Diego Mateo Zapata (1664-1745): un médico en las cárceles de la Inquisición

Diego Mateo Zapata (1664-1745): un médico en las cárceles de la Inquisición

Durante los últimos años del siglo XVII ejercían en nuestro país numerosos y distintos tipos de profesionales sanitarios: médicos universitarios, médicos practicantes, cirujanos latinos, cirujanos-barberos, sangradores y flebotomistas, comadronas, topiqueros… junto a curanderos y charlatanes de diversa condición. Entre los médicos, sólo unos pocos estudiaban en las universidades, y eran los destinados -normalmente- a alcanzar mayor prestigio, a pesar del anquilosado galenismo escolástico que todavía regía su formación universitaria. La mayoría se formaban con la práctica, al lado de un maestro, y lo más que podían aspirar era a que sus conocimientos fueran “revalidados” por el Tribunal del Protomedicato, para lo cual era requisito indispensable “la limpieza de sangre”. Los cirujanos, en su mayor parte, no tenían otra formación que la que les daba la práctica y la experiencia. Lo mismo pasaba con los demás, aunque su nivel social era todavía más bajo. En cuanto a los pacientes: el que podía pagaba su asistencia y el que no tenía que ser atendido en los hospitales, dependientes de la caridad de la Iglesia, en su mayor parte, o del poder real. Para el médico, lo más conveniente, era ser contratado por los más pudientes, los principales del clero o la nobleza, y cuanto más alto estuviera el paciente en la jerarquía mejor, hasta culminar en la Casa Real. Sin embargo, precisamente durante el reinado de Carlos II surge un movimiento renovador que viene a cambiar los modos de entender la medicina. Lo encabezan los que con el tiempo serían llamados novatores, cuyas publicaciones son contestadas por los partidarios de mantener la tradición galénica y aristotélica, dando lugar a airadas polémicas que llegan, a veces, al insulto personal. Proliferan las “tertulias”, donde se expresa libremente fuera de la universidad el nuevo pensamiento científico que nos llegaba de Europa, y que serían la simiente de las futuras Reales Academias de Medicina, las que introducirían en España la mentalidad científica de la Ilustración.

Quería tratar sobre aquella época aunque desarrollar todo lo anterior sin extenderse demasiado no es fácil. En ello estaba, no obstante. ¡La ignorancia es atrevida! Pero surge entonces, entre la documentación que empezaba a abarrotar la mesa de trabajo y el disco duro del ordenador, la figura paradigmática de Diego Mateo Zapata (1664-1745), cuya vida transcurre prácticamente entre el inicio del reinado de Carlos II (1661-1700) y el final del de Felipe V (1683-1746), y cuya obra nos muestra buena parte de las características esenciales de la medicina de la época; en la cual, él mismo, desempeñó a menudo un papel protagonista. La decisión estaba tomada: esta entrada se dedicaría a la vida y obra de Diego Mateo Zapata (en apretado resumen, por supuesto, y prácticamente sólo hasta el cambio de siglo) salpimentándola con una anécdota de carácter sexual, para darle una pizca de morbo al asunto, y aliñándola con un somero relato de sus graves problemas con la Inquisición acusado de “marrano“.

Zapata nació en Murcia, el 1 de octubre de 1664, en el seno de una familia judeoconversa oriunda de Portugal. Era hijo de Clara Mercado, nacida también en Murcia, y de Francisco Zapata, que ejercía como escribano en esa ciudad y era natural de Alcalá la Real. Siendo muy niño, tuvo que ver como el Santo Oficio apresaba a su abuelo materno. Peor aún, cuando tenía catorce años, en 1678, fueron encarcelados sus padres y su tía Isabel, hermana de su madre. El proceso de su padre fue suspendido, pero Clara e Isabel fueron reconciliadas en un auto público de fe, en 1682, y su madre condenada a cárcel perpetua por judaizante (aunque, al parecer, más tarde fue liberada). Durante aquel tiempo horrible para su familia, el niño Diego Mateo Zapata, vivía en Murcia con otro tío suyo. En cuanto tuvo edad marchó a Valencia, para estudiar Filosofía. Allí estuvo tres años, y era tan pobre que acudía a los conventos a pedir limosna. Decidido a estudiar Medicina se fue a la Universidad de Alcalá, según declararía años más tarde, en uno de sus procesos, por haber oído “…que para los estudiantes pobres había más socorros en aquella ciudad”.(1)

