La mala fama del doctor Guillotin

La mala fama del doctor Guillotin

La entrada anterior me hizo recordar a uno de los médicos más destacados en la Francia de Marat, cuyo apellido ha dado lugar al epónimo que denomina a la máquina de matar que llegó a convertirse en símbolo del terror revolucionario: el doctor Joseph Ignace Guillotin. Aunque, Guillotin, ni inventó, ni fabricó, ni murió decapitado por la guillotina, como algunos han asegurado.

Joseph Ignace Guillotin nació en Saintes (Francia) el 28 de mayo de 1738. Desde niño fue muy estudioso. Hay quien dice que su primera vocación fue religiosa. Otros afirman que se interesó por las artes y que llegó a dar clases de literatura en un colegio de Burdeos. Lo cierto es que estudió medicina, primero en Reims y luego en París, donde se graduó en 1770.

Como médico llegó a alcanzar una elevada reputación. “Cobraba caro las consultas en su consultorio de la Rue de la Bûcherie -afirma Eichenberg– pero fiel a sus preceptos humanitarios, atendía gratuitamente a los pobres en la parroquia de Saint Séverin.” En 1784 formó parte de la Comisión Real nombrada para estudiar el “magnetismo animal” o “mesmerismo” [por el apellido de su principal promotor, el médico alemán Franz Anton Mesmer (1734-1815)], que muchos consideraban una ofensa a la moral pública. Además de Guillotin, componían la Comisión prestigiosos científicos y políticos franceses, como Jean Sylvain Bailley, Jean d’Arcet o Antoine Laurent de Lavoisier, entre otros. Y, junto a ellos, el célebre norteamericano Benjamín Franklin. En sus conclusiones, la Comisión determinó que las “curas” de Mesmer eran reales, pero que no había evidencia de un “fluido magnético” -como sostenía el médico alemán- sino que se debían a la imaginación (hoy diríamos, más bien, a la sugestión). Años más tarde, Guillotin sería uno de los médicos que apoyaron en Francia la vacuna contra la viruela, de Edward Jenner (1749-1823); designándosele, en 1805, Presidente del Comité para la Vacunación en París.

Joseph Ignace Guillotin (1738-1814)

Joseph Ignace Guillotin (1738-1814). Museo Carnavalet, París

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Sin embargo, más que como médico, Guillotin ha pasado a la historia por su labor política. En concreto, por las propuestas que realizó como diputado relativas a la “humanización” de la pena capital en Francia. Guillotin era uno de los diez diputados que representaban a París en la Asamblea Nacional Constituyente, en 1789. En octubre de ese mismo año, cuando acababa de transformarse en Asamblea Legislativa, y en consonancia con el que se convertiría en lema de la República Francesa, “Liberté, Égalité, Fraternité“, ya propuso a la Asamblea que todos los condenados a muerte fueran decapitados por una máquina que asegurara su muerte de la forma menos dolorosa posible. Hasta entonces, la decapitación, mediante la espada o el hacha, era un privilegio reservado a los nobles. A los demás se les podía colgar, ahogar, desmembrar, mutilar, eventrar o quemar, entre otras barbaridades. Al parecer, solicitó también que las ejecuciones dejaran de ser públicas. Y se ha dicho, incluso, que era partidario de la abolición de la pena de muerte; aunque proponer dicha abolición, en aquellos tiempos, hubiera sido utópico. La verdad es que, en principio, no le hicieron el menor caso. Tuvo que insistir, y esperar hasta finales de 1791 la aprobación de la ley por la que todos los condenados a muerte en Francia debían ser decapitados, para “… que la pena de muerte fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”, y se ordenó la fabricación de una máquina para ello. Pero, Guillotin, no participó en su construcción.

Con diversos nombres, máquinas para decapitar habían existido antes y en distintos lugares. Alemania, Italia, Escocia, Persia… Incluso, en la antigua Roma, dicen que se utilizó un primitivo antecedente de la guillotina. Lo que hicieron los franceses fue perfeccionarla. Tres personas participaron fundamentalmente en su fabricación: el cirujano militar Antoine Louis, Secretario de la Academia de Cirugía, que aportó sus conocimientos científicos; el fabricante alemán de harpsicordios Tobías Schmidt, que presentó la oferta más económica al concurso publicado por la Asamblea francesa; y Charles Henri Sanson, el principal verdugo de París, un importante asesor, teniendo en cuenta su reconocida experiencia profesional. Las “mejoras” más significativas de esta nueva máquina para decapitar se basaban en la altura desde la que caía la cuchilla de acero y el elevado peso de ésta, que garantizaban una velocidad y fuerza adecuadas, además del ángulo de 45 grados de su borde, que facilitaba el “corte”. Al principio, llamaron a la máquina “Louisette” o “Louison“, no se sabe si por el nombre del cirujano Antoine Louis -como dicen unos- o “en honor” del Rey; aunque esos nombres no tuvieron éxito entre el pueblo, que prefirió llamarla guillotina.

