Saturnismo: la enfermedad de los pintores (Introducción)

Saturnismo: la enfermedad de los pintores (Introducción)

El saturnismo, intoxicación crónica por el plomo, cólico de los pintores, plumbismo o plombismo -que de todas estas formas se le llama- es un problema de salud pública y también una enfermedad profesional que aparece como tal en la Lista de Enfermedades Profesionales de la Organización Internacional del Trabajo (revisada en 2010), en la Recomendación 2003/670/CE, de 19 de septiembre de 2003 y, por supuesto, en la vigente legislación española, concretamente en el Real Decreto 1299/2006, de 10 de noviembre, por el que se aprueba el cuadro de enfermedades profesionales en el sistema de la Seguridad Social y se establecen criterios para su notificación y registro. Últimamente ha disminuido su incidencia en los países desarrollados gracias a las medidas preventivas adoptadas por las autoridades, tanto en el ámbito laboral como en el de la salud pública; aunque todavía hay lugares donde continúa siendo un grave problema de salud, que afecta sobre todo a los niños porque son más susceptibles de padecer la enfermedad. Pero, en 1817, Mateo Orfila (1787-1853), el padre de la Toxicología, llegó a decir:

Si juzgásemos el interés que algún asunto médico despierta por el número de escritos que ha merecido, no tendríamos más que considerar a la intoxicación por el plomo como el más importante de todos aquellos que han sido tratados hasta hoy.

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Mateo Orfila (1787-1853)

Y ¿por qué estudiamos el saturnismo en los pintores? La respuesta es obvia, porque hasta el siglo XX -prácticamente- un buen número de los colores que usaban en sus obras estaban fabricados con compuestos de plomo. Baste citar, por ejemplo, al carbonato de plomo, el albayalde, también conocido como blanco de plomo, que permitía los efectos de transparencia que vemos en el luminoso vestido de la condesa de Chinchón, retratada por Goya en el año 1800.

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La condesa de Chinchón, retratada por Goya en 1800. Museo del Prado

El albayalde se usaba con frecuencia, además, para la preparación de los lienzos, especialmente para la imprimación, la capa de pintura sobre la que se aplica el color; y hasta el último tercio del siglo pasado, por ser barato y fácil de obtener, se utilizó para pintar las paredes de las casas, con el consiguiente riesgo de intoxicación para sus habitantes. Otro color de uso muy común desde el Barroco era el amarillo de Nápoles (antimoniato de plomo). El Cesto con frutas de Caravaggio, una de las primeras naturalezas muertas de la pintura occidental, se recorta sobre un fondo amarillo de Nápoles.

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Cesto con frutas pintado por Caravaggio (c. 1596). Pinacoteca Ambrosiana. Milán

Y Van Gogh… ¡Con lo que le gustaba a Van Gogh el amarillo, que hasta pintó de ese color la casa en la que vivió en Arlés!

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La casa amarilla (1888). Museo Van Gogh. Amsterdam

Aunque buscando un amarillo fulgurante, el “loco del pelo rojo” mezclaba el amarillo de Nápoles con todo lo que se le ocurría, a menudo con compuestos de bario o azufre, sin saber que, con el tiempo, sus amados amarillos se irían transformando en marrones, creando -a su vez- un importante problema para los restauradores… No se puede dejar de mencionar un compuesto aún más tóxico que los anteriores, el minio o rojo Saturno (tetróxido de plomo). Se dice que el nombre “minio” proviene del río Miño, en cuyas márgenes se obtenía de modo natural, y de él deriva la palabra “miniatura” porque se utilizó para iluminar códices y manuscritos medievales, como el Códice de Fernando I y Doña Sancha, en el que el minio da los tonos rojo-anaranjados del fondo.

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Ilustración del “Beato de Fernando I y Doña Sancha”.
Biblioteca Nacional de Madrid

Hasta que se prohibió, a finales de los pasados años setenta, el minio se usaba como antioxidante para proteger superficies expuestas a la interperie. Otros compuestos usados en pintura con un alto contenido en plomo son el litargirio (óxido de plomo), cuya presentación más frecuente -aunque no única- es como amarillo, y el extracto de Saturno (acetato de plomo, fundamentalmente), un blanco que ha tenido usos muy curiosos -por cierto- más allá de la pintura, incluso como remedio universal en la medicina del siglo XVIII.