Todo indica que Zapata no logró obtener siquiera el bachiller en Medicina, y no por falta de capacidad sino de recursos económicos. Lo cierto es que, en 1686, con veintidós años, llega a la Corte sin renunciar a ejercer la profesión que había elegido. En Madrid recibe la ayuda del doctor Francisco de la Cruz, de ascendencia judía, como él, y que con él sería detenido en su segundo proceso, en 1725. De la Cruz consiguió que Zapata fuera contratado en el Hospital General, donde obtuvo plaza como practicante de medicina. Para complementar sus ingresos impartía clases de filosofía a los cirujanos del Hospital, con quienes siempre mantuvo excelentes relaciones, a diferencia de lo que solía suceder con otros médicos de la época. Mucho le habrían de servir, para su ejercicio profesional posterior, aquellos años de trabajo en el Hospital, porque -sin duda- la experiencia adquirida le fue más útil que las clases que hubiera podido recibir en esa universidad que tuvo que abandonar.

Pero el joven Zapata quería progresar en aquella jerarquizada sociedad española de finales de siglo XVII. Lo tenía difícil, porque no podía examinarse ante el Tribunal del Protomedicato al no poder demostrar su “limpieza de sangre”, y eso le cerraba el paso a la que era la mayor aspiración de cualquier médico de la Corte, ser médico de la Casa Real. No obstante, se le ocurrieron dos maneras de subir peldaños en el escalafón social: una, mediante un matrimonio ventajoso; otra, ganándose el favor de quienes entonces tenían más poder en la medicina patria. Para lo primero, empezó a cortejar a la hija de don Juan de Escobar y Castro, “contador de su majestad y familiar del Santo Oficio”, a cuya casa acudía asiduamente a comer y cenar. La pareja se prometió, pero la mala fortuna vino a desbaratar los planes de boda de Zapata, en forma de impertinente afección cuya verdadera naturaleza no parece fácil precisar con exactitud. A finales del año 1688, el novio “…padeció una grave enfermedad, la cual terminó por sus partes naturales, fluyendo al escroto. Y viendo [que] se le iban mortificando sus partes, el día mismo de todos los santos se hizo junta de cirujanos en el Hospital General, donde éste asistía, y resolvieron que, para salvar el todo, se amputase alguna parte, y le amputaron el escroto, sin tocar el miembro viril.” Todavía enfermo, Diego Mateo Zapata convenció al capellán del Hospital de que lo desposara con Juana Luisa de Escobar. Mas el fiscal eclesiástico se negó a ratificar el matrimonio, por haberse llevado a cabo sin licencia del párroco. Para mayor complicación, el administrador general de los reales hospitales, don Juan Urbán y Rojas, manifestó públicamente sus dudas sobre si Zapata “era capaz para el uso del matrimonio” después de su enfermedad. Pero Zapata no desistió en su empeño e inició pleito ante el juez eclesiástico reclamando la validez de su unión. Como prueba, buscó afanosamente entre los profesionales de la medicina a quienes le pudieran declarar capacitado para consumar su matrimonio, y consiguió que Juan Serrano, “médico de familia de la Reina”, y Arias Silveira, también de origen portugués y converso como él, firmaran esa declaración. Al respecto, hablando sobre Zapata, se sabe que Arias Silveira llegó a afirmar: “es hombre inteligente y práctico, [pero] traénos mareados a los médicos sobre que declaremos que es potente y capaz de casarse no teniendo, como no tiene, miembro viril por tenerlo cortado, se funda para ello en este texto de Galeno […] homo sine membro generare potest.” Sin embargo, ya podía decir Galeno lo que dijese, porque, a pesar de su “autoridad”, no logró Zapata ratificar su casamiento, perdiendo así la posibilidad de emparentar con una familia de prestigioso apellido y, por tanto, uno de los medios más directos de alcanzar el reconocimiento social que tanto anhelaba.(2)

La opción del matrimonio ventajoso fracasó. Pero -como antes se ha dicho- no era esa la única estrategia que nuestro hombre había emprendido en su afán de progresar socialmente. Al mismo tiempo, puso el mayor empeño en agradar a quienes por entonces lideraban la medicina española, con el fin de que se le admitiera a examen ante el Tribunal del Protomedicato.

