; y Charles Henri Sanson, el principal verdugo de París, un importante asesor, teniendo en cuenta su reconocida experiencia profesional. Las “mejoras” más significativas de esta nueva máquina para decapitar se basaban en la altura desde la que caía la cuchilla de acero y el elevado peso de ésta, que garantizaban una velocidad y fuerza adecuadas, además del ángulo de 45 grados de su borde, que facilitaba el “corte”. Al principio, llamaron a la máquina “Louisette” o “Louison“, no se sabe si por el nombre del cirujano Antoine Louis -como dicen unos- o “en honor” del Rey; aunque esos nombres no tuvieron éxito entre el pueblo, que prefirió llamarla guillotina.

La guillotina se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución Francesa

La guillotina se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución Francesa

El primer ejecutado en la guillotina no fue Luis XVI, sino un bandido llamado Nicolas Jacques Pelletier, el 27 de mayo de 1792. El último guillotinado en Francia fue Hamida Djandoubi, el 10 de septiembre de 1977. No me atrevo a dar cifras sobre la cantidad de personas guillotinadas en Francia y en otros países que adoptaron la guillotina para la ejecución de la pena de muerte. Han sido muchos miles. Por fortuna, Guillotin no fue uno de ellos. Aunque llegó a estar encarcelado, durante el “reinado del terror”, porque se había descubierto la carta de un noble -que sí fue guillotinado- encomendando al doctor el cuidado de su esposa e hijos, Guillotin fue liberado tras la caída política de Robespierre. Murió en su domicilio de París, el 25 de febrero de 1814, a consecuencia de una infección por carbunco en su hombro izquierdo.

Como dice Fernando Eichenberg:

“Definido como un hombre laborioso, austero, tímido, devoto, casto y honesto, defensor de la precisión de la formación y de la práctica de la medicina, el Dr. Guillotin falleció a los 76 años víctima de la indiferencia general y del disgusto por el uso abusivo de su creación. ‘Quiso terminar con el sufrimiento de los condenados a muerte y jamás imaginó que quedaría ante los ojos del pueblo como un sádico criminal en lugar de un benefactor de la humanidad. Víctima de la opinión pública, quedó convertido para siempre en el patrono de esta horrible máquina’, escribe Pigaillem. En la lectura del penegírico fúnebre, su amigo el médico Edmond-Claude Bouru destacó: ‘Infelizmente para nuestro colega, su moción filantrópica dio lugar a un instrumento al que el pueblo apodó con su nombre: prueba de que es difícil hacer el bien a los hombres sin que eso resulte en algún disgusto personal’.”

Curiosamente, por las mismas fechas en que se empezaba a utilizar la guillotina, el capitán de ingenieros Claude Joseph Rouget de Lisle, en Estrasburgo, compuso un himno patriótico que tituló Chant de guerre pour l’armée du Rhin. El 22 de junio de 1792, un joven oficial llamado François Mireur, médico, recientemente titulado en la Facultad de Medicina de Montpellier, que con el tiempo sería general del ejército en Egipto, se encontraba en Marsella encargado de preparar la marcha de los voluntarios de Montpellier y Marsella sobre París. Había oído el himno antes citado, y lo presentó a su gente con el título de Chant de guerre aux armées des frontières. La tropa lo aprendió y lo usaron como canción de marcha. Y así entraron en París el 30 de julio de 1792, entonando marcialmente el himno compuesto tres meses atrás por Rouget de Lisle. Los parisinos los acogieron con gran entusiasmo y bautizaron el cántico como La Marsellesa.

Jean-Paul Marat (1743-1793): médico y enfermo

Jean-Paul Marat (1743-1793): médico y enfermo

Pocos personajes históricos han provocado en su época amores y odios tan profundos como Jean-Paul Marat (1743-1793). Incluso ahora, más de dos siglos después de su muerte, cuesta referirse a él con la debida objetividad. Debo manifestar que el personaje de Marat no despierta en mí la menor simpatía; pero no puedo dejar de reconocer que la suya es una historia interesante desde el punto de vista médico.