Ya se han mencionado los tres protagonistas de nuestro estudio: Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610), Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) y Vincent Willem van Gogh (1853-1890). ¿Por qué ellos tres y no otros? Si los compuestos de plomo se usaban de modo habitual en la pintura, habría otros muchos artistas afectados, seguramente.

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Bernardino Ramazzini. “Padre de la Medicina del Trabajo”

Tanto es así que el italiano Bernardino Ramazzini (1633-1714), ese señor empelucado que acabamos de ver, pero que no dudó en ensuciar sus elegantes vestiduras doctorales entrando en los talleres para estudiar las duras condiciones de trabajo de la mayoría de los oficios y profesiones de su época, en el que sería su libro principal, De morbis artificum diatriba, el Tratado de las enfermedades de los trabajadores (que vio la luz en Módena, en 1700 y volvió a editarse ampliado en vida del autor, en Padua, el año 1713), describía la clinica del que llamamos cólico saturnino, o cólico de los pintores, atribuyéndolo con acierto a los minerales (plomo o mercurio) presentes en los colorantes, con un ejemplo tomado de los escritos de Jean-François Fernel (1497-1558), el médico de Enrique II de Francia, y mencionando a otros famosos pintores que también podrían haber sufrido de saturnismo, como Rafael o “Il Correggio“:

También los pintores se ven aquejados de muy diversas afecciones, como temblor en las articulaciones, caquexia, ennegrecimiento de los dientes, decoloración del rostro, melancolía y pérdida del olfato, sucediendo muy rara vez que los pintores que suelen plasmar las imágenes de los demás con más elegancia y más colorido de lo que se da en la realidad, tengan ellos, por su parte, buen color y buen semblante. Yo de mí sé decir que cuantos pintores he conocido en ésta y otras ciudades, a casi todos los he encontrado enfermizos y, si se repasa la historia de la pintura se echará de ver que los pintores rara vez llegan a edad avanzada especialmente los más sobresalientes. Sabemos que Rafael de Urbino, pintor celebérrimo, fue arrebatado del mundo de los vivos en la flor de la juventud, siendo su prematura muerte cantada por Baltasar de Castiglione en una elegante elegía. Podría ciertamente echarse la culpa a la vida sedentaria y a su carácter melancólico, teniendo como tienen siempre en su mente -apartados casi de todo trato con los demás hombres- entretenida en sus fantásticas ideas; pero existe, latente, otra causa de mayor importancia como es la materia de los colores que tienen constantemente entre sus manos y bajo sus mismas narices: por ejemplo, el minio, el cinabrio, la cerusa, el aceite de nuez y el de linaza, productos todos ellos utilizados para templar los colores, así como otros muchos pigmentos extraídos de diversos minerales. Por ello en sus estudios se percibe un olor nauseabundo bastante pesado que expiden el barniz y los aceites mencionados, olor muy nocivo para la cabeza y al que tal vez hay que atribuir la atrofia del olfato. Por su parte los pintores, al trabajar suelen llevar puestos unos blusones sucios y pintarrajeados, por lo que no pueden menos que inhalar por la boca y la nariz efluvios nocivos que arrastrándose hasta la sede de los espíritus animales y deslizándose, por las vías respiratorias, hasta las moradas de la sangre, acaban por perturbar la economía de las funciones naturales y excitar las afecciones recordadas más arriba.

Todo el mundo sabe que el cinabrio está emparentado con el mercurio, que la cerusa es un preparado a base de plomo, el bronce verde a base de cobre y el color ultramarino a base de plata (al ser los colores minerales más persistentes que los vegetales, son más solicitados) y que casi toda la materia colorante, se toma del reino mineral, derivándose de tal motivo grandes daños. Por eso los pintores, aunque no tan gravemente, son víctimas necesariamente de las mismas enfermedades que los demás metalúrgicos.

Sobre este paricular, Fernel nos cuenta la historia asaz curiosa de un pintor de Anjou que, a principio, fue víctima de temblores en los dedos y en las manos y, después, de convulsiones, llegando también el brazo a verse arrastrado al acuerdo con dedos y manos; iguales conmociones le sobrevinieron después en los pies y, finalmente comenzó a ser atormentado con un dolor tan agudo en el estómago y en ambos hipocondrios que no encontraba alivio ni en lavativas, ni en fomentos, ni en baños, ni en ningún tipo de remedios. Cuando le sobrevenía el dolor, lo único que le aliviviaba era el que tres o cuatro hombres se apoyaran con todo su peso sobre su estómago, con lo que al ser comprimido su abdomen, los dolores se hacían menos violentos; por fin, después de haber sufrido tanto durante tres años, murió completamente consumido. Nos dice el autor que médicos muy afamados fueron llamados a consulta para tratar de descubrir la verdadera y auténtica causa de tan grave enfermedad, tanto antes como después de la autopsia, no apareciendo nada anormal en las vísceras. Al leer esta historia me quedé maravillado ante la ingenua confesión de Fernel (como suele ser la de los grandes hombres, según nos dice Celso): “Ninguno dábamos en el blanco y, como suele decirse, todos andábamos totalmente descaminados”, dice el autor. Añade, sin embargo, que, dado que aquel pintor tenía la costumbre no solo de limpiar el pincel con los dedos, sino imprudente e incauto, incluso de chuparlo, es muy probable que desde los dedos de las manos u por contigüidad de las partes el cinabrio hubiera pasado al cerebro y a todo el sistema nervioso; una vez admitido por la boca, “habría inficionado el estómago y los intestinos con alguna propiedad inexplicable y maligna que sería la causa de tantos dolores”.

Ahora bien, la causa del semblante caquéctico y descolorido de los pintores, así como de los sentimientos melancólicos de los que con tanta frecuencia son víctimas, no habría que buscarla más que en la índole nociva de los colorantes. Cuentan que el corregiense Antonio de Allegris (llamado “el Corregio” por el nombre de su patria) llegaba en su melancolía a tal aturdimiento que no reconocía ni la dignidad y el valor de su persona ni las de sus propias obras, hasta el punto de que los justos honorarios cobrados por sus cuadros los devolvía a los compradores de los mismos, como si se hubiesen equivocado al pagar un elevado importe por unas pinturas que hoy no tienen precio.

Comoquiera que los pintores se han de ver aquejados por aquellas enfermedades enumeradas o por otras indisposiciones corrientes, deberán ser cuidadosos con una dedicación particular, de modo que, al lado de los remedios comunes, se empleen los remedios particulares referentes a los daños contraídos a causa de los minerales, de los que bastante hemos hablado más arriba y que no vamos a repetir para no cansar a los lectores.

De morbis artificum diatriba

“De Morbis Artificum Diatriba”
Portada de la primera edición del libro de Ramazzini

Julio Montes Santiago, uno de los autores que más ha estudiado el saturnismo en los pintores, en una reciente publicación suya en Progress in Brain Research, apunta entre los pintores que probablemente sufrieron saturnismo a Miguel Ángel, Caravaggio, Rubens, Goya, Fortuny, Van Gogh, Renoir, Dufy, Klee, Kahlo y Portinari. Yo he seleccionado solamente a tres de ellos por su fama indiscutible (aunque otros hay que no les van muy a la zaga); por ser muy representativos de sus respectivos momentos históricos, entre los siglos XVII y XIX, especialmente afectados por el saturnismo; porque dispongo de suficiente documentación sobre ellos; y por no hacer el tema más extenso de lo debido. Pero antes de centrarnos en los casos de Caravaggio, Goya y Van Gogh me parece necesario, aunque sea brevemente, exponer o aclarar algunos aspectos de la enfermedad, como la etimología de su nombre o sus manifestaciones clínicas, sin entrar en otras cuestiones como las pruebas de laboratorio, fundamentales para el diagnóstico de certeza, el tratamiento actual o la prevención del saturnismo.