Sucedió que, en 1687, se publicó en Madrid el libro del valenciano Juan de Cabriada (c.1665-1714) Carta filosofica-medico-chymica. En que se demuestra que de los tiempos y experiencias se han aprendido los mejores remedios contra las enfermedades. Por la nova-antigua Medicina. Como señala Sarrión Mora:

“Por su contenido e influencia, esta obra puede considerarse como la primera exposición completa de las doctrinas y propósitos de quienes se preocupaban por la renovación científica en España. En ella Juan de Cabriada critica duramente la hasta entonces tan ensalzada autoridad de los antiguos, mantiene que es la experiencia el único criterio válido en el estudio de la naturaleza, recoge la teoría de la circulación de la sangre como uno de los más brillantes resultados de aplicar tal criterio y defiende abiertamente la utilización de medicamentos químicos. A raíz de la publicación de la Carta, se iniciaron fuertes polémicas entre los científicos tradicionalistas y los partidarios de la modernidad. El joven Diego Zapata no rehuyó tomar partido en estas controversias; muy ligado al bando tradicionalista, a la sombra del cual esperaba labrar su posición, protagonizó una de las disputas más famosas frente a un partidario de Cabriada, el veronés doctor Gazola.”

Portada de la obra de Juan de Cabriada Carta Filosófica-Médico-Chymica... (1687) Primera exposición completa de los principios y valores de los novatores

Portada de la obra de Juan de Cabriada Carta Filosófica-Médico-Chymica… (1687)
Primera exposición completa de los principios y valores de los novatores

*

José Gazola había llegado a Madrid acompañando al embajador de Venecia y, en 1690, publicó una crítica de la medicina galenista bajo el título Entusiasmos médicos, políticos y astronómicos, en la que elogiaba la Carta de Juan de Cabriada. Inmediatamente, Diego Mateo Zapata escribió una dura respuesta […] con el pomposo título Verdadera apología en defensa de la medicina racional philosophica, y devida respuesta a los entusiasmos médicos, que publicó en esta Corte D. Joseph Gazola Veronense. Archisoplón de las Estrellas. En esta obra, Diego Zapata se muestra como el más fervoroso seguidor de las ideas tradicionales y ataca, hasta llegar al insulto, no sólo a Gazola, sino también a Juan de Cabriada, niega la eficacia de los medicamentos químicos y desprecia la teoría de la circulación de la sangre.”(3)

Poco pudieron durar los agasajos y parabienes que recibiera Diego Mateo Zapata de los auténticos instigadores de su folleto. Pardo Tomás, en El médico en la palestra, nos convence de que fueron los profesores de la universidad de Alcalá, con Henríquez de Villacorta -presidente del Real Protomedicato- a la cabeza, los galenistas más recalcitrantes, quienes le persuadieron para que tomara partido contra las nuevas ideas. Y él lo hizo con la esperanza de granjearse la voluntad de tan influyentes personajes, para obtener la licenciatura del Protomedicato.(4)

Una vez más volvían a desvanecerse sus aspiraciones, pero en esta ocasión, como volvería a suceder cerca de treinta y cinco años más tarde, por culpa del que sería el mayor obstáculo para una brillante carrera de Diego Mateo Zapata: su origen converso. El primer proceso se inició, en julio de 1691, cuando fue denunciado ante los inquisidores de Logroño por un estudiante de veinte años, Francisco Gabriel de Valenzuela, durante los interrogatorios a que éste fue sometido mientras era procesado como judaizante junto a otros miembros de su familia. Según Valenzuela, el ya citado Arias Silveira le había dicho que Zapata seguía, como ellos, la ley de Moisés, y que él mismo pudo comprobarlo después participando con ellos en algunos ritos.

Francisco de Goya (1746-1828).