Jean-Paul Marat nació en la comuna de Boudry, cantón de Neuchâtel, en la actual Suiza, el 24 de mayo de 1743. Era el mayor de nueve hermanos; hijos de Jean (antes Giovanni) Mara, un antiguo comendador mercedario de origen italiano, de Cerdeña, convertido al calvinismo, y Louise Cabrol, una ginebrina descendiente de hugonotes franceses. Jean-Paul añadiría más tarde la letra “t” a su apellido familiar, “Mara”, “… para dar a su nombre más apariencia francesa” [Wallis, 1916].

Con 16 años, tras la muerte de su madre, Marat se trasladó a Burdeos y dos años después a París, donde permanecería seis o siete años más. No se puede desechar la idea de que estudiara medicina durante su estancia en Burdeos y París, pero tampoco hay constancia de esos estudios ni de que obtuviera título alguno que le facultara para el ejercicio profesional. En realidad, el único título acreditativo de la formación médica de Marat que se conoce es un “doctorado” obtenido con la presentación de un trabajo sobre la gonorrea en la Universidad de Saint Andrews (Edimburgo), en 1775, cuando ya llevaba un buen número de años ejerciendo como médico, veterinario o barbero -según las circunstancias- en París, Londres, Edimburgo, Dublín y otras ciudades. El título completo de ese trabajo de “doctorado” [Bayon, 1945] era: An Essay on Gleets. The Defects of the Actual Method of Treating Those Complaints of the Urethra are Pointed Out, and Effectual Way of Curing Them Indicated.

Como investigador, aparte del ya citado sobre la gonorrea, sus trabajos de investigación se centraron, fundamentalmente, en el campo de la oftalmología. En 1775 publicó su Enquiry into the Nature, Cause and Cure of a Singular Disease of the Eyes. Aunque destacan sus ensayos científicos sobre el calor y el fuego, la luz y la electricidad. En 1782 publicó Recherches Physiques sur Electricité. En 1783: Recherches sur Electricité Medicate. Y en 1784: Notions Elementaires d’Optique. Del mismo modo que ocurrió en su faceta política, su obra científica le hizo granjearse tanto admiradores como detractores. Entre los primeros estaba Benjamín Franklin, que se interesó mucho por sus investigaciones y con el que llegó a entablar una buena amistad. Deseoso de ingresar en la prestigiosa Académie des Sciences, de París, presentó a la ilustre corporación académica sus publicaciones científicas, incluyendo la última, Memóires Académiques, ou Nouvelles Découvertes sur la Lumière (1788). Pero no fue aceptado. Se dice que la Academia obró así por haber tenido la “… osadía de disentir de Isaac Newton” y que Goethe, otro de sus buenos amigos, “… siempre consideró el rechazo de la academia [sic] como una clara muestra de despotismo científico.” Uno de los que más se señalaron oponiéndose al ingreso de Marat en la Academia fue el padre de la química, Antoine de Lavoisier. Años después, en 1791, Marat, el que tanto interés había tenido en ser académico, publicó Les Charlatans Modernes, ou Lettres sur le Charlatanisme Academique, y cuando fue dueño del poder suprimió la Academia y mandó guillotinar a Lavoisier.

En cuanto, a su práctica profesional -aparte de su posible desarrollo en Francia y por poco tiempo en Holanda, hasta 1766- se sabe con certeza que Marat ejerció la medicina, entre 1766 y 1776, en diversos lugares de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Pero su notoriedad profesional empezó a crecer tras su regreso a Francia; sobre todo, desde que “curó” una grave afección pulmonar (hay quien habla de tuberculosis) a la marquesa de L’Aubespine; aunque el medicamento que utilizó era “… poco más que tiza y agua” [Lipman Cohen y Lipman Cohen, 1958]. Todo indica que, entre Marat y la Marquesa, hubo algo más que una buena amistad. Pero el agradecido marido, además, presentó a Marat al conde d’Artois, el hermano menor de Luis XVI, quien llegaría a reinar con el nombre de Carlos X en 1824, en la Restauración. El conde d’Artois nombró a Marat, en 1777, médico de su guardia personal, con un salario de 2.000 libras anuales, y le abrió las puertas de las mejores casas de la aristocracia francesa, convirtiéndole en uno de los principales médicos de la Corte. Sin embargo, a pesar de la elevada posición social y económica que, como médico, había llegado a alcanzar, Jean-Paul Marat abandonó el ejercicio de la medicina en 1788 para dedicarse por entero a la política.

