El descubrimiento de la quina: la historia que nace de la leyenda

El descubrimiento de la quina: la historia que nace de la leyenda

De los Apuntes de Terapéutica, Farmacología y Arte de Recetar en el Curso de 1868 a 1869, publicados por el catedrático de la Universidad de Barcelona, D. Narciso Carbó y de Aloy, transcribo literalmente los siguientes párrafos (páginas 439 y 440):

“En 1638 hallándose de Virey del Perú el Conde de Climehon y habiendo padecido su esposa una intermitente pertinaz, por consejo de un criado indio tomó la corteza del Perú y curó; de ahí le vino á la corteza pulverizada el nombre de polvos de la condesa.

En 1640, Nega médico de la Condesa trajo este remedio á España. Luego fué llevado á Italia por los Jesuitas. El general de esta orden regaló al Cardenal de Lugo cierta cantidad de quina, de ahi el llamarse esta pulverizada, polvos de los jesuitas y del Cardenal de Lugo. El médico español Barba en Sevilla fué el primero que describió su poder antitipico indubitable, y lo que puso el sello á su reputación desde entonces no desmentido, fué la curación de Luis XIV verificada con este medicamento por un empirico inglés denominado Talbot, y los escritos de Torti y Sydenham.”

Así explicaba el ilustre Catedrático la historia del descubrimiento del primer medicamento específico de la medicina occidental dos siglos y medio después de que hubiera tenido lugar, en el Virreinato del Perú, y su posterior llegada a España y el resto de Europa con la participación fundamental de la condesa de Chinchón, los jesuítas y el Vaticano; más algunos personajes secundarios. Una historia basada en la leyenda y repleta de lagunas y errores que van más allá de que Carbó llamara “Conde de Climehon” al conde de Chinchón; “Nega” al médico del virrey, Juan de Vega; “Talbot” al médico inglés Robert Talbor (quien, por cierto, abominaba del uso de la quina mientras que la usaba en secreto con sus ilustres pacientes); o confundir a Luis XIV con Luis XVI de Francia. Debemos ser cuidadosos al hablar de historia…

Con objeto de intentar aclarar en lo posible las dudas sobre este trascendental descubrimiento en la historia de la medicina transcribiré buena parte de algunos de los escritos que -en mi opinión- mejor pueden contribuir a dicho objetivo. Así, desde el punto de vista histórico-médico, se transcribe en primer lugar un texto del Dr. Emilio Morales, publicado el año 2013 en su blog Homeopatía Online: “Quina. Historia de la china, el primer medicamento de la homeopatía“.

“El 14 de agosto de 1628 zarpaba del puerto de Cádiz, con destino a Lima, el Excelentísimo señor Don Luís Jerónimo de Cabrera y Bobadilla, Cuarto Conde de Chinchón, Señor de Valdemoro y Casarrubios, Caballero Comendador del Campo de Criptana en la Orden de Santiago, Alcalde, Guarda y Alférez Mayor de los Alcázares de Segovia, Tesorero General de la Corona de Aragón, Gentihombre de Cámara de S. M., de los Consejos de Aragón y de Italia, a la sazón recién nombrado Virrey del Perú por S. M. D. Felipe IV, rey de España. Lo acompañaba su segunda esposa, Doña Francisca Enríquez de Ribera, con la que había contraído matrimonio seis meses antes, la cual emprendió este difícil viaje embarazada del que habría de ser su único hijo.”

Chinchon

Luis Jerónimo Fernández de Cabrera (1589-1647), Cuarto Conde de Chinchón, Virrey del Perú

“Después de más de dos meses de navegación, llegaron al puerto de Payta. Allí, el conde hizo desembarcar a su esposa por miedo a que el parto ocurriese durante la travesía, mientras el siguió por mar hasta el Callao, donde desembarcó el 18 de diciembre, entrando en Lima el 14 de enero de 1629. Tras dar a luz el 4 de enero en Lambayeque, la condesa se reunió con su esposo el 19 de abril.

El gobierno del Conde de Chinchón dura desde su llegada hasta el 18 de diciembre de 1839, momento en el que, antes de partir de regreso a España, entrega el mando a Don Pedro de Toledo y Leyva, Marqués de Mancera.

La estancia de Don Luis Jerónimo de Cabrera en tierras americanas, su enfermedad y su posterior regreso a España no son sólo un episodio más de la historia de la colonización, sino sobre todo una página importantísima de la historia de la medicina pues en este episodio occidente descubre el efecto antipalúdico de la corteza de quina, abriéndose además de golpe, dos ítems que han marcado indeleblemente el devenir del arte médico: la medicación específica y la terapéutica empírica (hoy diríamos medicina basada en la experiencia).

El gobierno del Conde de Chinchón fue el de un hombre sabio, interesado sobre todo en la sanidad pública y los problemas demográficos. Así, escribe en un informe a la Corona, De la conservación y alivio de los indios depende la riqueza y consistencia de estas provincias: ‘Los españoles que hay en estas provincias son pocos y divididos, pero no hacen falta. Los indios, menos de los que fueran menester por la disminución a que han venido, que esta es mi opinión aunque no dejarán de decir a V. E. que están acrecentados, que holgara yo que fuesse así’.