La guillotina se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución Francesa

La guillotina se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución Francesa

El primer ejecutado en la guillotina no fue Luis XVI, sino un bandido llamado Nicolas Jacques Pelletier, el 27 de mayo de 1792. El último guillotinado en Francia fue Hamida Djandoubi, el 10 de septiembre de 1977. No me atrevo a dar cifras sobre la cantidad de personas guillotinadas en Francia y en otros países que adoptaron la guillotina para la ejecución de la pena de muerte. Han sido muchos miles. Por fortuna, Guillotin no fue uno de ellos. Aunque llegó a estar encarcelado, durante el “reinado del terror”, porque se había descubierto la carta de un noble -que sí fue guillotinado- encomendando al doctor el cuidado de su esposa e hijos, Guillotin fue liberado tras la caída política de Robespierre. Murió en su domicilio de París, el 25 de febrero de 1814, a consecuencia de una infección por carbunco en su hombro izquierdo.

Como dice Fernando Eichenberg:

“Definido como un hombre laborioso, austero, tímido, devoto, casto y honesto, defensor de la precisión de la formación y de la práctica de la medicina, el Dr. Guillotin falleció a los 76 años víctima de la indiferencia general y del disgusto por el uso abusivo de su creación. ‘Quiso terminar con el sufrimiento de los condenados a muerte y jamás imaginó que quedaría ante los ojos del pueblo como un sádico criminal en lugar de un benefactor de la humanidad. Víctima de la opinión pública, quedó convertido para siempre en el patrono de esta horrible máquina’, escribe Pigaillem. En la lectura del penegírico fúnebre, su amigo el médico Edmond-Claude Bouru destacó: ‘Infelizmente para nuestro colega, su moción filantrópica dio lugar a un instrumento al que el pueblo apodó con su nombre: prueba de que es difícil hacer el bien a los hombres sin que eso resulte en algún disgusto personal’.”

Curiosamente, por las mismas fechas en que se empezaba a utilizar la guillotina, el capitán de ingenieros Claude Joseph Rouget de Lisle, en Estrasburgo, compuso un himno patriótico que tituló Chant de guerre pour l’armée du Rhin. El 22 de junio de 1792, un joven oficial llamado François Mireur, médico, recientemente titulado en la Facultad de Medicina de Montpellier, que con el tiempo sería general del ejército en Egipto, se encontraba en Marsella encargado de preparar la marcha de los voluntarios de Montpellier y Marsella sobre París. Había oído el himno antes citado, y lo presentó a su gente con el título de Chant de guerre aux armées des frontières. La tropa lo aprendió y lo usaron como canción de marcha. Y así entraron en París el 30 de julio de 1792, entonando marcialmente el himno compuesto tres meses atrás por Rouget de Lisle. Los parisinos los acogieron con gran entusiasmo y bautizaron el cántico como La Marsellesa.

El Niño Jesús de Andrea Mantegna (Accademia Carrara)

El Niño Jesús de Andrea Mantegna (Accademia Carrara)

Dicen que el médico británico John Langdon Haydon Down (1828-1896) se extrañaba de qué nadie hubiera descrito antes que él, en 1866, la anomalía que actualmente se conoce con su epónimo. ¡Claro! En su época no había Internet, que hoy nos permite volar –más que navegar- por una cantidad de información imposible de abarcar. Ni siquiera John Shaw Billings (1838-1913) había creado todavía la National Library of Medicine, ni se publicaba el famoso Index Medicus, nacido en 1879, la primera gran base de datos de publicaciones científicas, el origen de MEDLINE y PubMed. Down no sabía que el francés Jean-Étienne Dominique Esquirol (1772-1840), uno de los fundadores de la psiquiatría, ya lo había hecho –aunque no con tanto detalle como él- en 1838. Ni que otro francés, Édouard Seguin (1812-1880) pionero también entre los médicos europeos que emigraron a los Estados Unidos de América para desarrollar allí su ejercicio profesional, ya había hablado de ello en 1846. Aunque no sería hasta una fecha mucho más reciente, en el año 1959, cuando otro francés más, el médico genetista Jérôme Lejeune (1926-1994) y su equipo descubrieran la alteración cromosómica que produce la Trisomía 21.

En su “Observations on an Ethnic Classification of Idiots”, un artículo publicado el año 1866 en la revista London Hospital Reports, Down, reconocido seguidor de las teorías darwinianas, establece una clasificación de las personas con retraso mental en función de sus características étnicas. Entre las categorías propuestas, la que se hizo más popular fue la que él denominó “idiocia mongoloide”, por las similitudes faciales con las razas nómadas del interior de Mongolia. Y, al describir los rasgos de la cara de los niños incluidos dentro dicha categoría, entre otras cosas, escribía: “El pelo no es negro, como el de los mongoles auténticos, sino de un color oscuro, lacio y escaso. El rostro es aplastado y ancho y carente de prominencias. […] Los ojos están colocados de forma oblicua […] La hendidura palpebral es muy estrecha. […] La nariz es pequeña…”[1]

Pero, si Down no conocía los trabajos de Esquirol o Seguin, menos aún podía suponer que, a lo largo de la historia, los artistas habían representado en numerosas ocasiones a niños que, posiblemente, estaban afectados por el síndrome que lleva su nombre: sobre todo porque, hasta hace poco, tampoco se le había prestado demasiada atención al asunto. El año pasado por estas fechas les felicitaba la Navidad con una pintura de principios del siglo XVI, obra de un desconocido discípulo del pintor flamenco Jan Joest van Kalkar (c.1455-1519), conocida como La Adoración del Niño Jesús (c.1515), que se encuentra en la actualidad en el Metropolitan Museum of Art, de Nueva York.