Francisco de Goya (1746-1828). “Zapata tu gloria será eterna”
Grabado que representa a Diego Mateo Zapata (1664-1745) preso
en una celda de la Inquisición en Cuenca

*

El 6 de diciembre de 1691 fue apresado Diego Mateo Zapata, aunque nadie más había testificado en su contra, y veinte días después fue trasladado a Cuenca para que lo procesaran los inquisidores de ese tribunal. La primera audiencia tuvo lugar el 5 de enero de 1692. Zapata negó las acusaciones que se le imputaban y elaboró una meticulosa defensa basada en tres puntos:

1. Siempre había seguido fielmente la fe católica y había evitado relacionarse con parientes (incluso su propio padre) y conocidos portugueses (cosa que no era cierta).
2. Sólo un testigo deponía en su contra, quien, además, le llamaba “Diego López Zapata” (como le llamaría Goya, cuando pintó su dibujo, y algunos románticos decimonónicos que lo convirtieron en mito como víctima de la cruel y absolutista Inquisición), demostrando con ello que lo conocía muy poco.
3. Por último, reconocía que su afán polemista le había llevado a labrarse muchas más enemistades que amistades, y decía:

“…generalmente no traté ni arguí con hombre alguno en la Corte con quien no lo desluciera y ajara de forma que no me malquistara con él y, en adelante, fuera mi enemigo que conmigo no trataba ni comunicaba, también me odiaba respecto que tenía por cosa cierta el que de mi boca no había hombre que supiese philosophía, medicina o theología (por saber yo algunas materias), y esto es público y notorio en la Corte”.(5)

Según Diego Mateo Zapata, fue especialmente odiado por “…los de la Facultad de Medicina por haberles tratado mal en argumentos y haber tomado mucha licencia en censurarlos diciendo, Fulano es un zote, Fulano no sabe lo que se hace; y, si había algunos papeles de la Facultad acerca de alguna enfermedad que ocurría, respondía a ellos y hablaba con mordacidad. Y de aquí presume que alguna persona le haya hecho algún mal.”(6)

Cuando Zapata concreta estas afirmaciones y nombra a quienes él pensaba que podían haber provocado su denuncia, por venganza, podemos comprobar su enfrentamiento con los principales promotores de la modernización de la ciencia en España. Sospechaba, en primer lugar, de Andrés Gámez, quien fue catedrático en las facultades de medicina de las universidades de Granada, Cagliari y Nápoles; y en 1691 era médico de cámara de Carlos II. Gámez siempre se mantuvo al día de los avances científicos de su época y, desde una posición originariamente galenista, fue evolucionando hacia posiciones cada vez más partidarias de las nuevas ideas. Publicó una obra titulada Ocios de un médico filósofo, a la que Zapata, con su desaforada mordacidad, contestó escribiendo A ocios blasfemos desvelos mordaces. Sospechaba de José Gazola, al que llamaba “veronense archisoplón de las estrellas”, con quien mantuvo la agria polémica antes mencionada. Sospechaba, por supuesto, de Juan de Cabriada porque, como él mismo decía “…en mi libro lo pongo de vuelta y media refutándole lo más que escribió en un libro que escribió”. Y sospechaba de Juan Bautista Juanini (nombre castellanizado de Giovanbattista Giovanini (1636-1691), médico milanés que estuvo muchos años al servicio de don Juan José de Austria, y que había publicado varios libros en los que ponía de manifiesto su crítica a los modelos tradicionales de la medicina, su defensa de la iatroquímica y sus modernos planteamientos a la hora de abordar las más diversas cuestiones, ya fueran anatómicas, terapéuticas o acerca de la higiene pública. López Piñero, uno de los maestros de nuestra Historia de la Medicina, gran estudioso de la vida y la obra del médico de Juan José de Austria, afirma:

Juanini contribuyó decisivamente a la renovación científica de la medicina española. Su Discurso [político phísico (1679)] fue el primer libro médico plenamente ‘moderno’ que se publicó en nuestro país. Muchas de las características del movimiento novator, iniciado ocho años después, se encuentran en él esbozadas, aunque no llegó a denunciar el atraso español tan dura y claramente como lo haría en 1687 Juan de Cabriada.”(7)