Jean-Paul Marat según un grabado de 1824 basado en el retrato de Joseph Boze, de 1793

Jean-Paul Marat según un grabado de 1824 basado en el retrato de Joseph Boze, de 1793

No hablaremos aquí del Marat político y revolucionario. Su obra es suficientemente conocida y, en todo caso, existe abundante información sobre la misma. Trataremos, en cambio, sobre otra cuestión desde hace tiempo ampliamente debatida: ¿Cuál fue la enfermedad o cuáles fueron las enfermedades que sufrió Marat?

Jaime Cerda, en un artículo publicado el año 2010 en la Revista Médica de Chile, escribe:

“El comienzo de su singular enfermedad se remontaría entre tres y cinco años antes de su muerte, no existiendo consenso entre los historiadores sobre su etiología. Jelinek (1979) describió la enfermedad de Marat como ‘una afección cutánea crónica y adquirida, afectándole en una edad media (45-50 años), la cual comenzó en la zona perineal, se expandió a la mayoría de su cuerpo, era intensamente pruriginosa, persistió durante largo tiempo y no demostró ser letal’. La enfermedad comenzó a agravarse, tornándose intensamente pruriginosa, comprometiendo su calidad de vida y forzándole a permanecer por largas horas sumergido en una bañera, cuyas aguas medicinales le proporcionaban algún alivio. La bañera tenía forma de zapato y le permitía trabajar y dialogar con diversas personas mientras se encontraba en su interior.”

Ya en vida de Marat; pero, sobre todo, desde principios del siglo XX hasta la actualidad, las hipótesis diagnósticas planteadas sobre su enfermedad de la piel han sido variadas, fiel reflejo de la incertidumbre existente respecto al diagnóstico real. El mismo Marat decía que la había contraído mientras se escondía bajo tierra -en tiempos difíciles para él- en sótanos y alcantarillas. Sus enemigos esparcieron el rumor de que se trataba de sífilis. Más adelante se apuntaron los diagnósticos de eczema (Cabanés, 1913), eczema liquenificado (Hart, 1924), escabiosis (Bayon, 1945) y dermatitis seborreica (Dale, 1952). Pero Little (1916), Scarlett (1930) y Jelinek (1979) coinciden en el diagnóstico más probable de dermatitis herpetiforme.

La dermatitis herpetiforme fue descrita por primera vez en 1884 -es decir, noventa y un años después de la muerte de Marat– por el dermatólogo norteamericano Louis Duhring (por eso se le conoce también como enfermedad de Duhring), “como una erupción en la piel caracterizada por la presencia de lesiones vésico-ampollosas agrupadas en un patrón herpetiforme…” [Armand Rodróguez et al., 2002]. La dermatitis herpetiforme no es una enfermedad contagiosa, por tanto, si Marat la tuvo, no la había contraído mientras se hallaba escondido en las alcantarillas, como pensaba él. Su etiología depende de factores genéticos e inmunológicos. Habría de transcurrir todavía casi un siglo más para que Marks asociara la dermatitis herpetiforme con anormalidades intestinales en 1966 y Frey, en 1973, demostrara los beneficios de una dieta libre de gluten en la evolución de la enfermedad; es decir, para que se pensara que la dermatitis herpetiforme es una enfermedad asociada con frecuencia a la enfermedad celíaca o celiaquía.

Por la clínica que han recogido los historiadores, se puede decir que es muy posible que Marat sufriera dermatitis herpetiforme; pero no se puede asegurar con certeza por la falta de pruebas bioquímicas, inmunológicas y anatomopatológicas. Más difícil es establecer el diagnóstico de celiaquía, aunque hoy sepamos que la dermatitis herpetiforme es una enfermedad frecuentemente asociada a ella (la presentan el 20% de los celíacos), por la ausencia de esas mismas pruebas, indispensables para establecer el diagnóstico.