Estableció la cuarentena obligatoria en el tráfico de esclavos, construyendo unas estancias a una legua de la ciudad que alquilaba a los traficantes para el alojamiento de los esclavos, los cuales debían ser visitados por tres médicos antes de obtener el permiso para acceder a Lima; prohibió el consumo de ciertas bebidas destiladas con alto contenido alcohólico, aunque es dudoso que esta prohibición surtiera efecto; hizo construir diques para evitar las inundaciones del río Rimac, tan determinantes en la extensión de la malaria; habilitó dos cátedras de medicina en la Universidad de Lima y bajo su gobierno se impartieron en las mismas las primeras clases.

Vemos en el Conde a un gobernante de gran inteligencia o muy bien asesorado. O ambas cosas. ¿Quién pudo haber sido su asesor en temas sanitarios? A no dudar, su médico personal, Juan de Vega, que salió con él de Cádiz como parte de su séquito y completó a su lado el periplo. La figura de de Vega no resulta simpática a todos los que se han ocupado del tema debido a la ambición que se le atribuye. Después veremos cómo llegó a culminar. Sin embargo, a juzgar por las acciones del Conde y más tarde el papel del propio de Vega en la distribución de la quina en España y en su reconocimiento por parte de otros médicos, no se le pueden negar conocimientos y perspicacia.

La versión que ha prevalecido durante siglos cuenta que la Condesa de Chinchón, enferma de tercianas, recibió de una criada india polvos de corteza de quino con los que curó de su dolencia. Enterada de las propiedades de la corteza, la bondad de su corazón la impulsó a repartir la misma y su secreto entre su pueblo: volvió a España y dedicó a esta noble tarea lo mejor de sus esfuerzos.

La historia es hermosa y edificante, ennoblece al género humano y devuelve al espíritu parte de la fe perdida. Lástima que no sea cierta. En cualquier caso, la verdadera historia (o por mejor decir, la enrevesada historia) con no ser tan edulcorada, resulta, sin embargo, mucho más interesante.

Sólo en los últimos años se está poniendo cierto orden en el Archivo General de Indias de Sevilla. Anteriormente, los legajos se acumulaban entre el orden y el desorden, constituyendo a buen seguro la delicia del investigador aventurero. En 1930, los historiadores hicieron despertar de un largo sueño el Diario de Antonio Suardo, secretario del Virrey, que recogió con minuciosidad de funcionario probo y estilo literario sobrio y directo, digno sin duda de mejores afanes, todos y cada uno de los acontecimientos del virreinato entre los años 1629 y 1639. Pese a que tales diarios desmienten la leyenda, pese a que varios autores se han ocupado de los mismos y han revisado a su luz la historia del descubrimiento de la quina, la leyenda sigue prevaleciendo. Y es que el alma popular no se desprende fácilmente de sus contenidos, especialmente si durante siglos estos contenidos han estimulado su fantasía.

Según el Diario de Suardo, fue el virrey quien contrajo las fiebres. El conde enfermó el 15 de febrero de 1631, y a finales de abril se establece el diagnostico de “calentura terciana”. Recibe, como no podía ser de otro modo, lo mejor de la terapéutica del momento: sangrías y purgantes, mientras la condesa, con finalidad ostensiblemente terapéutica, reparte limosnas entre los conventos de frailes y monjas de Lima. El Diario informa con rigurosa puntualidad sobre la evolución del estado de salud del conde, que, con remisiones y recaídas, incluso con algún momento en que se teme por su vida seriamente, ve progresar la enfermedad y debilitarse paulatinamente su robusta naturaleza. Llegamos así a 1628. De ese año nos dice Paz Soldán: “precisamente por los días en que López de Cañizares remitiera la corteza de quina de Loxa, y en el que el doctor Juan de Vega hacía venir importantes cargamentos de cascarilla preparando su retorno a España”.

Por aquellos días comienza la sorprendente mejoría del enfermo, cuando ya nada hacía esperar que se produjese.

Paz Soldán defiende la tesis del tratamiento quínico del Virrey basándose en la coincidencia en el tiempo de los manejos médico-comerciales de de Vega y la recuperación del paciente. Sin embargo no puede aportar ninguna prueba procedente del Diario de Suardo. Más aún: según la misma fuente, el Virrey, hombre muy piadoso, atribuyó su curación a un milagro de la Virgen del Prado, a cuya intercesión se había encomendado. Así pues, don Luís no tenía noticia de haber sido tratado con el nuevo remedio. ¿Ocultó de Vega el tratamiento a su ilustre paciente por temor a que la droga indígena, en cuyo uso aún no tenía experiencia, resultase peligrosa, o tal vez por temor a que el Virrey se negase a ser tratado? Conjeturas sin duda, pero lo cierto es que ni el Virrey ni su secretario supieron de dicho tratamiento.

Más aún, a la vuelta a Sevilla, el virrey tuvo una recaída, y pese a que su médico de cabecera aún lo acompañaba, no recibió de éste tratamiento quínico.

Sería necesaria una enciclopedia para consignar todas las contradictorias noticias e interpretaciones sobre el origen del uso terapéutico de la quina, muchas de las cuales pertenecen al mundo de las quimeras.