Ciertamente, Diego Mateo Zapata no acabó demasiado malparado en éste su primer encuentro personal con el Santo Oficio. El juicio fue suspendido y él pudo volver prácticamente impune a sus normales actividades. Regresó a Madrid. Participó activamente en las “tertulias” (también llamadas por algunos “academias”) científicas que, durante aquellos últimos años del siglo XVII proliferaban en la Corte gracias al mecenazgo de diversos nobles. Algunos de esos nobles fueron, también, pacientes suyos. Pero, poco más se sabe con certeza de él hasta que, de modo sorprendente, nos encontramos al antiguo galenista, tradicionalista radical, convertido en uno de los principales activistas del movimiento novator. En 1693, el médico sevillano, del Arahal, Juan Muñoz y Peralta (de familia judeoconversa, como él) funda la “Veneranda Tertulia Hispalense” (primer antecedente de la actual Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla). Zapata se une a la iniciativa de Muñoz Peralta, y se encarga de las gestiones en Madrid para constituir la “Regia Sociedad de Medicina y demás Ciencias de Sevilla“, de la que se le considera como uno de sus socios fundadores. Parece ser que fue Zapata quien se la presentó al rey, para que Carlos II, cinco meses antes de morir, firmara sus “Constituciones” el día 25 de mayo de 1700.

El año siguiente, 1701, ya bajo el reinado de Felipe V, por encargo de la Regia Sociedad hispalense, Diego Mateo Zapata, que se presenta como “Médico de los Eminentísimos Señores Cardenales Portocarrero y Borja”, publicó su Crisis médica, sobre el antimonio, y carta responsoria a la Regia Sociedad Médica de Sevilla, una de sus obras fundamentales, donde aboga -entre otras cosas- por el uso de los medicamentos “químicos”, a los que era contrarios los galenistas. Se puede leer en una edición digitalizada gracias a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Nacía así -podría decirse- un nuevo Diego Mateo Zapata, que se convertiría en adalid del movimiento novator y de la reforma de la enseñanza de la medicina en España. Aún le quedaba mucho por hacer en su larga vida, hasta su fallecimiento en Madrid el año 1745; mucho por publicar y polemizar; y mucho por sufrir. Esto último, sobre todo, en su segundo proceso por la Inquisición (1721-1725), que lo mantuvo en prisión casi cuatro años junto a sus amigos médicos y judeoconversos Juan Muñoz Peralta (que era médico de cámara de Felipe V desde 1700) y Francisco de la Cruz (el que le ayudó proporcionándole trabajo en el Hospital General, recién llegado a Madrid) que ya era mayor y murió en las cárceles del Santo Oficio antes de que concluyera su proceso… Pero esa ya será otra historia. Dejamos ésta aquí, que ya se ha hecho demasiado larga, en un momento trascendental para nuestro país, al poco de morir Carlos II

En este blog nos gusta añadir, de vez en cuando, una melodía que acompañe al texto. Esta vez, en homenaje a Diego Mateo Zapata y tantos que, como él, han sufrido persecución por motivos religiosos, lo haremos con una de las piezas más bellas de otro judeoconverso genial, el Adagietto de la Sinfonía número 5 de Gustav Mahler.

NOTAS
(1) Para todo lo que refiere a la biografía de Diego Mateo Zapata, mientras no se indique lo contrario, seguiremos a Adelina Sarrión, en: SARRIÓN MORA, A. (2006): Médicos e Inquisición en el siglo XVII. Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha: 58-75. [Disponible en: http://books.google.es/books/about/M%C3%A9dicos_e_inquisici%C3%B3n_en_el_siglo_XVII.html?id=AEOLjBhr_bQC; consultado el 15 de junio de 2015]. De ella tomamos los párrafos entrecomillados.
(2) Sobre la afectación genital de Zapata cabe añadir que, algún tiempo después, una criada suya reparó en que cuando se acostaba metía algo bajo la almohada, “era un canoncillo[sic] muy tomado que le pareció de plata y, como había oído decir era defectuoso de naturaleza, discurrió que aquel instrumento servía para orinar”. Por otra parte, los mismos médicos del Santo Oficio, cuando lo examinaron para averiguar si había sido circuncidado, declararon que había muchas cicatrices “y pérdida de mucha carne del miembro, más de la que pide la ceremonia”. (Cf.: Ibidem: 63).
(3) Ibidem: 62.
(4) V.: PARDO TOMÁS, J. (2004): El médico en la palestra. Diego Mateo Zapata (1664-1745) y la ciencia moderna en España. Salamanca, Junta de Castilla y León: 150-160.
(5) SARRIÓN MORA, A. (2006): Op. cit.: 65.
(6) Ibidem.
(7) LÓPEZ PIÑERO, J. M. (2006): “Juan Bautista Juanini: análisis químico de la contaminación del aire en Madrid (1679).” Rev. Esp. Salud Pública. 80, 2: 204 [Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/pdf/170/17080216.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].