[Continuará]

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  1. En este artículo se trata un tema para mí apasionate como son los colores…, y los colores en la pintura. Ahora no tengo tiempo de comentar como me gustaría, así que lo dejo para dentro de unas horas. De todos modos me gustaría hacer también un apunte sobre sobre estos compuestos tóxicos de plomo: el albayalde se usó durante siglos en el maquillaje. Ya se usaba desde la Grecia clásica. La intoxicación e incluso envenenamiento por plomo debieron sufrirlas muchas mujeres y hombres que se maquillaban por profesión como los actores, o cuando los hombres utilizaban maquillaje también como en el siglo XVIII.

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    • Es posible la intoxicación por vía dérmica, Hesperetusa; pero difícil, salvo que existan heridas en la piel. La vía de entrada principal del plomo en el medio laboral es la respiratoria. Sin embargo, en los pintores es la digestiva, por las manos manchadas, por ejemplo, incluso en algunos casos por chupar los pinceles.
      Muchas gracias por este primer comentario sobre el tema… y seguiremos hablando de ello, con más tiempo.

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  2. Hola Paco,
    ha merecido la pena esperar la entrada de hoy. ¡Magnífica, de veras!
    Aunque conocía el saturnismo como enfermedad y algo sabia de su presentación en los pintores (podría decir de “brocha gorda”) nunca me había planteado que pudiera afectar a los pintores clásicos de esta manera. Está claro que el saturnismo (al igual que cualquier otra enfermedad laboral que tiene prevención) en aquellos tiempos se desconocía, y la exposición al plomo fue importante.
    Otro punto interesante que me ha llamado la atención de tu artículo es el de la toxicidad de los diferentes colores usados: el minio, el amarillo de Nápoles… pero hay uno que no se me olvidará , el albayalde. Ese extraordinario efecto de transparencia en el cuadro de la condesa de Chinchón de Goya… ¿cómo puede ser que algo tan inocente pueda ser causante de tal toxicidad? La próxima vez que tenga la ocasión de ver ese cuadro me acordaré del albayalde, ¡seguro!.
    Hoy en día (y tú lo sabes mejor que yo) no hay mejor tratamiento que la prevención.
    “Hay que excavar el pozo antes de tener sed”.

    Un abrazo y espero la segunda parte.

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    • Gracias, Francisco Javier, muchas gracias por tus amables palabras… Y, sobre la condesa de Chinchón, permíteme una breve anécdota. La pobre tenía la boca fatal, sin embargo estaba muy orgullosa de sus brazos. Así que -según se dice- pidió a Goya con todo su poder de esposa de Godoy, para este retrato, que no se viera nada de su boca más allá de los labios; pero que destacaran sus hermosos brazos…
      ¡Un fuerte abrazo, amigo!

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    • Siempre tan amable, mi querido José Antonio… pero no tengo más mérito que el de haber sido capaz de conseguir tiempo. La mayoría de las veces escribo aprisa y cansado, a altas horas de la noche. Esta vez, he estudiado el tema con detenimiento y he escrito como me gusta, a cinco letras por minuto… 🙂
      Muchísimas gracias y un fuerte abrazo.

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    • 🙂 Muchísimas gracias Elena… Muy amable. Poco a poco, entre otras ocupaciones voy transcribiendo el texto del Discurso que pronuncié en la Apertura de Curso de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Cádiz, el pasado 30 de enero (aunque tardo más porque amplío algunos párrafos y, además de insertar las imágenes, que es fácil, inserto todos los enlaces que estimo convenientes. Esto último es lo que más me entretiene. Espero ser capaz de publicar una entrada a la semana.
      Gracias, muchas gracias.

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  3. Interesantisimo. Supongo que los colores de óleo que usamos en la actualidad no serán tan nocivos. Hace tiempo leí algo sobre un blanco en particular. Yo a veces chupo el pincel…sin querer, claro, o lo llevo sujeto con los dientes…tendré que andar con cuidado!!!.Saludos.

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  4. Pingback: La sordera de Beethoven ¡Aplaudid amigos, la función ha terminado! | franciscojaviertostado.com

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