El diario de Suardo deja claro que el Virrey padeció las tercianas. De su esposa no menciona nada al respecto aunque es verdad que habla de cierta indisposición que sufrió en otra ocasión, de manera que parece improbable que hubiese pasado por alto un paludismo. Sea como fuere, Paz Soldán afirma que la condesa murió en Cartagena de Indias, en enero de 1641, poco antes de la fecha en la que, junto con su marido, se proponía embarcar de regreso a España. Según esto, la segunda parte de la historia, a saber, que la condesa distribuyó la quina en España, también sería inventada. ¿Son tales inventos un producto espontáneo de la imaginación popular o responden a alguna intención? He aquí lo que opina Paz Soldán:

“D. Juan de Vega en Sevilla, como Miguel Belga después en Flandes, y como los jesuitas, grandes propagadores de la quina con el Cardenal Lugo a la cabeza en Roma, tenían que captar la credulidad primero, la confianza más tarde, en la misteriosa corteza venida desde las tierras áureas de América. Y si el primero pudo tener la certidumbre que le vino del singular caso del IV Conde de Chinchón, los demás dejaron que la imaginación popular tejiera sobre la quina la sutil vestidura de la fantasía.”

Si admitimos esta hipótesis nos encontraríamos ante una campaña publicitaria avant la lettre, posibilidad que no resulta descabellada si tenemos en cuenta el volumen de movimiento económico que la quina hizo posible a partir de su descubrimiento.

Sabemos ya que no fue la Condesa de Chinchón la que introdujo la quina en España, y que el doctor de Vega se trajo a su regreso un importante cargamento de corteza con el que al parecer consiguió una no despreciable fortuna. Por su parte, los jesuitas, a través de su procurador general en Roma, el cardenal Lugo, contribuyeron decisivamente a la difusión del uso del medicamento y del medicamento mismo. Sin embargo, no fue un proceso pacífico; tuvo importantes detractores, especialmente entre algunos médicos protestantes (la droga había sido introducida por los católicos), mientras que otros defendieron su uso con convicción. Entre estos últimos se encontraba Cullen, la traducción de cuya Materia médica brindó a Hahnemann la ocasión de probarla en sí mismo dando de este modo lugar al nacimiento de la homeopatía.

Con respecto a la gran industria que se constituyó alrededor de la explotación y la distribución de la quina, nos interesan sobre todo sus comienzos. Ya hemos mencionada que Juan de Vega amasó una pequeña fortuna gracias al cargamento que se trajo de Perú. Según La Condamine […] comenzó vendiendo la libra a cien reales. Por su parte, los jesuitas, aprovechando sus conocimientos y su estratégica situación misionera, organizaron la distribución de la quina desde Roma, afirman algunos que por amor al prójimo (lo que no hay por qué poner en duda), pero también con importantes beneficios. En 1649, el cardenal Mazarino, de paso por París con polvos de quina suministrados por el cardenal Lugo, tuvo la ocasión de tratar al Delfín de Francia (que más tarde sería Luís XVI), lo cual tuvo una gran repercusión en la difusión del medicamento. Casi treinta años más tarde, en 1679, un inglés de dudosa reputación científica llamado Talbor, curó al hijo de Luís XVI y consiguió vender al rey su preparado (que no era otra cosa que quina mezclada con otros ingredientes) por 2.000 luises de oro, cantidad más que considerable para la época.

Cuando Linneo, en 1742, recibió el primer ejemplar botánico, lo clasificó dentro de la familia de las rubiáceas y creó para la planta el género Cinchona, llamando al ejemplar que le remitieron Cinchona condaminea. Condaminea en honor de uno de los primeros expedicionarios científicos, el francés Charles Marie de La Condamine, y cinchona en honor de la Condesa de Chinchón. Por desgracia Linneo se equivocó al escribir cinchona en lugar de chinchona, como habría sido lo correcto. Los intentos posteriores de algunos botánicos españoles por corregir el error resultaron infructuosos. La razón nos la explica Hipólito Ruiz en su libro Quinología o tratado del árbol de la quina o cascarilla: ‘Linneo parece que debió haber expresado el título de los Condes de Cinchon en su género, dándole el nombre de Chinchona y no el de Cinchona, con el que también le nombro yo, atendiendo al Canon 243 de su Filosofía Botánica en que dice, Nomen genericum dignum alio, lices optiore, permutare non licet’.”

Carl_von_Linné

Carlos Linneo, el “padre de la taxonomía”, dio nombre al género Cinchona. Retrato pintado por Alexander Roslin en 1775 que se encuentra en la Real Academia Sueca de las Ciencias

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Carmontelle,_Monsieur_de_la_Condamine_(1760)

Se dice que fue el científico y explorador francés Charles Marie de La Condamine quien envió a Linneo las primeras muestras para la clasificación de la Cinchona, y quizás también quien dio a conocer al botánico sueco la “historia” de la condesa de Chinchón. El retrato está pintado por Carmontelle en 1760

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Interrumpo momentáneamente el relato del Dr. Morales para transcribir las palabras de López Piñero y Pardo Tomás, en su libro La influencia de Francisco Hernández (1512-1587) en la constitución de la Botánica y la Materia Médica modernas (Cuadernos Valencianos de Historia de la medicina y de la Ciencia, Valencia, 1996, p. 217), sobre otra gran figura en la historia de la quina -de quien no nos podemos olvidar- el botánico y médico, español y colombiano, José Celestino Mutis:

“…Mutis fue un temprano seguidor del sistema linneano. En el mismo año 1764 envió un ejemplar de quina de Loja a Linneo, iniciándose así una correspondencia entre ambos que duró hasta la muerte del botánico sueco en 1778 y que luego Mutis mantuvo con su hijo y varios de sus discípulos. Sin detenernos en detalles que no resultan aquí oportunos, recordaremos solamente que el aspecto más destacado de esta relación fue el referente a las quinas. Linneo formuló el género Cinchona en 1742, basándose en la defectuosa descripción que La Condamine había hecho siete años antes. Como la memoria de Joseph Jussieu dedicada a la zona de Loja permaneció inédita hasta el presente siglo, Linneo no rectificó el fundamento de su Cinchona officinalis hasta 1767, tras haber recibido las muestras de quina de Loja que le envió Mutis.”

José_Celestino_Mutis

José Celestino Mutis y Bosio (Cádiz, 1732 – Santa Fe de Bogotá, 1808).

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Quizás, más adelante, me ocupe de los no suficientemente conocidos Aspectos Médicos de la Vida de José Celestino Mutis… como merecen, que han sido bien estudiados por mis queridos amigos, los doctores Juan Rafael Cabrera Afonso y Carlos Márquez Espinós; pero ahora, volvamos al texto de Morales:

“El mismo autor [Hipólito Ruiz] nos da noticia del rechazo de algunos médicos por la corteza: ‘Los primeros años en que comenzó á tener uso la Cascarilla, se estimaba la libra de ésta en el Perú en seis pesos fuertes, y en España en doce: después fue decayendo con el motivo de que los mas de los Médicos de aquel siglo despreciaban y vituperaban su uso, ya por la ordinaria aversion á, y ya tambien fundados en un aphorismo de Hipócrates que dice: Deben reputarse las fiebres como una excrecion que la naturaleza evacua de la materia morbífica, y persuadidos de que aunque la Quina quitaba la fiebre envolviendo en sí el fermento febril, como no producia excrecion sensible alguna, volvia el fermento á manifestarse con mayor fuerza en las siguientes accesiones.’ No obstante, el rechazo duró poco tiempo y enseguida la quina estuvo tan en boga que los nativos no conseguían recolectarla en las cantidades que se requerían, especialmente por falta de especímenes. Esta situación dio lugar a que el mercado se viese invadido por corteza de poca calidad e incluso por cortezas de otros árboles parecidos. Así pues procurarse una buena quina debe de haber sido durante años (hasta la extracción de la quinina, que no se lograría hasta 1820, por Peletier) una preocupación principal de los médicos en Europa.

Una imagen bastante ilustrativa del auge comercial de la quina y sus elementales consecuencias nos la proporciona Pedro Gómez Valderrama en La otra raya del tigre: ‘… y de allí surgió la fiebre, como fiebre del oro; la quina anaranjada, la quina roja giraban en la mente de los cazadores de fortunas. Se inició la odisea, la afluencia, los bosques comenzaron a ser violentados por los machetes sedientos de oro… la fiebre corría y la quina, paradójicamente, la encendía (…) Como todo lo que produce oro, el árbol de la quina se transformaba en árbol de la muerte; su amable sombra se convertía en escondrijo de la codicia. Los quineros llegaban a los pueblos después de cambiar por monedas el producto de sus exploraciones, y el dinero se les iba de las manos como había llegado; y volvían a las quininazas como luego habrían de volver a las caucherías y al petróleo.’

Sobre el origen del uso de la quinquina como específico contra las fiebres intermitentes, existen dos hipótesis o más bien líneas de hipótesis: según unos, el conocimiento de dicho uso terapéutico procedería del saber tradicional de los indios que, en algún momento, lo habrían transmitido a los españoles. Otros por el contrario opinan que fueron los jesuitas los que, según observaciones cuya naturaleza varía de acuerdo a los autores, habrían logrado la proeza de encontrar el primer específico de la terapéutica. Por otra parte, y en defensa de esta última teoría, afirman los investigadores que es improbable que el paludismo existiese en América antes de la llegada de los españoles, de donde su tratamiento difícilmente podría estar entre los saberes tradicionales de los indios.