BIBLIOGRAFÍA
CABRIADA, Juan de (1687): Carta filosofica-medico-chemica. En que se demuestra que de los tiempos y experiencias se han aprendido los mejores remedios contra las enfermedades… Madrid, [Lucas Antonio de Bedmar y Baldivia]. [Disponible en: http://hicido.uv.es/Expo_medicina/Renacimiento/texto_cabriada.html; consultado el 15 de junio de 2015].
DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio (1963): “El proceso inquisitorial del doctor Diego Mateo Zapata”. Miscelánea de Estudios árabes y hebraicos. 11:81-90.
LÓPEZ PIÑERO, José María (1979): Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII. Barcelona, Labor: 392-433.
LÓPEZ PIÑERO, José María (2006): “Juan Bautista Juanini: análisis químico de la contaminación del aire en Madrid (1679)”. Rev. Esp. Salud Pública, 80, 2: 201-204. [Disponible en: http://redalyc.uaemex.mx/pdf/170/17080216.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
MONTAÑA RAMONET, José María (2009): “Historia”. Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla. [Disponible en: http://www.ramse.es/index.php?option=com_content&view=article&id=45&Itemid=55; consultado el 15 de junio de 2015].
PARDO TOMÁS, José (2004): El médico en la palestra. Diego Mateo Zapata (1664-1745) y la ciencia moderna en España. Salamanca, Junta de Castilla y León.
PARDO TOMÁS, José y MARTÍNEZ VIDAL, Álvar (2005): “Presencias y silencios. Biografías de médicos en el Antiguo Régimen”. Asclepio. 57, 1: 55-66. [Disponible en: http://www.ihmc.uv-csic.es/documentos/publicaciones/d68baf.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
PESET LLORCA, Vicente (1960): “El Doctor Zapata (1664-1745) y la renovación de la medicina en España. Apuntes para la historia de un movimiento cultural”. Archivo Iberoamericano de Historia de la Medicina y Antropología Médica. 12: 35-93.
RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, Rafael-Ángel (1999): “El tránsito de la medicina antigua a la moderna en España (1687-1727): Los principales protagonistas”. Thémata. Revista de Filosofía. 21: 167-195. [Disponible en: http://institucional.us.es/revistas/themata/21/07%20rodriguez.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
VILAR RAMÍREZ, Juan Bautista (1970):  “El Dr. Diego Mateo Zapata (1664-1745). Medicina y judaísmo en la España Moderna”. Murgetana, 34: 5-44. [Disponible en: http://www.regmurcia.com/docs/murgetana/N034/N034_001.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
VILAR RAMÍREZ, Juan Bautista (1971): “Zapata y San Nicolás de Murcia”. Murgetana, 37: 47-73. [Disponible en: http://www.regmurcia.com/docs/murgetana/N037/N037_004.pdf; consultado el 15 de junio de 2015].
ZAPATA, Diego Mateo (1701): Crisis médica sobre el antimonio y carta responsoria a Regia Sociedad Médica de Sevilla. [Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra/crisis-medica-sobre-el-antimonio-y-carta-responsoria-a-la-regia-sociedad-medica-de-sevilla–0/; consultado el 15 de junio de 2015].
ZAPATA, Diego Mateo (1691): Verdadera apología en defensa de la medicina racional philosophica, y devida respuesta a los entusiasmos médicos, que publicó en esta Corte D. Joseph Gazola Veronense. Archisoplón de las Estrellas. Madrid, por Antonio de Zafra. [Disponible en: http://books.google.com/books?id=w-1QTM1_6fUC&printsec=frontcover&dq=inauthor:%22Diego+Mateo+Zapata%22&hl=es&ei=sQa2TrvEDMyT8gOi45DtAQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=2&ved=0CDIQ6AEwAQ#v=onepage&q&f=false; consultado el 15 de junio de 2015].