Desde luego, si Marat padecía dermatitis herpetiforme y celiaquía, la dieta que seguía, sobre todo durante sus últimos años de vida, no podía hacer otra cosa que empeorar su estado. No por el café negro, que consumía continuamente, “más de veinte tazas al día”, sino -como cuentan Cabanés (1913) y Hart (1924), dos de sus biógrafos- porque “…estaba continuamente masticando galletas y dulces durante las sesiones de la Asamblea…”, siendo “…particularmente aficionado a un dulce de almendras” [Lipman Cohen y Lipman Cohen, 1958]. Quizás, por esta afición suya a los dulces, se ha dicho también que Marat pudo ser diabético; aunque esto tampoco se puede verificar [Bayon, 1945].

Se ha dicho también que “Marat sufría de insomnio y constantes dolores de cabeza, y esa era la razón por la que a menudo se le representa con un trozo de tela enrollada en la cabeza (como en el famoso cuadro de David o en el que se muestra más abajo, de Baudry], tela empapada en vinagre” [Wallis, 1916]. Aunque puede que la utilizara, simplemente, para aliviar el picor de la dermatitis herpetiforme en el cuero cabelludo, que no podía mantener sumergido en el agua de la bañera.

Jacques-Louis David (1748-1825). La muerte de Marat (1793). Óleo sobre lienzo. 165 x 128 cm. Museos Reales de bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

Jacques-Louis David (1748-1825). La muerte de Marat (1793). Óleo sobre lienzo. 165 x 128 cm. Museos Reales de bellas Artes de Bélgica. Bruselas.

Otro aspecto que se ha debatido bastante ha sido la posible relación causa-efecto entre la enfermedad de Marat y su temperamento violento (o viceversa), sin que tampoco exista consenso. Un psiquiatra norteamericano, Charles W. Burr, en 1919, dijo de él que era “…un ejemplo de paranoia de tipo político” [Bayon, 1945]. Pero, dejemos la palabra, otra vez, al Dr. Cerda:

“Posiblemente tanto las circunstancias históricas como su temperamento jugaron un rol, total o parcial, en la génesis de la enfermedad y ésta, a su vez, afectó su carácter. Si bien el temperamento característico de Marat es temporalmente anterior al desarrollo de su enfermedad, lo cierto es que el agravamiento de esta última coincidió con una intensificación del primero. Aparentemente el padecer de una patología cutánea crónica tiene consecuencias importantes sobre la personalidad. Además de Marat, otros personajes históricos de ideas revolucionarias tuvieron similares padecimientos; al respecto, Karl Marx (1818-1883) habría sufrido una invalidante hidradenitis supurativa, mientras que Josef Stalin (1879-1953) padecía de psoriasis. La disminución de la calidad de vida asociada a estas enfermedades posiblemente tuvo un efecto psicológico no despreciable en estos tres personajes, posiblemente ejerciendo alguna influencia en lo que fueron sus ideas y comportamiento. En palabras de Shuster, quien describiera la hidradenitis supurativa de Karl Marx, ‘la piel es un órgano de comunicación y sus trastornos producen gran distrés psicológico; genera rechazo y disgusto, depresión de la imagen corporal, del ánimo y del bienestar’.”

El 13 de julio de 1793, estando Marat en su bañera, recibió la visita de la joven Charlotte Corday, quien decía -según una de las versiones existentes- traer los nombres de algunos girondinos enemigos de la Revolución, que habían huido a la ciudad de Caen. Cuenta la historia que Marat apuntó sus nombres y afirmó que debían ser guillotinados, tras lo cual Corday extrajo un puñal y se lo clavó mortalmente a Marat.