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Discípulo de Jan Joest van Kalkar. La Adoración del Niño Jesús (c.1515). Óleo sobre tabla, 104,1 x 71,8 cm. The Metropolitan Museum of Art. Nueva York

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El cuadro se menciona en las revistas médicas por primera vez –que sepamos- en el año 2003, en un artículo publicado por Levitas y Reid[2] en el American Journal of Medical Genetics, y en otro de Dobson[3] en el British Medical Journal. En ambos artículos se señala como, al lado de la Virgen María,  hay un ángel que muestra algunos de los rasgos físicos característicos de los niños con síndrome de Down: perfil facial plano, braquiocefalia (predominio del diámetro transversal de la cabeza), hendiduras palpebrales oblicuas y epicanto (repliegue cutáneo que cubre el ángulo interno de los ojos), raíz nasal deprimida, cuello corto y ancho, y unas manitas más pequeñas de lo habitual. Características similares se pueden ver en el pastorcillo que se encuentra al fondo, en la parte central. Aunque es imposible asegurar que tuvieran el síndrome de Down, si así fuera, se piensa que los niños que sirvieron como modelo al desconocido pintor podrían formar parte de su entorno más cercano, incluso de su propia familia; donde, si no sufrían un retraso mental muy marcado, podrían haber desarrollado su vida con normalidad.

Este año, en estas fechas, quisiera también dedicar un recuerdo a las personas con síndrome de Down. Y esta vez no serán ángeles o pastorcillos, sino que los representará el mismísimo Niño Jesús -uno de los varios con características compatibles con el síndrome de Down que pintó Andrea Mantegna (c.1431-1506) antes de que se pintara el cuadro anterior- el Niño Jesús de la recientemente restaurada Madonna con il Bambino, que se encuentra en la Accademia Carrara, de Bérgamo (Italia).

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Andrea Mantegna. Madonna con il Bambino (c.1490-1500). Temple sobre tela, 31 x 43 cm. Accademia Carrara, Bérgamo.

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Tanto este cuadro como otros de Mantegna y algunas obras de arte más relacionadas con el síndrome de Down se pueden ver en los blogs de Marisol Román y José Mª Lloreda. Por otra parte, hemos podido saber que el Dr. Brian Stratford, de la Universidad de Nottingham, publicó el año 1982 en Maternal and Child Health Journal un artículo sobre el síndrome de Down en otra pintura de Mantegna, y atribuía el hecho a la presencia de niños con las características del síndrome en la familia Gonzaga, para quienes trabajaba en Mantua.[4] Amplio y documentado, con mucho más que la obra de Mantegna (pero sin citar tampoco, como el anterior, el cuadro que hemos visto aquí) es el artículo de John M. Starbuck (2011) para Journal of Contemporary Anthropology.[5] Merece la pena dedicarle unos minutos.

A mí sólo me queda desearles Paz y Felicidad al celebrar un año más el nacimiento de Jesús con uno de los villancicos más conocidos, ese que compusieron Joseph Mohr y Franz Xaver Gruber en 1818, ese que canta todo el mundo…

 

Referencias

[1]Down, J. L. H. (1866): “Observations on an Ethnic Classification of Idiots”. London Hospital Reports, 3: 259-262. [Disponible en: http://th-hoffmann.eu/archiv/down/down.1866b.pdf; consultado el 21 de diciembre de 2014].

[2] Levitas, A. S. y Reid, C. S. (2003): “An Angel with Down Syndrome in a sixteenth century Flemish Nativity painting”. Am. J. Med. Gen. Part A, 116A, 4: 399-405. [Disponible en: http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/12522800; consultado el 21 de diciembre de 2014].

[3] Dobson, R. (2003): “Painting is earliest example of portrayal of Down’s syndrome”. BMJ, 326, 3: 126. [Disponible en:  http://www.bmj.com/content/326/7381/126.3.full; consultado el 21 de diciembre de 2014].

[4] Nicol, C. (2008): “At Home with Down Syndrome”. The New Atlantis, 20: 143-152. [Disponible en: http://www.thenewatlantis.com/docLib/20080523_TNA20Nicol.pdf; consultado el 21 de diciembre de 2014].

[5] Starbuck, J.M. (2011): “On the Antiquity of Trisomy 21: Moving Towards a Quantitative Diagnosis of Down Syndorme in Historic Material Culture”. Journal of Contemporary Anthropology, 2, 1: 17:44. [Disponible en: http://docs.lib.purdue.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=1019&context=jca; consultado el 21 de diciembre de 2014].

 

Saturnismo: etimología y algunos datos de interés histórico y clínico

El epónimo “saturnismo” nos hace pensar inmediatamente en el dios Saturno de los romanos, ese que la iconografía representa devorando a sus propios hijos para que no le arrebataran el poder… como en este cuadro que Rubens pintó por encargo de Felipe IV.

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Pedro Pablo Rubens. Saturno devorando a un hijo (1636-1637).
Museo del Prado, Madrid

Mal padre fue este Saturno (si es que se le puede llamar padre), capaz de comerse a sus propios hijos por puro egoísmo, para evitar que un día pudieran quitarle su reino. Menos mal que su esposa Ops -ella sí era una buena madre- consiguió ocultar a Júpiter, Neptuno y Plutón, hasta que el primero de ellos venció a su padre para convertirse en dios supremo. Aunque -todo hay que decirlo- puede que conmovido por la generosidad de su hijo Júpiter (que le permitió vivir, al contrario de lo que él había hecho con su propio padre), Saturno se estableció en la antigua Roma, por invitación de Jano, creando -según la mitología romana- una sociedad desprovista de delincuencia, pobreza, guerras, injusticias y servidumbre… nada menos.

