La mala fama del doctor Guillotin

La mala fama del doctor Guillotin

La entrada anterior me hizo recordar a uno de los médicos más destacados en la Francia de Marat, cuyo apellido ha dado lugar al epónimo que denomina a la máquina de matar que llegó a convertirse en símbolo del terror revolucionario: el doctor Joseph Ignace Guillotin. Aunque, Guillotin, ni inventó, ni fabricó, ni murió decapitado por la guillotina, como algunos han asegurado.

Joseph Ignace Guillotin nació en Saintes (Francia) el 28 de mayo de 1738. Desde niño fue muy estudioso. Hay quien dice que su primera vocación fue religiosa. Otros afirman que se interesó por las artes y que llegó a dar clases de literatura en un colegio de Burdeos. Lo cierto es que estudió medicina, primero en Reims y luego en París, donde se graduó en 1770.

Como médico llegó a alcanzar una elevada reputación. “Cobraba caro las consultas en su consultorio de la Rue de la Bûcherie -afirma Eichenberg– pero fiel a sus preceptos humanitarios, atendía gratuitamente a los pobres en la parroquia de Saint Séverin.” En 1784 formó parte de la Comisión Real nombrada para estudiar el “magnetismo animal” o “mesmerismo” [por el apellido de su principal promotor, el médico alemán Franz Anton Mesmer (1734-1815)], que muchos consideraban una ofensa a la moral pública. Además de Guillotin, componían la Comisión prestigiosos científicos y políticos franceses, como Jean Sylvain Bailley, Jean d’Arcet o Antoine Laurent de Lavoisier, entre otros. Y, junto a ellos, el célebre norteamericano Benjamín Franklin. En sus conclusiones, la Comisión determinó que las “curas” de Mesmer eran reales, pero que no había evidencia de un “fluido magnético” -como sostenía el médico alemán- sino que se debían a la imaginación (hoy diríamos, más bien, a la sugestión). Años más tarde, Guillotin sería uno de los médicos que apoyaron en Francia la vacuna contra la viruela, de Edward Jenner (1749-1823); designándosele, en 1805, Presidente del Comité para la Vacunación en París.

Joseph Ignace Guillotin (1738-1814)

Joseph Ignace Guillotin (1738-1814). Museo Carnavalet, París

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Sin embargo, más que como médico, Guillotin ha pasado a la historia por su labor política. En concreto, por las propuestas que realizó como diputado relativas a la “humanización” de la pena capital en Francia. Guillotin era uno de los diez diputados que representaban a París en la Asamblea Nacional Constituyente, en 1789. En octubre de ese mismo año, cuando acababa de transformarse en Asamblea Legislativa, y en consonancia con el que se convertiría en lema de la República Francesa, “Liberté, Égalité, Fraternité“, ya propuso a la Asamblea que todos los condenados a muerte fueran decapitados por una máquina que asegurara su muerte de la forma menos dolorosa posible. Hasta entonces, la decapitación, mediante la espada o el hacha, era un privilegio reservado a los nobles. A los demás se les podía colgar, ahogar, desmembrar, mutilar, eventrar o quemar, entre otras barbaridades. Al parecer, solicitó también que las ejecuciones dejaran de ser públicas. Y se ha dicho, incluso, que era partidario de la abolición de la pena de muerte; aunque proponer dicha abolición, en aquellos tiempos, hubiera sido utópico. La verdad es que, en principio, no le hicieron el menor caso. Tuvo que insistir, y esperar hasta finales de 1791 la aprobación de la ley por la que todos los condenados a muerte en Francia debían ser decapitados, para “… que la pena de muerte fuera igual para todos, sin distinción de rangos ni clase social”, y se ordenó la fabricación de una máquina para ello. Pero, Guillotin, no participó en su construcción.

Con diversos nombres, máquinas para decapitar habían existido antes y en distintos lugares. Alemania, Italia, Escocia, Persia… Incluso, en la antigua Roma, dicen que se utilizó un primitivo antecedente de la guillotina. Lo que hicieron los franceses fue perfeccionarla. Tres personas participaron fundamentalmente en su fabricación: el cirujano militar Antoine Louis, Secretario de la Academia de Cirugía, que aportó sus conocimientos científicos; el fabricante alemán de harpsicordios Tobías Schmidt, que presentó la oferta más económica al concurso publicado por la Asamblea francesa; y Charles Henri Sanson, el principal verdugo de París, un importante asesor, teniendo en cuenta su reconocida experiencia profesional. Las “mejoras” más significativas de esta nueva máquina para decapitar se basaban en la altura desde la que caía la cuchilla de acero y el elevado peso de ésta, que garantizaban una velocidad y fuerza adecuadas, además del ángulo de 45 grados de su borde, que facilitaba el “corte”. Al principio, llamaron a la máquina “Louisette” o “Louison“, no se sabe si por el nombre del cirujano Antoine Louis -como dicen unos- o “en honor” del Rey; aunque esos nombres no tuvieron éxito entre el pueblo, que prefirió llamarla guillotina.