Cabe añadir, como dato no mencionado habitualmente, que quien le prestó los primeros auxilios fue un dentista llamado Michon Delafondée, que ejercía en la misma casa donde vivía Marat; aunque nada pudo hacer para evitar su muerte [Wallis, 1916]. Por otra parte, en la autopsia realizada el día después de su muerte por el Cirujano Jefe del Hôpital de l’Unité, se apreció que el cuchillo de Charlotte Corday había penetrado por el espacio entre la primera y la segunda costillas del lado derecho, atravesando el pulmón, y había afectado a la aorta llegando hasta la aurícula izquierda del corazón. Pero se observó, también, que en el momento de su muerte, Marat ya sufría -probablemente, desde hacía tiempo- “pleuresía” en el pulmón derecho [Bayon, 1945]. Si Charlotte Corday no lo hubiera asesinado, es posible que Marat hubiera tardado poco en morir por su enfermedad pulmonar o en la guillotina como sus compañeros del triunvirato del terror, Dantón y Robespierre.

Al contrario de lo que me ocurre con Marat, no puedo evitar -sin aprobar ni justificar su crimen- sentir una sincera simpatía por Charlotte Corday. No creo que en mi código genético exista el más mínimo atisbo girondino. Puede que sea por la innata tendencia que muchos tenemos a ponernos de parte del más débil. O, quizás, simplemente, porque se trataba de una joven de 24 años que sacrificó su vida para salvar la de los suyos. No sé. Pero quiero dedicar el final de esta entrada a Charlotte Corday con un cuadro mucho menos conocido que el de Jacques Louis David sobre la muerte de Marat. El autor es Paul Baudry, un pintor del academicismo francés del siglo XIX. Y ella es la protagonista.

Paul Baudry (1828-1886). El asesinato de Marat / Charlotte Corday (1860). Óleo sobre lienzo. 203 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes

Paul Baudry (1828-1886). El asesinato de Marat / Charlotte Corday (1860). Óleo sobre lienzo. 203 x 154 cm. Museo de Bellas Artes de Nantes

BIBLIOGRAFÍA
ARMAND RODRÍGUEZ, B. et al. (2002): “Dermatitis herpetiforme”. [Disponible en: http://singluten.files.wordpress.com/2007/04/dermatitis-herpetiforme.pdf; consultado 1 mayo 2015].

BAYON, H.P. (1945): “The Medical Career of Jean-Paul Marat”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2181792/pdf/procrsmed00552-0114.pdf; consultado 1 mayo 2015].

CERDA, J. (2010): “Jean Paul Marat. Médico, científico y revolucionario”. [Disponible en: http://www.scielo.cl/pdf/rmc/v138n1/art18.pdf; consultado 1 mayo 2015].

LIPMAN COHEN, B.A. y LIPMAN COHEN, M.A. (1958): “Doctor Marat an his Skin”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1034419/pdf/medhist00181-0051.pdf; consultado 1 mayo 2015].

MARAT in England (1893): “Marat in England”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2402611/ consultado 1 mayo 2015].

VERGARA HERNÁNDEZ, J. y VERGARA DÍAZ, M.A. (2009): “Enfermedad celíaca”. [Disponible en: http://www.fisterra.com/guias2/celiaca.asp; consultado 1 mayo 2015].

WALLIS C.E. (1916): “Marat”. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2017701/pdf/procrsmed00745-0120.pdf; consultado 1 mayo 2015].

David “curando” a Saúl con música

David “curando” a Saúl con música

La referencia histórica más antigua que conozco sobre el uso terapéutico de la música se encuentra en la Biblia, en el Primer Libro de Samuel:

El espíritu del Señor se retiró de Saúl. Y un mal espíritu comenzó a atormentarlo por mandato del Señor. Los servidores de Saúl le dijeron: “Vemos cómo te está atormentando un mal espíritu de Dios. Ordene nuestro señor a sus servidores buscar un hombre que sepa tañer la cítara. Y cuando venga sobre ti el mal espíritu de Dios, tañerá con su mano y te vendrá bien”.
Saúl ordenó a sus servidores: “Buscadme un hombre diestro en el tañer y traédmelo”. Uno de los criados dijo: “Conozco a un hijo de Jesé, el de Belén, que sabe tañer; además es fuerte, valiente y hombre de guerra, juicioso en el hablar y de buena presencia. El Señor está con él”.