  1. Hola Paco,
    vi tu entrada esta mañana antes de salir de casa y pensé… ¡qué bien, esta noche cuando disponga de ese momento de paz y tranquilidad que busco siempre al final del día, lo disfrutaré! Y así ha sido ¡Lo disfruté!
    Me quito el sombrero ante este artículo amigo mio y no solo porque me acercas (una vez más) un personaje totalmente ajeno a mi conocimiento sino que porque aúnas la pintura, la música y por supuesto también la Medicina, magistralmente. No puedo añadir nada más sobre la figura de Zapata pero al principio del artículo mencionas a Galeno. Precisamente estos días han hallado un palimpsesto que es la copia más antigua conocida del tratado de Galeno “De los preparados y los poderes de los remedios simples” Este texto es una traducción del siglo VI sobre el que siglos después se sobreinscribió un texto litúrgico del siglo XI de himnos religiosos de la Cristiandad Bizantina. Ya de por sí, estos himnos religiosos son un tesoro de la Historia por sí solos, pero el encontrar escondido en el pergamino ese texto de Galeno, lo convierte en todo un acontecimiento de la arqueología mundial.
    Quizás muchos de los tratamientos que propugnaba Galeno nos puedan sorprender ahora, pero mostraba unos conocimientos en fisiología que superaban al propio Aristóteles, como cuando decía que el cerebro estaba conectado al resto de cuerpo y lo controlaba, convirtiéndose así en el órgano principal. Y es que Galeno influyó en la medicina tanto de Oriente como de Occidente hasta bien entrado el siglo XVI.
    Un abrazo y repito, me quito el sombrero (bueno, lo cierto es que no llevo así que te doy mil y una gracias)

    Le gusta a 1 persona

  2. Larga vida la de este médico, tal vez, ecléctico, aunque más parece de criterio voluble y cambiante, en parte por su interés por medrar y sobre todo por sortear la temida Inquisición que evidente e injustamente le hizo pagar caro sus orígenes. Tan cambiante curso de criterio, -de conservador a ultranza a novatore-, ha dejado para la historia un médico indefinido e inclasificable.
    Por eso me extraña que la acuarela de Goya, nacido un año después de morir el médico y por tanto no coetáneo, se refiera al médico Zapata. ¿Tan afamado era?, ¿De qué conocía Goya a Zapata?
    La ficha catalográfica de la pintura, depositada en el museo del Prado, deja dudas sobre la verdadera intención de Goya: el grafismo ‘Zapata’ es diferente al de ‘tu gloria será eterna’, este sí atribuible al pintor. Tampoco está claro a qué Zapata se refiere.
    Muy interesante y trabajada entrada dedicada a un periodo de la medicina en la que todo era confusión, en la que el clasicismo preponderaba y la modernidad a duras penas, y aún con pocos argumentos, intentaba abrir brecha.
    Gracias, Paco.

    Le gusta a 1 persona

    • El dibujo de Goya cumple en este lugar una función estrictamente ornamental, José Antonio, sin que haya entrado a valorarlo porque -como a ti- me plantea dudas. Ciertamente, nos muestra un judío (por sus vestiduras se deduce) en prisión. Pero, por ejemplo, la edad que aparenta ese judío no se corresponde con los veintisiete o veintiocho años que tendría Zapata cuando estuvo preso en Cuenca.
      Por lo demás, has descrito con tu acierto habitual lo que fue aquel tiempo complejo y confuso para la medicina, entre los siglos XVII y XVIII.
      Muchas gracias. Y cordiales saludos que, pronto, tendré el placer de expresarte personalmente.

      Me gusta

  3. Brillantísimo artículo e interesante personaje. Un hombre con las ideas muy claras, la capacidad de progresar, la fuerza y voluntad en el empeño de conseguir lo que deseaba, fantástico. Señor Doña, ¡ no sabía que Usted fuera tan amablemente travieso!, jejejjeje, que no falte el humor en la seriedad de un artículo, es muy evidente que el humor es signo de inteligencia, aunque todavía existen personas que creen que por ser simpáticos resta seriedad a las palabras, nada de eso.

    Todo un homenaje a las personas avanzadas de mentalidad y corazón que desearon el buen desarrollo de un país, la lucidez y la razonabilidad son muy necesarias en la aportación al saber sin olvidar el buen corazón…la inteligencia sin buen corazón es muy dudosa a tener en cuenta.

    Maravilloso final con el gran Mahler. Un abrazo, Señor Doña.

    Le gusta a 1 persona

    • Que nunca nos falte el sentido del humor, señora Cabarrush. Siempre con educación y respeto, por supuesto, pero que nunca falte. Me alegro que le haya gustado ese detalle…😉
      De corazón, muchas gracias Teresa.

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: