¿Epilepsia? ¿Apoplejía? ¿Derrame cerebral? A vueltas con la enfermedad de Julio César

¿Epilepsia? ¿Apoplejía? ¿Derrame cerebral? A vueltas con la enfermedad de Julio César

Tradicionalmente se ha dicho que Julio César era epiléptico. Tan consustancial parecía ser la epilepsia con el dictador romano que -según apunta Carrizosa Moog (2009)- “se denominan crisis comiciales los episodios epilépticos, porque cuando Julio César padecía las convulsiones se suspendían las elecciones o comicios en el Senado romano.” Aunque, en realidad, uno de los muchos nombres con los que a lo largo de la historia (varios de ellos originados en la Antigua Roma), el de morbus comitialis, se debía a que si alguno de los que se presentaba para ser elegido -cualquiera- sufría una crisis epiléptica durante la celebración de los comicios (las elecciones), dichos comicios debían suspenderse porque se entendía el suceso como signo de mal presagio.

Aunque, por otra parte, a pesar de los esfuerzos realizados por Hipócrates para evitarlo, cinco siglos antes del nacimiento de Cristo, la epilepsia seguía considerándose en Roma y durante mucho tiempo después -hasta casi nuestros días- como una enfermedad sagrada –morbus sacer– y así lo expresa de forma magistral Margaret George en su libro Memorias de Cleopatra, cuando después de una crisis epiléptica padecida por Julio César este le contesta a la reina de Egipto:

–”¿Quieres decir si me hablan los dioses? No. O si lo hacen, me conceden tan poco tiempo para oírlos antes de perder el conocimiento, que al despertar no recuerdo nada”.

También Shakespeare, en la escena segunda del primer acto de su Julio César, describe una crisis epiléptica del protagonista en un diálogo entre Bruto y Casca:

BRUTO. — Contadnos cómo pasó, amable Casca.

CASCA. — ¡Que me ahorquen si puedo decir como fue aquello! Fue pura farsa, apenas me fijé. Vi a Marco Antonio ofrecerle una corona —aunque no era tampoco una corona, sino una especie de coronilla—, y, como os decía, la apartó una vez, pero, a pesar de todo, pienso que le habría gustado tenerla. Entonces se la ofreció otra vez, nuevamente la rechazó, pero tengo para mí que se le hizo muy pesado retirar de ella los dedos. Y luego se la ofreció por tercera vez; por tercera vez la alejó de sí. Y mientras de este modo la rehusaba, la chusma vitoreó y aplaudió con sus callosas manos, echando por alto sus gorros mugrientos y exhalando tal cantidad de aliento pestífero porque César había desdeñado la corona, que medio lo asfixiaron, pues se desmayó y rodó por el suelo. Y en cuanto a mí, no me atreví a reírme, de miedo de abrir la boca y tragar aquellas miasmas.

BRUTO. — Pero despacio, por favor. ¡Cómo! ¿Se desmayó César?

CASCA. — Cayó al suelo en la plaza del mercado, echando espumarajos por la boca, y quedó sin habla.

BRUTO. — Es muy posible. Padece de vértigos.

CASIO. — No, César no padece de vértigos. Somos nosotros, vos, yo y el honrado Casca, quienes sufrimos vértigos.

CASCA. — No sé qué queréis decir con eso, pero lo cierto es que César cayó. Y si no es verdad que la canalla le palmoteó y le silbó a medida que le gustaba o disgustaba, como acostumbra hacerlo con los actores en el teatro, consiento en que me tengáis por embustero.

BRUTO. — ¿Qué dijo al volver en sí?

CASCA. — Por mi fe, antes de caer, cuando él vio que aquel rebaño de populacho se alegraba de que rehusase la corona, me pidió que le desabrochara su justillo y presentó el cuello para que se lo cortasen. A ser yo uno del oficio, le hubiera cogido la palabra, aunque tuviese que ir al infierno en compañía, de los tunantes. Y en esto, cayó. Al volver en sí manifestó que, si había dicho cohecho algo digno de represión, deseaba que sus señorías lo atribuyesen a su mal…

Pero no sólo los escritores y gente con formación, los propios médicos -y médicos muy prestigiosos- como el Dr. Segovia de Arana, por ejemplo, han mantenido la hipótesis clásica de la epilepsia de Julio César:

“Como afectado de gran mal debemos considerar a Julio César. Todos sus biógrafos nos dejan constancia de los ataques que sufría durante los cuales se quedaba junto a él sólo un esclavo griego que le atendía solícito desde su juventud;
todas las demás personas debían ausentarse respetuosamente porque César no hubiese permitido jamás ser convertido en espectáculo. En las jornadas previas a algunas de sus grandes batallas sufrió crisis convulsivas en su tienda de campaña y llegó a decirse que durante las mismas recibía la inspiración para el desarrollo bélico que siempre le condujo de triunfo en triunfo. Al llegar a Egipto en persecución de su enemigo Pompeyo conoció a Cleopatra y la relación amorosa y política entre estas dos personalidades tan singulares pudo cambiar la historia del mundo. Lo que ahora me interesa relatar es la influencia que la epilepsia de César pudo tener en el establecimiento de aquella relación.

Se cuenta que Cleopatra asistió a escondidas a alguna crisis y mandó llamar a los mejores médicos egipcios que había en la corte de Alejandría. Estos médicos, poseedores y practicantes del amplísimo bagaje de saberes acumulado durante dos mil años en el país de los faraones, debían tener conocimientos para tratar aquella enfermedad que aquejaba al ilustre huésped de su reina. Los médicos de Cleopatra, en efecto, proporcionaron a ésta algún remedio que ella se apresuró a entregar a César aun a riesgo de tener que reconocer que había presenciado sus ataques. Aquel obsequio ayudó a que se entablara una relación más cordial entre ambos que fructificó en todos los extraordinarios sucesos que nos enseñan los libros de Historia.

Durante los siglos medievales muchos epilépticos fueron considerados, más que como seres en directa relación con la divinidad, como posesos del demonio y sometidos en consecuencia a exorcismos y a otras prácticas menos espirituales para conseguir que el maligno abandonase sus atormentados cuerpos. En otras ocasiones se les incluía en el censo de los locos y pasaban a nutrir las lóbregas instituciones que en esa época se ocupaban de mantener a los enajenados fuera del contacto con el resto de la sociedad. Uno de los primeros beneficios que reportó el nuevo concepto de enfermedades mentales surgido en el siglo XIX fue el de separar de éstas a la epilepsia y clasificarla como una dolencia del sistema nervioso absolutamente distinta de cualquier forma de locura.”

Jean-Léon Gérôme (1824-1904).

Jean-Léon Gérôme (1824-1904). “Cleopatra ante César” (1866)

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Sin embargo, recientemente, la prensa internacional se ha hecho amplio eco de una nueva hipótesis publicada en la revista Neurological Sciences por los doctores Francesco M. Galassi y Hutan Ashrafian, a finales de marzo de 2015, con el título: “Has the diagnosis of a stroke been overlooked in the symptoms of Julius Caesar?” No he podido leer el artículo porque hay que pagar para hacerlo (y no está la cosa para dispendios, aunque sean pequeños); pero disponemos de un vídeo, de Classics Confidential, donde los autores, médicos del Imperial Collegue de Londres, explican su teoría:

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Lamentablemente, muchas publicaciones en español han traducido erróneamente “stroke” por “apoplejía“, un término médico confuso y ya prácticamente en desuso. El término “stroke” puede traducirse como “ictus“, “accidente cerebrovascular“, “infarto cerebral” o “derrame cerebral“, por ejemplo. Aunque los autores hablan más concretamente de “mini strokes“, que debemos traducir con mayor propiedad como “accidentes isquémicos transitorios“; los cuales se caracterizan por que los síntomas desaparecen antes de 24 horas, generalmente antes de 1 hora, y esos síntomas (muy parecidos a los del ictus pero transitorios y reversibles) pueden ser:

– Pérdida de la sensibilidad o trastornos de la misma en un brazo o una pierna, o en un lado del cuerpo.
– Debilidad o parálisis en un brazo o una pierna, o en todo un lado del cuerpo.
– Pérdida parcial de la visión o de la audición.
– Visión doble.
– Mareo.
– Lenguaje ininteligible.
– Dificultad para pensar en la palabra adecuada o para expresarla.
– Incapacidad para reconocer partes del cuerpo.
– Movimientos inusuales.
– Incontinencia urinaria.
– Desequilibrio y caída.
– Desmayo.

Nicolas Coustou (1658-1733).

Nicolas Coustou (1658-1733). “Julio César” (1696). Museo del Louvre. París

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Más acertada es la reseña de Miguel Ángel Criado en El País; quien, entre otras cosas, escribe:

“Cuando iba a comenzar la decisiva batalla de Tapso (en la actual Túnez) contra los restos del ejército de Pompeyo en el año 46 antes de Cristo […], Julio César se desvaneció cayendo entre convulsiones. Sus hombres tuvieron que apartarlo de las miradas llevándolo a un fortín. Para narrar el episodio, el historiador griego Plutarco usó la palabra ‘epileptikos’ y desde entonces han sido muchos los que han dado por bueno que el caudillo romano sufría epilepsia. Sin embargo, ahora, dos investigadores aportan otra teoría: una serie de ictus habría protagonizado los últimos días del creador del Imperio.