Más terrorífico todavía que el de Rubens es el Saturno que Goya pintó para su Quinta del Sordo, entre 1819 y 1823.

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Francisco de Goya. Saturno devorando a su hijo (1819-1823)
Museo del Prado, Madrid

Pero ¿cómo llegó a identificarse a este dios, devorador de sus propios hijos, con el plomo? En Internet se encuentran las respuestas más variopintas. Algunas manifiestamente erróneas. como las que atribuyen el epónimo a las saturnales romanas (que algunos llegan a confundir con las bacanales), aduciendo que en esas fiestas se cometían todo tipo de excesos, entre ellos el abuso del vino, vino que estaba contenido en ánforas cuyo interior se recubría de plomo para hacerlas estancas.

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Thomas Couture. Los romanos de la decadencia (1847)
Museo de Orsay, París

En 1965, Gilfillan publicó sendos artículos, en The Mankind Quarterly y en el Journal of Occupational and Environmental Medicine titulados, respectivamente, “Roman Culture and Dysgenic Lead Poisoning” y “Lead poisoning and the fall of Rome”, atribuyendo la caída de Roma al envenenamiento por plomo de sus clases dirigentes por culpa, precisamente, del abuso del vino contenido en vasijas plomadas. Esta teoría dio y sigue dando lugar a numerosas controversias. Lógicamente, fueron varios los factores que influyeron en la caída del Imperio Romano, entre ellos la relajación de las costumbres; pero cuesta creer que la intoxicación por plomo fuera la principal responsable, incluso si se tiene en cuenta que los romanos fabricaron sus conducciones de agua con plomo; el cual, por tanto, no solo era un contaminante de los recipientes que contenían el vino.

Sin embargo, volviendo a la posible etimología del saturnismo, la respuesta más acertada -en mi opinión- es la que dice que fueron los alquimistas medievales -alquimia, astrología y medicina andaban de la mano por entonces- quienes le dieron ese nombre asociando un metal pesado, como el plomo, al planeta Saturno, cuya órbita era la más lenta que conocían.

Saturno

El planeta Saturno y su símbolo en la alquimia

Respecto a la clínica del saturnismo, aunque el plomo fuera conocido y usado por el hombre en las más diversas culturas y desde tiempos remotos, se dice que fue Hipócrates (460-377 a.C.) el primero en describir los síntomas de la intoxicación por dicho metal.

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Busto romano del siglo II (copia de otro giego anterior)
que representa a Hipócrates de Cos, “el padre de la Medicina”

Según Lessler, Hipócrates hablaba de dolor cólico, falta de apetito, palidez, pérdida de peso, fatiga, irritabilidad y espasmos nerviosos, los mismos síntomas que seguirían enumerándose muchos siglos después; cuando el francés Louis Tanquerel des Planches (1810-1862) -considerado tradicionalmente como el primer médico que estudió en profundidad los efectos del plomo sobre la salud- publicó en 1834 su Ensayo sobre la parálisis de plomo o saturnina (Tesis Doctoral, leída en la Facultad de Medicina de París), y luego La encefalopatía saturnina, en 1838, y el Tratado de las enfermedades del plomo o saturninas, en 1839.

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Portada del Tratado de las Enfermedades del Plomo o Saturninas,
de Louis Tanquerel des Planches (1839)

Aunque no estaría de más revisar, por ejemplo, la obra de Vicente Mitjavila publicada en 1791, De los daños que causan en al cuerpo humano las preparaciones de plomo… o la Disertación médica del cólico de Madrid… publicada en 1796 por Ignacio María Ruiz de Luzuriaga. En esta última, hablando sobre los síntomas de la enfermedad, el gran higienista español menciona una primera fase de astenia, estreñimiento y dolores abdominales cólicos, seguida en un tiempo variable por una fase de “perlesía” caracterizada por artralgias, temblor de manos y debilidad de los miembros con parálisis de la mano (la llamada “mano gafa” o caída, por afectación del nervio radial o parálisis de la pierna (por afectación del nervio perineal). Y además: ceguera, vértigo, acúfenos y sordera.

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Mano “gafa” o caída, por afectación del nervio radial
en un paciente con saturnismo

Actualmente, los efectos sobre la salud de la intoxicación crónica por el plomo en adultos se pueden enumerar así:

Sobre la sangre:

  • Anemia
  • Elevación de la protoporfirina eritrocitaria

Sobre el sistema nervioso:

  • Neuropatía periférica
  • Fatiga
  • Irritabilidad
  • Dificultad para la concentración
  • Pérdida de audición
  • Convulsiones
  • Encefalopatía

Sobre el sistema gastrointestinal:

  • Náuseas
  • Dispepsia
  • Estreñimiento
  • Dolor cólico
  • Línea gingival (Ribete de Burton)

Sobre la reproducción:

  • Esperma anormal
  • Disminución en el número y movilidad de los espermatozoides
  • Abortos / Mortinatos