El primer científico europeo que vio árboles de quina en su hábitat fue La Condamine. Este autor propone la más sorprendente de las hipótesis, según la cual no habrían sido los indios los primeros en utilizar la quina, sino los pumas que cuando se encontraban atacados de tercianas recurrían a masticar la corteza de la quina. Observado esto por los indios, lo habrían  imitado. Por lo demás, La Condamine no era botánico sino astrónomo: el botánico de su expedición, Jussieu, también encontró y describió la quina ocupándose del origen de su uso terapéutico. En su informe Description de l’arbre a quinquina, dice así: ‘Es cierto que los primeros en conocer las virtudes y la eficacia de este árbol fueron los indios del pueblo de Malacatos. Como tenía que sufrir mucho por la inconstancia del clima caliente y húmedo y por las fiebres intermitentes, se vieron obligados a buscar un remedio contra una enfermedad tan molesta. Durante el reino de los Incas, los indios eran botánicos expertos y sutiles conocedores de las virtudes de toda clase de hierbas. Según experiencias hechas con diferentes plantas, encontraron que la corteza de la quinquina era el remedio definitivo y casi el único contra las fiebres intermitentes. Este árbol no tenía entre ellos otra denominación que la que deriva de sus virtudes. Lo llamaban yarachucchu carachucchu. Yara significa árbol, cara la corteza, chucchu escalofrío de la fiebre. Lo llamaban también ayac cara, lo que significa corteza amarga. Una vez que un sacerdote de la Compañía de Jesús enfermo de fiebre intermitente, atravesaba el pueblo de Malacatos, un cacique (jefe indio) se compadeció de él y, conociendo la enfermedad del reverendo padre, le dijo: Espera un poco y te curaré. Diciendo esto, el indio fue a la montaña, trajo la corteza y se la dio en decocción al sacerdote. Recuperado totalmente, el jesuita quiso saber qué medicamento le había administrado el indio. Cuando éste le mostró la corteza, el sacerdote recogió una gran cantidad de la misma. Al volver a España, pasó por el Perú y allí encontró la misma corteza que producía los mismos efectos. De ahí proviene nuestra antigua denominación de la corteza llamada polvo de los jesuitas. Después se llamó polvo del cardenal. Ahora bien, como entre los diferentes especimenes de frutos traídos por el jesuita, se encontraba el fruto del árbol llamado quina quina, se lo tomó por el fruto del árbol que cura las fiebres intermitentes.’ Otro equívoco más según el cual hasta el nombre de quina le viene mal dado al importante remedio. Pero merece la pena fijarse en la denominación que Jussieu considera original, a saber, yarachucchu carachucchu, árbol del escalofrío (chucchu). La palabra chucho proviene, en una de sus acepciones, del quechua, y significa ‘frío de calentura. Escalofrío. Fiebre producida por el paludismo, fiebre intermitente’. Hemos de tener en cuenta, sin embargo, que esto lo recoge Jussieu más de un siglo después del regreso a España de don Luís de Cabrera, y que habían transcurrido suficientes años como para que cualquier leyenda cobrase carta de naturaleza. El descubrimiento de la quina, cuyo comercio tenía ya en esas fechas una importancia extraordinaria, podía invitar a la fabulación.

En cualquier caso, no es la única versión. He aquí lo que Ruíz López nos dice al respecto: ‘Durante mi misión en el Perú, oí diferentes veces a varias personas curiosas y fidedignas que había tradición, muy válida, entre ellos de que por los años de mil seiscientos treinta y seis un indio de la provincia de Loxa notició al Corregidor de ella la virtud de la quina, con el motivo de estar padeciendo unas fiebres intermitentes. El Corregidor deseoso de recuperar su salud, pidió al indio dichas cortezas, y preguntó el método de usarlas, que era el de infundir en agua común cierta cantidad arbitraria, según el alcance e inteligencia del indio, y beber de aquella infusión o cocimiento (como lo practican general y comúnmente los indios con todo vegetal) algunas tomas. Hízolo así el Corregidor, y por este medio logró en pocos días verse libre de sus calenturas, y continuando el uso del medicamento consiguió al fin la restauración de su quebrantada salud. Me aseguraron asimismo dichas personas que en el año de 1638, habiendo llegado a la noticia del Corregidor que la Virreina del Perú padecía tercianas, escribió al Virrey (que lo era entonces de aquel Reyno Don Jerónimo Fernández de Cabrera, Conde de Chinchón) y le remitió una porción de las referidas cortezas, avisándole de la eficacia de su admirable virtud, modo de usarlas, y esperanzas casi indubitables de que cortarían las tercianas á su esposa. Persuadido el Virrey de que ninguna mejor que el Corregidor podía administrar el remedio, le llamó a Lima, y le mandó que él mismo hiciese en los Hospitales las experiencias con otros tercianarios antes de pasar a dársela a la Virreina. En efecto, acompañado de los médicos del Hospital pasó á efectuar lo que el Virrey le había ordenado, y en breves días se hallaron todos los enfermos que habían tomado el remedio, libres de sus calenturas. Con tan manifiestas y felices pruebas, determinó el Virrey se le diese á su Consorte, la cual anhelando su mejoría no rehusó tomarle, y así a pocos días se libertó de las calenturas y recobró la salud que muchos meses había tenido perdida.’

Esto viene a ser una reproducción bastante fiel de la narración del genovés Bado (1663), el cual declara haber recibido una carta de un comerciante genovés, afincado el Lima, contándole la historia. El mayor interés de la versión de Bado es su precocidad: han transcurrido poco más de veinte años desde los hechos que se relatan. Sin embargo parece demostrado que no fue la condesa sino el conde quien enfermó de tercianas e incluso es dudoso que el conde fuese tratado con quina.”

Quina condesa Chinchón

Busto erigido en el pueblo madrileño de Chinchón, en memoria de la condesa Dª Francisca Enríquez de Rivera

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Cierta o falsa -lo que parece más probable- el pueblo de Chinchón no ha querido dejar de hacer suya la romántica “historia” sobre la enfermedad de la Condesa curada por medio de la quina, y la posterior influencia de aquella señora (de la que ni siquiera contamos con una imagen verídica), erigiendo un monumento, un busto, en recuerdo suyo. Abajo podemos leer con más claridad lo que dice la placa.