[Saúl hizo que trayeran a David junto a él]

Y cuando venía el espíritu de Dios sobre Saúl, cogía David la cítara y tañía con su mano. Saúl se calmaba, quedaba tranquilo y el mal espíritu se retiraba de él.

1Sam 16: 14-18 y 23

El sueco Ernst Josephson pintó al joven David tañendo su cítara (mejor dicho su arpa, que es el instrumento músical que habitualmente se menciona y se pinta) para librar al rey Saúl del “mal espíritu” que le atormentaba.

Ernst Josephson (1851-1906). "David y Saúl" (1878). Museo Nacional de Estocolmo

Ernst Josephson (1851-1906). “David y Saúl” (1878). Museo Nacional de Estocolmo

El Libro de Samuel se escribió -según parece- en el siglo X a.C., cuando la medicina no era ciencia ni técnica sino magia o religión. Nunca podremos saber si ese espíritu maligno que tanto hacía sufrir primer rey de Israel era una enfermedad física o psíquica. Lo cierto es que la historia de Saúl, el primer rey de Israel, y David, el pastor de Belén, de la tribu de Judá, que le sucedería en el trono, no sólo es de gran interés para la historia de las religiones sino que nos ofrece también el primer testimonio conocido para la historia de la musicoterapia.

De todas las representaciones artísticas que nos muestran a David tocando el arpa ante Saúl, mi preferida es la que hemos visto. No sé si, en la angustiosa imagen de ese rey Saúl, se puede ver la propia enfermadad del pintor. Josephson decía haber entrado en contacto con los espíritus y fue diagnosticado de ezquizofrenia. Pero existen otras muchas, algunas de las cuales se muestran a continuación:

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). "Saúl y David" (1629)

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). “Saúl y David” (1629)

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). "Saúl y David"

Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669). “Saúl y David”

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Erasmus Quellinus II (1607-1668). “Saúl escuchando a David tañendo el arpa” (c.1635). Museo de Bellas Artes de Budapest

 

Giovanni Battista Spinelli (fl.1630-1660). "David calmando la angustia de Saúl con su arpa"

Giovanni Battista Spinelli (fl.1630-1660). “David calmando la angustia de Saúl con su arpa”

Mattia Preti (1613-1699). "David tañendo el arpa ante Saúl" (c.1670). Colección particular

Mattia Preti (1613-1699). “David tañendo el arpa ante Saúl” (c.1670). Colección particular

Discípulo de Franz Wulfhagen (finales del siglo XVII). "David tañendo el arpa ante Saúl"

Discípulo de Franz Wulfhagen (finales del siglo XVII). “David tañendo el arpa ante Saúl”

Christian Gottlieb Schick (1776-1812). "David tañendo su arpa ante Saúl"

Christian Gottlieb Schick (1776-1812). “David tañendo su arpa ante Saúl”

Philippe Chery David y Saúl 1808 Musée de Soissons

Philippe Chery (1759-1838). “David y Saúl” (1808). Museo de Soissons (Francia)

 

Ivan Ivanovich Tvorozhnikov (1848-1919). "David tañendo el arpa ante Saúl". Colección particular

Ivan Ivanovich Tvorozhnikov (1848-1919). “David tañendo el arpa ante Saúl”. Colección particular

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Julius Kronberg (1850-1921). David y Saúl (1885). Museo Nacional de Estocolmo

 

 

Felix Platter

Felix Platter

En la entrada anterior se mencionaba a un médico suizo, Felix Platter, que narraba como Enrique IV, en París, llevaba a cabo la ceremonia del “toque real” para la curación de la escrófula. La figura de ese médico era entonces absolutamente desconocida para mí. Cuando esto ocurre, la curiosidad me lleva a intentar saber más… Y no es mucho; pero algo se puede decir ahora sobre él, además de reproducir algunas de las imágenes que del mismo se encuentran en Internet.

Felix Platter (o Plater) nació el 28 de octubre de 1536 en Basilea -la tercera ciudad más importante de Suiza, al menos en la actualidad, aunque probablemente también en su época- cerca de las fronteras con Francia y Alemania, y murió en la misma ciudad el 28 de julio de 1614. Su padre era el humanista Thomas Platter, maestro en varias lenguas (Latín, Griego y Hebreo, entre otras), teórico protestante y asesor político. Su medio hermano menor, conocido como Thomas Platter el Joven, también fue médico; aunque más que por su profesión se le recuerda como autor de un “Diario” escrito entre 1595 y 1600, que es, prácticamente, un antecedente de los libros de viajes, en el que cuenta su vida como estudiante de Medicina en Montpellier y sus posteriores viajes por Francia, España, Flandes e Inglaterra. Precisamente una de las anécdotas más citadas de ese libro es que allí en Inglaterra -y en compañía de su hermano mayor, por cierto- asistieron a la representación de Julio Cesar, en el teatro The Globe, por William Shakespeare, el 21 de septiembre de 1599 “a las dos en punto”… lo cual, al parecer, ha servido a los estudiosos shakesperianos para datar esta obra.

Felix Platter estudió Medicina entre 1552 y 1557 en Montpellier, donde fue discípulo de Guillaume Rondelet, que daba gran importancia a la formación en Anatomía y Botánica. Al finalizar sus estudios en la Facultad francesa volvió a Basilea para establecer su consulta. Pronto adquirió gran prestigio profesional y fue nombrado profesor de la Facultad de Medicina y arquiatra (es decir, médico principal) de la ciudad.

Felix Platter sentado en una mesa sobre la que se ven diversos instrumentos anatómicos, junto a otros dos caballeros desconocidos, y sobre las figuras de Hipócrates y Galeno. Grabado de 1656. (C) Wellcome Images. Wellcome Library. Londres

Felix Platter sentado en una mesa sobre la que se ven diversos instrumentos anatómicos, junto a otros dos caballeros desconocidos, y sobre las figuras de Hipócrates y Galeno. Grabado de 1656. (C) Wellcome Images. Wellcome Library. Londres

Entre sus investigaciones anatómicas destacan la primera descripción de un tumor intracraneal, un meningioma, y la descripción de la contractura de la enfermedad de Dupuytren, en 1614, antes que Henry Cline con su discípulo Astley Cooper identificaran la fascia palmar como causa de la misma, en 1777, y el propio Guillaume Dupuytren describiera la enfermedad que lleva su nombre, en 1831. Sobre este tema nos habla el Profesor Fresquet en su artículo “Guillaume Dupuytren (1777-1835)“, cuya lectura recomiendo.

Grabado de Abel Stimmer, fechado en 1578, que representa al médico Felix Platter

Grabado de Abel Stimmer, fechado en 1578, que representa al médico Felix Platter

Koelbing habla del interés de Felix Platter por la oftalmología; pero de su artículo no he podido leer más que el abstract. También se le atribuye una clasificación de las enfermedades psiquiátricas que muestra su interés por la patología mental. En la web de OCD History tenemos un ejemplo de ello, con un texto sobre la “melancolía“.

Cabe añadir, finalmente, la permanente dedicación de Felix Platter, siguiendo a Rondelet, su maestro en Montpellier, a los estudios botánicos. Seguramente ésta sea la razón por la que el pintor Hans Bock der Ältere le retrató en 1584 junto a diversos frutos y una planta.

Hans Bock der Ältere (c.1550-1623/1624). Retrato al óleo del médico Felix Platter fechado en 1584. Universidad de Basilea

Hans Bock der Ältere (c.1550-1623/1624). Retrato al óleo del médico Felix Platter fechado en 1584. Universidad de Basilea

El “toque real” en el tratamiento de la escrófula

El “toque real” en el tratamiento de la escrófula

Según el Profesor Reverte Coma: “La escrófula o adenopatía tuberculosa, era una afección […] crónica, frecuente en la Edad Media que supuraba frecuentemente produciendo un olor fétido, ulceraciones y deformaciones del cuello lo que daban un aspecto repugnante al enfermo.” En Francia, esta enfermedad recibía el nombre de Mal du Roi, y en Inglaterra se le llamaba King’s Evil, denominaciones que tienen su origen en la capacidad taumatúrgica atribuida a ciertos monarcas: el poder de curar imponiendo sus reales manos a los enfermos.