Sobre el sistema renal:

  • Hipertensión arterial
  • Nefropatía crónica

Otros:

  • Artralgia / Mialgia
  • Gota saturnina

Para nuestro estudio descartamos las alteraciones diagnosticadas mediante analísis clínicos porque no se conocían entonces. Descartaríamos también los efectos sobre el aparato reproductor, porque Caravaggio y Van Gogh no tuvieron hijos conocidos. Sin embargo Goya tuvo ocho; aunque siete de ellos (Antonio, Eusebio, Vicente -un prematuro-, María del Pilar, Francisco de Paula, Hermenegilda y Francisco Javier) murieron siendo muy niños. Solo sobrevivió el último, Javier Goya y Bayeu, nacido el 4 de diciembre de 1784, que fue el heredero del pintor. No he hallado constancia de cuantos abortos pudo sufrir Josefa Bayeu. Pero comprobamos que gran parte de los otros síntomas de saturnismo se pueden encontrar, en algún momento, en las patografías de Caravaggio, Goya y Van Gogh. Sobre todo en las de estos dos últimos, al disponer de más documentación. La palidez, propia de la anemia, los cólicos abdominales, el estreñimiento, la fatiga, la irritabilidad, las parálisis concecutivas a las neuropatías periféricas, los dolores musculares y articulares, la pérdida de audición, las convulsiones, la encefalopatía… Curiosamente, el famoso Ribete de Burton, una coloración violácea o negruzca situada sobre las encías, a nivel del cuello de los dientes, no parece ser tan común como siempre se ha dicho y, a veces, puede denotar una mala higiene bucal más que otra cosa.

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Ribete de Burton en un varón de 28 años
diagnosticado de saturnismo

Para el diagnóstico de una enfermedad profesional son necesarios tres requisitos:

  1. Historia laboral de exposición al agente causal de la enfermedad.
  2. Historia clínica del trabajador expuesto compatible con dicha enfermedad.
  3. Pruebas complementarias.

En el caso del saturnismo, las pruebas complementarias fundamentales para el diagnóstico son análisis clínicos específicos sobre los que no vamos a tratar aquí, porque no existían en la época que abarca este estudio. Tampoco se hablará del tratamiento actual ni de las medidas de prevención. Respecto al pronóstico cabe señalar que, al contrario que en los niños, en quienes frecuentemente es muy grave, en los adultos la mayoría de los síntomas son reversibles cuando se evita la exposición al plomo. No obstante, la encefalopatía saturnina puede llegar a ser mortal en el 25% de los afectados y puede dejar secuelas neurológicas hasta en el 40%. En los niños, la afectación neurológica permanente puede afectar al 70-80% de los que sufren encefalitis.

Como curiosidad, en relación con el tratamiento del saturnismo, les diré que en un artículo firmado por el Dr. William Stokes en 1833, en el London Medical and Surgical Journal -muy interesante, por otra parte- en cuanto a la fisiopatología y la clínica del cólico de los pintores- recomienda el uso de inyecciones de tabaco y purgantes drásticos, como el aceite de ricino y el aceite obtenido de un árbol tropical asiático, el Croton tiglium, más unas gotas de tintura de opio. Para la utilización terapéutica del tabaco en el cólico de los pintores cita como referencia al Dr. Graves (si más datos). Probablemente, por la fecha de publicación, y sabiendo que Stokes era irlandés, se refiere a la gran figura de la medicina irlandesa de la época, el Dr. Robert James Graves (1796-1853). En cambio, no especifica nombres cuando habla de los purgantes y la tintura de opio, sino que se refiere genéricamente a los médicos del Hospital de La Charité, de París. El autor de este artículo sobre el saturnismo o cólico de los pintores parece que no puede ser otro más que William Stokes (1804-1878) conocido en Historia de la Medicina por sus aportaciones al conocimiento de las enfermedades cardiorespiratorias, y autor de uno de los primeros tratados sobre el uso del estetoscopio que inventara Laënnec.

William Stokes

William Stokes (1804-1878)

Para finalizar esta entrada solo añadiré que las principales vías de entrada de los contaminantes químicos en el organismo humano son tres: respiratoria, digestiva y dérmica. Normalmente, en patología laboral, la más importante es la vía respiratoria; pero el caso de los pintores es una excepción, porque -por diversos motivos- para ellos la principal vía de entrada es la digestiva. La vía dérmica solo tiene interés cuando existen heridas o erosiones en la piel.

Dicho esto, podemos pasar ya a hablar de los tres pintores en los que se centra este estudio: Caravaggio, Goya y Van Gogh.

Por estricto orden cronológico, empezaremos por Caravaggio… pero eso será ya en la próxima entrada.

[Continuará]

Los primeros casos conocidos del síndrome de Ambras

Petrus Gonsalvus, by anonymous

Retrato de autor anónimo. Petrus Gonsalvus (c.1580)
Óleo sobre lienzo. 190 x 80 cm.
Kunsthistorisches Museum. Viena

Sólo han pasado veinte años desde que Baumeister y colaboradores (1), en 1993, describieran por primera vez el síndrome de Ambras, una rara variante (el número de casos documentados en la literatura médica no llega a los cincuenta) de hipertrosis universal congénita, cuya causa es una alteración genética del cromosoma 8(2); aunque el epónimo hace referencia a una serie de pinturas datadas en el último tercio del siglo XVI, que se encontraban en el castillo austríaco del mismo nombre: el castillo de Ambras.