Plutarco tuvo que escribir de oídas ya que no estuvo en la llanura de Tapso. De hecho, escribió sobre César 10 años[sic] después de su muerte. El propio Cayo Julio César […], gran escritor, además de militar, político y libertino, no dejó nada escrito sobre sus ataques. Ni siquiera eruditos coetáneos como Cicerón o inmediatamente posteriores, como el cordobés Lucano, lo hicieron. Solo el biógrafo de emperadores Suetonio volvería a hablar de la enfermedad de César un siglo después, aunque llamándola ‘morbus comitialis’, refiriéndose a un ataque que obligaba a detener una asamblea o reunión. La enfermedad tenía un halo divino, como si fuera una intervención de los dioses.

Sobre esa base, buena parte de los historiadores clásicos y de la medicina han mantenido que Julio César era epiléptico. De hecho, la mayoría de los artículos científicos recientes parten de la epilepsia y se dedican a aventurar sobre su etiología: que si fruto de un tumor cerebral, que si de origen genético, que si provocada por la sífilis o por un parásito intestinal

‘La nuestra es una teoría más completa, clara y simple, las otras son muy complicadas’, dice el investigador de la facultad de medicina[sic] del Imperial College de Londres, Francesco Galassi. Junto a su colega Hutan Ashrafian, Galassi ha rehecho el rompecabezas de la enfermedad de Julio César. Revisitando los clásicos y las investigaciones modernas con otros ojos, donde los demás vieron epilepsia ellos ven ictus y no uno, sino varios.

Siguiendo a Plutarco, Julio César sufrió su primer derrame cerebral en Corduba (la actual Córdoba), posiblemente en el 49 a.C., es decir, tres años antes que el de Tapso, o en el 46, al regresar a Hispania desde África. Si fue en la primera fecha, tenía entonces 51 años. ‘un primer ataque de epilepsia rara vez se presenta en la edad adulta’, recuerda Galassi. Y no hay registros de que el caudillo romano sufriera alguno en su infancia.

Tras salir vencedor de la guerra civil, Julio César regresó triunfante a Roma en el 46 a.C. Allí sucedieron otros dos hechos que, aunque poco documentados y detallados, sirven a los investigadores para apuntalar su tesis del ictus. En uno, senadores y grandes patricios romanos salen al encuentro de César para tributarle honores y cargarlo de títulos. Sin embargo, el emperador que nunca lo fue rehusó el encuentro alegando que se encontraba indispuesto. Lo que se sabe es que sufrió fuertes mareos, vértigo e intenso dolor de cabeza. Pero nada de la pérdida de consciencia o temblores propios de la epilepsia.

Como recuerdan estos investigadores en su artículo en la revista Neurological Sciences, un último episodio tuvo lugar cuando su amigo Cicerón loaba sus hazañas en el Senado. Julio César tembló, de emoción según Plutarco, escapándosele unos legajos de las manos. ‘El ataque con Cicerón encaja con un cuadro general de ictus’, asegura Galassi.

Para completar su argumentario a favor, los investigadores recuerdan que el gran general romano tuvo, en los años posteriores al ataque de Corduba, continuos dolores de cabeza, repentinos cambios de humor y una tendencia a la depresión. Depresivo estaba cuando, aún siendo avisado de que se estaba urdiendo un compló[sic] contra él, César no dejó de acudir a su cita con el destino para ser asesinado por un grupo de senadores en los idus de marzo del año 44 a.C.

‘El comportamiento de César cambió en estos años y nosotros tenemos una posible explicación’, sostiene Ashrafian. ‘Los datos siempre han estado ahí pero han sido interpretados partiendo de la epilepsia, nosotros lo vemos con otra óptica’, añade. Para él, es muy posible que los historiadores como Plutarco, Suetonio y otros, apostaran por la epilepsia por su halo divino. ‘Alejandro Magno tenía epilepsia y era visto como una divinidad. César pudo aprovecharse de eso’, comenta.

[…]

Para armar su teoría, los defensores de la epilepsia han querido ver en la repentina muerte tanto del padre de Julio César como de su bisabuelo lo que hoy se conoce como SUDEP, o muerte súbita inexplicada del paciente epiléptico. Incluso hay quienes sostienen que Cesarión, el hijo que tuvo con Cleopatra, sufría de convulsiones. Y sería una epilepsia de origen genético: el emperador Calígula y Británico, el hijo asesinado del emperador Claudio, también tuvieron ataques epilépticos. Los dos eran descendientes de la familia de Julio César.