Quina Condesa placa

Imagen ampliada de la placa conmemorativa del monumento anterior

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Volvamos al texto de Morales:

“La otra línea de hipótesis atribuye el descubrimiento de las virtudes antipalúdicas de la quina a los jesuitas. Según unos (Humboldt), los miembros de la Compañía de Jesús se dedicarían a recolectar y probar sistemáticamente las plantas americanas, y de este modo, mascando la quina, habrían descubierto sus propiedades febrífugas. Otros[12] estiman que los indios utilizaban la quina para suprimir los escalofríos producidos por el frío, ya que inhibe la respuesta del músculo estriado. De este uso, los jesuitas habrían deducido que podría convenir a los escalofríos producidos por la fiebre intermitente. Su uso reveló que no sólo controlaba los escalofríos sino los accesos de fiebre y aún la misma enfermedad, al destruir los esquizontes del plasmodio. El criterio aplicado por los jesuitas había sido el de analogía, provinente[sic] de la medicina clásica, según el cual se pueden utilizar medicamentos similares para padecimientos similares.

Como puede apreciarse, todo el asunto está bastante confuso: si los indios conocían el uso de la quina contra las fiebres, ¿cómo no se supo nada de ello desde comienzos del siglo XVI, momento en el que se produce la conquista del Perú, hasta casi mediado el siglo XVII? Los defensores de la hipótesis india de la quina mantienen que los nativos le habían ocultado, aviesamente, a los españoles el uso de esta planta. Así lo mantiene, entre otros muchos, Garcilaso de la Vega, llamado el inca, pese a que en sus Comentarios reales de los Incas, en los que menciona todas las drogas utilizadas por los indios, no aparece la quina.

El género Cinchona, familia de las Rubiáceas, comprende un número indeterminado de especies muy parecidas procedentes todas ellas de Sudamérica, concretamente de la cadena andina, que se extiende desde el oeste de Venezuela, a través de Colombia, Ecuador y Perú, hasta Bolivia. Al abrigo de esta cordillera, a una altitud entre 5000 y 7000 pies, donde el clima es cálido y húmedo, crece la cinchona. Nunca forma bosques nutridos sino que los ejemplares se presentan aislados o como mucho en pequeños grupos en medio de la selva.

Aunque existen diversos métodos de recolección, el tradicional consistía en derribar el árbol y descortezarlo, lo cual, en el transcurso de un siglo de intensa exportación hizo temer que la preciada corteza terminase por desaparecer. Se recomendó a los recolectores que cada vez que derribasen un ejemplar plantasen varios jóvenes pero la recomendación no tuvo éxito.

En 1858, la expedición de Markham recolectó en Perú y Bolivia semillas y plantas jóvenes de algunas especies de Cinchona, que pudieron ser aclimatadas en la India británica,  en el Himalaya y Neilgherries, lugares que habían sido recomendados por Royle. Años después, el botánico alemán Hasskarl consiguió hacer lo propio en Java. Los franceses tuvieron algún éxito en la Isla de la Reunión pero fracasaron en Argelia. Con estos cultivos se pudo garantizar la producción de la corteza.

Los principales alcaloides de la cinchona son: quinina, cinchonidina y cinchonina, poseyendo asimismo hidrocinchonidina, hidroquinina, quinamina, cichotina y homocinchotina, entre otros.

Tras la obtención de la quinina, el uso de la corteza quedó reducido a la elaboración de bebidas amargas, estomacales y tónicos.

Además de su utilización como febrífugo general y de su indicación específica en el paludismo, la quina  (así como sus derivados) se ha utilizado como hesmostático, antianémico, antineurálgico o antivertiginoso (vértigo de Ménière), como estimulante de las contracciones uterinas durante el parto y para activar la expulsión de la placenta, tras el mismo. Y antes del descubrimiento de la penicilina, según afirman Huchard y Fiessinger,  ‘la mayor parte de las enfermedades infecciosas se tratan con medicación quínica, quizá más por confianza teórica en el remedio que en virtud de una eficacia teórica bien demostrada’.

Los efectos fisiológicos de la quina se atribuyen a la quinina, la cincodina y el ácido quinotánico. Sobre el apetito, en pequeña cantidad lo estimula pero en cantidades mayores produce pesadez epigástrica. Sobre la sangre actúa disminuyendo el volumen de los hematíes, mientras que paraliza los leucocitos o los mata. A dosis medias actúa disminuyendo la frecuencia cardiaca y aumentando la energía contráctil y la presión arterial. A dosis mayores, disminuye la frecuencia y también la fuerza. El corazón de los animales muertos por la quinina está en diástole y es incapaz de reaccionar al galvanismo. Sobre la piel, cabe tener en cuenta una urticaria peculiar: “Al eliminarse por la piel, suele producir una erupción parecida a la urticaria, y que el doctor Panas asegura haber visto frecuentemente en Grecia.”