El síndrome de Ambras se caracteriza porque las personas afectadas presentan un vello largo, coloreado y grueso en todas las zonas pilosas de su cuerpo; especialmente abundante en la cara, orejas y hombros. En algunos casos puede haber dismorfismos, que afectan principalmente a los huesos faciales, dientes y dedos (polidactilia). Pero no hay alteraciones endocrinológicas ni en la capacidad intelectual.

La primera persona con síndrome de Ambras de la que ha quedado testimonio histórico se llamaba Pedro González (más conocido con su nombre en latín Petrus Gonsalvus), un canario nacido en la isla de Tenerife, en 1537. Siendo niño todavía, le llevaron desde su isla a la corte de Enrique II de Francia. Se dice que el mismo rey se dio cuenta de que el pequeño “sauvage” no tenía “un pelo de tonto” -nunca mejor dicho- y le procuró una esmerada educación (aprendió latín y otras lenguas europeas). Luego lo destinó a su servicio en la mesa, nombrándole “sommelier de boca del rey”, y dispuso para él una renta anual de 240 libras, una cantidad nada despreciable en la época.(3)

A la muerte de Enrique II, Petrus Gonsalvus fue “regalado” a Margarita de Austria, hija de Carlos I de España, duquesa de Florencia, duquesa de Parma y, por entonces, gobernadora de Flandes. En esa época, Petrus Gonsalvus se casa con una bella joven, Catherine, con la que tuvo seis hijos. Cuatro de ellos heredaron la enfermedad de su padre, lo cual es sorprendente dada la escasísima frecuencia con la que se presenta.

No nos puede extrañar que los médicos de la época se mostraran enormemente interesados por la familia Gonsalvus. Se sabe que fueron estudiados por Ambroise Paré, el gran cirujano francés, autor -entre otros muchos- de un famoso libro sobre “monstruos y prodigios“. También fueron estudiados por el profesor de la Universidad de Basilea, Felix Plater. Pero los estudios más conocidos sobre los Gonsalvus fueron obra de Ulisse Aldrovandi, de Bolonia, autor de la más célebre Monstruorum Historia de la época.

Más que para ilustrar las obras científicas, para satisfacer la curiosidad de monarcas y aristócratas, la familia Gonsalvus fue retratada por diversos artistas. El primero fue un pintor cuyo nombre desconocemos, que realizó cuatro cuadros: el padre, la madre y dos de sus hijos, una niña y un niño. Todo indica que fue un encargo de Fernando II, archiduque de Austria y conde del Tirol, un auténtico y peculiar mecenas de las artes y las ciencias, para la “colección de curiosidades” que creó en el ya citado castillo de Ambras (origen del epónimo). Estas pinturas se encuentran, en la actualidad, en una de las salas del Kunsthistorisches Museum de Viena. Y uno de esos cuadros, el que nos muestra al padre de familia, es el que da inicio a esta entrada. Sobre las pinturas de Ambras, Alberto Manguel (que las fecha “con toda probabilidad después de 1576”) escribe:

“Con la excepción de la madre, que posa contra un fondo de terciopelo negro, cada miembro de la familia [el padre, la hija, a la edad de cinco o seis años, y su hermano menor, de dos o tres años] está pintado contra una roca o gruta; llama la atención el contraste entre sus rostros animales, rasgos de la naturaleza agreste, y sus elegantes trajes, emblemas de la civilización”.(4)

En 1580, probablemente, Dirk de Quade van Ravestyn(5) pintó a los Gonsalvus para el melancólico emperador Rodolfo II quien, enclaustrado en su palacio de Praga, había reunido en torno suyo a muchos de los mejores artistas y estudiosos de la época para que le llevasen imágenes del mundo exterior. Dos años más tarde, en 1582, el pintor Joris Hoefnagel utilizó las pinturas de Ambras como modelo para dibujar a los Gonsalvus por parejas (los padres y los hijos) en dos óvalos para un álbum… La ilustración que nos muestra a Petrus y a su bella esposa es la que vemos a continuación:

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Joris Hoefnagel (1542-1600)
Ilustración que representa a Petrus Gonsalvus y a su esposa (1582)

En 1585 la familia Gonsalvus se encuentra en Parma, en la corte de los Farnesio, con Margarita de Austria. Ese mismo año la extraordinaria pintora Lavinia Fontana retrató a la hija de Petrus y Catherine, a la que llaman Tognina o Antonietta, cuando tenía unos doce años de edad. La niña se había convertido en un “regalo” para la marquesa de Soragna, como queda patente en el papel que nos muestra mientras sus ojos, desafiantes pero serenos, se clavan en nuestra mirada…

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Lavinia Fontana (1552-1614). Tognina Gonsalvus (1585)
Óleo sobre lienzo. 57 x 46 cm.
Museé du Château du Blois

Referencias bibliográficas

(1) BAUMEISTER, F. A. et al. (1993): “Ambras syndrome: delineation of a unique hypertrichosis universalis congenita and association with a balanced pericentric inversion (8) (p1 1.2; q22)”. Clin. Genet. 44, 3: 121-128.