La curación de la escrófula mediante el “toque de mano del rey” o “toque real” nace en Francia, a finales del siglo V. Se dice que Clodoveo I, rey de Francia entre los años 481 y 511, tenía un paje favorito al que amaba tiernamente, cuyo nombre era León. El joven enfermó de escrófula y al rey le dolía ver sufrir a su favorito. Pero una noche se le apareció un ángel que le dijo estas palabras: “Para curar a tu paje favorito, todo lo que tienes que hacer es tocarle el cuello con tus santas y reales manos mientras dices ‘Yo te curo y Dios te cura’.” Clodoveo siguió las indicaciones del ángel y León se curó de la escrófula.

También Isabel I de Inglaterra, “La Reina Virgen”, practicó el “toque real”. Aunque ella era muy mirada y sólo aplicaba su real “tratamiento” a aquellos enfermos a quienes los médicos habían examinado y diagnosticado la enfermedad.

Entre los grandes “tocadores” de Francia tenemos que citar al rey Enrique IV. Un médico suizo que visitó París por entonces, Felix Platter, pudo observar personalmente el espectáculo y dejó la siguiente descripción de lo que había visto:

“El Rey asistió a misa en Notre Dame, acompañado por el Duque de Saboya y vitoreado por el pueblo, que a su paso gritaba, ‘Vive le Roi’. Al terminar la misa el Rey regresó al palacio de Louvre donde lo esperaban más de cien enfermos. Tan pronto como el Rey entró en la sala los enfermos se arrodillaron formando un círculo. El Rey fue de uno a otro, tocándoles con el pulgar y el índice la barba y la nariz, y después ambas mejillas con los mismos dedos de modo [que hacía] el signo de la cruz, y diciendo con el primer signo ‘El Rey te toca’, y con el segundo ‘Dios te cura’. El Rey hacía después la señal de la cruz frente a la cara de cada paciente y su tesorero, que le acompañaba, le daba a cada paciente cinco centavos […] todos los enfermos tenían grandes esperanzas de ser curados por el ‘toque real’… [Y, al menos, se llevaban la limosna]. Se decía que cuando el ‘toque del rey’ no curaba era porque el rey no era legítimo, ya que Dios solo les concedía a los verdaderos soberanos el don de curar a todos.”

Enrique IV tocando a 575 enfermos en Reims duriante la Semana Santa de 1606. Grabado de Pierre Firrens

Enrique IV tocando a 575 enfermos en Reims duriante la Semana Santa de 1606. Grabado de Pierre Firrens

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Según el mismo Platter indicaba, el monarca practicaba la ceremonia cuatro veces al año (por Pascua, Pentecostés, Todos los Santos y Navidad), y en algunas ocasiones llegó a tocar en un solo día a más de mil quinientos enfermos. Lo mismo se comentaría casi un siglo después sobre Luis XIV, “el Rey Sol”, máximo representante de la monarquía absoluta, del que se dijo que en el Domingo de Pascua de 1686 alcanzó a tocar a mil setecientos individuos. La tradición se mantuvo hasta los prolegómenos de la Revolución francesa, pues fue aceptada hasta por el decapitado Luis XVI. En España, por cierto, no fue asumida con tanta credulidad la supuesta capacidad taumatúrgica de la corona y nunca se llevó a cabo esta práctica.

No ha quedado constancia -que yo sepa, salvo en el caso de Clodoveo y su paje León– de los resultados obtenidos con tan peculiar tratamiento. Aunque -ciertamente- la escrófula raramente es mortal y remite espontáneamente con relativa frecuencia, lo que facilitaba que se pudiera atribuir su curación a la intervención real (más allá de los posibles efectos de la curación por la fe). Eran otros tiempos… Tiempos de monarquía absoluta en los que el soberano ejercía el poder por “derecho divino”. La Medicina, la Religión y la Política han cambiado mucho. Pero, no he podido dejar de pensar, mientras escribía, en los médicos que en la actualidad se ven obligados a trabajar sometidos a una enorme presión asistencial, atendiendo consultas masificadas… y no imponiendo las manos sino aplicando el método científico.