Como cabía esperar, la quina no sólo cura la fiebre sino que (precisamente por ello) la produce: ‘Algunos autores, especialmente antiguos, han afirmado que la quina producía un aumento de temperatura en ciertas ocasiones, afirmación que fue uno de los puntos de partida de la homeopatía. Bretonneau, Trousseau y otros han llamado a esto fiebre quínica.’ Lo que nos deja a las puertas de la homeopatía.”

El texto completo del Dr. Emilio Morales, incluyendo las correspondientes referencias referencias bibliográficas, se puede encontrar pulsando sobre el título de su blog Homeopatía Online.

Finalmente, por su gran interés para intentar aclarar esta confusa y controvertida historia, no quiero dejar de transcribir la Carta al Director publicada por el Dr. Francisco Medina Rodríguez en la revista Reumatología Clínica, el año 2007, titulada: “Precisiones sobre la historia de la quina“.

Sr. Director: Leímos con interés la excelente y amena revisión de Jiménez Palop sobre la actualización del uso de antipalúdicos en reumatología publicada recientemente. Sin embargo, nos permitimos realizar algunas observaciones sobre los aspectos históricos mencionados en ella.

El hallazgo, la difusión y la llegada a Europa de esta ‘milagrosa’ sustancia son de los episodios menos claros en la historia de la medicina. El descubrimiento de la quina, mejor conocida como ‘cascarilla’ o corteza de quina, constituye un evento trascendental. Su corteza molida fue el único remedio eficaz contra el paludismo durante siglos, hasta que en el siglo xix se purificó el alcaloide bautizado como quinina, que en el siglo xx fue sustituido por compuestos sintéticos (primaquina, cloroquina, hidroxicloroquina).

Carlos Linneo, en su obra Genera Plantarum (1742), con base en descripciones de La Condamine, quien estudió la planta en las montañas de Loja (actual Ecuador), clasificó el árbol de la corteza de quina en el nuevo género Cinchona. Este nombre fue inspirado por el relato “clásico” del médico Sebastiano Bado (referido a su vez por Antonio Bolli, comerciante genovés) en su obra Anastasis corticis Peruviae seu china china defensio, quien en 1663 describió la llegada de la corteza de quina a la medicina occidental, que se produjo cuando la esposa del Conde de Chinchón, virrey de Perú, afectada de tercianas (paludismo), fue sanada en forma milagrosa con este remedio.

Leyenda romántica, cambio de nombre y virreina resucitada: las fechas documentadas del virrey Chinchón en Perú fueron de 1629-1639, que empatan a medias con las de Bado, ya que al restar “30 o 40 años” de 1663, obtenemos 1623-1633, lo que deja apenas 4 años (1629-1633) para la fecha de la supuesta cura de la condesa. Otra inconsistencia cronológica en su libro es que el retorno del virrey a España ocurrió en 1633, año desde el cual había en la residencia de los Chinchón una provisión de corteza traída del Perú, cuando realmente el ex virrey llegó a Castilla en 1641.

Antonio de Suardo, autor del diario del Virreinato de Chinchón (mayo de 1629-mayo de 1639) descubierto en 1930 en el Archivo de Indias de Sevilla, fue estudiado y publicado por Vargas-Ugarte en 1935 y posteriormente por Haggis. En su diario, Suardo no menciona palabra alguna sobre las supuestas fiebres de la condesa, referidas por Bolli a Bado. Por el contrario, el diario permite suponer que, salvo afecciones pequeñas, la salud de la condesa era óptima, con una agenda activa en la sociedad limeña; en cambio, son muchas las referencias de que el conde y su hijo sí adolecieron de fiebres tercianas, con fecha y curas a las que se sometieron; para colmo, entre estas últimas sólo se mencionan sangrías y purgas. Se antoja muy raro, por lo tanto, que el diario refiera las fiebres que padecieron el virrey y su hijo sin haber recibido una medicina ya supuestamente probada con éxito en la condesa.

Consta que Clements Markham, presidente de la Real Sociedad Geográfica de Londres, en 1874 dedicó una memoria a la condesa ‘Ana de Osorio’, esposa del virrey Chinchón: ‘… tras regresar a España, se dedicó a curar a los enfermos con corteza que ella misma había traído del Perú…’. Gracias a Cipriano-Zegarra sabemos que la condesa de Chinchón que estuvo en Perú no fue Ana de Osorio, sino Francisca Henríquez de Rivera, ya que el conde enviudó de doña Ana y había contraído nuevas nupcias antes de su encomienda americana. Por si con eso no bastase, doña Francisca murió en Cartagena de Indias (actual Colombia) el 14 de enero de 1641, cuando ella y el virrey Chinchón estaban por embarcarse de regreso a España. En reimpresos de Palma posteriores a 1879, se aclara esto como resultado probablemente de un error de ‘oídas’ y se ‘renombra’ a doña Leonor (¿Ana de Osorio?) como doña Francisca.

El ya mencionado explorador francés La Condamine creyó haber establecido 1638 como el año de la cura de la condesa y mencionó al médico virreinal Juan de Vega como introductor de la quina en España, donde aparentemente la vendía ‘a cien reales la libra’.