(2) Para una mayor información médica sobre el síndrome de Ambras, V.: RASHID, R. M. y WHITE, L. E. (2007): “A hairy development in hypertrichosis: a brief rewiev of Ambras syndrome”. Dermatol. Online J. 13, 3: 8 [Disponible en: http://escholarship.org/uc/item/542884mc; consultado el 16 de septiembre de 2013].

(3) GARCÍA BLANCO, J. (2013): “Petrus Gonsalvus, un hombre lobo en las cortes europeas”. [Disponible en: http://es.noticias.yahoo.com/blogs/arte-secreto/petrus-gonsalvus-un-hombre-lobo-en-las-cortes-122733391.html; consultado el 16 de septiembre de 2013].

(4) MANGUEL, A. (2002): Leyendo imágenes. Una historia privada del arte. Bogotá, Norma: 111. [Disponible en: http://books.google.es/books?id=8xoBPt4ACJQC&printsec=frontcover#v=onepage&q&f=false; consultado el 16 de septiembre de 2013].

(5) TELLES, N. A. (2006): As belas e as feras. [Disponible en: http://www.tanianavarroswain.com.br/labrys/labrys10/livre/belafera.htm; consultado el 16 de septiembre de 2013].

A los 215 años del nacimiento de Thomas Hodgkin (1798-1866)

(c) Guy's and St Thomas' Charity; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Un 17 de agosto como hoy, pero de 1798, nació el médico inglés Thomas Hodgkin, conocido fundamentalmente por el epónimo de un cáncer del tejido linfoide que se localiza en los gánglios linfáticos, el bazo, el hígado y la médula ósea: el Linfoma de Hodgkin.

Pero si leen el magnífico artículo del Profesor Fresquet que enlazo a continuación, descubrirán múltiples aspectos interesantes, incluso sorprendentes, de su vida y de su obra.

José L. Fresquet Febrer (2006): Thomas Hodgkin (1798-1866)

*El retrato de Thomas Hodgkin es obra del pintor Phoebus Levin. Se trata de una pintura al óleo sobre lienzo de 112,5 x 92 cm. Créditos: Guy’s and St. Thomas’ Charity.

Louis Armstrong: el cantante que encontró la voz cuando el trompetista se partió el músculo orbicular de la boca

Louis Armstrong2

Louis Armstrong (1901-1971)

Es posible que nunca hubiéramos disfrutado de canciones como Hello Dolly!, When the Saints Go Marching In, o la maravillosa What a Wonderful World, en la peculiar voz grave de Louis Armstrong, si a mediados de los años treinta del siglo pasado, el trompetista no hubiese sufrido la dolorosa ruptura del músculo orbicular de la boca a consecuencia de la fuerza con la que apretaba la embocadura de su instrumento.

Armstrong tuvo que dejar de tocar la trompeta durante un año; y, aunque luego corrigió su forma de tocarla, desde entonces se vio obligado a evitar anteriores excesos  intercalando la voz con la trompeta en sus actuaciones.

En 1982, un médico español, el Dr. Planas, dio el nombre de “Síndrome de Satchmo” a la ruptura del músculo orbicular de la boca en trompetistas (aunque puede producirse también en intérpretes de otros instrumentos de viento). “Satchmo“* era el apodo con el que se conocía a Louis Armstrong, y en su honor llamó así al síndrome el Dr. Planas.

*El apodo “Satchmo” es una abreviatura de “sacthelmouth” (“boca de bolsa”) y lo usó por vez primera, en 1932, Percy Brooks, editor de la revista Melody Maker.

Referencias:

  1. Planas J. Rupture of the orbicularis oris in trumpet players (Satchmo’s syndrome). Plast Reconstr Surg 1982;69:690-3
  2. Planas J. Further experience with rupture of the orbicularis oris in trumpet players. Plast Reconstr Surg 1988;81:975-81

Agradecimiento:

La primera noticia de esta patología de Louis Armstrong me la dio una querida ex-alumna, María Sánchez del Solar, de quien estoy seguro que será tan excelente médico como músico ya es… Gracias María.

La diosa Hebe: origen del epónimo “hebefrenia”

Carolus-Duran (1838-1917). Hébé (1874)Óleo sobre lienzo. 200 x 104 cm.Palais des Beaux-Arts de Lille

Carolus-Duran (1838-1917). Hébé (1874)
Óleo sobre lienzo. 200 x 104 cm.
Palais des Beaux-Arts de Lille

La diosa griega Hebe era hija de Zeus y Hera, es decir, de la mejor familia del Olimpo. Ella, la personificación misma de la juventud, pasaba su tiempo bailando con las Musas y las Horas al son de la lira de Apolo, cuando no estaba cumpliendo la misión que su poderoso padre le había encomendado: servir las copas del néctar de los dioses en los saraos olímpicos. Y así fue hasta que el veleidoso y lascivo Zeus quedó prendado de Ganímedes, le dio el finiquito a la muchacha y el puesto de divino sumiller al efebo. A Hebe, el pendón de su papá la desposó con Heracles, que había sido llamado al Olimpo para ocupar su lugar entre los inmortales después de su apoteósico triunfo en las pruebas que le habían sido impuestas; pensando, quizás, que las nupcias con el macizo héroe la compensarían por la pérdida del puesto de trabajo.(1)

Al sesudo psiquiatra alemán Ewald Hecker (1843-1909), que estaba empeñado con su maestro y amigo Karl Ludwig Kahlbaum (1828-1929) en la descripción y clasificación de los trastornos mentales(2), el mito de la diosa griega de la juventud le pareció apropiado para nombrar una enfermedad que él describió por primera vez en 1871, la hebefrenia(3); una enfermedad que enseguida fue tomada como ejemplo de demencia precoz por el gran Emil Kraepelin (1856-1926).