Pero, como recuerdan Ashrafian y Galassi, no hay datos que señalen que Julia, la hermana de César sufriera de epilepsia. En cuanto a Cesarión, es complicado comparar ambos casos dado que apenas hay datos sobre el hijo nunca oficialmente reconocido de Julio César y Cleopatra. Además, recalcan estos investigadores, también puede existir una predisposición genética al ictus, lo que explicaría las muertes de su padre y su bisabuelo por un infarto.”

El problema es que -como ya se ha mencionado- ni Julio César (que escribía mucho y bien) ni sus contemporáneos dejaron testimonio conocido sobre su enfermedad. Plutarco, Suetonio, Apiano… escribieron sobre la posible enfermedad de César muchos años después, basándose no en documentos -en fuentes primarias- sino en lo que se decía… Es imposible, por tanto, determinar que enfermedad o enfermedades podía padecer. Sólo se pueden hacer suposiciones. Lo cierto, en cambio, es que César no murió a causa de ninguna enfermedad.

Vincenzo Camuccini (1771-1844).

Vincenzo Camuccini (1771-1844). “Morte di Cesare” (1804-1805). Óleo sobre lienzo. 112 x 195 cm. Galleria Nazionale d’Arte Moderna. Roma

  1. Los conspiradores se adelantaron al ictus que habría acabado con Julio César. Durante años creí que era epiléptico, lo que no sabía es que su primer ataque es cuando tiene 51 años, por los datos que citas hacen improbable la epilepsia. Sobre Caligula se dice que sus ataques epilepticos eran fingidos, dado que quería parecerse a Julio César o a Alejandro Magno por lo de la “enfermedad divina”, aunque parece que Caligula sí estaba bastante “tocado” de la mollera o era un psicópata. ¿Dedicarás una entrada a Caligula😉 ?

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    • Sin fuentes primarias histórico-médicas no se puede asegurar nada respecto a Julio César, Hesperetusa. La hipótesis del “morbus sacer” les venía muy bien a muchos. Ésta de los accidentes isquémicos transitorios no está mal; aunque se basan en Plutarco y Suetonio, que no son fuentes primarias, precisamente. Se ve que a los autores (por su biografía) les gustan estos temas…

      Respecto a Calígula, la verdad es que no lo había pensado… Pero el personaje es fascinante. Me planteas un reto y me gustan los retos.😉

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  2. Hola Paco,
    llevo unos días pensando en el personaje de Julio César para preparar un artículo en el blog aunque quisiera centrarme más en otros aspectos distintos a los que tú has hecho hoy. Yo, como Hesperetusa, nunca me había planteado otra cosa que no fuera la epilepsia sin pensar en su causa. Al ser de aparición en edad adulta puede (y es solo mi opinión personal sin haberme documentado como tú) que fuera secundario a algún accidente cerebrovascular crónico. Otras causas como tumores, infecciones… son menos frecuentes y probablemente le hubieran provocado otras sintomatologías. No sé, quizás su fin estaba escrito de todas formas, si no hubiera acabado mortalmente apuñalado puede que también hubiera muerto pocos años después. Quien sabe…
    Abrazos

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  3. Muy interesante. Pero discrepo de tu ironía final: Julio Cesar murió de un ataque.🙂 (Perdón)

    Otra digresión: “dice el investigador de la facultad de medicina[sic]” Supongo que el “sic” es por esa medicina en minúsculas, que quizás no sea un error gramatical: En el ámbito administrativo en el que trabajaba, se empeñaban en tratarme de “señor”, nunca de “doctor”. Y a la vez, el incorrectísimo “severo” ha desterrado el calificativo “grave”, seguramente porque asusta menos. Gramaticopolítica.

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    • Perdón a ti, José Luis, por haber tardado tanto en responder a este comentario tan “discrepante”.🙂
      Reconozco que tienes razón: Julio César murió por un “ataque”, no por enfermedad. Tampoco fue por accidente… puesto que el accidente se define por su imprevisibilidad. Y en este caso fue previsto.
      Respecto al uso de mayúsculas o minúsculas, no le hago caso a la “gramaticipolítica” (¡allá ella!) y me atengo a las normas de la RAE (aunque sea por esta vez).
      Muchas gracias por provocar sonrisas, aún con asuntos muy serios, y un cordial abrazo.

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    • Ciertamente, Juan. Ha sido un cordial encuentro. Acabo de visitar tu magnífico blog y me he hecho seguidor.
      No te preocupes por el tiempo… yo ya he conseguido no preocuparme por eso, intentando disfrutar con lo que hago, sin agobios.
      Muchas gracias por tu amabilidad. ¡Bienvenido! Y un muy cordial saludo.

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