La guillotina se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución Francesa

La guillotina se convirtió en uno de los símbolos de la Revolución Francesa

El primer ejecutado en la guillotina no fue Luis XVI, sino un bandido llamado Nicolas Jacques Pelletier, el 27 de mayo de 1792. El último guillotinado en Francia fue Hamida Djandoubi, el 10 de septiembre de 1977. No me atrevo a dar cifras sobre la cantidad de personas guillotinadas en Francia y en otros países que adoptaron la guillotina para la ejecución de la pena de muerte. Han sido muchos miles. Por fortuna, Guillotin no fue uno de ellos. Aunque llegó a estar encarcelado, durante el “reinado del terror”, porque se había descubierto la carta de un noble -que sí fue guillotinado- encomendando al doctor el cuidado de su esposa e hijos, Guillotin fue liberado tras la caída política de Robespierre. Murió en su domicilio de París, el 25 de febrero de 1814, a consecuencia de una infección por carbunco en su hombro izquierdo.

Como dice Fernando Eichenberg:

“Definido como un hombre laborioso, austero, tímido, devoto, casto y honesto, defensor de la precisión de la formación y de la práctica de la medicina, el Dr. Guillotin falleció a los 76 años víctima de la indiferencia general y del disgusto por el uso abusivo de su creación. ‘Quiso terminar con el sufrimiento de los condenados a muerte y jamás imaginó que quedaría ante los ojos del pueblo como un sádico criminal en lugar de un benefactor de la humanidad. Víctima de la opinión pública, quedó convertido para siempre en el patrono de esta horrible máquina’, escribe Pigaillem. En la lectura del penegírico fúnebre, su amigo el médico Edmond-Claude Bouru destacó: ‘Infelizmente para nuestro colega, su moción filantrópica dio lugar a un instrumento al que el pueblo apodó con su nombre: prueba de que es difícil hacer el bien a los hombres sin que eso resulte en algún disgusto personal’.”

Curiosamente, por las mismas fechas en que se empezaba a utilizar la guillotina, el capitán de ingenieros Claude Joseph Rouget de Lisle, en Estrasburgo, compuso un himno patriótico que tituló Chant de guerre pour l’armée du Rhin. El 22 de junio de 1792, un joven oficial llamado François Mireur, médico, recientemente titulado en la Facultad de Medicina de Montpellier, que con el tiempo sería general del ejército en Egipto, se encontraba en Marsella encargado de preparar la marcha de los voluntarios de Montpellier y Marsella sobre París. Había oído el himno antes citado, y lo presentó a su gente con el título de Chant de guerre aux armées des frontières. La tropa lo aprendió y lo usaron como canción de marcha. Y así entraron en París el 30 de julio de 1792, entonando marcialmente el himno compuesto tres meses atrás por Rouget de Lisle. Los parisinos los acogieron con gran entusiasmo y bautizaron el cántico como La Marsellesa.

  1. Hola Paco,
    conocía la historia de la guillotina pero leyéndote la he disfrutado mucho más. Fueron tiempos convulsos, revolucionarios y Guillotin se implicó, y mucho, en ellos. Es una lástima que su nombre quedara asociado para siempre jamás con esa condena a muerte, pero como hay que buscar el lado positivo de las cosas y si no hubiera sido así, si no fuera así quizás tu artículo de hoy no sería este. La muerte por decapitación es una de las peores muertes que se pueden sufrir. Durante siglos, si el verdugo no era experto se procedía a realizar más de un intento para conseguir separar la cabeza del cuerpo ¡horrible!. Guillotin la humanizó dentro de lo que cabe.
    Un saludo con cabeza.

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    • Tienes toda la razón, Francisco. Guillotin es considerado por muchos un sádico, inventor de un instrumento terrible para matar… cuando era todo lo contrario. Creo que es necesario reivindicar su nombre.
      Un abrazo muy fuerte y feliz domingo.

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