La hebefrenia se define como una forma de esquizofrenia que tiene generalmente su comienzo en la adolescencia y se caracteriza por afectar fundamentalmente a las funciones afectivas.(4) En el recomendable Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico de la Universidad de Salamanca (dicciomed.eusal.es) leemos la siguiente definición: “Forma de esquizofrenia caracterizada por incoherencia, alucinaciones sin nexo temático y manifestaciones afectivas planas e inapropiadas. Se manifiesta en edad temprana y tiene mal pronóstico”.(5) El comportamiento de quienes la sufren es irresponsable e imprevisible. La afectividad es superficial y se acompaña con frecuencia de risas insulsas, muecas, burlas, quejas hipocondríacas y frases repetitivas. El pensamiento aparece desorganizado y el lenguaje es divagador e incoherente. Se trata, en definitiva, de una enfermedad grave que requiere tratamiento por el especialista.

No cabe duda de que el psiquiatra alemán pensó en Hebe por ser la diosa de la juventud; pero nada más justifica el epónimo.

Tendría Hecker poco más de treinta años cuando el pintor francés Charles Émile Auguste Durand (1837-1917), más conocido como Carolus-Duran, el maestro de mi admirado John Singer Sargent (1856-1925), representó a la joven diosa en todo su esplendor, tal como se puede ver en el cuadro con el que se inicia esta entrada. Con el fondo azul del cielo olímpico y montada sobre un águila -ave que a menudo la acompaña, como símbolo de su augusto padre- la diosa aparece dispuesta a verter en una copa el néctar de los dioses desde una jarra que lleva muy alta -igual que en otras muchas imágenes suyas- en un gesto, a la vez, elegante y seductor.

También en la música francesa del siglo XVIII encontramos una referencia a Hebe. Se trata de una ópera-ballet titulada Les fêtes d’Hébé, ou Les talents lyriques, estrenada en la Ópera de París el 21 de mayo de 1739. El autor del libreto fue Antoine Gautier de Montdorge (c.1707-1768). Y, aunque el argumento no guarda demasiada relación con cuanto hemos dicho hasta ahora, lo cierto es que, la música de Jean-Philippe Rameau (1683-1764) es digna de la diosa. Escuchémos un pequeño fragmento…

Finalmente, para los especialistas que pudieran estar interesados, quiero señalar que la editorial Polemos publicó en 1996 la traducción de algunos de los escritos más importantes de KraepelinKahlbaum y Hecker, con el título: La locura maniaco-depresiva. La catatonia. La hebefrenia.

NOTAS

(1) Existen diferentes versiones del mito de Hebe. Ésta, con evidentes licencias literarias, la tomamos de: REY GONZÁLEZ, A. y LIVIANOS ALDANA, L. (2000): La Psiquiatría y sus Nombres. Diccionario de epónimos. Madrid, Editorial Médica Panamericana: 121.

(2) Sobre Ewald Hecker, V.: KRÜGER, S. y BRÄUNIG, P. (2000): “Ewald Hecker, 1843-1909”. Am. J. Psychiatry157, 8: 1.220. [Disponible en: http://ajp.psychiatryonline.org/data/Journals/AJP/3715/1220.pdf; consultado el 8 de diciembre de 2011]. Sobre Kahlbaum, es interesante leer lo que su discípulo y amigo Hecker escribió en su necrológica: KRAAM A. (2008): “Karl Ludwig Kahlbaum by Dr. Ewald Hecker (1899)”. History of Psychiatry19, 1: 77-85. [Disponible en: http://www.tara.tcd.ie/bitstream/2262/51646/1/PEER_stage2_10.1177%252F0957154X07084879.pdf; consultado el 8 de diciembre de 2011].

(3) HECKER, E. (1871): “Die Hebephrenie”. Virchows Archiv fur Pathologie und Anatomie, 52: 394-429. (Cf.: REY GONZÁLEZ, A. y LIVIANOS ALDANA, L. (2000): Op. cit.). Una traducción al español se encuentra en: HECKER, E. (1871): “La hebefrenia. Contribución a la psiquiatría clínica”. [Disponible en: http://www.documentacion.aen.es/pdf/revista-aen/1995/revista-53/08-la-hebefrenia-contribucion-a-la-psiquiatria-clinica-(1871).pdf; consultado el 8 de diciembre de 2011].

(4) REY GONZÁLEZ, A. y LIVIANOS ALDANA, L. (2000): Op. cit.

(5) HEBEFRENIA (s.f.): “hebefrenia”. Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico. [Disponible en: http://dicciomed.eusal.es/palabra/hebefrenia; consultado el 8 de diciembre de 2011].

ENLACES DE INTERÉS

CRUZADO, Lizardo (2010): “Esquizofrenia no, hebefrenia sí“. Desde el manicomio. [Disponible en: http://desdeelmanicomio.blogspot.com/2010/08/esquizofrenia-no-hebefrenia-si.html; consultado el 8 de diciembre de 2011].