Lo menciona también Gaspar Bravo (1669), quien atribuyó a De Vega la difusión de la quina en España. Sin embargo, los documentos firmados por De Vega en la Universidad de Lima hasta 1659 (Haggis y Jaramillo-Arango) son pruebas de la permanencia de aquél en Lima después de que el ex virrey Chinchón regresara a España y no hay evidencia de algún viaje de De Vega a España durante ese período. Si, como todo lo anterior indica, la anécdota sobre la cura de la condesa es falsa, difícilmente se sostiene cualquiera otra aseveración relacionada, por lo que las ‘curaciones castellanas de la condesa’ son también un episodio espurio.

Descripciones de la quina en los siglos XVI y XVII: el agustino fray Antonio de La Calancha (1633) y el padre jesuita Bernabé Cobo (1652), quienes residieron en Perú en la época de los Chinchón, fueron los primeros en describir desde ese país la cascarilla; notaron sus propiedades curativas “milagrosas” y ninguno de ellos hace mención sobre la relación de esta virreinal pareja con la quina. Medio siglo antes, Monardes (1571) y Fragoso (1572) habían señalado una planta propia del Nuevo Reino (actual Colombia y Ecuador), a la que no pusieron nombre. Ellos describieron sus características morfológicas y propiedades astringentes inconfundibles de la quina, así como su utilidad en casos de diarrea, fiebre y cualquier flujo.

Difusión en la medicina occidental y llegada a Europa: para 1663, cuando Bado publicó su libro, la aplicación de quina a enfermos de fiebres era el ojo del huracán médico que tocaba círculos españoles, italianos y de los Países Bajos, ya que esta aceptación significó un parteaguas, al tener que modificar los doctores sus “dogmas clásicos” sobre la etiología humoral de las enfermedades.

Para un descrédito mayor de la supuesta aportación del Dr. de Vega, Van der Heyden (Gante, 1643) mencionó el uso de la quina (Pulvis indicus o P. jesuitti) para combatir tercianas y cuartanas, lo que indica además que el padre Bartolomé Tafur (otro ‘acusado’ de llevar la quina a España) tampoco llevó la quina a Europa en 1642-1643, ya que ésta debió haber llegado antes, como lo señala el hecho de que en 1639 los profesores de Alcalá curaron con ella a don Miguel de Barreda.

La quina fue aprovechada por grupos religiosos, en especial los jesuitas, quienes poseían el monopolio de esta ‘panacea’. Quizá por ello esta historia tampoco está desprovista de contrabando y engaño, y hay registro de al menos una ‘falsa corteza de los jesuitas’ (Iva frutescens), con que los comerciantes faltos de escrúpulos se aprovechaban de los incautos para venderles falsas quinas. De hecho, aunque no esté dicha la última palabra, hay escritos jesuitas que mencionan que la quina llegó a Roma en 1632, con el provincial de las misiones jesuitas del Perú, el padre Alonso Messia Venegas, como su introductor, cuando trajo una muestra de la corteza para presentarla como primicia, quien había partido de Lima 2 años antes, ya que consta que estuvo en Sevilla en 1632, donde publicó uno de sus libros y siguió su camino hacia Roma en calidad de procurador.

Finalmente, también hay confusión en cuanto al origen del nombre ‘quina’, que es el que ha prevalecido para designar un árbol (o más propiamente, un género de árboles, puesto que son varias las Cinchona sp. con estas cualidades en el bosque nublado andino). En su obra clásica, el gran botánico Monardes incluyó un capítulo sobre las propiedades antitérmicas y de otra naturaleza de la ‘raíz de china’, planta ‘panacea’ mexicana muy socorrida durante los siglos XVI-XVIII, mejor conocida como zarzaparrilla (Smilax officinalis, S. china). Una tercera planta también con usos antipiréticos: el bálsamo peruano, fuente de ‘pepitas de quina’ y denominado ‘quinaquina’ o ‘kina-kina”‘en castellano (Myroxylon sp.), pasa a ser ‘china china’ en italiano. Esto no tendría nada de particular si la pronunciación de ‘chi’ no cambiara, pero en italiano (y quizá en latín) se pronuncia ‘qui’. Y, aunque ‘radice di china’, ‘corteccia di china’ y ‘china-china’ son botánicamente distintas, esta distinción es muy difícil de hacer ateniéndose a lo escrito. Al haber sido el latín el idioma de la ciencia, estas confusiones se han mantenido durante 3 siglos.”

Al texto completo, con ilustraciones y referencias bibliográficas, del Dr. Medina Rodríguez en Reumatología Clínica se puede acceder pulsando sobre su título: “Precisiones sobre la historia de la quina“.

Soy consciente de la desmesurada extensión de esta entrada; pero me parecía necesaria la reproducción prácticamente total de los textos transcritos con la finalidad de poder hacernos una idea certera y aclarar la historia del descubrimiento del primer medicamento específico en la historia de la medicina occidental, una historia que nace de la leyenda quizás porque -como señala el ya citado Medina Rodríguez– se forjó “en una Europa barroca donde todo lo que venía de América necesariamente tenía que rodearse de un aura de misterio.”

  1. Hola Paco,
    puede que sea extenso pero esto no quita un ápice su interés. La quina, además de su historia y su leyenda, ha sido considerada como “la más importante planta medicinal de ultramar” y así fue, sobre todo contra el paludismo.Por cierto, unos enlaces de lo más interesantes. Gracias por este magnífico y documentadísimo artículo.
    Saludos.

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